COLOMBIA EN “ESTADO DE COMA POLÍTICO”
Junio 14 de 2025
(Artículo
publicado inicialmente en EL PAÍS, sección AMÉRICA-COLOMBIA: https://elpais.com/america-colombia/2025-06-15/colombia-en-estado-de-coma-politico.html)
https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/colombia-en-estado-de-coma-politico/
Hernando Llano
Ángel.
“El estado reviste la máxima
gravedad y el pronóstico es reservado", parece un diagnóstico sobre la realidad política
colombiana. Pero es el primer parte médico de la clínica Fundación Santa Fe de
Bogotá sobre la salud del senador y precandidato presidencial Miguel Uribe
Turbay, después del aleve y repudiable atentado criminal que sufrió el pasado 7
de junio en el barrio Modelia en Bogotá. Ese diagnóstico escueto y preocupante no
solo da cuenta del presente, sino que describe la forma como la política
discurre cotidianamente en Colombia en medio de una violencia ubicua y letal.
Una violencia aleatoria que estalla en cualquier lugar y momento, como los 19
atentados terroristas en la mañana del martes del 10 de junio en Cali y el Departamento
del Cauca, que dejaron una dolorosa estela de 7 víctimas mortales. Es una
violencia que solo la percibimos con esa intensidad amenazante, intolerable y
condenable, cuando ella se ensaña en lideres políticos destacados de la
oposición, como Miguel Uribe Turbay, o irrumpe mortalmente en las calles de los
barrios residenciales y populares de nuestras principales ciudades. Es lo que
ha venido sucediendo en la última semana, pero no ha dejado de estar presente
en forma soterrada durante muchos años, cobrando la vida de numerosos líderes
sociales, 71 durante estos cinco meses, sepultados y olvidados rápidamente, sin
piedad y oraciones que velen por sus vidas y sin que por ellos entremos en
“coma político” y conmoción nacional. Por eso solo el criminal atentado contra
el senador Miguel Uribe revive en la memoria nacional el fantasma de los
magnicidios de Galán, Jaramillo y Pizarro entre agosto de 1989 y abril de 1990.
Entonces vuelven a nuestras mentes las imágenes dantescas de las incontables
víctimas del narcoterrorismo de los extraditables. Se imponen las inevitables
similitudes entre los jóvenes sicarios contratados para disparar contra Rodrigo
Lara Bonilla y Miguel Uribe Turbay. Y hasta algunos periodistas evocan con
cierto morbo el sino trágico de la familia Turbay y el asesinato de la madre
del senador Miguel Uribe, Diana, por orden de Pablo Escobar, cuando el Ejército
intentó rescatarla. Incluso los noticieros invitan a sesudos analistas y
constitucionalistas para que esclarezcan lo que está sucediendo y estos, en
lugar de destacar las diferencias sustanciales con el pasado, resaltan las
similitudes más evidentes para reafirmar sus convicciones políticas y
prejuicios personales. Nos advierten alarmados que no podemos repetir lo
sucedido hace más de 30 años. ¡Como si los protagonistas del presente no fueran
otros muy distintos y los escenarios institucional y constitucional sean
incomparables!
Más allá del "déjà vu" del 90
Todo ello nos conduce al error de
concluir que estamos volviendo a repetir la misma pesadilla. Pero la situación
actual es muy diferente, aunque las similitudes con la violencia sicaria de
ambos jóvenes y la explosión del terrorismo ubicuo nos sumerja en esta especie
de "déjà vu" infernal. Más aún ahora, cuando el gobierno apela al
recurso de promover una nueva Asamblea Constituyente para supuestamente conjurar
y superar su actual crisis de gobernabilidad. Sin embargo, es precisamente en
este escenario donde estriba la mayor diferencia. Porque la crisis de finales
de la década del 80 y comienzos del 90 fue desatada por el narcoterrorismo de
los extraditables y generó una respuesta política inmediata, la del proceso
constituyente que, gracias a la alquimia de la séptima papeleta, el movimiento
estudiantil “Todavía podemos salvar a Colombia”[i]
y la acción coordinada entre el consejero constitucional del presidente
Barco, Manuel José Cepeda Espinosa[ii] y
el profesor de derecho público, Fernando Carrillo Flórez[iii],
se pudo encauzar en las urnas. Por cierto, en forma supraconstitucional, como
auténtica expresión del poder constituyente primario y su fuerza política
proteica, que desconoció participativamente la Constitución de 1886 y clausuró
el ineficiente y corrupto Congreso de entonces, tan parecido al actual. Ese proceso
culminó en 1991 con la Asamblea Nacional Constituyente y la promulgación de la
Constitución actual. Es verdad,
incorporando a la Carta Política el artículo 35 que prohibía la extradición de
colombianos por nacimiento, coronando así Pablo Escobar su máxima aspiración
política-criminal. Artículo que fue derogado en 1997, bajo el gobierno de
Ernesto Samper, cuando el Estado ya había capturado a los hermanos Rodríguez y
permitió el restablecimiento de las relaciones con los Estados Unidos, que
entonces había descertificado a Colombia por el proceso 8.000 y retirado la
visa al presidente Samper.
¿Crisis constituyente o desconstituyente?
Ahora las circunstancias y el
escenario político son muy diferentes y quizás más complejos. De alguna forma,
esta parece ser una crisis de carácter desconstituyente, pues su origen está
directamente relacionado con una agria e intensa disputa por la interpretación
y aplicación de la Constitución del 91 entre el Ejecutivo y el Legislativo. El
ejecutivo, empeñado en hacer realidad el Estado Social de derecho y la
democracia participativa, decide convocar el constituyente primario por decreto
a una Consulta Popular que el senado le negó en medio de una zambra vergonzosa.
Una zambra que dejó en vilo no solo la legalidad de esa decisión, sino incluso
su legitimidad. Con esa decisión el Senado desconoció, por dos votos, el
artículo 3 de la Constitución: “La soberanía reside exclusivamente en el
pueblo, del cual emana el poder público” y reclamó para sí esa
soberanía con fundamento en otro artículo de la Carta, el 104[iv],
negando la convocatoria del Ejecutivo. Así las cosas, la soberanía volvió a
quedar en manos de la Nación, como en la derogada Constitución de 1886, por la
decisión de dos senadores que despojaron a toda la ciudadanía, el pueblo o
constituyente primario de su poder político decisorio de última instancia.
Semejante impase desconstituyente de la legitimidad ciudadana no habría sucedido
si el Congreso en estos 34 años de promulgada la Constitución hubiese cumplido
el espíritu de su artículo 1 que define a Colombia como una “República unitaria descentralizada, con
autonomía de sus entidades territoriales, democrática
participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las
personas que la integran y en la prevalencia del interés general”. No
hay duda que ese interés general no ha sido promovido y mucho menos defendido
por los congresistas durante estos 34 años, pues no han tenido la voluntad
política de expedir el Estatuto del Trabajo que les ordena el artículo 53 con sus
siguientes principios fundamentales: “Igualdad de oportunidades para los
trabajadores; remuneración mínima vital y móvil, proporcional a la cantidad y calidad de trabajo; estabilidad en el empleo; irrenunciabilidad
a los beneficios mínimos establecidos en normas laborales; facultades para
transigir y conciliar sobre derechos inciertos y discutibles; situación más favorable al trabajador en
caso de duda en la aplicación e interpretación de las fuentes formales de
derecho; primacía de la realidad sobre formalidades establecidas por los
sujetos de las relaciones laborales; garantía a la seguridad social, la capacitación, el adiestramiento y el descanso
necesario; protección especial a la mujer, a la maternidad y al trabajador
menor de edad. El estado garantiza el derecho al pago oportuno y al reajuste
periódico de las pensiones legales. Los convenios internacionales del trabajo
debidamente ratificados, hacen parte de la legislación interna. La ley, los contratos, los acuerdos y
convenios de trabajo, no pueden menoscabar la libertad, la dignidad humana ni
los derechos de los trabajadores”. Pero
los congresistas hicieron todo lo contrario con la aprobación de la ley 789 de
2002 presentada por el gobierno de Álvaro Uribe[v],
que terminó recortando “beneficios mínimos establecidos en normas
laborales”, que hoy intenta restituir la actual reforma, como el pago
de horas extras desde la 6 de la tarde y la remuneración plena durante los días
festivos.
La paradoja del Estado Social de Derecho bajo el “Gobierno del Cambio”
Ahora estamos bajo un gobierno
cuya principal meta ha sido convertir en realidad el artículo 1 de la
Constitución, el Estado Social de derecho, pero paradójicamente tenemos menos Estado en el territorio nacional porque
en vastas regiones predomina el neofeudalismo devastador de organizaciones
criminales que se disputan a muerte economías ilícitas, desplazan a la
población y asesinan a sus líderes sociales, despojándolos de su tierra,
esperanza y derechos más vitales. También su contenido Social: salud, educación, vivienda y seguridad está en cuidados
intensivos por el bloqueo de sus reformas en el Congreso y la incapacidad del
propio Ejecutivo para realizar una gestión pública eficiente, desgastada por
numerosos escándalos de corrupción y cambios constantes en su gabinete
ministerial, que no puede dar continuidad a sus principales políticas públicas.
A ello se suma haber despertado expectativas inalcanzables en 4 años como la “Paz Total”, “Colombia, potencia mundial de
la vida” y la transición energética, más generadoras de frustración que de
satisfacción y confianza ciudadana. Dolorosamente, la Paz Total, su divisa
central, se convirtió en una explosión letal de atentados terroristas durante
esta semana. Y, para terminar, el Derecho
naufraga en un campo de batalla entre el Ejecutivo y el Legislativo, que tiene
sumida la política en coma y amenaza convertir la actual crisis de
gobernabilidad en una más aguda de legitimidad.
El “sancocho constitucional”
Por eso el decreto gubernamental
0639 del 11 de junio[vi]
que convoca a la Consulta Popular es una especie de “sancocho constitucional” que trata de reconciliar pensadores
políticos irreconciliables como Schmitt, Habermas y Luhmann, según el perspicaz
análisis del profesor Carlos Ramírez de la universidad de los Andes. Y cada vez
ese “sancocho constitucional” es más sustancioso, denso e indigerible, pues el
gobierno pretende apelar directamente al constituyente primario, saltándose el
Congreso que debe expedir una ley para convocar esa Asamblea Constituyente,
según el artículo 376 de la Constitución[vii].
Para burlar ese escollo insalvable, el nuevo ministro de justicia, Eduardo
Montealegre, haciendo honor a su apellido, desde la montaña mágica de la
especulación constituyente esboza alegremente el siguiente camino: “crear mecanismos que le permitan a un
gobierno avanzar en una agenda social”, pues, explicó, el presidente está
“bloqueado institucionalmente por unas mayorías en el Congreso que
sistemáticamente se oponen al cambio”. El camino que tomaría el oficialismo es
recoger las firmas del 20 % del censo
electoral, algo así como 8 millones, para hacer que el proyecto de ley de
convocatoria sea “vinculante” para el Congreso y que así no pueda negar la
constituyente o incluso vaya directamente a la Corte Constitucional”[viii]. Una audaz idea que trata de reeditar
la gesta de la 7 papeleta y crear así un hecho político supraconstitucional. Pero
esa imaginación constituyente ignora que la actual coyuntura, pese a las
similitudes violentas con la del 90, es totalmente diferente, pues se ha
perdido el clima de consenso político y urgencia que entonces existió, generado
por la ofensiva narcoterrorista de los extraditables. Por eso la 7 papeleta fue promovida
ampliamente por todos los medios de comunicación y no contó con oposición
significativa alguna del “País Político” y del Congreso de entonces, que fue clausurado
de común acuerdo entre el presidente Gaviria y la Asamblea Nacional Constituyente.
Objetivamente eso sí puede calificarse como golpe de Estado y desmantelamiento
de la institucionalidad, pero fue celebrado por todos como la única y
extraordinaria vía para la salvación nacional.
Ahora sucede todo lo contrario.
Por eso la oposición convoca la ciudadanía a las calles en solidaridad con el
senador Miguel Uribe Turbay, pero el trasfondo es demostrarle al Ejecutivo su
profundo rechazo al llamado “decretazo” y a la impredecible aventura de la
constituyente. Así las cosas, llegamos a
la mayor paradoja de esta tramoya político-constitucional. Un Ejecutivo
defensor de la Carta del 91 y políticamente coautor de la misma, promotor
entusiasta de su aplicación en la vida social, ahora impulsa su reforma por vía
de una incierta e inviable Asamblea Constituyente. Y, por el contrario, las
fuerzas políticas opositoras, que han sido mayoría en el Congreso desde la
promulgación de la Constitución, que la han reformado regresivamente en
múltiples ocasiones y sin voluntad política para hacer realidad social sus
contenidos más progresistas, hoy la defienden y se proclaman sus celosos y
mejores defensores, después de haberla engañado y burlado durante 34 años,
sirviendo a intereses particulares y no generales.
Del “estado de máxima gravedad” a la gobernabilidad constituyente
Sería relativamente fácil salir
de “este estado de máxima gravedad” y en coma en que se encuentra la política
nacional, igual que el senador Miguel Uribe Turbay, si ambas partes tomaran
conciencia de su responsabilidad histórica. Por parte del Ejecutivo, si abandonara
su radicalismo constituyente y su exacerbado narcisismo político, dedicándose a
realizar una gobernabilidad constituyente para recobrar así el control del
orden público, la seguridad en todo el territorio nacional y cumplir sus
políticas y promesas sociales con un gabinete ministerial estable, competente y
eficiente, al menos por este año que le queda. Y, de parte de la oposición, si renunciara
a su obsesión del “golpe de estado”
con su consigna favorita “fuera Petro”
y a su irresponsable delirio de venezolanizar el próximo proceso electoral,
pues al no asistir a la instalación de la Comisión de Seguimiento Electoral[ix]
convocada por el gobierno y desconocer al presidente Petro como su principal
garante, está empezando a recorrer ese escabroso camino y agravando el “coma
político” actual. En conclusión, ambas partes deberían cumplir la Constitución,
aprobando una reforma laboral que honre los puntos fundamentales y mínimos del
artículo 53 ya citado. Quizás así saldríamos del actual Estado de coma en que se
encuentra la política nacional y recobraría su pleno sentido el Estado Social
de derecho, como también esperamos que acontezca con el sentido y la vida del
senador Miguel Uribe Turbay.
[v] https://www.pares.com.co/post/la-reforma-laboral-de-%C3%A1lvaro-uribe-que-favoreci%C3%B3-a-los-empresarios-y-hundi%C3%B3-a-los-trabajadores
[vi] https://www.presidencia.gov.co/Documents/250611-Decreto-0639-11-de-junio-2025.pdf#search=decreto%20de%20consulta%20popular%2E
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