LA TRAMOYA ELECTORAL
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https://elpais.com/america-colombia/elecciones-presidenciales/2026-03-02/la-tramoya-electoral.html
En campaña los candidatos descienden de sus pedestales y curules de
congresistas para volver a ser ciudadanos corrientes, se esfuerzan por ser
iguales a nosotros en la búsqueda desesperada de votos.
Hernando Llano Ángel.
(Artículo para EL
PAÍS, el periódico global, edición América-Colombia, marzo 2026)
Las elecciones son
la tramoya perfecta de la democracia liberal y el sufragio universal su llave
maestra, aquella que supuestamente cambia el escenario y el decorado del poder
estatal, promoviendo el ingreso de nuevos actores protagónicos en los aposentos
del poder, el Congreso y la Casa de Nariño. La inmensa mayoría de ciudadanos
llegan convencidos a las urnas de que basta con depositar su voto en ellas para
que todo cambie y sus vidas mejoren sustancialmente. Le confieren un poder casi
mágico al tarjetón y todavía más al simple acto de marcar sobre él y tachar con
una “X” a su candidato ganador. Si su partido y candidato triunfan es como si
se hubieran ganado el baloto, festejan ruidosamente y hasta desprecian a los
vencidos, tratándolos como unos pobretones despojados del poder. Hacen del
tarjetón un fetiche y creen que por ganar las elecciones ya están en el poder,
van a gobernar y hacer realidad todas sus aspiraciones y sueños, pues están
convencidos que en la democracia manda la mayoría, sin respetar los derechos de
las minorías y mucho menos las críticas de la oposición. Sus elegidos por lo
general no llegan a gobernar sino a vengarse, a tomar revancha y apropiarse el
Estado como un botín para repartirlo entre sus copartidarios y numerosas redes
clientelistas. Incluso hacen campaña prometiendo derogar leyes y revertir las
reformas sociales del anterior gobierno por considerarlas populistas e
improvisadas.
Democracia de “Barras bravas”
En resumen, tienen
una noción de barras bravas de la democracia, acompañada de mascotas furiosas,
consignas patrióticas y belicosas con gestos y saludos militares. Con esa
puesta en escena niegan por completo el espíritu civilista y deliberativo de la
democracia, que para ellos es puro discurso y la desprecian por falta de
carácter, de cojones y “verraquera”. Les gusta es mandar y que los obedezcan, a
eso reducen el poder, porque les cuesta demasiado trabajo pensar y persuadir.
Lo de ellos es la beligerancia, no la deliberación. La confrontación, no la
concertación. La imposición, no la conciliación. Sus consignas para volver al
Congreso o llegar por primera vez son muy “originales”: prometen acabar con la
corrupción, trabajar sin descanso y con transparencia, promover la justicia y
el bien común. Aunque durante su permanencia por varias legislaturas en el
Congreso no hayan rendido cuentas a la ciudadanía de sus ejecutorias y su
desempeño haya sido penumbroso, cuando no vergonzoso por sus ausencias y falta
de debates. Poco importa que, hasta hace pocas semanas, los que hoy aspiran a
la reelección, se hubiesen opuesto furiosamente a la reforma laboral y
pensional. Y, que una vez el Ejecutivo decretó el salario vital, hubiesen
puesto el grito en el cielo, descalificándolo por populista.
Cambio de Identidad
Ahora, en su
búsqueda desesperada de votos, todo ha cambiado. Pareciera que fueran aliados
del gobierno, pues la mayoría de los que ayer eran furibundos opositores hoy
son partidarios de la “cuestión social” y ponderan el salario vital. Pero donde
es más visible y hasta risible su cambio de identidad política y comportamiento
es en la forma como se relacionan con el ciudadano común, al que ahora saludan
de la mano, se toman selfies con él, escuchan atentamente y agradecen sus
sugerencias, que prometen serán incorporadas en sus proyectos de ley. Han
descendido de sus pedestales y curules de congresistas para volver a ser
ciudadanos corrientes, de a píe, y se esfuerzan por ser iguales a nosotros y
hasta se lamentan e indignan por el alto costo de la vida, pues sus menguados
ingresos de congresistas ya casi no les alcanzan para cubrir sus gastos. Se han
despojado de todo el protocolo de su poder de congresistas, ya no tenemos que
pedirles citas, pues nos atienden inmediatamente en calles, plazas, el
transporte público y en un arrebato de demócratas integrales y eruditos nos
recuerdan la definición de Abraham Lincoln en 1863 en su famoso “Discurso de
Gettysburg”: “La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo
y para el pueblo”.
¿De cuál democracia me hablas?
Pero una vez son
electos y llegan a sus curules, su rol de demócratas integrales y ciudadanos
corrientes desaparece. Ahora son Honorables Congresistas, muy ocupados, a
quienes hay que solicitar citas con meses de antelación, pues no tienen tiempo
para atender tanta gentuza inoportuna, esa legión de vagos que no los deja
tranquilos y menos atender como es debido las reuniones de trabajo en selectos
clubes y congresos gremiales con sus generosos patrocinadores: banqueros,
comerciantes, empresarios, ganaderos y sacrificados lideres agroindustriales,
de quienes solo depende la prosperidad de Colombia. Ya la democracia no es
el “gobierno del pueblo”, sino el gobierno de los
plutócratas. Menos es el gobierno ejercido por el pueblo,
pues quienes toman las decisiones y gobiernan son los políticos electos, los
que tienen la “preparación” y saben “administrar muy bien lo público,
transparentemente”, como si fuera su empresa privada y hacen del Estado un
mercado para subastarlo entre cacocratas. Por último, menos es el
gobierno para el pueblo, pues eso sería el horror del populismo,
la oclocracia y no el gobierno para la seguridad jurídica y la
estabilidad de los negocios, como es lo propio de la democracia
liberal. Si lo leído hasta aquí le suena demasiado panfletario, propio de un
académico izquierdista y hasta “mamerto”, le recuerdo el aparte final del
artículo 1 de nuestra Constitución Política que dice: “Colombia está fundada
en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad
de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general” y,
en cuanto el compromiso y las obligaciones constitucionales de los
congresistas, el artículo 133 nos dice que “Los miembros de cuerpos
colegiados de elección directa representan al pueblo, y deberán actuar
consultando la justicia y el bien común. El elegido es responsable
políticamente ante la sociedad y frente a sus electores del cumplimiento de las
obligaciones propias de su investidura”. Pero en su ejercicio son contados
los congresistas que cumplen esos dos artículos constitucionales, porque
obedecen a la tramoya que define sus comportamientos y decisiones. Una tramoya
que está conformada por conglomerados económicos que financian sus partidos y
campañas, como lo demuestra la siguiente investigación de Cuestión Pública[i]: “Entre 2010 y 2025, los bancos de Sarmiento
Angulo, El GEA, el Grupo Bolívar y los Gilinski aportaron o prestaron $33.843
millones para campañas al Congreso (si se suman las elecciones locales, esta
cifra asciende a 110.367 millones); es decir, 7 de cada 10 pesos destinados por
los principales conglomerados económicos a candidatos al Congreso se entregaron
a través de sus bancos. Según los datos analizados por Cuestión
Pública, los principales beneficiarios de estos préstamos y aportes fueron los
partidos tradicionales. El 91% de los recursos, es decir, $31 mil millones
aproximadamente, fue a parar a cinco partidos: el Centro Democrático
($9 mil millones), el Partido Liberal ($7 mil millones), el Partido de la U ($6
mil millones), Cambio Radical ($4 mil millones) y el Partido Conservador ($4
mil millones). Los otros tres mil millones fueron para el Partido
Verde (un poco más de mil millones); el Polo Democrático ($300 millones
aproximadamente), entre otros”. Conviene leer la investigación completa
en el portal de CUESTIÓN PÚBLICA: https://cuestionpublica.com/. Si lo hace y conoce mejor esa sofisticada tramoya de los conglomerados
económicos, los llamados supercacaos, usted podrá decidir si bota su voto una
vez más respaldando esos candidatos patrocinados o, por el contrario, vota
informada y responsablemente por quienes considere que al menos cumplirán esos
dos artículos de la Constitución. Claro que también puede votar en blanco o
simplemente no votar, porque probablemente comparta esta radical y anarquista
sentencia que se atribuye a José María Vargas Vila: “Quien vota,
elige un amo”.
[i] https://cuestionpublica.com/por-la-plata-baila-el-perro-o-el-candidato/?utm_source=cuestionp.beehiiv.com&utm_medium=newsletter&utm_campaign=quien-pone-la-plata-en-la-politica-y-a-que-partidos-va-nueva-investigacion&_bhlid=ffa0820bade1d453cde840a7ea429fc62e2887cb