ELECCIÓN PRESIDENCIAL Y MUNDIAL DE FÚTBOL
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https://elpais.com/america-colombia/2026-02-17/eleccion-presidencial-y-mundial-de-futbol.html
Algunos políticos ganan no con la mano de Dios que le ayudó a Maradona
y Argentina para derrotar a Inglaterra en el mundial de México de 1986, sino
con la mano del “diablo” y jugaditas fuera de lugar.
Hernando Llano Ángel.
En medio de la incertidumbre que corroe
a estas elecciones, lo más seguro es que tendremos repechaje, es decir, segunda
vuelta, para definir el próximo 21 de junio quien llegará a la Casa de Nariño.
Y llegará al “poder” no a gobernar sino más bien a transar intereses con los
poderes decisorios, tanto los legales como ilegales, que tras bastidores ya le
han marcado los límites a la cancha de la gobernabilidad presidencial. Unos
límites que no conocemos, pero que sabemos están fijados y acordados con sus
generosos aportantes y numerosos socios, copartidarios y aliados. No ha
existido ninguna campaña presidencial, al menos desde 1990, que previamente no
haya adquirido compromisos para devolver en contrataciones públicas,
concesiones y burocracia el pago de esas contribuciones. De allí, que cada
presidente termine su mandato tan agobiado y desprestigiado. Por eso, valdría
la pena que contáramos en las campañas electorales con un VAR, como en el
mundial, que anulará a tiempo todas esas jugaditas ilegales y clandestinas con
las cuales muchos candidatos y sus partidos ganan las elecciones. Aunque, a
decir verdad, al menos para algunos trámites de las contiendas electorales sí funciona,
como lo acaba de demostrar la Registraduría Nacional al anular y no avalar el
62% de los casi cinco millones de firmas presentadas por Abelardo de la
Espriella como precandidato en nombre de “un
grupo significativo de ciudadanos”. Si como precandidato comete semejante
osadía, engaña y defrauda así la confianza ciudadana, la pregunta obvia es ¿Hasta
dónde podrá llegar siendo presidente? Si llega a la Casa de Nariño, habrá que
reconocer que será gracias a millones de “significativos
ciudadanos” para quienes la ilegalidad, la picardía y la trampa es fuente
de legitimidad presidencial. Entonces estaríamos ante la máxima expresión de la
cacocracia en nombre de “la salvación
nacional”, “firmes por Colombia”
y “defensores por Colombia”. Sin
duda, como lo anuncia el propio Abelardo, muchos correrán el riesgo de que se “los coma el tigre”, su mascota de
campaña, especialmente aquellos que no se comen su cuento de “salvar a Colombia”, como sí lo hizo con
Alex Saab, el testaferro de Maduro hoy en aprietos. Aunque también es probable
que millones de sus entusiastas seguidores queden defraudados y su confianza
burlada, como le sucedió a David Murcia Guzmán (DMG), según su entrevista con
Daniel Coronell[i].
En las campañas presidenciales no hay VAR
Lo lamentable es que el VAR, que
seguro impedirá en el mundial de fútbol que una selección gane con jugadas
ilegales o dudosas, no existe en las campañas presidenciales en curso o solo
funciona cuando ya el partido ha terminado. Siempre nos enteramos demasiado
tarde que el ganador en la contienda electoral ha llegado a la Casa de Nariño en
“virtud” de muchas jugaditas ilegales, siendo la más frecuente y leve violar
los topes fijados para la financiación de las campañas (un fuera de lugar),
como al parecer sucede en el actual o, mucho peor, de recibir el apoyo,
obviamente en el “camerino” y antes de jugarse la final, de poderes de facto
ilegales y criminales, que van desde el narcotráfico (proceso 8.000), los
grupos de autodefensa y la guerrilla, hasta los muy legales como Odebrecht o el
generoso AVAL de grupos financieros. Es decir, ganan no
con la mano de Dios que le ayudó a Maradona y Argentina para derrotar a
Inglaterra en el mundial de México de 1986, sino con la mano del “diablo”, como
lo han hecho muchos candidatos y por eso después gobiernan impunemente, con más
pena que gloria. Para completar el panorama de ese desleal y turbio juego del
poder político, cada cuatro años vuelven los mismos partidos políticos con sus
mismas alineaciones de jugadores profesionales. Candidatas y candidatos
sonrientes en costosas vallas publicitarias, muy diestros y hasta siniestros
para la promesa y la demagogia y así ganan de nuevo sus curules en el Congreso,
en fuera de lugar. Sucede así porque tienen una hinchada numerosa de fanáticos
y clientelas leales, muy agradecidas, que los reeligen por prebendas,
afinidades, intereses compartidos y necesidades acuciantes. Pero también ganan
porque un número significativo de electores carece de información y no utiliza
o tiene atrofiado el VAR de su memoria y del juicio ciudadano. Van a las urnas
a botar su voto y marcan el tarjetón como si fuera un baloto, esperando acertar
con el ganador. Ya tenemos 16 aspirantes a la presidencia, en la liga menor que
se definirá el próximo 8 de marzo en las tres consultas, y tres jugadores en la
liga mayor: Cepeda, Abelardo y Fajardo, que los esperan para el picado del 31
de mayo, en primera vuelta. Y la final será el 21 de junio, en la segunda y
definitiva vuelta presidencial.
Los partidos de verdad
Pero estoy seguro que la inmensa
mayoría de colombianas y colombianos estaremos pendientes de otros partidos
donde la Selección Colombia y sus jugadores nos demostrarán en el mundial todo
lo contrario de los partidos políticos y sus mediocres jugadores y candidatos,
pues sus victorias son fruto de su trabajo, talento, juego limpio y goles inobjetables.
Porque a la Selección Colombia se llega por mérito propio y no por adulación y
jugaditas sucias o compromisos tras bambalinas con el cuerpo técnico y sus
directores. Se está en la cancha de fútbol porque se ha demostrado competencia
y calidad humana. Su presencia en la selección es gracias a sus jugadas a la
vista de todos en la cancha de fútbol. Es una alineación y participación ganada
con absoluta transparencia y destreza, por el compromiso de cada jugador con el
equipo y el juego colectivo, no a su narcisismo por ser la estrella ganadora.
Sin duda, en la cancha de fútbol predomina la meritocracia alcanzada con
disciplina, sudor y sacrificio, como nos lo demuestran los “Luchos” en el
Bayern y el Sporting de Lisboa. Todo lo
contrario de lo que sucede en la arena política y sus Partidos, donde reina por
lo general la intriga y la adulación, propias de la cacocracia y la
mediocridad. El miércoles 17 de junio será el debut de la selección contra
Uzbekistán a las 10 de la noche, con posibilidades ciertas de ganar, lo que nos
deparará seguramente alegría para llegar el 21 de junio a las urnas, donde
decidiremos con nuestro voto una disputada final entre dos candidatos, sin que
tengamos la seguridad de ganar o perder, pues solo lo sabremos cuatro años
después. Y el 27 de junio Colombia enfrentará un desafío mayor ante Portugal a
las 7 de la noche. Pero más allá del resultado, habremos visto que si bien el
fútbol y la política son juegos que convocan la pasión de multitudes, también sus
diferencias son considerables.
“Reglas ciertas y resultados inciertos”
En el fútbol siempre hay reglas
ciertas que un árbitro hace cumplir, ahora con mayor precisión y acierto
gracias a la tecnología del VAR. En cambio, en nuestra política las reglas son
cada vez más inciertas, carecemos de un árbitro confiable y no existe el VAR
para evitar el triunfo de jugadores deshonestos y en fuera de lugar. Es verdad
que los resultados en ambos juegos son más o menos inciertos, pero en el fútbol
vemos todos cómo se gana o pierde, los jugadores están expuestos a la vista de
millones de espectadores, a su exaltación o rechifla, en la cancha la
visibilidad y transparencia de sus jugadas es absoluta, desde sus aciertos
hasta sus errores, su juego limpio y sucio. Todo lo contrario, sucede en la
política, por eso los candidatos hablan tanto de transparencia, honestidad y
juego limpio, porque sus jugadas cruciales suelen ser ocultas y en la penumbra.
Mientras más se precian de ser honestos, virtuosos y transparentes más
impostores y farsantes suelen ser. Son la puesta en escena de la simulación.
Triunfos en camerinos ocultos
Ganan en las elecciones como
certamen público, pero sus triunfos se tejen en camerinos ocultos, con apoyos
más o menos vergonzosos y maniobras clandestinas. Pero, sin duda, la mayor y
más importante diferencia es que en la cancha de fútbol no se tolera la
violencia y menos la eliminación física del contrario, por eso los jugadores
irascibles y agresivos son expulsados inmediatamente. Disputan el juego como
adversarios y no como enemigos y al final del partido, por más enconado que
haya sido, los técnicos y jugadores se despiden y reconocen el resultado. Lo
contrario suele suceder en nuestra arena política, donde el contrincante cuando
no es excluido del juego al aplicarle arbitrariamente las reglas, como lo hizo
el Consejo Nacional Electoral contra el precandidato Iván Cepeda y a favor de
Daniel Quintero, corre el riesgo de ser eliminado físicamente, como sucedió con
Jaime Pardo Leal, Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro, en
anteriores comicios presidenciales. Ya el ELN ha amenazado de muerte a De la
Espriella, según su versión. Esperemos que esa saga espectral y letal no se
repita en las próximas elecciones, pues la sombra del precandidato Miguel Uribe
Turbay todavía se proyecta, aunque su padre no aparezca en la llamada “Consulta amplia por Colombia”. Una
consulta que demuestra así ser lo contrario, según las denuncias de la senadora
María Fernanda Cabal y su esposo José Félix Lafaurie. Ojalá tuviéramos
presente, tanto en los partidos de nuestra selección en el mundial, pero sobre
todo en los próximos comicios electorales este palio del DHAMMAPADA: “El que vence engendra odio, el que es
vencido sufre. Con serenidad y alegría se vive si se superan victoria y
derrota”. Porque el fútbol y la política deberían ser juegos vitales, no
mortales, como los convierten los fanáticos de las barras bravas y facciones
sectarias con supuestos salvadores de la Patria.
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