Javier Giraldo Moreno, S. J: Una vida ejemplar y una obra inmortal
Hernando Llano Ángel.
Si de alguien puede decirse que
su vida fue ejemplar y dejó para la posteridad una obra inmortal, es del
sacerdote Javier Giraldo Moreno, S. J[i],
fallecido a sus 82 años, la semana pasada en Bogotá. Su vida fue un testimonio
ejemplar por su coherencia, valor y compromiso con la promoción y defensa de
los Derechos Humanos, asumidos desde una espiritualidad cristiana terrenal,
fraternal y solidaria. Una espiritualidad inspirada por el sacerdote y
sociólogo Camilo Torres Restrepo, para quien, más allá de sus disputas
metafísicas en torno a la fe y la inmortalidad del alma, que entonces sostuvo
con los jerarcas de la Iglesia Católica, afirmó que aquello que lo desvelaba y
sublevaba era la mortalidad del hambre, más que la inmortalidad del alma. Pues
la primera debería y podía evitarse en lugar de refugiarse en una fe sin vida,
como lo hacían millones de católicos para asegurarse la inmortalidad de su alma.
Por eso, siendo el padre Camilo capellán en la Universidad Nacional --contaba
el padre Javier en su última entrevista con la Unidad de Búsqueda de Personas
dadas por Desaparecidas[ii]-—lo
que más le sorprendía a Camilo era que quienes asistían a sus misas casi nunca
lo acompañaban en sus visitas de solidaridad y caridad cristiana a los barrios
populares de Bogotá, mientras que los estudiantes que no asistían a la misa del
mediodía sí lo acompañaban en apoyo a sus obras con las Juntas de Acción
Comunal. Entonces, concluía Camilo: “Los que aman no tienen fe y los que tienen
fe no aman”.
Los Derechos Humanos como Fe
El padre Javier Giraldo asumió ese
desafío y contradicción teológica desde su dimensión más secular, articulando
la promoción y defensa de los Derechos Humanos con la vida y dignidad de todas
las personas y comunidades, especialmente de aquellas que sufren la vulneración
violenta de sus derechos fundamentales. Por eso, su obra es también un legado
inmortal y pertenece a todas las comunidades y personas que afirman su dignidad
y rechazan radical y civilmente a quienes vulneran sus derechos e identidades.
Vulneración que suele perpetrarse en defensa de un orden político sin justicia
y en aras de mayor seguridad para la prosperidad de minorías o, peor aún, que es
violentamente ejecutada por aquellos que reivindican y luchan por la justicia
social sin respetar la vida, libertad y dignidad de las personas y comunidades
que dicen representar. Con radicalidad, entonces, se consagró el padre Giraldo a
defender los cuerpos de todas las víctimas para así también conservar y quizá
salvar sus almas. De allí su compromiso vital con la Comunidad campesina de San
José de Apartadó, asediada, atacada y ultrajada violentamente por todos los
actores armados del conflicto, precisamente por su empeño pacífico y civilista
de no dejarse arrastrar por esa vorágine de violencias aniquiladoras y
consolidar su autonomía. Autonomía que no debe confundirse con neutralidad,
pues la Comunidad siempre afirmó y defendió sus derechos, como continúa
haciéndolo hasta hoy. Derechos inclaudicables a una vida libre, digna y justa,
es decir, disfrutada con plena vigencia de los Derechos Humanos en su dimensión
integral: civil, política, social, económica, cultural y ecológica.
Derechos Humanos como Paz y Democracia
Así los asumió y promovió siempre
el padre Giraldo, más allá de las incomprensiones y descalificaciones maniqueas
de gobernantes y políticos de extrema derecha, que lo tildaban de solo defender
los “izquierdos humanos”. Una sindicación completamente absurda, pues la misma
Constitución en su artículo 95, numeral 4, nos señala como un deber de todos
los colombianos: “Defender y difundir los derechos humanos como fundamento de la
convivencia pacífica”, en
consonancia con el artículo 22, complemento imprescindible para la existencia
de la democracia: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. Porque
mientras persista la violencia política, más allá de las motivaciones o
intereses de sus perpetradores, sean estos la pura codicia, la rebelión o ambas
juntas, y a ella se le sume la respuesta militar y represiva del Estado como la
única solución milagrosa para contener o eliminar a los “terroristas”, incluso
con la ayuda de Cristo Rey, los derechos humanos inevitablemente seguirán
siendo violados y conculcados. Ya sucedió con los exitosos miles de “falsos
positivos” de la “seguridad democrática”, cuando se nos anunciaba que faltaba
poco para “matar la culebra”. Así llevamos más de medio siglo y continuará
sucediendo, como ya lo empezamos a ver con los eficaces bombardeos de las
Fuerzas Militares, que en estas tres semanas de la “Patria Milagro” dejan al
menos 4 menores de edad sin vida. Y la cifra seguirá creciendo, pues se calcula
que han sido reclutados más de mil menores de edad por organizaciones cuyos
comandantes no solo son criminales de guerra, sino que carecen del más mínimo
honor y valor militar, pues los utilizan como escudos y carne de cañón para
salvaguardar sus vidas.
Estado y Derechos Humanos
Por eso el padre Giraldo siempre
sostuvo que el primer responsable de la vigencia, promoción y defensa de los
derechos humanos es el Estado[iii],
pues éste históricamente surgió precisamente para proclamarlos y garantizarlos,
como aparece ya en la Declaración del 26 de agosto de 1789 de la Asamblea
Nacional Francesa, en su artículo 2: “La
finalidad de toda asociación política es
la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre.
Estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a
la opresión”. Esa Asociación Política hoy la conocemos, en nuestra
Constitución, con el nombre de Estado Social de derecho. De otra parte, sustentado también en la declaración Universal de
los Derechos Humanos, proclamada el 10 de diciembre de 1948, en donde se reafirma
que es “esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a
fin de que el hombre no se vea compelido
al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”, el
padre Giraldo consideró que históricamente se podía explicar, lo que no
significa justificar y menos legitimar, el surgimiento de las guerrillas en
Colombia hacia 1964. Lo hizo en su ensayo: Aportes
sobre el origen del conflicto armado en Colombia, su persistencia y sus
impactos (páginas 423 a 467) en el libro:
Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia, más
conocido como Comisión Histórica del
Conflicto y sus Víctimas. Pero su rechazo radical a la legitimación o
justificación de la violencia armada, independiente de la identidad del actor
responsable de la misma y de sus razones, motivaciones o intereses, fue
demostrada con su compromiso, acompañamiento y defensa permanente de la comunidad
campesina de San José de Apartadó. Ese compromiso lo realizó sin escatimar los
riesgos para su propia vida, denunciando los crímenes y llevando ante la
justicia a sus presuntos responsables. Así sucedió con el general (r) Rito
Alejo del Rio, condenado en 2012 a 25 años y 10 meses de prisión por el caso
del asesinato del líder social chocoano Marino López en 1997. “En el fallo se sostiene que la operación
“Génesis” y las actuaciones paramilitares fueron una única unidad de propósitos
entre la brigada 17 y los paramilitares de las AUC y que formaba parte de una
estrategia de consolidación paramilitar, toma de territorios y sometimiento de
un enemigo común”[iv].
En contraste con esta decisión judicial, el entonces gobernador de Antioquia,
Álvaro Uribe Vélez, consideraba que “nadie mejor que el general Del Río
comprendió que a Urabá había llegado la hora de la paz, el Estado, y a fe que
avanzó notablemente”, siendo por ello condecorado y llamado “el
pacificador de Urabá”.
San José de Apartado, enclave de espiritualidad terrenal
Ese legado inmortal como defensor
inclaudicable de los derechos humanos, lo forjó el padre Giraldo junto a la
Comunidad de San José de Apartadó, resistiendo con el poder de la organización,
la palabra y la espiritualidad los embates de todos los actores armado, junto a
la entonces alcaldesa de Apartadó, Gloria Cuartas. Lo hicieron con eficacia
mediante la denuncia pública y judicial veraz de todas las agresiones y
violaciones perpetradas por los distintos actores armados contra la vida, bienes
y autonomía civil de sus pobladores, campesinos y campesinas. Comunidad que
hasta el día de hoy persiste con valor en ese empeño, convertida en un enclave
de espiritualidad terrenal. Para comprender mejor ese alcance de civilidad y
las profundidades de esa espiritualidad telúrica, arraigada en San José de
Apartado y sustentada en la secularidad de los derechos humanos a través de la
defensa de la paz y la democracia, nada mejor que consultar y leer los escritos
del padre Javier Giraldo en su portal Desde los Márgenes: https://www.javiergiraldo.org/ y la
gesta de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó: https://www.cdpsanjose.org/ .
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