COLOMBIA, MÁS ALLÁ DE VÍCTIMAS Y VICTIMARIOS (I)
(Artículo publicado el 2 de junio en EL PAÍS,
el periódico global, sección AMÉRICA-COLOMBIA)
https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/colombia-mas-alla-de-victimas-y-victimarios-i/
Hernando Llano Ángel.
Conocidos los resultados de la
votación del pasado domingo y la próxima definición de la presidencia de la
República entre Abelardo y Cepeda en tres semanas, el 21 de junio, todos los
colombianos nos encontramos frente a una encrucijada histórica. La de avanzar
hacia una democracia ciudadana, decidida a dejar atrás la división y confrontación
inmemorial entre víctimas y victimarios o, por el contrario, seguir
profundizándola bajo dos banderas que hasta ahora han sido irreconciliables en
nuestra violenta historia política.
Más allá de banderías irreconciliables
La bandera de la extrema derecha,
hoy enarbolada por Abelardo con la parafernalia feroz de su tigre, su saludo
militar y su grito autoritario de “firmes por la Patria”. Sin duda, es una
bandera que logra ocultar bien la defensa de un establecimiento profundamente
inicuo y discriminatorio, que también arropa el comprensible miedo de millones
de electores que sufren cotidianamente el asedio de la inseguridad y la
violencia. A esa bandera, se suma ahora la efectista y mentirosa fantasmagoría
de Uribe augurando una futura Colombia a semejanza de la Venezuela chavista si
se vota por Cepeda, eco de su vulgar y fracasada profecía de las “FAR” en la
presidencia de la República si se aprobaba el Acuerdo de Paz en 2016. De otra
parte, Cepeda en la izquierda iza la bandera de la justicia y la continuidad de
reformas sociales estructurales inaplazables, dejadas a medio camino por el
“Gobierno del Cambio”, dada la feroz oposición y bloqueo que sufrieron en el
Congreso. Esa bandera también convoca a millones de electores con sus
esperanzas y legítimas aspiraciones a una vida digna y decente, sin estar
sometidos por más generaciones a la violencia del hambre, la ignorancia, la
discriminación social, étnica y regional que hasta la fecha los ha condenado a
ser unos “nadies”, estigmatizados como zarrapastrosos y vagos.
Más allá de la “Paz Total”
De alguna forma, podría decirse
que es la tensión entre el miedo de muchos y la esperanza de todavía más
colombianos, sin desconocer que ambas banderas son rasgadas y sus seguidores
vapuleados por la violencia, la inseguridad y la criminalidad organizada, que
todos los días aumenta el número de victimas civiles y de victimarios armados
impunes. Saldo en rojo que se achaca solo a la “Paz Total”, más con odio y
búsqueda oportunista de votos, como si en el pasado hubiésemos vivido en una
arcadia de seguridad y paz, sin masacres, miles de secuestros y “falsos
positivos”. Sin desconocer la improvisación y los errores propios de la “Paz
Total”, la verdad es que ésta recibió un legado de ingobernabilidad, inseguridad
e impunidad dejadas por procesos y fórmulas de paz también fallidas en
anteriores administraciones. Entre ellas, la supuesta exitosa desmovilización
de las AUC promovida por Uribe, que terminó mutando en muchas más estructuras delictivas
y narco-ejércitos, siendo el “Ejército Gaitanista de Colombia” el más violento
y tenebroso. Algo semejante sucedió con la paz liderada por Santos y la
desmovilización de las Farc-Ep, pues a ella siguieron numerosas disidencias
convertidas en narco-guerrillas, que hoy incluso se están aniquilando entre sí
en el Guaviare, sacrificando cruelmente menores reclutados, así como en la
disputa sangrienta del Catatumbo contra el ELN. Una historia sin fin de
victimización de la población civil, alentada y catalizada con los recursos de
economías ilícitas, que continuará escalando hasta tanto el Estado no sea capaz
de complementar su obsesión belicista y punitiva con una presencia civilista,
emprendedora y productiva, que brinde alternativas de desarrollo y vida a miles
de familias campesinas, comunidades afro e indígenas. Por eso, no es solo
impreciso, sino una indolente frivolidad, llamar polarización a esa continúa
victimización impune de la población civil, consecuencia de políticas públicas
improvisadas y coyunturales.
La Mama-Coca Vital
Un desafío sobre el cual,
seguramente, tendrán que debatir Abelardo y Cepeda, más allá de insultos y
deslegitimaciones mutuas, como hasta ahora lamentablemente ha sucedido. Solo,
entonces, todos los colombianos podremos discernir y decidir en las urnas sobre
quién presenta las políticas más democráticas, respetuosas con la vida, los
derechos de la población y la protección del medio ambiente, que es lo propio
de un Estado social de derecho y de las normas de nuestra Constitución
política, además de lo establecido en el Acuerdo de Paz de 2016. De lo
contrario, seguiremos envueltos en una disputa absurda, sustentada en visiones
tan erradas como la de aquella letal campaña publicitaria de la “mata que
mata”, que estigmatizaba las portentosas propiedades de la coca, en lugar de
aprovecharlas canalizándolas en la industria legal de bebidas, alimenticia y
farmacéutica, arrebatándole de paso a los narcotraficantes y todo su entramado
criminal esa fuente inagotable de astronómicas ganancias. Así ha venido
sucediendo con la marihuana, que pasó de planta maldita a bendita, cuando se decidió
legalmente aprovechar su potencial para el tratamiento de algunas dolorosas y
terminales enfermedades. Además, la mayor ganancia de todo lo anterior, es que
pondría fin a esa brutal victimización del campesinado marginado y a la
devastación ecocida con glifosato de la biodiversidad de nuestros bosques y la Amazonia.
Solo entonces el Estado podrá ganar reconocimiento y legitimidad democrática.
Incluso, dejaríamos de escuchar todos los días la cantinela de muchos
periodistas sobre el terrible flagelo del narcotráfico, como si fuera una
maldición divina, y a prestantes analistas repetir esa falsa letanía de la
polarización política y social, pues ya no habría bandos de insensatos que lancen
a los demás a la fracasada guerra contra las drogas, mientras unos pocos se
enriquecen comprando y comerciando el glifosato, estimulado la industria
armamentística en desarrollo de futuros “Planes Colombia” o defendiendo y
negociando con grandes capos su entrega a la justicia para salvarse de la
extradición y asegurarse penas benignas en Colombia. A semejante sainete de
impunidad, desde Gaviria con Pablo Escobar y los extraditables, pasando por
Uribe con los narcoparamilitares hasta la actualidad con Petro y el Ejército
Gaitanista, se ha reducido la política criminal del Estado contra esas
poderosas organizaciones narco-crimínales, que combinan con destreza todas las
formas de lucha y cuentan con la asesoría de famosos penalistas y exfiscales,
ampliamente conocidos, que se escudan en el secreto y la confidencialidad
profesional, como es el caso de Abelardo con sus asesorías a los excomandantes
de las AUC y recientemente con su amigo y cliente, Alex Saab, para ocultárselas
a Daniel Coronell y de paso a toda la sociedad. Algo muy diferente, hay que
reconocerlo, han sido las gestiones públicas de Cepeda en los procesos de
negociación con comandantes de las Farc-Ep durante las conversaciones de paz en
La Habana, e incluso con condenados por paramilitares en las cárceles, que dio
origen al todavía inconcluso litigio con el expresidente Uribe, pendiente de
casación en la sala penal de la Corte Suprema de Justicia.
Victimización recíproca contra la democracia
Por eso, bajo ambas banderías hay
víctimas y victimarios y tenemos una Colombia ensangrentada, fácil de polarizar
y radicalizar, como bien lo han hecho Uribe y Petro, apelando a los miedos, las
pasiones, los prejuicios y las reivindicaciones sociales. Entonces ya no hay
ciudadanos sino “paracos” y “güerillos”, “gente bien” contra “comunistas”, y
así se va generando eso que muchos llaman polarización, que no es otra cosa que
una irresponsable radicalización de las emociones que nos impide reconocernos a
todos los colombianos como ciudadanos con iguales derechos y responsabilidades.
Lo más grave es que ahora Abelardo y Cepeda parecen dispuestos a tomar ese
triste y nefasto relevo. Obviamente, bajo semejantes liderazgos nunca será
posible la democracia, mucho menos la paz política y la convivencia ciudadana,
pues ambos se deslegitiman y tratan como enemigos. Y la responsabilidad de
líderes democráticos no es perpetuar una sociedad radicalizada y fragmentada
entre millones de víctimas y miles de victimarios, como sucede en la nuestra.
Víctimas y victimarios recíprocos, pues los que ayer sufrieron violencia y
vejámenes, hoy se convierten en implacables vengadores de sus pasados
victimarios, prologando así generaciones irreconciliables, estimuladas por el
odio y la sed de venganza. Y, lo que sería más nefasto, es que ello se intente
hacer de nuevo desde el Estado en nombre de la democracia o en defensa de la
patria. Así se va intrincando esta especie de laberinto mortal, con infinitos
pasillos de violencias y venganzas del que es imposible salir indemne, como nos
ha venido sucediendo desde hace casi un siglo en esta Colombia en la que pocos
viven muy bien –pertrechados de seguridad y escoltas—y la mayoría estamos
expuestos desde el raponazo del celular, la extorsión consuetudinaria, el secuestro
hasta encontrar una azarosa muerte en medio del fuego cruzado.
Geografía de la victimización recíproca
Por eso los recientes resultados
electorales se reflejan en el territorio en forma casi idéntica a la geografía
de la votación obtenida por el malogrado acuerdo de paz[i],
como puede apreciarse al yuxtaponer ambos mapas[ii].
Es una geografía electoral muy reveladora de una periferia, en su mayoría
azotada por la violencia estructural de la marginalidad y la directa del
conflicto armado interno, con un brutal legado de colombianos victimizados.
Colombianos que en algunas regiones votan coaccionados por grupos armados
ilegales y en otras lo hacen porque lo que más desean es vivir en paz y no
continuar muriendo bajo amenazas, combates y ataques letales del fuego cruzado
de todas las partes y flancos. Desde los bombardeos del Ejército a los
desplazamientos forzados, los confinamientos y las masacres de los grupos
armados ilegales. Frente a esa periferia, encontramos el centro de la región
andina y las regiones limítrofes con Venezuela, donde su población vota casi
con desespero y miedo buscando la protección de la Fuerza Pública y cree
ilusamente que solo con mayor fuerza se conquistará la seguridad, fórmula que a
la postre solo recicla y genera la mutación de más grupos armados ilegales,
como lo constatamos con las AUC y sus actuales herederos, el Ejército
Gaitanista de Colombia, además de las numerosas y no menos criminales
disidencias de las desmovilizadas Farc-Ep.
Deliberemos, más allá de víctimas y victimarios
Tal es la encrucijada que los
colombianos debemos resolver en tres semanas y para ello no tenemos otra opción
que pensar, deliberar, actuar y votar responsablemente como ciudadanos, sin
dejarnos arrastrar por esa vorágine de prejuicios y pasiones que nos convierte
en potenciales víctimas sin derechos o, por el contrario, en victimarios
arrogantes en defensa violenta de
derechos, convertidos así en privilegiados autócratas, plenos de buena
conciencia y superioridad moral que desconfían del resto de colombianos y los
sindica de antipatriotas y mamertos. Pero, para superar esa encrucijada, tanto
Abelardo como Cepeda, primero deben darnos a todos ejemplo de civilidad y
democracia, entrando al foro de la deliberación y la argumentación, dejando
atrás la arena de los insultos y la descalificación, como auténticos demócratas
y no como enconados e irreconciliables enemigos. Sin duda, gracias a los
debates, podremos saber quién estará a la altura de liderar una transición
hacia la democracia o, por el contrario, puede llevarnos hacia un régimen
autoritario y cacocrático, donde sea la fuerza, la violencia y los intereses de
unos cuantos cacos los que prevalezcan sobre los de toda la ciudadanía. Por
eso, en la segunda entrega, continuaré con el análisis de ese debate
impostergable y urgente, que todos los colombianos esperamos con ansias y
esperanzas para decidir a conciencia nuestro voto el próximo 21 de junio.
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