Colombia, entre la transición democrática o la consolidación
cacocrática
“Esta encrucijada de destinos ha forjado una patria densa e
indescifrable donde lo inverosímil es la única medida de la realidad”
Gabriel García Márquez.
Si Abelardo de la Espriella llegaré a ganar las elecciones el próximo
domingo, coronaría la cacocracia en la Casa de Nariño y el proceso de
transición democrático iniciado hace 35 años con la Constitución del 91,
encabezado hoy por Iván Cepeda, estaría en riesgo de quedar convertido en
trizas.
Hernando Llano Ángel.
Este domingo tendremos la
oportunidad de resolver en las urnas esa encrucijada de destinos. Estamos
frente a una elección histórica. Podemos optar por avanzar hacia la transición
democrática o, por el contrario, cerrar una consolidación cacocrática. La
transición democrática tuvo su punto de partida hace ya casi 35 años con la
Constitución del 91 y su propósito fundamental fue detener, así fuera
transitoriamente, el ascenso de la criminalidad del narcotráfico, que catalizó
dicho proceso constituyente perpetrando tres magnicidios de candidatos
presidenciales en línea: Luis Carlos Galán Sarmiento, Bernardo Jaramillo Ossa y
Carlos Pizarro Leongómez. De haber tenido la oportunidad alguno de ellos de
llegar a la presidencia, hoy viviríamos en una auténtica democracia, pues todos
estaban empeñados en romper esa simbiosis mortal entre la política, el crimen
del narcotráfico y la violencia de unas guerrillas que ya estaban extraviadas
en el laberinto de las economías ilícitas. Por eso, la Constitución logró
desactivar el narcoterrorismo de Pablo Escobar, así fuera renunciando a la
extradición en su artículo 35, bandera de Escobar, pero sobre todo incorporando
a la Asamblea Constituyente a representantes de grupos insurgentes
desmovilizados, como el M-19, el EPL, el PRT y la guerrilla indígena Quintín
Lame. Agrupaciones que desde una perspectiva civilista y progresista aportaron
en el debate y la gestación de la Constitución actual. Una Constitución cuyo
mayor mérito fue proyectar y condensar en su articulado el horizonte
democrático más claro que haya tenido Colombia en toda su historia política.
Ese horizonte tiene su principal sustento institucional en el Estado Social de
derecho (artículo 1) que consagra sus valores y principios éticos: “la dignidad humana, el trabajo y la
solidaridad de las personas que la integran y la prevalencia del interés
general”. También en su artículo 13, cuando establece que “El Estado promoverá las condiciones para
que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas en favor de grupos
discriminados o marginados” y en su artículo 22 que nos interpela a todos,
diciéndonos que “La paz es un derecho y
un deber de obligatorio cumplimiento”. Esta trilogía de artículos es la quintaesencia
de la democracia, pues concibe la política como una actividad que presupone la
paz como condición imprescindible para garantizar el reconocimiento de la
dignidad e igualdad de todas las personas, al tiempo que valora la pluralidad
de intereses, valores e identidades como la mayor riqueza en una sociedad.
Democracia Vs Cacocracia
Por eso la política democrática
no es compatible con mentalidades imbuidas de prejuicios que son propios de una
sociedad arcaica, decadente y descompuesta donde los cacos, es decir, quienes
viven de robar, desconocer y violar los derechos de los demás, ya sea mediante
la fuerza, la trampa o la astucia de la razón y la interpretación ventajosa de
la ley imponen sus intereses. De esta
forma ladina, pero también por la fuerza, instauran la Cacocracia: “el
‘gobierno de malvados’ o un ‘mal gobierno’ (en ocasiones se ha definido como
‘gobierno de los ineptos’)[i].
Los rasgos predominantes en esas sociedades cacocráticas son taras culturales y
políticas como el clasismo, el racismo, el machismo, la misoginia, la
homofobia, transfobia, la xenofobia y la aporofobia, que inevitablemente
reducen la política a un ejercicio de fuerza y violencia para regular la vida
social a partir de la discriminación, la represión y la persecución. Incluso
mediante el uso brutal y arbitrario del poder estatal para “destripar” a los
opositores. El clasismo es una tara cultural de todos aquellos que tratan a las
personas según sea su estrato social, con adulación y finos modales frente a la
“gente de bien”, los de arriba, y lo hacen con desdén y desprecio hacia los
“nadie”, los de abajo. El racismo, que discrimina a partir del color de piel, los
acentos y valores culturales a quienes son diferentes, considerados inferiores,
de mal gusto y feos. El machismo, con su desprecio a las mujeres para
subordinarlas a los intereses y deseos masculinos, desconociendo su igual
dignidad, autonomía y valor, que tiene en la misoginia su máxima degradación.
Son típicas expresiones del machismo el acoso sexual y su procacidad genital,
como símbolo de virilidad, tal como lo hizo en forma injuriosa y despreciable
el candidato Abelardo de la Espriella
con la periodista Laura Rodríguez[ii],
quien calificó su presión para que viera en su celular una supuesta fotografía que
insinuaba el tamaño de su pene no como “un
simple comentario desafortunado. Fue un irrespeto total hacia mí y hacia mi
trabajo. Me sentí vulnerada, acosada y asqueada”. La homofobia y transfobia,
con su burla y desprecio por las personas con diversas orientaciones sexuales
por considerarlas moralmente degeneradas, enfermas y hasta un peligro inminente
para sus familias y sus identidades supuestamente normales. Por último, la xenofobia, exaltando un falso patrioterismo que
conduce al rechazo del extranjero en proporción directa a su pobreza, que es lo
característico de la aporofobia[iii],
“odio, miedo y rechazo” hacia los más pobres, a quienes llaman vagos y
zarrapastrosos, salvo en época electoral cuando van tras sus votos
prometiéndoles su redención si votan por ellos y una “Patria Milagro”, que a la
postre puede malograr mucho más sus precarias vidas.
Álvaro Uribe Vélez, pionero de la Cacocracia
En Colombia la cacocracia tuvo su
primera aparición explícita durante los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez, a tal
punto que, en un congreso de la Federación de Cafeteros, llamó a los
congresistas que lo apoyaban y estaban siendo investigados por la parapolítica[iv],
dada su asociación criminal con los paramilitares de las AUC, a que votarán
rápidamente sus proyectos de ley antes de ir a la cárcel[v].
Sin duda, un aporte significativo de Uribe a las formas de gobierno, al
promover un híbrido entre el régimen parlamentario y el penitenciario. Híbrido
que llevaría a la perfección, pero también a la cárcel, a sus ministros de
Justicia, Sabas Pretelt y de Seguridad Social, Diego Palacio[vi],
pues mediante el delito de cohecho a los congresistas Yidis Medina y Teodolindo
Avendaño, más conocido como la “Yidispolítica”[vii],
logró la reforma de un articulito de la Constitución para ser reelecto
presidente del 2006 al 2010. Con la comisión de este delito de lesa
constitucionalidad se inaugura propiamente una presidencia cacocrática, pues a
pesar de la ilegalidad que hizo posible la reforma de la Constitución, su
triunfo fue legitimado en las urnas por 7.39.835 colombianos en primera vuelta,
frente a Carlos Gaviria Díaz, que obtuvo 2.613.157 votos como candidato del
Polo Democrático. Un precedente de la complacencia de millones de colombianos
con la ilegalidad y la exitosa, pero no menos nefasta fórmula electoral del
“fin justifica los medios”, que sustituye la ética pública por la ética de las simpatías
personales y los intereses privados, sumada a los miedos, prejuicios y odios
contra quien era entonces Carlos Gaviria Díaz, un jurista ejemplar y demócrata
integral, frente a un político con un pasado penumbroso, colindante con la
ilegalidad y la criminalidad desde sus inicios en la Aerocivil mediante la
concesión de numerosas matriculas a avionetas relacionadas con el narcotráfico.
Y, hoy, 20 años después, nos encontramos frente a dos candidatos que
representan esa disputa entre la cacocracia y la democracia, Abelardo de la
Espriella e Iván Cepeda.
¿Coronara Abelardo su carrera en la Casa de Nariño?
De allí que Abelardo de Espriella
sea hoy el candidato de la cacocracia,
pues agita las mismas bandera de Álvaro Uribe Vélez de hace 20 años: la
seguridad, la supuesta lucha contra la corrupción, la defensa de la Patria
(“Primero Colombia”, en Uribe), la protección y promoción de la inversión
extranjera, la explotación a ultranza de las energías fósiles, la “motosierra”
del Estado al estilo Milei, la rebaja de impuestos a las grandes fortunas y,
sobre todo, la apelación a la fuerza y la violencia, “firmes por la Patria”, con
nuevas versiones del “Plan Colombia”, apoyo y asesoría militar de Israel,
anunciando que en 90 días acabará con los grupos armados ilegales y el
narcotráfico, haciendo de Colombia una “Patria Milagro”. El trasfondo de
semejante programa, no es otro que la utilización irresponsable del miedo y la exaltación
de un falso patrioterismo, de quien en el pasado fuera asesor de los grupos narcoparamilitares,
responsables de más de 200.000 asesinatos y del control de una vasta red de
estructuras criminales, como la oficina de Envigado, al mando de “Don Berna”,
otrora fundador con los Castaño y Mancuso de los PEPES y luego de las
Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU)[viii].
Su patrioterismo es tan acendrado que tiene dos nacionalidades más, la italiana
y la estadounidense, cuyo juramento exige una lealtad absoluta, por encima de
los intereses de cualquier otra nación, lo que significa que estará
incondicionalmente al servicio de MAGA. Por todo lo
anterior, si llegaré a ganar las elecciones el próximo domingo, coronaría la
cacocracia en la Casa de Nariño y el proceso de transición democrático iniciado
hace 35 años con la Constitución del 91, encabezado hoy por Iván Cepeda, quedaría
hecho trizas. Tal es la encrucijada histórica en que nos encontramos y por
eso, según Gabo, “lo inverosímil es la única medida de nuestra realidad”, pues
llegaría a la presidencia de la República un abogado que debe gran parte de su
fortuna, pintoresca y fulgurante figura a sus asesorías y defensas de los
mayores criminales de lesa humanidad, los paras, cuyas atrocidades superan en
número y crueldad las cometidas por las Farc-Ep, además de los generosos honorarios
recibidos de delincuentes de cuello blanco como David Murcia Guzmán y Alex
Saab. Frente a semejante encrucijada, la única opción política y éticamente
coherente para avanzar por la difícil senda de la transición democrática es la
representada por Iván Cepeda, pese al legado de desaciertos y escándalos que
recibe del presidente Petro, con sus delirios de “Colombia, potencia mundial de
la vida” y “La Paz Total”.
[ii] https://co.search.yahoo.com/search?fr=mcafee&type=E210CO1490G0&p=Abelardo+y+la+exhibici%C3%B3n+de+su+pene+a+la+una+periodista
[v] https://www.semana.com/enfoque/frase-de-la-semana/articulo/les-voy-pedir-todos-congresistas-mientras-no-esten-carcel-voten/82445-3/
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