Más allá de celebraciones estridentes y derrotas apabullantes
“El que vence engendra odio, el que es vencido sufre. Con serenidad y
alegría se vive si se superan victoria y derrota”, Dhammapada (capítulo XV-202)
Hernando Llano Ángel
Este aforismo del Dhammapada,
sabia advertencia contra la futilidad de las guerras y la obsesión por vencer,
deberíamos tenerlo en cuenta todos los colombianos mañana domingo 21 de junio,
cuando elijamos presidente de la República, pero también en los resultados de
nuestra Selección en el mundial de fútbol. Así lo ha expresado el mismo
presidente Petro en manifestación pública en Cali: “Ningún ciudadano o ciudadana que haya
defendido este Gobierno, que me haya hecho presidente, debe agredir a nadie el
domingo. Nada, a nadie”, ha
enfatizado durante un acto con sus
seguidores en Cali. “Lo ordeno como
presidente y mandatario del mandato que es el pueblo”[i].
Un mensaje muy significativo, dirigido a sus seguidores, en la ciudad que fue
el epicentro del llamado “estallido social” en el 2021, para desactivar
posibles excesos y provocaciones que deriven en víctimas mortales. Un llamado
que incluso deberíamos tener en cuenta en la forma como celebremos los
resultados de la Selección en el mundial de fútbol. Por ahora, estamos eufóricos
con la victoria de 3-1 sobre Uzbequistán, pero el martes 23 de junio podemos
lamentar la derrota o el empate frente a la República Democrática del Congo y
el 27 ante Portugal. De nuevo, citaré a Gabo y su Proclama “Por un País al
alcance de los niños”: “Nuestra insignia
es la desmesura. En todo: en lo bueno y en lo malo, en el amor y en el odio, en el júbilo de un triunfo y en la amargura de
una derrota. Destruimos a los ídolos con la misma pasión con que los
creamos. Somos intuitivos, autodidactas espontáneos y rápidos, y trabajadores
encarnizados, pero nos enloquece la sola
idea del dinero fácil”[ii].
Por eso la única forma de conservar la serenidad y la alegría, para los
próximos encuentros y después de las elecciones, es superando el jolgorio de
los triunfos y la tristeza por los empates o las derrotas. Eso lo saben muy
bien los jugadores de la Selección. Con mayor razón deberíamos saberlo todos
los ciudadanos en la política, ese juego del poder que nos define cómo vivimos y
morimos, desde la cuna hasta la tumba. Hay que repetirlo hasta la saciedad,
como bien lo expresaba Albert Camus en situaciones de máxima confrontación y
tensión política: “No estoy hecho para la política porque soy incapaz de desear o de
aceptar la muerte del adversario”. Por eso Abelardo de la Espriella e
Iván Cepeda tienen la máxima responsabilidad política e histórica mañana,
cuando conozcamos el resultado de las elecciones. Entre otras cosas, porque las
elecciones se inventaron para contar las cabezas, en lugar de cortarlas y así
evitar la muerte del adversario, que en el futuro podrá de nuevo aspirar a
ganar el apoyo de las mayorías. Esa es la primera y vital condición para la
existencia de la democracia. Aunque entre nosotros todavía parece estar en
duda.
“¡Contar cabezas en lugar de cortarlas!”
Según el informe de la Misión de
Observación Electoral (MOE)[iii]
hasta los comicios celebrados para Congreso en este 2026 el número de víctimas
mortales ya había superado la cifra de 67 colombianos, siendo el precandidato
presidencial Miguel Uribe Turbay, del Centro Democrático, la víctima más
lamentada y repudiada. Pero no debería ser así, pues la democracia muere con
cada víctima que es asesinada por razones políticas, más allá de su afiliación
partidista, su origen y posición social o su mayor o menor liderazgo público.
Simplemente porque la vida de todas las personas en una democracia tiene igual
valor y no tolera gradaciones de víctimas de primera o segunda categoría, así
como el voto tiene igual valor para todos, independientemente de la riqueza o
pobreza del elector, de su sabiduría o ignorancia. Por eso, sería no solo muy
lamentable, sino realmente absurdo, inadmisible y condenable, que por la
diferencia de unos cuantos votos se vaya a terminar cortando más cabezas
colombianas después de conocerse los resultados este domingo. Sería la perdida
total del sentido de las elecciones. Las urnas se convertirían en más tumbas y
los votos de vida en sufragios luctuosos. En gran parte, ello dependerá de cómo
ambos candidatos reciban los resultados del preconteo electoral, así como de la
total imparcialidad y absoluta marginalidad del presidente Gustavo Petro durante
dicho proceso.
Petro ante el juicio de la historia
Su intromisión no solo sería una
grave violación de la Constitución, sino que negaría su condición de gobernante
demócrata, como se precia de serlo y hasta ahora ha intentado demostrarlo, a
pesar de su beligerancia verbal, intemperancia y críticas contra decisiones de
altos tribunales, que cuestiona con frecuencia, pero siempre termina acatando y
cumpliendo. Es justo reconocerlo, pues lo ha hecho sin atentar contra la
autonomía e independencia de la rama judicial y menos introduciendo micrófonos
y grabadoras en sus recintos, como impunemente lo ordenó el entonces presidente
Álvaro Uribe Vélez contra la Corte Suprema de Justicia[iv]
durante sus investigaciones y deliberaciones por investigaciones relacionadas
con la parapolítica, que afectaron a gran parte de congresistas de su coalición
de gobierno. No hay que olvidar que terminaron siendo condenados cerca de 60[v],
entre ellos su primo Mario Uribe[vi]
y Miguel de la Espriella[vii],
familiar cercano de Abelardo. De otra parte, bien sabe el presidente Petro que
no puede seguir el mal ejemplo del entonces presidente liberal Carlos Lleras
Restrepo[viii],
quien tuvo responsabilidad directa en la burla y el fraude electoral contra el general
(R) Gustavo Rojas Pinilla y el triunfo de la ANAPO esquilmado ese 19 de abril
de 1970, que a la postre dio origen al M-19 y su posterior ingreso a dicha
organización como joven rebelde. No solo sería una insólita paradoja política,
sino una negación de toda su fulgurante carrera como congresista opositor,
alcalde de Bogotá y presidente de la República, que la historia no le
perdonaría y cuyas consecuencias en el presente serían funestas. De allí que su
llamado ayer en Cali a sus seguidores sea tan oportuno y valga la pena
repetirlo: “Ningún ciudadano o ciudadana que haya defendido este Gobierno, que me
haya hecho presidente, debe agredir a nadie el domingo. Nada, a nadie”.
Por eso, deberá abstenerse de emitir opinión alguna sobre el resultado del preconteo
electoral y esperar con prudencia la finalización del proceso de escrutinio,
que definirá el próximo presidente de 2026-2030.
El preconteo electoral no es vinculante
De otra parte, los candidatos De
la Espriella y Cepeda deberían hacer un pacto de caballeros en el sentido de no
precipitarse a celebrar victoria, solo con el resultado que arroje el preconteo
electoral, sobre todo si la diferencia entre ambos es de pocos votos, pues dicho
preconteo no tiene fuerza vinculante y se debe esperar hasta que el escrutinio
defina el ganador. Ambos deben contener la impaciencia por celebrar un triunfo
prematuro. No hay lugar con el preconteo para celebrar victorias estridentes y
mucho menos derrotas definitivas si las diferencias no son significativas e
irreversibles entre ambos candidatos. Como en los partidos del mundial, solo
cuando el árbitro da el pitazo final --en este caso cuando el escrutinio ha
finalizado y la Registraduría oficialmente da un resultado-- se podrá celebrar.
Y como suele suceder, entonces los jugadores reconocen con serenidad el
resultado, se estrechan las manos y se retiran tranquilos al camerino,
esperando en el futuro una nueva oportunidad para la revancha deportiva. Un
ritual que ambos candidatos deberían emular, evitando el ganador celebrar su
victoria en forma estridente y menos ir a estimular a su equipo e hinchada a
salir a las calles a humillar a los derrotados, pues ello derivaría en una
batalla campal que arrasaría por completo el campo de juego de la democracia,
poblándolo de víctimas mortales.
El triunfo de la Constitución
Para evitarlo, el candidato
derrotado deberá, además de reconocer el resultado y felicitar al ganador,
recordarle que por encima de ambos y de todos se encuentra la Constitución y
que su triunfo no es absoluto y sin límites. Mucho menos que le confiere
atribuciones para desconocer los derechos de los vencidos e imponer su voluntad
y sus intereses por la fuerza y en forma arbitraria sobre los derrotados, ya
sea en nombre de la Patria, del Pueblo o de las mayorías que dice representar.
La democracia no tolera los abusos de poder y menos la soberbia y
discrecionalidad sectaria y apasionada de un gobernante sin límites, extraviado
en su megalomanía de salvador, defensor de la Patria o adalid de la Justicia
Social, que amenaza con destripar a quienes se le opongan. En ese caso,
instauraría una autocracia cacocrática, pues habrá robado y engañado la
confianza de quienes lo eligieron creyendo en promesas y milagros irrealizables,
como lo hacen los demagogos, los taumaturgos y quienes desprecian y violan la
Constitución, empezando por su artículo 188 que obliga al presidente a “garantizar los derechos y las libertades de
todos los colombianos”, pero sobre todo el artículo 1 que define a Colombia
como un Estado Social de derecho y una Nación “fundada en el respeto de la
dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran
y en la prevalencia del interés general” y su complemento el artículo 13
que consagra que “Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de
las autoridades y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de
sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o
filosófica. El Estado promoverá las condiciones
para que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas en favor de grupos discriminados o marginados. El
Estado protegerá especialmente a aquellas personas que, por su condición
económica, física o mental, se encuentren en circunstancia de debilidad
manifiesta y sancionará los abusos o maltratos que contra ellas se cometan”.
Solo garantizando el triunfo y la vigencia de la Constitución sobre todos y
todas tendrá sentido celebrar el resultado de las elecciones, independientemente
de quien sea el ganador. Por el contrario, si éste la desconoce y empieza a
gobernar en forma autoritaria y arbitraria, imponiendo sus intereses y los de
sus seguidores en forma violenta, a imagen y semejanza de un Trump tropical,
todos habremos perdido, pues viviremos bajo una cacocracia: “un ‘gobierno
de malvados’ o un ‘mal gobierno’
(en ocasiones se ha definido como ‘gobierno
de los ineptos’)”[ix],
que es lo que está sucediendo en los Estados Unidos de Norteamérica y se está revelando
con el naufragio de MAGA en el estrecho de Ormuz.
[i] https://elpais.com/america-colombia/elecciones-presidenciales/2026-06-20/elecciones-colombia-2026-la-segunda-vuelta-de-las-presidenciales.html
[iii] https://www.infobae.com/colombia/2026/05/26/violencia-control-armado-y-desinformacion-marcan-la-alerta-por-riesgo-extremo-electoral-en-139-municipios/
[iv] https://www.infobae.com/america/agencias/2025/05/20/corte-suprema-ratifica-condenas-a-exaltos-cargos-del-gobierno-uribe-por-escuchas-ilegales/
[vii]https://www.elcolombiano.com/colombia/condenan-a-cinco-anos-de-carcel-al-excongresista-miguel-de-la-espriella-FD1959456
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