ES EL RÉGIMEN, NO LA
CORRUPCIÓN (II)
https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/es-el-regimen-no-la-corrupcion-ii/
De allí
que la mayor paradoja del régimen sea precisamente que las elecciones propician
una metamorfosis política teratológica, pues transforman la virtuosa democracia
en una corrupta cacocracia. El más claro ejemplo de lo anterior es Donald Trump.
Hernando Llano Ángel.
El
régimen político, obviamente, es mucho más que las instituciones formales y sus
gobernantes electos, aunque en todas partes aparezcan como sus representantes
visibles y protagónicos. Pero, en la realidad de la vida cotidiana, el régimen
es el conjunto de mediaciones, tanto las institucionales, formales y legales,
como las informales y más o menos ilegales, que en últimas determinan quiénes
gobiernan, cómo lo hacen, qué intereses sirven y a quiénes terminan
favoreciendo con sus políticas y decisiones. Es, por tanto, un conjunto muy
vasto y complejo de relaciones, que va desde los aspectos más visibles, apareciendo
el Estado con todos sus rituales e instancias de representación como el más perceptible
y ostentoso, hasta las relaciones más invisibles, simbólicas y prosaicas que
sostenemos en los ámbitos políticos y sociales. Esas relaciones las vivimos, la
mayoría de las veces, sin ser conscientes de ellas, pero son las que terminan
configurando y consolidando el régimen en su conjunto, los gobernantes electos
y sus decisiones políticas. El régimen está presente en expresiones personales
y coloquiales de muchas personas que dicen: “mi filiación política es de
derecha, izquierda o centro”.
Pero también en otra más común: “soy apolítico, pues no creo en los
políticos, todos son corruptos”. Como si ser miembro, afiliado o militante
de un partido, movimiento político o ideología fuera un legado familiar que se
transmitiera por la sangre de padres a hijos (filiación), en lugar de una decisión consciente y voluntaria, que
se afirma afiliándose o desafiliándose de un partido, movimiento o
ideología diferente al de los padres. Pero, aún más lejana de la realidad, es
la expresión soy apolítico, pues nadie puede vivir sin aire, sin agua y por
donde transitar, todo lo cual depende directamente de las decisiones políticas
que tomemos o dejemos de tomar. Dichas expresiones hacen parte sustancial de
todos los regímenes políticos y definen precisamente su existencia,
instituciones, gobernantes y la calidad de vida de los miembros en una
sociedad.
Jaime Garzón y el
edificio Colombia
Todo
ese entramado de relaciones de lo público con lo privado y personal es el
régimen político. Así nos lo revelaba Jaime Garzón cada fin de semana con humor
y lucidez, infiltrándose en el edificio “Colombia” con su pléyade de personajes
del País Nacional: Heriberto de la Calle,
Néstor Eli, Dioselina Tibaná y el compañero John Lenin, que con sus peroratas develaban la impostura y falsedad
de los protagonistas del País Político, encarnados por el sempiterno Godofredo Cínico Caspa[i].
Ese Godofredo es hoy superado por la desfachatez ultramontana de quien gobierna
desde Bogotá y otras sucursales presidenciales, realiza espectaculares giras
dantescas entre cadáveres y regaña en Pereira a damnificados en medio de
escombros del terremoto, comportamientos más propios de un sádico cómico que de
un jefe de Estado. Todo ello sucede gracias a las elecciones, pues ellas son la
institución formal y la gran tramoya que oculta tras bastidores, casi a la
perfección, las otras instituciones informales que definen la gobernabilidad efectiva.
Tras la Tramoya
Electoral
Esas
instituciones son una miríada de poderes que van desde el respetable entramado
financiero y empresarial que articula discreta y legalmente a los poderes de
facto de economías más o menos ilegales, como el contrabando, el narcotráfico,
la minería, la trata de personas y demás recursos procedentes de bandas
criminales, hasta los millones deVotos
promovidos por persuasivos y fanáticos pastores cristianos que definen en las
urnas a los ganadores. De allí que la mayor paradoja
del régimen sea precisamente que las elecciones generan una metamorfosis
política teratológica, pues transforman la virtuosa
democracia en una corrupta cacocracia, gobernada por los más diestros
personajes que suelen ganarlas en casi todo el mundo. El
más claro ejemplo de lo anterior es Donald Trump, cuya gobernabilidad está
en vilo y dependerá del resultado de la elección el próximo 3 de noviembre, que
lo puede dejar gravemente convaleciente con su amada MAGA y todas sus argucias,
incluidas la “Doctrina Donroe” y su “Escudo de las Américas”. Quizá el triunfo
de Lula sobre su protegido Bolsonaro sea una premonición de su próxima derrota
frente a los demócratas.
Régimen Electofático
Por
eso, el régimen que actualmente predomina en muchas latitudes se caracteriza
por la realización de elecciones en donde los poderes de facto, aquellos que
escapan al escrutinio, la deliberación y el juicio ciudadano –aupados por las
redes sociales y la IA-- definen quiénes ganan, cómo gobiernan y al servicio de
qué sectores de la sociedad. Por todo ello, debería llamárselo Régimen
Electofáctico en lugar de democrático y cuenta para su gobernabilidad
con un Estado cacocrático que sustituye el Estado de derecho, como acontece
bajo las administraciones de Trump, Netanyahu, Putin y sus emuladores de
extrema derecha en nuestro subcontinente. Obviamente, lo hacen como expertos
prestidigitadores, guardando las apariencias, a punta de decretos y medidas
especiales, invocando incluso la voluntad popular y también la divina, pues
todos se consideran predestinados para salvar sus naciones y la humanidad
entera. Son amigos y defensores a ultranza de las elecciones, porque saben bien
que ganándolas se revisten de aparente legitimidad democrática, pero prescinden
de ella desde sus palacios gubernamentales o cuando son derrotados, alegando
fraude. Por eso, se puede afirmar, que son elecciones contra la democracia y su
real existencia.
Elecciones contra la
democracia
Ese
tipo de elecciones se realizan en nuestro país periódica e ininterrumpidamente
desde 1957 y son para la mayoría de colombianos la prueba irrefutable de la
existencia de la democracia y por eso la proclaman con orgullo nacionalista
como la más estable y profunda del subcontinente, desde el Estado, los medios
de comunicación y hasta la Academia. Poco importa que esas “elecciones
libres” se realicen siempre bajo la coacción de la violencia directa de
grupos armados ilegales, desde la extrema derecha a la izquierda, en vastas
regiones rurales o azuzando la violencia simbólica del miedo al
“narcoterrorismo”, a la “guerrilla” o el “castrochavismo” -convertidos en
temibles fantasmas siempre presentes-- que condicionan de entrada las
decisiones de las mayorías. Con mayor razón, cuando aparecen candidatos que
periódicamente prometen poner fin a la inseguridad y la criminalidad, liderando
una “guerra sin cuartel” contra los criminales y corruptos. Tampoco importa que
durante las campañas sean asesinados precandidatos y candidatos, variando solo
la importancia de los mismos y la de sus partidos, para que se hable de
magnicidios. Ni hablar de la práctica mercantil de la compra-venta de votos y
conciencias. Y, mucho menos, de los costos de las campañas electorales de los
candidatos ganadores y los compromisos adquiridos con sus generosos
financiadores, que luego cumplirán lealmente desde el gobierno, favoreciendo
sus intereses corporativos, empresariales y hasta criminales, en desmedro de
los generales, como manda la Constitución desde el artículo primero. Por todo
lo anterior no es una exageración afirmar que el régimen es la corrupción,
mucho más que un asunto de algunos partidos o la personalización maniquea e
hipócrita de los adversarios de turno, de la que siempre hacen gala en campaña
todos los candidatos y juran solemnemente erradicar con grandilocuentes consignas
como “No más tolerancia con la corrupción”, “No más casa por cárcel” y
de ñapa “No más impuestos”. Ya es hora de dejar tanta ingenuidad y
reconocer que el problema de fondo no es la corrupción sino propiamente ese
régimen electofáctico con su Estado cacocrático.
Cacocratas gobernando
Por
eso, una vez están gobernando, hacen todo lo contrario y dan así continuidad a
la impostura de sus campañas, llenas de promesas demagógicas, con el
beneplácito de sus electores, que bien saben serán irrealizables y, sin
embargo, votaron por ellos, con tal de derrotar a sus contrincantes, a quienes
consideran enemigos y una amenaza para sus intereses y vidas. De esta forma,
casi imperceptible, la democracia se corrompe desde las campañas electorales y
se convierte, gracias a los votos de la mayoría, en una auténtica cacocracia,
pues se sustenta en el robo, más o menos consentido, de las ilusiones,
necesidades, intereses y expectativas de millones de electores. Electores cuya
mayoría va a las urnas a ganar, pensando exclusivamente en sus propios
intereses y aquejados por sus miedos o alentados por odios y prejuicios con la
ayuda de la IA, sin considerar para nada las consecuencias. Consecuencias que,
para la vida de todos, es decir, la vida pública, representan candidatos cuyo
pasado es más que cuestionable y de la noche a la mañana aparecen transfigurados
como incorruptibles salvadores de la Nación, la Patria y la Democracia. Los
ejemplos abundan, pero el más representativo en esta crisis histórica y global de
la democracia es, sin duda, Donald Trump, que en las elecciones de medio
término del próximo 3 de noviembre enfrentará su mayor desafío, pues su MAGA
cada día hace a los norteamericanos más pequeños, desesperados, frustrados,
irascibles, menos grandes y poderosos, como les prometió que sucedería con su America First.
Corrupción y
cacócratas regionales
Ese
contexto explica la predilección de Trump por sus mascotas regionales, el
“Tigre” en Colombia y la conversa capitalista Delcy Rodríguez en Venezuela, así
como su apoyo incondicional al candidato de la extrema derecha en Brasil,
Flavio Bolsonaro, derrotado en segunda vuelta por Lula, conteniendo así el
avance de su Doctrina Donroe y su banda de depredadores de tierras raras,
minerales críticos y petróleo por toda Sudamérica. Por eso, cabe preguntarse si
el incorruptible Tigre los emulará y pronto desvinculará el Estado colombiano
de la Corte Penal Internacional, después de su respaldo a la ocupación ilegal
de los altos del Golán por Israel, condenada por la ONU y la comunidad
internacional y del traslado de la embajada colombiana a Jerusalén. En tal
caso, entraríamos a formar parte de la que podríamos llamar la Internacional
más corrupta y criminal de la historia reciente. La Internacional
Caco-Teocrática-Ciber-Bélica (ICTCB)[ii]. Teocrática, pues la
trinca de Trump, Netanyahu y Putin, está respaldada por pastores y jerarcas de
sus correspondientes iglesias y diferentes credos, que los presentan como
profetas salvadores de sus naciones. Y Ciberbélica, ya que cuenta con la ayuda
invaluable de la IA y sus portentosos conglomerados cibernéticos como puntas de
lanza en sus guerras hibridas y depredadoras.
Teocracia y Transhumanismo
Jerarcas
y pastores que en sus sermones y rituales los alaban y ponderan ante sus
feligreses como líderes invencibles de sus naciones y de su grey. Les aseguran
que en la batalla final de Armagedón vencerán a sus enemigos y herejes, poco
importa que perezca media humanidad, pues el bien siempre triunfa sobre el mal:
“los buenos siempre somos más”, sobre
todo ahora que disponen de plataformas digitales insuperables, robots, drones y
misiles indetectables para derrotar a la legión malévola del wokismo
internacional. Claro, eso solo será posible en MAGA si son leales a sus líderes
republicanos y se comportan como buenos y obedientes ciudadanos-feligreses en
las urnas el próximo 3 de noviembre. Solo así estarán protegidos por ICE y el
Escudo de las Américas de esas hordas infrahumanas del mal que amenazan con
invadir su país. Porque una vez esas hordas ingresen a sus territorios, reclamarán
en todas partes y todos los días igualdad de derechos y dignidad, invocarán una
tal Declaración Universal de Derechos Humanos, una inaplicable Carta de
Naciones Unidas, una ineficiente y costosa ONU, reducto de miles de burócratas
y abogados incompetentes, que nada saben de geopolítica y menos de negocios
internacionales. Para colmo, ahora pretenden, con su “corrupta” Corte Penal
Internacional, limitar la soberanía de la trinca de la ICTCB, investigar y
juzgar la conducta impecable de cada uno de sus integrantes y desconocer que
ellos están más allá de todo efímero Derecho Internacional como nuevos
emperadores y depredadores del mundo. No se puede tolerar tanta osadía y
desafío a la ICTCB y su soberano derecho al despojo y la impunidad, fundamentos
del nuevo orden internacional necropolítico y escatológico. Menos atender la
llamada de científicos lunáticos y de anacrónicos líderes que le temen a la IA,
esa “Superinteligencia” de Trump. Tampoco
cabe escuchar a los apocalípticos ecologistas y a los nuevos predicadores de
una imaginaria “Magnifica Humanitas”,
todos ellos enemigos del transhumanismo[iii], que nos convertirá en
seres superiores, “posthumanos”
incorruptibles, gracias a la IA y las nuevas biotecnologías.
[i] https://co.video.search.yahoo.com/search/video;_ylt=A2RRY0aYT95qPzwGNcurcgx.;_ylu=Y29sbwN1cy1lYXN0LTEEcG9zAzEEdnRpZAMEc2VjA3Nj?type=E210CO1490G0&p=godofredo+cinico+caspa&fr=mcafee&turl=https%3A%2F%2Ftse3.mm.bing.net%2Fth%2Fid%2FOVP.Ceeva7vq_1rlNVhgADledAEsDh%3Fpid%3DApi%26w%3D296%26h%3D156%26c%3D7%26p%3D0&rurl=https%3A%2F%2Fwww.youtube.com%2Fwatch%3Fv%3D9Jr6Zm5Eu2c&tit=Jaime+Garz%C3%B3n+-+Godofredo+C%C3%ADnico+Caspa%2C+sobre+Alvaro+Uribe&pos=01&vid=9023452038698e84bf5f596da22e2db1&sigr=z5yfR32oH4pZ&sigt=heZf_nmlqOYA&sigi=hrPPwFstea2s
[ii] https://cambiocolombia.com/puntos-de-vista/articulo/2026/10/la-internacional-necropolitica-y-escatologica?fbclid=IwY2xjawVK-ZBleHRuA2FlbQIxMABwZG9mBWJyaWQRMU9EMm9KSWJBdDlhRFpGb0NzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEeiZiWx2V9ar2qzs0qFZsEplkJS55l5LPB4skMOsKgFxcaiNkZd-E-6u_EEWI_aem_j5vSoiiL_guLba-bHQWHkw