domingo, mayo 31, 2020

Bastón de mando o bastión de impunidad?

¿Bastón de mando o bastión de impunidad?

Hernando Llano Ángel.

Bastón de mando es el nombre de la operación de contrainteligencia del Ejército nacional para depurar de sus filas a los principales responsables de actuaciones ilegales. Y por los resultados hasta la fecha divulgados, más valdría que la denominaran “bastión de impunidad” por la gravedad de los actos ilícitos revelados y la fina red de complicidades que entraña. Según la revista Semana en su edición número 1985, del 17 al 24 de mayo de 2020[1], dicha operación de contrainteligencia abarcó cerca de “20 misiones de trabajo, las cuales suman cinco gigas de información que contienen 57.538 documentos, contratos, vídeos y entrevistas”. Entre dichas operaciones, se destaca la denominada Harel, que compromete gravemente a un general “que se retiró hace poco y habría colaborado con las Farc y las disidencias a cambio de dinero”, señala Semana. También informa sobre la operación Grandara, que “descubrió una estructura que direccionaba contratos y se quedaba con recursos destinados a construcciones militares”. La operación Falange, donde “aparecen involucrados dos generales y varios uniformados por una serie de irregularidades en varios contratos”, al igual que en las operaciones Alfil e Isidoro, sobre corrupción administrativa. Y, para coronar la gravedad de ilícitos, la operación Gavilán, que “investigaba la venta de armas y salvoconductos a narcos en la Cuarta Brigada de Medellín y estuvo guardada en la Fiscalía durante más de un año”. Más allá de la depuración de altos oficiales, mandos medios y suboficiales que han sido retirados, lo realmente importante es desentrañar a los máximos responsables, bien por acción u omisión en el control y la supervisión de esa tropa de delincuentes uniformados, si en verdad se quiere transformar y reformar el Ejército, para que éste funcione como una institución legal y no como un poder de facto criminal. 
De lo contrario, esta sería una operación más de cosmética del poder civil, quirúrgicamente dirigida por el ministro de defensa, Carlos Holmes Trujillo, para adecentar y ocultar ese horrible rostro de criminalidad, por lo general impune. Algo similar a la profilaxis adelantada por Juan Manuel Santos, entonces ministro de defensa del presidente Uribe, para evitar que los miles de “falsos positivos”  continuarán cometiéndose con la anuencia del poder civil en cumplimiento de la Directiva 029[2] del anterior ministro de defensa, Camilo Ospina, y como punta de lanza de la eufemística “seguridad democrática”, diseñada por la “inteligencia superior” del máximo comandante constitucional de las Fuerzas Armadas y jefe de Estado, Álvaro Uribe Vélez.

¿Bastón de mando o Bastión de impunidad?

Porque tal es el trasfondo político e institucional de todos los escándalos en los que periódicamente aparecen implicados altos mandos militares y que, por arte de astucia política y procrastinación leguleya, nunca implica a los civiles, siendo ellos sus superiores jerárquicos, cuando  no culmina en la impunidad con el deceso de sus protagonistas. Quizá ello tenga origen en la famosa expresión del ilustre jurista liberal, Darío Echandía, que llamó “golpe de opinión” y no militar a la llegada del general Gustavo Rojas Pinilla a la Presidencia de la República en 1953. Desde entonces, y luego con el inmarcesible discurso de Alberto Lleras Camargo en el Teatro Patria en 1958[3], en la antesala de asumir como primer presidente del Frente Nacional, se han venido consolidando dos grandes mitos que ocultan una larga historia de crímenes impunes. El primero, es el de la acendrada e incuestionable civilidad de nuestros militares y, el segundo, la imperturbable e ininterrumpida institucionalidad democrática de nuestro Estado.  Tales mitos probablemente sean revelados por la JEP, la Comisión  de la Verdad y la Unidad de Búsqueda de personas dadas por Desaparecidas, como las dos más grandes y criminales mitomanías de nuestra vida política contemporánea. Bajo el ropaje de dichas mitomanías se cubren impunemente hasta hoy civiles y militares. De allí su enorme interés en desacreditar el trabajo de la JEP y la reducción ostensible de los presupuestos para la Comisión de la Verdad y la invisibilidad a la que tienen condenada la Unidad de Búsqueda de personas dadas por desaparecidas. Para no hablar del intento de revisar lo sucedido en las últimas décadas del conflicto armado interno, empezando incluso por cuestionar su existencia, desde el Centro Nacional de Memoria Histórica. Más peligrosa que la pandemia del coronavirus Sars-CoV2 es continuar viviendo con la mentira como fundamento institucional y la impunidad como bastión de gobernabilidad. Conocemos el número de víctimas mortales que cada día nos causa la pandemia, pero ignoramos el número de víctimas impunes que nos deja este régimen corrupto y putrefacto, que bien oculta  su rostro, como los bandidos, con el tapabocas de la “democracia más antigua y estable de América Latina”. Pero también la más profunda en masacres, incontables secuestros, desaparecidos y fosas comunes. A tal punto que durante el primer cuatrimestre de este año el asesinato de líderes sociales ha aumentado un 53% en relación con 2019[4]. Siendo esta última una letalidad criminal mucho más fácil de combatir y especialmente de identificar que el mismo Sars-Cov2, puesto que la vacuna es el Estado de derecho, pero los encargados de aplicarla son incompetentes o cómplices de la matanza por omisión.


lunes, mayo 04, 2020

Diatriba contra el onanismo del mercado global



DIATRIBA CONTRA EL ONANISMO DEL MERCADO GLOBAL

Hernando Llano Ángel.

Este es el momento para intentar una diatriba contra al onanismo del mercado global. No contra el erótico, quizá el más personal, íntimo y saludable, ahora estimulado en forma degradada por la pornografía y el machismo. Se trata de una diatriba contra un onanismo que pasa inadvertido y tiene efectos letales, pues al contrario del personal es colectivo. Es el onanismo del narcisismo capitalista y mercadocéntrico, cuya máxima expresión son hoy Norteamérica y China. Es el onanismo de la inteligencia, las emociones y el espíritu de competencia, que se proclama universal a través de la tecnología, el mercado y la globalización del consumo. No por casualidad la pandemia tuvo origen en Wuhan, una de las metrópolis chinas más industrializadas y modernas, desde donde se diseminó progresivamente por todo el mundo al ritmo febril de los viajes aéreos intercontinentales y del intercambio comercial.

La pandemia del consumo onanista

La pandemia, pues, está asociada simbióticamente con la red global de interdependencias económicas, culturales y hedonistas que convierte nuestras vidas en un onanismo de consumo, donde el principio de placer pretende gobernar y subordinar el principio de realidad y la misma naturaleza. Para empezar, como sucedió con Ícaro[1], COVID-19 nos quitó el placer de volar y está llevando a la quiebra, en caída libre, a la industria aeronáutica y a las más sólidas aerolíneas internacionales. De paso, está arrasando con la industria turística, el cine, el teatro y toda la parafernalia de la imaginación y la fantasía, para no hablar de los deportes colectivos, sin los cuales quizá no podríamos sobrellevar el peso agobiante de esta realidad. Lo único que nos falta, para salir de este onanismo del confort y el consumo que tanto nos seduce, es que internet sea atacado por un virus cibernético y colapse.

Vida Real Vs Vida Virtual

Entonces quedaríamos solos y desvalidos ante el mundo real de las necesidades y volveríamos a percatarnos que la vida no se agota --para quienes todavía pueden disfrutarla-- en las cuatro paredes del hogar, sumergidos en las redes sociales, agobiados por el omnipresente teletrabajo o entretenidos por Netflix. Que la vida real, la cotidiana de los saludos y los abrazos, de los diálogos y los malentendidos, del trabajo y el sustento, jamás podrá ser sustituida por la virtual, que tanto placer individual y evasión social nos brinda. Constataríamos que la prosperidad y la riqueza de las empresas no es un asunto tanto de sus propietarios como de los miles de trabajadores que la producen y de los millones de consumidores que las dinamizan y afianzan. En una palabra, que la vida y la salud de todos y todas, que la vida colectiva y pública, no sólo es mucho más importante que nuestro placer onanista, sino que dependemos de esa inmensa y compleja red de semejantes y diversos para sobrevivir y darle un sentido a nuestras vidas. Que sin la vida pública, regulada por un Estado que protege y valora la dignidad y salud humanas, como una expresión más de la naturaleza, no podremos seguir existiendo. En fin, ya va siendo hora de que reconozcamos que la era antropocéntrica quedó atrás y que no podemos continuar viviendo en el onanismo consumista que subordina todo a nuestro principio de placer desbordado, estimulado por la publicidad y la codicia insaciable de mercaderes y banqueros. Que bastó un impredecible, contagioso y letal virus para desajustar todas nuestras vidas y reorientar nuestras prioridades como especie, relegando la libertad, el placer y la productividad a un segundo plano.

¿The market first or Laudato Si?

Por eso, el onanismo más peligroso en la actualidad es el que se reviste con la credencial del  nacionalismo, denomínese America first o Market first, que proclama la reactivación de la economía y del mercado por encima de la salud y la vida. De alguna manera, este onanismo mercadocéntrico tiene su máxima encarnación en Trump y su obsesión por demostrar que el “virus chino” fue creado en un laboratorio de Wuhan, como arma biológica para ganar la guerra comercial contra Estados Unidos. Pero, sobre todo, en los cientos de miles de sus seguidores que airados en calles, plazas públicas y hasta en el Capitolio del estado de Michigan, algunos portando armas, proclaman la libertad individual como un derecho sagrado, intocable e ilimitable, exigiendo el fin inmediato de las medidas públicas sanitarias que, hasta la fecha, medianamente han contenido la propagación incontrolable del virus. De imponerse esta tendencia libertaria (¿o liberticida?) y mercadocéntrica, sin una rigurosa planeación y regulación estatal de la reactivación económica, comercial y social, según las características de cada país y la responsabilidad y autocontrol de sus habitantes, lo que se estimulará será la extensión ingobernable de la pandemia y el triunfo progresivo de tanatos sobre eros. Sería una consecuencia paradójica de esta especie de onanismo global, promovido por el nacionalismo y el consumismo, del cual somos adictos, porque para la inmensa mayoría primero está su país, el bienestar familiar y el placer personal. Solo varía la escala de prioridad establecida. Poco importa la suerte de los demás. Quizá esta sea la cepa política y cultural más mortal y nos engañamos al señalar al COVID-19 como la máxima responsable de esta pandemia, cuando en el fondo es producto de nuestro narcisismo antropocéntrico y hedonismo onanista. De allí, que una de sus expresiones más insólitas y contradictorias sea el auge de cierta espiritualidad panteísta, adobada con una idea de castigo divino que supuestamente nos inflige la naturaleza a través del COVID-19. Pero olvidamos que somos una especie depredadora que está devorando, al menos desde el Génesis, todo el planeta, aunque el Papa Francisco nos advierta en su encíclica Laudato si, con San Francisco de Asís, que debemos alabar al Señor “por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba»[2].