lunes, junio 27, 2016

     
(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

Hernando Llano AngelLa responsabilidad de hacer la paz recaerá sobre todos los colombianos. Comencemos  por reconocer que las banderas morales que esgrimieron tanto la guerrilla como el Estado deberán olvidarse para que la política le ponga punto final a esta guerra degradada. 

Hernando Llano Ángel*

Procesión de víctimas de la Masacre de Bojayá en el departamento de Chocó.

No hay paz perfecta

Como bien dijo el senador Álvaro Uribe en su mensaje a la opinión de esta semana, “la paz está herida" : por eso mismo depende de todos los colombianos que la paz sane y que recobre plenamente la vida.
Sin embargo el anuncio del presidente Santos y de las FARC desde La Habana es todavía más importante: la guerra está moribunda.
Depende fundamentalmente de nosotros y de nuestro compromiso (no tanto de Santos, ni de Uribe, ni de las FARC, ni de la comunidad internacional) que la paz recobre su salud y fecunde generosamente sus frutos en nuestra tierra para beneficio de todos. Esto dependerá de si somos capaces de sepultar rápidamente la guerra y permitirle que descanse en paz, eternamente, sin prolongar artificialmente su vida.
El mayor peligro que en este momento nos acecha es la búsqueda de una paz perfecta, pues esta no existe en este mundo, que siempre estará lleno de conflictos y rencillas por resolver. Esto sería como hacer depender la paz de una justicia perfecta o de una discutible e incierta igualdad social. Si nos empecinamos en estos elementos, estaremos condenados a prolongar eternamente la guerra, con su secuela inacabable de dolor, degradación y víctimas.
Ya es hora de abandonar esos espejismos fatales, pues todos conocemos sus resultados: más de 220.000 víctimas mortales, de las cuales el 81,5 por ciento fueron civiles, y el mayor número de desplazados internos del mundo, cerca de 7 millones de compatriotas que han perdido sus parcelas y sus derechos vitales.
Además, ¿quién tiene el derecho a definir lo que significa una “paz perfecta” o una “justicia perfecta”? ¿Un Estado? ¿Un líder político? ¿Un partido o una guerrilla? La respuesta es simple: nadie. Por eso es responsabilidad de todos y todas que esta tragedia no se siga repitiendo en suelo colombiano.
Hoy tenemos una valiosa oportunidad política y una inmensa responsabilidad ética. Ningún ciudadano o ciudadana puede eximirse. Nos llegó la hora de la verdad. Para tomar una decisión tan trascendental vale la pena reflexionar sobre nuestra responsabilidad frente al pasado, el presente y el futuro.

Un pasado ignominioso

El Presidente Santos y Rodrigo Londoño luego de la firma del acuerdo de Cese al Fuego.
El Presidente Santos y Rodrigo Londoño luego de la firma del acuerdo de Cese al Fuego.
Foto: Oficina del Alto Comisionado para la Paz
Sobre el pasado, lo primero que tendríamos que reconocer es que este nos deja un vergonzoso saldo en rojo y una deuda de humanidad con cientos de miles de víctimas que tenemos que honrar. Y la primera y mejor manera de hacerlo es impedir que la guerra cobre más víctimas.
La segunda consiste en que los protagonistas de la guerra reconozcan sin ambages que en su obsesión por vencer al enemigo incurrieron en numerosas acciones degradantes e inhumanas, moralmente injustificables y políticamente ilegítimas. Ellos son los primeros que deben contar toda la verdad, para empezar a reparar a las víctimas.
¿quién tiene el derecho a definir lo que significa una “paz perfecta” o una “justicia perfecta”?
La primera verdad que deberían reconocer es su desvarío y soberbia, que todavía hoy ocultan bajo valores, principios, políticas y consignas que mancillaron y arruinaron con la sangre de sus víctimas.
En nombre de supuestos valores como “democracia”, principios como “Estado de derecho”, políticas como “seguridad democrática” y consignas como “revolución” o “justicia social” cometieron masacres, asesinatos, desapariciones, secuestros, “falsos positivos” y desplazamientos masivos.
Ni uno solo de los anteriores crímenes puede ser justificado ni legitimado ante las víctimas y sus sobrevivientes. Tampoco ante la conciencia ciudadana. Si esta los acepta estaría perpetuando eternamente la revancha y la venganza de nuevas generaciones, que más adelante, en nombre de la “justicia”, la “verdad” o las “instituciones democráticas”, tratarán de ajustar cuentas con los victimarios victoriosos.

La justicia transicional

En este contexto, la justicia transicional es imprescindible pues la degradación en que incurrieron todos los responsables directos de la guerra impide objetiva y legalmente declararlos inocentes plenos o culpables absolutos. Todos son responsables, según su mando y papel, de los actos cometidos o de las omisiones consentidas.
Estos actores deberían asumir explícitamente su responsabilidad para empezar a reparar a sus víctimas y honrar a sus familiares sobrevivientes, contando toda la verdad, sin refugiarse en ideologías o en dignidades gubernamentales. Ya pasó la hora de los comandantes y los héroes impunes; también la de los gobernantes inmunes. A todos les llegó la hora de las verdades y las responsabilidades históricas. Deben hacerlo para dejar de reclamar una dignidad y una identidad que ya perdieron, bien como revolucionarios o como estadistas, al ordenar, consentir o tolerar crímenes tan crueles y degradantes.
El dolor de las víctimas es igual, sin importar la legalidad o ilegalidad de su victimario. Ni el estadista ni el comandante revolucionario pueden reclamar  superioridad moral después de medio siglo de atrocidades. Por eso todos deben someterse a una justicia excepcional, que es la transicional, donde la culpabilidad es desplazada por la responsabilidad de la verdad, el castigo por la reparación a las víctimas, y la condena por la reconciliación con el enemigo de ayer, para permitir que la paz sea un ejercicio de la política y no siga siendo un botín disputado y arruinado por la guerra.
Se trata de construir la paz en serio, justamente entre los que ayer hicieron la guerra y cometieron los crímenes más repudiables creyendo obrar en defensa de valores y convicciones superiores. Quien aspire a ver a su enemigo de ayer tras las rejas implícitamente dice que él es moralmente superior a su adversario, cuando en realidad ambos comparten una responsabilidad similar por lo acontecido, ya sea por su acción o por  omisión como comandante guerrillero, como jefe de Estado o como líder político.
En estos casos la justicia no cede ante la paz, sino que la política se impone sobre la guerra, pues solo quienes aspiran a vencer en un campo de batalla pueden recluir a los vencidos en cárceles y negarles todo derecho a seguir existiendo políticamente.
¿Será esa la paz sin impunidad que pregona el Centro Democrático? De ser así nos esperan muchos años más de guerra e ignominia en la búsqueda irresponsable y moralmente criminal de una “justicia sin impunidad”, con el costo inadmisible e insufrible de la paz perfecta de las tumbas y las fosas comunes.

El presente y el futuro

El Ex-presidente y Senador por el Centro Democrático, Álvaro Uribe Vélez.
El Ex-presidente y Senador por el Centro Democrático, Álvaro Uribe Vélez.
Foto: Congreso de la República de Colombia
En lugar de ese futuro de vengadores implacables y gobernantes irresponsables e impunes, los ciudadanos tenemos frente a nosotros un presente de responsabilidad y un futuro de reconciliación.
Ni el estadista ni el comandante revolucionario pueden reclamar  superioridad moral después de medio siglo de atrocidades.
Tenemos la responsabilidad de valorar lúcida y sensiblemente el dolor de las miles de víctimas de esta guerra, más allá de las pasiones y los maniqueísmos viscerales que pretenden eximir a unos de toda responsabilidad y darle a otros toda la culpa.
Los ciudadanos deberíamos reconocer que no estamos dispuestos a vivir más en una sociedad dividida eternamente entre víctimas y victimarios, vencidos y vencedores, y comprometernos ética y políticamente a construir una sociedad reconciliada, por fin democrática, donde todos tengamos iguales derechos y oportunidades. Sin concederle a nadie, por ninguna razón, la potestad para disponer de la vida de sus semejantes en aras de absolutos inalcanzables como la “paz perfecta” o la “justicia perfecta”.
Esa es la inmensa responsabilidad que debemos asumir si se convoca el plebiscito: sustituir para siempre las tumbas por las urnas, la guerra por la política, las víctimas y los victimarios por la ciudadanía y por fin construir y vivir en un Estado democrático, que haga imposible para siempre la simbiosis mortal de la política con las armas.

* Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá, profesor Asociado en la Javeriana de Cali, socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca. Publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com. 
@HernandoLlano

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lunes, mayo 02, 2016

JUSTICIA Y PAZ: MÁS RESPONSABILIDAD Y MENOS CULPABILIDAD


Hernando Llano Ángel.

Una adusta e inquietante Señora, ataviada de negro, blandiendo amenazante en su mano derecha una herrumbrosa espada y portando en la izquierda una bamboleante e inexacta balanza, recorre el mundo de la política. Su deambular es ambiguo e incierto, zigzagueante, va de tumbo en tumbo, de la derecha a la izquierda, sin rumbo claro, con los ojos vendados. Por eso no genera confianza e infunde terror a todos. En la mayoría de las ocasiones no la guía la lucidez, ni el derecho, sino la revancha y la venganza, difuminadas entre normas e incisos, que sirven también para ocultar la verdad y garantizar impunidad. Casi siempre desenvaina su espada para defender privilegios y excepcionalmente para “deshacer entuertos”. En su balanza el fiel está desajustado y oscila arbitrario entre la derecha o la izquierda, según la simpatía de sus operadores y las circunstancias.

Últimamente se le ha visto en malos pasos. Deambula extraviada, entre sonámbula y funámbula, por los laberintos penumbrosos de la política. Allí suele perder el equilibrio y es asaltada, manoseada y vejada por una pandilla de oportunistas y ambiciosos, ataviados con elegantes trajes y finas maneras, que ocultan bien sus identidades e intereses de mercaderes y depredadores, tras una cuidadosa y engañosa fachada de políticos y servidores públicos.

Pero en ocasiones la Señora Justicia escapa de sus captores, se libera, recobra su independencia y dignidad. Se levanta y empieza a caminar sin dar tumbos, sin complacer a sus aduladores, tratando de resarcir a las víctimas de la soberbia de los privilegiados y la venganza de los humillados, sin más horizonte que la búsqueda de verdades y sentencias que hagan posible la vida y el reconocimiento de la dignidad de todos. Comenzando por las víctimas y contando para ello con el compromiso y también la verdad de los victimarios, ya que sin ella jamás habrá justicia y menos posibilidad de reconciliación política. Así, va dejando atrás su obsesión tanática en los castigos y las penas, pues en el fondo sabe que su labor está más cerca de la vida que de la muerte, de las sentencias que reparan víctimas y regeneran victimarios, que de aquellas que aplacan odios y destruyen vidas.

Va comprendiendo, no sin dificultades y contra la oposición radical de justicieros situados a la derecha y la izquierda, que el sentido profundo y auténtico de su actividad no es punitivo sino regenerativo. Para ello tendrá que abandonar su gris y fúnebre indumentaria; quitarse la venda y abrir lucidamente sus ojos; liberarse de espadas violentas y balanzas adulteradas. En fin, reconocer su condición humana y terrenal, renunciando a su falsa superioridad e ínfulas de Señora trascendental, situada en un pedestal inaccesible, obsesionada en castigar y atemorizar en lugar de reparar y reconciliar.

Por nuestra parte, tendremos que aceptar que la convivencia y la paz no dependen exclusiva y esencialmente de lo que haga o deje de hacer la Señora Justicia. Pues nunca forjaremos la paz, ni alcanzaremos la regeneración, reparación y reconciliación en sociedades maniqueas como la nuestra, donde un bando de “virtuosos y justos impolutos” se arroga el derecho de juzgar y condenar al otro bando de “malos y perversos absolutos”. Pues en este tipo de sociedades se ha sustituido el foro de los derechos y la justicia por un escenario dantesco y violento donde se enfrentan a muerte los “buenos” contra los “malos”; los “patriotas” contra los “traidores”; los “demócratas” contra los “terroristas”;  los “cristianos” contra los “paganos” ; los “ciudadanos de bien” contra los del “mal”. 

Hasta llegar a extremos tan absurdos de ya no poderse reconocer y ni siquiera hablar en las familias y los lugares de trabajo, los colegios y las universidades, los unos con los otros, los de la derecha con los de la izquierda, los creyentes con los agnósticos, los del gobierno con la oposición. Este es el deplorable escenario que tenemos que empezar a dejar atrás, si queremos vivir como humanos, y olvidarnos de que somos “santos” o “demonios”, situados a la “diestra” o la “siniestra”, y reconocer simplemente que estamos más allá de esa falsa dicotomía. Que todos somos responsables, obviamente en la medida de nuestros cargos y roles, de la justicia o la injusticia, de la paz o la guerra, del odio o la reconciliación, de la vida o la muerte. Del abuso del victimario y del sufrimiento de la víctima. En fin, que no somos ni inocentes, ni culpables, pero que siempre seremos responsables de lo que decimos y hacemos, de lo que callamos y consentimos. Quizás así dejaremos atrás esta vergonzosa sociedad donde pululan las víctimas, los victimarios, los vengadores y los justicieros, y empecemos a vivir simplemente como ciudadanos. Con más responsabilidad y menos culpabilidad, con más política y menos punibilidad, donde la ciudadanía prevalezca sobre la exclusión y la marginalidad, siendo por ello menos necesarias la penas y las cárceles, pues habrá un mundo de derechos y de libertades al alcance y ejercicio de todos. De eso se trata fundamentalmente la paz.

Marzo 12 de 2016.

ellano@javerianacali.edu.co


     
(Tiempo estimado: 4 - 8 minutos)

Delegación de Paz del Gobierno Nacional.

Hernando LlanoSometer  los acuerdos de paz a un plebiscito implicaría un bando ganador y otro bando perdedor. Pero con la paz podemos ganar todos, y esto tiene consecuencias importantes: urge pasar de la polarización a la construcción de confianza.

Hernando Llano Ángel*

Jugando en serio

La teoría de los juegos es una ciencia respetable y compleja, que ha merecido varios premios Nobel, que explica situaciones o procesos muy diversos, que tiene aplicaciones prácticas de altísimo valor, y que a los estudiantes suele causarles dolores de cabeza.
Pero aquí nos bastará con recordar apenas la distinción elemental que está en la base de todo ese andamiaje.  Los juegos – que pueden ser alegres o pueden ser tan trágicos como un conflicto armado- se dividen en tres categorías:
  • Los juegos más conocidos – y menos interesantes- son los juegos “suma cero”, o donde lo que gana un jugador equivale a lo que pierde el contrincante (por ejemplo: apostemos mil pesos al cara o sello); pero también hay
  • Juegos  de “suma positiva”- donde las ganancias totales exceden a las  pérdidas totales- y hay
  • Juegos de “suma negativa”, donde las pérdidas de todos son más que las ganancias de todos.    

Ganemos la paz

Delegación de paz de las FARC.
Delegación de paz de las FARC.
Foto: Facebook FARC-EP
La paz no es como el fútbol, un juego suma cero o donde el triunfo de un equipo significa la derrota del contrario, pagando incluso el precio de su eliminación del campeonato en disputa. Es decir -en el caso del fútbol profesional de Colombia- su exclusión del campo de juego más apreciado por todos los equipos nacionales: las copas o torneos internacionales.
Por eso no deja de encerrar cierta ironía que la selección colombiana de fútbol le haya ganado a Bolivia en  La Paz,  justo un día después que el gobierno y las FARC anunciaran el aplazamiento de la firma del  acuerdo de paz.  La paz es un juego de “suma positiva” es decir, un juego donde ganan todos los participantes – y en este caso los propios guerrilleros y otros actores obtendrían la ganancia más valiosa, la conservación de sus vidas para seguir actuando en el campo de juego mayor de la política-. Por el contrario en la guerra todos pierden. Es un juego de suma negativa, ya que incluso  el vencedor sufre pérdidas, que en este caso son muy considerables.
De lo anterior se siguen varias consecuencias, y entre ellas una de suma importancia política: no tiene mucho sentido someter el eventual acuerdo de La Habana a la aprobación de la ciudadanía mediante un mecanismo como el plebiscito, pues inevitablemente habrá un bando que gana y otro que pierde.
Parafraseando a don Miguel de Unamuno, en la paz se trata de convencer mientras que en la guerra lo que importa es vencer, pese a los costos tan altos.

68 años después

Por eso ya va siendo hora de reconocer que, como hace ya tiempo argumentó el director de  esta revista, “el conflicto armado de Colombia es una guerra de perdedores”. El Estado,   las comunidades, las víctimas, la sociedad en su conjunto y hasta los propios combatientes- -soldados, policías y guerrilleros- hemos pagado precios demasiado altos. Tanto así que las 225 mil muertes  de esta lucha entre el Estado y la insurgencia  superan con creces el número de víctimas de la Violencia entre facciones fratricidas conservadoras y liberales.
Han transcurrido más de 68 años desde el reclamo justo y airado de Jorge Eliécer Gaitán al  presidente Ospina Pérez en su célebre “Oración por la paz”: “pedimos pequeña cosa y gran cosa: que las luchas políticas se desarrollen por la vía de la constitucionalidad”, y todavía no hemos sido capaces de oírlo, aunque así figure solemnemente en el artículo 22 de la Constitución: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”.
Desde esta perspectiva, el gobierno y las FARC se han convertido en prisioneros de la refrendación y corren el riesgo de no permitir que todos los colombianos exploremos  el camino de la paz de una manera imaginativa y creadora. En vez de eso – y tanto el uno como la otra- están  contribuyendo a agudizar la polarización y el veto a la búsqueda de salidas políticas, como de modo claro y radical lo expresaron hace apenas unos días las movilizaciones del Centro Democrático en varias ciudades.
A lo cual viene a sumarse la incongruencia criminal e irresponsable del ELN de pretender avanzar en negociaciones con el gobierno sin renunciar al secuestro y los atentados contra bienes civiles, reforzando el discurso belicista del expresidente Uribe y la desconfianza creciente de la ciudadanía en la paz. Una vez más el ELN demuestra que la violencia hace mucho dejo de ser una bandera de liberación nacional para convertirse en la mejor aliada de las fuerzas más reaccionarias, como también el terrorismo yihadista en Europa está aupando a la extrema derecha.  
Y para completar el panorama nacional de extravío, confusión y sabotaje deliberado a la difícil y difusa senda política de la paz, el narcoparamilitarismo cínicamente se camufla bajo la sigla de “Autodefensas  Gaitanistas de Colombia”, al tiempo que el propio ministro del interior, Juan Fernando Cristo, reconoce que semanalmente es asesinado un líder popular.

En conclusión

Jorge Eliécer Gaitán en el Teatro Municipal, en 1947.
Jorge Eliécer Gaitán en el Teatro Municipal, en 1947.
Foto: Biblioteca Luis Ángel Arango
La estrategia del gobierno nacional para hacer la paz (el “peacemaking” que analizan los especialistas) es decir, para alcanzar formal y solemnemente la firma del cese bilateral y definitivo del fuego, como el primer paso en firme para construir la paz (el “peacebuilding”)  se encuentra bloqueada y extraviada en una especie de limbo político, geográfico y social.  
Un limbo que políticamente limita con la desconfianza mutua, exacerbada por el auge del narcoparamilitarismo, mientras que geográfica y socialmente está aquejada por la búsqueda estatal de lanzar al ostracismo y aislar totalmente de la población campesina respecto de las FARC, confinándola a una especie de gueto o campamento militar.
Vista con objetividad, la pretensión del gobierno va en contravía de lo acordado en el punto dos sobre Participación Política en clave de “apertura democrática y construcción de paz”:
  • ¿Cómo civilizar y politizar a las FARC si obstinadamente se pretende aislar a sus miembros del entorno social y campesino del cual son parte?
  • ¿Cómo romper su relación con las armas si al mismo tiempo se los separa –como un agente infeccioso y peligroso—de la población civil?  
La respuesta a estos interrogantes depende de la construcción de confianza entre las partes y especialmente del acompañamiento de la misión de las Naciones Unidas --a la manera de árbitro imparcial-- para que todos podamos proseguir el “juego suma positiva” de la política sin armas.
Todo lo cual es un asunto mucho más vital y más urgente que el nebuloso y contraproducente plebiscito, completamente inadecuado para abordar la construcción de paz por sus efectos de polarización social, bloqueo y suma cero en el campo del juego político.

* Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá, profesor Asociado en la Javeriana de Cali, socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca. Publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com. 
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lunes, septiembre 29, 2014

Cepeda Versus Samudio: el innombrable, lo inefable y lo inadmisible.

Cepeda versus Uribe: el innombrable, lo inefable y lo inadmisible

(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)
El Senador Cepeda

Hernando LlanoUn debate inverosímil, donde no se podrá interpelar al acusado ni se podrá preguntar sobre el acusado. Pero un debate donde están en juego los mínimos valores de un Estado de Derecho y la responsabilidad de quienes hacen nuestra historia.

Decisión “salomónica”
No cabe duda de que el senador Iván Cepeda tiene un pleito casado con su actual colega el ex presidente Álvaro Uribe Vélez. Pero tampoco hay duda de que la relación eventual entre paramilitarismo y alta política en Colombia es un asunto del mayor interés y prioridad, que por lo mismo debe ser ventilado en el Congreso, como primer foro de nuestra democracia.
También es indudable que la tarea de “control político” por parte del Congreso según quedó prevista en la Constitución se refiere al gobierno y no a los congresistas. Tanto así que el senador Cepeda citó a los ministros del Interior y de Justicia del gobierno Santos, lo cual hicieron notar – ruidosamente- los senadores del Centro Democrático para impedir el debate contra Uribe: “la Ley Quinta, el reglamento del Congreso, no establece que pueda hacerse un debate contra un congresista, y muchísimo menos que puedan llamar a los ministros de un gobierno para enjuiciar a un líder de oposición”.
El mismo Uribe sin embargo, curiosamente se apartó de su bancada para sumarse a los otros 31 senadores que votaron a favor del debate y había dicho en varias ocasiones que pondría la cara. Más adelante insinuó que no estaría presente y aprovechó 18 minutos de la sesión plenaria para negar sus vínculos con los paramilitares, sin que el debate de “control” hubiese tan siquiera comenzado.
Mientras tanto sus compañeros de bancada recusaron al senador Cepeda ante la Comisión de Ética por el hecho de que este congresista había denunciado penalmente a Uribe y era su enemigo (¡como si fueran los amigos quienes deben montarle a uno los debates!). Y entonces vino la decisión salomónica: la Comisión de Ética concluyó que el debate contra Uribe se puede adelantar….sin referirse a Uribe, porque resulta que “el artículo 245 de la Ley Quinta exige que las observaciones o las preguntas sean de contenido general” es decir, según estos juristas, impersonal o abstracto o sin identificar los responsables de las acciones que se están controlando. Y la plenaria del Senado ratificó este fallo salomónico.
Bajo estas condiciones el debate que promueve Cepeda sobre la relación entre la política y el paramilitarismo, esa funesta simbiosis entre el crimen y la política que gravita en forma condicionante y determinante sobre el Estado y la sociedad colombiana durante por lo menos los últimos 30 años, parece que hay protagonistas innombrables, como sucede con el exgobernador, expresidente y hoy senador Álvaro Uribe.

El Senador por el Centro Democrático, Álvaro Uribe
Vélez.
​Foto: Wikimedia Commons
Lo innombrable y lo inefable
Desde luego, lo esencial en el debate no es un nombre, sino la responsabilidad política de un hombre, Álvaro Uribe, quien siendo gobernador de Antioquia, entre 1995 y 1997, al menos por omisión en el cumplimiento de sus funciones, permitió que grupos paramilitares cometieran 939 asesinatos de civiles, según lo reporta el Banco de Datos de Derechos Humanos y Violencia Política del Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP)[1].
Lo inefable es que esa macabra cifra fuera en ascenso durante su administración, pues en 1995 comenzó con 143 ejecuciones extrajudiciales, en 1996 aumentó a 357 y en su último año concluyó con 439 víctimas mortales. En total, como dije, 939 víctimas mortales.
Pero más inverosímil aún es que el gobernador Uribe, en reconocimiento a la labor del entonces Comandante de la 17 brigada militar de Apartadó, General Rito Alejo del Río, lo haya condecorado y además llamado el “Pacificador de Urabá”.
Sin duda, para el innombrable no existe lo inefable, pues en el homenaje que junto a Fernando Londoño Hoyos promovió en el Hotel Tequendama el 29 de abril de 1999, en rechazo a la destitución del general, expresó que "Fue un general extraordinario y lo han tratado de la manera más atroz en que se puede tratar a un héroe nacional”; y agregó que “El General y sus soldados trabajaron para contener a los violentos con una intensidad sin antecedentes. Nadie mejor que el General del Río comprendió que a Urabá había llegado la hora de la paz, el Estado, la ciudadanía, y a fe que avanzó notablemente. En todas partes estaba presente el acompañamiento discreto y eficaz del general Del Río”.
Lo inadmisible
Precisamente por ese “acompañamiento discreto y eficaz”, el general (r) Rito Alejo del Rio fue condenado a 25 años de cárcel como responsable de la Operación Génesis realizada en febrero de 1997, donde fue asesinado el campesino Mariano López Mena.  Hoy el general (r)  Del Río está pagando su condena en las instalaciones de la Policía Militar 13 en Bogotá, donde prácticamente sigue siendo el rey, como se deduce de estos audios divulgados por semana.com. Sin embargo, este tipo de recuentos y discursos del innombrable, como el pronunciado en el hotel Tequendama, no podrán ser citados por el Senador Cepeda en su debate.
Por eso estamos más allá de lo políticamente inefable. Estamos en el ámbito de lo política y éticamente inadmisible, pues de realizarse el debate en esas circunstancias, se estaría corroborando la célebre sentencia de Sartre, según la cual “Nada hay tan respetable como una impunidad largamente tolerada”.
Impunidad que cubre todo el proceso de la ley 975 de 2005 y la desmovilización de los paramilitares, como lo acaba de reconocer Ernesto Báez en  declaraciones para El Espectador al afirmar que “Nosotros seguimos aspirando a decir cosas que no se han dicho. Pero tenemos la sombra del verdugo con la espada permanente sobre el cuello. Por ejemplo, mientras el Inpec esté en manos de la Policía, no podemos denunciar lo que pasó con la Fuerza Pública”. Y agregó: “El coronel Leonardo Ortiz, siendo subdirector del Inpec, se sentó aquí el 1° de diciembre de 2007 y nos dijo: ‘Ustedes están haciendo el papel de traidores. No hay derecho a que le estén haciendo esto al Ejército colombiano, que tuvo tanta cercanía con ustedes. Eso es una traición’. Y entonces cómo contamos la verdad así. Es que nosotros no nos sentamos con un enemigo a negociar. Se negocia entre enemigos. Fue una negociación entre amigos desleales”. Concluyendo que: “A nosotros se nos quiso como a las barraganas, como a las mozas, en la oscuridad de la noche. El Estado participó del conflicto defendiendo intereses de privilegiados. El paramilitarismo salió ileso tras la desmovilización de las autodefensas”.
Y lo más inadmisible, es que sea precisamente dicho innombrable quien exija una paz sin impunidad, con condenas ejemplares y políticamente inhabilitantes para todos los comandantes de las FARC. Comandantes que han empezado a reconocer sus responsabilidades políticas en las atrocidades cometidas en esta guerra degradada y quienes, dicho sea de paso, son identificados con nombres propios todos los días y por todos los medios.
Pero mientras en nuestra sociedad los responsables de tanta ignominia sigan eludiendo la cuota que en ella les corresponda –como en el caso del innombrable- por acción u omisión, nunca será posible la reconciliación nacional. Y mucho menos cuando millones de ciudadanos los respaldan, porque consideran que hay una “violencia legítima”, aquella que defiende sin límites sus derechos y privilegios, con brutal desprecio por la dignidad de todos, independientemente de su condición social, identidad étnica, proyecto político u opción sexual. A propósito del lema de la reciente semana por la paz, el senador Uribe debería ser capaz de aceptar ser llamado por su nombre en el debate que se avecina. De lo contrario le convendría abandonar el Senado, pues allí nadie responde al nombre de Álvaro Uribe Vélez.

* Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá, profesor Asociado en la Javeriana de Cali, socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca. Publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com. 

sábado, junio 28, 2014

UNA SELECCIÓN COLOMBIA EJEMPLAR: POÉTICA Y ÉPICA.

Una Selección Colombia ejemplar: poética y épica (http://calicantopinion.blogspot.com)
Hernando Llano Ángel.
Mientras en Brasil continúan esperando el “jogo bonito” de su Selección, en Colombia estamos deslumbrados con el juego poético y épico de la nuestra. Poético y épico, porque en ningún otro mundial una Selección nos ha regalado tanta felicidad y orgullo nacional como ésta, demostrándonos de lo que somos capaces cuando se juega en equipo. Porque más allá de los tres triunfos inobjetables en línea contra Grecia, Costa de Marfil y Japón, con 9 goles a favor y sólo 2 en contra, lo que cuenta es la certeza de un triunfo colectivo. Al contrario de lo que sucede con Brasil y Argentina, que ganan gracias a sus salvadores: Neymar y Messi, en Colombia gana un equipo, no obstante el goleador sea James Rodríguez. Un equipo victorioso que, además, no cuenta con su máxima estrella internacional: Falcao, porque gracias a Pékerman ha aprendido que el fútbol –como también la política democrática- es un deporte colectivo e integral, no de individualidades geniales y narcisistas. A tal punto que la selección Colombia no juega para James –como si sucede con Argentina y Brasil, que giran en torno a Messi y Neymar— sino más bien lo contrario: James juega para Colombia. Ello quedo demostrado en el segundo tiempo contra Japón, cuando el talentoso e individualista Quintero fue remplazado por James y entonces llegaron los goles colectivos, pues no hay que olvidar que el de Cuadrado en el primer tiempo fue de penalti. De allí la dimensión épica de los triunfos de la Selección, sin importar mucho quién anota los goles, ya que son una obra colectiva, como también se observa en la carnavalesca y alegre celebración de todos sus jugadores. Para no hablar de la hinchada colombiana presente en todos los estadios, que no gratuitamente marcó la tónica de los himnos nacionales cantados y gritados a viva voz, más allá de la breve y protocolaria banda sonora de la FIFA. Por todo lo anterior, es que tenemos una Selección ejemplar, poética y épica, que cuenta con el más singular de los argentinos, un director técnico modesto como Pékerman que no grita, apenas susurra en tono paternal, para afirmar que los triunfos se deben al “trabajo silencioso y colectivo de todos los muchachos”, que se comportan en el campo de juego y por fuera de él como una gran familia. Así lo demostraron en el triunfo sobre Japón, cuando en la cancha lo compartieron y gozaron el portero y jugador más longevo de todos los mundiales, Faryd Mondragón, abrazado con el goleador más joven de este mundial, James Rodríguez. Seguramente porque el triunfo de una Selección como el de una Nación sólo es posible gracias al trabajo en equipo de todas sus generaciones y regiones, desde la más joven y vital hasta la más experimentada y madura, sin violencia y exclusión alguna. Esta es una lección magistral que deberíamos aprender todos los colombianos, celebrando con alegría y en paz los triunfos de nuestro seleccionado para rendirle el homenaje que se merece. Es de esperar que mañana sábado triunfe el futbol épico y poético de nuestra selección sobre la famosa garra charrúa, que no contará con las dentelladas y los goles de su “pistolero” Luis Suárez, una vergüenza para el juego limpio y la democrática y progresista Uruguay. (Junio 27 de 2014).

viernes, junio 13, 2014

Paz o guerra: el falso dilema de estas elecciones.

PAZ O GUERRA: EL FALSO DILEMA EN ESTAS ELECCIONES
La paz es mucho más que un acuerdo entre el gobierno y un grupo guerrillero. Es una forma distinta de convivir y de hacer la política, y por eso ni Santos ni Zuluaga están haciendo la paz verdadera: están polarizándonos alrededor de un falso dilema. 
Hernando Llano Ángel*
Zuluaga y Santos perdieron en primera vuelta
Todo parece indicar que el próximo domingo los colombianos estaremos abocados a un dilema de vida o muerte, a escoger entre la paz y la guerra. Pero si fuera así de simple, nadie en sano juicio dudaría en votar por la paz.
Entonces tenemos que concluir que el asunto es mucho más complejo, ya que el pasado 25 de mayo los dos candidatos punteros, Zuluaga y Santos, apenas alcanzaron a convocar a 7.061.786 votantes, que escasamente representan el 21,41 por ciento del total de colombianos y colombianas habilitados para votar, pues el censo electoral es de 32.975.158 cédulas vigentes.
En términos futbolísticos, tendríamos que reconocer que el 25 de mayo los colombianos   perdimos el juego más trascendental en toda sociedad: el juego del poder, por un marcador escandaloso y preocupante de 6 goles contra 4, pues la abstención fue del 60 por ciento y la participación apenas del 40 por ciento. En un juego del cual depende no sólo cómo vivimos, sino incluso cómo morimos.
Y si miramos al desempeño individual de cada “jugador”, tenemos que Zuluaga apenas representa el 11,40 por ciento  de la ciudadanía y Santos el 10,01 por ciento. Incluso, siguiendo con las cuentas, pues al fin al cabo lo que ellas reflejan es la voluntad de los ciudadanos, llegamos a la paradójica conclusión de que Zuluaga y Santos fueron derrotados, cada uno por separado, si sumamos los votos obtenidos por los otros tres jugadores, en su orden: Martha Lucía Ramírez (1.995.698 votos: 15,52 por ciento); Clara López (1.958.414 votos: 15,23 por ciento) y Enrique Peñalosa (1.065.142 votos: 8,28 por ciento), con un total de 5.019.254 votos que representan el 39,03 por ciento de los votos válidos.
Por si lo anterior fuera poco, 770.610 (5,99 por ciento) colombianos al votar en blanco expresaron su rechazo a todos los anteriores “jugadores”;  52.994 electores (0,40 por ciento) no marcaron el tarjetón y 311.758 (2,35 por ciento) votos fueron anulados al no expresar dichos electores claramente su voluntad en los tarjetones.
Conclusión: Ni Zuluaga, ni Santos representan la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, sino solamente a una minoría de 7.061.786 colombianos, que escasamente es el 21,41 por ciento de los habilitados para votar. En otras palabras, cerca del 80 por ciento de los colombianos y colombianas no creen en Zuluaga ni Santos, pero será entre ellos dos que tendremos que elegir al presidente de la República. Semejante apatía, escepticismo, rechazo o repudio de semejantes “ganadores”, significa que la inmensa mayoría de los colombianos no creen en sus propuestas políticas y tampoco en que sean la solución para definir el falso dilema de la guerra o la paz que nos plantean para el próximo domingo.
Equipos mediocres y jugadores tramposos
Zuluaga y Santos han clasificado a la final por descarte o repechaje, pero no lo merecen, pues la jugaron en medio de escándalos y en un estadio semivacío, ya que sólo asistió el 40 por ciento de los espectadores.
Ahora el 39,03 por ciento de los “hinchas” que respaldaron y creyeron en los otros equipos y sus candidatos, más el 6 por ciento que votaron en blanco, tendrán que decantarse en la final por alguno de los dos candidatos  mediocres y escandalosos, como lo demostraron con sus maniobras oscuras  durante la primera vuelta.
Y para buscar que haya más afluencia de público al partido final, lo están promoviendo como si se tratara de un combate entre la paz y la guerra, la vida o la muerte. Cada candidato está intentado demostrar al público elector este dilema falso y dantesco, como si los ciudadanos fuéramos hinchas de barras bravas que pueden ser manipulados con tanta facilidad.
El falso dilema
El dilema es falso porque lo que está en juego en La Habana no es la paz, sino el fin del conflicto armado, y en tanto no se firme entre el Estado colombiano y las guerrillas de las FARC y posteriormente el ELN, dicha confrontación seguirá aniquilándonos y degradándonos como seres humanos, ciudadanos y colombianos. 
En efecto: la paz es mucho más que el fin del conflicto armado,  es una responsabilidad de todas y todos los ciudadanos y sólo empezará desde el instante en que dejemos de pensar y delegar nuestra voluntad de vida, justicia y reconciliación en manos de supuestos líderes o salvadores, que prometen y hablan de paz pero se preparan para ganar la guerra. Que al mismo tiempo que exhiben acuerdos se regodean por dar muerte a sus adversarios.
Con semejante doble juego y falsos protagonistas, jamás podremos vivir en paz, simplemente porque la paz política sólo puede nacer desde la ciudadanía y no desde los batallones, las trincheras y los campos minados. Sólo podemos forjar paz si pensamos y actuamos como ciudadanos, es decir como soberanos generadores de poder político en función de objetivos comunes y en beneficio colectivo,  en lugar de seguir delegando y enajenando nuestra voluntad en falsos políticos que acaban siendo déspotas soberanos, situados incluso por encima de la Constitución y la ley, hasta el extremo de poder decidir sobre la intimidad, la libertad, la dignidad, la vida o la muerte de todos nosotros, en nombre de la paz.  
Mucho menos podremos construir paz si en lugar de la reconciliación nos empeñamos en la confrontación y la eliminación del contrario, deslegitimándolo bajo la etiqueta de narcoterrorista o paramilitarista. Sólo podremos vivir en paz cuando tengamos el valor, la lucidez y la magnanimidad de la reconciliación, que nos permitirá reconocernos como seres humanos  --más allá de las atrocidades causadas por el odio y la venganza— con igual derecho a vivir con dignidad.
Pero si en vez de eso persistimos en dividirnos entre buenos y malos y en hacer de la política una cruzada donde unos pocos --que se consideran y autoproclaman lideres honorables y virtuosos-   predestinados por Dios y la Patria para salvarnos de otros pocos malos y terroristas, contra los cuales obviamente vale todo - la mentira, la tortura, el desarraigo y el asesinato- no podremos avanzar por la senda difícil que conduce a la democracia y seguiremos inmersos en el laberinto de las emboscadas y las trincheras, las tumbas o las fosas comunes donde  llevamos más de cincuenta años extraviados.
Entre 1958 y 2012, 220.000 colombianos perdieron la vida en ese laberinto. Peor aún, apenas el|18,5 por ciento de los muertos eran combatientes y el 81,5 por ciento restante eran civiles.  Fueron desplazados de sus tierras cerca de seis millones de colombianos y entre 15 mil y 30 mil han sido desaparecidos, según las diversas fuentes  oficiales o particulares consultadas por el Grupo de Memoria Histórica.
Primero la vida y la reconciliación
Por todo lo anterior, lo que está en juego el próximo domingo son las posibilidades de reconciliarnos y empezar a  con-vivir como colombianos, supuestos imprescindibles para construir una paz democrática, donde no haya lugar para más víctimas y mucho menos victimarios, y sí  para la vida y para los derechos de todos los ciudadanos.
Vale la pena recordar la conclusión de Robert Dahl: “La democracia comienza cuando – después de mucho luchar— los adversarios se convencen de que el intento de eliminar al otro es mucho más oneroso que convivir con él”, y ya llevamos más de 50 años de ignominia en tal intento y se han dilapidado cerca de  260 billones de pesos en plomo desde 1985, según sostiene Alfredo Molano en El Espectador.
Por eso quien se abstenga de asistir a las urnas este 15 de junio estará contribuyendo a que las minorías violentas sigan cavando tumbas. Lo que está en juego es mucho más que un presidente, es la forma como vivirán o morirán las próximas generaciones. Por eso primero la vida y la reconciliación, para conjurar la guerra y comprometernos con la paz, exigiendo al actual y el próximo gobierno su respeto irrestricto del artículo 22 de la Constitución: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento” y a las Farc su compromiso impostergable con acciones de confianza, como el desminado de campos, el fin del reclutamiento de menores y el cumplimiento cabal del Derecho Internacional Humanitario, los pasos imprescindibles  hacia el cese del fuego bilateral con verificación internacional. De no hacerlo, seguiremos eligiendo y muriendo en nombre de la paz.