domingo, septiembre 07, 2025

MÁS ALLÁ DEL TERRORISMO

 

 

MÁS ALLÁ DEL TERRORISMO

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/mas-alla-del-terrorismo/

https://elpais.com/america-colombia/2025-08-26/mas-alla-del-terrorismo.html

 

Hernando Llano Ángel.

Las ondas expansivas más peligrosas que han dejado los criminales y despreciables atentados terroristas de ayer en Cali, frente a la base aérea Marco Fidel Suárez, son el miedo y el odio que recorren toda la sociedad. Esas ondas nos pueden llevar a sobrepasar todos los límites imaginables. Los cilindros que explotaron han difuminado sus esquirlas de odio y sufrimiento en las mentes y corazones de millones de colombianos. Esas ondas ubicuas presentes en toda la geografía de nuestra nación, junto al dolor por los 13 policías que perdieron sus vidas en Amalfi[i], nos pueden arrastrar incluso más allá del terrorismo. Nos puede llevar, como sociedad, a una verdadera hecatombe parecida a la que viven millones de palestinos que hoy sufren la venganza sin límites de la genocida reacción de Netanyahu, su gobierno y ejército en respuesta a los ataques terroristas de Hamas[ii] el 7 de octubre de 2023. Ataques contra cientos de jóvenes que pasaron de la euforia de un concierto al infierno de su persecución, atroces asesinatos y secuestros letales. Porque lo propio del terror, más allá de si sus actores y protagonistas son estatales, como en el caso del ejército israelí contra la población civil en Gaza y Cisjordania. O, todo lo contrario, como Hamas y, en nuestro caso, esa monstruosa hidra de cabezas mutantes que son el narcotráfico y la guerrilla, es que todos ellos tienen en común su ensañamiento contra civiles inermes y que sus acciones son aleatorias, sorpresivas, sistemáticas y devastadoras, ausentes por completo de un rasgo de coraje, valor y honor militar. Los terroristas no son combatientes, son desalmados y cobardes asesinos, más allá de la causa que esgriman, los uniformes que porten o las condecoraciones que exhiban.

Todo terror es igualmente ilegítimo

Más allá de si lanzan bombas desde aviones inalcanzables, veloces drones y sofisticados misiles ultrasónicos con solo accionar un botón contra distantes y desconocidas víctimas civiles, o exploten rudimentarios tatucos y armas de fabricación casera contra anónimos campesinos y citadinos, todos ellos son terroristas, no combatientes y menos héroes de la patria. En todas las anteriores acciones desconocen el principio del honor militar y los límites del DIH y, lo que es peor, se ufanan de sus criminales proezas porque están imbuidos del fanatismo que les confiere su supuesta superioridad moral. Así lo vemos por televisión y redes sociales en el genocidio en curso contra los gazatíes, pero también en el clandestino infierno que padecen los secuestrados por Hamas y en los sangrientos atentados en Cali. Los terroristas son cobardes que rehúyen el combate con el adversario y se ensañan contra la población civil indefensa. Por eso pierden toda legitimidad y eventual reconocimiento político. Con sus criminales acciones ellos mismos se condenan al ostracismo político y social junto al desprecio de las mayorías, sin que por ello pierdan su condición de seres humanos, pues quienes llaman a su eliminación como una plaga están incurriendo en su misma lógica criminal y terrorista. Incluso les están desconociendo su responsabilidad moral por los crímenes cometidos sobre los cuales deberán responder ante la justicia y la misma historia.

La reciprocidad del terror

Tales “antiterroristas” y “estadistas” se sitúan así en una especie de pedestal de superioridad moral y estatal desde el cual ordenan bombardear y disparar sin límite alguno, desconociendo los principios protectores y salvíficos del derecho internacional humanitario, tales como la distinción entre civiles y armados, entre bienes de carácter civil y objetivos militares y lanzan ataques indiscriminados y desproporcionados que causan miles de muertos y heridos entre la población civil. Así lo hace el ejército de Israel contra los palestinos y los ejércitos de Rusia y Ucrania contra sus respectivas poblaciones. Pero igualmente ha sucedido entre nosotros con los bombardeos oficiales donde han muerto niños cautivos en campamentos guerrilleros y, todavía peor, --guardando las proporciones y distancias con esos conflictos internacionales— se han cometido miles de ejecuciones extrajudiciales, más de 6.000 “falsos positivos”, para matar la “culebra del terrorismo” y acabar de una vez por todas con las guerrillas. El resultado salta a la vista. En lugar de exaltar el valor de numerosos militares, se los degradó a la condición de asesinos que hoy revelan con vergüenza sus crímenes ante la JEP y vanamente tratan de expiar sus culpas y reparar a los familiares de los jóvenes ejecutados contando la verdad de lo sucedido. Sienten la vergüenza de haber mancillado su uniforme y unas armas confiadas legalmente para la protección de los civiles, no para su aniquilación criminal. La misma actitud han asumido algunos excomandantes de las Farc-Ep al reconocer como un horror, más que un error, sus miles de secuestros extorsivos, crímenes de guerra y de lesa humanidad, que son la negación misma de los objetivos de todo auténtico rebelde: la lucha por la libertad, vida y dignidad de los pueblos. Y ahora, en víspera de elecciones, parece que muchos políticos en trance presidencial quieren que volvamos a lo mismo y olvidemos que el miedo nunca es inocente y mucho menos un buen consejero para una política de seguridad y paz democrática. Ya escuchamos las voces de alarma, casi que alaridos, de numerosos precandidatos y precandidatas que proclaman por todos los medios de comunicación, en todos los lugares y eventos, que lo primero y más urgente es seguridad, seguridad, seguridad y rescatar la autoestima y dignidad de nuestros soldados.

Más inteligencia y más civilidad

A ellos habría que decirles que lo primero que necesitamos es más inteligencia y más civilidad. Inteligencia, más allá de la policiva y militar, que es urgente y necesaria, pero no suficiente. Porque primero precisamos la inteligencia que se esfuerce por comprender lo que sucede en lugar de repetir los errores y horrores de un pasado que nos tiene anegados en sangre, dolor y miedo. Carece de sentido y humanidad responder solo con más violencia y odio, creyendo que con ello ganamos seguridad y tranquilidad. Mucho menos, si pensamos que la seguridad solo es sostenible a punta de bayonetas, más pie de fuerza, drones, cámaras, muros y alambradas, sin preguntarnos por las principales causas generadoras de tanta violencia e inseguridad. Y la primera respuesta que encontramos, por más obvia que parezca, es que jamás tendremos seguridad si la ilegalidad y su criminalidad son una de las fuentes más prósperas de riqueza, si somos incapaces de reconocer que gran parte de su origen está en la hoja de coca[iii], un prodigio de la naturaleza, que no tiene sentido alguno condenarla a seguir siendo la matriz del crimen, la codicia y el terror. Debemos empezar por reconocer que no hay plantas ilícitas, pues la naturaleza no engendra ilegalidad, lo hace la estupidez, la ambición y la hegemonía de políticas interesadas en promover la “guerra contra las drogas” y taras culturales como el prohibicionismo, que teme a la libertad y responsabilidad humana. Todas ellas muy funcionales para ciertos intereses económicos y geopolíticos, por los que siempre estaremos condenados a vivir en este infierno que la mayoría confunde con estabilidad institucional democrática, pero en realidad es una inexpugnable cacocracia[iv] que se reelige periódicamente.

El terror del prohibicionismo

Obviamente los listos de la seguridad y el orden “democrático” siempre responden que es imposible pensar en la legalización de la cocaína. Pero nuestras comunidades andinas les responden: “La coca no es cocaína, como la uva no es vino” y podríamos añadir como la caña de azúcar no es aguardiente ni tampoco ron y así sucesivamente con todas las bebidas que hacen un poco más amable la vida, disfrutadas con mesura, con los límites propios de la civilidad y la responsabilidad, más allá de su estigmatización y prohibición. En lugar de erradicar y sustituir la coca, lo que hay es que transformarla con inteligencia, creatividad y competitividad, como todavía lo hace la bebida más vendida en el mundo, Coca-Cola, importando sus hojas de ENACO[v], la Empresa Nacional de Coca del Perú. En Colombia tenemos emprendedores sin tanto éxito, como COCA-NASA[vi], expresión de la economía popular y la tradición milenaria de la cultura Nasa, que debería ser promovida por el “gobierno del cambio”. Entonces El PLATEADO en el departamento del Cauca se convertiría en EL DORADO[vii] de la economía nacional, rivalizando con el café, otra bebida estimulante. Pero aquí el gobierno no es del cambio, sino de la continuidad, pues persiste en su erradicación y expone la vida y seguridad de sus pobladores en medio del fuego cruzado de la plata y el plomo. La plata de los narcotraficantes nacionales e internacionales y el plomo de las organizaciones criminales que se disputan los cultivos y emboscan letalmente a los militares, como en Amalfi cuando apoyaban una operación de erradicación.

El terror del pasado siempre presente

De otro lado, nada estimula más la autoestima y dignidad de los militares que el respeto y el apoyo de los civiles, el reconocimiento ciudadano por el deber legalmente cumplido y la protección de sus vidas, en lugar de ser tratados como ciudadanos de segunda clase que solo deben obedecer órdenes y estar prestos a disparar en nombre de un falaz patriotismo o la defensa de una supuesta “seguridad nacional o democrática”. Ya conocemos el lugar ignominioso adonde llevó el abuso de sus armas y su fuerza arbitraria por violar los derechos humanos y cometer graves infracciones al DIH con los “falsos positivos” en nombre de la “seguridad democrática”. Solo con más inteligencia y civilidad, acompañadas de empatía, solidaridad con las víctimas y respaldo al Estado de derecho y sus legítimas autoridades, nunca a su autoritarismo desbocado, se podrá avanzar con seguridad en la contención y eventual superación del terrorismo. Pero si de nuevo se imponen las voces estridentes del miedo y la meliflua de un líder con numerosos precandidatos y precandidatas a su disposición, como un gran elector y señor feudal, cuya inteligencia se agota en la consigna de seguridad y más seguridad y un par de rancios huevitos que disfrutan muy pocos, la inversión y la cohesión social, con certeza volveremos a repetir indefinidamente esta historia terrorífica. El terror del pasado seguirá presente. El horizonte de todos ellos se agota en ganar las próximas elecciones y no en la vida, dignidad y seguridad de las próximas generaciones. Vida, dignidad y seguridad que debe empezar por erradicar la fuente de la ilegalidad de codiciosos criminales sin límites y poner así fin a las ganancias de innumerables y respetables testaferros que abundan en lugares y ámbitos inimaginables, desde la banca con Aval[viii], la propiedad raíz con Hitos Urbanos[ix] y el comercio con personajes como “papá Pitufo”[x], siempre dispuestos a financiar generosamente más de una precandidatura y futuras campañas presidenciales. Así solo ganarán y gobernarán los cacócratas y plutócratas de siempre, entonces el miedo y el terror continuarán siendo un recurso para imponer sus intereses y designios contra los demócratas y la sociedad.

 



LA PORNOPOLÍTICA ELECTORAL

 

 

LA PORNOPOLÍTICA ELECTORAL

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/la-pornografia-electoral/

https://elpais.com/america-colombia/2025-08-21/la-pornopolitica-electoral.html

Hernando Llano Ángel.

 

Demasiado temprano empezó el desfile de precandidatas y precandidatos por las pasarelas de los eventos gremiales, siendo la asamblea anual de la Asociación Nacional de Industriales (ANDI)[i], celebrada en Cartagena, la más reciente. Allí estuvieron seis aspirantes: Claudia López, Roy Barreras, Mauricio Cárdenas, María Fernanda Cabal, Juan Daniel Oviedo y Enrique Peñalosa. Lo hicieron, más para exponer y lucir sus figuras que para presentar argumentos. Saben bien que asisten a un espectáculo de vanidades y perfiles antes que a un debate de ideas. Van a ganar aplausos y esperan que mañana se conviertan en votos. Ellas y ellos se visten y preparan diligentemente para representar ese deplorable espectáculo que convierte a las campañas por la Presidencia y el Congreso en un escenario de pornopolítica electoral. Llegan con guiones más o menos prefabricados y memorizados, respuestas instantáneas y soluciones inmediatas a los más graves problemas nacionales. Incluso improvisan hasta airadas reacciones contra sus rivales de turno. Todo ello elaborado por los magos del marketing electoral, esos expertos en traficar con las necesidades, aspiraciones y sueños de millones de incautos electores. Porque todas y todos los precandidatos saben bien que sin el marketing electoral y la asesoría de esos taumaturgos no hay posibilidades de triunfar y menos aún podrán alcanzar un aposento en la casa de Nariño, así sea en algún ministerio o Departamento Administrativo presidencial. Sin toda esa parafernalia, propia de la pornopolítica electoral, no hay paraíso presidencial. Lo sabe de sobra Vicky Dávila, que pasó de “periodista-periodista” a precandidata de revista y Gustavo Bolívar, de exitoso libretista a protagonista de la política nacional.

Cambio de escenario y Look

Por eso algunos precandidatos en esa pasarela de la ANDI se apresuraron a despojarse de sus trajes luctuosos y graves, que lucieron en las honras fúnebres de Miguel Uribe Turbay, para vestirse alegre y tropicalmente a tono con la ocasión de la bella, calurosa y luminosa Cartagena. Desapareció el rictus de tristeza y la amargura de sus rostros para dar paso a sonrisas y miradas seductoras. Quedó atrás el escenario penumbroso de la política fúnebre y subieron al luminoso, frívolo, mentiroso y esperanzador escenario de la tramoya política electoral. Cambio vertiginoso de escenario y decorado. Al fin de cuentas, la política electoral es tan dinámica y se mueve tan rápido, que en cada escenario lo que importa es “verse y venderse bien”, como un prestidigitador y una diva capaz de integrar y sumar todo. Tratar de no excluir nada, ni a nadie, sumar por ahora el mayor número de apoyos y luego, ya en los comicios definitivos, ganar con amplia mayoría. Aparecer y sobresalir como la más preparada y mejor precandidata para obtener la postulación a la Presidencia sobre los demás rivales del Centro Democrático, en el caso de la senadora María Fernanda Cabal, y sobre los otros numerosos precandidatos de los demás partidos, en nombre de los sin partido y solo con firmas ciudadanas, como aspira Claudia López, siguiendo el ejemplo de Álvaro Uribe en el 2002. Por su parte, los precandidatos se mostraron especialmente respetuosos y admiradores de ellas, de la firmeza cabal de María Fernanda y del coraje de Claudia López por sus investigaciones contra Uribe y la parapolítica. No vaya a ser que alguno de los precandidatos incurra en un desliz machista y misógino que le reste votos y seguidoras. No solo hay que ser, sino parecer políticamente correcto.

Entre candidatos atrapatodo y contra todos

Habrá, pues, una disputa intensa por ganarse la confianza de las variopintas audiencias de los diferentes gremios. Para ello los precandidatos y precandidatas modularán sus discursos teniendo en cuenta los intereses y expectativas de dichos gremios. Por eso oscilarán entre llamados a la fuerza y el orden con nuevos Bloques de Búsqueda contra la delincuencia, pero también promoverán la integración y cohesión social, reformas sociales inaplazables, en fin, un discurso atrapatodo, adobado de transparencia, meritocracia y lucha contra la corrupción. Discurso con el cual algunos candidatos han ganado anteriores elecciones. Pero esa fórmula atrapatodo hoy pone en aprietos a todos los candidatos.  Hemos llegado a un punto en que millones ya no comen más cuento y su confianza en la cacareada estabilidad de las instituciones está haciendo agua. Entonces aparecerán “anti-candidatos”, más allá del bien y del mal, otros apelarán al llamado “sentido común” contra tanta demagogia y el peligro de los espejismos ideológicos, para promover la sensatez de un centro imaginario bien intencionado que todavía cree en la democracia y ve posible la reconciliación nacional. Pero esas candidaturas del centro serán fustigadas desde las extremas por tibias y las señalarán de ser responsables del caos. Irrumpirán candidatos de extrema derecha inspirados en Bukele y Milei, que levantarán las banderas de la seguridad, la autoridad, el orden y la libertad con las cuales defenderán rabiosamente el statu quo como el mejor de los mundos posibles, “construir sobre lo construido” y buscarán el apoyo de su máximo líder, el gánster imperial del norte, condenado por 34 cargos criminales[ii]. Llegados a este punto, la pornopolítica electoral alcanzará su máximo esplendor, pues en medio de las campañas todos y todas las candidatas correrán el el riesgo de quedar desnudos frente a los ataques y destapes de sus contrarios, que intentarán mostrarnos sin pudor las debilidades, esperpénticos cuerpos, vergonzosas intimidades y demagógicos discursos de sus adversarios, al tiempo que se esforzarán por ocultar y excusar los propios para ganar las elecciones. Proliferarán las bodegas. Las redes sociales es probable que colapsen por tanta inmundicia. La IA nos divertirá y los cines entrarán en crisis. Será una temporada muy divertida, que tendrá como cierre el mundial de fútbol, simultáneo con la segunda vuelta presidencial. Quizá hasta haya que aplazarla si la selección colombiana juega la final, pues los dos candidatos querrán respaldarla y viajar a celebrar como propia su victoria. En elecciones todo es posible, basta con votar. Pero, ¿saldrá la gente a votar en medio del mundial, así no lo dispute Colombia?

La Pornopolítica Electoral de siempre

Volviendo a la realidad, esa pornopolítica electoral siempre ha estado presente en pasados comicios, aunque nuestra frágil memoria tienda a olvidarlo y en medio del fragor de las campañas no se diera crédito a muchas denuncias y alertas contra algún candidato, pues se atribuían a la maledicencia y las calumnias de los adversarios, que ya se sentían derrotados. Tal la confidencia que en la campaña del 2002 realizó la candidata conservadora Nohemí Sanín al contarle en privado a “Enrique V. Iglesias el entonces presidente del Banco Interamericano de Desarrollo que "si Álvaro Uribe gana la Presidencia de la República es como si la ganara Carlos Castaño”[iii]. Pero la mayor controversia se presentó durante la campaña de 1994 entre Ernesto Samper y Andrés Pastrana a raíz del famoso narcocásate que luego desencadenó el proceso 8.000.  De nuevo, el 23 de febrero de 2005 en un foro sobre la “Sostenibilidad de la política de seguridad democrática”, Andrés Pastrana cuestionó críticamente el proceso de paz con las Autodefensas liderado por el presidente Uribe. Entonces Pastrana le dijo de frente: “Que el paramilitarismo, con sus dineros, sus armas y sus comodines políticos puede inclinar la balanza electoral, es un hecho notorio. La pregunta, entonces, bajo tales supuestos, es si es lícito negociar con tal poder electoral mientras la cabeza negociadora está en trance electoral y concluía: “Mientras proceso de paz, poder político paramilitar y elecciones no se deslinden, se cierra el espacio a la generosidad necesaria que se requiere para sanar heridas. Y se abre el espacio a la suspicacia, riesgo al que no se puede exponer la democracia representativa. Por los resultados de esas elecciones y las numerosas condenas por la parapolítica[iv], toda la razón le asistía al expresidente Pastrana. Desde entonces la pornopolítica electoral ha predominado, pues no han faltado los escándalos de poderes de facto definiendo los ganadores a la presidencia de la República: Santos con Odebrecht en 2014 y posterior condena a cinco años de cárcel a Roberto Prieto, su gerente de campaña “con el argumento de que los recursos se necesitaban para cubrir ‘huecos’ financieros de la campaña política de Santos-Presidente[v]. Duque con la penumbrosa Ñeñepolítica[vi] y sus vasos comunicantes con el narcotráfico, que el diligente y brillante Fiscal Francisco Barbosa, el “mejor preparado de toda su generación[vii], no pudo adelantar y sus colaboradores archivaron. Y hoy estamos a la espera del cierre de la investigación del Consejo Nacional Electoral sobre la supuesta violación de los topes en la financiación de la campaña presidencial de Gustavo Petro.

¿Cuál democracia?

Quedan, pues, pocos motivos y menos razones para seguir elogiando y defendiendo la “estabilidad institucional” de esta tétrica y ejemplar “democracia” de farándula, por la que hoy desfilan muchos comediantes, impostores y negociantes. Una “democracia” necropolítica que ha cobrado en forma violenta e implacable la vida de auténticos líderes en la izquierda, centro y derecha del espectro político, sin que hoy sus correligionarios sean siquiera capaces de guardar una semana de duelo a la memoria del senador y precandidato presidencial del Centro Democrático, Miguel Uribe Turbay. Porque lo imprescindible es que el show continúe, que se celebren elecciones ininterrumpidas para seguir proclamando que Colombia es la “democracia más estable y profunda de América Latina”. Estable en su violencia política, en magnicidios de candidatos presidenciales, tres candidatos en nueve meses (agosto 1989 -abril 1990), y en cavar profundas fosas comunes, sin que podamos contar el número de víctimas anónimas sepultadas en ellas, pero sí contar periódicamente el número de votos depositados en las urnas, que es lo único que importa y necesitan quienes ganan y dicen que nos gobiernan democráticamente.

 

¿UNA CAMPAÑA ELECTORAL FUNEBRE Y ESCATOLÓGICA?

 

¿UNA CAMPAÑA PRESIDENCIAL FUNEBRE Y ESCATOLÓGICA?

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Hernando Llano Ángel.

El discurso de Miguel Uribe Londoño, rememorando el fardo de violencia que ha llevado a cuestas por los brutales asesinatos de su esposa Diana Turbay[i] hace 34 años y ahora de su hijo Miguel, ha marcado el comienzo de una campaña presidencial fúnebre y escatológica. Una campaña que no debe ni puede discurrir bajo el nefasto signo de una división insalvable entre dos bandos irreconciliables de colombianos. El bando de la derecha, partidario de la vida, que levantan la bandera de la seguridad, contra el bando de la izquierda supuestamente el único responsable de la violencia, el crimen, la muerte y la inseguridad. Una simplificación maniqueísta y peligrosa de nuestra compleja realidad que, en lugar de permitirnos la superación en las urnas de nuestros principales conflictos sociales, nos puede arrastrar a más solemnes cortejos fúnebres en nuestras ciudades y a miles de fosas comunes anónimas en nuestros campos. Así continuaríamos profundizando, hasta en la muerte, una inadmisible distinción y división en el valor de las vidas y la dignidad de quienes son asesinados por defender sus convicciones políticas e intereses sociales. Pues junto a Miguel Uribe Turbay han sido asesinados 89 líderes y lideresas sociales durante este semestre, según reporte de la Defensoría Nacional de Derechos Humanos[ii]. Semejante número de asesinatos hace del magnicidio una vergüenza nacional, más que un duelo personal, por destacada y sobresaliente que sea la figura del político asesinado. Los 89 líderes asesinados son un magnicidio social, son pérdidas irreparables para las comunidades donde ejercían su liderazgo y dejan sufrimientos insuperables para sus familias. Bien lo expresó María Claudia Tarazona, viuda de Uribe Turbay: "Romper una familia, quitarle a un padre su hijo; a una esposa, su esposo; a unos hijos, un padre, es el acto de maldad más grande que pueda existir". Pero mientras Claudia Tarazona se empeña en promover ese mensaje de “unidad, paz y amor” en honor a la memoria de Miguel Uribe, su mentor político, el expresidente Álvaro Uribe hace todo lo contrario. Pretende convertir a Miguel en una bandera más de su causa bélica, con trinos que destilan no solo un rencor insuperable contra el expresidente Juan Manuel Santos: “No sea hipócrita que Ud. le devolvió el narcotráfico y el poder de asesinar a los criminales. No llore por Miguel que Ud. tiene bastante culpa”, sino que incluso lo incrimina como corresponsable de su asesinato. Con mensajes así el expresidente Uribe contribuye a perpetuar “la maldad más grande que pueda existir”, pues mañana algún cruzado fanático podría disparar con la mejor buena conciencia contra quienes supuestamente le devolvieron el poder al narcotráfico y a criminales asesinos. Y pensar que el autor de semejante mensaje de odio hace apenas unas semanas estuvo reunido con Humberto de la Calle, responsable de ese Acuerdo de Paz, conversando sobre el futuro de Colombia y la necesidad del diálogo para superar la actual violenta encrucijada política. Con toda la razón De la Calle le ha respondido a Uribe en tono enérgico y lúcido: “No más. No más, carajo, no más. ¿O sea que queremos destruirnos como sociedad? ¿O sea que deseamos que el odio sea nuestra canción de cuna? No señor Uribe. No puede condenar a un expresidente porque asiste silencioso a las honras fúnebres de un joven político”[iii] Precisamente para impedir que esa maldad se tome las próximas campañas electorales debemos contrarrestar y evitar tres grandes riesgos: 1- La polarización social exacerbada por el odio, los prejuicios y la venganza 2- La manipulación interesada y sesgada del pasado y 3- El miedo que lleva a la justificación de la violencia y el crimen, invocando para ello grandes palabras como “democracia”, “seguridad” y “justicia”. Riesgos que se propalan, consciente o inconscientemente, por las redes sociales y también por las versiones superficiales de numerosos medios de comunicación y periodistas sobre la violencia narcoterrorista de finales de la década de los ochenta y principios de los noventa, que pregonan su eterno retorno, cuando son violencias y coyunturas incomparables.

Violencias y coyunturas incomparables

En ese entonces asistimos al asesinato de tres candidatos presidenciales: Luis Carlos Galán (18 agosto 1989), Bernardo Jaramillo Ossa (22 de marzo de 1990) y Carlos Pizarro (26 de abril de 1990). A manos de la violencia ubicua de los extraditables que estallaba bombas en cualquier lugar, pero también de la selectiva de secuestros contra candidatos como Andrés Pastrana, a la alcaldía de Bogotá, y personalidades de la elite política y social, siendo precisamente Diana Turbay una de sus víctimas, junto al Procurador General de entonces, Carlos Mauro Hoyos. Esa narcoviolencia además se ensañó mortalmente contra miles de policías y numerosos funcionarios judiciales. Era una violencia cuyo origen y actor estaba plenamente identificado, Pablo Escobar y los llamados extraditables, así como su finalidad, la eliminación del Tratado de extradición. Una violencia narcoterrorista de tal magnitud que, ante la impotencia judicial y militar del Estado, coronó su objetivo en la misma Constitución Política en el artículo 35, prohibiendo la “extradición de colombianos por nacimiento”. Por eso carece de sentido hablar del eterno retorno de esa violencia en la actualidad, pues sus principales actores hoy son varios grupos criminales enfrentados entre sí, que no esgrimen objetivos políticos claros contra el Estado más allá del control de mercados y rentas ilegales, para lo cual precisan desestabilizar el gobierno y contener de esta forma su persecución y eventual desmantelamiento. De allí que se especule sobre la autoría intelectual del crimen de Miguel Uribe Turbay, sin aportar pruebas precisas, sindicando desde la Nueva Marquetalia de Iván Márquez, pasando por las disidencias de Mordisco hasta llegar al ELN. Mucho menos cabe comparar este entramado sangriento, más difuso y complejo que el de Escobar, para desatar un miedo incontenible e irracional que lleva a buscar chivos expiatorios con finalidades políticas y electorales, como lo insinúa en su discurso Uribe Londoño: “Esta guerra tiene culpables y responsables. Lo sabemos. No tenemos ninguna duda de dónde viene la violencia. No tenemos duda de quién la promueve. No tenemos duda de quién la permite. Tenemos que plantar cara a esto”. Sindicación que se hace eco del discurso enviado por el expresidente Álvaro Uribe al afirmar: “Nosotros no decimos quién tiene derecho a vivir. Nosotros reclamamos la protección de la vida de todos los colombianos”, imperativo que lamentablemente ignoró en el caso de miles de ejecuciones extrajudiciales, “falsos positivos”, consecuencia de su llamada política de “seguridad democrática”, que también cobró la vida del profesor Alfredo Correa de Andreis[iv], crimen por el cual fue condenado Jorge Noguera, ese “buen muchacho”, entonces director del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), adscrito a la Presidencia de la República. Pero su mensaje político y polarizador va más allá, pues anuncia una estrategia escatológica de la campaña presidencial del Centro Democrático que pretende convertir a Miguel Uribe Turbay desde el más allá en el artífice de su eventual triunfo: “Miguel estaba espiritualmente preparado para ejercer la Presidencia de la República con decoro, con nobleza en la acción y en la palabra”. En lugar de permitirle descansar en paz, el rostro de Miguel estará presente, como un alter ego de Álvaro Uribe, en paredes, mítines y pasacalles de toda la nación. Así aconteció con Luis Carlos Galán, cuyo legado terminó siendo dilapidado y traicionado por César Gaviria Trujillo, creador de las CONVIVIR y complaciente con el surgimiento de monstruos como los PEPES[v], germen de las AUC, hidra insaciable de sangre y masacres en campos y ciudades.

Contra la polarización escatológica

De esta forma se va creando un escenario de polarización y radicalización social que llevará a muchos a tomar partido sin ser conscientes de la manipulación de la que están siendo víctimas. Para contrarrestar esa vorágine de discursos, noticias, comentarios y versiones de analistas sensacionalistas se precisa más responsabilidad, rigor analítico y pluralismo informativo en los medios de comunicación masivos. Pero sobre todo mucha deliberación ciudadana para no quedar atrapados en las mentiras sectarias y las estratagemas electorales de las redes sociales y la IA, que todos los candidatos y candidatas desplegarán. De lo contrario, vamos a contribuir a que la política derive una vez más en una mortal cruzada de “buenos ciudadanos” que confunden la paz con la seguridad exclusiva de sus vidas y propiedades y delegan en terceros uniformados o camuflados su protección y tranquilidad, sin importar mucho los medios que utilicen para ello. Lo grave es que esa seguridad paranoica suele ser efímera, cuando más dura un período presidencial, pues descansa sobre la violencia y el miedo y a la postre termina devolviéndose contra sus gestores y estrategas, pues los convierte en rehenes de la misma cuando no en cómplices de sus excesos criminales. Claramente lo expresó el candidato Uribe Vélez en el punto 33 de su Manifiesto Democrático, en desarrollo de su primera campaña electoral en el 2002: “Cualquier acto de violencia por razones políticas o ideológicas es terrorismo. También es terrorismo la defensa violenta del orden estatal”. Así las cosas, para tener una seguridad estable y duradera, que sirva de fundamento a la paz y la convivencia social, más vale atender el siguiente mensaje de la doctrina social de la iglesia: La seguridad de los ricos es la tranquilidad de los pobres. Una tranquilidad cuya matriz es la justicia social que proporciona trabajo, pan, salud, vivienda y educación. Esa equidad genera la seguridad vital de la justicia social, no la seguridad letal de la desigualdad social, que cada día demandará más armas, cámaras y profesionales de la violencia para mayor prosperidad y tranquilidad de unos cuantos y contener así inevitables estallidos sociales. Es lo que está en juego en las próximas elecciones, más allá de la mentirosa disputa entre “ciudadanos de bien” contra terroristas y delincuentes; de la derecha contra la izquierda o, peor aún, de la vida contra la muerte, pues en tal caso de nada nos servirán las urnas. Todo lo contrario, al depositar rabiosa y emocionalmente nuestros votos en ellas para cobrar revancha, continuaremos siendo responsables de abrir más tumbas en nombre de la “democracia” y esta “estabilidad institucional” necropolítica, generadora de continuos magnicidios sociales.

 

 

lunes, agosto 11, 2025

ÁLVARO URIBE, ENTRE LUCES Y SOMBRAS (Segunda parte)

 

Álvaro Uribe, entre luces y sombras (segunda parte)

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https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/alvaro-uribe-entre-luces-y-sombras-segunda-parte/

Hernando Llano Ángel.

La vida política de Álvaro Uribe está iluminada y ensombrecida por numerosas paradojas. El origen de las mismas se encuentra en su reducción de la política a un combate irreductible e interminable del bien contra el mal. De la virtud y el honor, que asume representar y encarnar personalmente, contra la ignominia y el deshonor de todos sus adversarios. Por eso se proclama como un demócrata integral predestinado a combatir sin tregua el terrorismo, que ahora denomina “neocomunismo”, en su afán por deslegitimar el fallo en primera instancia de la jueza Sandra Liliana Heredia. De esta forma, el expresidente politiza la justicia y la traslada a la arena política, confiando en que la pasión de sus seguidores prevalecerá sobre la razón, el debido proceso y las pruebas legalmente allegadas en su contra. Pruebas aportadas desde el comienzo por la Sala de Instrucción de la Corte Suprema de Justicia. Con este proceder Uribe profundiza el trasfondo del asunto que es, sin duda, un pulso entre el poder y la verdad judicial, desafiadas y confrontadas por su poder y verdad política como líder carismático. Un líder que se considera no solo intocable sino irreprochable, revestido de una superioridad moral que nadie puede poner en duda, así toda su vida pública haya estado circundada de sombras y escándalos, como los reseñados en la primera parte de este artículo[i]. Por eso es un político paradójico que hoy vive una encrucijada, ya no del alma como cuando dudaba presentarse a la reelección del 2006, sino política y judicialmente, que lo tiene recluido en su propio domicilio. Una encrucijada desatada por él mismo al acusar al senador Iván Cepeda ante la Corte Suprema de Justicia por el supuesto delito de manipulación de testigos[ii]. Denuncia que, paradójicamente, se volvió en su contra y lo condujo, por ahora, a su reclusión domiciliaria.

Uribe, un político paradójico

En el origen de esta paradoja política y judicial, todavía en curso, se encuentran las ambiguas y públicas relaciones del candidato Álvaro Uribe Vélez con los grupos paramilitares. Relaciones que datan de su primera candidatura a la presidencia de la República en el 2002. Ambiguas, puesto que durante esa campaña no rechazó categóricamente el apoyo que le brindaban dichos grupos paramilitares en las regiones que controlaban. Respaldo posteriormente reconocido por varios de sus comandantes, entre ellos Salvatore Mancuso, en entrevista con la W Radio: “Uno se identifica ideológicamente con algunas personas y cuando hay identidad ideológica las mismas poblaciones van y votan. Y con el presidente Uribe hubo una identificación ideológica en la concepción de la lucha contra la subversión, de la institucionalización del Estado, de devolverle la seguridad a las zonas, cosas que quién va a querer más que una población que ha padecido un conflicto en carne propia”. Todavía más categórico fue Mancuso en la última entrevista concedida al periodista y editor judicial de RCN, Juan Carlos Giraldo.  A la pregunta sobre la relación electoral entre las AUC y la campaña presidencial del 2002 de Álvaro Uribe, respondió: “Claro de que éramos conscientes de que las votaciones nuestras estaban apoyando al presidente Uribe, porque los conceptos ideológicos de Uribe en cuanto al tema de la seguridad, en nada riñen con los que nosotros teníamos en la zona, parecido a lo que implementamos en las regiones”. Y a la pregunta: “¿Sin ustedes, Álvaro Uribe hubiera sido presidente de Colombia?, respondió: “No creo, porque las personas que están en esas zonas de autodefensa tienen una ideología en cuanto a seguridad nacional, parecida a la seguridad democrática que estaba exponiendo Uribe. Por supuesto que les dijimos a nuestras comunidades, aquellas que nos eran afectas y que dependían de nosotros, como un estado en gestación que éramos, a nuestros líderes, a nuestras bases y a nuestros simpatizantes, que votaran por ese candidato ya que engranaba perfectamente con nuestras ideologías políticas. (Giraldo, “Las comadres de la Parapolítica”, 2008, p. 403).

Los Paras en el Congreso

Esa identidad ideológica y también contrainsurgente tendría un respaldo del mismo presidente Uribe, cuando facilitó la presencia de Mancuso en el Congreso el 28 de julio de 2004 en compañía de Iván Roberto Duque (alias, Ernesto Báez, ya fallecido) y Ramón Isaza, según lo relatado por las congresistas Eleonora Pineda[iii] y Rocío Arias[iv], al periodista Juan Carlos Giraldo, como aparece en las páginas 178 y 181, de su libro “Las comadres de la parapolítica”:Le contamos al presidente que ya los jefes de la AUC no querían ir al Congreso, dice Eleonora tratando de reconstruir ese momento. Y Rocío recuerda lo que dijo al presidente: Pre, ellos no van a venir. No es que tengan miedo de venir, lo que pasa es que le temen al rechazo de algunos sectores políticos como el Polo, Gustavo Petro, las organizaciones de las víctimas, y sabemos que las ONG están organizando sabotajes. Bueno niñas, ustedes no pueden aplazar esa visita, les dijo el presidente mirándolas fijamente. Las dos comadres se cruzaron miradas de entusiasmo. Entendieron que con esas palabras él apoyaba su causa. No podían creer que el presidente Álvaro Uribe las fuera a respaldar de manera tan inmediata y sencilla. Esperaban trabas, y se sintieron todavía más dichosas cuando, según lo recuerdan, el primer mandatario les pidió solucionar de una vez el problema. Esto es muy importante para la paz de Colombia. Eleonora, llame a Mancuso. … Llamé a Mancuso y le dije: aquí estoy con el presidente de la República, el presidente dice que nosotras tenemos toda la autonomía, y que él no ve inconveniente porque es una oportunidad histórica. Por su parte Rocío también lo reafirmó: Desde el teléfono persuadimos a los jefes de las autodefensas para que vinieran al Congreso; el presidente estaba a un lado de nosotras, y delante de él llamamos a Mancuso y le aclaramos todo, lo tranquilizamos y le dijimos que el gobierno quería que ellos vinieran”. En efecto, estuvieron en el Congreso exponiendo la necesidad de una ley para su desmovilización y avanzar en firme en un proceso de paz, elocuentemente expresada así por Mancuso: “Vengo en irrenunciable misión de paz desde Santa Fe de Ralito, donde, con la bendición de la Iglesia Católica y el apoyo de la OEA, de la comunidad internacional, del gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez y del Pueblo Colombiano, dimos inicio formal a este histórico proceso de paz. Reafirmo aquí, en la cuna de las Leyes y en el templo de la Democracia, que el compromiso patriótico de las AUC, por salvaguardar una Colombia libre, digna, segura y en paz, sigue en pie, como lo reclaman millones de colombianos honestos y de buena voluntad, amantes de la libertad que confían en nuestro movimiento nacional antisubversivo, y han depositado la defensa de su seguridad en nosotros”. Dicho discurso fue el preámbulo de la ley 975 de 2005[v], más conocida como ley de “Justicia y Paz”, que no logró ni lo uno ni lo otro, pues dichos grupos se reciclaron y mutaron en otros similares, cuyo máximo heredero es hoy el temible “Ejército Gaitanista de Colombia”, con el cual el presidente Petro acaba de iniciar conversaciones en el exterior para su desmovilización[vi].

Los Paras sediciosos

Lo más sorprendente de la ley 975 es que el artículo 71, avalado por el Ejecutivo, fue declarado inexequible por la Corte Constitucional, pues pretendía que se reconociera a los miembros de grupos paramilitares como delincuentes políticos. Dicho artículo consideraba que sus acciones criminales eran propias del “delito de sedición”, semejante al cometido por los grupos guerrilleros contra la fuerza pública y las autoridades regionales. Aunque estos grupos paramilitares no hubieran incurrido en acciones delictivas semejantes, pues fueron los responsables del mayor número de masacres cometidas contra la población civil, dejando un total de “205.028 víctimas mortales (45%) frente a 122.813 víctimas (27 %) de los grupos guerrilleros”, según las cifras del Informe Final de la Comisión de la Verdad[vii]. De no haber sido declarado dicho artículo inexequible por la Corte Constitucional, artículo respaldado por el Ejecutivo como expresión de favorabilidad política, nunca hubiese sido posible la extradición de los comandantes paramilitares, puesto que los delincuentes políticos solo pueden ser juzgados por el Estado del cual son nacionales en tanto sus delitos se han cometido en su territorio y contra sus autoridades. Esa extradición tuvo lugar quince días después de que Mancuso revelará en entrevista al periodista Juan Carlos Giraldo, reportero judicial del noticiero de RCN que veía: “a todos los políticos de la Nación como personas importantes para la causa que teníamos, que el objetivo primordial era la consecución de la pazy que por ello “habían infiltrado todas las instancias de poder”, como puede verse en la siguiente emisión central de RCN del 28 de abril de 2008[viii].

Extradición de la verdad

De allí, que el entonces presidente Uribe haya extraditado mucho más que la cúpula de los paramilitares, también extraditó la verdad sobre las relaciones de estos con numerosos políticos regionales y nacionales. Relación que nos revelaría parcialmente la sala penal de la Corte Suprema de Justicia y luego la misma Fiscalía con la investigación de la “parapolítica[ix], que llevaría a la cárcel a numerosos congresistas, según el siguiente informe de “La curul a la cárcel”[x] del portal Verdad Abierta. Por último, como bien lo resalta el profesor Javier Duque, en su libro “Las urnas contaminadas: Elecciones, fraude y manipulación en la democracia colombiana 1990-2015”, de: “los 265 congresistas elegidos en 2002 al menos 50 ganaron sus curules con el respaldo económico y militar de organizaciones criminales narcoparamilitares en 15 de los 32 departamentos. Salvatore Mancuso, uno de los comandantes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) había declarado públicamente que su organización pretendía elegir el 35 por ciento del Congreso. Los condenados finalmente fueron el 18.9 por ciento, otros se quedaron camuflados o los brazos de la justicia no alcanzaron a llegar a ellos. Como se mencionó, este y otros jefes paramilitares, así como ex congresistas y ex candidatos, coincidieron en la versión según la cual la elección presidencial de 2002 se vio infiltrada por estas influencias ilegales (Duque, 2017, p. 299)”. Es justamente a ese entramado cacocrático de congresistas que el 29 de noviembre de 2006 el presidente Uribe, en una asamblea de la Federación Nacional de Cafeteros, se dirigió en estos términos: "Le voy a pedir a todos los congresistas que nos han apoyado, que mientras no estén en la cárcel, a votar las transferencias, a votar la capitalización de Ecopetrol, a votar la reforma tributaria”[xi]. Una petición que oculta de cuerpo entero, como una inmensa sombra, la luz de rectitud y virtud que pretendió proyectar con su famosa consigna de “lucha contra la corrupción y la politiquería”. Sombra que se extendería aún más con sus maniobras torticeras e ilícitas para reformar un “articulito” de la Constitución y lograr su reelección del 2006-2010. Pero ello será objeto de una tercera y última entrega la próxima semana.