martes, junio 13, 2006

CALICANTO
(Junio 7 de 2006)


Elección histórica y paradójica


Hernando Llano Ángel.



La reciente elección presidencial del 28 de Mayo, todavía marcada por el triunfo de la abstención, cercana al 55%, tiene el doble carácter de histórica y paradójica. Histórica, puesto que es la primera reelección presidencial inmediata desde el siglo pasado, después del lánguido fracaso continuista del General Rafael Reyes, quien renunció en 1909. Y paradójica, en tanto marca la agonía del liberalismo y el conservatismo en manos del mandatario más tradicional y Ultramontano de los últimos años, Álvaro Uribe Vélez. En efecto, Uribe hace honor a la “U” de Ultramontano, pues se sitúa más allá de las cumbres del conservatismo y el liberalismo en la defensa a Ultranza del poder establecido y de los intereses emergentes, tan bien encarnados respectivamente por Laureano Gómez y Julio Cesar Turbay Ayala. Uribe es, visto con perspectiva histórica, un hijo legítimo de ambas tradiciones políticas.

Del Laureanismo ha heredado esa obsesión por el orden y la seguridad de lo privilegios, junto al talante de superioridad patriarcal, clasista y segregacionista que le permite llamar a las cosas y a las personas en diminutivo, con cariñoso y encantador desprecio: “la finquita, la casita, los pesitos y el pueblito”. Del Turbayismo, retoma su lucha denodada por reducir la corrupción a las justas proporciones y su habilidad para regatear y transar los recursos públicos con los más competentes y honestos, como bien lo demostró con sus numerosos nombramientos en el servicio diplomático y la seducción de Yidis y Teodolindo para la aprobación en el Congreso de la reelección inmediata.

Pero, sobre todo, es un digno albacea del Turbayismo en su insuperable habilidad para acoger y proteger, en nombre de la seguridad, la paz y la reconciliación nacional a ciertos sectores sociales emergentes, responsables de la más aberrante criminalidad, aquella que combina la crueldad con la impunidad, aupada por la buena conciencia de ciertos empresarios que hacen patria y generosamente invierten en ella, sin importar mucho el precio de la seguridad, así sea garantizada con máxima crueldad. La crueldad de numerosas masacres cometidas por las AUC contra civiles inermes en virtud de una impunidad ganada, al menos hasta la fecha, por la defensa de escandalosos privilegios sociales en su lucha contra los crimines de lesa humanidad perpetrados por las Farc. Debido a ello hoy presenciamos con estupor la metamorfosis de la denominada política de seguridad democrática, convertida en una política de criminalidad organizada, casi institucionalizada, como lo han venido demostrando los deplorables acontecimientos de infiltración y utilización del DAS por intereses de paramilitares en la costa caribe y la reciente cooptación narco-paramilitar de miembros del Batallón de Alta Montaña “Rodrigo Lloreda Caicedo” para masacrar el cuerpo elite antinarcóticos de la policía nacional.

La paradoja, obviamente, es que cerca del 62.2% de los electores haya valorado positivamente dicha política de “seguridad democrática”, cuando ella presenta tan graves indicadores de descomposición institucional, como de objetiva incompetencia para contener los excesos criminales de las Farc en ciudades tan importantes como Buenaventura y en territorios tan extensos y ricos como los Departamentos de Nariño, Huila, Arauca, Caquetá, Guaviare y Putumayo.

La dignidad de la derrota

Pero el otro acontecimiento que marcó históricamente la reciente jornada electoral, fue la significativa votación obtenida por el Polo Democrático Alternativo en cabeza de Carlos Gaviria Díaz, con más de 2.600.000 votos, que ponen de presente la dignidad de una derrota frente a la algarabía de una ruidosa victoria, conquistada en gran parte con la propaganda y el presupuesto oficial en función del Candidato-Presidente, que convirtió así el Estado en una especie de Hacienda para su triunfo personal.

Detrás del escueto 22.2% del electorado que respaldó a Gaviria, lo que hay es una reserva de ciudadanía que se expresó en forma independiente, más allá de ideologías y simpatías partidistas, inmune a la manipulación mediática y a los halagos de políticas sociales asistencialistas y clientelistas, las cuales prometió ampliar el Presidente-Candidato en su segundo mandato.

Dicha votación tiene también un enorme significado simbólico, pues Carlos Gaviria encarna en su vida personal y profesional los valores más preciados e imprescindibles para la existencia de la democracia: el civilismo de la ley y el Estado de derecho; el pluralismo del académico y el intelectual junto a la autodeterminación del ciudadano que delibera y actúa responsablemente en función del interés general y la equidad social. Por todo lo anterior, su consigna de campaña conserva plena vigencia: “Construyamos democracia, no más desigualdad”, en lugar de la impostura histórica del Presidente reelecto empecinado en defender privilegios de clase apertrechado tras una supuesta política de seguridad democrática que profundiza una inequidad social inocultable, no obstante los logros cosméticos y paliativos de su política social clientelista, en gran parte reflejada en el 62.2% de su votación. Cifra que apenas representa, con sus 7.363.297 electores, el 27.5% del censo electoral y el 18% del total de los colombianos residentes: 41.242.948, de los cuales más de la mitad se rebuscan la vida en medio de la marginalidad y la legalidad. De allí que el futuro político sea de quien demuestre, con mayor eficacia y credibilidad, ser capaz de construir igualdad y cohesión social, sin las cuales será imposible brindar algo más que una mediática y efímera seguridad personal, siempre condicionada al miedo que infundan las armas de escoltas o de una Fuerza Pública susceptible de ser cooptada por el crimen organizado.

Por último, el principal acontecimiento de la reciente reelección Presidencial, es que puede ser el punto de partida de un tránsito de la guerra hacia la política, siempre y cuando se avance hacia el reconocimiento por parte del Presidente Uribe de que es posible y necesario el crecimiento y la consolidación de una oposición alternativa, civilista y democrática, capaz de gobernar en función de los intereses sociales de las mayorías y no de la defensa reformista de los privilegiados de siempre. Defensa que por lustros cumplió diligentemente el Partido Liberal y el domingo el electorado le cobró con dureza a Horacio Serpa, como vocero ambiguo de un Partido inferior a su doctrina y compromiso social. Por eso, hoy estamos ante un momento histórico, el del reagrupamiento de las fuerzas políticas en un Polo de derecha, Ultramontano, liderado por Uribe al mando de los intereses más tradicionales y socialmente excluyentes del conservatismo y el liberalismo, frente a un Polo de izquierda, bajo la dirección de Gaviria.

Polo alternativo que debe tener la suficiente lucidez, madurez y audacia para demostrar que puede gobernar con equidad y probidad, sin asomo de irresponsabilidad populista, revanchismo social y mucho menos sin contemporizar con la impunidad y la inseguridad nacidas de los excesos de una rebelión degradada, que aún no distingue la política del crimen y de una ultraderecha furibunda que todavía confunde la política con la defensa a Ultranza de criminales privilegios de clase. Tal es el pulso que se definirá, entre la derecha y la izquierda, en las próximas elecciones de mandatarios regionales en el 2007. De su apoyo, en uno u otro sentido, dependerá la suerte de todos y la construcción de una auténtica sociedad democrática, merecedora de una paz sustentada en la justicia y la libertad, sin exclusiones sociales y hegemonías político-partidistas de ningún tipo.