NO A LA POLARIZACIÓN, SÍ A LA CONSTITUCIÓN Y LA SELECCIÓN COLOMBIA
Hernando Llano Ángel.
Todos los días escuchamos, por
todos los medios de comunicación, desde el amanecer hasta el anochecer, como
una verdad irrefutable e incuestionable, que los colombianos estamos
profundamente polarizados. Que esa polarización es consecuencia de las campañas
políticas de Abelardo y Cepeda, que han logrado dividirnos en polos antagónicos
e irreconciliables. Lo insólito es que todavía no conocemos exactamente los
asuntos y motivos que nos dividen en forma tan aguda. Solo podremos conocerlos
cuando cesa la tergiversación, el barullo de las redes sociales con su
desinformación y las opiniones de numerosos periodistas sesgados y ambos
candidatos debatan en público, con argumentos y propuestas, antes del 21 de
junio. Siempre y cuando sean capaces de hacerlo más allá de la descalificación
personal y sin apelar a los prejuicios y rencores de sus millones de
seguidores. Pero si no lo hacen pronto, corremos el riesgo de llegar incluso
divididos al mundial de fútbol, pues ambas partes ya se disputan el uniforme de
la Selección y están acabando así con el único y máximo símbolo de unidad
nacional, la Selección. Algo deplorable y censurable. Justamente para evitarlo,
la legislación electoral prohíbe que los símbolos patrios, como la bandera y el
escudo, se los apropien partidos políticos y sus candidatos durante las
campañas electorales. La Nación no puede ser propiedad o pieza publicitaria de
un candidato, mucho menos si lo hace bajo consignas patrioteras, porque esa sí
es una peligrosa estrategia de polarización, ya que quienes no estén con él o
su partido serían considerados apátridas y carecerían de derechos, todo lo
contrario de lo que demanda y presupone la existencia de una democracia. Por
eso es un despropósito hacer del uniforme de la selección nacional una pieza de
proselitismo y campaña electoral, pues si algo necesitan nuestros jugadores en
el mundial es el respaldo de todos los colombianos. Sus victorias no pueden ser
reivindicadas por ninguna bandería partidista. La selección es Nacional, de
todos y todas, no de un candidato, sus prosélitos y votantes.
Las elecciones y la Selección
Y lamentablemente ya hemos
llegado a tal extremo. De trasladarse semejante división al interior de los
jugadores de la Selección, serán eliminados en la primera ronda del mundial, probablemente
con autogoles, pues ya no serán un equipo sino 11 en disputa de ser el mejor
jugador y harán un espectáculo deplorable. Su juego será deslucido y rastrero,
como sucede en las campañas políticas, con sus líderes enfrentados, cada uno
tratando de eliminar al otro y vencerlo, con jugaditas más o menos sucias, para
luego sus seguidores vanagloriarse y como vulgares hinchas humillar y provocar
a los vencidos. Si esto llega a suceder el próximo 21 de junio, toda Colombia
perdería, no solo por el jolgorio de los ganadores y la frustración de los
derrotados, que probablemente se expresará en las calles, sino porque durante
los próximos 4 años difícilmente quien sea presidente podrá simbolizar la
unidad nacional. Será un presidente que gobernará en primer lugar para su
fanaticada y sus intereses, que lo eligió rabiosamente contra el resto de los
colombianos. Estará tentado a cobrar revancha en lugar de gobernar para todos
los colombianos y colombianas, como exige la Constitución. La cancha de la
gobernabilidad, sus decisiones y beneficios serán para los ganadores y el resto
quedará por fuera. Serán cuatro años de un juego de suma cero, contra casi la
otra mitad de colombianos perdedores. Y si a ese hipotético escenario se suma
una derrota de la selección frente a Uzbequistán el 17 de junio, estaríamos doblemente
eliminados. Primero en el terreno de la convivencia política y luego de las
canchas del mundial de fútbol. La única forma de evitar que sucedan esos
desenlaces es tomándonos en serio ambos juegos, respetando las reglas de ambas
actividades y jugando limpio, aceptando los resultados y respetando la
integridad de todos los jugadores. En la política, permitiendo que los
ciudadanos voten libremente y a conciencia, sin intimidarlos con las armas o
infundiéndoles miedos y odios, pregonando catástrofes infundadas si el
adversario llega a ganar o prometiendo milagros si se es favorecido en las
urnas. Si se juega con semejantes artimañas, se estimulará peligrosamente la
polarización, tanto durante la campaña y mucho más desde el gobierno, cuando en
lugar de milagros lo que habrá será mayor frustración y desesperación por su no
realización. Con mayor razón cuando esos milagros se anuncian que tendrán lugar
en 9 meses, plazo en el que Abelardo dice acabará con el narcotráfico y la Coca
en el país, superando así no solo a la “Paz Total”, sino todos los esfuerzos de
los anteriores presidentes por poner fin al conflicto armado desde hace más de
50 años. Suena muy parecido a Trump y su inverosímil meta de poner fin a la
guerra en Ucrania en 24 horas. Entonces no tendríamos una “Patria Milagro” sino
una Nación malograda, más dividida y fragmentada. Pero no especulemos a mediano
plazo sino en el inmediato y preguntémonos si nuestra Selección no le gana a
Uzbequistán el próximo 17 de junio y es eliminada en primera ronda ¿Con qué
animo saldrían millones a votar con la camiseta de la selección?
Entre la Política y el Fútbol
La política, desde luego, es más
importante que el fútbol. Es el juego del poder, el que nos afecta a todos,
para bien o para mal, y nadie puede eludirla o ponerse a salvo de sus
consecuencias. Nos define desde la cuna hasta la tumba. Es el picado de la
vida, donde millones están casi que eliminados por el lugar donde nacen, que
les marca sus oportunidades para llevar una vida decorosa u oprobiosa, en dónde
vivirán y hasta cómo y cuándo morirán. Por esa sencilla razón nadie puede ser
apolítico. Y quienes se precian de serlo y repudian a todos los políticos por
corruptos y tramposos, terminan votando por outsiders que se aprovechan de su
ingenuidad. Dichos Outsiders una vez electos suelen ser todavía peores que los
políticos anteriores, ya que convierten el Estado y las instituciones públicas
en sucursales de sus negocios familiares y de sus socios corporativos, con el
pretexto de trasladar su éxito empresarial al sector público, como hizo Trump
con Elon Musk y actualmente con su yerno, todo bajo el pretexto de America
First y la grandeza de MAGA. Lo mismo hace Milei en Argentina con su hermana y
por eso más de uno de sus ministros y asesores han estado envueltos en
escándalos de corrupción. Todo eso sucede porque estos outsiders que,
hábilmente se proyectan en sus campañas como antipolíticos y exitosos
empresarios, pregonan que la ley nada tiene que ver con la ética y mucho menos
el Estado con la justicia social, pues todo depende de la competencia en el
mercado, de la vanagloriada libertad personal y de la supuesta meritocracia
para triunfar. Semejantes cuentos los utilizan para subordinar en su toma de
decisiones lo público a lo privado. Es decir, hacer exactamente lo contrario de
lo que es consubstancial a la democracia y el Estado Social de derecho, la
protección y defensa de los derechos fundamentales de todas las personas y la
prevalencia del interés general sobre el particular.
Contra la polarización, cumplir la Constitución
En nuestro caso, el artículo 1
define a Colombia como un Estado Social de derecho “fundado en el respeto de la dignidad
humana, en el trabajo y la
solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general”. En otras palabras, la
Constitución es el campo de juego de la política, determina los límites y
competencias de los gobernantes, sus funciones, relaciones con los ciudadanos y
la sociedad en su conjunto. Por eso, nada mejor para evitar la polarización que
cumplir la Constitución, empezando obviamente por quienes aspiran a los más
altos cargos, como la Presidencia de la República y el Congreso. Si la cumplen
cabalmente y no abusan de ella, interpretándola y aplicándola para favorecer a
sus copartidarios, patrocinadores y socios, no habrá lugar a polarización
social o política alguna. Pero si hacen lo contrario, obviamente la
polarización será inevitable, pues cuando esos gobernantes en lugar de “promover las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva y
adoptar medidas en favor de grupos discriminados o marginados”, como lo ordena su artículo 13, se
dedican desde la Presidencia y el Congreso a favorecer intereses minoritarios a
través de incentivos y subsidios públicos, entonces es como ganar un partido en
el mundial con la ayuda del árbitro, anotando goles fuera de lugar y hasta con
la “mano de Dios”, como lo hizo Maradona contra Inglaterra en México en el
mundial de 1986. En esos casos habrá posibilidades de mucha más polarización si
la dignidad humana es desconocida en función del género al que se pertenece y
se tiene actitudes misóginas y homofóbicas, pero sobre todo cuando no se
adoptan medidas a favor de grupos discriminados o marginados y sí de minorías
privilegiadas. Por eso no hay mejor antídoto contra la polarización que cumplir
la Constitución, no solo por parte de los gobernantes, sino también de todos nosotros,
como ciudadanos. De allí que Jürgen Habermas afirmará que el único patriotismo
y nacionalismo que se debe estimular es el constitucional.
Patriotismo constitucional
Y nuestra Carta lo hace muy bien
en dos artículos. El 22 que nos dice que “la paz es un derecho y un deber de
obligatorio cumplimiento”, por lo cual es un sinsentido afirmar que
solo con la guerra y más “héroes de la patria” es posible alcanzarla y para
ello estimular una atmósfera de confrontación con tigres que supuestamente devorarán
a los “corruptos” y, todavía peor, “destriparán” a quienes sean de “izquierda”,
considerados enemigos de la Patria. Todo lo contrario prescribe el artículo 95
que, entre los nueve deberes que enaltecen nuestra condición de colombianos,
destaca los siguientes como esenciales: 1- “Respetar
los derechos ajenos y no abusar de los
propios”; 4- “Defender y difundir los
derechos humanos como fundamento de la convivencia pacífica”; 6- “propender
por el logro y mantenimiento de la paz”;
8- “proteger los recursos culturales y naturales del país y velar por la conservación de un ambiente
sano” y 9- “contribuir al financiamiento de los gastos e inversiones del
Estado dentro de los conceptos de justicia
y equidad”. En conclusión, para no caer en la polarización, bastaría
que todos cumpliéramos la Constitución, empezando por quien resulte electo
presidente el próximo 21 de junio. Por eso carece de sentido promover otra
Asamblea Constituyente si aún estamos en mora de cumplir artículos como el
citado. Lo que necesitamos con urgencia es una gobernabilidad democrática
constituyente, en lugar de inciertos procesos y asambleas constituyentes que
apelan a un fantasmagórico poder popular constituyente, cuyas reivindicaciones
y justas aspiraciones sociales solo podrán ser realizados con programas y
políticas públicas concertadas entre todos los intereses económicos y sociales
relevantes. Empezando con los intereses y las reivindicaciones más dispersas e
inorgánicas de la economía informal y popular hasta los más robustos y poderosos
de las grandes empresas, teniendo como horizonte el fortalecimiento del Estado
Social de Derecho, en lugar de su desmantelamiento.
Por el cumplimiento de la Constitución
Por eso es una buena noticia que
el candidato Iván Cepeda haya desistido de la aventura constituyente y se
concentre en el desarrollo y cumplimiento en la vida real de la Constitución
nominal que tenemos. Si lo hace con coherencia y sin exclusiones o hegemonismo
partidista, ya no habrá espacio alguno para la polarización política y social
en tanto todos los colombianos nos sentimos reflejados y protegidos por la
Constitución, siempre y cuando se
cumplan sus principios y valores democráticos enunciados desde su preámbulo: “fortalecer la unidad de la Nación y asegurar a sus integrantes la vida, la convivencia, el trabajo, la
justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz, dentro de un
marco jurídico, democrático y participativo que garantice un orden político, económico y social justo,
comprometido a impulsar la integración
de la comunidad latinoamericana”. Una
integración hoy amenazada por la estrategia de Trump y su “Escudo de las Américas”, diseñado en función de MAGA y AMERICA
FIRST, que desconoce nuestras prioridades como subcontinente, desde México
hasta la Patagonia, como son la paz, la conservación y explotación de nuestras
riquezas y portentosa biodiversidad, junto a la pluralidad étnica de nuestras
identidades y numerosos pueblos del SUR en busca de mayor justicia social y
autodeterminación política colectiva.
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