lunes, noviembre 27, 2023

CONSEJOS DE MAX WEBER PARA PETRO Y URIBE

 

CONSEJOS DE MAX WEBER PARA PETRO Y URIBE

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/consejos-max-weber-petro-uribe

Hernando Llano Ángel

Ahora que el presidente Gustavo Petro está empeñado en tender puentes con los más poderosos empresarios del país, los llamados cacaos[1], y comparte su adicción al café e invita a la Casa de Nariño al máximo jefe del Centro Democrático y del País Político[2], Álvaro Uribe Vélez, es pertinente retomar algunos apartes de la célebre conferencia “La política como vocación”[3], impartida por Max Weber[4] en Múnich en 1919. Es una obra clásica de la sociología política, no solo porque en ella se encuentra la famosa definición del Estado como aquel que “reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima” sobre un territorio. Pero precisa unos párrafos más adelante que se trata de una violencia legítima “que es vista como tal”, lo cual significa que el asunto de fondo es la legitimidad y no la violencia, como algunos equivocadamente piensan que es lo distintivo y esencial del Estado. Pero, más allá de ese grave malentendido, Weber realiza una digresión magistral sobre las cualidades que debe tener todo líder con auténtica vocación política. Unas cualidades ausentes en el estilo de liderazgo de Petro, pero también en el de Uribe y por lo general en todo líder con carisma mesiánico. Aquellos líderes que se consideran llamados a salvar la Patria con sus doctrinas y políticas, sean ellas la “Seguridad Democrática”, “La Paz Total” o el “libertarismo”[5] de Milei, “anarquista de mercado”, quien incluso denigra del propio Estado y pretende liberarlo de toda responsabilidad y política social, pues considera que el mercado y la competencia son los mejores reguladores de la convivencia humana. Al respecto, Milei debería tener en cuenta esta sentencia de Lacordaire: “Entre el fuerte y el débil, es la libertad la que oprime y la ley la que libera”. Quienes incurren en la falacia libertaria les sucede lo mismo de aquellos que piensan que el Estado, por ser la máxima expresión política y jurídica de lo público, es por sí mismo la encarnación de la justicia social y del bienestar colectivo. Tales reduccionismos doctrinarios impiden alcanzar acuerdos creativos, capaces de concertar legítimos intereses económicos, como los de las EPS, con la salud pública como un derecho fundamental y no tanto una fuente de enriquecimiento para mercaderes de la vida, como el condenado Carlos Palacino[6] de SaludCoop[7]. Eso fue precisamente lo que sucedió con el tinto amargo que compartieron Petro y Uribe en la Casa de Nariño al no llegar a ningún acuerdo sobre la reforma a la salud. Ninguna de las partes es capaz de imaginar soluciones distintas, pues ambos líderes están absolutamente seguros de tener toda la razón y por ello no ceden en sus posiciones. Y es aquí donde las reflexiones de Weber cobran pleno sentido, pues nos dice que son tres las cualidades propias e imprescindibles que debe conjugar todo líder con verdadera vocación política: 1- La Pasión; 2- La entrega a la Causa con Responsabilidad y 3- La Mesura.  Resumiéndolas al máximo, las define así: “Pasión en el sentido de positividad, de entrega apasionada a una causa, al dios o al demonio que la gobierna”. Ese dios alegóricamente puede ser la propiedad, la seguridad y el mercado, que es la fe que la oposición de derecha defiende visceralmente a capa y espada contra todas las reformas sociales del Pacto Histórico. Y, en sentido metafórico, el demonio para la derecha puede ser la promoción desde la izquierda de la revolución, la justicia social y el progreso, que impulsa con poca capacidad de gestión y ejecución el actual gobierno.  En la segunda cualidad, que es la “entrega a la Causa con sentido de Responsabilidad, Weber le advierte al líder político que La pasión no convierte a nadie en político, sino está al servicio de una causa y no hace de su responsabilidad hacia esa causa el norte que oriente sus acciones”. Y, la tercera cualidad, es la Mesura, definida como: “La cualidad psicológica decisiva del político. Capacidad para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad, es decir, para guardar la distancia con los hombres y las cosas. El no saber guardar distancias es uno de los pecados mortales de todo político y una de esas cualidades cuyo olvido condena a la impotencia política a nuestra actual generación de intelectuales”. Al reunirse Petro con los cacaos, que en sus discursos políticos y trinos suele denigrar como oligarcas, empieza a demostrar algo de mesura pues toma distancia de sus convicciones y pasiones doctrinarias que dificultan sinergias entre lo público y lo privado en beneficio de la productividad y la justicia social. Así lo reconoce en el comunicado presidencial señalando los compromisos alcanzados[8]: “Las empresas se hacen más grandes cuando la sociedad se hace más grande”.

Falta de Mesura y de responsabilidad

Pero a Petro como a Uribe les falta mesura y con frecuencia pierden el recogimiento y la tranquilidad, ello los condena a la impotencia política e impiden la transformación de nuestra realidad política. Esa incapacidad de conservar la mesura, según Weber, obedece al mayor pecado capital en que puede incurrir un político que es la vanidad, que lo lleva a “no guardar distancias” y le impide que “vayan   juntas en las mismas almas la pasión ardiente y la mesurada frialdad. La política se hace con la cabeza y no con otras partes del cuerpo o del alma. Consejo que parece son incapaces de cumplir ambos líderes, adictos incontenibles a desfogar sus pasiones por las redes sociales utilizando sus respectivas cuentas X, cuando sus políticas son cuestionadas y sus vanidades vulneradas. Para contrarrestar esa nefasta adicción, Weber les recuerda que: “Sólo el hábito de la distancia (en todos los sentidos de la palabra) hace posible la enérgica doma del alma que caracteriza al político apasionado y lo distingue del simple diletante político estérilmente agitado. Tanto Uribe como Petro en muchas ocasiones, cuando defienden y agitan apasionadamente sus banderas políticas, se parecen a ese diletante político estérilmente agitado”.

Petro y Uribe un par de vanidosos

Eso sucede cuando pregonan vanidosamente el éxito de políticas mortalmente erráticas como la “seguridad democrática” con sus 6.402 “falsos positivos” y la “Paz Total”, que ya lleva 149 líderes asesinados y 91 masacres este año, por la incapacidad de la fuerza pública de contener y desvertebrar acciones criminales del ELN, el Estado Mayor Central y las Autodefensas Gaitanistas de Colombia. Por eso, Weber les advierte: “En último término, no hay más que dos pecados mortales en el campo de la política: la ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad, que frecuentemente, aunque no siempre, coincide con aquélla. La vanidad, es lo que más lleva al político a cometer uno de estos pecados o los dos a la vez”. Sin duda, Petro y Uribe se desvelan por estar siempre en primer plano, y ello se agrava con su ausencia de finalidades objetivas, es decir alcanzables, y la falta de responsabilidad en el cumplimiento de esas metas durante sus gobiernos.

Uribe no es virtuoso

Por ejemplo, Uribe prometió un Estado contra la Corrupción y la Politiquería y en sus dos administraciones fueron condenados el mayor número de altos funcionarios y colaboradores de que se tenga noticia, al menos una docena[9]. Ahora su exministro de hacienda, mano derecha y excandidato presidencial del Centro Democrático, Oscar Iván Zuluaga[10], es imputado por la financiación ilegal de Odebrecht de su campaña al aportar 1.6 millones de dólares. Pero, además, Uribe gobernó con el respaldo de más de 60 congresistas condenados por parapolítica[11]. Es inolvidable su solicitud como presidente, en un Congreso de Cafeteros, a “todos los congresistas que nos han apoyado que mientras no estén en la cárcel a votar las transferencias, a votar la capitalización de Ecopetrol, a votar la reforma tributaria”[12]. Por si fuera poco, su reelección presidencial inmediata fue posible gracias al cambio de un articulito de la Constitución, realizado mediante la comisión del delito de cohecho por sus ministros del Interior y del Derecho, Sabas Pretelt de la Vega y de salud, Diego Palacios, condenados por la Corte Suprema de Justicia[13]. Todo un prontuario delincuencial propio de un gobierno cacocrático[14].

Petro no es estadista

De otra parte, el presidente Petro se propone convertir a Colombia en Potencia Mundial de la Vida y alcanzar una Paz Total, pero carece de una política de seguridad efectiva que en forma responsable posibilite el logro de tan ansiadas metas y las convierta en finalidades objetivas, que es lo propio de un estadista. De allí, que Weber concluya: “Por eso el político tiene que vencer cada día y cada hora a un enemigo muy trivial y demasiado humano, la muy común vanidad, enemiga mortal de toda entrega a una causa y de toda mesura, en este caso de la mesura frente a sí mismo. La vanidad es una cualidad muy extendida y tal vez nadie se vea libre de ella…”.  Pero el costo que pagamos todos por tener líderes sin auténtica vocación política es demasiado alto, pues subordinan los bienes públicos a su soberbia y vanidad, esa “necesidad de aparecer siempre que sea posible en primer plano”, así sea tomando tinto sin resultado alguno, al menos por ahora. Es de esperar que ambos superen esa vanidad tan perjudicial para la causa política de la paz y la convivencia democrática, pues como concluye Weber: “Es completamente cierto, y así lo prueba la Historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez. Pero para ser capaz de hacer esto no solo hay que ser un caudillo, sino también un héroe en el sentido más sencillo de la palabra”. Hoy diríamos hay que ser un estadista, en lugar de un “diletante políticamente estéril”.

PD: Para mayor información y comprensión, abrir enlaces resaltados en rojo.

                                                                      



sábado, noviembre 18, 2023

EL COLAPSO DE LA POLÍTICA Y EL TRIUNFO DE LA SELECCIÓN

 

EL COLAPSO DE LA POLÍTICA Y EL TRIUNFO DE LA SELECCIÓN

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/colapso-la-politica-triunfo-la-seleccion

Hernando Llano Ángel.

En principio, la paz política en todas las sociedades democráticas depende de la legitimidad, esa creencia de los ciudadanos en la justeza de sus instituciones, la moralidad de sus gobernantes y representantes en el poder público, aunada a la competencia y eficacia de sus políticas públicas. La legitimidad es una mezcla esquiva de credibilidad subjetiva y efectividad objetiva, tanto en las instituciones como en los gobernantes. Y el trasfondo de esa credibilidad y subjetividad está constituido por los valores e intereses predominantes en las sociedades. Es claro que, en las sociedades democráticas, al menos en sus Constituciones, esos valores son la vida, la libertad, la seguridad y la propiedad, de cuya integración surge la justicia en su dimensión social y judicial y la competencia pacífica por el poder político estatal. Basta citar el preámbulo de nuestra Constitución del 91 para encontrarnos con el contenido preciso de un Gran Acuerdo Nacional: “El Pueblo de Colombia en ejercicio de su poder soberano, representado por sus delegatarios a la Asamblea Nacional Constituyente, invocando la protección de Dios, y con el fin de fortalecer la unidad de la Nación y asegurar a sus integrantes la vida, la convivencia, el trabajo, la justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz, dentro de un marco jurídico, democrático y participativo que garantice un orden político, económico y social justo, y comprometido a impulsar la integración de la comunidad latinoamericana decreta, sanciona y promulga la siguiente CONSTITUCION POLITICA DE COLOMBIA”. Ese preámbulo es la puerta de entrada a la democracia. Pero, en la realidad política, todo es mucho más complejo, puesto que esos valores se expresan en intereses que en el mercado son tasados y arduamente disputados. Por ejemplo, la vida dependerá de la salud, a su vez la salud dependerá de condiciones dignas de existencia, proporcionadas por inversiones públicas en agua potable y saneamiento ambiental, gracias a impuestos y políticas públicas que fijan prioridades de orden social y colectivo. La salud es un asunto demasiado vital para dejarla solo al azar del mercado y mucho menos a la codicia de mercaderes como Carlos Palacino[1] y la extinta SaludCoop.

Primero la Vida

Si algo nos reveló la pandemia de Covid-19 fue la importancia vital del Estado como responsable de la salud pública. Solo ante la amenaza de una inminente muerte de millones de personas, volvió a cobrar sentido la salud como un derecho universal y gratuito, junto a la responsabilidad del Estado de garantizarla. Allí se produjo en forma tácita e inmediata un Gran Acuerdo Nacional, incluso mundial. De alguna forma, la crueldad de la muerte nos igualó a todos. Pero, aun así, las estadísticas de la mortalidad nos dicen que los sectores sociales con menos recursos económicos, en todo el mundo, fueron los más afectados[2]. De lo anterior, es forzoso concluir que solo en situaciones límites se logran acuerdos vitales, aunque ni siquiera en esas extremas circunstancias se alcanzan soluciones justas, que beneficien por igual a todos los miembros de una sociedad. En las actuales circunstancias, tanto en el orden nacional como en el internacional, estamos amenazados por una pandemia más letal, la pandemia del colapso de la política y el contagio de un virus belicista y maniqueísta que se extiende por todas las sociedades. Desde Rusia y Ucrania, pasando por la franja de Gaza, hasta la misma sociedad norteamericana donde la disputa entre Trump y Biden, republicanos y demócratas, ya no se libra en la arena política sino en los estrados judiciales. Algo semejante sucede en España entre el PSOE, el Partido Popular y Vox, que oscilan entre resolver el conflicto con Cataluña a través de la política, con una amnistía, o profundizarlo hasta hacer imposible la gobernabilidad e incluso la unidad nacional, con consignas que tildan a Pedro Sánchez de timador y delincuente y evocan con nostalgia 1936, el comienzo de la guerra civil. Ni hablar de la situación de millones de migrantes que ponen en juego sus vidas en el Tapón del Darién, el mediterráneo, África y Asia, convertidos en apátridas del mundo, cuyo número sobrepasa los 10 millones, porque no tienen Estado, ni nacionalidad[3]. Todo lo anterior es una expresión del colapso inminente de la política y la apelación al miedo, la seguridad personal, la fuerza y la imposición violenta sobre el contrario, que conduce más temprano que tarde al campo de batalla y el fin de la arena política. En nuestro caso nos encontramos en una situación más deplorable, que ojalá sea conjurada el próximo miércoles 21 de noviembre entre el presidente Petro y Uribe[4], como líder del Centro Democrático, para contener la deriva hacia la “hecatombe nacional”.

La “hecatombe nacional”

La “hecatombe nacional” sería la consecuencia del colapso de la política. Una pandemia mucho más letal que el Covid-19. Porque la pandemia del colapso de la política destruye la estabilidad económica, cataliza la inseguridad y la criminalidad, arrasa la convivencia social. Es un virus que inocula el cuerpo social y lo divide en bandos irreconciliables, cada uno reivindicando su superioridad moral y su derecho a vencer o aniquilar el contrario, a expulsarlo del juego político (¡fuera Petro![5]). En estas circunstancias se considera que el adversario pone en riesgo nuestra propia supervivencia, seguridad o identidad nacional, religiosa o social. Sin duda, la expresión más dramática e inadmisible es hoy la franja de Gaza, donde la asimetría de poderes entre el terrorismo de Hamás y el terror militar devastador del Estado Israelí, se traduce en la masacre sistemática de civiles, hasta el extremo de irrumpir en los últimos reductos de la vida, los hospitales palestinos y anunciar Netanyahu que no quedará ningún lugar sin ser ocupado por sus tropas en la Franja de Gaza. Ya circulan por las redes sociales mensajes que asimilan a Petro con Hamás y proyectan su imagen como un drogadicto incurable, que debe abandonar la Casa de Nariño por ser moralmente indigno. Quienes promueven estos mensajes, valdría la pena que se preguntarán por qué acepta Álvaro Uribe tomarse un tinto con Petro en la Casa de Nariño. ¿Será que tienen afinidades personales comunes y piensan que es posible alcanzar acuerdos en reformas urgentes como la salud, la reforma rural integral, aumentar la cobertura de pensiones y seguridad social? ¿Reactivar la economía? ¿Generar más empleos dignos? ¿Avanzar en los procesos de paz sin claudicar en la defensa de la vida, la libertad y la seguridad? ¿Hasta cuándo nos quedará grande a los colombianos el Preámbulo de la Constitución, la puerta de entrada a la democracia, y continuaremos sembrando el campo de fosas comunes y las ciudades de desplazados por la violencia, nuestras calles y barrios de disputas, asaltos y extorsiones mortales?  ¿Será que algún día conformaremos una comunidad política nacional como la selección colombiana de fútbol y le ganamos a la violencia, la guerra, la miseria y el odio? Por lo menos celebremos los triunfos de la selección sin arruinarlos con tanta mezquindad y sectarismo. Aspiremos a clasificar al mundial sin ser los campeones en asesinatos de líderes sociales, sindicales, masacres y secuestros. Es demasiado aspirar a ser campeones mundiales de la vida, pero quizá no de fútbol si contamos con los goles de Lucho[6] y las asistencias de James.

 

 

 

 

EL ELN SE HACE UN AUTOGOL Y ESTÁ FUERA DE LUGAR

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/eln-esta-lugar

Hernando Llano Ángel

El ELN al secuestrar a Luis Manuel García no solo cometió una grave infracción al DIH. Incurrió en algo mucho más delicado que, seguro el “Mane Diaz”[1] con su sabiduría futbolística, les explicó: se anotaron un nefasto autogol que los tiene al borde de la eliminación del juego político y los confina en el campo de batalla. Sobre todo, si el equipo rojo y negro del ELN persiste en semejante práctica criminal, como lo anunció su capitán, el comandante Antonio García[2]. Y lo hizo con altanería y en forma desafiante, anunciando que no aceptará chantaje alguno del gobierno, pues la proscripción del secuestro no figura en la mesa de conversaciones: “El ELN no aceptará imposiciones ni chantajes. Que no se hagan ilusiones. El ELN respetará lo acordado”, dijo el líder guerrillero haciendo énfasis en que el cese al fuego pactado no incluía la culminación de secuestros por parte del grupo guerrillero”. Una práctica a la que recurre periódicamente, pues las autoridades le atribuyen al menos 30[3] en los últimos meses, infringiendo sistemáticamente el DIH. Así las cosas, sus siglas nada tienen que ver con liberación nacional, sino más bien todo lo contrario. Debería llamarse Ejército Liberticida Nacional. Porque más allá del pragmatismo cínico de llamar retención al secuestro, lo que parece ignorar el ELN, sus comandantes y miembros, es que la política comienza con la libertad, pues sin ella nada de lo que se acuerde en la mesa tendrá legitimidad, reconocimiento y aceptación social. El secuestro mata a la política de la Paz Total.

La política es libertad

Donde no hay libertad de movimiento, ni de expresión y mucho menos de organización no hay campo para la existencia de la política, pues allí predomina la tiranía, la opresión y la humillación. Nada hay más contrarrevolucionario que la privación arbitraria de la libertad, a la que suele seguir el asesinato, la desaparición o la ejecución, como los “falsos positivos”, que es lo propio de todo autoritarismo, sea éste de izquierda, centro o derecha. Por eso, lo primero que debe hacer el ELN, si en verdad es una organización política rebelde, es liberar inmediatamente a todas las personas que tiene secuestradas. Si no lo hace, se pondrá fuera de lugar y no podrá aspirar a jugar algún día con posibilidades de ganar en el campo de la política, pues niega de entrada sus principios y reglas básicas: la libertad, la vida y la participación espontánea de la ciudadanía, no tutelada o coartada por las armas, como está acostumbrado a hacerlo. Participar en política con las armas, extorsionando y secuestrando civiles es como jugar un partido de fútbol después de haber lesionado e inmovilizado a todos los jugadores del equipo contrario. Eso sucedería si el gobierno y sus delegados aceptan seguir conversando con el ELN en México, donde tendrá lugar la quinta ronda[4], sin exigirle a esta organización que repudie públicamente el secuestro y deje en libertad a todos los rehenes que tiene en su poder. Ese es el primer paso que debe dar el ELN para transitar hacia la política. Mientras más se demore en hacerlo, mayor será su desprestigio y deslegitimación ante la sociedad colombiana. Debería aprender de la experiencia de las FARC-EP que, convertidas en Comunes, no ha podido superar el umbral de 50.000 votos en todo el territorio nacional por el repudió que generó, entre otros crímenes, la práctica generalizada del secuestro. Según el informe de la Comisión de la Verdad[5] las FARC-EP secuestraron 20.223 personas, 40 % y el ELN con 19 %, 9.538, de “las 50.770 víctimas de secuestro y toma de rehenes en el marco del conflicto armado entre 1990 y 2018”. Pero todo parece indicar que quiere superar a las Farc-Ep si no repudia y renuncia a esa práctica totalmente antipolítica y criminal, condenada por toda la sociedad nacional y la comunidad internacional. Si no lo hace, continuará con el estigma de organización terrorista y no podrá entrar en el juego de la política, siendo expulsado de la cancha, pues como en el fútbol, la política no tolera la violencia contra el adversario y mucho menos su “retención” arbitraria e injusta. Sin juego limpio no hay chance para la política, solo para la violencia y la guerra, que por lo general termina sacrificando a los espectadores que somos los civiles en medio del fuego cruzado. Basta mirar la barbarie que está cometiendo el ejército israelí en Gaza contra la población civil palestina, so pretexto de liberar los secuestrados en poder de Hamás y vengar la muerte atroz y aleve de cerca de 1.200 personas[6] sacrificadas terroríficamente por Hamás el pasado 7 de octubre, según las últimas cifras del propio Estado Israelí, que inicialmente había estimado en 1.400. Aunque todo parece indicar que la pretensión última de Netanyahu es dejar a los palestinos sin “cancha” en donde vivir, erigiéndose en una fuerza de ocupación permanente en Gaza para garantizar la seguridad de Israel. Exactamente lo mismo que pretende Putin en Ucrania, solo que no cuenta con el respaldo de Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea para hacerlo, como sí la tiene Netanyahu en forma incondicional hasta ahora, pero que no podrá sostener indefinidamente. Contrastes del actual orden criminal internacional, donde la política ha sido arrasada por la violencia, la guerra y el genocidio, según los diversos intereses geopolíticos de las potencias en pugna.

Fuera de lugar en la política

Si en verdad el ELN aspira en el futuro a contar con el respaldo de la ciudadanía en sus regiones e invita a su participación y acompañamiento en el proceso actual, ya que su interés central no es tener curules en el Congreso sino poder en las regiones y realizar transformaciones estructurales, entonces tiene que empezar por respetar a la población civil, a sus líderes populares y dejar la práctica infame del secuestro, los paros armados, como el del Alto Baudó[7] y los confinamientos de la población rural. Además, tendrá que asumir su responsabilidad en hechos atroces como la explosión del oleoducto en Machuca[8]; los secuestros de cientos de civiles en la iglesia La María[9] en Cali y en el kilómetro 18[10] de la vía a Buenaventura y sus víctimas mortales, en lugar de eludirla con sofismas como que ellos también son víctimas de la exclusión social y de la violencia oficial por lo cual no tienen nada de que excusarse y menos de reparar. Por último, el ELN debe abandonar esa relación simbiótica que sostiene con rentas ilegales procedentes del narcotráfico y la minería[11], que va corroyendo y desdibujando cada día más su identidad como grupo rebelde y lo va convirtiendo en un actor mutante, donde algunos de sus frentes, como sucede en el Chocó, Cauca y Catatumbo están más cerca de la codicia criminal que de la rebeldía. De persistir en dichas prácticas, entonces será el mayor responsable de la transformación de Paz Total en Paz Letal y no le dejará al gobierno de la vida otra opción que convertirse en el gobierno de la guerra y la muerte. Entonces el ELN quedará por fuera de la política y la historia, dejando un legado de sangre y sufrimiento irreparable en el pueblo que pretendía liberar.

¿De la Paz Total a la Paz Territorial?

En la misma encrucijada se encuentra el llamado Estado Mayor Central, pues está mucho más involucrado en el entramado de las economías ilegales y la manipulación de la población campesina, utilizándola como un alfil contra la Fuerza Pública en el corregimiento El Plateado[12], en Argelia, Cauca. Seguramente por todo lo anterior el presidente Petro, en un extenso mensaje en su cuenta X, ya no menciona la Paz total sino la Paz Territorial y escribió a propósito del pulso en el Plateado entre la Fuerza Pública y el EMC: “En la fase actual de la violencia, el proceso de paz debe comenzar por un acuerdo de sustitución de economías ilícitas por lícitas con ayuda del Estado. Significa esto que la paz se convierte en una política territorial. La paz lleva a un territorio donde prime el Estado Social de Derecho, la economía sea lícita y las ciudadanías tengan el gobierno real y sean sujetos de derechos fundamentales. El EMC ha resuelto no asistir a la mesa de negociación sin romper la tregua. Eso no es posible. El cese al fuego solo es posible si avanza la negociación en sustitución de la economía ilícita y el fin de hostilidades a la población civil”. Es de esperar que este giro de la ampulosa y retórica Paz Total a la Paz Territorial, en verdad tenga un polo a tierra y arraigue en las regiones que son disputadas violentamente por ese enjambre de organizaciones ilegales que se enfrentan, sacrifican y confinan a miles de campesinos, indígenas y comunidades negras. Quizá ello permita la creación de un entorno favorable para la sustitución de cultivos de uso ilícito en donde participen los miembros de estos grupos ilegales con las comunidades afectadas, destinando el gobierno las ayudas económicas que sean necesarias bajo la veeduría de organizaciones internacionales, como la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNDOC)[13], en desarrollo de su actual política “Sembrando vida, desterramos el Narcotráfico”[14]. Tal vez así el Estado con políticas sociales y el respaldo de la Fuerza Pública recupere vastas regiones del territorio, hoy bajo el control de organizaciones ilegales en las que ya es casi imposible discernir donde comienza la codicia y termina la rebelión, lo que constituye el nudo gordiano del conflicto armado interno. ¿Será posible desenredarlo solo con la política o requerirá también el uso de la espada? La experiencia demuestra que se requiere una combinación acertada de ambas, pues en estos escenarios suele cumplirse el terrible y antipedagógico refrán de “la letra con sangre entra”, especialmente cuando los actores involucrados son incapaces de cumplir con lo pactado en las mesas de conversaciones o no pueden liberar a la política de la guerra y la criminalidad, pues en su lógica belicista continúan secuestrados por ésta, como acontece con el ELN y su comandante, Antonio García.