viernes, julio 19, 2024

¿ES UNA CAMPAÑA PRESIDENCIAL O UNA PELÍCULA DEL OESTE?

 

¿Es una campaña presidencial o una película del Oeste?

Hernando Llano Ángel.

El reciente atentado criminal contra el expresidente y actual candidato presidencial por el Partido Republicano, Donald Trump, se parece más a la escena de una película del oeste que a un mitin de campaña presidencial. Se puede apreciar, en varios vídeos, la trayectoria del proyectil que rozó e hirió su oreja derecha, como si fuera una escena de la famosa película Matrix. Trump reaccionó, como sucede en las películas de acción, lanzándose al piso para ser protegido inmediatamente por su cuerpo de escoltas y se incorporó como un auténtico héroe de guerra, con el puño en alto, su rostro ensangrentado y llamando a sus seguidores a combatir. Toda una puesta en escena, más próxima a una guerra civil que a un mitin de campaña electoral. Parece representar el punto de inflexión del colapso irreversible de la democracia norteamericana, cuyo origen se remonta por lo menos a la guerra de Vietnam y el magnicidio de J.F Kennedy, seguido del escándalo de Watergate[1] con Richard Nixon, que marcan la criminalización de la contienda presidencial norteamericana. Es una escena espectacular que revela, una vez más, la irrupción de la violencia letal en la disputa por la Casa Blanca. Violencia que el propio Trump propició el 6 de enero de 2021, alentando la toma del Capitolio[2], al desconocer su derrota electoral frente Joe Biden, a quien tilda en sus discursos como el “más corrupto de todos los presidentes” y todavía impugna su legitimidad presidencial. Aún más grave, recientemente en un mitin en el mes de marzo, Trump advirtió: “Ahora, si no soy elegido será un baño de sangre para todo el mundo, eso será lo de menos, será un baño de sangre para el país”. Cuando se llega a semejantes extremos es casi inevitable que la política discurra por los cauces impredecibles de la violencia. Y, la verdad, es que Biden tampoco desperdicia oportunidad para recordarle a Trump que es un convicto de 34 cargos criminales[3]. En estas circunstancias, las balas pueden sustituir los tarjetones electorales y los francotiradores y pistoleros definir los candidatos y los gobernantes. Nosotros sí que hemos padecido esa violencia política: Jorge E Gaitán, Jaime Pardo Leal, Luis Carlos Galán Sarmiento, Bernardo Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro y Álvaro Gómez, seis magnicidios en poco más de medio siglo, sin por ello dejar de preciarnos, oficial y académicamente, de ser la democracia más sólida y estable de América Latina. Lo cual es una contradicción en los términos y es un violento oxímoron antidemocrático, pues son las balas y los poderes de facto[4] los que deciden quiénes gobiernan y no los ciudadanos en las urnas. En Estados Unidos, el último magnicidio presidencial fue en 1963 cuando el vicepresidente Lyndon B. Johnson sucedió al sacrificado John F Kennedy. Pero a dicho magnicidio, siguieron los de su hermano Robert Kennedy y el del líder de los derechos civiles, Martin Luther King. Derechos civiles sin los cuales la democracia norteamericana era una mascarada, pues negaba el principio de igualdad para la población negra, como todavía sucede en la realidad para la mayoría de sus miembros. Especialmente en el respeto a sus vidas por parte de algunos agentes del Orden, para quienes ser negro ya es motivo de sospecha criminal. Según informe de Human Rights Watch: “Desde 2015 hasta 2018, 3.943 personas fueron atacadas con armas de fuego y murieron a manos de policías en EE. UU., según los registros del Washington Post sobre muertes provocadas por policías. Casi una cuarta parte de las personas asesinadas eran negras, aunque los negros representan solamente el 13,4 % de la población general”[5].  Estados Unidos es “Un país bañado en sangre”[6], como se titula uno de los últimos libros de Paul Auster: “un millón y medio de norteamericanos han perdido la vida a balazos desde 1968: más muertos que la suma total de todas las muertes sufridas en guerra por este país desde que se disparó el primer tiro de la Revolución Norteamericana”, nos lo recuerda en la página 170 de su ensayo. Al respecto, es conocido el respaldo irrestricto de Trump y los republicanos a la Asociación Nacional del Rifle[7], que apoyó generosamente su campaña presidencial en el 2016 a cambio de no limitar o prohibir la venta de armas de asalto, como la que utilizó el joven Thomas Matthew Crooks[8] con la que casi acaba con su vida. Cría cuervos y te sacarán los ojos y además perforarán orejas, pero todo parece indicar que millones de norteamericanos prefieren quedar ciegos y cerrar sus oídos para siempre, antes de renunciar al derecho de poseer y portar armas que les concede la segunda enmienda de su Constitución[9].

Hannah Arendt Vs la criminalidad presidencial

Comentando el magnicidio de John F Kennedy, Hannah Arendt, en una entrevista realizada por Roger Errera en octubre de 1973, afirmó: “Por primera vez desde hacia mucho tiempo en la historia americana, un crimen directo logró influir sobre los procesos políticos, perturbándolos…Pero, para volver a las cuestiones generales: entre las peculiaridades de nuestra época figura también la irrupción masiva del crimen en los procesos políticos”, refiriéndose obviamente al holocausto. En parte como reacción a esa violencia política magnicida y sus guerras de intervención, desde entonces en Estados Unidos, continúa Arendt: “la seguridad nacional se coloca en primer plano y es invocada para justificar todo tipo de crímenes, entonces el presidente siempre tiene razón… No puede hacer nada incorrecto. Es decir, es un monarca en una república. Está por encima de la ley y, haga lo que haga, siempre puede justificarlo diciendo que tal cosa ocurre en aras de la seguridad nacional”, como en efecto lo hizo Nixon declarando la “guerra contra las drogas”, cada día más errática e interminable. Esa “infalible” inmunidad presidencial es la que acaba de ratificar la Corte Suprema de Justicia[10] norteamericana con su providencia sobre la inmunidad presidencial en desarrollo de actos oficiales. Habilita así a Donald Trump para ocupar de nuevo la Casa Blanca, pues durante la toma del Capitolio desempeñaba esas funciones presidenciales. En otras palabras, la inmunidad presidencial otorgada por el alto tribunal consagra la impunidad criminal de Trump quien, de ganar las elecciones, estará al mando del Estado militarmente más poderoso y destructivo del planeta. Sin duda, una situación temeraria para la seguridad mundial y la misma supervivencia de la humanidad, que supera todas las ficciones políticas y policíacas. Incluso hasta la apocalíptica cinta de Netflix “Dejar el mundo atrás”[11], de la que fueron productores los esposos Obama, y pronóstica la guerra civil en Norteamérica como consecuencia de la desinformación algorítmica que explota la desconfianza, xenofobia y el belicismo de las milicias de extrema derecha, las retaguardias sociales y políticas de Trump, como lo vimos en la toma al Capitolio.

Trump y Putin, viejos mejores amigos

Siguiendo con las ficciones, podría uno imaginar, dada su cercanía con su viejo y mejor amigo Vladimir Putin, que Trump, como ya lo ha dicho, “terminará la guerra en Ucrania en 24 horas”. Es probable, entonces, que le proponga a Putin una sociedad para repartirse a Ucrania. Una posibilidad que cabe entre dos gánsteres de la política internacional, pues ambos esgrimen la “seguridad nacional” y el “enemigo interior” como la piedra angular de sus respectivos gobiernos y Estados, igual como lo hace Netanyahu, otro criminal de guerra, para eludir la justicia de su propio Estado. Así pasamos de la clásica “Razón de Estado[12] a la “Razón de los criminales de Estado”, pues en aras de la “seguridad y la soberanía nacional” de sus Estados no hacen parte del Estatuto de Roma y escapan a la Corte Penal Internacional. Para comprender mejor esta deriva contra la democracia, recomiendo ver el documental “El enemigo Interior[13], de la Deustche Welle, que revela precisamente como los seguidores de Trump –la mayoría veteranos de guerra-- hacen de la apología de la violencia su principal argumento contra la aceptación de los resultados electorales. Precisamente por ello es imperioso y vital condenar el criminal atentado contra Trump. Pues de no hacerlo, se estaría aceptando que el poder nace de la punta del fusil y no de la palabra y la voluntad ciudadana expresadas libremente en las urnas, más allá de la manipulación y del miedo a un supuesto “enemigo interior”, formado por los emigrantes y aquellos que se oponen y critican esos falsos discursos patrioteros y chovinistas de todas las derechas. Discursos, en últimas, sustentados en la defensa de supuestas razas superiores y sus privilegios sociales. Tal el trasfondo de “Make America Great Again”[14]. Entonces probablemente la política internacional se parezca cada vez más a una película del Oeste, pero con pistoleros que portan armas de destrucción masiva. Podría ser la última película para millones de personas atrapadas en medio del fuego cruzado, incluso para sus protagonistas y cientos de actores de reparto, que se creen figuras históricas y no pasan de ser fantoches criminales de guerra: Trump, Putin y Netanyahu, quienes ordenan asesinar indiscriminadamente en nombre de la “Seguridad Nacional y la Soberanía” de sus respectivos Estados.

PD: Para mayor información y comprensión leer enlaces en notas de pie de página.



domingo, julio 14, 2024

ANALOGÍAS IMPOSIBLES Y COMPARACIONES INEVITABLES

 

Analogías imposibles y Comparaciones inevitables

Hernando Llano Ángel.

Entre el desempeño de la Selección colombiana de fútbol en la copa América y la realidad política nacional --más allá de su merecida victoria e indeseable derrota en contadas horas frente a la Selección argentina-- se pueden hacer muchas analogías imposibles y comparaciones inevitables.

Analogías imposibles

Pero hay analogías imposibles de realizar, como la de intentar comparar la Selección de fútbol con el Estado y el Gobierno Nacional. Por la sencilla razón de que la Selección es un equipo compacto, coherente y competente, mientras que nuestro Estado y el gobierno actual, como los anteriores, son más bien una colección de instituciones e instancias descoordinadas, incoherentes e incompetentes. La Selección representa la unidad nacional y el jolgorio colectivo, como lo dijo el presidente Petro al decretar día cívico mañana, 15 de julio, mientras el Estado, los gobiernos y la misma sociedad expresan, parafraseando al expresidente Betancur, “una federación de rencores y un archipiélago de odios”. A tal punto que ni siquiera fue posible un acuerdo entre todos los mandatarios regionales y locales para hacer del lunes un día cívico nacional.

Comparaciones Inevitables

Probablemente ello se deba a varios factores propios de cada una de las actividades que configuran el fútbol, como deporte y espectáculo de masas, y la política como competencia por el poder estatal y la conducción de la sociedad. A la selección colombiana se llega por mérito, trabajo y disciplina de sus jugadores, que han demostrado su competencia y profesionalidad en muchas ligas, la mayoría internacionales. Por el contrario, a la política nacional llegan muchos por su capacidad para ocultar su incompetencia profesional y mostrarse ante millones de electores como excelentes jugadores, prometiendo lo que nunca cumplen. Mientras en el fútbol predomina el mérito, en la política nacional lo hace la mediocridad, salvo raras excepciones, que suelen ser bloqueadas o incluso aniquiladas por la violencia y el juego sucio que predomina bajo formas de intrigas, Fake News y favoritismos de los medios de comunicación. Pero la mayor y vital diferencia es que en la cancha de fútbol hay lugar para los mejores, seleccionados por su profesionalidad y calidad en el juego. Un juego que es apreciado y valorado en forma pública y directa, por millones de espectadores, a los que no se puede engañar tras bambalinas, como es usual en la política. En la política suelen ser seleccionados no los mejores, sino los más astutos en ocultar sus defectos, triquiñuelas, mañas y su penumbroso pasado en un juego lleno de intrigas, complicidades y ocultamientos gracias a ingeniosas campañas publicitarias, el marketing político y sus generosos patrocinadores. Patrocinadores que luego son favorecidos en el campo del juego político desde posiciones de poder estatal desempañadas por los ganadores, legislando o gobernando a favor de intereses minoritarios y en desmedró del interés general y nacional. Son jugadores y testaferros que la mayoría de las veces sirven a “Don dinero, poderoso caballero”. En el fútbol, es verdad, sucede algo parecido, pero solo en los equipos de las ligas nacionales que, como los partidos políticos, terminan siendo más empresas en función de sus propietarios y líderes, patrocinadores y fanáticos, siempre obsesionados en ganar copas y el poder estatal sin importar mucho los medios utilizados, desde los goles con la “mano de Dios” hasta la violencia letal en la política.

Comparaciones lamentables

Y es en este terreno donde se pueden establecer comparaciones lamentables entre el fútbol y la política, como son los fanatismos deportivos y los fundamentalismos doctrinarios entre hinchas y miembros de partidos políticos que anegan en sangre las sociedades. Por eso lo que hay que evitar a toda costa es que el sentido de la nacionalidad se agote en los 11 jugadores en la cancha de fútbol o en un partido político y, todavía peor, que sus triunfos o derrotas terminen en actos de vandalismo y destrucción incomprensibles e inadmisibles. Los colombianos deberíamos ser capaces de emular las virtudes de la Selección en nuestra vida social y compartir entre todos y todas el campo nacional y nuestras ciudades, con las riquezas de la biodiversidad y la interculturalidad que nos constituye, como sucede en la Selección Nacional. Una Selección donde todos los jugadores aportan sus talentos, procedentes de regiones centrales y periféricas, especialmente aquellos en cuyo territorio, como el Chocó, sigue siendo presa de depredadores políticos y de grupos armados ilegales en disputa de las riquezas nacionales. Solo cuando transformemos ese paisaje desolador de violencia y codicia, tendremos una cancha política con cabida para todos y todas, más allá de procedencias sociales, apellidos, riquezas o identidades étnicas y culturales. Solo entonces tendremos algo parecido a una cancha de fútbol, llamada democracia, que brinda a todas las partes iguales oportunidades de jugar y eventualmente ganar, con reglas claras que todos cumplen, expulsando del juego la violencia letal, la simbólica y las trampas entre los múltiples adversarios –que nunca se tratan como enemigos-- y cuyos resultados siempre seran inciertos, como la final que en pocas horas la Selección Colombiana jugará frente a Argentina. Y, como sucede en la democracia, más allá del triunfo o la derrota, siempre habrá oportunidad para la revancha, pues ningún equipo o partido político podrá ganar siempre todas las copas y menos las elecciones. Si ello acontece, sería el fin del fútbol y la democracia.

jueves, julio 11, 2024

FÚTBOL, POLÍTICA Y DEMOCRACIA

 

FÚTBOL, POLÍTICA Y DEMOCRACIA EN COLOMBIA

https://blogs.elespectador.com/sin-categoria/futbol-politica-y-democracia-en-colombia/

“Esta encrucijada de destinos ha forjado una patria densa e indescifrable donde lo inverosímil es la única medida de la realidad”. Gabriel García Márquez.

Hernando Llano Ángel.

Entre el fútbol, la política y la democracia hay muchas similitudes y diferencias. Para empezar por las similitudes, convocan multitudes y suelen generar emociones parecidas. Desde la felicidad frenética de la victoria hasta la tristeza apabullante de la derrota. Tienen en común ser espectáculos públicos que nadie puede ignorar, así los deteste y se refugie en otras actividades. Es imposible escapar de las consecuencias de la política y menos a las alegrías y desdichas del futbol. De sus resultados, sus jugadores, victorias, derrotas y trampas todo el mundo habla y se considera un experto insuperable. Aunque no faltan detractores que repudian a las tres, en este orden: política, democracia y fútbol, por considerarlas sucias, violentas y corruptas, pues consideran que de ellas se lucran y enriquecen muy pocos a costa del fanatismo, la ignorancia y la ingenuidad de millones de hinchas y electores.

Fútbol vital Vs Política letal

Pero quizá la mayor diferencia es que el fútbol, salvo circunstancias excepcionales, es un juego vitalmente disputado que disfrutan las mayorías, como lo estamos viendo por estos días en la Eurocopa y la Copa América. Por el contrario, la política suele ser, especialmente en el ámbito internacional, una disputa criminal donde mueren millones de personas, la mayoría civiles semejantes a los espectadores en los estadios, en beneficio de minorías inescrupulosas, que nunca combaten y menos mueren: la industria bélica y sus cómplices auspiciadores, los jefes de Estado. Tanto nacional como internacionalmente hoy la política y la democracia están en retroceso frente al fútbol. Todos los jefes de Estado perderían por goleada frente a sus respectivas selecciones, si se realizaran sondeos de opinión. Y no debería ser así, pues tanto la política como la democracia podrían emular las principales reglas del fútbol y brindar resultados satisfactorios para todos, incluso para los perdedores, que siempre tienen la oportunidad de cobrar revancha. Pero lamentablemente no es así. Muchos políticos hacen de la democracia un juego de suma cero, pues creen que al ganar las elecciones sus adversarios ya pierden todo, incluso el derecho a jugar como legítimos opositores y eventualmente a ganar en las próximas elecciones. Así acaban con la democracia.

Fútbol y Democracia

 Seguramente ello se debe a que el fútbol es un juego agonal, es decir, que tiene reglas claras y precisas que regulan el juego y protegen a todos los jugadores de la violencia, la fuerza y las trampas, conservándoles sus vidas. Sin duda, el fútbol es un juego disputado, la mayoría de las veces rudo, pero no tolera la violencia ni la trampa para obtener victorias. Aunque algunas se hayan logrado con la “mano de Dios”, como la de Maradona frente a Inglaterra. El fútbol es un juego con reglas claras y resultados inciertos, como reza una conocida definición de la democracia, que lamentablemente estamos muy lejos de cumplir en Colombia. Ningún entrenador de fútbol estimula a sus jugadores a golpear al contrario para ganar el partido, sin importar los medios utilizados, como sí lo hacen algunos líderes políticos, incluso en nombre de la democracia. Nunca se le ocurriría a un entrenador tratar a los contrincantes como enemigos del juego que deben ser excluidos de la cancha o incluso eliminados a punta de patadas. Nunca deslegitima de entrada al adversario, sin siquiera comenzar el partido, tildándolo de antideportivo o antidemocrático. Mucho menos los entrenadores se niegan a reconocer los resultados cuando pierden o animan a tomarse el “Estadio”, como lo promovió Trump en   Washington en el Capitolio y Bolsonaro en el palacio de Planalto en Brasilia. En una palabra, tanto el fútbol como la democracia no toleran ni aceptan la violencia, ni la trampa como medios legítimos para competir, pues desde el momento en que irrumpen en el campo de juego o en la vida pública, ponen en riesgo la vida de todos los jugadores y de los mismos espectadores. Es decir, dejan de existir en tanto fútbol y democracia, para convertirse en juegos mortales, donde todos estamos en riesgo. Empezando, obviamente, por los mejores jugadores y la integridad de sus compañeros de equipo o partido político.

Magnicidios Políticos

En el caso de la democracia, el asunto es letal e irreversible, pues los partidos se convierten en facciones criminales, algo que afortunadamente no puede suceder en una cancha de fútbol, sin que por ello los equipos estén a salvo de ser tomados por manos criminales, como pasa con frecuencia con los partidos políticos. Siguiendo con el símil de la realidad política nacional, varios de sus más destacados protagonistas fueron eliminados violentamente en el campo de juego por miedo al triunfo de sus partidos y las posibilidades de ser algún día campeones nacionales. Durante el siglo XX fueron asesinados en el campo de juego político siete candidatos presidenciales: Rafael Uribe Uribe (1914), Jorge Eliecer Gaitán (1948), Jaime Pardo Leal (1987), Luis Carlos Galán Sarmiento (1989), Bernardo Jaramillo Ossa (1990), Carlos Pizarro Leongómez (1990) y Álvaro Gómez Hurtado (1995). Difícil sostener con semejante estela de magnicidios que tengamos un campo de juego democrático, cuyas reglas protegen a todos los jugadores, incluso a los espectadores y partidarios de los partidos de oposición, en todas las elecciones. Es una contradicción en los términos y, más grave aún una falta de integridad con la misma vida y los hechos, afirmar que la democracia es compatible con la violencia política y que somos la democracia que cuenta con las instituciones más estables y consolidadas de Latinoamérica, solo por el hecho de realizar ininterrumpidamente elecciones desde 1957. Elecciones que, entre otras cosas, casi nada tuvieron de competitivas y menos de libres, celebradas bajo estado de sitio, casi durante los 16 años del Frente Nacional y que escamotearon en 1970 el triunfo de la ANAPO y su candidato, Gustavo Rojas Pinilla, porque no era de los dos partidos históricos, liberal y conservador. Partidos que ganaban sucesivamente el campeonato nacional y se repartían miti-miti la copa del Estado, sin contrincante alternativo en el campo de juego. Luego, en la década de los 80, los seguidores de otros partidos, como la Unión Patriótica, fueron mortalmente aniquilados en el campo de juego. Dichas instituciones y elecciones democráticas no les brindaron garantías para competir, solo para morir, por eso el Estado colombiano fue condenado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos[1]. Incluso, la primera elección presidencial de la década de 1990 fue postulada desde el Cementerio Central de Bogotá y la ganó, obviamente, César Gaviria, porque milagrosamente escapó al criminal atentado de Pablo Escobar que dinamitó el avión en el que viajaría a Cali en campaña electoral. Y, para terminar, una pregunta inevitable ¿Cómo entender o interpretar las siguientes cifras de víctimas mortales del conflicto armado interno, presentadas por la Comisión de la Verdad[2] en su informe final, sin ser complacientes con la ignominia y la impunidad en nombre de la “democracia”?

“Homicidios
Número de víctimas:
450.664 personas perdieron la vida a causa del conflicto armado entre 1985 y 2018 Si se tiene en cuenta el subregistro, la estimación del universo de homicidios puede llegar a 800.000 víctimas.
La década con más víctimas: entre 1995 y 2004, se registró el 45 % de las víctimas (202.293 víctimas).
Principales responsables de homicidios:
Grupos paramilitares: 205.028 víctimas (45 %),Grupos guerrilleros: 122.813 víctimas (27 %).Del porcentaje de guerrillas, el 21 % corresponde a las FARC-EP (96.952 víctimas), el 4 % al ELN (17.725 víctimas) y el 2 % a otras guerrillas (8.496 víctimas). Agentes estatales: 56.094 víctimas (12 %)1.

Desaparición forzada
Número de víctimas:
121.768 personas fueron desaparecidas forzadamente en el marco del conflicto armado, en el periodo entre 1985 y 2016.Si se tiene en cuenta el subregistro, la estimación del universo de desaparición forzada puede llegar a 210.000 víctimas.
Principales responsables de desapariciones forzadas:
Grupos paramilitares, con 63.029 víctimas (el 52 %). FARC-EP con 29.410 víctimas (el 24 %). Múltiples responsables con 10.448 víctimas (el 9 %), Agentes estatales 9.359 víctimas (8 %)

 Secuestro
Número de víctimas:
50.770 fueron víctimas de secuestro y toma de rehenes en el marco del conflicto armado entre 1990 y 2018. Si se calcula el subregistro potencial, se estima que el universo de víctimas de secuestro podría ser de 80.000 víctimas. Década con más víctimas: entre 1995 a 2004 hubo 38.926 víctimas (77 % del total de secuestros) y solo entre 2002 y 2003 fueron 11.643 víctimas (23 % del total).
Los principales responsables en el secuestro fueron:
Las FARC-EP: 20.223 víctimas (40 %). Los grupos paramilitares con el 24 % (9.538 víctimas). El ELN con 19 % (9.538). También los secuestros fueron llevados a cabo en un número considerable por otros grupos (9 %)”.

Semejantes cifras convierten nuestra realidad política en un campo anegado de sangre y víctimas, sembrado de fosas comunes, la mayoría ocultas por la impunidad. Cifras superiores a las víctimas de todas las dictaduras del Cono Sur. Todo lo contrario de un campo político democrático, que posibilita a través de elecciones libres, legales y competitivas contar cabezas en lugar de cortarlas, según la definición mínima de James Bryce e impide, mediante la justicia y el Estado de derecho, la perpetuación de víctimas irredentas y de victimarios impunes por razones políticas. En nuestro caso, tenemos, pues, una “democracia inverosímil” que permite cortar cabezas sin poder contarlas, pues según la historia oficial y una pléyade de ilustres historiadores y académicos somos un caso excepcional de orden político al lograr integrar con éxito violencia, elecciones y estabilidad institucional, sin incurrir en dictaduras –solo una en el siglo XX, 1953, que el ilustre patricio liberal Darío Echandía denominó “golpe de opinión”, ya que fue incruenta y promovida por civiles-- o populismos caudillistas, como el de Rojas Pinilla, debido al incorruptible y admirado presidente Carlos Lleras Restrepo[3] que conservó incólume el Estado de derecho y la democracia liberal burlando la voluntad ciudadana, pues el turno presidencial correspondía a Misael Pastrana Borrero, en nombre del partido conservador, según lo establecido en la fórmula del Frente Nacional: “un traje a la medida” del Establecimiento y contrario al espíritu democrático de reglas ciertas y resultados inciertos. Al no reconocer Lleras Restrepo el triunfo electoral de Rojas Pinilla, surgió el oxímoron del M-19 y su lema “Con el pueblo, con las armas al poder”. Un oxímoron que rectificaron con la dejación de las armas y le costó la vida a su máximo comandante, Carlos Pizarro, honrando su compromiso y palabra con el juego político al dejar atrás la guerra. Cruel ironía, en la guerra conservó su vida y en la política la perdió, una muestra de “civilidad democrática”. En parte por eso Gustavo Petro como presidente de la República insiste obsesivamente en la paz total. Sabe bien que la paz política es el derecho a la democracia y también su presupuesto existencial, pues sin ella continuará aumentando el número de asesinatos de miembros del partido Comunes, así como el control territorial de la población rural por parte de numerosos actores ilegales que persisten en la equivocación fatal de diezmar a las comunidades de miles de líderes sociales y defensores de derechos humanos, supuestamente en nombre de una democracia con justicia social. Con ello demuestran cada día que nada tienen de revolucionarios, pues actúan como mercaderes de economías ilícitas y mercenarios de guerra. El anterior panorama, violenta y dolorosamente antidemocrático, contrasta con el desempeño de nuestra selección Colombia en la copa América de la cual los políticos deberían aprender su principal virtud: solo se triunfa cuando se juega en equipo, con espíritu colectivo, sin personalismos, con juego limpio y sin “jugaditas” tramposas contra los adversarios, reconociendo su integridad y dignidad. Tanto la democracia como el fútbol presuponen reglas claras y resultados inciertos, con árbitros justos y Estados de derecho. De lo contrario, dejan de tener sentido como disputas vitales y degeneran en espectáculos mortales donde todos corremos el riesgo de perder la vida, la libertad y la heredad, sin las cuales no valen la pena ni el fútbol y menos la democracia.


viernes, junio 28, 2024

LAS AFINIDADES POLÍTICAS VIOLENTAS

 

LAS AFINIDADES POLÍTICAS VIOLENTAS

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/las-afinidades-politicas-violentas/

Hacer la apología de la violencia es criminal, condenar todas las violencias es hipocresía”. Jean Marie Domenach.

Hernando Llano Ángel.

 

Las afinidades entre la política y la violencia siempre han existido. Paradójicamente, han sido compartidas y disputadas históricamente tanto por las ideologías de extrema derecha como de izquierda. Desde la derecha, en nombre del orden, la autoridad y hasta la libertad, como coartadas perfectas para la defensa de un Statu Quo inmodificable y sus privilegiados intocables. Así lo hace hoy Javier Milei con desparpajo en Argentina. Lo intentará de nuevo Trump en los Estados Unidos, catapultado por su popular prontuario criminal entre sus fanáticos seguidores. De otra parte, la izquierda lo hace en nombre del pueblo, la revolución y la justicia, aunque sus líderes por lo general terminan siendo liberticidas y traidores del mismo pueblo, como sucede con la esperpéntica y nefasta pareja de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo en Nicaragua. Son la criminal reencarnación de los Somoza. Ni hablar del cinismo electoral de Nicolás Maduro en Venezuela. Tal parece que fuera una constante histórica la oscilación pendular del poder entre la derecha y la izquierda y viceversa. El siglo XX con sus dos devastadoras y sangrientas guerras son el mejor ejemplo. Ambas terminaron conduciendo a la humanidad a los Campos de Concentración y los Gulag en nombre de supuestas razas superiores y vanguardias revolucionarias. Los totalitarismos son la peor expresión de esas profundas afinidades entre la política y la violencia, que sin mucho éxito trata de contener esa frágil trinidad secular formada por la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho, hoy en retroceso en el mundo entero frente a líderes mesiánicos de derecha e izquierda.

Colombia: entre la política y el crimen.

En nuestro caso, la disputa entre la derecha y la izquierda es más turbia, pero hay momentos en que se vislumbra algo de claridad, pese al intrincado nudo de intereses económicos y políticos que cubre y oculta las rivalidades entre ambos bandos. Tenemos una derecha defensora a ultranza del Statu Quo y una izquierda impaciente, casi desesperada por su reforma total. La primera maneja con destreza todas las argucias legales para que nada cambie. Y la segunda apela emocionalmente a un imaginario pueblo constituyente, disperso y anómico, que es incapaz de transformar la realidad y estalla periódicamente con la violencia de su frustración contra el statu quo. Pero de vez en cuando vislumbramos un destello de claridad en esa confusa disputa entre la derecha y la izquierda y sus respectivas afinidades con la violencia.  Así lo vemos en la reciente polémica desatada por el alto comisionado de Paz, Otty Patiño, en la instalación de la mesa de diálogo con la Segunda Marquetalia. Allí expresó a su máximo comandante, Iván Márquez, que lamentaba el operativo militar “en el que fue abatido Hermes Guerrero, uno de los comandantes de la Coordinadora Guerrillera del Pacífico”, calificando el hecho como “algo fatídico y así lo entienden el presidente, el ministro de Defensa (Iván Velásquez) y el alto mando de las Fuerzas Militares”[1]. El contexto en que se presentó dicha excusa es muy esclarecedor sobre la forma como los gobernantes del Statu Quo, desde la derecha, o sus reformadores, desde la izquierda, intentan desactivar las organizaciones armadas ilegales que amenazan el establecimiento y a la sociedad en su conjunto, negando la existencia de la democracia, pues sus crimines ahogan en sangre las voces de miles de líderes populares y defensores de derechos humanos al disparar sus armas contra la población civil.

Un contraste criminalmente revelador

El contraste entre los tratamientos dados a los grupos armados ilegales es criminalmente revelador. Así se aprecia en la reacción del expresidente César Gaviria, acompañado por el corifeo altisonante del Centro Democrático y los más auténticos defensores de esta “democracia” --ejemplar y única por lo sangrienta— al exigir la cabeza de Otty Patiño y denunciar la complacencia y casi complicidad de la Paz Total de Petro con la criminalidad de la “Segunda Marquetalia”. Contrasta esa airada indignación de la derecha y sus sagaces analistas con la magnanimidad y comprensión que todos tuvieron frente a la negociación y desmovilización de los paramilitares de las AUC, bajo el gobierno y la dirección del expresidente Uribe, quien consintió y autorizó la presencia en el Congreso de su máximo comandante, Salvatore Mancuso, acompañado de dos de sus más destacados criminales: Ramón Isaza y el fallecido Ernesto Báez, sin que entonces las AUC se hubiese desarmado y menos desmovilizado. En un discurso memorable, Mancuso comenzó diciendo, frente a un Congreso casi pleno, el 28 de julio de 2004: “Vengo en irrenunciable misión de paz desde Santa Fe de Ralito, donde, con la bendición de la Iglesia Católica y el apoyo de la OEA, de la comunidad internacional, del gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez y del Pueblo Colombiano, dimos inicio formal a este histórico proceso de paz”. Así ponía de presente Mancuso, en tono exultante, una afinidad casi generalizada de la sociedad colombiana con la violencia paramilitar, que se expresaría en la ley 975, denominada de “Justicia y Paz”. No es gratuito que el ponente de dicha ley haya sido el senador Mario Uribe, primo del presidente Uribe. La ley daba un tratamiento de sediciosos a los paramilitares, concediéndoles el estatuto de delincuentes políticos, que los pondría a salvo de la extradición. Pero los congresistas que la votaron no contaron con la sentencia de la Corte Constitucional que declaró inexequible dicho artículo y calificó a los paramilitares como criminales de guerra. Se frustró así el tránsito expreso de los criminales de las AUC a la política, quienes ya se preciaban de haber contribuido a la elección de por lo menos el 35% del Congreso. Semejante éxito electoral llevó a casi 60 congresistas de la curul a la cárcel[2], poniendo en evidencia la corrupta y criminal parapolítica, una metástasis más amplia y profunda que la narcopolítica del proceso 8.000. Metástasis que incluso el presidente Uribe promovió y banalizó solicitando a dichos congresistas que votaran sus proyectos de ley antes de ir a la cárcel[3]. Mayorías con las que contó para cambiar un articulito de la Constitución, con la ayuda complementaria de la Yidispolítica, y coronar así su reelección presidencial hasta el 2010.

Cifras mortalmente incriminatorias

En efecto, según las cifras del informe final de la Comisión de la Verdad[4], los grupos paramilitares presuntamente cometieron 205.028 homicidios (45%) frente a 122.813 de los grupos guerrilleros (27%). Siendo la década de 1995 y 2004 la más violenta, con cerca del 45 % de las víctimas mortales del conflicto armado interno, estimadas en 450.664, siendo más del 80% civiles. Es decir, durante las presidencias de Samper, Pastrana y los dos primeros años de Uribe se cometieron el mayor número de asesinatos y masacres contra la población civil. Es verdad que, a partir de la desmovilización de los grupos paramilitares, el número de homicidios descendió rápidamente. Pero esto demostraría algo tenebroso, como es que la gravedad de sus crímenes se subestima, casi se invisibiliza, en tanto fueron un dique de contención a la expansión territorial de los grupos guerrilleros. En otras palabras, que la violencia paramilitar era necesaria y hasta valorada como “buena”, pues frenaba la violencia expoliadora y los secuestros de la guerrilla, mientras protegía y estimulaba los negocios, brindando seguridad a grandes empresas como Chiquita Brands[5], recientemente condenada, y también a las ilegales del narcotráfico, de las cuales las AUC era su punta de lanza. Por eso sus herederos hoy, el Clan del Golfo, autodenominado “Ejército Gaitanista” de Colombia, es el grupo ilegal con mayor crecimiento y control territorial en los municipios de Colombia. Según reciente investigación de la Fundación Paz y Convivencia, PARES[6], el Clan del Golfo ha pasado de tener presencia en 250 municipios a 316, seguido del ELN, con 231, el Estado Mayor Central con 209 y la Segunda Marquetalia con 65. En total, hoy 855 municipios de los 1.103 existentes, tienen presencia de estructuras armadas ilegales, lo que explica la explosión exponencial de las extorsiones y la inseguridad. Pero también el auge de las rentas ilegales procedentes del narcotráfico, la minería, la trata de personas, de migrantes irregulares y la prostitución de menores, que configuran una enorme economía criminal que se camufla en millones de emprendimientos informales y formales con un entramado donde ya es casi imposible discernir y menos separar lo ilegal de lo legal. De allí las inocultables afinidades que tienen los protagonistas de la vida política nacional con los grupos armados ilegales, imprescindibles para sus triunfos electorales, pues aportan generosa financiación a sus campañas al menos desde 1982, siendo evidentes en el proceso 8.000 y recientemente con la ñeñe política de Duque[7] y las procaces revelaciones de Armando Benedetti[8] sobre la supuesta financiación ilegal de la campaña de Petro en la costa Caribe.

Los protagonistas nacionales de las violentas afinidades políticas

Por eso los principales protagonistas de la política nacional, ya sea desde el Estado o la oposición, ineludiblemente aparecen implicados, según sus afinidades ideológicas y proyectos gubernamentales, con un tratamiento más o menos favorecedor y benigno concedido a los diversos grupos armados ilegales en los procesos de negociación. Uribe, con los paramilitares y la ley 975 de 2005[9]; Petro con los grupos guerrilleros y la Paz Total; Gaviria con la política de sometimiento a la justicia de los extraditables, su anuencia con los PEPES[10] y la creación de las Convivir, embrión legal de las posteriores AUC; Santos con las FARC-EP y el Acuerdo de Paz, después de descabezar su Secretariado, dando de baja a Raúl Reyes, el Mono Jojoy y Alfonso Cano. En el caso de Andrés Pastrana, con su soterrado apoyo al crecimiento criminal de las Autodefensas, que durante su gobierno se expandieron y cometieron el mayor número de crímenes y masacres, como bien lo documenta el Informe Final de la Comisión de la Verdad, con la cifra de 405 masacres en 2001[11]. Y, más recientemente, el expresidente Duque, obstruyendo el avance y cumplimiento del Acuerdo de Paz con las FARC-EP, al tiempo que su política de Paz con legalidad fue incapaz de desarticular y contener el avance de las Autodefensas Gaitanistas. Ahora el presidente Petro con su política de Paz Total pretende desmovilizar semejante enjambre de grupos delictivos, que fusionan el crimen con la política, y recaban de mercados ilegales su fortaleza. Para lograrlo debería contar con más espada y menos retórica de paz, pues para dichos grupos el “poder nace de la punta del fusil” y no de la palabra empeñada y cumplida. Es decir, más política integral de seguridad y menos política discursiva de Paz Total.  Ya lo advertía Hobbes en su clásico Leviatán: “Los tratados de paz, sin la fuerza de la espada, son solo palabras”. La historia reciente demuestra que son insuficientes las afinidades políticas con los grupos armados, sean de extrema derecha o izquierda, si no van acompañadas de eficaces acciones gubernamentales contra sus mercados ilegales, las violaciones flagrantes a lo acordado en las mesas de negociaciones y los crímenes contra la población civil. Cuenta el presidente Petro con un segundo tiempo, apenas dos años, para clasificar a Colombia en el campo de la Paz Vital y no fracasar en su política de Paz Total. Si no avanza por las sendas de una Paz Viva, ello implicará el regreso pendular de la derecha a la casa de Nariño y la responsabilidad del Pacto Histórico de una derrota más del País Nacional frente al País Político, como ha sucedido desde el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán. Volverán a gobernar impunemente los mismos de siempre con las mismas patrañas e imposturas de siempre –“Estatuto de seguridad”, “Plan Colombia”, “Plan Patriota”, “Seguridad democrática” y “falsos positivos”-- defendiendo una inexistente democracia y un supuesto Estado social de derecho, proclamados en una Constitución nominal que todavía no rige en la realidad y menos en la vida cotidiana, pues todos los días se viola su artículo más vital: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”.  



domingo, junio 23, 2024

De Juan Gutiérrez y la Paz Viva para la Paz Total

 

 DE JUAN GUTIÉRREZ Y SU PAZ VIVA PARA LA PAZ TOTAL

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/bhernando-llano-angel-la-paz-viva-es-mucho-mas-que-una-bella-expresion-retorica-es-la-sintesis-de-toda-una-vida-la-de-juan-gutierrez-su-autor-dedicada-a-la-paz-co/

Hernando Llano Ángel

La “PAZ VIVA” es mucho más que una bella expresión retórica. Es la síntesis de toda una vida, la de Juan Gutiérrez –su autor— dedicada a la paz como expresión de vida. La vida y la paz en todas sus dimensiones y órdenes. Empezando por la vida y la paz ecológica con sus cinco reinos: vegetal y animal, que conforman una sola realidad planetaria, junto a los otros tres reinos menos conocidos: Fungi (hongos y levaduras), Monera (organismos unicelulares procariotas) y el reino Protista, “el menos definido y diferenciado, que incluyen organismos que no pueden ser incluidos en ninguno de los reinos anteriores”.

Esa PAZ VIVA siempre estará en vilo de convertirse en mortal cuando la codicia humana, obnubilada por el poder prometeico de la ciencia y el proteico de la tecnología, pretenden dominar y expoliar para nuestro exclusivo beneficio todos los reinos anteriores. Pero especialmente el mineral, taxonómicamente clasificado como un reino inerte, sin vida, pero del cual depende toda la energía vital. Desde las energías más contaminantes y a la postre mortales derivadas del carbón y el petróleo y sus devastadores efectos en la crisis climática, hasta las más imprescindibles para toda la tecnología de punta como el litio, el cadmio y las llamadas tierras raras. Entre ellas el titanio que, “combinado con hierro, aluminio, vanadio, níquel, molibdeno y otros metales es utilizado para los motores a reacción, las naves espaciales, los equipos militares, los cojinetes, los chalecos antibalas y otros productos de alta tecnología que necesitan piezas fabricadas con estas aleaciones”. De allí que una de las dimensiones más valorada y promovida por la PAZ VIVA sea la defensa radical del planeta y todos sus ecosistemas, pues sin la paz telúrica jamás será posible la convivencia humana y su máxima expresión la paz política.

LA PAZ VIVA

Así lo expresa lúcidamente Juan Gutiérrez, en su libro “LA PAZ VIVA. Rutas y derroteros (1985-2022)”, publicado por la editorial Postmetropolis en 2022, que contiene una serie de artículos, ensayos, entrevistas y ponencias presentadas por Gutiérrez en su fecunda vida de activista y constructor de paz. Una vida que tuvo en la fundación del Centro de Investigación por la Paz y el Tratamiento de Conflictos “Gernika Gogoratuz” (Recuerda Guernica), entre 1987 y 2001, una de sus contribuciones más importantes y fecundas para la cultura de paz. Desde él, como su promotor y director, participó durante diez años en un proceso de mediación informal entre ETA el Gobierno español, el Gobierno vasco y los partidos PSE, PNV, HB, EE, EA y PP, al tiempo que organizaba cada año Jornadas Internacionales de Cultura y Paz. Jornadas que contaron con la participación de destacados investigadores y promotores de la cultura de paz, entre ellos Johan Galtung, Juan Pablo Lederach, Adam Curle y Christopher Mitchel, que realizaron valiosos aportes y enfoques alternativos para el tratamiento y la transformación de conflictos violentos y crónicos en diversas regiones del mundo. Al respecto, en 1994 organizó en Donostia, San Sebastián, la Segunda Conferencia Europea de Construcción de Paz y Transformación de Conflictos, que contó con cerca de trescientos especialistas de todo el mundo.

La Paz, como Ingeniera de la Esperanza.

Como director de Gernika Gogoratuz y presidente de dicha Conferencia, insistió en definir la paz como la “ingeniería de la Esperanza”, inspirado en su formación profesional inicial de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, que luego complementó con estudios de filosofía y su doctorado en la Universidad de Hamburgo. Su vida, pues, ha discurrido abriendo canales para la transformación de la sociedad, en puertos y puntos diversos en España, Alemania, Estados Unidos, Centro América y en nuestro país. En 1955 como “delegado de los estudiantes de las escuelas de ingeniería superior de España consiguió que estos se sumasen a la huelga general convocada por las universidades tras la muerte de Ortega y Gasset”, también “en 1967 como delegado de los estudiantes de la Universidad de Hamburgo participó en los debates y revueltas que precedieron en Alemania al mayo del 68 francés”, se puede leer en su brevísimo currículo combativo en la solapa del libro “La Paz Viva”. Sin duda, su vida, es un ejemplo de coherencia entre la lucha por la paz asumida como un compromiso con “la transformación de la sociedad y las personas que la componen”.  Por ello, nos dice, “su objetivo va más allá de la mera solución de los conflictos para adentrarse en los motivos que mantienen sanos todos los lazos que dan unión a la sociedad y que la equiparan para que sea dueña de su destino y capaz de enfrentarse a los retos que se presentan a finales del siglo XX”, escribió en el diario EGIN en 1994, promoviendo el sentido y alcance de dicha Conferencia.  Hoy, desde Madrid, a sus 92 años recién cumplidos, con energía y lucidez vital, dirige en Medialab-Prado el grupo de trabajo Memoria y Procomún, desde donde desarrolla el proyecto Hebras de Paz Viva (HPV), https://demospaz.org/hebras-de-paz/,  en “universidades y otras instituciones en España, México, Polonia, Colombia y Alemania.

Hebras de Paz Viva

Las Hebras de Paz Viva se tejen a partir de la siguiente cosmovisión y práctica cotidiana de la Paz: “La Paz Viva, consiste en acciones en que vertemos la vida propia en la de lo demás y/o en la naturaleza por su bien y su gozo, existe desde que hay vida sobre la tierra, porque surge por lo que Freud llama “pulsión fundamental” común a todos los seres vivos, animales o vegetales. Eso podemos comprobarlo observando alguno de los magníficos reportajes acerca de la vida animal, que nos muestran cómo animales de cualquier especie vierten sus vidas en las de sus crías, para cobijarlas, protegerlas, alimentarlas, acariciarlas, educarlas. Y en relación con el mundo vegetal nos muestra la Paz Viva el libro “El Futuro es Vegetal” del biólogo italiano Stefano Mancuso, donde expone que en un bosque los árboles están conectados unos con otros por medio de sus raíces y que los árboles sanos y jóvenes vierten así su savia en los árboles viejos y enfermos para fortalecerlos.  Valdría la pena que esta poderosa y generosa inspiración de la Paz Viva irrigará y penetrará los meandros de la Paz Total, ahora estancada en la búsqueda de la paz negativa, es decir, en el cese de las violencias armadas, que mata vidas, devasta la tierra y hasta la esperanza, y pudiera avanzar hacia la paz positiva, aquella “donde cada vida da y recibe vida más allá de balances contables, donde hay estructuras que sostienen ese tejido cálido y una cultura que alienta compartir afectos y actos”. Por eso su libro: “Testimonia la Paz Viva, no en seco sino a través de imágenes y palabras sencillas: su poesía, astucia, y colorido; y despliega las dimensiones de su erótica y las honduras de la amistad”.