MÁS ALLÁ DE LAS
FÓRMULAS VICEPRESIDENCIALES (II)
https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/mas-alla-de-las-formulas-vicepresidenciales-ii/
Hernando Llano Ángel.
Continuando
con el análisis de las duplas vicepresidenciales, la de Iván Cepeda y Aída
Quilcué se inscribe en el horizonte histórico de la distinción Gaitanista entre
el llamado “País político” y el “País Nacional”, que describió así el líder
popular en un discurso pronunciado el 20 de abril de 1946 en el Teatro
Municipal de Bogotá: “En Colombia hay dos
países: el país político que piensa en sus empleos, en su mecánica y en su
poder y el país nacional que piensa
en su trabajo, en su salud, en su cultura, desentendidos por el país
político. El país político tiene rutas
distintas del país nacional. ¡Tremendo
drama en la historia de un pueblo!”. El próximo mes se cumplirán 80
años de haber formulado Gaitán esa dramática distinción, que advertía no era
exclusiva de Colombia, “según lo
demuestran las leyes de la sociología”, pero en la que todavía todos
continuamos viviendo pues ese divorcio y antagonismo parece insuperable. En él
está el origen y epicentro real de la narrativa actual sobre la polarización de
la campaña electoral en curso. En tanto una nación no logre reconocer y
reconciliar las demandas y conflictos inherentes a la vida social a través de
la representación y mediación de la vida política institucional y de la acción
justa del Estado, siempre existirá esa tensión y polarización inevitable. Tal
situación no se puede superar solo con buena voluntad y discursos más o menos
convincentes sobre la necesidad de un supuesto “centro político” que la haría
desaparecer, como es la obsesión y principal bandera de más de una dupla
presidencial, que busca el respaldo de las mayorías en las urnas el próximo 31
de mayo.
Más allá del “centro
político”
Según
dichas duplas, profundizar esa polarización entre la derecha del “país
político” y la izquierda del “país nacional”, nos arrastraría todavía más al
abismo insondable del odio y las justificaciones maniqueas de una “violencia
buena” –la institucional— contra una “violencia mala” –la social. La de los
“ciudadanos de bien” contra el vandalismo de la “chusma” y la “primera línea”,
que esperan agazapadas un pretexto para un nuevo “estallido social”. En el
imaginario ciudadano más estigmatizador y primario, la derecha democrática
contra la izquierda comunista, en la semántica sectaria de los llamados jefes
naturales de los partidos políticos. En el lenguaje de las cloacas de las redes
sociales, los “paras” contra los “mamertos”. De allí que las demás duplas,
exceptuando la de Abelardo y Restrepo, se disputen con tanto ahínco encarnar
ese “centro político”. Para empezar, tenemos a Sergio Fajardo, “soy profesor de
lógica matemática”, con su rostro casi suplicante y puro, diciéndonos: “no se
dejen polarizar”, acompañado por Edna Bonilla. Ambos representan bien el valor
de la educación y postulan la decencia y la deliberación como expresión de su
estilo político y gestión de lo público. Continuando con Claudia López y
Leonardo Huerta, expresión de carácter y coherencia en su actuación pública contra
la criminalidad narco-parapolítica tan afín a Uribe y contra la corrupción
administrativa propia del “país político”, que siempre cuenta con el patrocinio
de los esforzados y transparentes empresarios favorecidos por la contratación
pública. Sin duda, estas dos duplas son las más centristas, frente a las otras siete[i] conformadas por Luis Gilberto Murillo – Luz Zapata; Miguel
Uribe – Luisa Fernanda Villegas; Mauricio Lizcano – Pedro de la Torre; Clara
López – María Consuelo del Río; Roy Barreras – Marta Lucía Zamora; Santiago
Botero – Carlos Cuevas y Sondra MaCollins – Leonardo Karamque, que compiten por
representar a millones de colombianos del “país nacional” que repudian la corruptela
clientelista y patrimonialista, quintaesencia del “país político”. Solo nos
queda la dupla de Abelardo y José Manuel Restrepo, con su intimidante tigre y patética
pose militar, que reclama el discurso del orden, la seguridad y la supuesta
“salvación de la Patria” y saben bien que más allá de la derecha solo tienen
amigos. Ese alarmismo electoral oportunista se aprovecha del insondable “agujero
negro” abierto entre el “país nacional” y el “país político”, que ninguna de
las fórmulas presidenciales, por sí sola, podrá cerrar y menos suturar, pues es
una herida histórica con secuelas profundas de sectarismo político, exclusión
social, étnica, cultural y regional, muy bien expuestas en la nominal
Constitución de 1991. Una democrática y progresista Constitución que no rige en
la vida social y mucho menos regula los poderes de facto, más allá de las
sesudas jurisprudencias de los magistrados de la Corte Constitucional,
frecuentemente desconocidas, como aconteció con la imploración del cese el
fuego del entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia, Alfonso Reyes
Echandía, el nefasto 6 de noviembre de 1985.
Metástasis del
“Agujero Negro”
El
“agujero negro” entre esos dos países amenaza con perpetuar esa herida abierta
que nos desangra y enemista desde hace más de 80 años, ahora agravada por la
metástasis cancerosa de las economías ilícitas y sus numerosas y violentas
organizaciones criminales, algunas bajo la coartada de la rebelión y otras en
coalición con el “país político” y sus voceros más conspicuos, catapultados al
Congreso. En el pasado reciente, bajo la exitosa fórmula de la “parapolítica”,
con una representación cercana del 35% en el Congreso, según Salvatore Mancuso,
entonces gran elector en los territorios bajo su control que a la postre
catapultaron a Uribe a la Presidencia. Una herida que, desde luego, se
profundizaría mucho más si Abelardo apela al bisturí militar y ni hablar si se
la entrega a las garras depredadoras de su tigre. Una herida que, de alguna
forma, hoy vuelve a estar en primer plano en las duplas del Pacto Histórico y
el Centro Democrático, especialmente en las figuras de Aida Quilcué y Paloma
Valencia. La primera, una lideresa indígena, heredera del legado y las luchas
sociales comandadas por Manuel Quintín Lame Chantre (187º-1967)[ii], de quien se considera su
“nieta política”, al igual que Paloma, “hija política” de Álvaro Uribe. Manuel
Quintín Lame, en una olvidada e histórica proclama de 1927, llamaba a los
pueblos indígenas, sustrato originario del “país nacional”, a decirle adiós a
los partidos conservador y liberal en los siguientes términos: “Esos dos partidos, liberal y conservador,
han sido los que han arruinado en todas
sus partes las propiedades territoriales y de cultivo de los indígenas
naturales de Colombia…Para nosotros los indígenas, tengamos delito o no lo tengamos,
están las cárceles abiertas…Queridos hermanos y compañeros indígenas: despidámonos de eso dos viejos partidos,
pero sin darles la mano, sin decirles adiós…Por lo tanto es nulo y de valor
ninguno los repartos de tierras indígenas que han hecho en todos los
departamentos”.
La Paloma “Arco Iris”
Y
por el Centro Democrático tenemos a Paloma Valencia Laserna[iii], ahora candidata
policroma de centro-derecha, en compañía del “distinto” Oviedo, así se
autodenomina él mismo. Paloma es nieta del expresidente conservador Guillermo
León Valencia (1962-1966) y por vía materna, también de Mario Laserna Pinzón,
filósofo, catedrático y fundador de la Universidad de los Andes. Sin duda,
ambas lideresas tienen un acendrado abolengo con el “país nacional” y el “país
político”, respectivamente. Para mayor simbolismo y relación de ellas con esa
herida abierta entre los dos países, hay que recordar el protagonismo y la
responsabilidad histórica de su abuelo y expresidente, Guillermo León Valencia,
con la “operación Soberanía”[iv] que bombardeó a la “república
independiente de Marquetalia”, llamada así por su copartidario conservador
Álvaro Gómez Hurtado, y que precipitó el mito fundacional de las Farc en mayo
de 1964, en ese entonces solo una autodefensa campesina bajo el influjo de los
partidos comunista y liberal.
El pasado presente
El
resto, hasta hoy, es historia por todos conocida, pero no necesariamente
aprendida, pues el Pacto Histórico también está infiltrado por las prácticas clientelistas
y corruptas del “país político”, como lo hemos visto con numerosos escándalos,
siendo el de la Unidad Nacional para la Gestión del riesgo de Desastres[v] el más conocido. Justamente
en las elecciones del próximo 31 de mayo vuelve a presentarse ese pulso entre
esos dos países irreconciliables, con la diferencia de que en las elecciones
para Congreso del pasado 8 de marzo el “país nacional” con el Pacto Histórico
obtuvo como lista cerrada el mayor
número de curules en el Senado, 25, pero de nuevo quedó en minoría frente al
“país político”, si sumamos a las 17 curules del Centro Democrático las
restantes obtenidas por los partidos liberal, conservador y demás microempresas
electorales con sus numerosos testaferros de conglomerados empresariales y financieros,
quienes ya tienen su credencial de senadores. Así las cosas, las fórmulas
presidenciales del Pacto Histórico y del Centro Democrático son mucho más que
una cuestión electoral, pues representan nada menos que el máximo desafió
político para una nación, como es superar ese abismo existente entre una esfera
política y estatal incapaz de representar los intereses de las mayorías
sociales, sin cuya materialización y fusión no será posible la existencia de un
auténtico Estado Social de derecho y mucho menos la plena vigencia de la
Constitución del 91 y la convivencia democrática con el logro de la paz
política. Tal desafío es lo que se definirá el próximo 31 de mayo o el 17 de
junio, en segunda vuelta y en pleno mundial de fútbol. Y si tal desafío se
asume como un partido eliminatorio del mundial y un juego de suma cero, donde
el triunfador desconoce los derechos del vencido y cobrará revancha histórica
implacable sobre su contrincante, entonces la gran perdedora será otra vez la
democracia, ya sea bajo el nombre y con la camiseta del “País Político” o el
“País Nacional”. Solo nos quedaría la esperanza de que la selección Colombia
triunfe sobre Portugal en su partido del 27 de junio. Sin duda, ambos resultados
son tan vitales como inciertos y nuestra influencia sobre ellos es semejante y
muy limitada, siempre y cuando no nos dejemos arrastrar por el fanatismo del
triunfalismo y el sectarismo, pues en ese caso todos saldríamos perdiendo y
muchos correrían el riesgo de ser expulsados del juego político y hasta
físicamente ser eliminados.