MUJERES
MÁS ALLÁ DE LAS URNAS
https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/mujeres-mas-alla-de-las-urnas/
https://elpais.com/america-colombia/2026-03-10/mujeres-mas-alla-de-las-urnas.html
Este
8 de marzo, el día internacional de las mujeres y de elecciones para Congreso
en Colombia y consultas interpartidistas para las presidenciales, las mujeres
nos recordarán que en lo público y lo privado han sido quienes más han aportado
a la humanidad para recobrar el sentido profundo de la política: la vida, la
libertad y la paz.
Hernando Llano Ángel.
Desde
luego que las mujeres con su inteligencia, creatividad, libertad, sensibilidad
y capacidad transformadora de la realidad están mucho más allá de las urnas. En
las urnas no se agotan y mucho menos caben sus aspiraciones y horizontes de
sentido, como igual nos acontece a los hombres, cuando estamos empeñados en
afianzar con su compañía valores democráticos como la igualdad y la dignidad de
todas y todos, más allá de los intereses limitantes de la competencia del
mercado y la codicia de unos pocos que a todo le ponen precio, incluso al
cuerpo y la intimidad de la mujer.
Pero
también es verdad que solo cuando ellas conquistaron su derecho al voto,
después de abnegadas y tenaces luchas en las que derramaron sin límite “sangre,
esfuerzo, sudor y lágrimas”, es que pudieron empezar a ser libres, para afirmar
sus identidades y diferencias con los hombres, quienes les impidieron durante
milenios su plena humanidad al negarles sus derechos a la libertad y la
igualdad política. “Las sufragistas”[i], película dirigida por
Sarah Gravon, presenta esa lucha épica de las mujeres británicas que conquistaron
su derecho al sufragio en 1928. Porque sin posibilidades reales de elegir, más
allá de las constitucionales y legales, no existe libertad política y mucho
menos la democracia.
Más allá del voto
Pero
no existe libertad del voto cuando se está bajo el dominio y control de un
poder patriarcal que le señala a la mujer por quién debe votar, qué debe pensar
y hacer. Tampoco cuando prejuicios de orden ideológico o religioso le impiden
pensar y decidir por sí misma. Mucho menos cuando se vive bajo amenazas de
actores armados. Tampoco el voto es libre cuando se pierde la posibilidad de ejercerlo
en la subasta de la compraventa de votos o se restringe sutilmente su ejercicio
para conservar un empleo público o privado. En todos esos casos el voto pierde
su sentido político y se degrada, se corrompe, pues no puede ejercerse con
libertad. Se convierte así en un instrumento de dominación en manos del
patriarcado, de minorías violentas, de partidos que controlan la burocracia
estatal y de plutócratas que financian candidatos testaferros al servicio de
sus intereses en las corporaciones públicas y el poder ejecutivo. Entonces esa
igualdad legal de elegir que todas las personas tenemos frente a la urna: “una
persona, un voto”, desaparece una vez depositamos nuestro voto en ella. Bien
por condicionamientos previos como los anteriores o, posteriormente, cuando
nuestros representantes deciden en nombre nuestro y, muchas veces, contra
nuestros intereses y valores, pues su lealtad primaria suele estar con sus
financiadores y no con nosotros como sus ciudadanos electores.
La metamorfosis
democrática
Así
pasamos, casi sin darnos cuenta, de la igualdad
de poder elegir a la desigualdad de no
poder decidir, pues esa competencia y facultad, que es la que más cuenta,
la hemos delegado en quien hemos votado. Tal es la mayor debilidad y fuente de
desprestigio de la democracia liberal representativa. Nos reconoce plena
igualdad legal ante las urnas para elegir, pero nos arrebata casi totalmente la
igualdad para poder decidir. Esa igualdad queda en manos de unos pocos, la de los
y las elegidas, cuyas decisiones expresadas en leyes y políticas sociales a
todos nos afectan a favor o en contra. Así las cosas, la democracia deriva en
partidocracia, pues serán las mayorías y minorías que integran los partidos
quienes decidirán en el Legislativo y el Ejecutivo. Y si esos partidos son
rehenes de empresas y conglomerados privados que generosamente los han financiado,
entonces esa democracia se convierte en una plutocracia que gobernará para esos
contados patrocinadores y en función de sus limitados intereses, lo cual se
conoce desde Aristóteles como oligarquía, el gobierno de unos pocos al servicio
de ellos mismos. Pero si además de lo anterior, como sucede en nuestra realidad,
también entran en juego numerosos y cuantiosos aportantes ilegales a las
campañas políticas, estaríamos frente a la cacocracia, el gobierno de los
cacos, los más diestros y siniestros candidatos en robar la confianza ciudadana
para ponerla al servicio de sus cómplices e inconmensurables ganancias ilegales
y legales, como sucedió con Odebrecht y la UNGD, los casos más recientes. Sin
olvidar los anteriores: Agro-ingreso seguro y Reficar, los más cuantiosos de
todos.
Desde y más allá del
8 de marzo
Esa
terrible y decadente metamorfosis de la democracia es lo que está en juego este
8 de marzo, para mayor ironía en el día internacional de las mujeres. Ironía y
a la vez paradoja, pues han sido ellas desde lo público y lo privado quienes colectivamente
y como movimiento social más han aportado a la humanidad a recobrar el sentido
profundo de la política: la vida, la libertad, la igualdad y la paz. Y lo
continúan haciendo en todos los lugares y todo el tiempo, especialmente en
Palestina, Irán y Ucrania contra la violencia y la brutalidad patriarcal de
mandatarios como Trump, Netanyahu y Putin, para solo nombrar los más
destacados, pero también contra credos religiosos, prejuicios, estereotipos y
aberraciones como el club de Epstein que pretenden convertirlas en adminículos
hermosos de la voluntad y el placer masculino, tanto en oriente como en
occidente.
Entre
muchas mujeres que se rebelaron contra tal destino, vale la pena recordar dos
brillantes y valientes: Marguerite Yourcenar en la literatura y Hannah Arendt
en la teoría política. Escuchemos sus lúcidas voces, comenzando con Yourcenar:
“Cuando se trata de educación, o de
instrucción, estoy por supuesto por la igualdad de los sexos. Si se trata de
derechos políticos, no solo de voto, sino de participación en el Gobierno, estoy también más que de acuerdo, aunque dudo que las mujeres puedan, no más
que los hombres, mejorar mucho la detestable situación política de nuestro
tiempo, a menos que unas y otros, y sus métodos de acción sufran un profundo
cambio”. Y Arendt, refiriéndose al significado de pensar, nos dice algo
especialmente pertinente en estos tiempos de IA y catástrofes bélicas en curso:
“Lo
único que puede ayudarnos realmente, en mi opinión, es réfléchir, reflexionar. Y pensar
significa siempre pensar críticamente. Y pensar críticamente significa siempre
estar en contra. El pensamiento viene siempre, de hecho, a minar todo lo
que pueda haber de reglas fijas, de
convicciones generales, etc. Todo lo que acontece en el pensamiento está sometido al examen crítico de lo que
hay. Es decir, no hay ideas peligrosas, por la sencilla razón de que el propio pensamiento es en sí mismo una
empresa peligrosa…En cualquier caso, yo
creo que no pensar es todavía más peligroso. No niego con ello que el
pensamiento sea peligroso, pero si afirmaría
que no pensar es mucho más peligroso aún”. Sin duda, un par de
reflexiones totalmente válidas antes de votar o para dejar de hacerlo el
próximo domingo 8 de marzo, según sea la mayor o menor capacidad crítica de
pensar que tengamos.
No vote sin pensar
Millones,
casi sin pensar, lo harán por candidatas y candidatos profundamente
retardatarios y patriarcales, que exacerban sentimientos como el miedo, la
desconfianza y el odio y ofrecen la fuerza y la seguridad como la solución a
todos los problemas. Candidaturas que defienden con fiereza animal una idea de
patria que rima más con la defensa de su patrimonio personal y casi nada con la
prosperidad de la comunidad y la convivencia nacional. Candidatos que promueven
sus aspiraciones al Congreso en vallas donde aparecen en compañía del patriarca
Uribe y le juran lealtad filial, pues para ellos la política es ante todo una
empresa al servicio de su tradición, su familia y su propiedad. Afortunadamente
hay más opciones entre las cuales el pensamiento crítico puede elegir y en
últimas hasta decantarse por el voto en blanco, si considera que ninguna
candidatura merece su confianza porque no promueve sus objetivos con claridad,
coherencia y factibilidad. A fin de cuentas, lo que hay que tener presente
antes de votar es que la política vale, tiene sentido y legitimidad más por los
medios que utiliza que por los fines que promueve, así como los candidatos
merecen o no nuestra confianza por la coherencia entre sus palabras y acciones
tanto en el pasado como en el presente. Es lo mínimo que deberíamos tener en cuenta
antes de votar.