REMEMBRANZAS MUNDIALISTAS (I)
https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/remembranzas-mundialistas-i/
Hernando Llano Ángel.
Cada 4 años suele coincidir la elección
presidencial con el mundial de fútbol, excepto el último, realizado en Catar
entre el 20 de noviembre y el 18 de diciembre de 2022, cuya final ganó
Argentina frente a Francia 4-2 desde tiros del punto penal, pues el tiempo
extra terminó 3-3. Y como ya estamos en la víspera del comienzo del mundial más
prolongado de la historia, desde el próximo jueves 11 de junio hasta el domingo
19 de julio, con 48 selecciones clasificadas y 104 partidos, es un buen momento
para recordar lo acontecido en Catar. Por eso, van estas remembranzas. En esta
primera entrega “plagiaré” algunos apartes de dos Calicanto que entonces
escribí. El primero, al comienzo y el segundo al final del mundial en Catar. En
posteriores entregas, continuaré con los mundiales de Sudáfrica, Brasil y
Rusia, como calistenia de memoria futbolística para apoyar con entusiasmo a
nuestra Selección y llevarla a la final, el próximo 19 de julio, contra España
o quizá Francia.
“CATAR, UN MUNDIAL DE FÚTBOL ESPECTACULAR Y ESPECTRAL”[i]
Con este título, el 17 de
diciembre de 2022 resumí el mundial realizado por Catar, cuyo principal
objetivo fue la utilización del máximo evento futbolístico del planeta en
función de la política internacional, igual a como ahora pretende hacerlo Trump
de la mano de Infantino. Entonces lo describí así: espectacular por la belleza de los estadios y el despliegue
publicitario para proyectar a Catar como un país moderno, rico y esplendoroso,
que emula y supera en prosperidad a la mayoría de los países occidentales. Algo
similar hizo Putin hace cuatro años, cuando pretendió convencer al mundo del
renacimiento de una Rusia poderosa y feliz, que hoy niega con su brutal y
criminal invasión de Ucrania. Detrás de ese marketing político-futbolístico
está el terror. Un terror auspiciado por la FIFA, la organización internacional
más hipócrita, corrupta y peligrosa del planeta, pues logra suspender nuestro
juicio moral en nombre de un fútbol radicalmente inhumano.
Es el terror auspiciado por esa alianza letal entre la riqueza, el
crimen, el autoritarismo y la impunidad de mandatarios como Putin y el emir
Tamim bin Hamad Al Thani, quien llegó al trono en 2013 luego de la abdicación
de su padre, Hamad bin Khalifa Al Thani. Por eso el mundial de Catar es
espectral. Detrás de esos fabulosos estadios se esconde la explotación y muerte
de un número incierto de trabajadores migrantes –muy parecida a las vidas
sacrificadas en cualquier campo de concentración nazi o en un Gulag soviético—
pues nadie responde por esas vidas cegadas en aras del más fastuoso y costoso
mundial realizado. Esas vidas no valen nada, más aún se pone en duda el número
de trabajadores que cobraron esos fatales accidentes laborales. Son “nuda vida”[ii],
en la expresión del filósofo Giorgio Agamben.
Los gritos agónicos en caída
libre de esos obreros migrantes, hoy son acallados por la estridencia de los
goles celebrados por los miles de fanáticos de sus selecciones victoriosas. Las
lágrimas solo alcanzan para lamentar la eliminación de las selecciones amadas,
no para los migrantes sacrificados y “desaparecidos”. Los himnos se entonan en
nombre de los jugadores y las selecciones que se disputan la copa mundial. No
hay ni siquiera un réquiem por quienes hoy nos brindan con sus vidas tanta
alegría, celebrada en todo el planeta. Eso ya no nos importa, solo queremos
disfrutar y gozar el mundial. No hay lugar para la culpa y los lamentos. No se
puede arruinar el hermoso eslogan de este mundial: “Football unites the world
in passion, in love, in peace. Football unites us in hope and in joy. Football
unites us all. Football unites the world”, que escuchamos en boca de Cristiano
Ronaldo, Harry Kane y Lionel Messi, entre otras destacadas figuras, antes de
cada partido.
Para mayor ironía, las estrellas de Francia, como Kylian Mbappe, es
nacido en París, pero hijo del inmigrante camerunés Wilfried Mbappe y Ousmane
Dembélé, también parisino, es hijo de padre maliense y de madre francesa con
ascendencia mauritana y senegalesa. Ambos defienden la bandera de una nación
que en su pasado colonialista dejó una estela de oprobios y crímenes impunes en
el continente africano. Y hoy Francia es campeona mundial gracias al talento,
el esfuerzo y los goles de esos hijos de inmigrantes, que un número nada
despreciable de franceses, liderados por Marine Le Pen, desprecian y no
quisieran tener en su territorio. Como se puede leer en Wikipedia: “Le Pen se
opone fuertemente al multiculturalismo, llamándolo "un arma para el
extremismo islámico” y ha apoyado leyes en contra del uso de símbolos
religiosos en público que han sido categorizadas por algunos como
Islamofobicas. En varias ocasiones ha mostrado su apoyo al mandatario ruso
Vladímir Putin y, a pesar de condenar la Invasión rusa de Ucrania de 2022, se
ha negado a retirar su apoyo a Putin, llamándolo "un posible aliado para Francia".
Y en el artículo sobre la final
entre Francia y Argentina, jugada el 18 de diciembre de 2022, me referí al
duelo entre quizá las dos naciones más chauvinistas del planeta:
UNA FINAL CHAUVINISTA[iii]
Este domingo la final del mundial en Qatar entre Argentina y Francia
será el mayor duelo chovinista en la historia del fútbol, el deporte que
exacerba las expresiones más fanáticas y extremas de nacionalismo.
Curiosamente, ambas naciones son en sus respectivos continentes las campeonas
del chovinismo: “la exaltación desmesurada de lo nacional frente a lo
extranjero”. No es la modestia propiamente un rasgo de identidad nacional de
argentinos y franceses. Es casi imposible discernir, entre un argentino y un
francés y saber cuál de los dos siente más orgullo por su propio país, sus
carnes, vinos y quesos. No por casualidad chauvinisme proviene de la lengua
francesa. Pero, paradójicamente, los mejores jugadores de ambas selecciones,
Messi y Mbappe, no padecen de chovinismo futbolístico. Ese título es propiedad
exclusiva de la soberbia de Cristiano Ronaldo. Un narcisista enfermizo que en
este mundial recibió una lección dolorosa, viendo desde el banco como su propio
reemplazo, Gonçalo Ramos de 21 años, anotaba un triplete de goles frente a
Suiza. Y, en otro aparte, referido a la práctica del fútbol y sus rasgos distintivos,
intenté explicar porque es un deporte con resultados impredecibles:
El fútbol es más que un mundial
Es un deporte pedestre como pocos, que se hace con los pies, pero se
gana con la inteligencia y la pasión. Por eso en él no triunfan los impostores,
como sucede con frecuencia en la política, donde suelen ganar los jugadores más
tramposos y habilidosos, excepcionalmente los más competentes y honestos.
Aquellos que ladinamente ponen zancadillas a sus adversarios, anotan goles con
sus manos corruptas y engañan a los electores con sus mentes torcidas y
promesas demagógicas. En la cancha de fútbol es más difícil que esto suceda. Es
casi imposible ganar a punta de juego sucio y astucia, salvo que un equipo
compre al árbitro, como algunos políticos lo hacen con la justicia o los
electores. Pero en esta era de tecnología aplicada, con las ayudas milimétricas
del V.A.R, es casi imposible que la trampa triunfe. Maradona no podría haber
contado con “la mano de Dios” para anotar su gol contra Inglaterra.
Si en la política dispusiéramos del V. A. R y viéramos todos los
acuerdos y mangualas que tras bastidores hacen los políticos profesionales, los
compromisos que realizan con sus financiadores y potenciales votantes, ellos no
ganarían ninguna elección y probablemente la mayoría de los partidos serían
sancionados y expulsados por competencia desleal. No asistiríamos ingenuamente
al festival de las elecciones y seríamos mucho más responsables y exigentes en
el ejercicio de nuestra ciudadanía. Al menos, eliminaríamos fulminantemente del
juego del poder a quienes se dedican a robarse nuestra confianza, impuestos y
violan las reglas del juego limpio. Esto no sucede en una cancha de fútbol
porque la competencia es transparente y pública, se juega ante millones de espectadores,
donde lo que cuenta es la velocidad, habilidad y resistencia de todos los
jugadores, como el cumplimiento de las reglas y de las decisiones del árbitro.
El domingo 18 de diciembre veremos si la habilidad e inteligencia de
Messi podrá vencer la velocidad y fuerza de Mbappe. Si una selección totalmente
gaucha podrá superar la intercultural del seleccionado francés. De alguna
manera, Argentina juega contra Francia y casi media África. ¿Ganará el
chovinismo criollo argentino o el interculturalismo cosmopolita francés? Más
allá del ganador, todos viviremos, disfrutaremos y sufriremos una final
vibrante, donde comprobaremos una vez más que somos una especie radicalmente
lúdica y pasional, subyugada por este juego pedestre que nos paraliza cada
cuatro años. Un juego donde 20 atletas, utilizando sus extremidades más torpes
y con grados diferentes de habilidad, velocidad, precisión y fuerza buscan
vencer, literalmente a patadas, a dos arqueros que solo con sus frágiles e
inteligentes manos saltan y vuelan como ángeles para atrapar o rechazar el
balón y evitar que se anide en sus redes. Quizá por eso el fútbol es tan
irresistible y su atracción incontenible: es la disputa de 20 jugadores a ras
de tierra por el control de un esquivo balón que los eleva al cielo de la
gloria cuando termina en el fondo de la red del adversario o los arrastra al
infierno de la derrota si se escapa de las manos de su arquero y de los botines
de sus delanteros. Por eso la definición de un mundial desde el tiro penal es
la agonía del purgatorio para los delanteros y la consagración del cielo para
los porteros. Ojalá ni Messi ni Mbappe vivan esa agonía y la copa se defina
en franca lid y no con un tiro de gracia
desde los once metros. Hasta aquí el relato.
Nuestra final victoriosa en este mundial
Lamentablemente la final en Catar,
como todos la vimos, se definió desde los tiros penal y Argentina le ganó 4-2 a
Francia, gracias al espectacular desempeño de su portero, Dibu Martínez. Quizá
el 19 de julio de este año se repita esa final, pero siendo la víspera de
nuestra fiesta nacional del 20 de julio, creo que será entre nuestra Selección
y la española. Entonces ese grito de independencia de hace 216 años retumbará
ahora como gritos de goles victoriosos, venciendo una vez más a España, solo
que esta vez en forma incruenta y gloriosa sobre una cancha de fútbol y no como
sucedió hace 207 años en la batalla del puente de Boyacá, el 7 de agosto de
1819. En la próxima entrega, rememoraré algo de lo acontecido en los mundiales
de Rusia (2018) y Brasil (2014), donde James fue botín de oro con seis goles,
pese a que nuestra Selección solo llegó a cuartos de final, después de la
anulación del legítimo gol de Yepes contra Brasil.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario