Colombia
¿Siempre pugnaz, victimizada y políticamente irreconciliable?
En esta campaña electoral la
memoria y las víctimas se convierten en un pulso de narrativas y de cifras en
busca del mayor número de votos. Así los
candidatos y candidatas corren el riesgo de ser rehenes del odio y de ajustes
de cuentas en su futura Presidencia, estimulando pasiones sectarias en el
electorado y polarizando peligrosamente su voto.
Hernando Llano Ángel.
Espero
contar con la comprensión y venia de mis eventuales lectores, pues voy a
incurrir en la impudicia de citarme. Es más, de autoplagiarme, retomando
apartes de una columna que escribí hace un año con motivo del día Nacional de
la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas que, como sabemos, se celebra
oficialmente cada año el 9 de abril. Entonces titulé esa columna con una
pregunta que conserva plena validez y vigencia: “Colombia ¿Entre la victimización
eterna y la reconciliación imposible?”[i].
Dicho interrogante conserva una dolorosa y grave vigencia, pues según el
reciente informe de las Naciones Unidas, durante los últimos 4 años han sido
asesinados 410 defensores de derechos humanos y líderes sociales y de acuerdo
con el Registro Único de Victimas (RUV)[ii], ya sobrepasamos el
escandaloso número de 10.269.759 víctimas del conflicto armado. Semejante
estadística de violencia y horror es inconcebible en un régimen que se proclama
democrático y que cada cuatro años celebra desde 1957 una “normal e
ininterrumpida elección más”. Así llevamos 69 años entre urnas y tumbas. Una
realidad política tan contradictoria e insostenible solo es posible en un
Estado cacocrático, no en uno de derecho y democrático, carcomido por la
impunidad y la mutua complicidad de sus sucesivos gobernantes que hacen de las
elecciones una coartada perfecta para justificar una gobernabilidad más o menos
ilegal y criminal. Pero también nos retrata como una sociedad éticamente
insolidaria e insensible, muy poco o casi nada democrática, que contemporiza
con la violencia según los intereses económicos y las simpatías partidistas de
cada quien, pues muchos no reconocen la existencia, el sufrimiento y el
desamparo en que viven millones de colombianos. La consideran una “narrativa”
anodina, parte del paisaje, que no los afecta personalmente, hasta el día que
se convierten en víctimas y ya es demasiado tarde. Es decir, desconocen a
millones de compatriotas su igual condición de ciudadanos con derechos al goce
pleno de sus vidas, libertades y bienes, arrebatados y conculcados impunemente
por una frondosa criminalidad organizada y la incapacidad estatal para
combatirla con legalidad y desarticularla con eficacia. Ya nos acostumbramos a
esta “democracia” de víctimas irredentas y victimarios impunes, bien en nombre
de la “seguridad democrática” uribista, la “paz con legalidad” de Duque e
incluso la “Paz Total” de Petro, siempre y cuando podamos votar y sobre todo
nuestro partido y candidatos ganar.
Maniqueísmo político
en campaña
Y
si a la anterior crisis humanitaria histórica sumamos ahora la peligrosa
tensión polarizadora y maniquea entre las candidaturas presidenciales del Pacto
Histórico y el Centro Democrático, en cabeza de Iván Cepeda con Aida Quilcué y
de Paloma Valencia con Juan Daniel Oviedo, seguiremos extraviados en este
infernal laberinto de acusaciones y deslegitimaciones, en donde cada parte
sindica a la otra de los peores crímenes en nombre y la memoria de sus
respectivas víctimas. Ya hasta se apela a una masculinidad homofóbica contra
Oviedo, como lo hace la campaña de Abelardo. Así las cosas, la memoria y las
víctimas se convierten en un pulso de narrativas y de cifras en busca del mayor
número de votos. Entonces la política y las campañas en curso son rehenes del
odio y de cuentas pasadas por cobrar, poco importa conocer las complejidades de
lo sucedido y el alcance de las responsabilidades personales. Cada campaña
reivindicará la memoria de sus víctimas, sus sufrimientos, vejaciones y
verdades, con la absoluta certeza de ser moralmente superior a la de la contraparte
en competencia y demostrar que sus propias víctimas tienen mayor categoría y
dignidad que las del contrario. ¿Será más grave el secuestro de la guerrilla
que el asesinato o la desaparición forzada de los “paras” o los cometidos por
miembros de la fuerza pública? ¿El reclutamiento forzado de niños y niñas por
las Farc o su bombardeo por parte del Ejército? ¿Las masacres perpetradas por
los “paras”, las “guerrillas” o los “falsos positivos” oficiales? Sin duda,
toda gradación y clasificación de las víctimas es una mayor degradación de su
identidad y dignidad. Pero en el horizonte de
cada campaña lo que importa es ganar la presidencia mediante la demonización y
deslegitimación del contrario, proyectándolo como el único y principal
responsable de la hecatombe actual y ser la encarnación de un criminal
irredimible a quien no se le puede permitir por ningún motivo que tenga derecho
a gobernar. Su tenebroso pasado de crímenes de lesa humanidad e impunidad anula
su derecho a gobernar en el futuro. Su historia partidista o personal le niega
de plano el ejercicio de la política y su pasado delictivo la posibilidad de un
futuro diferente al de la cárcel y el repudio social. Argumentan que solo los
considerados “ciudadanos de bien” tendrán derecho a elegir y gobernar, pues
supuestamente sus líderes y ellos mismos nunca han tenido responsabilidad
política, ni social y menos militar alguna con ese horripilante pasado de
violencia. Basta recordar e imitar esa ejemplar reconciliación del Frente
Nacional entre los máximos líderes de ambos partidos después de la tenebrosa
Violencia de los años cuarenta y cincuenta, cuyo número de víctimas y
principales protagonistas fue conveniente olvidar. Pareciera que somos
incapaces de emitir un juicio político responsable sobre el pasado, más allá de
nuestras simpatías partidistas de origen familiar, de clase, étnico o creencias
religiosas. Somos maestros del maniqueísmo, pues solo los del otro partido son
corruptos y criminales. En contraste, en nuestro
partido solo hay candidatos virtuosos y de bien predestinados para gobernar con
credenciales impolutas y un pasado ejemplar, propio de aristócratas. El resto,
es una plebe de igualados y populistas que carecen de competencia para
gobernar, camuflados en organizaciones de montonera con siglas políticas e
históricas pretenciosas.
Una disputa horrorosa
Así
llegamos a la actual disputa de las cifras del horror, que ya circulan
velozmente por las redes sociales, pero también entre las mismas campañas. El
Pacto Histórico exhibe los más de 6.400 “falsos positivos” de la “seguridad
democrática” uribista y el Centro Democrático riposta con más de 18.000 niños y
niñas reclutados por las Farc[iii], sindicando a Iván
Cepeda de cómplice de semejante atrocidad, como si él hubiese sido comandante
guerrillero y hasta abusador sexual. Incluso se revive el nombre de su padre,
Manuel Cepeda Vargas, para asociarlo a un frente guerrillero de las Farc-Ep que
se lo apropió y actuó criminalmente, mancillando así la memoria y actividad
democrática de su padre como senador de la Unión Patriótica, quien fuera
asesinado por agentes del Ejército nacional[iv]. Y en esa deriva
maniqueísta del pasado se atribuyen con vehemencia y facilidad
responsabilidades personales absolutas, sin un análisis riguroso del contexto
histórico. Así aparece el abuelo de Paloma, el expresidente Guillermo León
Valencia, como el único responsable oficial de la “operación soberanía”,
que terminó engendrando a las Farc en 1964 en Marquetalia. Se omite la
beligerante campaña del entonces senador Álvaro Gómez Hurtado contra las
llamadas “repúblicas independientes”, el respaldo casi monolítico de los dos
partidos tradicionales, los gremios y el contexto de la guerra fría entre
Estados Unidos y la Unión Soviética, que propiciaron esos bombardeos y no atendieron
fundamentales reivindicaciones sociales y reformas propuestas por los
campesinos.
Un peligro inminente
Pero
esa escalada de sindicaciones históricas es mucho más peligrosa, irresponsable
y grave cuando se vive en presente y se lanzan acusaciones temerarias en
desarrollo de la actual campaña, como la del expresidente Uribe contra Cepeda[v] al señalarlo de estar
instigando su asesinato, como supuestamente lo hizo con el senador Miguel Uribe
Turbay. Así se deslegitima de plano el debate electoral, pues se estigmatiza y
señala a un adversario democrático, en este caso a Iván Cepeda, de ser un
potencial criminal y el acusador se reviste con las prendas y la identidad de
una futura víctima objeto de persecución y amenazas mortales. Con toda la
razón, el candidato y senador Cepeda emplazó al expresidente Uribe a formular
una denuncia penal en su contra y aportar las pruebas que tiene para tan grave
sindicación. Es inadmisible promover en la actual campaña esa deriva de
confrontación entre Cepeda y Paloma, quienes no pueden caer en esa trampa del
pasado, salvo que pretendan gobernar con esa pesada carga de rencores y
horrores y así perpetuar nuestra vida política como una disputa interminable
entre víctimas irredentas y victimarios impunes. En adelante voy a autoplagiarme
y retomaré lo que escribí hace un año, citando la célebre “Oración por la paz” de Jorge Eliecer Gaitán.
Una memoria para la
democracia
“El
próximo 9 de abril, oficialmente es el “Día de la Memoria y la Solidaridad con las
Víctimas” [i]. Una fecha memorable y dolorosamente actual porque en
Colombia parece que nunca mueren las víctimas, pues vivimos en medio de una
victimización incesante y permanente, cotidiana, cuyo origen histórico es casi
imposible precisar. Es como si las víctimas fueran un signo de nuestra
identidad nacional y del paisaje político. Desde luego, tampoco mueren los
victimarios porque ellos siempre están asistidos de “buenas razones” y de una
conciencia libre de toda sospecha y responsabilidad para cometer sus crímenes
impunemente, generación tras generación. Algunos lo hacen en nombre del Estado,
la Democracia, la Patria y la Seguridad, otros en nombre de la Justicia, la
Revolución y hasta la Liberación Nacional. Todas palabras con mayúscula, como
la magnitud de sus crímenes, tras los cuales ocultan la defensa de privilegios
intocables, venganzas personales, ideologías fundamentalistas y hasta codicia
sin límites. Pero hubo un hombre que intentó detener esa sangría interminable
hace ya casi 80 años, Jorge Eliecer Gaitán, en un célebre discurso, casi
olvidado, que se conoce como la “Oración
por la Paz” [ii], pronunciada en la plaza Bolívar de Bogotá el 7 de febrero
de 1948. Lamentablemente fue
asesinado dos meses y dos días después en inmediaciones de la misma plaza.
La Oración por la Paz
Una
oración muy pertinente para los próximos días de semana santa, pues contiene la
principal clave para que los colombianos pongamos fin a esta victimización
interminable e intentemos, 78 años después de su magnicidio, una reconciliación
política auténtica, amplia, estable y duradera, que empieza por el reconocimiento que todos tenemos a la
política sin apelar a la violencia verbal y exacerbante del odio que antecede a
la directa y letal de las armas. Esa clave la encontramos en el siguiente
aparte de la oración, dirigida a la conciencia del presidente conservador
Mariano Ospina Pérez, quien no la atendió: “Señor
presidente: Os pedimos cosa sencilla para la cual están de más los discursos.
Os pedimos que cese la persecución de las autoridades y así os lo pide esta
inmensa muchedumbre. Pedimos pequeña
cosa y gran cosa: que las luchas políticas se desarrollen por cauces de
constitucionalidad”. Esa
petición es, ni más ni menos, la esencia de la democracia y si se hubiera
atendido no estaríamos ahora naufragando en este mar de violencias degradadas,
donde la política se mezcla inextricablemente con el odio, la venganza y la
codicia”. Hasta aquí mi autoplagio del pasado. Ahora, vuelvo al presente.
¿De la victimización reciproca
a la reconciliación política?
Es
de esperar, entonces, que esta campaña en curso, con protagonistas como Cepeda,
Quilcué y Paloma, con tanto peso histórico de sus antepasados en sus
identidades y memorias, transiten no solo por “cauces de constitucionalidad” y
legalidad, sino sobre todo que nos presenten horizontes de futuro. Que
no pretendan hacer un imposible ajuste de cuentas político y mucho menos social
con el pasado, azuzados por quienes saben más odiar que gobernar. Que se
inspiren en estadistas y líderes como Gandhi y Mandela y nos propongan nuevos
horizontes políticos, sociales y económicos para la reconciliación nacional.
Horizontes que impidan la perpetuación de más generaciones de víctimas
irredentas, sin derecho a su vida, identidad, verdades y reivindicaciones de
equidad, pero sobre todo sin más victimarios impunes. Victimarios presentes en
todo el espectro político, incapaces de reconocer sus responsabilidades y
todavía empeñados en hacer campaña y gobernar en “modo guerra”, negando el
valioso trabajo de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y el informe
final de la Comisión para el esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la
no Repetición. Porque sin el reconocimiento de todas las verdades, por
dolorosas que sean y de sus principales responsables, nunca serán posibles una
justicia reparadora y menos la reconciliación política. Como sabiamente lo dijo el nobel de
literatura José Saramago: “Somos la memoria que tenemos y la
responsabilidad que asumimos. Sin memoria no existimos y sin responsabilidad
quizá no merezcamos vivir”. Sentencia que todos deberíamos tener en
cuenta en desarrollo de esta tensa y crispante campaña presidencial para
valorar la madurez y prudencia de todas y todos los aspirantes, sus fórmulas
vicepresidenciales y así decidir nuestro voto con memoria y responsabilidad
democrática, en solidaridad con todas las víctimas y repudio político y condena
ética de todos sus victimarios, sean institucionales o ilegales, insurgentes o
contrainsurgentes.
[i] https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/colombia-entre-la-victimizacion-eterna-y-la-reconciliacion-imposible/
[iii] https://www.jep.gov.co/Sala-de-Prensa/Paginas/La-JEP-establece-que-al-menos-18.667-ni%C3%B1os-y-ni%C3%B1as-fueron-reclutados-por-las-Farc-EP.aspx
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