sábado, diciembre 26, 2020

2020, un año viral y mortalmente vital ¿Fin del antropoceno?

2020, UN AÑO VIRAL Y MORTALMENTE VITAL

¿Fin del antropoceno?

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/2020-ano-viral-mortalmente-vital-fin-del-antropoceno

Hernando Llano Ángel

Aunque el título sea un oxímoron y una contradicción en los términos, da cuenta de lo que fue este agónico y prolongado año. Un año que realmente comenzó en el 2019 con la pandemia del Covid en la China y ahora nos deja, de regalo de navidad, una nueva cepa con origen en Inglaterra, que amenaza con recorrer Europa y el mundo como un fantasma mortal. De esta forma, curiosamente, el virus parece ser una mutación teratológica del capitalismo, pues su origen en la provincia de Wuhan confirmaría la visión económica de Marx del comunismo como la fase terminal e inevitable del capitalismo. Y ahora, esta nueva cepa descubierta en Inglaterra, nos recuerda que fue allí donde tuvo origen el capitalismo industrial con su insaciable voracidad de tierras, hombres y mujeres. Lo cruel e irónico de esta evolución es que al parecer la biología está asestando el golpe más contundente al consumismo capitalista y, con ello, a toda la humanidad. Darwin terminaría siendo más clarividente que Marx. Pero, más allá de estas especulaciones diletantes sobre historia y biología, lo que el Sars-CoV2 nos está revelando con su más reciente mutación es que estamos llegando al final de lo que algunos pensadores llaman la era del antropoceno[1]. La era en la que “los sistemas ecoterrestres han sufrido mayor impacto global por las actividades humanas”. Al punto que hemos afectado por completo y casi de manera irreversible la vida de todas las especies sobre el planeta con nefastas consecuencias, siendo la llamada crisis climática o el calentamiento global su más grave y clara expresión[2]. Y ahora, como aprendices de brujo, estamos experimentando en nuestra propia humanidad las consecuencias de ser la especie más depredadora del planeta. Una especie que tiene que ocultar su rostro y lavarse compulsivamente sus manos, como asaltante de la vida y ecocida serial, para sobrevivir irresponsablemente. La lección que nos resistimos a reconocer es que nuestra prepotencia como supuesta especie superior, de “amos de la tierra”, está llegando a su fin, como lo advierte Laudato Sí[3]. Que la soberbia de nuestra inteligencia tecnológica, casi ausente por completo de sabiduría y prudencia, nos está diezmando también como especie. Y todo parece indicar que vamos a continuar por esa senda, mediante la invención de nuevas y poderosas vacunas, que nos permitirán seguir produciendo y consumiendo ilimitadamente para colmar nuestros deseos y fantasías más personales e íntimas, sin importar el costo social, económico y ecológico que conlleve, como bien lo ilustra este magnífico documental de la DW[4]. Sin importar el grado de deshumanización que hemos alcanzando y la depredación cotidiana del planeta

Homo Depraedator

Y a semejante insensatez, muchos apologistas de este estilo tanático de vida la denominan reinvención y promueven la resiliencia como su máxima virtud, nuestra tabla de salvación. Pero ella puede convertirse en todo lo contrario, en pesada lapida de inhumación. De allí que este año viral deberíamos asumirlo –pues es imposible reinventarlo— como uno mortalmente vital, reconociendo que solo podremos sobrevivir como especie y salvar el planeta --que no es nuestro sino de todas las especies- siendo conscientes de la urgencia de cambiar nuestros hábitos y consumos desmesurados[5]. Aceptando que llegó el final de la era antropocéntrica y estamos comenzando la cosmocéntrica. Que bajo las dinámicas de este capitalismo global y arrasador no hay futuro ni para la humanidad y mucho menos para el planeta. Ojalá este 2020 fuera el último del antropoceno y el comienzo de una era biocéntrica y cosmocéntrica, donde aceptáramos nuestra casi insignificante dimensión en el cosmos. Pero todo parece indicar que se impondrá de nuevo la vana pretensión de ser como dioses y caeremos en la ilusión de pensar que, con una nueva gama de portentosas vacunas, nos vamos a inmunizar del Sars-CoV2. Pero padecemos de un virus más letal, inoculado por la tecnología y el mercado, como es el de la soberbia de nuestra razón instrumental y la codicia ilimitada de nuestros deseos[6]. Creemos que con las nuevas nuevas vacunas alcanzaremos la inmunidad global y la inmortalidad de nuestra especie. Si ello sucede, este 2020 pasará a la historia como el comienzo del fin de nuestra terrenal condición humana y su mutación en una especie aún más teratológica, extraviada en el laberinto de la razón tecnológica y su ambición sin límites. Pero me resisto a despedir este año con una visión tan pesimista, casi apocalíptica, y prefiero reivindicar aquello que la peste no pudo quitarnos: nuestra humanidad, nuestra mirada y sensibilidad, con la memoria perenne y agradecida por quienes partieron y seguimos amando. Especialmente por todos aquellos que consagraron sus vidas a cuidar, atender y salvarnos de esta mortal y global pandemia.

NOS QUEDA LA MIRADA

En estos días aciagos y mustios, de palabras envenenadas y fatales pregones oficiales, nos queda la memoria y mirada de quienes partieron.

En estos días de aliento contenido, besos mortales y caricias de mortaja, nos queda la mirada.

En estos días donde todo lance amoroso es tentativa de homicidio, nos queda la mirada.

En estos días de miedo y escrúpulos, rostros encubiertos, palabras musitadas, bocas clandestinas y abrazos mutilados, nos queda la mirada.

En estos días agónicos y fúnebres que roban y desaparecen los cuerpos y la vida de quienes amamos, que exilian nuestros cuerpos, nos queda la mirada, la audacia del beso robado, la memoria indeleble, nuestras efímeras palabras de gratitud y la certeza de su amor inmortal.

ellano@javerianacali.edu.co   Diciembre 24 de 2020.             

  


miércoles, diciembre 23, 2020

Una visión perfecta: 2020

 

UNA VISION PERFECTA: 2020

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/una-vision-perfecta-2020

Hernando Llano Ángel.

Este 2020 --como lo expresa técnicamente la optometría, 20/20[1]-- nos deja una visión perfecta e inquietante de lo que somos como especie. Una especie frágil, vapuleada y diezmada por la invisibilidad del SARS-CoV-2, que a la fecha ha cobrado más de 1.600.000 víctimas mortales y 71.000.000 de infectados en el mundo. Un virus, detectado en la provincia de Wuhan, en la China, a finales del 2019 --por eso popularmente denominado Covid-19-- cuya mayor mortalidad y morbilidad se concentra en la actualidad en Estados Unidos, con 297.000 muertes y 16 millones de contagios, respectivamente. No es una coincidencia. Las dos naciones que se precian de ser potencias económicas mundiales, son también las mayores responsables y a la vez víctimas de la propagación del virus. Pues mientras el virus se expandía por el mundo, sus mandatarios estaban tranzados en una guerra comercial, subestimando los efectos deletéreos e incontenibles de la pandemia Covid-19. Es casi inevitable pensar en términos religiosos de expiación: el virus castiga --como un flagelo implacable de la naturaleza—a las sociedades más consumistas, materialistas, contaminadoras y depredadoras del planeta. Las que se precian de tener las economías más dinámicas y los mercados con mayor expansión en el mundo, terminaron siendo puestas en jaque por un microscópico virus, cuyo origen biológico es todavía un misterio, fecundo en inspirar teorías conspirativas y apocalípticas. Pero más allá de todas estas fantasmagorías y especulaciones, se impone una verdad evidente y angustiante: somos una especie insensata, incapaz de conducirse individual y colectivamente en forma vitalmente responsable. La libertad, como ejercicio de responsabilidad con nuestra propia vida y la de los demás, nos quedó grande. En lugar del autocontrol, precisamos de nuevo el implacable Leviatán con sus toques de queda, restricciones a la movilidad, cuarentenas obligatorias, amenazas y sanciones. Parecemos ser una especie de marioneta dócilmente conducida y manipulada por el mercado, que estimula sin fin nuestros deseos y necesidades. Y si no podemos consumir y divertirnos sin límites, entonces no somos libres y menos humanos. Sin duda, el Covid-19, nos revela que se ha impuesto el llamado Homo economicus sobre el Homo politicus, sobre el ser humano, en su dimensión más digna, social y vital. Prácticamente en todo el planeta. Lo apreciamos, por esta época, en forma especialmente grotesca, apiñado en las calles comprando abalorios mortales.

Piñata de vacunas

De allí, que la proliferación de vacunas contra la pandemia no se deba tanto a la preocupación por la vida humana como a la imperiosa necesidad de reactivar los mercados y contener el colapso del capitalismo global, dinamizado por la China, Estados Unidos y la Unión Europea. Así las cosas, la especie humana, empezando por los prósperos miembros de esas sociedades, corren ansiosos a ser conejillos de indias de las vacunas, con tal de recobrar su libertad y normalidad de productores y consumidores cotidianos. Poco importa que la ciencia no haya podido comprobar sus efectos en el organismo humano a mediano y largo plazo, simplemente porque no hay tiempo para ello. Es preferible un pinchazo efímero, al torturante cuidado del tapabocas, la distancia corporal y una rigurosa y tediosa higiene personal. El imperativo de la economía y sus secuelas inmediatas, como la pérdida progresiva de ganancias, el cierre de empresas, el aumento del desempleo, la marginalidad social, el hambre, la inseguridad y la criminalidad, no concede plazos indefinidos. El capitalismo ha sido puesto en jaque por la vida. La biología ha emplazado la productividad y desafiado a la codicia. Pero parece que no somos capaces de reconocerlo y actuar de manera diferente. Frenéticamente queremos volver a esa normalidad que nos está convirtiendo en seres humanos cada vez más indolentes y anormales. Entonces las vacunas parecen ser la tabla de salvación para recobrar nuestra normalidad de seres plenamente mercantilizados, a merced de la industria farmacéutica y las burocracias estatales, claudicando en el cuidado de nuestra propia salud y la de los demás. Poco importa que todavía ignoremos el precio que como especie tendríamos que pagar, si las secuelas de las vacunas a largo plazo son peores que la propia enfermedad. Lo que importa, especialmente en este tiempo de consumo y regalos, es que podamos disfrutar de los días sin IVA, de San Andrés bellamente iluminado para el goce y disfrute de los turistas, mientras resplandece la pobreza y se agrava la vida precaria de sus habitantes. Que estos tiempos de natividad, en la tradición de la pobreza y marginalidad del pesebre de Belén, se transforme en la fastuosidad del consumo instantáneo y la mortalidad eterna. Esta es la visión perfecta y desconcertante que nos deja el 2020. Precisamos urgentemente de nuevos optómetras políticos y sociales para ver con claridad y transformar con responsabilidad y lucidez, en lo que a cada uno le corresponde, esta ciega realidad.

martes, diciembre 22, 2020

POLOMBIA: CON PRESIDENTE VESPERTINO Y UN GOBIERNO PENUMBROSO

                                  POLOMBIA: Con Presidente vespertino y un gobierno Penumbroso

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/polombia-presidente-vespertino-gobierno-penumbroso

Hernando Llano Ángel.

De Andrés Pastrana Arango se puede afirmar que pasó de anunciar pésimas noticias a Colombia y el mundo, cuando fue el presentador principal del noticiero familiar TV-HOY, a ser el protagonista de las mismas como presidente de la República entre 1998 y 2002. De Iván Duque Márquez se puede decir todo lo contrario. Recorrió ese mismo periplo vital, pero a la inversa. Dejó de ser presidente para convertirse en un vespertino y cotidiano presentador del programa televisivo “Prevención y Acción”, dedicado a informarnos a todos los colombianos cómo la pandemia del Covid-19 nos fue sumiendo en la penumbra y la muerte. Un programa que documentará para la posteridad aquello que ningún estadista demócrata debe hacer: convertirse en un figurín mediático, que congrega a su alrededor --con delirios de Rey, más que de Duque— a ministros, virólogos, epidemiólogos y demás especialistas de la salud, para que alaben y ponderen el excelente trabajo del gobierno nacional, mientras el virus crece exponencialmente al ritmo de los días sin IVA y los estímulos al consumo letal de baratijas para beneficio de mercaderes y banqueros.

Un reality show vespertino

Un programa más parecido a un reality show inspirado por Trump, con corifeos dispuestos a la adulación y el aplauso a su conductor, que al desarrollo de una estrategia gubernamental seria y eficaz para la prevención y la acción contenedora de la pandemia. Y así fueron pasando los días y los meses, con la esperada aparición cotidiana y vespertina del elocuente y ameno presidente, acompañado por su sequito de burócratas, al punto que todos ellos procrastinaron las gestiones para la compra de la vacuna y el diseño logístico de su pronta distribución y aplicación entre una población cada vez más amenazada y diezmada. Sin duda, este programa vespertino, en donde el presidente Duque rivaliza con el popular Jorge Barón, pasará a la historia como la quintaesencia de su estilo gubernamental. Un estilo que oculta, bajo una retórica efectista, su impostura e incompetencia de gobernante demócrata con consignas y estribillos ingeniosos como “Paz con legalidad” y el “Que la hace la paga”. Estribillos que son violenta e impunemente desmentidos por la realidad. Las cifras de líderes sociales y reincorporados del partido FARC asesinados, cuya macabra contabilidad disputan sus grises delegados para la Paz y los Derechos Humanos con el informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michel Bachelet, son el equivalente a los éxitos que reclama su incoherente e improvisada política de salud contra la pandemia. Para no hablar de su lucha contra la corrupción y la criminalidad, al frente de la cual anuncia que pondrá a un abogado cuyas iniciales de su nombre y apellidos definen su esencia: No Hay Moral Ninguna, que corresponden al nombre y apellidos de Néstor Humberto Martínez Neira, cuyo penumbroso paso por la Fiscalía presagia un éxito comparable al obtenido por el gobierno nacional contra la pandemia. Pero quizá en este terreno cenagoso y sangriento el presidente Duque acierte, pues el exfiscal Martínez Neira conoce bien las técnicas y las tácticas de la criminalidad. Incluso mejor que los agentes de la DEA, uno de los cuales ya declaró ante un juez en Nueva York que esa Agencia nunca participó en el operativo contra Santrich y las Farc.

Un Presidente de extremo centro

Así se autodefine políticamente el presidente Duque, revelándonos una vez más su ingenio retórico. Ser un presidente de extremo centro, más allá de lo que ello signifique políticamente, puede entenderse como la expresión de un egocentrista patológico que se sitúa todos los días, al caer la tarde, en el centro de la difusión televisiva. Es un presidente vespertino que, con su programa “Prevención y acción”, está literalmente en el centro de la programación y la atención de los televidentes. Todas las cadenas nacionales transmiten durante una hora su cotidiano show pandémico. Y la consecuencia de lo anterior es incurrir en lo que Max Weber, en su célebre conferencia “La política como vocación”, llama los dos pecados mortales de un político: “la ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad” que, junto a “la vanidad, la necesidad de aparecer siempre que sea posible en primer plano, es lo que más lleva al político a cometer uno de estos pecados o los dos a la vez”. Exactamente lo que le sucede al presidente Duque, pues su gobierno ha perdido esas finalidades objetivas y su falta de responsabilidad efectiva es vergonzosa frente a la urgencia de contar con la vacuna contra el Sars-CoV2 y la obligación constitucional de proteger la vida y seguridad a los líderes sociales y defensores de derechos humanos. Dichos pecados capitales están convirtiendo este gobierno –emulando en ello a Trump, Maduro, Bolsonaro y López Obrador-- en uno de los más penumbrosos y oprobiosos del continente. Lo más grave es que no solo los emula por el número de víctimas que deja la pandemia, proporcionalmente hablando, sino también por su incompetencia para desarticular las organizaciones armadas ilegales que diezman los liderazgos sociales y políticos, incluso en un número mayor de los crímenes propiciados por gobernantes autócratas como Maduro y Bolsonaro. Quizá por ello su locuacidad y dicción lo traicionaron y, en una de sus estelares intervenciones, nos habló de “Polombia” (sic), ese Estado que imaginariamente regenta como un Duque y no como un presidente demócrata. Como un presidente con capacidad para garantizar la salud, la vida y la seguridad a sus conciudadanos, especialmente a los defensores de Derechos Humanos, sin los cuales no existe la Política democrática, como intentó explicar y justificar su revelador lapsus de “Polombia” en esta entrevista con Vicky Dávila, quien a su vez se define como “Periodista, periodista”. Sin duda, ambos son muy “Polombianos”.

Quedan 600 días de Ducado en Polombia

Y más que días penumbrosos, todo parece indicar que serán tenebrosos. Por lo pronto, Duque decretará un pírrico ajuste del salario mínimo, luego anunciará --como un cruzado contra el mal-- la devastación con glifosato de la “mata que mata” y, todo aquel que se oponga a dicho ecocidio, desplazamientos y violaciones a los derechos humanos, será estigmatizado como aliado del “narcoterrorismo”. Después, vendrá el fracking como tabla de salvación del fisco y completará su mandato con una nueva reforma tributaria, para fortalecer las arcas del Ducado con más impuestos a la clase media. Y si la vacuna no llega a Polombia en el primer trimestre del 2021, será por asuntos contingentes e imponderables, ajenos por completo a su estelar programa vespertino de “Prevención y Acción”. Quizá a la falta de capacidad de las farmacéuticas para atender su extemporáneo pedido, porque esa es otra característica de su estilo de gobierno: la procrastinación de decisiones vitales y cruciales. Entonces entonará su himno preferido a la increíble resiliencia del pueblo colombiano, intentando así disuadir y contener una resistencia popular y cívica que seguramente se expresará en calles y plazas públicas contra sus decisiones tardías y políticas desacertadas. Resistencia ciudadana que será nuevamente criminalizada y atribuida al temible fantasma del castrochavismo, el populismo, el narcoterrorismo y el izquierdismo, que intentará ganar las próximas elecciones. Triunfo que hará lo imposible y hasta ilegal por impedir con la ayuda de la Registraduría, del Centro Democrático y el “presidente eterno”, pues sería el fin de la “democracia más profunda y estable de Suramérica”. Sin duda, la “democracia” más profunda en cavar trincheras, fosas comunes, odios y venganzas interminables para la estabilidad, mantenimiento y perpetuación impune de un Estado Social de Derecho que solo existe en una Constitución de papel. Porque lo que nos rige en la realidad es un Ducado cacocrático: el “gobierno, mando o dirección de gente de guerra”, expoliadora de lo público, cuya extensión y riqueza es tan ubérrima como ajena para la mayoría de los colombianos. Un reino de gente de “centro extremo y de bien”, que desconoce a las mayorías de la periferia, cerca del 60% de la población que sobrevive en la informalidad con menos de un salario mínimo. Una mayoría agotada de tanta resiliencia y resignación, a punto de eclosionar contra la violencia policial y la exclusión social. En el 2021 ¿Despertaremos resilientes aletargados o ciudadanos participativos y resistentes? En el 2022 ¿Seremos ciudadanos conscientes o electores indolentes? ¿Votaremos con miedo contra alguien o con esperanza por un país justo? ¿Por una democracia de todos, con iguales oportunidades y derechos o votaremos por esta cacocracia criminal en beneficio de pocos? En el 2022 lo decidiremos. Entonces sabremos si las mayorías somos ciudadanos con derechos o siervos expoliados, pues no hay cacocracia que dure eternamente, aunque ésta ya superó los doscientos años engendrando víctimas irredentas y victimarios impunes. Y todos somos responsables de poner fin a tan prolongada ignominia, pues nuestros hijos y nietos no aceptan ser más víctimas y mucho menos cínicos victimarios, como bien lo demostraron el 21 de noviembre de 2019, expresando creativa y lúdicamente su ciudadanía.

 

                

domingo, diciembre 13, 2020

Un Ducado de guerra

UN DUCADO DE GUERRA

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/un-ducado-de-guerra

Noviembre 29 de 2020

Hernando Llano Ángel.

Transcurridos dos años del gobierno del presidente Duque y cuatro de firmado el Acuerdo de Paz con las Farc-Ep, bien vale la pena preguntarse por qué la situación de orden público se ha deteriorado en forma tan dramática y el horizonte de una convivencia social, pacífica y democrática, es cada vez más difuso y lejano. No se trata aquí de entrar en el campo penumbroso y disputado de la contabilidad macabra sobre el número de masacres cometidas, de los líderes y lideresas sociales asesinadas, junto a los militantes del partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. Tampoco del número de miembros de la Fuerza Pública que han perdido sus vidas en emboscadas o territorios minados. Mucho menos del número de civiles que han caído por las balas de la Fuerza Pública en medio de protestas ciudadanas. Porque es imposible llegar a un acuerdo, siquiera aproximado, del número de víctimas mortales. Este panorama de violencia y degradación del conflicto nos vuelve a poner de presente, una vez más, lo lejos que estamos de un auténtico régimen democrático, pues en lugar de poder contar cabezas en las urnas, tenemos una forma de gobierno que permite cortar cabezas sin poder contarlas.  Hoy cobra plena vigencia la imploración de Gaitán en su “Oración por la paz” al entonces presidente Mariano Ospina Pérez: “Os pedimos una pequeña y gran cosa: que las luchas políticas se desarrollen por los cauces de la constitucionalidad”.

Una institucionalidad y legalidad tanáticas

Han pasado 72 años con 9 meses, desde la “oración por la paz”, aquel 7 de marzo de 1948, y hoy estamos muy lejos de lograrlo. Y, lo más paradójico, es que ahora se debe precisamente a todo lo contrario. A la defensa violenta y a ultranza de una institucionalidad pletórica de formalismos legales, que nos impide comprender y vivir la esencia de la paz política: la conservación de la vida y la dignidad de las personas. Y, en lugar de contar con una normatividad que genere acuerdos y consensos sobre la vida, ella produce todo lo contrario, muerte y menosprecio. Tenemos así un Estado con una legalidad tanática, adorada en los recintos gubernamentales como un monstruo sagrado e intocable, que extiende sus tentáculos mortíferos sobre la población. A tal punto, que la misma paz política terminó siendo una víctima de ella. Así sucedió con el Acuerdo de Paz, cuando fue sometido a un plebiscito, que nos dividió en forma absurda entre amigos y enemigos de la paz. Un plebiscito que no era necesario, pues desconoció lo esencial: que la paz política ya estaba consagrada constitucionalmente en el artículo 22 de la Carta como un “derecho y un deber de obligatorio cumplimiento” para todos los colombianos. Sin duda, el mayor error de Santos fue confundir la legitimidad del principio fundacional de la vida democrática, la paz política, presupuesto imprescindible de la competencia política y la convivencia social, sometiéndola a un plebiscito. Así sucedió al tomar tan fatal decisión, pues entregó la paz política a las pasiones, los odios y los prejuicios legados por un conflicto armado tan atroz como el nuestro. Entonces, el fundamento de la paz política, que demanda la separación absoluta y total de las armas de las controversias y disputas por el poder estatal, se confundió con el reconocimiento de legitimidad a la guerrilla de las Farc-Ep. Por ello, millones de personas votaron contra el Acuerdo, expresando su repudio y odio visceral contra las Farc-Ep por sus crímenes de guerra y sevicia contra civiles inermes. Y, la consecuencia de ello, además de la división de Colombia en dos bandos aparentemente irreconciliables, fue que la paz política se convirtió en anatema. Al extremo que muchos todavía piensan que   el plebiscito fue un engaño y se burló la voluntad popular del NO, al continuar con la implementación del Acuerdo.

El triunfo del NO y la victoria de la paz política.

Pero sucedió todo lo contrario. El primero en reconocerlo fue precisamente el propio expresidente Álvaro Uribe, que lo expresó claramente en su comunicado, celebrando el triunfo del NO: “El sentimiento de los colombianos que votaron por el Sí, de quienes se abstuvieron y los sentimientos y razones de quienes votamos por el No, tienen un elemento común: todos queremos la paz, ninguno quiere la violencia. Pedimos que no haya violencia, que se le de protección a la FARC (sic) y que cesen todos los delitos, incluidos el narcotráfico y la extorsión. Señores de la FARC (sic): contribuirá mucho a la unidad de los colombianos que ustedes, protegidos, permitan el disfrute de la tranquilidad”, dijo el expresidente. Es decir, reconoció la importancia histórica del desarme de las Farc-Ep, entonces en marcha hacia las zonas veredales, pidiendo incluso protección estatal para ellas en su desplazamiento e instalación. Ganó electoralmente el NO, pero triunfó la paz política del desarme y la desmovilización. Muchos de sus entusiastas partidarios olvidan con frecuencia que Uribe no exigió la ruptura del proceso de desarme y desmovilización de las Farc-Ep, que nunca llamó al rechazo rotundo del Acuerdo firmado, pues hubiera sido el retorno inmediato a la guerra. No tuvo la insensatez de llamar a los votantes del NO a que salieran a las calles a reclamar su exigua victoria, de apenas 53.894 votos, para que enfrentaran a los millones de votantes por el SÍ, que reclamábamos pública y multitudinariamente el cumplimiento del Acuerdo. Tal escenario de confrontación no se presentó y, por el contrario, comenzó un proceso de conversaciones entre los comisionados de paz de Santos y el mismo expresidente Uribe y sus delegados, que introdujeron numerosos cambios al Acuerdo. A partir de la sentencia de la Corte Constitucional, el Congreso de la República aprobó por vía exprés el nuevo Acuerdo y se firmó definitivamente el 24 de noviembre de 2016. Pero las dos exigencias fundamentales del Centro Democrático no se cumplieron: la denominada “paz sin impunidad” y el veto a la participación política de los comandantes de las Farc-Ep.

¿Paz sin impunidad y con legalidad o una legalidad para la paz?

Ambas exigencias son política y judicialmente imposibles de cumplir. Para empezar, negar la posibilidad de la participación política civil a los excomandantes del Secretariado de las Farc-Ep, implicaría reconocer que se prefiere su accionar político-militar y todas las consecuencias atroces que conlleva: secuestros, atentados contra la población civil, financiación de la guerra a través del narcotráfico, desplazamientos multitudinarios y pérdidas incalculables de vidas de campesinos, unos con camuflado guerrillero y otros con camuflado oficial. Llevamos más de 70 años con esta fórmula envilecedora de nuestro juicio político y sensibilidad moral. Una fórmula tan interiorizada en las mentes y corazones de millones de colombianos, que todavía piensan que hay una violencia buena y otra mala. La legítima y buena, que protege la vidas y bienes de los ciudadanos de bien” y la mala, que los asesina y amenaza. La buena, que es legítima y la mala, ilegitima. Y no se preguntan ¿Qué pasa con la vida y los bienes de los más de ocho millones de colombianos y colombianas que fueron desplazados de sus parcelas, sus seres queridos asesinados y vejados? ¿Serán ellos malos ciudadanos? ¿No tendrán derecho, como todos, a la vida, sus bienes y dignidad? ¿Será que son ilegales e ilegitimas sus vidas y peticiones? Si honestamente respondiéramos estas preguntas, tendríamos que llegar a la conclusión de que no podemos legitimar ninguna violencia, ni la oficial o institucional, ni la subversiva o insurgente. Porque si lo hacemos nos degradamos inmediatamente todos y dejamos de ser ciudadanos, miembros de una comunidad política democrática, para convertimos en enemigos irreconciliables, que no nos reconocemos con iguales derechos a vivir dignamente. Es más, autorizamos a unos pocos, a quienes graduamos de héroes oficiales, para que maten en nuestro nombre, en defensa de nuestras vidas y bienes. Obviamente, aquellos a quienes no se les garantiza y reconoce igualmente sus derechos a la vida y bienes, también graduaran de héroes a sus líderes. A los primeros, se les denomina héroes de la patria, a los segundos héroes guerrilleros. Y así se aniquilan mutuamente generación tras generación, cuajadas de odio y sed de venganza, a tal punto de que pierden toda noción de justicia y a lo único que aspiran es al triunfo, la condena y la encarcelación de su enemigo histórico. Es decir, a la justicia de los vencedores que, como tal, siembra nuevamente la semilla del odio para que los vencidos y sus descendientes continúen buscando su revancha. Y así indefinidamente.

Todos en la cama o todos en el suelo

Por eso, también, la consigna muy popular de “paz sin impunidad” y su versión presidencial de “paz con legalidad”, son imposibles de cumplir, pues ellas implicarían el encarcelamiento de todos los que hayan ordenado o cometido crímenes atroces. Desde los vencidos hasta los vencedores. La pregunta, entonces, es ¿Están dispuestos los funcionarios oficiales de numerosos crímenes como los llamados “falsos positivos” a reconocer sus responsabilidades y pagar sus condenas draconianas? Crímenes que fueron consecuencia de una política estatal denominada “seguridad democrática”, que se cumplió en desarrollo de la directiva 029 del ministerio de defensa, entonces en cabeza de Camilo Ospina, subordinado directo del presidente Álvaro Uribe Vélez. La respuesta es conocida por todos: obviamente que NO, puesto que dichos crímenes son considerados por sus autores intelectuales y determinadores como legítimos y buenos, avalados vergonzosamente por millones de electores en las urnas. Más no es así hoy para quienes los ejecutaron cumpliendo dicha Directiva y órdenes superiores: los oficiales, suboficiales y soldados que están contando ante la JEP toda la verdad de lo sucedido. Igual que los comandantes guerrilleros, que lo están haciendo revelando forzosamente tantas atrocidades: secuestros, desapariciones, violencia sexual, reclutamiento de menores. Porque por primera vez en nuestra historia política estamos asumiendo una justicia de Verdad y no solo de legalidad formal y de impunidad real. Que condena solo a algunos como culpables y deja a los principales responsables de los crímenes, aquellos que los determinaron y ordenaron en cumplimiento de funciones oficiales o de supuestos designios revolucionarios, en la total impunidad. Ahora, al menos, estos determinadores tienen que contar toda la verdad e intentar reparar lo irreparable, para recibir condenas alternativas que irán entre los 5 y 8 años. Pero si eluden su responsabilidad y no dicen toda la verdad, perderán sus derechos a la participación política y la justicia ordinaria los podrá condenar a penas de cárcel hasta de 20 años. Porque de lo que se trata es de una justicia en función de la paz política y de una difícil y dolorosa reconciliación, donde no haya vencedores ni vencidos, sino responsables de forjar un nuevo orden político y social entre los que ayer se odiaban y asesinaban y hoy se reconocen como adversarios políticos y no como enemigos mortales. Pero para ello, lo primordial es tener una ley para la paz y no continuar obnubilado y alucinado, como le sucede al presidente Duque, repitiendo el mantra letal de “Paz con legalidad”, que cada día nos deja más víctimas mortales. Que aumentarán en forma casi exponencial, cuando al coronavirus biológico lo suceda el coronavirus del hambre y la exclusión social creciente, agudizada por la legalidad oficial de la aspersión de los cultivos de coca y la criminalización de los campesinos, doblemente victimizados, por ilegalidad del narcotráfico y la legalidad del glifosato. La “paz con legalidad” es realmente paz con letalidad. No es coincidencia que, en el diccionario de la RAE, el Ducado, en su séptima acepción, signifique: “Gobierno, mando o dirección de gente de guerra”. Por eso en el 2022 lo que tenemos que definir como ciudadanos del siglo XXI es si somos capaces de pasar del actual Ducado a la Democracia o, por el contrario, vamos a continuar viviendo en medio del miedo, los odios y la guerra, con nuevas generaciones de víctimas y victimarios. Y, para ello, tal parece que se perfila desde ya un “Principito ubérrimo”, cuyo designio es defender la honorabilidad de su padre. En Colombia hay personas que todavía confunden la patria con la fratría: “subdivisión de una tribu que tenía sacrificios y ritos propios; sociedad íntima, hermandad, cofradía; conjunto de hijos de una misma pareja”, y están dispuestos a cumplir a sangre y fuego aquel dicho paisa: “con tu familia, con razón o sin ella”.

 

 

  

Por una legalidad vital

 

Por una legalidad vital

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/una-legalidad-vital

 

Hernando Llano Ángel

La reciente decisión de las Naciones Unidas de reconocer oficialmente las propiedades medicinales del cannabis es vital. Marca, nada menos, que el tránsito de la marihuana de planta maldita a droga bendita. Con ello, se demuestra que la ley, sustentada en estudios científicos, tiene un poder alquimistico, curativo y vital inimaginable. Quizá mayor que la reciente vacuna contra el Sars-CoV2 de Biontech y Pfizer. En términos legales, la decisión no significa la exclusión de la marihuana de la Lista I, de la Convención Única de Viena de 1961[1]. Continúa allí, pues se argumenta que es "coherente con la ciencia que, si bien se ha desarrollado un tratamiento derivado del cannabis seguro y eficaz, el cannabis en sí continúa planteando riesgos importantes para la salud pública que deben seguir estando controlados en virtud de las convenciones internacionales de fiscalización de drogas”. Es importante deparar que el verbo rector empleado por el comunicado de la ONU es controlar, y no prohibir, así como su énfasis está puesto en la salud pública y no en la “guerra contra las drogas”.

La clave es regular, no prohibir

Parecería un asunto semántico, pero en realidad es vital. La prohibición implica ilegalidad y, con ello, entregar a la criminalidad un mercado de ganancias ilimitadas, como acontece con la cocaína. El control, por el contrario, implica regulación a través de la ley. Y, con la regulación estatal, lo primero que se obtiene es despojar al crimen de su mayor incentivo, las astronómicas ganancias que se derivan de la ilegalidad. Lo expresó con pragmatismo y el rigor del sentido común Milton Friedman, premio nobel de economía en 1976: "si analizamos la guerra contra las drogas desde un punto de vista estrictamente económico, el papel del gobierno es proteger el cartel de las drogas. Eso es literalmente cierto"[2].  Por ello, al regular el Estado la siembra de la coca, por ejemplo, comenzaría a recuperar su soberanía efectiva del territorio, hoy controlado a sangre y fuego por bandas de narcotraficantes y guerrillas, principales responsables --según la versión presidencial-- de los innumerables crímenes contra líderes sociales y miembros de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. Además, al controlar el Estado legalmente el cultivo de la coca, se rompería ese funesto régimen de complicidades criminales entre miembros de la Fuerza Pública y el narcotráfico, como también su capacidad deletérea de financiar campañas electorales en apuros –recuérdese proceso 8.000 y la presente ñeñepolítica— para no hablar del entramado inimaginable que ha tejido con la economía legal, vía lavado de activos, simbiosis con el sector financiero, contrabando y consumo suntuario. En fin, empezaríamos a romper el principal eslabón que ata nuestra vida económica, política, social y cultural con el crimen. Un vínculo que marca con sangre y fuego nuestra historia contemporánea, rebosante de magnicidios, genocidios y ecocidios, que este gobierno pretende profundizar en forma estúpida, irresponsable y criminal al insistir en la fracasada fórmula de la “guerra contra las drogas”, asperjando con glifosato los cultivos de coca. Una guerra que la Comisión Política de dogas de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos considera un fracaso rotundo, sin dejar de reconocer que fue un éxito en la lucha contrainsurgente. Por lo anterior, su vocera, la directora Shannon O ‘Neil, fue enfática en recomendar que dicha política “debe ahora ser responsabilidad del Departamento de Estado de los Estados Unidos, es decir que no estaría ya en manos –según su recomendación– de las agencias de inteligencia. Así se lograrían desarrollar políticas integrales donde varias agencias colaborarían”[3]. Recomendación trascendental, pues implicaría abandonar la estrategia militarista, represora y tanática de la equivocada “guerra contra las drogas”, y reconducirla al campo político, con sus vitales proyecciones en políticas integrales como la agraria, con la aplicación real del Plan Nacional Integral de Sustitución de Cultivos Ilícitos (PNIS), y la prevención de sustancias estupefacientes en el campo de la salud pública. Es decir, a la implementación efectiva del 4 punto del Acuerdo de Paz: “Solución al problema de las drogas”. Sin duda, con este tipo de conclusiones y recomendaciones de la Comisión de Política de Drogas de la Cámara de los Estados Unidos al nuevo gobierno de Biden, es probable que se abra una excepcional ventana de oportunidad para replantearse radicalmente la fracasada y mortífera “guerra contra las drogas”. Lamentablemente el presidente Duque rechazó dichas conclusiones y continúa empecinado, predicando como un fanático maniqueo --ciego y sordo ante las evidencias-- su impotente, vacua y hasta criminal “Paz con legalidad”, ya que sus resultados son cada vez más letales y con el glifosato podrá disputar el número de víctimas a la pandemia. Ya va siendo hora de abandonar esa legalidad tanática frente a las portentosas virtudes alimentarias y medicinales de la coca[4] –incluso superiores a la del cannabis-- y acoger la legalidad vital que recomienda las Naciones Unidas. Pero para ello, es imperioso abandonar esa sumisión neocolonial frente a la “guerra contra las drogas” y retomar la cosmovisión de nuestros pueblos ancestrales y su culto a la “Mama Coca”, que nada tiene que ver con la codicia narcotraficante de la cocaína y la evasión alienante de sus millones de consumidores.

 

 

 

 

 

domingo, noviembre 22, 2020

Temporada de huracanes y catástrofes

Temporada de huracanes y catástrofes

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/temporada-huracanes-catastrofes

Hernando Llano Ángel.

Los huracanes nos azotan sin contemplación. Los naturales, como IOTA y ETA, asolaron furiosamente nuestra Colombia insular más septentrional, lejana y soñada. San Andrés, Providencia y Santa Catalina son la evocación más cercana de la felicidad y la belleza que tenemos muchos colombianos.  Ahora, con sus imágenes de ruina y devastación, la memoria y los recuerdos colectivos de miles de colombianos también han sido arrasados.  Algunos, en su infancia, tuvieron la fortuna de conocer el mar como un juego interminable de olas evasivas y traviesas que derruían sus castillos de arena y sueños de arquitectos. Luego, en la adolescencia, durante la excursión de bachilleres, San Andrés se convertirá en un mar ebrio de ensueños y fantasías eróticas. Fantasías fugaces como las olas y lacerantes como el sol. Años después, será el recuerdo de un mar tornasol y de una luna de miel con atardeceres rojizos y noches de embrujo. Con la llegada de los hijos, volverá a girar en nuestra memoria, como una rueda de recuerdos, la nostalgia de lo vivido. Desde entonces, San Andrés será en nuestras vidas ese carrusel generacional de alegrías compartidas. Pero hoy ese carrusel ha desaparecido, arrastrado sin contemplación por IOTA. De él solo quedan escombros, dolor, desolación, desesperación y muerte.  El archipiélago de la barracuda y su mar de arco iris, que había escapado al huracán absurdo y todavía incontenible de la violencia política continental, ahora fue víctima indefensa de la violencia natural tropical. Una violencia natural, por cierto, impredecible en sus alcances, a pesar de los pronósticos del Ideam y su parafernalia de satélites, que emiten señales de alerta tan parecidas a las de la Defensoría del Pueblo. Ambas alertas funcionan perfectamente para anunciar catástrofes y masacres, pero nunca para evitarlas o, al menos, contenerlas. Quizá, por lo anterior, casi todos los medios de comunicación incurren en el error de referirse a dichas violencias, la natural y la política, como tragedias, pero en la realidad son catástrofes. Incluso el entonces presidente Belisario Betancur (Q.E.P.D), con su bagaje poético de helenista, llamó tragedia al holocausto del Palacio de Justicia. Una “tragedia” que, con solo impartir una orden de cese al fuego, como comandante constitucional de las Fuerzas Militares, no hubiera ocurrido. Se hubiera evitado entonces la dolorosa catástrofe política, militar y judicial de la que siempre se lamentó y pidió perdón a toda la nación. Pero, una semana después, ante la sepultada Armero con sus más de veinte mil víctimas mortales, Belisario volvió a repetir que la tragedia estaba ensañada contra la querida Colombia. Una “tragedia” que había sido advertida con mucha antelación y también se hubiera podido evitar[1], como bien nos lo recuerda la excelente película “Armero” de Christian Mantilla[2]. Pero no es que nuestra querida Colombia sea trágica, sino más bien que es víctima de catástrofes provocadas por la negligencia y la incompetencia de unos pocos, consentidas y olvidadas por mayorías indiferentes. Al menos desde abril del 2012, mediante la ley 1523, se estableció una política nacional de gestión del riesgo de desastres con su correspondiente sistema de prevención, pero parece que se quedó escrita en el papel, como es lo usual por nuestro divorcio entre lo legal y lo real.

No son tragedias, son catástrofes

Las tragedias, lo sabemos desde los griegos, se nos imponen inexorablemente a los humanos y no podemos escapar a ellas. Son destinos ineluctables, imposibles de eludir, así tengamos conocimiento de ellos, como nos sucede a todos con la muerte. Aunque en ocasiones la muerte se nos presente como una bendición y no algo doloroso y trágico, especialmente cuando se trata de enfermedades incurables y terminales. En cambio, las catástrofes las podemos evitar o, al menos contener y regular, tanto las naturales como las políticas. Podríamos evitar que miles de personas murieran ahogadas en temporadas de lluvias, si contáramos con una política de planeación urbana y de conservación de la naturaleza que impidiera invadir y construir viviendas a orillas de los afluentes y de las bahías, así como frenar la deforestación y depredación de los bosques tropicales y la amazonia. Incluso, la probabilidad de huracanes y ciclones disminuiría. Si se aplicarán dichas políticas, no tendríamos tan numerosas víctimas y mucho menos tragedias, pues el conocimiento y la previsión humana las evitarían. Pero como no tenemos ni las unas ni las otras, cada vez que las fuerzas de la naturaleza se salen de cauce, la destrucción y las víctimas mortales aumentan. Es lo que ha sucedido en San Andrés, Providencia y Santa Catalina, pero sobre todo en el municipio de Acacias y los departamentos de Chocó, Meta, Santander del Norte, Huila y Cundinamarca, que dejan ya miles de familias damnificadas. Algo que incluso puede suceder en la capital si se desborda el río Bogotá, afectando obviamente a los sectores más pobres, eufemísticamente llamados vulnerables. No han sido tragedias, sino catástrofes, producto de la ausencia de políticas de desarrollo y mitigación de riesgos, que no se pueden suplantar solo con buena voluntad, órdenes presidenciales, gerencias improvisadas, plazos incumplibles y solidaridad ciudadana. Pueda ser que, a la catástrofe por imprevisión de los huracanes, no siga ahora otra por incompetencia e irresponsabilidad, como ya lo sienten sus desesperados habitantes. Algo parecido está sucediendo con el coronavirus en casi todo el planeta, ante la incapacidad de asumir la libertad como responsabilidad con nuestra propia vida y la de los demás.

Sin Importar la Vida propia y Ajena

Sin dejar de reconocer que somos líderes mundiales en el campo de la irresponsabilidad, tanto la gubernamental, gremial como la personal, pues hoy 21 de noviembre miles de consumidores están de nuevo atiborrando los centros comerciales. Centros comerciales que auguran futuros funerales sin descuento del IVA, acrónimo que bien podría significar sin Importar la Vida Ajena y la propia, con tal de comprar hoy electrodomésticos y mercancías a menor costo. El tanatos del consumo y los mercados se ha impuesto sobre el eros de la vida y el sentido de humanidad. En lugar de natividad, habrá más mortandad y la nochebuena será tenebrosa y luctuosa, nada venturosa. Sin duda, muchos concluirán que todas estas “tragedias” obedecen a que este año fue bisiesto y somos víctimas totalmente inocentes del destino. Ya se cantará y hasta bailará, a propósito del Covid-19: “Yo no olvido el año viejo que me ha dejado cosas muy buenas…”



[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Tragedia_de_Armero


lunes, noviembre 16, 2020

Un Grafiti de Verdad

 

UN GRAFITI DE VERDAD

Hernando Llano Ángel

En Cali, en la calle 8 con carrera 5, justo al frente del Banco de la República, se encuentra un magnífico grafiti dedicado a la VERDAD. Es un homenaje de la fundación La Paz Querida[1] y la Comisión de la Verdad[2] a todas las víctimas del conflicto armado interno. Es mucho más que una imaginativa y policroma obra de arte. Es una obra de verdad. Una obra concebida y ejecutada por el colectivo urbano de artistas MALA JUNTA KLAN[3], cuyo talento, destreza y sensibilidad grafitera nos invita a reflexionar sobre el sentido de la VERDAD en el trajín de la vida cotidiana, en medio de los afanes y atascos de la vía pública. Para ello resignifican el inmenso muro del parqueadero situado en la esquina de la calle 8 con carrera 5 con la palabra VERDAD, colmando de sentido y belleza cada una de sus letras, como un tributo a todas las víctimas de nuestro atroz conflicto armado, pero también como una interpelación a la sensibilidad de caleñas, caleños y visitantes que transiten por el centro de la ciudad. Más allá del goce estético que nos deleita apreciar la riqueza de imágenes, colores y significados que cada palabra encierra, su mayor impacto es que seguramente ninguna persona que cruce frente al mismo quedará a salvo de su potente y vital mensaje.

Tampoco podrán apartar la vista de la VERDAD los conductores y pasajeros que estén atrapados en sus carros por el semáforo en rojo. Porque cada una de las seis letras de la VERDAD contiene en su interior imágenes y símbolos que insinúan valiosas claves para la paz y la convivencia social. Claves que nos permitirán, como ciudadanía, no solo reivindicar la dignidad de todas las víctimas, sino también avanzar en forjar una sociedad donde nunca más toleremos la existencia de víctimas y victimarios, de inocentes mancillados y verdugos exaltados. Una sociedad donde la violencia, el combate y la muerte del adversario no sean distintivos de heroísmo sino de vergüenza. Donde la búsqueda de la justicia social no sea una coartada para la rebelión y mucho menos la democracia un comodín para la exclusión, la dominación política de minorías y la violencia social. Por eso, al interior de la V, primera palabra de la verdad, aparece la V de vida, que renace y florece sobre dos cuencas vacías, como en el poema “Para la libertad” de Miguel Hernández. Porque una verdad que no rinda tributo a la vida, objetivamente está al servicio de la muerte. Hoy lo sabemos dolorosamente con el coronavirus bajo gobernantes que desprecian la ciencia y la verdad, como Trump y Bolsonaro. Pero también deberíamos saber que la mentira en la vida política y social, como es lo propio de la demagogia populista, el fascismo y la negación autocrática de la realidad, solo conduce a catástrofes. Allí están Trump, Bolsonaro y Maduro para demostrarlo. Y, entre nosotros, los furibundos partidarios, a la derecha y la izquierda, del odio, la mentira y la guerra. No es, pues, coincidencia, que la primera palabra de la verdad sea la V de Vida. La E, segunda palabra, contiene en su interior varios perfiles policromos que se encuentran y yuxtaponen sobre el paisaje y alude a la Empatía, esa sensibilidad para solidarizarnos con el dolor y rechazar la injusticia. Actitud y sensibilidad necesarias para tejer una trama social que impida la generación de más víctimas, como consecuencia de la indolencia de mayorías frente al sufrimiento de minorías injustamente escarmentadas, perseguidas, desplazadas, secuestradas, desaparecidas, asesinadas y despojadas de sus derechos vitales y civiles. La R, tercera palabra, nos recuerda, mediante figuras representativas de nuestra multiculturalidad y ruralidad que, sin el pleno Reconocimiento de los derechos y la dignidad de campesinos, indígenas y comunidades negras, dedicadas al cuidado y cultivo de la madre tierra, no es posible la verdad de la justicia y mucho menos lo será la Reconciliación con nuestro entorno y vida natural. La D, situada a continuación, nos afirma que, sin los Derechos, con frecuencia negados a las mujeres y sistemáticamente desconocidos a la naturaleza, como fuentes primigenias de vida y belleza, no podrá sobrevivir la verdad en ninguna sociedad y menos perpetuarnos como especie. De allí la altivez de la mujer, reclamando sus derechos, con micrófono en mano, y la majestuosidad del río corriendo a su lado, como caudal de vida. La A, penúltima frase, ilustrada con dos rostros enfrentados que no se reconocen, uno abajo y otro arriba, nos interpela sobre la necesidad del sentimiento de Amistad. Ese sentimiento imprescindible para que como colombianos nos reconozcamos en la búsqueda de aquellas verdades, por dolorosas y terribles que sean, que nos permitan vivir más allá de esa enemistad insuperable, cargada de odio y maniqueísmo, que se perpetua hasta nuestros días, de generación en generación, supuestamente en nombre de una justicia draconiana, más cercana a la venganza que a la reconciliación. Y la D, como cierre de la Verdad, está mirándonos con Dignidad, con sus dos ojos lúcidos bien abiertos, sin asomo de miedo, desconfianza o rencor. Nos invita a compartir un horizonte de esperanza que precisa del compromiso de todas y todos para rendir un tributo a cientos de miles de víctimas del conflicto. Para consolidar una sociedad donde la paz y la convivencia social impidan para siempre el surgimiento y sufrimiento de más víctimas en nombre de mortales mentiras políticas e históricas, propaladas soberbiamente por victimarios legendarios, en nombre de ortodoxias de derecha o izquierda. Gracias a las verdades bellamente contenidas en el grafiti y a la maestría de sus creadoras, podremos algún día vivir --de todos depende que sea más próximo que lejano-- en una sociedad de verdad pluralista, justa y democrática, con igualdad de posibilidades y derechos, en función de una paz con dignidad para todas y todos.

 



[3]https://www.facebook.com/fundacionculata/photos/pcb.2284872368474458/2284870628474632/ Integrado por:  Nandy Mondragón, Diana Segovia, Constanza Ofelia Rodríguez y Antonia Otoya.

 


sábado, noviembre 14, 2020

Trump y el gansterismo político

 

Trump y el gansterismo político

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/trump-gansterismo-politico

 

Hernando Llano Ángel

Donald Trump representa, junto a Vladimir Putin, el ascenso de los gánsteres al mando de dos potencias imperiales en decadencia. En nuestros lares, tenemos al menos dos ejemplares de la misma familia política: Nicolás Maduro y Jair Mesías Bolsonaro. De allí la estrecha amistad de ese cuarteto de gánsteres y su fuerte afinidad con el ejercicio del poder político como el arte del chantaje, la mentira, la trampa y la violencia. Escenifican un juego de dobles en la cancha de la política internacional. Todo ello oculto bajo el manto impune del nacionalismo y el estímulo de los negocios, en beneficio de sus corruptas plutocracias. Trump y Putin gobiernan obsesionados con revivir el pasado glorioso e infamante de sus sangrientos y depredadores imperios. Trump lo proclamó sin ambages: America First y Make America Great Again. Consignas que traducidas al lenguaje de la política son la quintaesencia de la mafia en la cúspide del Estado. En efecto, nada está primero en la vida de un mafioso que el cuidado y la seguridad de su familia, sin importarle la suerte de las demás familias, incluso de su propia vida personal, como le sucedió a Pablo Escobar[1]. Guardadas las proporciones, Trump es un ejemplar sucesor de Escobar, pero al mando de Estados Unidos, la primera potencia mundial. Nada le importó la suerte de la familia humana y su hogar planetario con tal de garantizar la prosperidad de su propia familia nacional: America First. Declaró la guerra contra el comercio internacional y defendió como señor feudal su castillo familiar. Por eso bloqueó la Organización Mundial del Comercio[2] y retiró a Estados Unidos del Acuerdo de Paris[3]. Contra toda evidencia científica y las catástrofes naturales que nos amenazan y diezman, continúa negando el calentamiento global y la gravedad de la crisis climática. Ahora, su desdén por la naturaleza y la ciencia, se ensaña contra su querida familia, cobrándole el coronavirus cerca de 245.000 víctimas mortales y un crecimiento exponencial de la pandemia, que se aproxima a los 10 millones de contagiados. Sus dos consignas terminaron siendo todo lo contario. Hoy Estados Unidos es cada vez menos en el mundo. Terminó siendo la primera en número de víctimas mortales y la más grande en propagar la pandemia. Objetivamente Trump es un fracaso inimaginable e indiscutible. Ha sido el mandatario que, durante cuatro años y sin comprometer a fondo el poder militar norteamericano en conflictos internacionales, ha propiciado el mayor número de muertos en la familia americana. Muchas más que las bajas militares durante la segunda guerra mundial y la guerra de Vietnam.

71 millones de esquizofrénicos tanáticos

Quizá sea la consecuencia de poner al frente de un Estado imperial a un empresario tan codicioso como un mafioso, para quien primero está el mercado, la economía y las ganancias, después la vida y la salud de sus propios compatriotas.  La verdadera divisa y consigna de Trump es Market First, poco importa que la consecuencia sea la muerte de cientos de miles. Un patriotismo de mercado, mezquino e indolente[4]. Por eso también obtuvo cerca de 71 millones de votos, superando a todos los anteriores candidatos republicanos a la Casa Blanca. 71 millones entre los cuales se encuentran ejemplares padres y madres de familia, para quienes no importa que los hijos de inmigrantes permanezcan separados de sus padres, como solían hacerlo los estados totalitarios y socialistas a los que temen y odian furibundamente como Trump. Tanto es el odio y el miedo que creen en la absurda mentira y alucinada versión de Biden como un “socialista radical”, que convertirá a Estados Unidos en la Venezuela del norte. Tampoco les importa mucho la salud, el sufrimiento y el maltrato emocional de esos niños, pues son hijos de supuestos peligrosos criminales latinos, que los explotan y maltratan. Por eso votaron por Trump, porque creen con una ingenuidad cercana a la estupidez, que es un católico piadoso, que exhibe la biblia contra “agitadores socialistas” y defiende la sacralidad de la vida contra el aborto. A sus electores los tiene sin cuidado que Trump haya sido un mercader de la belleza femenina y la exhiba hoy como un objeto de lujo, consumo y placer. A sus ojos, Trump es un ejemplar padre de familia y un macho exitoso, calumniado por mujeres resentidas, ambiciosas y oportunistas. Pero, sobre todo, votaron por Trump porque representa lo que millones de sus electores no han podido ser y obtener: riqueza, poder, lujuria, reconocimiento y éxito. Trump les permite sentirse superiores a millones de “pobres fracasados, negros e inmigrantes ilegales” que, en el colmo del atrevimiento, proclaman que la vida de todos importa y tiene igual valor, sin considerar el color de piel (Black Lives Matter) o la procedencia nacional. Esos millones de fracasados que pretenden tener iguales oportunidades y derechos que ellos, los auténticos y superiores norteamericanos blancos y migrantes legales, no pueden aspirar al sueño americano. Para esos indios, negros e inmigrantes ilegales solo existe la pesadilla americana. Esos 70 millones de esquizofrénicos electores, tanáticos del consumo[5] y fanáticos del mercado, admiran tanto a Trump que incluso desprecian la muerte de más de 230.000 de sus compatriotas y hasta toleran que los robe, evadiendo su pago de impuestos. No es, pues, casualidad, que lo votos por Trump procedan de los Estados con mayor número de víctima causadas por el Covid-19. La muerte, como la negación de la realidad, son atributos de Trump y muchos de sus seguidores. Por eso, ahora lo respaldan incondicionalmente en su intento de desconocer el triunfo de Biden, así arrase con la legalidad y validez de los votos por correo, desmantelando los vestigios de democracia que deja su mandato. Para Trump la verdad no cuenta si no coincide con sus intereses, entonces proyecta lo que denomina hechos alternativos para sustituir la misma realidad, porque él personalmente se arroga el poder y la gloria. Se autoproclama el líder de los moral y racialmente superiores, los llamados a salvar a Estados Unidos de socialistas, ateos, homosexuales, pedófilos, cobardes y degenerados, con la inspiración de QAnon[6] y el respaldo de la National Rifle Asociation.

El Show ha terminado: ¡You are fired!

Por todo lo anterior, es comprensible que la consigna final de la campaña de Biden haya sido “La batalla por el alma de la Nación”. Sin duda, el único mérito de Trump es haber despertado y movilizado a más de 74 millones de norteamericanos para que votaran por Biden. De esta forma, reafirmaron que sus vidas son más valiosas que el mercado y que sus convicciones rechazan radicalmente la discriminación racial, el odio, las mentiras y la violencia policial como fundamentos de la vida política norteamericana y optaron por la decencia y la convivencia. Trump, el aprendiz de la política, se resiste a dejar la Casa Blanca. No alcanza todavía a comprender que su mediocre Show de America First ha terminado en un multitudinario y mortal fracaso. Que, como lo hacía con arrogancia en su programa televisivo, “El aprendiz”, millones de norteamericanos le están gritando: ¡You are fired! ¡Estás despedido! Pero como toda su vida ha sido un litigio permanente entre sus ambiciones personales y su narcisismo inconmensurable contra sus competidores y adversarios, interpondrá cuanto recurso legal le aconseje su equipo de abogados para intentar ganar en el foro judicial lo que ya perdió en la arena política. Y, cuando sea vencido en ambos escenarios, es probable que pretenda convertirse en el jefe de la oposición, si acaso se lo permiten el Partido Republicano y las reservas de la cultura, la inteligencia y la decencia de la sociedad norteamericana, ya escarmentada y avergonzada de tan fatal y cínico aprendiz político. Un aprendiz que bien le convendría volver a sus negocios personales y cancelar sus multimillonarias deudas[7], las únicas que quizá podrá pagar algún día, porque su deuda con la humanidad es incalculable, insondable e impagable.