LAS VÍCTIMAS EN EL CENTRO
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Hernando Llano Ángel.
En esta campaña presidencial las
víctimas han estado en el centro de la disputa electoral. Por eso Abelardo de
la Espriella e Iván Cepeda han llegado a la segunda vuelta. Ambos representan,
desde orillas inabarcables y antagónicas, ese universo de víctimas que ha
dejado el conflicto armado interno y siguen aumentado. Ambos también han tenido
relaciones con los principales protagonistas y victimarios del conflicto
armado: las guerrillas y los paramilitares
Abelardo y las AUC
De una parte, Abelardo, prestando
asesoría legal y política a los paramilitares en su proceso de desmovilización
y sometimiento a la ley 975 de 2005 para desmantelar las AUC, esa temible
federación narco-criminal que se propuso refundar la Patria, sembrándola de
masacres, fosas comunes, desplazados, desaparecidos y miles de campesinos
despojados de sus terruños. Todo bajo el pretexto de salvar a Colombia del
comunismo. Por eso perpetraron el mayor número de homicidios, según las cuentas
de la Comisión para el esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No
Repetición[i],
205.028 víctimas, el 45 % del total. De otra parte, los grupos guerrilleros
cometieron 122.813 asesinatos, el 27 %, siendo las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN)
los más despiadados y, por último, agentes estatales en acciones ilegales
dejaron 56.094 víctimas, el 12 % del total, entre 1985 y 2018. Lo más horripilante de esa estadística mortal
es que el 80% de las víctimas fueron civiles.
Cepeda y las Farc-Ep
Por eso mismo, Iván Cepeda lideró
la creación del Movimiento Víctimas de Crímenes de Estado (MOVICE) y también
jugó un importante papel en la desmovilización de las FARC-EP durante las
conversaciones en La Habana con el gobierno del expresidente Santos, que
culminó con la firma del Acuerdo de Paz en 2016. Seguramente por encontrarse
ambos candidatos en las antípodas, no tenga lugar esta semana el debate público
entre los dos y nos quedemos sin conocer sus argumentos para esclarecer su
aportes y responsabilidades en esa lacerante división y confrontación entre
víctimas y victimarios. Ya falta menos de una semana para la segunda vuelta y
el miércoles 17 juega la Selección --vulgarmente convertida en bandera
electoral— frente a Uzbequistán, cuyo resultado --que todos esperamos sea una
victoria-- no podrá ser reclamada por ningún candidato, pues ella será una
victoria de todos los colombianos y obra exclusiva de sus jugadores, Néstor
Lorenzo y su equipo técnico. Algo todavía más impensable sería que algunos
celebren su derrota, achacándola a quienes han pretendido apropiarse su
camiseta, desvirtuando así su carácter nacional, como es lo propio de todos los
símbolos patrios, que ningún partido o líder legalmente puede hacerlo, so pena
de mancillar la Patria, atentar contra la unidad nacional y hasta promover pasiones
cercanas a una guerra civil.
Sin debate y deliberación no hay democracia
Por eso la ausencia de ese debate,
mucho más necesario e importante que la victoria de la Selección, sería un
auténtico autogol contra todos los colombianos. Nos privaría del derecho que
tenemos a deliberar y discernir, teniendo suficiente información e ilustración,
para decidir por quién votar el próximo domingo 21 de junio o hacerlo en
blanco. Sería un pésimo final de campaña, ya que sin debate y deliberación no
existe democracia, sino esa continua y mutua confrontación y deslegitimación en
la que ambos candidatos están entrampados, que es el escenario más propicio
para prolongar indefinidamente y profundizar dolorosamente la victimización
reciproca en que estamos atrapados los colombianos desde hace más de 80 años. Todavía
es más deplorable que el debate político se haya trasladado a los estrados
judiciales, pues en la política los jueces de última instancia somos los
ciudadanos, con nuestros votos en las urnas, y no los magistrados con sus
sentencias. Entre muchas razones, porque en la política lo que cuenta es la
responsabilidad de los candidatos y los líderes frente a bienes públicos que a
todos nos afectan, como la paz, la vida, la justicia, la seguridad y la
prevalencia de los intereses generales sobre los particulares. Lo importante es
poder conocer las propuestas, las ejecutorias, la formación y el compromiso de
los candidatos frente a tales cuestiones cruciales, más allá de su culpabilidad
o inocencia en sus relaciones con los victimarios y delincuentes de cuello
blanco en el pasado. En una campaña electoral se debe fijar más la atención en
la responsabilidad política de los candidatos y sus propuestas frente a las
víctimas y en cómo evitar su aumento y perpetuación, en lugar de obsesionarnos
con la búsqueda de su mayor o menor culpabilidad penal y personal frente a los
victimarios en el pasado.
Las Víctimas en el centro
De allí que las víctimas deban
estar en el centro del debate electoral, no tanto para conquistar sus votos,
sino para reconocer su existencia y sus verdades y así intervenir y cambiar
desde el Estado las condiciones sociales, económicas, culturales y políticas
que las generan. Por ejemplo, en el campo, reconocer la propiedad de la tierra
a quienes la trabajan y cuidan, brindándoles crédito y vías para la
comercialización de sus cosechas, en lugar de condenarlos a ser carne de
raspachines para los narcotraficantes o de reclutamiento, despojo,
confinamiento, asesinatos y desplazamientos forzados por las organizaciones
armadas ilegales que controlan su territorio. Por eso las preguntas que debemos
formularnos antes de marcar el tarjetón y depositar nuestro voto en la urna
pueden ser las siguientes: ¿Vamos a continuar siendo una Nación y sociedad
dividida por ese foso insondable de odios, rencores y sangre entre víctimas y
victimarios? ¿Será posible superar esa dolorosa confrontación sin conocer las
verdades de las víctimas y sus familiares sobrevivientes, así como las
responsabilidades de los victimarios y las circunstancias en qué actuaron para
cometer impunemente sus crímenes? ¿Cuáles han sido las iniciativas y
compromisos en el pasado de Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda con todas
las víctimas, pero también para evitar que los victimarios continúen cometiendo
sus crímenes e injusticias? ¿Cómo se proponen desde el Estado superar esa
vergonzosa historia de víctimas irredentas, sin verdad, justicia y reparación,
frente a la impunidad y soberbia de sus principales victimarios?
La democracia no perpetúa víctimas y victimarios
En fin, ¿Será posible vivir
democráticamente en una sociedad cuyo Estado es incapaz de impedir el aumento
crónico de víctimas civiles y el afianzamiento político de victimarios impunes?
Obviamente estas últimas preguntas deberían responderlas en un debate público
los dos candidatos, pero todo parece indicar que no tendrá lugar. Ante
semejante irresponsabilidad histórica, apenas comparable con la inimaginable
eliminación de la Selección en el mundial en curso por no presentarse en el
campo de juego, no tenemos otra opción que investigar y examinar el pasado de
cada candidato frente a las víctimas y los victimarios y discernir sobre su
responsabilidad para evitar que esa relación letal se prolongue
indefinidamente. ¿Hasta qué punto sus actuaciones han contribuido al
conocimiento de la verdad de lo acontecido o, por el contrario, a su
ocultamiento? ¿Qué han aportado para que los máximos responsables de crímenes
de lesa humanidad respondan ante la justicia y cumplan sus penas, así ellas
jamás reparen plenamente a sus víctimas, como está sucediendo en la JEP con los
excomandantes de las Farc y numerosos miembros de la Fuerza Pública responsables
de ejecuciones extrajudiciales? ¿Apoyarán el trabajo de la JEP, como es su
deber constitucional, o la desfinanciarán y desmantelarán? En conclusión, ¿Cómo
desde la jefatura del Estado podrían comprometerse a poner fin a la historia política
de Colombia más allá de esa disputa interminable entre victimarios impunes y
víctimas irredentas y así empezar a convivir democráticamente?
Patriotismo Constitucional
De la forma cómo votemos el
próximo domingo, dependerá que las urnas no se conviertan, una vez más, en
terribles cajas de Pandora de las que saldrán en los próximos cuatro años,
recargados de revancha, los males que nos han diezmado: el odio, la violencia,
las discriminaciones, las persecuciones, las desigualdades y los privilegios, amasijos
de todas las guerras, que sepultan en el fondo de las urnas las esperanzas de
vida, justicia y paz por un tiempo incierto, ese en el que ya no existan más
víctimas y victimarios, y sí una comunidad política de ciudadanos. Esa
comunidad política se llama democracia y solo será realidad el día que votemos
teniendo en cuenta al menos estos dos artículos de la Constitución. El 22: “La
paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento” y el 95 que
nos dice que “la calidad de colombiano enaltece a todos los miembros de la
comunidad nacional” si cumplimos los siguientes nueve deberes: 1. Respetar
los derechos ajenos y no abusar de los
propios; 2. Obrar conforme al principio
de solidaridad social, respondiendo con acciones humanitarias ante situaciones que pongan en peligro la vida o la salud de las
personas; 3. Respetar y apoyar a las autoridades
democráticas legítimamente constituidas para mantener la independencia y la integridad nacionales.
4. Defender y difundir los derechos
humanos como fundamento de la convivencia pacífica; 5. Participar en la vida política, cívica y comunitaria del
país; 6. Propender al logro y
mantenimiento de la paz; 7. Colaborar para el buen funcionamiento de la administración de la justicia; 8. Proteger los recursos culturales y
naturales del país y velar por la conservación de un ambiente sano y 9. Contribuir al
financiamiento de los gastos e
inversiones del Estado dentro de conceptos de justicia y equidad”. Esto
dos artículos condensan el patriotismo constitucional, que es lo único que nos
posibilitará algún día dejar de ser “esta federación de rencores y archipiélago
de egoísmos”, según acertada expresión de Belisario Betancur, en
la que nos hemos convertido. Hoy somos una nación dividida entre víctimas y
victimarios, supuestamente en defensa de una idea belicosa y salvaje de la
Patria o de una democracia popular, radical y revanchista, que nos impide resolver
política y civilizadamente nuestros principales conflictos, sin perpetuar
exclusiones económicas, sociales, regionales y étnicas pero, sobre todo, sin apelar
a la violencia y la guerra como fórmulas salvadoras y milagrosas, que a la
postre terminan engendrando nuevas generaciones de víctimas y sus posteriores
vengadores implacables. En esas estamos desde que tenemos uso razón, ¿será que
esta vez sí recuperamos el juicio político y dejamos atrás tanta insensatez,
indolencia, irresponsabilidad y apasionamiento sectario e inhumano? Ese sí
sería un verdadero milagro.
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