jueves, diciembre 07, 2006

CRISIS DE VERDAD
(calicantopinion.blogspot.com)

Hernando Llano Ángel

Como en el sabio proverbio chino, hoy estamos al menos frente a tres verdades: “Tu verdad (la del paramilitarismo), mi verdad (la gubernamental) y la verdad (la realidad)”. Por eso, se trata de una crisis de la verdad política, que puede llegar a convertirse en una verdadera crisis de la política. Hoy presenciamos un pulso de verdad entre el Gobierno y las AUC, que refleja muy bien el pulso de poderes que están escenificando Uribe y Mancuso, tras el cual se oculta la verdadera realidad de la política. Es decir, quién controla a quién y en función de qué. Hay que cuidarse de caer en la trampa de las verdades. Resulta que ahora todo parece girar en torno a quién dice la verdad, cuando lo único relevante y verdadero es quién ejerce el poder político.

Porque quien lo ejerce impone su verdad política, aquella que resulta más funcional a sus intereses y objetivos. Justamente por ello, hoy el presidente Uribe llama criminales a los que ayer consideraba y trataba como actores políticos y en un pasado no muy lejano llamaba ejemplares ciudadanos, por ser miembros de las “Convivir”, como en efecto lo fue Mancuso en un principio. No hay que olvidar que las “Convivir” fueron promovidas y elocuentemente defendidas por Uribe, como Gobernador de Antioquia, ante la Corte Constitucional. Las mismas “convivir” que se mutaron en monstruo paramilitar, pero sólo ahora el presidente Uribe repudia y llama por su verdadero nombre. Tal es el alcance de la verdad política gubernamental y de la inocultable impunidad política de Uribe. Una verdad mutante y cambiante, con una enorme capacidad proteica para tomar las formas más inverosímiles, pero siempre leal y fiel en la defensa a sangre y fuego del statu quo y sus criminales privilegios. No importa los costos de esa defensa, ni las tenebrosas y tácitas alianzas urdidas en el pasado, pues de lo que se trataba era de salvar la Patria contra las huestes del terror de las FARC y el ELN.

Ya lo expresó recientemente el mismo Presidente Uribe, ante un furibundo auditorio de ganaderos en Cartagena: “Desde que haya buena fe y amor a la Patria, nosotros para adelante, sin importar lo que digan”. Por lo tanto, poco importa lo que ahora digan sobre el pasado unos horrendos criminales, pues a ellos no se les puede creer nada. Todo lo que digan de ahora en adelante se presume falso. Es falso. Sólo dirán mentiras para enlodar el honor y la dignidad de los altos oficiales de las Fuerzas Armadas, para denigrar y manchar la ejemplar e impoluta hoja de vida del primer mandatario. No merecen la más mínima credibilidad. Es la palabra de criminales contra la de honestos y sacrificados miembros de las Fuerzas Militares. De delincuentes condenados, como Rafael García a 18 años, contra intachables funcionarios, como Jorge Noguera, ex director del DAS.

La versión de tenebrosos asesinos, contra la palabra de abnegados y amenazados Senadores y Representantes, obligados a firmar y sellar una alianza con el crimen. En fin, la mentira y la violencia del crimen contra la verdad y la civilidad de la “democracia más estable, ejemplar y sólida de América Latina”. Por eso no se les pueda creer absolutamente nada, aunque sus verdades sean del tamaño de sus crímenes. Simplemente, porque si se les llega a creer, así reconozcan las numerosas masacres cometidas y los miles de desaparecidos ocultos en fosas comunes, esa verdad resulta horripilante a nuestros ojos. Se torna insoportable el olor y hedor de tanta verdad. Se vuelve insuperable el dolor de tanta ignominia. Imperdonable tanta humillación. Es preferible olvidar el pasado. Es mejor no ver la realidad. No conocer el pasado y mucho menos identificar los responsables de este tenebroso presente. De continuar desenterrando tanta verdad, puede llegar a suceder que los ciudadanos corrientes se confundan y pierdan el juicio. Entonces no puedan distinguir entre un político y un criminal. O quizás sí. Y con esa verdad ningún gobierno se puede sostener. Ninguna legitimidad se puede argumentar. Ninguna democracia puede existir. Se torna imposible gobernar.

Razón tenía Albert Camus, cuando reflexionaba en el prólogo del “Hombre Rebelde” sobre la relación entre el crimen y la razón: “Desde el instante en que se razona el crimen, éste prolifera como la misma razón, toma todas las figuras del silogismo. Era solitario como el crimen; helo ahí universal como la ciencia. Ayer juzgado, hoy legisla”. Podríamos agregar: hoy gobierna. Sin duda, estamos frente a una crisis de verdad, que puede transformarse en una política de verdad, desligada del crimen, sus protagonistas y cómplices. Más que del sistema judicial, ello dependerá de nuestro juicio y responsabilidad ciudadana. Al fin de cuentas, en una verdadera democracia los jueces de última instancia somos los ciudadanos y ciudadanas. Podemos repudiar o legitimar a los criminales y sus cómplices. De eso se trata en las próximas elecciones de mandatarios regionales, siempre y cuando tengamos garantías para expresarnos libre y responsablemente. Esa es la principal y quizá única verdad política que debe honrar y garantizar el presidente Uribe. De lo contrario, estará afianzando la actual simbiosis entre la política y el crimen, que es lo propio de un régimen electofáctico, negación absoluta de uno democrático.

miércoles, noviembre 22, 2006

CALICANTO
(Noviembre 22 de 2006)

Tiempos Cacocráticos
Hernando Llano Ángel

Más allá de las interminables controversias desatadas por las investigaciones que adelantan la Corte Suprema de Justicia, la mayoría en su etapa preliminar, contra conspicuos miembros del uribismo en el Congreso por su simbiosis criminal con el paramilitarismo, así como de las tardías revelaciones de la Comisión de la Verdad sobre la hecatombe de la Justicia, no está tanto el esclarecimiento de la verdad histórica o el pronunciamiento de veredictos de inocencia o culpabilidad contra algunos protagonistas de la parapolítica. Lo que realmente está en juego es la existencia misma de la política y su práctica como un ejercicio público de dignidad y decencia o, por el contrario, su mutación en una actividad clandestina donde ya no es posible distinguir entre el criminal y el político. A lo que estamos asistiendo es a la fase terminal de una brutal metamorfosis de nuestras instituciones y sus mutantes protagonistas, que ha tenido puntos horripilantes de inflexión, como la escenificación pública del horror en el Palacio de Justicia, en pleno epicentro del poder nacional, que arrasó con todo vestigio de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario mediante la acción combinada de una alucinada guerrilla y la soberbia presidencial estimulada por la revancha militar. Luego padecimos la fase narcoterrorista de los extraditables, superada provisionalmente mediante el ya derogado artículo 35 de la Constitución del 91, que prohibía la extradición de colombianos por nacimiento. Después supimos, con el proceso 8.000, que el poder deletéreo del dinero blanqueado era políticamente más eficaz que el poder terrorista de Escobar.

Pero lo que hoy estamos presenciando es mucho más grave. Es nada menos que la exitosa metamorfosis de esa simbiosis entre el crimen y la política. Vemos con estupor como de la crisálida del narcotráfico y del terror blanco sale una vistosa mariposa con alas tornasoladas, donde destellan el rojo castaño, pasando por el azul prusiano hasta el transparente y blanco cristalino. La multicolor y multiforme mariposa revolotea por el espacio público y electoral, da giros acrobáticos inimaginables, algunas veces en “U”, otras en “C”, o en “L”, hasta que termina posándose impunemente en las cumbres del poder político estatal. En semejantes alturas institucionales, sus alas toman más fuerza y alcance, pues su existencia es reconocida como inevitable, casi necesaria para derrotar a ese otro terrible coleóptero rojo, de tiempos inmemoriales, con mayor capacidad de mutación y mimetismo, que hoy se conoce bajo el nombre de terrorismo. Entonces la sutil mariposa se reviste de legitimidad y pretende volar más allá del bien y del mal, más allá de la Constitución y la ley, por eso algunos de sus miembros incurren en actos terroristas, que hoy el Fiscal General apenas califica de “burdo montaje y estafa”, como los cometidos por el Mayor del ejército Jaime Efrén Hermida y el Capitán Luis Gerardo Barrero. Falsos positivos que, según el Presidente, nunca existieron.



Es que toda metamorfosis impone su propia semántica legal y judicial. Por eso el Presidente, al comienzo de su gestión y como una primera fase de esta culminada simbiosis entre el crimen y la política, promovió la ley 782 de 2003, que le permitió empezar conversaciones, nunca negociaciones, con los comandantes de las AUC, reconocidos entonces como delincuentes comunes. En desarrollo de las mismas, cuya condición para empezar y continuarlas era el cese del terrorismo y las hostilidades, dichas organizaciones han perpetrado al menos 3.000 asesinatos y aún no han liberado más de 300 personas que figuran como secuestradas, según los reportes de “País Libre”, la fundación gestada por el actual Vicepresidente, Francisco Santos, ahora al frente de la política pública para la promoción, protección y vigencia de los Derechos Humanos. En el transcurso de las conversaciones, bajo la denodada coordinación del Psiquiatra y Filósofo Luís Carlos Restrepo, se logra una extraordinaria transformación en la personalidad e identidad de tan temibles y traumatizados pacientes. Terminan rehabilitados y convertidos en actores políticos, gracias a la sapiencia jurídica del actual Fiscal que, como Viceministro de Justicia, siguiendo instrucciones del ex presidente de FENALCO, Sabas Pretelt, negocia el contenido de la ley de “Justicia y Paz” atendiendo la solicitud de sus clientes para ser tratados como delincuentes políticos. Todo lo anterior, siguiendo instrucciones del Presidente Uribe, quien considera que “es muy difícil trazar una línea divisoria entre quienes participan en delitos de rebelión y sedición y quienes cultivan, procesan y trafican con drogas ilícitas”, según declaraciones públicas a RCN. Se culmina, así, la primera fase de la metamorfosis de la simbiosis entre el crimen y la política.

La segunda fase comienza con la reelección del prestidigitador de semejante acto de reconversión. Para ello no son despreciables los votos de Senadores y Representantes afines al paramilitarismo. En principio, aprobando el acto legislativo de la reelección presidencial inmediata y luego acompañándolo en su victoriosa campaña reeleccionista. Por eso no tiene sentido aportar prueba alguna sobre la responsabilidad presidencial en la configuración de este entramado cacocrático, pues a ello no sólo han contribuido la gran mayoría de los 69 senadores y 102 representantes que lo respaldan en el Congreso, sino los más de siete millones de Colombianos que lo reeligieron, apenas el 18% del total de ciudadanos y ciudadanas habilitadas para votar. Porque en la política no se trata de establecer culpabilidades personales sino responsabilidades colectivas. Y, sin duda, la confianza de la mayoría de esos siete millones de compatriotas ha sido defraudada y robada, gracias a esa hábil prestidigitación presidencial del miedo ciudadano a los ataques del coleóptero rojo y a su esperanza ingenua en un mandatario que prometió luchar contra la politiquería y la corrupción. Hoy vemos que sus aliados y compañeros de viaje están gravemente implicados con la multiforme y multicolor mariposa del paramilitarismo. Por todo ello estamos viviendo en los tiempos de la cacocracia, el gobierno de los ladrones más astutos y habilidosos, aquellos que roban la confianza ciudadana, posando de santos y virtuosos.

Afortunadamente el dominio de los cacos todavía puede ser desafiado y electoralmente derrotado en muchas regiones del país. Es nada menos lo que está en juego en las próximas elecciones regionales del 2007. Por eso, además de garantías para una competencia libre y justa, se precisa de una ciudadanía responsable, reacia a la manipulación mediática y al maniqueísmo moralizante, capaz de asumir conscientemente su papel, sin delegar en terceros la salvación de una espuria “democracia” y mucho menos creer que la patria es patrimonio de unos pocos. De lo contrario, la metamorfosis cacocrática se extenderá por todo el país, bajo la falaz consigna presidencial de “Primero Colombia”.
(Noviembre 22 de 2006)

lunes, octubre 30, 2006

CALICANTO
(Octubre 29 de 2006)

Uribe pinta mal


Hernando Llano Ángel.

El título, desde luego, no es un juicio estético sobre las dotes artísticas del Presidente, de las cuales dio muestras al alimón con el maestro Fernando Botero, pintando “La fiesta Nacional”. Los noticieros de televisión resaltaron, como un acontecimiento político-pintoresco, las pinceladas terminales del Presidente, repintando una deslucida franja amarilla del tricolor nacional, discreta cortina de la realidad, para después estampar, en el extremo derecho del lienzo, su firma de primer mandatario. La imagen no podría ser más reveladora del divorcio y el trágico contraste que existe entre la realidad presidencial y la realidad nacional. Un día antes de recluirse Uribe en la Casa de Nariño con Fernando Botero, el artista plástico que mejor ha vendido una imagen entre bucólica y cáustica de una Colombia anacrónica, violenta y clasista, apareció en la primera página de “El Tiempo” un informe del Banco Mundial que estima los costos del daño ecológico causado a nuestra portentosa riqueza natural en cerca de 7 billones de dólares, en gran parte por la desidia e incompetencia oficial. Denuncia el informe, entre otras aberrantes realidades, que la contaminación atmosférica causa “6.000 muertes anuales y 1.100 fallecimientos prematuros por contaminación domiciliaria.” Que por causa de desastres naturales, “entre 1993 y el 2000 más de cuatro millones de colombianos se vieron afectados por estos fenómenos –principalmente inundaciones y derrumbes--, cuyo costo anual fue de aproximadamente 453 millones de dólares (más de un billón de pesos). El saldo de estos desastres fue de 30 mil muertos. La población más pobre ha pagado los costos más elevados en cuanto a patrimonio perdido y muertos”, concluye la investigación del Banco Mundial, que contrasta tan elevado costo junto a un gasto militar de 5.4 billones de pesos para el 2006. Es decir, a la depredación de nuestra naturaleza, hay que sumar la degradación de nuestra condición humana.

Nuestra realidad es un lienzo que sobrepasa los horrores de “la violencia y las torturas” de la cárcel de Abi Ghraib, recreada por el maestro Fernando Botero. Violencia que se resisten a ver y reconocer muchos gobernantes, como obra de sus propias decisiones políticas y militares. Violencia que queda plasmada en forma irreversible sobre los cuerpos y las vidas de sus víctimas. Violencia que también se niegan a reconocer, quienes cínicamente llaman retención al secuestro; ajusticiamiento al asesinato y “contribución revolucionaria” a la extorsión y el chantaje económico.

Se comprende que la pinacoteca oficial no haya tenido hasta hoy ninguna “fiesta nacional” digna de subastar, al contar con pintores de manos tan diestras en retocar la hecatombe de nuestra realidad política para defender privilegios sociales, sumadas a las manos siniestras de quienes pintan por fuera del marco legal y anegan de sangre y muerte el paisaje nacional.

Por todo lo anterior, es que Uribe pinta muy mal como gobernante, pues se dedica a plasmar en un lienzo palaciego “La fiesta nacional”, mientras en la realidad parece estar esbozando una “tragedia nacional”. Sus últimos pincelazos, inspirados más por la rabia y el odio en lugar de la razón y la prudencia, pueden ser presagio de trágicos desenlaces. Parece estar actuando como un apasionado artista, en busca de histéricos aplausos de la galería, antes que como responsable estadista. Desde la Escuela Superior de Guerra, con corazón rabioso, proclama y ordena el rescate a sangre y fuego de los secuestrados, olvidando el destino fatal ya corrido por destacados ciudadanos y abnegados miembros de la fuerza pública en su terruño antioqueño.

Luego, desde Buenaventura, se convierte en implacable juez moral, declarando indigno al Secretario de Gobierno de esa ciudad, haciéndose eco de una extemporánea y patética denuncia pública de un oficial de la armada que, por ignorancia o falta de carácter, no denunció, como debió hacerlo en el acto, la presunta ilicitud del funcionario municipal. Sin duda, el Presidente y el oficial armaron la gorda, incluso mejor que Botero, y pintaron a cuatro manos un cuadro ejemplar de desinstitucionalización y desjudicialización, al punto que todavía no se han podido aportar las pruebas legales para procesar al ex Secretario de Gobierno. Pero este incidente no pasa de ser una nimiedad frente a la paciencia y generosidad que ha tenido el Presidente, rayana con la impunidad, ante los más de tres mil asesinatos y desapariciones atribuidas a las AUC, desde la iniciación del proceso en Santa Fe de Ralito, según denuncia del ex presidente Pastrana. Curiosa forma de entender la justicia tiene el Presidente Uribe, muy parecida a la lucha denodada que libra desde hace más de cuatro años contra la corrupción y la politiquería, en estrecha alianza con sus mayorías en el admirable Congreso que hoy tenemos. Seguramente por eso el maestro Botero lo invitó a terminar su irónico cuadro y a estampar su firma en la extrema derecha de su lienzo, pues hoy la politiquería caudillista y la corrupción clientelista están más robustas y alegres que Doña Felicidad en “La Fiesta Nacional”.


miércoles, octubre 18, 2006

CALICANTO
(Octubre 18 de 2006)
LA UNIVERSIDAD: CAMPO DE-LIBERACIÓN, NO DE CON-FRONTACIÓN Y ELIMINACIÓN
(En memoria de Julián Andrés Hurtado)
Hernando Llano Ángel.


Los estudiantes de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana de Cali han convocado desde hoy miércoles y hasta el viernes 20 de Octubre al Primer Congreso y Séptimo Encuentro Nacional de Estudiantes de Ciencia Política y Carreras Afines, bajo la consigna central de: “¡Por una conciencia social!”. Al evento se han inscrito cerca de 600 estudiantes procedentes de diferentes ciudades y regiones del país, para presentar y debatir sus ponencias en cuatro mesas temáticas que abarcan desde las Relaciones Internacionales, pasando por el análisis del Sistema Político Colombiano; Procesos de Paz y Modelos de Justicia, hasta su eje central, la formación y promoción de una Conciencia Social desde diferentes enfoques. El campus de la Universidad consagrado a su tarea esencial: la de-liberación crítica y pluralista. Campus deliberativo en un momento que se lo quiere convertir, desde las orillas más opuestas y radicales, en un campo mortal de con-frontación y eliminación. Ya se escuchan las declaraciones amenazantes del Vicepresidente Francisco Santos, asimilando el campus de la universidad pública a una supuesta zona de despeje, con toda la connotación de descrédito que ella evoca, para así justificar y facilitar su posterior ocupación policiva o militar. Frente a semejante despropósito oficial hay que reafirmar, como lo hacen los estudiantes con este evento, que todo campus universitario, sin importar su carácter privado o público, es un ámbito para el ejercicio de la razón y no de la violencia. Es un campus para la de-liberación y no para la inspección policiva y judicial. Por lo tanto, sin importar los motivos o las razones, lo degradan por igual quienes buscan convertirlo en un campo de batalla, bien para atacar o defender el Statu Quo. Porque lo único que debe ser radicalmente excluido del campus universitario es el ejercicio de la violencia y de quienes apelan a ella por falta de argumentos. La Universidad es un campo para promover la de-liberación crítica y creadora. No para exaltar la con-frotación violenta y destructora. En el campus universitario se trata de convencer con argumentos, no de vencer con la fuerza de la violencia o las amenazas. Mucho menos de eliminar y asesinar a líderes estudiantiles como Julián Andrés Hurtado de la Universidad del valle. Por eso atentan contra su autonomía y libertad todos los que pretenden imponer violentamente sus concepciones, bien bajo el pragmatismo de la seguridad democrática o el idealismo de la justicia social. Ambas partes terminan negando el campus para la de-liberación entre contradictores y lo convierten en un sangriento campo de con-frontación entre enemigos. Por eso la universidad no es para- militar en banderías de izquierda o derecha, sino para de-liberar en torno a la responsabilidad del saber frente al poder, como en efecto se disponen a hacerlo los estudiantes de Ciencia Política y carreras afines durante estos dos días. Porque ya va siendo hora de que gobierne el poder del saber y no el saber del poder. Sobre todo de un poder, como el actual, que “nunca abraza a los que piensan”, sino a los que saben ordenar y obedecer sin pensar socialmente. La universidad no es el lugar para la obediencia debida, sino para el pensamiento responsable y atrevido. El de quienes se atreven a pensar sin desconocer sus límites de responsabilidad social: la vida y la dignidad de toda la colectividad, que sólo se alcanza con justicia, prudencia y verdad.

viernes, septiembre 29, 2006

CALICANTO
(Septiembre 29 de 2006)

Del demonio, sus dominios y vicarios.

Hernando Llano Ángel.


Con su estilo pintoresco, entre chabacano y cursi, prosaico y trascendental, Hugo Chávez representó en la reciente Asamblea General de las Naciones Unidas una nueva escena, en tono luciferino, de la famosa película “Su Excelencia”, de Cantinflas. Y, una vez más, la realidad superó la ficción, pues arrancó sonoros aplausos entre los numerosos asistentes, convirtiendo la Asamblea en una especie de aquelarre antiimperialista. La verdad es que el mundo en que vivimos se ha convertido en un infierno, no tanto por el recalentamiento global y la inminencia del fenómeno del “niño”, como por quienes están al mando del mismo. Salvo contadas excepciones, la mayoría de Jefes de Estado están endemoniados, pues para lograr sus objetivos de poder y permanecer en su ejercicio han pactado con el diablo. Se han convertido en sus vicarios, sellando pactos solemnes y clandestinos con la mentira, la violencia y el odio, divisas inconfundibles y distintivas del bando luciferino.

Dicen, por ejemplo, que gobiernan en función del interés público, la seguridad democrática y la justicia, pero los hechos demuestran todo lo contrario. Favorecen los intereses de los grandes grupos financieros y el apetito insaciable de los mercaderes, para ello convierten el Estado en una especie de Supermercado que subastan al mejor postor sin ningún pudor. Declaran guerras en nombre de la paz, la seguridad y la democracia. Diseñan políticas y estrategias de inteligencia tan sofisticadas, que los propios agentes oficiales terminan estimulando y encubriendo a los terroristas, para luego dar parte de uno que otro “positivo”, sin importar los daños colaterales de las bombas que no logran desactivar. Es inevitable que mueran ciudadanos anónimos, desechables y superfluos, pues el terror no discrimina, como al parecer sí sucede con la política de seguridad democrática, tan eficiente en proteger la caravana turística y tan impotente para salvar la vida de un trabajador. Por ello todos los vicarios del demonio inventan un nuevo lenguaje, que les permite entenderse a la perfección. Así, por ejemplo, llaman Patria a la defensa de sus privilegios y Seguridad al goce de sus propiedades. Reestructuración y salvación, a la liquidación y venta de las empresas estatales, como el Seguro Social. En el punto 60 del “Manifiesto Democrático” Uribista, se lee: “Necesitamos salvar al Seguro Social porque la opción pública es esencial en el esquema de empresas promotoras de salud”. Por la misma razón, este Gobierno llama ley de justicia y paz, al reino de la impunidad y la humillación. Desarrollo y crecimiento, a la concentración del ingreso y el aumento de la inanición. También, por ello, un brillante psiquiatra, como Luís Carlos Restrepo, confunde el error de las “convivir” con el horror del paramilitarismo, y de paso produce una catarsis tan exitosa en sus pacientes, que los transforma de criminales de lesa humanidad y narcotraficantes en actores políticos y empresarios de la paz.

Ese nuevo lenguaje tiende a ser universal, trasciende fronteras y credos ideológicos, por eso se entienden fácilmente todos aquellos que dominan sus códigos básicos: la mentira, la violencia y el odio. Así, llaman, ajusticiamiento al asesinato. Retención al secuestro. Intercambio humanitario al chantaje del contrario. Educación al adoctrinamiento. Fe al fanatismo. Pedagogía a la pederastia. Verdad revelada a la mentira institucionalizada. En fin, por todo lo anterior, es que vivimos en esta torre de Babel tan parecida al infierno. Bien lo expreso Umberto Eco, “El diablo no es el príncipe de la materia, es la soberbia del espíritu, la verdad sin sombra de duda y la fe sin sonrisa”. Por eso sus dominios son tan vastos y numerosos sus vicarios.



lunes, agosto 14, 2006

CALICANTO
(Julio 26 de 2006)


Política y crimen: un pasado presente y un futuro de impunidad.

Hernando Llano Ángel.

Lo más sorprendente de las revelaciones de Virginia Vallejo es que generen estupor e indignación nacional por describir, con admirable precisión y memoria, la simbiosis entre el crimen y la política, como si ello fuera un asunto del pasado, y se olvide su denuncia de que vivimos un presente todavía mucho más descompuesto y corrupto. No sólo por haber señalado la relevante coincidencia en la primera página de “El Tiempo” de la foto de Santofimio junto al nombramiento de Samper, como embajador en Francia, sino sobre todo por la vertiginosa legitimación del crimen que Uribe lleva a cabo bajo la llamada ley de Justicia y Paz.

En efecto, desde el punto de vista de las relaciones entre la política y el crimen, nunca antes como hoy el pasado es un presente perfecto de impunidad. La mayoría de vencedores y sucesores de Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha están hoy gozando de su libertad y fortunas de ignominia, exceptuando a Don Berna, que por ahora gobierna sus huestes desde la cárcel de Envigado, como en el pasado lo hacia Escobar desde su Catedral. Es también por ello que tenemos un futuro de impunidad, reflejado en las nuevas generaciones de “paras” al servicio de una intrincada red de narcotraficantes que hoy asumen su alistamiento, como ayer lo hicieran quienes ahora, gracias a la ley de Justicia y paz, reciben de este gobierno, en forma transparente y legal, el tratamiento de sediciosos y criminales privilegiados, protegidos incluso de la extradición. La meta que jamás alcanzó Pablo Escobar, ahora la disfruta una pléyade de criminales de lesa humanidad, como generosa retribución gubernamental por su lucha contrainsurgente.

Así las cosas, lo que ha sucedido es una metamorfosis de la relación simbiótica entre el crimen y la política, que ahora aceptan y toleran como conveniente los más conspicuos miembros del Establishment y caracterizados defensores de la ética, al igual que ayer lo hacían con la nueva y generosa clase emergente, que entonces dinamizaba sus negocios legales. En menos de una década ha variado a tal extremo la “tasa de cambio moral” frente al crimen, que hoy la sociedad parece aceptar condenas de máximo ocho años como justas y adecuadas por crímenes de lesa humanidad. Definitivamente el crimen paga. Sobre todo cuando las víctimas son marginales, casi anónimas, sospechosamente pobres y peligrosamente críticas, además de rebeldes y reacias al espejismo del ascenso social y la cooptación política.

Es en ese contexto que valdría la pena examinar la responsabilidad política de los líderes, aspirantes y últimos jefes de Estado, denunciados con vehemencia por Virginia Vallejo, frente a la profunda crisis ética y la hecatombe humanitaria que hoy vivimos como sociedad. Porque la crisis ha sido y continúa siendo esencialmente política, ya que su origen se encuentra en la aceptación ciega y estúpida del prohibicionismo y su correlato de “guerra contra las drogas”, como una especie de tabú intocable y sagrado, que condena al ostracismo de los apátridas y apestados universales a quienes se atrevan a desafiarlo en la arena política de las relaciones internacionales. Más aún cuando dicho tabú favorece los intereses geopolíticos norteamericanos, sus políticas intervencionistas y su próspera economía militar, todas ellas en detrimento del fortalecimiento de un Estado colombiano con soberanía judicial, capaz de investigar y condenar sus más peligrosos y ambiciosos delincuentes, para no quedar expuesto al garrote de la extradición, el chantaje imperial y la humillación internacional, como ha venido sucediendo durante las dos últimas décadas. Y como una vez más se puso de presente en esta ocasión, cuando el mismo Fiscal general de la Nación, Mario Iguarán, se declara impotente para garantizar la seguridad de Virginia Vallejo y la entrega a Estados Unidos, claudicando así el Estado colombiano a su competencia y derecho fundamental de investigar e impartir justicia. Semejante decisión, aceptada como sensata y normal, política y judicialmente correcta, demuestra hasta que punto hemos perdido la noción de la soberanía judicial y la dignidad nacional. Queda demostrado que política, militar y judicialmente somos un protectorado de Norteamérica, antes que un Estado soberano, pues nuestros gobernantes han colocado en la extradición el hilo conductor y el nudo ciego de nuestra precaria estabilidad institucional y seguridad ciudadana. Sólo falta que gran parte de la economía y de nuestro precario bienestar dependa ahora de un TLC que todavía es un enigma y en su parte más vital, agricultura y salud, un secreto de Estado.

Pero entonces era de la aplicación o no de la extradición, como bien lo resaltó Virginia Vallejo, que dependía la vida o muerte no sólo de Luís Carlos Galán, sino de cientos de miles de colombianos, que fueron sacrificados en tan absurda vorágine de terrorismo y corrupción, que sólo amainó temporalmente con el derogado artículo 35 de la Constitución, mediante la prohibición de la extradición de colombianos por nacimiento. Pero hoy nuevamente la suerte del proceso con las AUC depende de la extradición. En una palabra, como Estado y sociedad somos rehenes de la política y las exigencias norteamericanas en este terreno. Tal es la inmensa y grave responsabilidad de todos los Presidentes, desde 1979, que no han hecho otra cosa que profundizar nuestra dependencia y postración frente a los Estados Unidos y su absurda guerra contra las drogas. Gracias a esta alianza estratégica contra el demonio del narcoterrorismo, profundizada con orgullo por Pastrana a través del Plan Colombia y ejecutada con obsesión patriótica por Uribe, nuestra política cada día es más degradada a una simbiosis perversa con el crimen, de la cual depende tanto para sobrevivir como para morir. Por eso nuestra historia política reciente, como nos lo recordó Virginia, está plagada de magnicidios y genocidios. Por eso la escriben, a múltiples manos, políticos y criminales, a tal punto que ya no es posible distinguir claramente sus identidades, siendo casi accidental si desempeñan sus roles desde el Estado o contra el Estado. Por eso han convertido nuestra portentosa biodiversidad en objeto del mayor ecocidio planetario que Estado alguno haya cometido, en forma totalmente impune, al pretender erradicar la sagrada y maravillosa hoja de coca de la faz andina, en lugar de concentrar esfuerzos en la mente y el cuerpo de los millones de consumidores de cocaína. Ya va siendo hora de tener claro que la solución del problema no depende de aplicar o no la extradición, sino más bien de contener y reducir la extra-adicción de millones de consumidores de cocaína y heroína, que no pueden vivir sin una dosis creciente de estimulación o evasión. Porque esta “guerra” en el único territorio que se debe librar, ganar o perder, es en la mente y en el cuerpo de sus consumidores. Todo depende de su capacidad de autodeterminación y no de su represión. Por eso son completamente inocuas las armas, los tribunales y las cárceles, pero absolutamente imprescindibles e irremplazables las palabras, los sentidos, los sentimientos y los abrazos. En últimas, se trata de la perenne lucha entre Thánatos y Eros, que siempre precisa más de la política que de la guerra para su civilizada convivencia, superación y creadora transformación.

martes, julio 11, 2006

CALICANTO
(Julio 10 de 2006)


UN MUNDIAL BUFONESCO.

Hernando Llano Ángel


El mundial del 2006, realizado con tanto esmero y seriedad por los alemanes, pasará a la historia por parecerse más a una ópera bufa que al máximo evento del fútbol planetario. La final entre Italia y Francia, con la destacada actuación de Gianlugi Buffon, y la deplorable expulsión de Zinédine Zidane, deja la amarga sensación de la derrota del fútbol y el triunfo de la picardía. Nadie podrá refutar que el equipo italiano ganó la copa y es hoy tetracampeón del mundo. Pero tampoco se podrá negar que Francia terminó invicta y merecía con creces el triunfo sobre un adversario tan mezquino en el ataque como astuto en la provocación y hermético en la defensa. Sin duda, este mundial ha sido una estafa monumental y no deja de ser una coincidencia alarmante que sus campeones estén ad-portas de ser descalificados como deportistas y sancionados como tramposos jugadores por la justicia italiana. Así las cosas, habrá que reconocer que el fútbol se parece cada día más a la política internacional, donde predomina la mentira y la violencia, bajo la conducción de un Imperio que, como la FIFA, se sitúa por encima de cualquier ordenamiento y no tolera que alguien se atreva a desafiar sus reglas y cambie su intocable Statu Quo.

La enorme fascinación que despierta el fútbol procede de la tensión perenne entre lo colectivo y lo individual; la fuerza y la inteligencia; la velocidad y la precisión; la rectitud y la audacia, en disputa de un huidizo e inasible balón, que debe ser controlado y dominado con la cabeza y los píes, jamás con las manos, excepto por los arqueros. Por eso es un duelo entre las extremidades más humildes y torpes contra las más encumbradas y sutiles. De veinte terrenales pares de píes y burdas piernas contra dos pares de etéreas y prestidigitadoras manos, que defienden con valor y osadía la intangibilidad de una portería y su red. El gol es, casi siempre, el triunfo de lo inferior sobre lo superior; de lo más terrenal e instintivo, un puntapié que golpea certeramente el balón, contra lo más superior y humano, un par de manos incapaces de contenerlo y abrazarlo. Quizá por ello gritamos como bestias cuando es anotado. Multitudinariamente celebramos el triunfo más radicalmente subversivo, aquello que nos convierte en humanos, la alianza entre la inteligencia y dos humildes píes que derrotan el privilegio de dos portentosas manos protegidas por imponentes guantes. Y es justamente este duelo el que está desapareciendo con el triunfo de Italia en este mundial. No por casualidad Buffon recibió apenas dos goles y ganó con justicia el título de mejor guardameta del mundial.
Ganó el esquema defensivo, que protege al privilegiado arquero y frustra la alegría del gol, sobre el juego ofensivo que apuesta a la igualdad rastrera de los botines y la audacia de los delanteros, cuando como ángeles anotan con sus cabezas desde el cielo. También por ello la copa se definió mediante el duelo desigual entre los píes y las manos, que terminó favoreciendo a Italia, porque literalmente le metió más mano y astucia al partido que Francia. Por el contrario, los ultramarinos y cosmopolitas “galoafricanos” le pusieron tanta garra al partido, que el puntapié de Trezeguet terminó estrellando el balón contra el horizontal de la portería. Tampoco podemos olvidar que Materazzi sujetó a Zidane con sus dos manos, mientras lo insultaba y provocaba, asociando su antepasado de cabila con el terror y la suciedad, hasta hacerle perder su cabeza. Fue el triunfo de la trampa y la bajeza moral de Materazzi sobre la fuerza y la digna irascibilidad de Zidane, en un mundial que hizo de la lucha contra el racismo su divisa. Pero también la derrota de Elizondo, un árbitro tan ciego como la justicia oficial, que suele castigar ejemplarmente la reacción comprensible de la víctima y dejar en la impunidad absoluta el crimen del agresor. Así las cosas, la victoria de Italia se escribe con “V” de vergogna y la derrota de Francia con “D” de dignité.

Seguramente por esto último la celebración italiana fue de tal bajeza y vulgaridad. La copa mundo fue vejada y ridiculizada con un gorro de bufón y la cancha degradada en peluquería y camerino de exhibición. Apenas una digna culminación para un mundial ganado por una comparsa de bufones que bien merecen el indulto y hasta la amnistía como cierre del telón. El show ha terminado. Confiemos que dentro de cuatro años, en la tierra de la libertad y la dignidad, el fútbol triunfe sobre el mercado y los deportistas derroten a los artistas de la impostura y la bufonería.

(calicantopinion.blogspot.com)

martes, junio 13, 2006

CALICANTO
(Junio 7 de 2006)


Elección histórica y paradójica


Hernando Llano Ángel.



La reciente elección presidencial del 28 de Mayo, todavía marcada por el triunfo de la abstención, cercana al 55%, tiene el doble carácter de histórica y paradójica. Histórica, puesto que es la primera reelección presidencial inmediata desde el siglo pasado, después del lánguido fracaso continuista del General Rafael Reyes, quien renunció en 1909. Y paradójica, en tanto marca la agonía del liberalismo y el conservatismo en manos del mandatario más tradicional y Ultramontano de los últimos años, Álvaro Uribe Vélez. En efecto, Uribe hace honor a la “U” de Ultramontano, pues se sitúa más allá de las cumbres del conservatismo y el liberalismo en la defensa a Ultranza del poder establecido y de los intereses emergentes, tan bien encarnados respectivamente por Laureano Gómez y Julio Cesar Turbay Ayala. Uribe es, visto con perspectiva histórica, un hijo legítimo de ambas tradiciones políticas.

Del Laureanismo ha heredado esa obsesión por el orden y la seguridad de lo privilegios, junto al talante de superioridad patriarcal, clasista y segregacionista que le permite llamar a las cosas y a las personas en diminutivo, con cariñoso y encantador desprecio: “la finquita, la casita, los pesitos y el pueblito”. Del Turbayismo, retoma su lucha denodada por reducir la corrupción a las justas proporciones y su habilidad para regatear y transar los recursos públicos con los más competentes y honestos, como bien lo demostró con sus numerosos nombramientos en el servicio diplomático y la seducción de Yidis y Teodolindo para la aprobación en el Congreso de la reelección inmediata.

Pero, sobre todo, es un digno albacea del Turbayismo en su insuperable habilidad para acoger y proteger, en nombre de la seguridad, la paz y la reconciliación nacional a ciertos sectores sociales emergentes, responsables de la más aberrante criminalidad, aquella que combina la crueldad con la impunidad, aupada por la buena conciencia de ciertos empresarios que hacen patria y generosamente invierten en ella, sin importar mucho el precio de la seguridad, así sea garantizada con máxima crueldad. La crueldad de numerosas masacres cometidas por las AUC contra civiles inermes en virtud de una impunidad ganada, al menos hasta la fecha, por la defensa de escandalosos privilegios sociales en su lucha contra los crimines de lesa humanidad perpetrados por las Farc. Debido a ello hoy presenciamos con estupor la metamorfosis de la denominada política de seguridad democrática, convertida en una política de criminalidad organizada, casi institucionalizada, como lo han venido demostrando los deplorables acontecimientos de infiltración y utilización del DAS por intereses de paramilitares en la costa caribe y la reciente cooptación narco-paramilitar de miembros del Batallón de Alta Montaña “Rodrigo Lloreda Caicedo” para masacrar el cuerpo elite antinarcóticos de la policía nacional.

La paradoja, obviamente, es que cerca del 62.2% de los electores haya valorado positivamente dicha política de “seguridad democrática”, cuando ella presenta tan graves indicadores de descomposición institucional, como de objetiva incompetencia para contener los excesos criminales de las Farc en ciudades tan importantes como Buenaventura y en territorios tan extensos y ricos como los Departamentos de Nariño, Huila, Arauca, Caquetá, Guaviare y Putumayo.

La dignidad de la derrota

Pero el otro acontecimiento que marcó históricamente la reciente jornada electoral, fue la significativa votación obtenida por el Polo Democrático Alternativo en cabeza de Carlos Gaviria Díaz, con más de 2.600.000 votos, que ponen de presente la dignidad de una derrota frente a la algarabía de una ruidosa victoria, conquistada en gran parte con la propaganda y el presupuesto oficial en función del Candidato-Presidente, que convirtió así el Estado en una especie de Hacienda para su triunfo personal.

Detrás del escueto 22.2% del electorado que respaldó a Gaviria, lo que hay es una reserva de ciudadanía que se expresó en forma independiente, más allá de ideologías y simpatías partidistas, inmune a la manipulación mediática y a los halagos de políticas sociales asistencialistas y clientelistas, las cuales prometió ampliar el Presidente-Candidato en su segundo mandato.

Dicha votación tiene también un enorme significado simbólico, pues Carlos Gaviria encarna en su vida personal y profesional los valores más preciados e imprescindibles para la existencia de la democracia: el civilismo de la ley y el Estado de derecho; el pluralismo del académico y el intelectual junto a la autodeterminación del ciudadano que delibera y actúa responsablemente en función del interés general y la equidad social. Por todo lo anterior, su consigna de campaña conserva plena vigencia: “Construyamos democracia, no más desigualdad”, en lugar de la impostura histórica del Presidente reelecto empecinado en defender privilegios de clase apertrechado tras una supuesta política de seguridad democrática que profundiza una inequidad social inocultable, no obstante los logros cosméticos y paliativos de su política social clientelista, en gran parte reflejada en el 62.2% de su votación. Cifra que apenas representa, con sus 7.363.297 electores, el 27.5% del censo electoral y el 18% del total de los colombianos residentes: 41.242.948, de los cuales más de la mitad se rebuscan la vida en medio de la marginalidad y la legalidad. De allí que el futuro político sea de quien demuestre, con mayor eficacia y credibilidad, ser capaz de construir igualdad y cohesión social, sin las cuales será imposible brindar algo más que una mediática y efímera seguridad personal, siempre condicionada al miedo que infundan las armas de escoltas o de una Fuerza Pública susceptible de ser cooptada por el crimen organizado.

Por último, el principal acontecimiento de la reciente reelección Presidencial, es que puede ser el punto de partida de un tránsito de la guerra hacia la política, siempre y cuando se avance hacia el reconocimiento por parte del Presidente Uribe de que es posible y necesario el crecimiento y la consolidación de una oposición alternativa, civilista y democrática, capaz de gobernar en función de los intereses sociales de las mayorías y no de la defensa reformista de los privilegiados de siempre. Defensa que por lustros cumplió diligentemente el Partido Liberal y el domingo el electorado le cobró con dureza a Horacio Serpa, como vocero ambiguo de un Partido inferior a su doctrina y compromiso social. Por eso, hoy estamos ante un momento histórico, el del reagrupamiento de las fuerzas políticas en un Polo de derecha, Ultramontano, liderado por Uribe al mando de los intereses más tradicionales y socialmente excluyentes del conservatismo y el liberalismo, frente a un Polo de izquierda, bajo la dirección de Gaviria.

Polo alternativo que debe tener la suficiente lucidez, madurez y audacia para demostrar que puede gobernar con equidad y probidad, sin asomo de irresponsabilidad populista, revanchismo social y mucho menos sin contemporizar con la impunidad y la inseguridad nacidas de los excesos de una rebelión degradada, que aún no distingue la política del crimen y de una ultraderecha furibunda que todavía confunde la política con la defensa a Ultranza de criminales privilegios de clase. Tal es el pulso que se definirá, entre la derecha y la izquierda, en las próximas elecciones de mandatarios regionales en el 2007. De su apoyo, en uno u otro sentido, dependerá la suerte de todos y la construcción de una auténtica sociedad democrática, merecedora de una paz sustentada en la justicia y la libertad, sin exclusiones sociales y hegemonías político-partidistas de ningún tipo.

miércoles, mayo 03, 2006

Uribe 2006: entre paradojas y farcsas

Hernando Llano Ángel.

“El estudio más digno de la política no es el hombre
sino las instituciones.”
John Plamenatz

Los resultados de los recientes comicios del 12 de Marzo para el Congreso, como la próxima elección presidencial del 28 de Mayo de 2006, pasarán a la historia por girar en torno a la figura presidencial de Álvaro Uribe, convertido en el protagonista estelar del más deplorable reality que cualquier sociedad pueda presenciar. El reality de la subordinación de la política a la suerte de un hombre, que no sólo terminó ajustando la Constitución a su aspiración reeleccionista inmediata, sino traicionándose a sí mismo e incumpliendo sus principales y solemnes promesas contenidas en los 100 puntos de su inconcluso “Manifiesto Democrático”. Por ello, bien podría afirmarse que si se verifican los pronósticos de los sondeos de opinión, su triunfo como candidato sería la más vergonzosa de las derrotas que Presidente alguno haya tenido en desarrollo de su administración. Paradójicamente el candidato Uribe ganaría gracias al fracaso rotundo del Presidente Uribe. Semejante absurdo político se puede constatar pasando revista a sus principales compromisos, empezando por el que lo tiene en trance de reelección.

Degradación de la democracia

En efecto, en el punto 98 del Manifiesto se lee: “Me haré moler para cumplirle a Colombia. En mis manos no se defraudará la democracia. Insistiré que el país necesita líneas estratégicas de continuidad; una coalición de largo plazo que las ejecute porque un Presidente en cuatro años no resuelve la totalidad de los complejos problemas nacionales. Pero avanzaremos. Por eso propongo un Gobierno de Unidad Nacional para rescatar la civilidad”. Al examinar semejante compromiso con la realidad actual, hay que concluir que no sólo ha defraudado la democracia, sino que la ha degradado al someterla a los vaivenes de una espuria negociación con las AUC, cuya máxima expresión de corrupción institucional es el escándalo que sacude al DAS, mucho más deletéreo y destructivo que las bombas de Pablo Escobar. Las bombas, además de su efecto asesino, sólo sacudieron la estructura del edificio, mientras la infiltración paramilitar ha minado la legitimidad del principal organismo de seguridad de la Nación, al punto que el propio presidente Uribe anunció su “cierre”, como si se tratará de un negocio particular. De otra parte, al convertir a los paramilitares en actores políticos, mediante la ley de “justicia y paz”, ha celebrado con sus mayorías en el Congreso --esa especie de altar de la democracia-- el matrimonio entre la política y el crimen, legitimando así el ascenso de la narcopolítica y el ocaso de la democracia.

Desde entonces, como lo advirtió premonitoriamente el ex presidente Andrés Pastrana en el Foro “Sostenibilidad de la Política de Seguridad democrática”[1]: “el paramilitarismo, con sus dineros, sus armas y sus comodines políticos puede inclinar la balanza electoral”, motivo por el cual se preguntaba a renglón seguido “sí es lícito negociar con tal poder electoral mientras la cabeza negociadora está en trance electoral. Si aquí hay una simple interferencia o una flagrante incompatibilidad. Si aquí se pueden dar garantías plenas –más allá de un Estatuto- de igualdad para participar en elecciones”.

La realidad nos ha contestado negativamente, no sólo por los resultados de las pasadas elecciones del 12 de Marzo, como por la táctica política diseñada desde tiempo atrás por José Vicente Castaño, el máximo estratega de las AUC, cuando señala: “Hay una amistad con los políticos en las zonas donde operamos. Hay relaciones directas entre los comandantes y los políticos y se forman alianzas que son innegables. Las autodefensas les dan consejos a muchos de ellos y hay comandantes que tienen sus amigos candidatos a las corporaciones y a las alcaldías. Táctica actualizada para este período electoral en términos de: “Tratar de aumentar nuestros amigos políticos sin importar el partido a que pertenezcan.”[2] Por eso en dichas zonas han ganado tanto candidatos afectos al Uribismo, al conservatismo como al liberalismo, tal como sucedió en las elecciones del 2003 en los Departamentos del Cesar y Magdalena donde no hubo competencia democrática, pues se presentaron candidatos únicos avalados por el Partido Liberal.


Pero además de legitimar dicho régimen electofáctico[3], Uribe renunció a promover la “coalición de largo plazo” y el supuesto “gobierno de Unidad nacional”, para postular su nombre a la reelección presidencial inmediata bajo la sigla de “Primero Colombia”, despreciando todo compromiso con cualquier organización o partido político y colocando su nombre por encima de toda institucionalidad, como un típico caudillo del siglo XIX que se apropia el Estado en función de su proyecto político.

Reinado de la politiquería y la corrupción

La segunda gran paradoja de sus promesas incumplidas como Presidente, ha sido la lucha contra la corrupción y la politiquería, que lo llevó incluso a proponer en el punto 20 del Manifiesto la reducción del Congreso a “una sola Cámara” para “integrarlo con la ciudadanía”. Pero ha realizado exactamente lo contrario. Después de las elecciones del 12 de Marzo controla el setenta por ciento del Congreso y según un comunicado de la Casa de Nariño del 16 de Octubre ha ordenado partidas adicionales para el Senado y la Cámara por 52.500 millones de pesos, pasando por encima de la austeridad que anunciaba en el punto 18 del Manifiesto donde se comprometió a reducir el número de congresistas de 266 a 150, “sin privilegios pensionales, ni salarios exorbitantes”. Quizá por todo lo anterior, la distancia hoy entre el Congreso y la ciudadanía es mayor, pues la abstención ha continuado en ascenso hasta rondar hoy el 60% del censo electoral.

Las anteriores son apenas dos de las más evidentes y escandalosas paradojas de la actual administración, gracias a las cuales espera hacerse reelegir el próximo 28 de Mayo, con la promesa solemne de saldar semejantes deudas en los próximos cuatro años. Sin embargo, dichas paradojas son casi insignificantes frente a las dos grandes “farcsas” en que ha terminado convertida su principal bandera de gobierno, la “seguridad democrática”, que en el punto 26 del Manifiesto prometía una “Colombia sin guerrilla ni paramilitares” y en el 27 “proteger a todos, al trabajador, al empresario, al sindicalista, al periodista, al maestro, frente a cualquier agresor”.

Más allá del efecto mediático de campañas como “Vive Colombia, viaja por ella”, está la realidad de un “aumento del 11% en el número de retenes ilegales, si se le compara con los tres primeros años de Pastrana, al pasar de 629 a 696… Respecto de la responsabilidad, hay que decir que en los tres primeros años de Uribe las FARC aumentaron en un 80% sus retenes, al pasar de 262 en los tres primeros años de Pastrana a 471… En los tres primeros años de Uribe 16 Departamentos presentaron alzas, en comparación con lo ocurrido en los tres primeros años de Pastrana. La seguridad vial, presentó un retroceso en Arauca donde los retenes aumentaron un 775%, en Quindío del 600%, en Meta del 443%, en Caquetá con un alza del 225%, en Chocó del 226%, en Nariño del 111%, Risaralda del 100%, en Tolima del 69%, en Boyacá del 64%, en Huila del 58%, en la Guajira del 30%, en Putumayo del 28%, en Caldas del 27% y en Cauca del 6%. Se presentaron descensos en Antioquia, Atlántico, Bolívar, Cesar, Córdoba, Cundinamarca, Norte de Santander, Santander, Sucre y Valle”[4], como se puede leer en el Informe especial: “Uribe, tres años” de la Fundación Seguridad y Democracia, bajo la dirección de Alfredo Rangel.

Por último, dicho informe al evaluar la evolución del conflicto armado hasta Agosto de 2005, concluye: “En los tres primeros años del Presidente Uribe se registra una intensificación del conflicto armado en Colombia, no suficientemente percibido por la opinión. En efecto, tanto la fuerza pública como los grupos irregulares incrementaron sus acciones.” Y lo más grave es que el resultado de dicho incremento, según informe de Pablo Casas Dupuy, basado en estadísticas estrictamente oficiales de la Presidencia de la República y el Ministerio de Defensa Nacional, no favorece a la Administración Uribe. Al analizar las estadísticas oficiales, Casas Dupuy concluye que ''la disminución de los ataques contra la guerrilla por iniciativa de la fuerza pública así como la disminución en la letalidad de estos, evidencian que la fuerza pública llegó a un máximo nivel de operatividad cuando recibió la inyección de recursos del Plan Colombia (cerca de $6 mil millones donados por Washington), pero éstos no han sido suficientes para sostener un mismo ritmo de ofensiva'' y desde el 2003 ocurre un proceso de desgaste militar.


Por lo tanto, antes de continuar con la “farcsa” de una paz impuesta por la vía militar, que no sólo implica el riesgo de una mayor degradación terrorista del conflicto, como ocurre ahora, además de la pérdida acelerada de la autonomía nacional en virtud de la reciente narcomilitarización norteamericana de las FARC, es urgente la recuperación de la política como único horizonte viable para la construcción de democracia. Porque sólo la democracia ha demostrado ser históricamente una matriz fértil y perdurable de paz política, que todavía estamos en mora de gestar entre todos los colombianos, más allá de cualquier maniqueísmo que aliente el odio y la violencia entre supuestos patriotas e inhumanos terroristas; auténticos demócratas contra apátridas imperialistas o ejemplares ciudadanos contra pérfidos narcoterroristas. Gestación que compromete el esfuerzo de todos los candidatos en liza, cada uno de ellos frente a Movimientos y Partidos con dilemas históricos diferentes, que bien vale la pena analizar en detalle en otras entregas para no violar la ley de garantías electorales.





[1] - Documento completo en http://www.semana.com/ en “Documentos”.
[2] - Revista Semana, edición número 1.205, Junio 6 a 13 de 2005, página 34.
[3] -Legitimar y consolidar, puesto que desde el período de Cesar Gaviria han sido los poderes de facto quienes han determinado la suerte de las elecciones presidenciales, bien por su iniciativa criminal (el magnicidio de Galán a manos de Escobar), la generosa financiación de campañas electorales (de los Rodríguez a Samper) y en los dos últimos períodos presidenciales porque las FARC han sido decisivas en los triunfos de Pastrana y Uribe. En el primero, por la ingenuidad ciudadana de alcanzar la paz sin mayores costos y, en el segundo, por el legítimo repudio y miedo de la ciudadanía frente a las acciones terroristas de las FARC y el ELN.
[4] - Ver informe completo en Web Site: http://www.seguridadydemocracia.org/

viernes, abril 21, 2006

Vidas paralelas y destinos cruzados.
(Carlos Gaviria y Álvaro Uribe.)

Por primera vez en nuestras vidas vamos a tener en Colombia la oportunidad de elegir entre la política o la barbarie; la vigencia de la ética o el imperio del crimen; la instauración de la justicia o el reinado de la ignominia y la impunidad. En fin, por primera vez nos encontramos frente a una encrucijada irreversible que se debate entre la democracia o la cacocracia. Podemos optar responsablemente por construir democracia o caer irreflexivamente en manos de una cacocracia, que es el gobierno de aquellos cacos que roban con destreza la confianza ciudadana, como lo estamos presenciando bajo la actual administración y sus numerosos escándalos de politiquería y corrupción. No termina de revelarse la trama de crímenes y delitos en la que aparecen atrapados altos funcionarios del DAS, desde su ex director general Jorge Noguera y el ex director de informática Rafael García, en connivencia con los paramilitares, cuando estalla la olla del Ministro de Agricultura y FINAGRO, para sólo mencionar los más recientes.

Semejantes escándalos, bajo la administración de quien prometió en el punto 25 de su “Manifiesto democrático” derrotar la corrupción y en el 26 una “seguridad democrática para proteger a todos: al trabajador, al empresario, al sindicalista, al periodista, al maestro, frente a cualquier agresor”, bien ponen de presente que vivimos en una autentica cacocracia, que no sólo ha defraudado la confianza de millones de colombianos, sino que además ha puesto el DAS, la propia “Central de Inteligencia” de la Presidencia, al servicio de conspicuos criminales como Jorge 40 y Diego Montoya, para sólo mencionar los más conocidos.

No es, pues, una exageración tal encrucijada, sobre todo cuando tenemos la opción de elegir entre dos candidatos que representan destinos cruzados. Carlos Gaviria: la democracia y Álvaro Uribe: la cacocracia. Ambos encarnan vidas paralelas y proponen a toda la nación destinos contrarios y alternativos. Vidas paralelas, porque Carlos Gaviria no sólo fue maestro de Derecho Constitucional de Álvaro Uribe, sino que además ha continuado ejerciendo en forma coherente su magisterio desde la Corte Constitucional y el Senado. Ahora aspira a hacerlo desde la Presidencia de la República.

Por el contrario, Álvaro Uribe, su destacado discípulo, se ha dedicado paciente y ladinamente a socavar el consenso nacional en torno a la necesidad de construir un Estado social de derecho, para suplantarlo por un imaginario Estado Comunitario, que cada vez se sitúa más en la antípoda del primero. Para ello empezó por diseñar un Estado al tamaño de su proyecto, que asegure su reelección personal e inmediata, así arrase con toda noción de derecho y mínimo respeto hacia la precaria institucionalidad construida desde 1991. Un Estado cacocrático en lugar de comunitario, pues está protegiendo y dando albergue, bajo el paraguas de una ilusoria y mediática “seguridad democrática”, a personajes como “Don Berna”, Mancuso, José Vicente Castaño, Jorge 40 y un largo etcétera. Irónicamente Álvaro Uribe está siendo el mejor albacea del testamento de Pablo Escobar, pues no sólo está poniendo a salvo de la extradición a semejante generación de sucesores, sino que además les ha dejado a toda Colombia por cárcel. Quizá por ello aparecieron en Medellín afiches anunciando a Pablo Escobar como Presidente. Sin duda, su espíritu gobierna en cuerpo ajeno.

En la otra orilla, Carlos Gaviria, nos convoca a construir democracia y defender sus fundamentos: los derechos humanos y la autonomía ciudadana. Entre tanto, Álvaro Uribe invita a “linchar a los corruptos”, “incrementar el impuesto de guerra” para que lo pagan los “riquitos” y morir por la “patria” a los “pobrecitos”, que bien podría ser la versión coloquial de su “seguridad democrática” y el “Estado comunitario”: “dedicado a erradicar la miseria, a construir equidad social y dar seguridad”, según lo consignado en el punto 5 del “Manifiesto democrático”. A la vista de todos está lo que significa erradicar la miseria: el Dane cambia la metodología para calcular los ingresos de los pobres y el Ministro de hacienda asimila el aumento en el gasto militar a inversión social. Sin duda, de un tiro Uribe mata dos pájaros: erradica pobres y aumenta la seguridad para la inversión de los “riquitos”. Tal es el significado real de Estado Comunitario en la semántica de la seguridad democrática.

Pero también ambos candidatos tienen sus destinos cruzados por la violencia, aunque difieren radicalmente en el horizonte que nos ofrecen para su superación. Carlos Gaviria, al ser candidato por el Polo Democrático Alternativo, está acompañado por una pléyade de ex guerrilleros, como Antonio Navarro y Gustavo Petro, para citar los más representativos. Pero hay que reconocer que Gaviria no ha contemporizado con ninguna justificación de la violencia y ha sido radicalmente civilista y especialmente crítico con la guerrilla a quien le atribuye “haber inhibido el nacimiento de movimientos poderosos de izquierda democrática”, pues “la opinión confunde izquierda con guerrilla y por eso es necesario hacer un ejercicio para separar las dos cosas”. Seguramente por ello, el electorado en la consulta del Polo premió su pasado pulcro e intachable frente al violento y escabroso de Navarro.

Por el contrario, Uribe ha sido un contemporizador con la violencia de las Autodefensas y un promotor del armamentismo de los civiles, a través de las famosas “Convivir”, reconociendo en la práctica que hay una violencia buena, la del paramilitarismo, que defiende la propiedad y las inversiones, frente a una violencia mala y funesta que ataca la propiedad y aleja a los grandes inversionistas, la de la guerrilla. Bajo esta lógica ha despreciado la ética de la democracia y el respeto por los Derechos Humanos y ha promovido una “realpolitik”, totalmente ausente de principios y valores, que se refleja de cuerpo entero en la ignominiosa e inconstitucional ley de “Justicia y Paz”, clara expresión del perverso refrán “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Por ello, no impidió que el DAS se convirtiera en una especie de cuerpo de seguridad de los principales cabecillas del paramilitarismo, pasando por alto el préstamo a Jorge 40 de un vehículo asignado a la Presidencia de la República, como si éste fuera propiedad personal de Álvaro Uribe y lo facilitara Jorge Noguera a uno más de sus amigos. Al respecto ¿en dónde está el control disciplinario de la Procuraduría y el político del actual Congreso? o ¿Será que ya dejaron de existir y ni siquiera sesionan? Esperemos que resuciten y vuelvan a cumplir sus funciones en la semana de Pascua, pues la independencia y competencia de la Fiscalía deja mucho que desear.

Por último, el horizonte para la superación de la violencia que cada uno de estos candidatos nos propone, es también expresión de sus vidas y concepciones paralelas, absolutamente divergentes, que cada uno de ellos tiene sobre la democracia. Para Carlos Gaviria se trata de empezar a construirla entre todos y todas los colombianos, pues como bien lo dice “si la democracia es el gobierno de las mayorías y representa el triunfo del interés general, ¿cómo es que esas mayorías hayan decretado el infortunio en que se encuentran?” Y ¿cómo es posible entonces que pueda hacer parte del interés general el que en Colombia haya pobres, haya miserables y que la riqueza esté tan mal distribuida?”. Por el contrario, Álvaro Uribe promueve a sangre y fuego la defensa de una “democracia en profundidad” que lucha contra el “terrorismo”, por eso no duda en anunciar más impuestos para intensificar la guerra. Es claro que no solo estamos ante dos vidas paralelas, en lo personal, sino ante horizontes colectivos diametralmente opuestos, que ponen en vilo la vida, seguridad, libertad, dignidad y equidad de toda Colombia. Es decir, se trata de una elección entre la democracia o la cacocracia. Es lo que está en juego el próximo 28 de Mayo y todos somos responsables de lo que acontezca.