domingo, agosto 21, 2022

ANTES Y MÁS ALLÁ DE LA VERDAD ESTÁN LA VIDA Y LA DIGNIDAD

 

ANTES Y MÁS ALLÁ DE LA VERDAD ESTÁN LA VIDA Y LA DIGNIDAD

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/mas-alla-la-verdad-estan-la-vida-la-dignidad

Hernando Llano Ángel.

Antes y más allá de la verdad están el dolor irreparable de las víctimas y la dignidad sagrada de sus vidas. La exigencia ética de su reparación y el imperativo político de su no repetición y aniquilación. Tal es el punto de partida del Informe Final de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición (CE)[1]. Que, como bien lo expresa su denominación oficial, no es una Comisión para proclamar una Verdad Oficial sobre el atroz conflicto armado interno en que vivimos y morimos, sino para buscar colectivamente el esclarecimiento de esa inefable verdad e irrepetible realidad. Un esclarecimiento que nos corresponde a todos como ciudadanía, pues si no lo logramos, vamos a seguir siendo responsables de la perpetuación de las víctimas y de los victimarios. Ese esclarecimiento no pretende, en ningún momento, establecer quiénes son culpables o inocentes de las incontables e irredimibles víctimas que todos los días propicia este conflicto armado en defensa de su “estable y ejemplar democracia”. Sencillamente porque entre los objetivos legales e institucionales de la CEV no está esa misión de carácter judicial. Ella es una Comisión de carácter extrajudicial que busca esclarecer responsabilidades históricas y patrones o factores políticos, económicos, sociales y culturales generadores y perpetuadores de este conflicto armado interno. Para establecer responsabilidades penales está la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP)[2], cuyo propósito central es revelar la verdad judicial de lo sucedido durante la prolongada y degradada duración de este conflicto armado y reparar en lo posible a las víctimas en el marco de una justicia más restauradora que simplemente inquisidora y punitiva. El propósito central de la CEV es contribuir a que como colombianos nos sintamos responsables, sin excepción alguna, de no seguir negando una realidad tan ignominiosa, violenta e injusta. Que la conozcamos con todas sus atrocidades y los sesgos[3] propios de sus protagonistas y antagonistas. Una realidad que todos los días produce más víctimas irredentas y victimarios impunes. En últimas, la CEV busca que sintamos vergüenza por ser incapaces de vivir como humanos y hayamos terminado aceptando, soportando y hasta acostumbrándonos a que es supuestamente legítimo y necesario matar en nombre de razones políticas, de Estado, económicas, religiosas, raciales, de género y de orientación sexual. En fin, la CEV lo que pretende es que volvamos a reconocer que nada existe más importante y legítimo que la vida y la dignidad de todo ser humano, independientemente de su estrato social, lugar de nacimiento, color de piel, creencias religiosas, políticas y condición sexual. Porque hemos olvidado esa verdad política vital, incuestionable e irrefutable, que es la savia de la democracia y, además, consentido en forma indolente que otros maten, torturen, recluten, violen, secuestren y cometan otras tantas ignominias en nombre de valores e ideas que proclaman superiores, es que cerca del 90 por ciento de las víctimas[4] del conflicto armado interno han sido civiles y continúan siéndolo. Esa es la verdad que busca esclarecer la Comisión con su extenso y monumental Informe Final: “Hay Futuro si hay Verdad”[5]. Una verdad que, si continuamos rechazando, no solo nos niega el futuro, sino el presente de convivencia. Este presente al que nos emplaza el cumplimiento del artículo 22 de nuestra Constitución: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. Por eso, el segundo objetivo de la Comisión es la Convivencia, como presupuesto existencial para la No Repetición de más víctimas y mucho menos victimarios. Solo si recorremos colectivamente esa ruta de Esclarecimiento, Convivencia y No Repetición será posible la Reconciliación Nacional y la existencia de una auténtica democracia vital, donde nos reconozcamos como ciudadanos y dejemos esa hostilidad y desconfianza propia de enemigos que continúa matándose en nombre de supuestas verdades superiores, para unos la seguridad y su propiedad, para otros la justicia social y la democracia popular.

 HAY FUTURO CON VIDA(S) Y VERDAD(ES)

Por eso creo que el título del Informe Final debería haber sido “Hay Futuro con Vidas y Verdades”, porque algunos líderes políticos, apelando a una inexistente objetividad e indefendible legitimidad de la institucionalidad y los “éxitos” de una criminal “seguridad democrática”, afirmada sobre miles de “falsos positivos”[6], están a punto de convertir el Informe Final en el comienzo de otra disputa moral y mortal. Una disputa para imponer su verdad y salvar su responsabilidad frente a esta terrible realidad. Y, lo más paradójico, es que quienes promueven esa disputa lo hagan de nuevo en nombre de la Verdad y la Justicia Institucional, contra la Impunidad. Para esos abanderados de esas supuestas e intangibles Verdad, Justicia y fin de la Impunidad, vale la pena que reflexionen si ellas deben continuar afirmándose sobre el dolor, la negación, la humillación y la misma vida de millones de víctimas como consecuencia de la defensa de su Institucionalidad “democrática” o de su ataque ilimitado por los abanderados de Otra Verdad, que llaman “revolucionaria”, como el Eln y las disidencias de las Farc. Por eso, para esos bandos fanáticos de sus respectivas Verdades e Institucionalidades, les comparto esta reflexión de Albert Camus[7] en la Introducción de su ensayo “El Hombre Rebelde”[8]:Pero a partir del momento en que por falta de carácter corre uno a darse una doctrina, desde el instante en que se razona el crimen, éste prolifera como la misma razón, toma todas las figuras del silogismo. Era solitario como el grito; helo ahí universal como la ciencia. Ayer juzgado, hoy legisla”. Ya va siendo hora de que todos tengamos el suficiente carácter para afirmar la vida sobre la muerte, el derecho sobre la fuerza, la pluma sobre la espada, la palabra sobre la amenaza, la confianza sobre el miedo, la concertación sobre la imposición y dejar en la trastienda del ayer a esos iluminados y salvadores de la Patria para quienes su Verdad vale más que la vida y la dignidad de los demás, sin importar que la proclamen en nombre de la Institucionalidad, la Revolución y hasta la Civilización Occidental con sus sagradas e intocables leyes del mercado y la ganancia que subastan la vida y la muerte en nombre la “democracia y la libertad”.

 

 

martes, agosto 16, 2022

PETRO, UN PRESIDENTE CON VOCACIÓN POLÍTICA

 

PETRO, UN PRESIDENTE CON VOCACIÓN POLÍTICA

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/petro-presidente-vocacion-politica

 

Hernando Llano Ángel.

En su discurso de posesión presidencial[1], Gustavo Petro Urrego[2] le demostró a todo el país y el mundo tener auténtica vocación política. Aquella que Max Weber, en su célebre conferencia “La política como Vocación”[3], pronunciada en Munich en el invierno de 1919, definió como la que despliega “quien está seguro de no quebrarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado estúpido o demasiado abyecto para lo que él le ofrece; solo quien frente a todo esto es capaz de responder con un sin embargo; solo un hombre de esta forma construido tiene vocación para la política”. En efecto, Petro deberá demostrar con su gabinete, durante estos cuatro años, que posee suficiente vocación política para realizar sus audaces propuestas y convertir a Colombia en “potencia mundial de la vida” mediante la sustitución progresiva de las energías fósiles por alternativas, como la solar y eólica hasta la cuestionada hidroeléctrica de Hidroituango y de tantas otras centrales construidas en nuestra accidentada orografía. Pero también deberá demostrar que contribuirá al desmonte internacional de la fallida “guerra contra las drogas” declarada en 1971 por Nixon[4], cambiándola por un inteligente paradigma de regulación, prevención y control estatal de la drogadicción. Como si lo anterior fuera poco, deberá lograr que dichas propuestas, traducidas en eficaces políticas públicas, no vayan a ser rechazadas, estigmatizadas, bloqueadas y frustradas por las legiones de estúpidos y abyectos que pueblan este mundo. Estúpidos y abyectos en tanto rechazan todas las evidencias empíricas de la catástrofe climática en que estamos sumidos, así como también que las ganancias del narcotráfico crecen en proporción directa a su penalización y a la criminalización ineficaz por parte de los Estados. A pesar de las evidencias irrefutables de los horrores generados por la “guerra contra las drogas”, que causa millones de víctimas latinoamericanas y miles norteamericanas, aludidas por Petro en su discurso, todavía la comunidad internacional no se da por aludida. De esta forma, cumple fatídicamente la sentencia de Milton Friedman, promotor del neoliberalismo de los Chicago Boys[5]: “si analizamos la guerra contra las drogas desde un punto de vista estrictamente económico, el papel del gobierno es proteger el cartel de las drogas. Eso es literalmente cierto", puesto que, a mayor represión, mayor aumento del precio de la cocaína. De allí que paradójicamente la regulación estatal de los cultivos de coca y su sustitución, o, en forma todavía más audaz y emprendedora, su eventual transformación en una agroindustria legal, como sucede hoy con la marihuana para fines medicinales, podría ser el comienzo del fin del narcotráfico en tanto industria criminal y corruptora de la política, el Estado de derecho, la democracia y la salud física y emocional de millones de consumidores. Sería todo lo contrario del anunciado “narcoestado petrista” sobre el que en forma cínica alerta el expresidente Andrés Pastrana y circula como un eco de mentiras por las redes sociales, pues los narcotraficantes dejarían de percibir las fortunas siderales que les proporciona la prohibición y las políticas públicas represivas, inocuas y depredadoras como el fracasado “Plan Colombia”, bajo su gobierno. Plan Colombia[6] que de paso recicló las ganancias de la industria militar norteamericana, favoreció a los fabricantes de glifosato y el enriquecimiento de numerosos miembros de la Fuerza Pública, además de los codiciosos mercaderes de precursores químicos e inescrupulosos banqueros, AVALados por el prohibicionismo, como el lavado de más de 1.200 millones de dólares por el Banco de Occidente[7] en Panamá entre 1987 y 1988. Es ese entramado de ganancias criminales, sin duda, el que resulta beneficiado y protegido por esos fariseos de la moral y las buenas costumbres, que expresan bien la estupidez y abyección a las que se refiere Weber en su conferencia. Para superar la resistencia de ese poderoso bloque que fusiona la estulticia moral y la drogadicción de millones con la codicia de políticos corruptos, militares y banqueros, se requerirá un esfuerzo titánico de persuasión y coordinación entre los mandatarios latinoamericanos, anunciado por Petro en su discurso al requerir a las Naciones Unidas una nueva y urgente Convención Internacional sobre el control de drogas, que supere la actual criminal “guerra contra las drogas”, sangrientamente fracasada: Convención Internacional que acepte que la guerra contra las drogas ha fracasado, que, ha dejado un millón de latinoamericanos asesinados, durante estos 40 años, y que deja 70.000 norteamericanos muertos por sobredosis cada año. Que la guerra contra las drogas fortaleció las mafias y debilitó los Estados… y ha evaporado el horizonte de la democracia. En el mismo horizonte de metas “imposibles” se inscribe su propuesta de un Fondo Internacional para la conservación y salvación de la selva amazónica, como una alternativa a la crisis climática global, que supere la retórica vacía de las naciones más ricas, contaminadoras y depredadoras del planeta: “¿Dónde está el fondo mundial para salvar la selva Amazónica? Los discursos no la salvarán. Podemos convertir a toda la población que hoy habita la amazonia colombiana en una población cuidadora de la selva, pero necesitamos los fondos del mundo para hacerlo. Si es tan difícil conseguir esos dineros que las tasas carbón y los fondos del clima pactados deberían otorgar para salvar algo tan esencial, entonces, le propongo a la humanidad cambiar deuda externa por gastos internos para salvar y recuperar nuestras selvas, bosques y humedales. Disminuyan la deuda externa y gastaremos el excedente en salvar la vida humana”. Todo ello es lo constitutivo de la auténtica vocación política, pues según Weber la “política consiste en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura.

Mesura es Ética de Convicción + Ética de responsabilidad

No hay duda que Petro tiene la suficiente pasión, demostrada en sus más de 30 años de actividad política, pero quizá carezca de la mesura necesaria para alcanzar acuerdos pragmáticos que le permitan avanzar y no naufragar en disputas estériles y contraproducentes. Esa mesura que le permita actuar conforme a la ética de responsabilidad en materias tan vitales como la energética, para no ir a afectar negativamente a los más necesitados y excluidos, que son su prioridad, como puede acontecer si se desestimula la exploración y explotación del gas. Pero también en la búsqueda de la paz, donde una meta maximalista como la “paz total” puede terminar en un fracaso parecido al de Belisario Betancur, cuando en su discurso de posesión presidencial proclamó que no “se derramaría una gota más de sangre colombiana por causa del conflicto armado interno, pero terminó en un mar de sangre y sin Palacio de Justicia. Igual nos sucedió con el “Acuerdo de Paz” de 2016 y el “fin del conflicto para una paz estable y duradera, hoy necesitado de metas más realistas, como es el reconocimiento y la transformación de nuestros múltiples conflictos sin recurrir a la violencia y la guerra, que es lo que promueve y garantiza toda auténtica democracia. Democracia donde jamás se vivirá en “paz total” y menos en una supuesta armonia social inalcanzable gracias a la “política del amor”, pues siempre afrontaremos conflictos y tensiones inevitables, que deberán superarse sin el uso sistemático y frecuente de una violencia letal desbordada, arbitraria e ilegal, como el atroz asesinato de los tres jóvenes del Corregimiento el Chochó, Sucre, cometido por el teniente coronel Benjamín Núñez[8], según testimonio de dos agentes de policía que lo acompañaban. Una violencia histórica que ha sobrepasado todos los límites, según lo demostrado por la Comisión de la Verdad en su reciente entrega del Informe Final, titulado “Hasta la guerra tiene límites”[9]. El nombre más indicado para superar esa violencia crónica sería, entonces, paz pública y no “paz total”, así como a su política de seguridad hoy Petro la denomina “seguridad humana global”[10] y no “seguridad democrática” o “seguridad nacional”, cuyos efectos en Latinoamérica fueron fatales. Bien lo advierte Weber, un político no puede actuar y menos gobernar apelando solo a la ética de convicción (gesinnunsethik), como aquella que la ciencia nos demuestra por el uso intensivo de energías fósiles y sus consecuencias casi apocalípticas para el planeta, pues siempre deberá considerar la ética de responsabilidad (verantwortungsethik), “que ordena tener en cuenta las consecuencias previsibles de la propia acción”. Consecuencias tanto para nuestra economía, cuyo fin de la exploración y explotación del gas, el petróleo y el carbón debe darse en forma progresiva, para no causar catástrofes económicas y sociales impredecibles. Igual puede suceder en el orden y la tranquilidad pública con la llamada “Paz Total”, por su inalcanzable y peligrosa ambigüedad. Tal es el mayor desafío para quienes tienen auténtica vocación política, como el presidente Petro y su gabinete ministerial, quienes saben muy bien que la política (NO) es el arte de lo posible, como la definen quienes no se atreven a cambiar el Statu Quo y contemporizan toda su vida con los intereses dominantes y “viven de la política” y no “para la política”. La Política es todo lo contrario, como bien lo advierte Weber: “pues es completamente cierto, y así lo prueba la Historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez.  De eso trata, precisamente, la segunda oportunidad de la que nos habla García Márquez, y la que anuncia Petro en su discurso de posesión presidencial: “Hoy empieza la Colombia de lo posible. Estamos acá contra todo pronóstico, contra una historia que decía que nunca íbamos a gobernar, contra los de siempre, contra los que no querían soltar el poder. Pero lo logramos. Hicimos posible lo imposible. Con trabajo, recorriendo y escuchando, con ideas, con amor, con esfuerzo. Desde hoy empezamos a trabajar para que más imposibles sean posibles en Colombia. Si pudimos, podremos…Se acabaron los «no se puede» y los «siempre fue así». Hoy empieza la Colombia de lo posible. Hoy empieza nuestra segunda oportunidad”. Se trata, entonces, de una epopeya, no de la obra de un gobierno, menos la de un hombre, sino la de todo un pueblo, de una ciudadanía comprometida con la democracia: “La Colombia que soñamos, la Colombia que queremos, la Colombia que nos merecemos es la Colombia que queremos sentir. La Colombia que vibra, que se esfuerza, que añora y trabaja para alcanzar la paz. Que quiere una tierra próspera, con igualdad de posibilidades indistintamente del lugar donde se nació, independientemente de cómo se apellidan sus padres o de cuál sea su color de piel. Esa es la Colombia que queremos sentir y por la que trabajaremos hasta el último día de nuestro mandato… Quiero una Colombia fuerte, justa y unida. Los retos y desafíos que tenemos como nación exigen una etapa de unidad y consensos básicos. Es nuestra responsabilidad. Termino aquí con lo que me dijo una niña Arhuaca en la ceremonia de posesión ancestral que hicimos el viernes en la Sierra Nevada «Para armonizar la vida, para unificar los pueblos, para sanar la humanidad, sintiendo el dolor de mi pueblo, de mi gente aquí, este mensaje de luz y verdad, esparza por tus venas, por tu corazón y se conviertan en actos de perdón y reconciliación mundial, pero primero, en nuestro corazón y mi corazón, gracias». Esta segunda oportunidad es para ella, y para todos los niños y niñas de Colombia”.

 



domingo, agosto 07, 2022

UN INFORME TOTALMENTE SESGADO

 

UN INFORME TOTALMENTE SESGADO

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 “Que cada hombre diga lo que considera verdad y la verdad misma encomendémosla a la divinidad”

G. E. Lessing[1]

Hernando Llano Ángel (ellano@javerianacali.edu.co)

El Informe Final de la Comisión de la Verdad está totalmente sesgado. No es objetivo. Mucho menos neutral. Contiene los sesgos de los gritos y del padecimiento de millones de víctimas. Desde los gritos desesperados de las víctimas desmembradas por las motosierras de los paramilitares y sus miles de asesinatos selectivos y masacres perpetradas[2], que alcanza la horripilante cifra de 205.000 homicidios. También contiene la angustia y la humillación de los más de 50.770 secuestrados por las Farc-Ep y otras organizaciones guerrilleras, como el ELN. El estupor y la desesperación agónica de miles de jóvenes, víctimas de los “Falsos positivos”, asesinados por criminales que deshonraron uniformes y armas del Estado, asignadas para la protección de la población civil y no para su aniquilación. Entre los últimos informes divulgados por la Comisión, destaca el título de “Colombia Adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado”, coordinado por la politóloga Tania Rodríguez[3], con cerca de 30 equipos territoriales y Casas de la Verdad, que contiene en trece libros las voces de las víctimas y de los responsables de la devastación de vastos territorios, la victimización y resistencia de sus pobladores. Tal cúmulo de información, análisis y testimonios puede consultarse en el siguiente enlace: https://www.comisiondelaverdad.co/colombia-adentro-1

Una “Democracia” Victimizadora

A dicho universo de sesgos y versiones, hay que agregar los padecimientos de más de 9 millones de víctimas[4] del desplazamiento forzado, que hacen parte de esta ignominiosa realidad política, social y económica que se oculta bajo el pomposo y falso prestigio de “la democracia más antigua y estable de Suramérica”. Entre 1988 y 2016 la Comisión de la Verdad documentó, a través de una rigurosa investigación y cruce de fuentes de datos oficiales, de testimonios de familiares de víctimas, informes académicos e institucionales, como el del Centro Nacional de Memoria Histórica, “¡Basta Ya! Colombia: Memorias de guerra y dignidad”[5], el asesinato de 405.664 colombianos por causa del conflicto armado, siendo el 85 por ciento civiles inermes. Esta cifra es muy superior a todas las víctimas mortales de las dictaduras del Cono Sur, sumando las cometidas bajo las ordenes de dictadores como Stroessner en Paraguay, entre 1954-1989; Pinochet en Chile desde 1973 a 1989 y Videla en Argentina entre 1976 y 1981. Igual sucede con el número de personas desaparecidas por causa del conflicto armado, que en nuestro caso llega 121.768 entre 1985 y 2016, según el Informe Final. Semejante universo de horror y número de víctimas irredentas, debería avergonzar a quienes en nombre de la defensa de esta tanática “democracia” o de su lucha armada por instaurarla, han sido responsables política, ética y existencialmente de esta realidad infernal en que todavía nos debatimos. Ninguna democracia existe cuando ella se convierte en una máquina mortífera para perpetuar generaciones de víctimas y de victimarios, como nos sucede hasta el presente. Una realidad que se explica, pero jamás se justifica y mucho menos puede ser considerada legítima, cuando sus máximos responsables políticos convierten la democracia y el Estado en una coartada perfecta para la comisión de crímenes y la degradan a un horripilante fetiche institucional que les permite gobernar impunemente en nombre de supuestos valores como la libertad, la justicia, la seguridad, la propiedad y la dignidad humana. Valores tras los cuales solo defienden un injusto, excluyente y autoritario statu quo al servicio de privilegiados soberbios, indolentes e ignorantes. Solo así podemos comprender trinos, como el siguiente, de la senadora Paloma Valencia, el pasado 29 de julio: “Reconocer las atrocidades que cometió el estado legítimo, defendiendo a los colombianos y buscando el bienestar de todos, no implica (ni requeiere, sic) equipararlo a guerrilla y paras”[6].  Quienes no tenemos y menos compartimos ese sesgo atroz de la legitimidad de la senadora Paloma, nos preguntamos: ¿Cómo puede ser legítimo un Estado cuyos agentes cometen atrocidades, supuestamente defendiendo a los colombianos y buscando el bienestar de todos? ¿Será propio de un Estado democrático cometer atrocidades, como los miles de falsos positivos, o crear por Decreto Autodefensas Civiles, dotándolas de armas de uso privativo de la Fuerza Pública, como lo hizo su abuelo, el expresidente Guillermo León Valencia, mediante el Decreto 3398 de 1965[7] en el parágrafo 3 del artículo 33? ¿Será ese tipo de sesgos, propios de una seguridad nacional inspirada en la lucha contra el “enemigo interno,” que desde el contexto de la guerra fría se impuso como la doctrina oficial del Ejército colombiano, lo que tanto teme la senadora Valencia que conozcan los estudiantes colombianos en colegios y universidades? Parece que la senadora Valencia olvidó el punto 33 del “Manifiesto Democrático”, escrito por su admirado y loado expresidente Álvaro Uribe Vélez, donde expresa que: “Cualquier acto de violencia por razones políticas o ideológicas es terrorismo. También es terrorismo la defensa violenta del orden estatal”[8]. Nada es más ilegítimo que un Estado terrorista y los agentes responsables del mismo deben ser juzgados junto a “la guerrilla y los paras”, en igualdad de condiciones, como lo hace la JEP[9], sin buscar para ellos una “justicia especial”, similar a la cómplice “justicia penal militar” o la incompetente Fiscalía General, incapaces de investigar y contener en forma inmediata y ejemplar los llamados “falsos positivos”, cuya cifra todavía es incierta.

La inclusión de todos los sesgos

Sin duda, nadie está libre de tener sesgos[10] en la vida. Lo grave es cuando no somos conscientes de ellos o, peor aún, pretendemos estar totalmente exentos y ser los únicos poseedores de la verdad absoluta y de la auténtica justicia. Porque entonces con dichos sesgos de personas omnisapientes y plenamente justas se cometen las mayores atrocidades con la mejor buena conciencia. Así lo hicieron las AUC, supuestamente defendiendo a Colombia del “flagelo guerrillero”, según lo expresa Mancuso[11] en su discurso ante el Congreso el 28 de julio de 2002;  o las mismas Farc-Ep en nombre de la paz con justicia social e incluso el “Presidente eterno” con la promoción de sus tres huevitos: “Seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social”. Dichos sesgos llevan a muchos a considerar que hay una violencia buena y legítima en sí misma, la del Estado porque los protege, y que todas las demás son malas e ilegítimas. Entonces incurren en los errores conceptuales y los horrores políticos del trino de la senadora Paloma Valencia. Pero también lleva a muchos otros a tener un sesgo contrario y pensar equivocadamente que la violencia puede en sí misma generar legitimidad, como le sucedió a las Farc-Ep y le acontece todavía al ELN. Pero en la realidad pasa todo lo contrario, la violencia política genera desprestigio, repudio e ilegitimidad por sus efectos letales y destructivos. Quizá por ello en el plebiscito por el Acuerdo de Paz ganó el NO, pues para muchos colombianos resultaba inadmisible que algunos de los comandantes de las Farc-Ep llegaran al Congreso y estén hasta el 2026. Lo que no comprenden todavía muchos de estos colombianos es que la única forma de alcanzar la paz política, presupuesto existencial de toda democracia, es rompiendo esa relación mortífera entre la política y las armas, cuyo mejor ejemplo es el M-19 y el hoy presidente electo Gustavo Petro. Ruptura que se logró con el Acuerdo de Paz y más de 13 mil hombres y mujeres de las Farc-Ep[12] que se reincorporaron a la vida civil y política. De allí, que el primer objetivo planteado por Petro en su programa y campaña, que deberá empezar a concretar desde mañana 7 de agosto, sea el de la paz. Una paz que para ser grande y total tiene que incluir todos los sesgos, desde los más políticos hasta los más criminales, atacando las causas generadoras y no solos sus efectos, como lúcida y valientemente lo plantea el Informe Final de la Comisión al recomendar que es imprescindible “reconocer la penetración del narcotráfico en la cultura, el Estado, la política y la economía y la forma como la guerra contra las drogas configura uno de los principales factores de la persistencia del conflicto”, proponiendo para salir de este laberinto de violencias “un enfoque de derechos humanos y de salud pública para emprender el diálogo a fondo hacia soluciones éticas, educativas, jurídicas, políticas y económicas, tanto en el ámbito nacional como internacional, que permitan avanzar en la regulación del mercado de drogas y superar el prohibicionismo[13] (p.55). Sin duda, el mayor mérito del Informe Final es que contiene todos los sesgos, voces y sufrimientos de las víctimas y de sus victimarios, como la de los máximos responsables de la conducción del Estado, pues ante ella presentaron sus versiones todos los expresidentes: César Gaviria, Ernesto Samper, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. El Informe Final es, pues, una especie de caleidoscopio[14] del conflicto armado interno y de nuestra realidad. Gracias a él, podemos apreciar todos los matices y sesgos de la verdad, girándolo desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, incluso pasando por el centro para quienes aún creen posible una visión neutral de nuestra realidad, aunque la crudeza y ubicuidad del conflicto armado nos demuestre que es imposible. Ya lo decía sabiamente el arzobispo anglicano Desmond Tutu[15]: “Si permaneces neutral ante situaciones de injusticia, te has puesto del lado del opresor”. Por eso es un informe lleno de sesgos y no excluye ninguno. Están las voces y los sesgos de miles de víctimas, de los principales victimarios, de numerosos vengadores y de los máximos responsables institucionales e ilegales del conflicto armado interno. De haber excluido alguno de dichos sesgos y voces, correría el riesgo de no contribuir al esclarecimiento de la verdad, la promoción de la convivencia y la no repetición. Bien lo decía Pascal[16]: “En la exclusión está el error”, refiriéndose a la búsqueda de la verdad. Algo más grave sucede cuando la exclusión se da en el mundo de la vida política, social, cultural, étnica o económica, pues surge el horror de la violencia y la guerra para lograr la inclusión y el reconocimiento de la propia identidad y dignidad, sin las cuales no existe democracia alguna.