lunes, agosto 31, 2026

GANÓ EL TIGRE ¿REINARÁ LA LEY DE LA SELVA? (II)

 

 

GANÓ EL TIGRE ¿REINARÁ LA LEY DE LA SELVA­­­­­­­­? (II)

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/gano-el-tigre-reinara-la-ley-de-la-selva-ii/

Hernando Llano Ángel.

Continuaré comentando el fastuoso discurso de celebración del Tigre en “La Ventana al Mundo”, abordando su concepción de la democracia, la cual jura defender, para comprender su alcance y lo que podemos esperar durante los próximos 4 años. Lo primero que resalta es la extrema incoherencia entre sus discursos de campaña, en los que fustigaba como enemigos irreconciliables a quienes piensan diferente y proponen otra visión de Colombia –amenazando incluso con destriparlos-- y su discurso de celebración, donde parece haber comprendido el sentido vital y pluralista de la democracia y declara que no tiene enemigos: “en democracia no existen enemigos irreconciliables. Existen compatriotas que piensan diferente y que tienen exactamente los mismos derechos”.

¿Un tigre domesticado?

Extrema incoherencia que, obviamente, no se resuelve en el discurso, sino en la realidad y en el trato que recibirán sus opositores y críticos, permitiéndoles no solo disentir sino actuar en defensa de los derechos sociales de las mayorías y también de las minorías. Y es en esta tensión en donde se disputan dos visiones y prácticas de la democracia que resultan difícilmente compatibles. De una parte, la democracia republicana y, de otra, la democracia liberal que, por la pugnacidad, populismo, discurso autoritario y militarista del Tigre, “Firmes por Colombia”, puede derivar en el eufemismo de la llamada “democracia iliberal”, que debería sublevar y sonrojar a todo auténtico liberal, pues sin garantías plenas para el ejercicio de las libertades públicas no existe democracia alguna. ¿Será que la franja presidencial lo domesticará y dejará de ser ese fiero tigre destripador de la campaña?

¿Democracia o mercadocracia?

De un lado, tenemos la visión de la democracia republicana, que postula la cuestión social y la justicia como igualdad de oportunidades, cuya esencia es el Estado Social de derecho y, de otra parte, la visión liberal que reduce la democracia a una defensa a ultranza de la propiedad privada y sus garantías para la competencia en el mercado, haciendo del Estado de derecho su baluarte principal. Es claro que la Constitución del 91 desde su artículo 1 consagró la democracia en clave republicana. Por ello nos dice que Colombia es una república que está fundada en “el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general”. A renglón seguido, en el artículo 2, señala como fines esenciales del Estado: “servir a la comunidad y promover la prosperidad general”, entre otros, como “defender la independencia nacional, mantener la integridad territorial y asegurar la convivencia pacífica y la vigencia de un orden justo”. Por otra parte, el artículo 13 explícitamente nos dice que “el Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas en favor de los grupos discriminados o marginados”. Y, como si fuera poco, el artículo 53 promueve la defensa de los trabajadores en términos prevalentes, pues señala que se debe reconocer “la situación más favorable al trabajador en caso de duda en la aplicación e interpretación de las fuentes formales de derecho y la primacía de la realidad sobre las formalidades establecidas por los sujetos de las relaciones laborales”. En una palabra, que la justicia social no puede ser burlada por las argucias leguleyas de tinterillos para la protección de los intereses patronales. Por último, en relación con el sagrado derecho de la propiedad privada, el artículo 58 no deja duda que: “la propiedad es una función social que implica obligaciones. Como tal, le es inherente una función ecológica. El Estado protegerá y promoverá las formas asociativas y solidarias de propiedad” y que “por motivos de utilidad pública o de interés social definidos por el legislador, podrá haber expropiación mediante sentencia judicial e indemnización previa. Esta se fijará consultando los intereses de la comunidad y del afectado”.

Democracia es equidad social

Con toda razón, en algún ensayo sobre la democracia, el maestro Estanislao Zuleta escribió que un “auténtico demócrata es aquel que está con quienes tienen más necesidades y menos posibilidades”, pues un ciudadano sin derechos vitales a un trabajo digno, un ingreso justo, salud, educación, la propiedad de su terruño o una modesta vivienda, siempre estará a merced y subordinado, sometido casi como un siervo, a quienes disponen y acumulan esos derechos para su propio beneficio. Tal es la igualdad real o social que debería promover la igualdad formal o legal, que todos tenemos en la letra de la Constitución, pero que no existe en la realidad cotidiana de la vida, que es en donde se juega realmente la democracia. Obviamente, no se trata de la igualdad en los resultados medidos en términos de la misma prosperidad y riqueza para todos, pero sí de la igualdad de oportunidades en la vida para todos y todas, sin puntos de partida donde unos pocos acumulan privilegios y ventajas insuperables que se perpetúan por generaciones. Y solo mediante la intervención del Estado Social de derecho ello es posible, pues el mercado no conoce de equidad social sino de competencia entre desiguales, cuyas diferencias aumentan en proporción casi directa a la supuesta neutralidad, seguridad y estabilidad jurídica brindada por el Estado de derecho liberal.

La mercadocracia depredadora del Tigre

Y resulta que, si uno lee con atención el discurso del Tigre, más allá de la música, sus himnos gloriosos, fuegos pirotécnicos y rugidos victoriosos, encuentra que su democracia se agota en la mercadocracia y, lo que es más grave, en una compañía ilimitada con MAGA para la explotación de las riquezas y la biodiversidad de nuestra Nación, entregadas a su generosa voracidad. ¿En dónde quedará el principio constitucional social de la propiedad y su función ecológica? Citemos algunos bellos pasajes, con loas a la igualdad y prosperidad de todos, que no dejan de ser muy preocupantes, como el siguiente dirigido a los votantes de Cepeda: “sus derechos, aun cuando no hayan votado por mí, serán respetados”. ¿Acaso podría ser de otra forma? Luego, en un derroche de lirismo, afirma: “Nos dijeron que era imposible construir una nación de propietarios, de oportunidades y de progreso para todos. Pues esta noche el pueblo colombiano ha respondido con una sola voz: sí se puede tener una Patria Milagro en el gobierno del Tigre”. Lo cual significa que el Tigre deberá cumplir y profundizar la titulación de tierras para millones de campesinos, despojados de sus parcelas tanto por los paramilitares de las AUC que asesoró, como por grupos guerrilleros que se disputaban esos territorios y economías ilícitas. Entonces daría así pleno cumplimiento al ACUERDO DE PAZ entre el ESTADO y las extintas Farc-EP. Acuerdo que, junto a la JEP, abomina y prometió erradicar, como la coca, de la “Patria Milagro”. Quizá lo que quiso decir fue “una nación para propietarios”, pero no escuchó bien en su audífono en medio de tanta algarabía.

¿Un tigre estafador?

Pero, si llegaré a realizar ese milagro de “construir una patria de propietarios”, además de brindar “oportunidades y progreso para todos”, habrá estafado y robado la confianza a millones de sus electores, pues ese era el centro del programa progresista de Iván Cepeda y del Pacto Histórico. Sin duda, no sucederá, como una muestra más de su extrema incoherencia, cuyo nombre en política es demagogia. Y la principal consecuencia de la demagogia es la ingobernabilidad que genera por no cumplir tantas promesas irrealizables, como le sucedió a el “gobierno del cambio”. Pero continuemos con esa “Patria Milagro”: “Sí podemos recuperar el orden, sí podemos reconstruir la República, sí podemos gobernar con CERO CORRUPCIÓN, sin lugar para la politiquería”. Lo cual quiere decir que no dará cuotas en su gabinete a los que siempre han gobernado con corrupción y politiquería, bajo diferentes siglas como “Cambio Radical”, “Centro Democrático”, “La U”, partidos liberal y conservador con representación en el Congreso y a los cuales durante su campaña repudió y hasta llamó delincuentes. Pero ya anunció a Rodrigo Lara Restrepo como futuro ministro del interior, quien fuera director de Cambio Radical, curiosamente el partido político con el mayor número de congresistas condenados por parapolítica, 14 en total[i], por el delito de concierto agravado para delinquir en asocio con las AUC, mediante el constreñimiento de miles de electores. A eso llama el Tigre “cero corrupción y sin politiquería”. Un discípulo aventajado del expresidente Álvaro Uribe Vélez, que prometió lo mismo. Sin duda, con esa criminal alianza esos congresistas condenados de Cambio Radical participaron entonces en la refundación de la Patria, como la llamaban las AUC, y ahora el Tigre llama “reconstruir la República”. En este caso, parece haber extrema coherencia. Pero la pregunta obvia es ¿Será así como se defiende la democracia?

 ¿De cuál democracia nos habla el Tigre?

La respuesta la encontramos en sus aliados internacionales, quienes son en la actualidad los más eficaces depredadores y demoledores del Estado de derecho y la democracia liberal: Estados Unidos de Norteamérica e Israel. Por eso lo anunció con máxima incoherencia: “Vamos a fortalecer nuestras relaciones con todos los países que respetan la democracia, no tendremos relaciones con los países que no respetan la libertad y el estado de derecho. Seremos un socio serio, un aliado leal y una voz firme en defensa de la libertad en el continente”. Por eso ya anunció su ingreso al “Escudo de las Américas”[ii]y un supuesto “Plan Patriota”, para en 90 días acabar con el narcoterrorismo y las economías ilícitas. Asistiremos, entonces, a una especie de Apocalypse Now con bombardeos teledirigidos desde MAGA, abrazos y felicitaciones de Trump con el Tigre en el despacho oval y saludo patriótico de “Firmes por Colombia” e intercambio de gorras. Hasta de pronto Trump le ofrece a su compatriota y copartidario republicano, el Tigre Abelardo, extender su nacionalidad a toda Colombia y así coronar su doctrina Donroe[iii] con el estado número 52, el primero en Suramérica: “¡Firmes por la Patria!”.

 

 

 

GANÓ EL TIGRE ¿REINARÁ LA LEY DE LA SELVA? (I)

 

GANÓ EL TIGRE ¿REINARÁ LA LEY DE LA SELVA­­­­­­­­? (I)

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Hernando Llano Ángel.

El discurso de celebración de Abelardo de la Espriella de su victoria en la segunda vuelta, según el preconteo por poco más de 250.000 votos sobre Iván Cepeda, en el marco de “La ventana al mundo” en Barranquilla, pasará a nuestra historia como el comienzo de la era de la política esperpéntica, acompañada de luces, música y efectos especiales.  Fue una presentación estelar más propia de Shakira o Maluma, que la de un próximo jefe de Estado. ¿Cómo será el acto de posesión presidencial? Seguro que invitará al menos a Shakira y un gran tenor italiano, dada su afición por el bel canto, afín a su nacionalidad italiana, más la presencia de otro gran artista estadounidense, para ser totalmente leal a su MAGA, que tanto admira, incluso más allá de su nacionalidad colombiana, como lo demostró en su celebración telefónica con su padrino, Donald Trump. De allí, que valga la pena analizar esa puesta en escena cargada de simbolismo y el contenido de su discurso, para poner de presente la máxima “in-coherencia” de sus histriónicos rugidos y eufóricas expresiones, así como su probable alcance durante los próximos 4 años. Por lo pronto, hay que reconocerle que ya superó con creces las aburridas y extensas presentaciones y disertaciones de su paisano, el presidente Gustavo Petro, muy modestas y discretas frente a la parafernalia circense de su triunfal debut. Es probable que ni siquiera la portentosa imaginación de García Márquez hubiese concebido un show tan macondiano y exotérico, con esa mezcla de religiosidad exaltada y militarismo intimidatorio, agradeciendo su triunfo a pastores de iglesias cristinas y militares en la reserva. Ya de entrada, revela que intentará convertir a la otra mitad de colombianos por ese camino de salvación y heroísmo. Esa otra mitad que durante gran parte de la campaña no dejo de estigmatizar y llamar delincuentes, bandidos y comunistas. Por eso, es inevitable empezar por tratar de entender esa milagrosa conversión personal, una verdadera transfiguración de su identidad, que de entrada es el primer “milagro” que presenciamos sin haber empezado a gobernar.

La transfiguración de una fiera destripadora

No deja de ser sorprendente esa transfiguración de una fiera depredadora, que en campaña hablaba de “destripar a la izquierda” y a sus miles de seguidores, ahora convertida en un aplomado abogado que cita el artículo 188 de la Constitución Política y dice encarnar y simbolizar la “unidad nacional” para proteger los “derechos y libertades de todos los colombianos”. Sin duda, asistimos al primer milagro de este taumaturgo que, con su vicepresidente tecnócrata, José Manuel Restrepo, convertido repentinamente en telonero del espectáculo, harán de toda Colombia una “Patria Milagro”. ¿Cómo entender esa transfiguración? Habrá que atribuirla a la alquimia constitucional que es capaz de transformar a un candidato “cargado de tigre” en un civilizado estadista, al menos en el discurso, faltará ver en la realidad, que es donde realmente importa. Por ahora, la Constitución no es más que un libreto protocolario para tranquilizar incautos.  De no cumplirla y solo recitarla, entonces estaremos frente a una grave esquizofrenia política y constitucional, parecida a la vivida y sufrida por su admirado antecesor, Álvaro Uribe Vélez, que terminó abusando y cambiando un artículito de la sacrosanta Constitución del 91. Hasta llegó a decir que el Estado de opinión era superior al Estado de derecho. Es probable que también el Tigre llegué a afirmar que la salvación de la Patria está por encima de la Constitución. Pero, como tanto gusta al Tigre Abelardo hablar de extrema coherencia, vamos analizar someramente algunos apartes de su discurso que develan extremas contradicciones e incoherencias. Vamos hacerlo en dos entregas, empezando esta con el significado que le asigna a la Patria y el alcance de su consigna: “Firmes por la Patria”.

¿De cuál Patria nos habla?

Nos habla sobre todo de la Patria de los negocios y los grandes mercaderes, de sus inversiones y su codicia sin límite, que no depararán en la depredación de nuestra portentosa biodiversidad, utilizando el fracking para “perforar, perforar y perforar”, en asocio con petroleras internacionales y de MAGA, como lo pregona y hace Trump en America First, sin escatimar los daños irreversibles causados al planeta y la actual catástrofe climática. No demorará Trump en proponerle extender sus inversiones hoteleras y campos de golf para hacer de Barranquilla la Miami del Caribe, así como lo hizo con su cómplice genocida, Netanyahu, para convertir a Gaza en la Riviera del Oriente Próximo. Es muy probable que ambos, con ese espíritu de empresarios que tienen, terminen haciendo buenos negocios con la asesoría del vicepresidente, José Manuel Restrepo, que será el vendedor internacional de la marca Colombia, como ya lo anunció el Tigre, invitando a Elon Musk para que ensamble sus Teslas en Medellín y se interese por explorar las tierras raras que necesita su empresa espacial. Así irán haciendo de la Colombia Milagro un Dorado para un selecto grupo de emprendedores nacionales e internacionales, con el apoyo de todos los gremios y el corifeo de los grandes medios de comunicación. Hasta acabarán convenciéndonos a todos de ese milagro económico que eliminará en pocos meses la pobreza, la economía informal y hasta el desempleo, por lo cual no serán necesarias políticas sociales, si acaso subsidios puntuales.

Primero la seguridad, matriz de la paz

Pero, para ello, antes se necesitan los héroes de la Patria, esa legión de abnegados militares que ofrendarán sus vidas por la seguridad, matriz de la paz, que todos disfrutaremos en 90 días en los campos y ciudades, gracias a miles de ciudadanos “firmes por la Patria”, como otrora lo hicieran Carlos Castaño en compañía de Mancuso, Jorge 40 y Don Berna con los buenos muchachos del DAS. A todos ellos asesoró el Tigre y condujo desinteresadamente por los caminos de la desmovilización en compañía de su colega, Mario Iguarán, entonces viceministro de justicia en el gobierno de Álvaro Uribe. Por eso, con la asistencia del audífono en su oído derecho, recitó el Tigre la Oración Patria que rezan los militares para insuflar su espíritu de valor y así sacrificar sus vidas en defensa del patrimonio y la Patria de unos pocos. Esa es la esencia del patriotismo y el alcance de ese grito estentóreo: “Firmes por la Patria”. Tampoco podía faltar en su discurso la defensa a ultranza de la democracia, del respeto a la separación de las ramas del poder público, de las libertades ciudadanas y de las garantías al senador Iván Cepeda para el ejercicio de la oposición, siempre y cuando no se le ocurra promover la subversión, es decir, liderar protestas y movilizaciones ciudadanas en defensa de derechos sociales conquistados durante el gobierno del cambio. Porque es muy curioso que, para el Tigre, como para casi todo el establecimiento y sus poderosos gremios, en Colombia no existe el Estado Social de derecho consagrado en el artículo 1 de la Constitución, pues solo nos hablan del Estado de derecho. Pero sobre esa peculiar concepción del Estado y la democracia trataré en la segunda parte, ya que requiere un análisis más detallado y extenso de ese espectacular y emotivo discurso pronunciado, mejor recitado, gracias al discreto audífono instalado en su oído derecho, en medio de cánticos gloriosos y ese deslumbrante juego de luces de navidad en “La Ventana al mundo”.

 

 

 

ÚLTIMO LLAMADO

 

 

ÚLTIMO LLAMADO

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Hernando Llano Ángel

Escribo estas líneas al mediodía de este domingo 21 de junio de 2026, entre la interpelación y el testimonio, pues seguramente ya en las urnas está decidida la suerte de todos los colombianos. Una suerte que conoceremos después de las 4 de la tarde. Quedan un poco más de cuatro horas para saberlo. Interpelar es “preguntar a alguien para que dé explicaciones sobre algo o para que cumpla una obligación”. Está claro que quienes ya votaron, cumplieron con su obligación y derecho a definir quién será el presidente de la República del 7 de agosto de 2026 al 2030. Es prácticamente imposible conocer las motivaciones, las razones, los intereses y las necesidades, así como los temores, prejuicios, odios, esperanzas y hasta constreñimientos, más o menos violentos, que están detrás de cada voto. Entre estos últimos, desde la coacción casi insuperable de organizaciones armadas ilegales, hasta el chantaje a numerosos empleados públicos temerosos de perder su empleo y de miles de trabajadores de empresas privadas, cuya estabilidad laboral dependerá de la lealtad al candidato y partido de su patrón o empresario.

El mito de la voluntad ciudadana

Uno de los grandes mitos y supuestos de la democracia liberal, por estos días desmentido en todas las latitudes, es el ejercicio libre y soberano de la voluntad de cada ciudadano y ciudadana frente a las urnas. Entre muchas circunstancias, ya lo sabemos, porque esa voluntad es fácilmente manipulable por los algoritmos, la IA, la desinformación que circula vertiginosa por las redes sociales, pero sobre todo por la habilidad de algunos candidatos para seducir a millones de ciudadanos a partir de espejismos, miedos, esperanzas, frustraciones, prejuicios y odios, todo ello reflejado en el llamado marketing electoral, en la publicidad y las consignas que agitan durante sus campañas. Por eso, la voluntad ciudadana termina siendo más aquella configurada por los candidatos y sus estrategas de marketing electoral, que la decisión reflexiva, serena y argumentada de cada elector expresada en su voto en las urnas. Algo parecido a ese otro gran mito llamado “Bien Común”, que no preexiste como algo que se encuentre en el horizonte, sino que se construye difícilmente a partir de disputas, concesiones y transacciones entre múltiples intereses y valores en conflicto. Por eso es tan esquivo y muchas veces inexistente, como calamitosamente lo sufren millones de colombianos con el presupuesto objetivo de ese “bien común” que es la salud pública, convertida hoy en una calamidad pública. Pero volviendo al tema de las campañas electorales y sus lemas, ellas configuran y a la vez reflejan el tipo de voluntad ciudadana que terminan creando, estimulando y expresando en las urnas. Por eso vale la pena, aunque sea demasiado tarde, realizar una breve comparación entre los símbolos, figuras y consignas de la campaña de Abelardo, favorito en las encuestas para ganar en esta segunda vuelta, y deducir de ellas no solo el tipo de voluntad ciudadana que es configurada, sino sobre todo el tipo de ciudadano y ciudadana que es llevado a las urnas supuestamente a defender la Patria.

Abelardo, el Tigre: “Firmes por la Patria”.

El mayor mérito de la campaña de Abelardo es su agresividad y brutalidad, cuyo trasfondo ha sido el miedo a la inseguridad y la exacerbación de prejuicios, frustraciones y odios contra la izquierda, que anunció destripar, para lo cual apela a un patrioterismo militar que desprecia la civilidad y sus rasgos distintivos, la racionalidad y los acuerdos, para sustituirla por la fuerza y el grito estridente de “Firmes por la Patria”, que desprecia los argumentos, las concesiones y transacciones. En una palabra, su consigna es la quintaesencia del autoritarismo y el militarismo, adobado y camuflado tras una constelación artificiosa de símbolos patrios, que no logran ocultar del todo la deformidad teratológica de los “tres huevitos” de Uribe: “Seguridad, inversión y cohesión social”. Por eso, las imágenes centrales de su campaña son tan violentas: un tigre que rasga con sus garras la bandera nacional, rompiéndola en tres franjas. Lo que presagia todo lo contrario de lo que debería ser el patriotismo, forjar la Unidad Nacional, como lo ordena la Constitución, dividiéndola en tres franjas o partes difíciles de remendar y reconciliar, que ignoramos por ahora cuáles pueden ser, pero es factible presumirlas. Una de ellas, desde luego, es el gran establecimiento, pues todos los gremios empresariales y grupos económicos lo han respaldado, tras bambalinas, como también lo han hecho todas las macroempresas electorales y clientelistas, que se autodenominan partidos políticos, y él se apresura a rechazar, pero que incondicionalmente le brindarán su apoyo de llegar a la Casa de Nariño.

Abelardo, el outsider

Sin duda, Abelardo es un excelente outsider, pues sus triunfos y goles los ha anotado fuera de lugar, jugando con personajes que en su mayoría han estado también fuera del campo de la legalidad, brindándoles su asesoría de avezado penalista, “para burlar las leyes sin violarlas o para violarlas sin castigo” -según la expresión de Gabo en su Proclama “Por un país al alcance de los niños”—como los paramilitares, David Murcia Guzmán (DMG) y Alex Saab. Es decir, desde los mayores criminales de lesa humanidad, pues los “paras” superan en asesinatos, masacres y desapariciones a las desaparecidas Farc-Ep, hasta los más representativos estafadores y lavadores de fortunas, por lo cual está en líos judiciales en Estados Unidos, dada sus penumbrosas relaciones con Alex Saab, testaferro de Maduro, y de otros implicados con el narcotráfico. Con semejante pasado, es explicable que haya tomado como mascota al tigre, un furioso felino depredador, que la única ley que respeta es la del más fuerte –algo que avergonzaría a cualquier abogado—y con el cual se identifican millones de sus electores, quienes revelan así una preocupante fascinación y admiración por la fuerza sin límites de una fiera. Una fiera que incluso podría devorarlos si los confunde con los corruptos que anuncia Abelardo serán la presa favorita del Tigre.

La ciudadanía no es una manada

También por eso, en sus mítines y entrevistas, Abelardo se refiere a sus seguidores como una manada que debe seguirlo incondicionalmente y en forma leal, sin considerarlos ciudadanos e incluso los invita a marcarlo en el tarjetón con una raya, acción propia de una fuera y no de un ciudadano. Ninguna escenografía más brutal y vergonzosa para una persona decente que esa conversión de las elecciones en un circo con fieras, donde es invitado a votar como un miembro más de una manada irracional, supuestamente para defender y salvar a la Patria. La pregunta obvia para todos ellos, sería ¿Convertirán la Patria en una selva donde gobernarán los más brutales y leales a un Tigre?  ¿Cuál sería el destino de esa Patria en manos de los más violentos y astutos? Conoceremos esas respuestas en menos de dos horas. En caso de imponerse la manada sobre la ciudadanía, nos llevará más de cuatro años volvernos a reconocer todos como colombianos, miembros de una nación democrática, y Colombia quedará mas rasgada y destrozada que la bandera de la publicidad electoral de El Tigre.

 

 

MÁS ALLÁ DE LAS CELEBRACIONES ESTRIDENTES Y DERROTAS APABULLANTES

 

 

Más allá de celebraciones estridentes y derrotas apabullantes

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“El que vence engendra odio, el que es vencido sufre. Con serenidad y alegría se vive si se superan victoria y derrota”, Dhammapada (capítulo XV-202)

Hernando Llano Ángel

Este aforismo del Dhammapada, sabia advertencia contra la futilidad de las guerras y la obsesión por vencer, deberíamos tenerlo en cuenta todos los colombianos mañana domingo 21 de junio, cuando elijamos presidente de la República, pero también en los resultados de nuestra Selección en el mundial de fútbol. Así lo ha expresado el mismo presidente Petro en manifestación pública en Cali: “Ningún ciudadano o ciudadana que haya defendido este Gobierno, que me haya hecho presidente, debe agredir a nadie el domingo. Nada, a nadie”, ha enfatizado durante un acto con sus seguidores en Cali. “Lo ordeno como presidente y mandatario del mandato que es el pueblo”[i]. Un mensaje muy significativo, dirigido a sus seguidores, en la ciudad que fue el epicentro del llamado “estallido social” en el 2021, para desactivar posibles excesos y provocaciones que deriven en víctimas mortales. Un llamado que incluso deberíamos tener en cuenta en la forma como celebremos los resultados de la Selección en el mundial de fútbol. Por ahora, estamos eufóricos con la victoria de 3-1 sobre Uzbequistán, pero el martes 23 de junio podemos lamentar la derrota o el empate frente a la República Democrática del Congo y el 27 ante Portugal. De nuevo, citaré a Gabo y su Proclama “Por un País al alcance de los niños”: “Nuestra insignia es la desmesura. En todo: en lo bueno y en lo malo, en el amor y en el odio, en el júbilo de un triunfo y en la amargura de una derrota. Destruimos a los ídolos con la misma pasión con que los creamos. Somos intuitivos, autodidactas espontáneos y rápidos, y trabajadores encarnizados, pero nos enloquece la sola idea del dinero fácil”[ii]. Por eso la única forma de conservar la serenidad y la alegría, para los próximos encuentros y después de las elecciones, es superando el jolgorio de los triunfos y la tristeza por los empates o las derrotas. Eso lo saben muy bien los jugadores de la Selección. Con mayor razón deberíamos saberlo todos los ciudadanos en la política, ese juego del poder que nos define cómo vivimos y morimos, desde la cuna hasta la tumba. Hay que repetirlo hasta la saciedad, como bien lo expresaba Albert Camus en situaciones de máxima confrontación y tensión política: “No estoy hecho para la política porque soy incapaz de desear o de aceptar la muerte del adversario”. Por eso Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda tienen la máxima responsabilidad política e histórica mañana, cuando conozcamos el resultado de las elecciones. Entre otras cosas, porque las elecciones se inventaron para contar las cabezas, en lugar de cortarlas y así evitar la muerte del adversario, que en el futuro podrá de nuevo aspirar a ganar el apoyo de las mayorías. Esa es la primera y vital condición para la existencia de la democracia. Aunque entre nosotros todavía parece estar en duda.

“¡Contar cabezas en lugar de cortarlas!”

Según el informe de la Misión de Observación Electoral (MOE)[iii] hasta los comicios celebrados para Congreso en este 2026 el número de víctimas mortales ya había superado la cifra de 67 colombianos, siendo el precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay, del Centro Democrático, la víctima más lamentada y repudiada. Pero no debería ser así, pues la democracia muere con cada víctima que es asesinada por razones políticas, más allá de su afiliación partidista, su origen y posición social o su mayor o menor liderazgo público. Simplemente porque la vida de todas las personas en una democracia tiene igual valor y no tolera gradaciones de víctimas de primera o segunda categoría, así como el voto tiene igual valor para todos, independientemente de la riqueza o pobreza del elector, de su sabiduría o ignorancia. Por eso, sería no solo muy lamentable, sino realmente absurdo, inadmisible y condenable, que por la diferencia de unos cuantos votos se vaya a terminar cortando más cabezas colombianas después de conocerse los resultados este domingo. Sería la perdida total del sentido de las elecciones. Las urnas se convertirían en más tumbas y los votos de vida en sufragios luctuosos. En gran parte, ello dependerá de cómo ambos candidatos reciban los resultados del preconteo electoral, así como de la total imparcialidad y absoluta marginalidad del presidente Gustavo Petro durante dicho proceso.

Petro ante el juicio de la historia

Su intromisión no solo sería una grave violación de la Constitución, sino que negaría su condición de gobernante demócrata, como se precia de serlo y hasta ahora ha intentado demostrarlo, a pesar de su beligerancia verbal, intemperancia y críticas contra decisiones de altos tribunales, que cuestiona con frecuencia, pero siempre termina acatando y cumpliendo. Es justo reconocerlo, pues lo ha hecho sin atentar contra la autonomía e independencia de la rama judicial y menos introduciendo micrófonos y grabadoras en sus recintos, como impunemente lo ordenó el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez contra la Corte Suprema de Justicia[iv] durante sus investigaciones y deliberaciones por investigaciones relacionadas con la parapolítica, que afectaron a gran parte de congresistas de su coalición de gobierno. No hay que olvidar que terminaron siendo condenados cerca de 60[v], entre ellos su primo Mario Uribe[vi] y Miguel de la Espriella[vii], familiar cercano de Abelardo. De otra parte, bien sabe el presidente Petro que no puede seguir el mal ejemplo del entonces presidente liberal Carlos Lleras Restrepo[viii], quien tuvo responsabilidad directa en la burla y el fraude electoral contra el general (R) Gustavo Rojas Pinilla y el triunfo de la ANAPO esquilmado ese 19 de abril de 1970, que a la postre dio origen al M-19 y su posterior ingreso a dicha organización como joven rebelde. No solo sería una insólita paradoja política, sino una negación de toda su fulgurante carrera como congresista opositor, alcalde de Bogotá y presidente de la República, que la historia no le perdonaría y cuyas consecuencias en el presente serían funestas. De allí que su llamado ayer en Cali a sus seguidores sea tan oportuno y valga la pena repetirlo: “Ningún ciudadano o ciudadana que haya defendido este Gobierno, que me haya hecho presidente, debe agredir a nadie el domingo. Nada, a nadie”. Por eso, deberá abstenerse de emitir opinión alguna sobre el resultado del preconteo electoral y esperar con prudencia la finalización del proceso de escrutinio, que definirá el próximo presidente de 2026-2030.

El preconteo electoral no es vinculante

De otra parte, los candidatos De la Espriella y Cepeda deberían hacer un pacto de caballeros en el sentido de no precipitarse a celebrar victoria, solo con el resultado que arroje el preconteo electoral, sobre todo si la diferencia entre ambos es de pocos votos, pues dicho preconteo no tiene fuerza vinculante y se debe esperar hasta que el escrutinio defina el ganador. Ambos deben contener la impaciencia por celebrar un triunfo prematuro. No hay lugar con el preconteo para celebrar victorias estridentes y mucho menos derrotas definitivas si las diferencias no son significativas e irreversibles entre ambos candidatos. Como en los partidos del mundial, solo cuando el árbitro da el pitazo final --en este caso cuando el escrutinio ha finalizado y la Registraduría oficialmente da un resultado-- se podrá celebrar. Y como suele suceder, entonces los jugadores reconocen con serenidad el resultado, se estrechan las manos y se retiran tranquilos al camerino, esperando en el futuro una nueva oportunidad para la revancha deportiva. Un ritual que ambos candidatos deberían emular, evitando el ganador celebrar su victoria en forma estridente y menos ir a estimular a su equipo e hinchada a salir a las calles a humillar a los derrotados, pues ello derivaría en una batalla campal que arrasaría por completo el campo de juego de la democracia, poblándolo de víctimas mortales.

El triunfo de la Constitución

Para evitarlo, el candidato derrotado deberá, además de reconocer el resultado y felicitar al ganador, recordarle que por encima de ambos y de todos se encuentra la Constitución y que su triunfo no es absoluto y sin límites. Mucho menos que le confiere atribuciones para desconocer los derechos de los vencidos e imponer su voluntad y sus intereses por la fuerza y en forma arbitraria sobre los derrotados, ya sea en nombre de la Patria, del Pueblo o de las mayorías que dice representar. La democracia no tolera los abusos de poder y menos la soberbia y discrecionalidad sectaria y apasionada de un gobernante sin límites, extraviado en su megalomanía de salvador, defensor de la Patria o adalid de la Justicia Social, que amenaza con destripar a quienes se le opongan. En ese caso, instauraría una autocracia cacocrática, pues habrá robado y engañado la confianza de quienes lo eligieron creyendo en promesas y milagros irrealizables, como lo hacen los demagogos, los taumaturgos y quienes desprecian y violan la Constitución, empezando por su artículo 188 que obliga al presidente a “garantizar los derechos y las libertades de todos los colombianos”, pero sobre todo el artículo 1 que define a Colombia como un Estado Social de derecho y una Nación “fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general” y su complemento el artículo 13 que consagra  que “Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de las autoridades y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica. El Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas en favor de grupos discriminados o marginados. El Estado protegerá especialmente a aquellas personas que, por su condición económica, física o mental, se encuentren en circunstancia de debilidad manifiesta y sancionará los abusos o maltratos que contra ellas se cometan”. Solo garantizando el triunfo y la vigencia de la Constitución sobre todos y todas tendrá sentido celebrar el resultado de las elecciones, independientemente de quien sea el ganador. Por el contrario, si éste la desconoce y empieza a gobernar en forma autoritaria y arbitraria, imponiendo sus intereses y los de sus seguidores en forma violenta, a imagen y semejanza de un Trump tropical, todos habremos perdido, pues viviremos bajo una cacocracia: “un ‘gobierno de malvados’ o un ‘mal gobierno’ (en ocasiones se ha definido como ‘gobierno de los ineptos’)”[ix], que es lo que está sucediendo en los Estados Unidos de Norteamérica y se está revelando con el naufragio de MAGA en el estrecho de Ormuz.

     



COLOMBIA, ENTRE LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA Y LA CONSOLIDACIÓN CACOCRÁTICA.

 

 

Colombia, entre la transición democrática o la consolidación cacocrática

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/colombia-entre-la-transicion-democratica-o-la-consolidacion-cacocratica/

“Esta encrucijada de destinos ha forjado una patria densa e indescifrable donde lo inverosímil es la única medida de la realidad”

Gabriel García Márquez.

Si Abelardo de la Espriella llegaré a ganar las elecciones el próximo domingo, coronaría la cacocracia en la Casa de Nariño y el proceso de transición democrático iniciado hace 35 años con la Constitución del 91, encabezado hoy por Iván Cepeda, estaría en riesgo de quedar convertido en trizas.

Hernando Llano Ángel.

Este domingo tendremos la oportunidad de resolver en las urnas esa encrucijada de destinos. Estamos frente a una elección histórica. Podemos optar por avanzar hacia la transición democrática o, por el contrario, cerrar una consolidación cacocrática. La transición democrática tuvo su punto de partida hace ya casi 35 años con la Constitución del 91 y su propósito fundamental fue detener, así fuera transitoriamente, el ascenso de la criminalidad del narcotráfico, que catalizó dicho proceso constituyente perpetrando tres magnicidios de candidatos presidenciales en línea: Luis Carlos Galán Sarmiento, Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro Leongómez. De haber tenido la oportunidad alguno de ellos de llegar a la presidencia, hoy viviríamos en una auténtica democracia, pues todos estaban empeñados en romper esa simbiosis mortal entre la política, el crimen del narcotráfico y la violencia de unas guerrillas que ya estaban extraviadas en el laberinto de las economías ilícitas. Por eso, la Constitución logró desactivar el narcoterrorismo de Pablo Escobar, así fuera renunciando a la extradición en su artículo 35, bandera de Escobar, pero sobre todo incorporando a la Asamblea Constituyente a representantes de grupos insurgentes desmovilizados, como el M-19, el EPL, el PRT y la guerrilla indígena Quintín Lame. Agrupaciones que desde una perspectiva civilista y progresista aportaron en el debate y la gestación de la Constitución actual. Una Constitución cuyo mayor mérito fue proyectar y condensar en su articulado el horizonte democrático más claro que haya tenido Colombia en toda su historia política. Ese horizonte tiene su principal sustento institucional en el Estado Social de derecho (artículo 1) que consagra sus valores y principios éticos: “la dignidad humana, el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y la prevalencia del interés general”. También en su artículo 13, cuando establece que “El Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas en favor de grupos discriminados o marginados” y en su artículo 22 que nos interpela a todos, diciéndonos que “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. Esta trilogía de artículos es la quintaesencia de la democracia, pues concibe la política como una actividad que presupone la paz como condición imprescindible para garantizar el reconocimiento de la dignidad e igualdad de todas las personas, al tiempo que valora la pluralidad de intereses, valores e identidades como la mayor riqueza en una sociedad.

Democracia Vs Cacocracia

Por eso la política democrática no es compatible con mentalidades imbuidas de prejuicios que son propios de una sociedad arcaica, decadente y descompuesta donde los cacos, es decir, quienes viven de robar, desconocer y violar los derechos de los demás, ya sea mediante la fuerza, la trampa o la astucia de la razón y la interpretación ventajosa de la ley imponen sus intereses.  De esta forma ladina, pero también por la fuerza, instauran la Cacocracia: “el ‘gobierno de malvados’ o un ‘mal gobierno’ (en ocasiones se ha definido como ‘gobierno de los ineptos’)[i]. Los rasgos predominantes en esas sociedades cacocráticas son taras culturales y políticas como el clasismo, el racismo, el machismo, la misoginia, la homofobia, transfobia, la xenofobia y la aporofobia, que inevitablemente reducen la política a un ejercicio de fuerza y violencia para regular la vida social a partir de la discriminación, la represión y la persecución. Incluso mediante el uso brutal y arbitrario del poder estatal para “destripar” a los opositores. El clasismo es una tara cultural de todos aquellos que tratan a las personas según sea su estrato social, con adulación y finos modales frente a la “gente de bien”, los de arriba, y lo hacen con desdén y desprecio hacia los “nadie”, los de abajo. El racismo, que discrimina a partir del color de piel, los acentos y valores culturales a quienes son diferentes, considerados inferiores, de mal gusto y feos. El machismo, con su desprecio a las mujeres para subordinarlas a los intereses y deseos masculinos, desconociendo su igual dignidad, autonomía y valor, que tiene en la misoginia su máxima degradación. Son típicas expresiones del machismo el acoso sexual y su procacidad genital, como símbolo de virilidad, tal como lo hizo en forma injuriosa y despreciable el candidato Abelardo de la Espriella con la periodista Laura Rodríguez[ii], quien calificó su presión para que viera en su celular una supuesta fotografía que insinuaba el tamaño de su pene no como “un simple comentario desafortunado. Fue un irrespeto total hacia mí y hacia mi trabajo. Me sentí vulnerada, acosada y asqueada”. La homofobia y transfobia, con su burla y desprecio por las personas con diversas orientaciones sexuales por considerarlas moralmente degeneradas, enfermas y hasta un peligro inminente para sus familias y sus identidades supuestamente normales. Por último, la xenofobia, exaltando un falso patrioterismo que conduce al rechazo del extranjero en proporción directa a su pobreza, que es lo característico de la aporofobia[iii], “odio, miedo y rechazo” hacia los más pobres, a quienes llaman vagos y zarrapastrosos, salvo en época electoral cuando van tras sus votos prometiéndoles su redención si votan por ellos y una “Patria Milagro”, que a la postre puede malograr mucho más sus precarias vidas.

Álvaro Uribe Vélez, pionero de la Cacocracia

En Colombia la cacocracia tuvo su primera aparición explícita durante los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez, a tal punto que, en un congreso de la Federación de Cafeteros, llamó a los congresistas que lo apoyaban y estaban siendo investigados por la parapolítica[iv], dada su asociación criminal con los paramilitares de las AUC, a que votarán rápidamente sus proyectos de ley antes de ir a la cárcel[v]. Sin duda, un aporte significativo de Uribe a las formas de gobierno, al promover un híbrido entre el régimen parlamentario y el penitenciario. Híbrido que llevaría a la perfección, pero también a la cárcel, a sus ministros de Justicia, Sabas Pretelt y de Seguridad Social, Diego Palacio[vi], pues mediante el delito de cohecho a los congresistas Yidis Medina y Teodolindo Avendaño, más conocido como la “Yidispolítica”[vii], logró la reforma de un articulito de la Constitución para ser reelecto presidente del 2006 al 2010. Con la comisión de este delito de lesa constitucionalidad se inaugura propiamente una presidencia cacocrática, pues a pesar de la ilegalidad que hizo posible la reforma de la Constitución, su triunfo fue legitimado en las urnas por 7.39.835 colombianos en primera vuelta, frente a Carlos Gaviria Díaz, que obtuvo 2.613.157 votos como candidato del Polo Democrático. Un precedente de la complacencia de millones de colombianos con la ilegalidad y la exitosa, pero no menos nefasta fórmula electoral del “fin justifica los medios”, que sustituye la ética pública por la ética de las simpatías personales y los intereses privados, sumada a los miedos, prejuicios y odios contra quien era entonces Carlos Gaviria Díaz, un jurista ejemplar y demócrata integral, frente a un político con un pasado penumbroso, colindante con la ilegalidad y la criminalidad desde sus inicios en la Aerocivil mediante la concesión de numerosas matriculas a avionetas relacionadas con el narcotráfico. Y, hoy, 20 años después, nos encontramos frente a dos candidatos que representan esa disputa entre la cacocracia y la democracia, Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda.

¿Coronara Abelardo su carrera en la Casa de Nariño?

De allí que Abelardo de Espriella sea hoy  el candidato de la cacocracia, pues agita las mismas bandera de Álvaro Uribe Vélez de hace 20 años: la seguridad, la supuesta lucha contra la corrupción, la defensa de la Patria (“Primero Colombia”, en Uribe), la protección y promoción de la inversión extranjera, la explotación a ultranza de las energías fósiles, la “motosierra” del Estado al estilo Milei, la rebaja de impuestos a las grandes fortunas y, sobre todo, la apelación a la fuerza y la violencia, “firmes por la Patria”, con nuevas versiones del “Plan Colombia”, apoyo y asesoría militar de Israel, anunciando que en 90 días acabará con los grupos armados ilegales y el narcotráfico, haciendo de Colombia una “Patria Milagro”. El trasfondo de semejante programa, no es otro que la utilización irresponsable del miedo y la exaltación de un falso patrioterismo, de quien en el pasado fuera asesor de los grupos narcoparamilitares, responsables de más de 200.000 asesinatos y del control de una vasta red de estructuras criminales, como la oficina de Envigado, al mando de “Don Berna”, otrora fundador con los Castaño y Mancuso de los PEPES y luego de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU)[viii]. Su patrioterismo es tan acendrado que tiene dos nacionalidades más, la italiana y la estadounidense, cuyo juramento exige una lealtad absoluta, por encima de los intereses de cualquier otra nación, lo que significa que estará incondicionalmente al servicio de MAGA. Por todo lo anterior, si llegaré a ganar las elecciones el próximo domingo, coronaría la cacocracia en la Casa de Nariño y el proceso de transición democrático iniciado hace 35 años con la Constitución del 91, encabezado hoy por Iván Cepeda, quedaría hecho trizas. Tal es la encrucijada histórica en que nos encontramos y por eso, según Gabo, “lo inverosímil es la única medida de nuestra realidad”, pues llegaría a la presidencia de la República un abogado que debe gran parte de su fortuna, pintoresca y fulgurante figura a sus asesorías y defensas de los mayores criminales de lesa humanidad, los paras, cuyas atrocidades superan en número y crueldad las cometidas por las Farc-Ep, además de los generosos honorarios recibidos de delincuentes de cuello blanco como David Murcia Guzmán y Alex Saab. Frente a semejante encrucijada, la única opción política y éticamente coherente para avanzar por la difícil senda de la transición democrática es la representada por Iván Cepeda, pese al legado de desaciertos y escándalos que recibe del presidente Petro, con sus delirios de “Colombia, potencia mundial de la vida” y “La Paz Total”.