lunes, febrero 14, 2011

DE-LIBERACIÓN

(Febrero 13 de 2011)

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Hannah Arendt en Egipto

Hernando Llano Ángel.

La forma vertiginosa como la rebelión ciudadana está cambiando la historia en África del norte, demostrando que sátrapas como Ben Ali, en Túnez, y Mubarak, en Egipto, no son más que “tigres de papel” parapetados tras descomunales e impotentes máquinas de violencia, vuelve a traer a la primera página del debate político la obra de Hannah Arendt, especialmente su célebre ensayo “Sobre la violencia”. Como se recordará, dicho ensayo lo escribió en otra coyuntura mítica, el famoso “mayo del 68”, cuando cientos de miles de estudiantes en Europa –con epicentro en Francia- pero también en Estados Unidos se levantaron con “la imaginación al poder” contra regímenes que, prevalidos de una impecable formalidad democrática, imponían en forma autocrática y violenta sus políticas en el ámbito educativo (Francia, con De Gaulle) y en el contexto internacional (Estados Unidos y su inicua guerra contra el pueblo de Vietnam).

Poder, mucho más que Violencia.

Entonces Arendt se propuso analizar el papel de la violencia en los asuntos políticos, aquellos asuntos que dependen de todos y todas, no de la voluntad y los intereses de unos pocos -como la paz y la guerra, el agua y el aire, pero en especial la justicia y la legitimidad de quienes gobiernan y la dignidad de quienes somos gobernados, nuestro pan y libertad- y ajustó cuentas magistralmente con quienes desde la derecha y la izquierda confunden el poder político con las instituciones en donde éste se representa y encarna, pero en especial contra aquellos que sin comprender a Weber y Marx asimilan el poder con la violencia. Entonces repiten en forma irresponsable y fatal que “el Estado es el monopolio legítimo de la violencia” y que “la violencia es la partera de la historia”, como si en ese par de consignas lapidarias se agotara toda la sabiduría política de Occidente. Desconocen así que quienes pretenden “tomarse el poder” suelen morir ahogados en su propia sangre y que quienes se aferran a él y lo defienden con violencia, desde el Estado, terminan siendo condenados a la ignominia y el escarnio público.

Ejemplos abundan en nuestro pasado reciente y en la actualidad, tanto en el bando de quienes matan y secuestran en nombre de la justicia social como de quienes lo hacen con las coartadas de la seguridad y la democracia. Lección que todavía no parece aprender el Uribismo y menos el Procurador General de la Nación, Alejandro Ordoñez, empeñado en defender a quienes mancillaron el honor militar en la violenta retoma del Palacio de Justicia y en condenar a quienes murieron como protagonistas del desvarío de una revancha homicida, sin otro horizonte que el sacrificio de la Justicia y los derechos humanos, que cruelmente reclamaban para su causa, como sucedió con el grupo de guerrilleros del M-19 que a sangre y fuego se tomó el Palacio.

Lo que Túnez y Egipto han demostrado con creces –al igual que la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS a partir de 1989- es que la violencia del Estado con sus descomunales ejércitos y cuerpos de Policía se torna impotente e inocua cuando carece de legitimidad y sus ciudadanos les quitan todo su apoyo y respaldo. En palabras de H. Arendt: “Es el apoyo del pueblo el que presta poder a las instituciones de un país y este apoyo no es nada más que la prolongación del asentimiento que, para empezar, determinó la existencia de las leyes… Todas las instituciones políticas son manifestaciones y materializaciones del poder; se petrifican y decaen tan pronto como el poder vivo del pueblo deja de apoyarlas”.

El poder es público, de todos y todas

Túnez y Egipto lo demuestran en forma elocuente. Allí, el “poder vivo del pueblo” les quitó a Ben Alí y a Mubarak todo su respaldo y se derrumbaron, porque sus principales instrumentos de violencia, Ejército y Policía no los obedecieron. De nuevo Arendt: “Donde las órdenes no son ya obedecidas, los medios de violencia ya no tienen ninguna utilidad; y la cuestión de esta obediencia no es decidida por la relación mando-obediencia sino por la opinión y, desde luego, por el número de quienes la comparten. Todo depende del poder que haya tras la violencia.” Por eso no existe poder más valioso y preciado, incluso eficaz, que el simbólico de la credibilidad y la legitimidad, expresado en la hegemonía de una doctrina y una cosmovisión de la vida, como lo es hoy ese poder críptico y casi mítico de la democracia. En efecto, la opinión y acción mayoritaria de tunecinos y egipcios, así como la de los integrantes de sus respectivos Ejércitos, no toleró y menos consintió que Ben Alí y Mubarak, junto a sus más cercanos cómplices, continuaran en sus cargos institucionales -no en el poder, como no se cansa de advertirlo Arendt, puesto que “el poder nunca es propiedad de un individuo; pertenece a un grupo y sigue existiendo mientras el grupo permanezca unido”. De allí la resistencia de los cairotas a no abandonar la plaza Tharir, que significa Liberación, hasta expulsar a Mubarak de la Presidencia.

¿De la rebelión ciudadana a la revolución democrática?

Ahora que lo han logrado y están abandonado la plaza, su poder está disperso y se halla en una especie de limbo, pues para expresarse y tomar forma institucional en un nuevo Estado, depende en gran parte de que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que se ha comprometido a convocar unas elecciones libres y justas, cumpla con dicha promesa. Podría decirse que ha triunfado la rebelión ciudadana, pero que no está asegurado el triunfo de la revolución democrática, entendida como el ejercicio de una libertad política que además de asegurar la autodeterminación del pueblo egipcio, permita el disenso de sus minorías y la competencia legal por el ejercicio del poder político institucional. Tal transición hacia la democracia es demasiado incierta, pues el pueblo egipcio está bajo la tutela de un poder militar que tiene demasiados intereses en el mercado (“controla entre el 33% y 45% de la economía nacional” ) y compromisos internacionales, que ha prometido cumplir.

Sin duda, se inicia una fase de transición política tan incierta como interesante, donde todo va a depender de la competencia y habilidad de quienes se reclaman portadores de los sueños, las frustraciones y las expectativas de millones de egipcios que, como ya lo han demostrado, han alcanzado la mayoría de edad para autogobernarse sin la tutela de los militares y mucho menos de poderes imperiales que, como el norteamericano, es más experto en sostener y promover autócratas y cleptócratas, que en propiciar el surgimiento y la consolidación de auténticas democracias. Por eso lo que está en juego en Egipto es nada menos que la instauración de un Estado democrático moderno, capaz de superar la hegemonía del mercado y los intereses corporativos del complejo industrial militar egipcio-norteamericano, pero también el riesgo abismal de la instauración de nuevas hegemonías nacionalistas más o menos religiosas, que impidan el pluralismo y la secularización de su vida política y social, arrastrando así a todo el Medio Oriente a una vorágine de guerra y destrucción apocalíptica. Ojalá sea un despertar democrático y no la pesadilla de una nueva hegemonía islámica, sólo para los “hermanos musulmanes”, que hasta ahora han demostrado más espíritu de conciliación y construcción democrática que aquellos que ya proscriben su participación el las futuras elecciones, como la Presidenta del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, Ileana Ros-Lehtinen, del opositor partido Republicano norteamericano, que desde ya propugna por su exclusión. Obviamente con demócratas así, que desde el exterior pretenden imponer su hegemónica e imperial “democracia”, difícilmente asistiremos a una transición democrática en Egipto.