martes, marzo 22, 2022

¿Se podrá votar sin miedo por Petro y con transparencia por Fico?

 

¿Se podrá votar sin miedo por Petro y con transparencia por Fico?

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/se-podra-votar-sin-miedo-petro-transparencia-fico

Hernando Llano Ángel

La complejidad de nuestra realidad política y social está más allá de la competencia electoral entre Petro y Fico, si bien es cierto que sus propuestas tienen relación con los dos más graves y acuciantes problemas que enfrentamos: la cuestión social y la inseguridad. El hambre y la propiedad privada. Problemas que están en el centro de la vida de todos los colombianos y por lo tanto no son asuntos solo de Petro y Fico. Y mucho menos podrán resolverlos solos, cualquiera sea el que gane. Son problemas vitales que nos afectan y conciernen a todos, claro que con distinta intensidad. Algo que, curiosamente, no entienden los que se sitúan en el centro político, probablemente porque no sufren las penalidades del hambre y gozan de cierta seguridad. Pero no hay que caer en falsas dicotomías. Con hambre y sin seguridad no hay esperanza para nadie. Problemáticas que se disputan Petro y Fico, sin que Fajardo y los demás candidatos se enteren todavía de ello. En parte por eso se encuentran rezagados en esta competencia electoral. Están en el lugar equivocado, totalmente descentrados de las necesidades y angustias de las mayorías: el hambre y la inseguridad. Sin superar estos dos mortales desafíos no habrá esperanza, democracia y mucho menos lucha eficaz contra la corrupción. Con hambre, miedo e inseguridad no existe el paraíso de la ética, ella no puede prosperar en medio de tanta necesidad y marginalidad social.

¡Tened presente el hambre[1]!

Es claro que la propiedad privada nunca estará segura con el hambre creciente y acuciante de la población. Por más policías y penas de cárcel que se aumenten. El ansía por sobrevivir es incontenible, sobrepasa el miedo y el castigo. El hambre sitia a la seguridad y la desborda, como sucedió durante el estallido social. Pero también es cierto que sin propiedad no hay seguridad alimentaria. Porque la propiedad de la vida y la libertad de cada uno comienza con un mínimo de ingresos monetarios que le sacian el hambre, lo prevengan de la enfermedad y la inedia mortal. Para ello se requiere generar empleos y crecimiento económico, no solo subsidios y asistencialismo estatal, como panaceas a la crisis social. Ese asistencialismo estatal, sea de derecha o izquierda, de Fico o Petro, no será suficiente, aunque es imprescindible. Se precisa además estimular la inversión privada con seguridad y reglas claras. Generar empleos reales y no solo el rebusque informal. Aumentar la productividad junto a los salarios y así incrementar progresivamente su capacidad adquisitiva. Es decir, fortalecer la economía social, el mercado interno y no solo las ganancias especulativas de unos pocos, como los banqueros que obtuvieron 117 billones[2] más de utilidades durante el año del estallido social. En medio de la hambruna social que vivimos y la que se avecina, con certeza mucho mayor y más aguda, la seguridad no será cuestión de autoridad sino de equidad social y de productividad. De justicia e inclusión social, antes que de represión policial. De concertación política en el Congreso antes que de confrontación social y menos de ese maniqueísmo político que nos divide entre “buenos y malos ciudadanos”. Asuntos que parece comprender mejor Petro que Fico, pues para este último el estallido social fue más terrorismo urbano que protesta popular y los colombianos nos dividimos entre supuestos “buenos ciudadanos cumplidores de la ley y respetuosos de la autoridad”, contra presuntos “malos ciudadanos que protestan violentamente y desafían las autoridades”.

¿La hecatombe nacional?

Mucho menos parece comprenderlo el expresidente Uribe, que ahora no acepta los recientes resultados electorales en la conformación del Congreso, porque el preconteo provisional acaba de asignar tres curules más al Pacto Histórico y pierden una respectivamente el Centro Democrático, el Partido Conservador y el Verde. Prepara así las condiciones para realizar su profecía fatal, azuzando el miedo: la hecatombe nacional. Lo único que faltaba. Para Fico y sus seguidores del Centro Democrático, cualquier reforma social es castrochavismo y dictadura izquierdista. Para ellos, promover la justicia social, la movilización popular y la autonomía ciudadana es una deriva hacia el totalitarismo, una inminente venezonalización de Colombia, advierte Fico con su voz apocalíptica de culebrero paisa. Por eso tilda a la protesta social de terrorismo urbano, cuando la mayoría de las veces es un recurso desesperado de los excluidos y una indignada voz ciudadana de clase media contra tanta incompetencia y corrupción oficial. Quizá por ello un sector de esa clase media no votó por la difusa esperanza del Centro político y sí lo hizo por la incierta justicia social que enarbola la izquierda del Pacto Histórico. Para Fico y sus seguidores de derecha votar por cualquier otro candidato no tiene sentido porque vivimos en una democracia ejemplar, casi perfecta, que solo requiere más pie de fuerza y penas draconianas, incluso más salvoconductos para que los “ciudadanos de bien” porten armas y disparen en “legítima defensa” contra tanta chusma e inseguridad, como lo promueven María Fernanda Cabal y Christian Garcés. En esa concepción señorial y semifeudal la democracia de los llamados “ciudadanos de bien” se agota en sus propiedades, sus ganancias, sus tierras y la máxima seguridad para sus negocios e ilimitadas libertades. El Estado es una extensión de sus negocios e inversiones estratégicas: “Las empresas estatales son las empresas privadas más importantes porque pertenecen a toda la comunidad. Es un delito de lesa comunidad hacer fiesta con lo estatal”, como reza el punto 17 del Manifiesto Democrático[3] uribista. Una comunidad como la de Carimagua[4], limitada a los empresarios amigos del exministro y hoy condenado Andrés Felipe Arias, igual que Agro Ingreso Seguro y Unión Temporal Centros Poblados, tan perfectamente gestionado por la exministra Karen Abudinen[5], quien todavía no responde por la pérdida de más de 70 mil millones de pesos. En eso quedó la consigna “el que la hace la paga”, así como la “paz con legalidad” ya cobra más de 800 asesinatos de líderes sociales durante este gobierno[6].   

El miedo nunca es inocente

Por eso ahora agitan de nuevo el fantasma del miedo con la llegada de un imaginario, inminente e inexistente comunismo, si gana Petro la Presidencia. Pero en realidad lo que está en juego en estas elecciones, como en las anteriores, es la urgencia de un tímido reformismo económico y social para evitar y contener una explosión mucho mayor que el estallido popular del año pasado. Con certeza, esta vez sus ondas expansivas destructivas serían mayores y de alcances impredecibles. Contra ese reformismo se dirige ahora la feroz campaña de la llamada “cláusula Petro”, que no es otra cosa que el veto de los mercaderes a la libertad política de los ciudadanos. ¿Cómo hablar de democracia cuando pende sobre la voluntad de los votantes la amenaza de la liquidación de posibles contratos laborales, de inminente fuga de capitales y de congelamiento de inversiones? La respuesta es clara, en este caso la democracia desaparece, lo que existe es la tiranía del mercado impuesta por el miedo a una mayor precariedad económica para las mayorías. La consolidación de una mercadocracia en beneficio de pocos y no de una democracia en función del interés general. Por eso el miedo nunca es inocente. Siempre hay detrás de él alguien que se beneficia, como ha quedado claro después del plebiscito contra el Acuerdo de Paz. Entonces miles de ciudadanos votaron NO por el miedo a que Colombia se convirtiera en Venezuela. Se les advirtió a los que votarán por el SÍ que le entregarían Colombia a “la Far” de la mano del traidor de Santos, un castrochavista disfrazado. Incluso que parte de sus pensiones serían destinadas al sostenimiento de los exguerrilleros y que sus hijos serían adoctrinados por la perversa “ideología de género” para moralmente pervertirlos. Y muchas mentiras más que llevaron a la gente a “votar verraca”[7].  Y seis años después, el partido Los Comunes, que agrupa a los exguerrilleros de la extinta Farc-Ep, apenas alcanza 50.000 votos en elecciones para el Senado. Esa violenta y temible guerrilla que convertiría a Colombia en comunista, se desmovilizó con un Acuerdo de Paz que contiene las premisas mínimas para la existencia de una auténtica democracia: Paz política; Reforma rural integral; Curules paras las víctimas; Verdad, Justicia, Reparación y garantías de no Repetición; Sustitución de cultivos de coca y planes de desarrollo con enfoque territorial. Hoy la mayoría de los 10.000 exguerrilleros defienden la propiedad privada, se dedican laboriosamente a cultivar y trabajar el campo, soportando el asedio y el asesinato de más de 300 de sus compañeros, firmantes de la paz[8].

Preguntas y respuestas pendientes

Por todo lo anterior, para votar por Petro sin miedo o por Fico con transparecia al menos deberían respondernos preguntas básicas cómo las siguientes. ¿Cuáles son sus programas para resolver el crecimiento de la pobreza, el hambre y la exclusión social? ¿Cómo piensan hacerlo? ¿De dónde saldrán los recursos? ¿Con quienes desarrollarán esas políticas sociales? ¿Cuáles sus propuestas de justicia tributaria? ¿Cómo garantizar un sistema pensional justo y con mayor cobertura? ¿Cómo resolver el problema de las drogas ilícitas? ¿Cuál política energética promoverán? ¿Cómo enfrentarán el problema de la inseguridad y la violencia social? ¿Cómo garantizarán la vida de los líderes sociales y de la oposición? ¿Qué reformas realizarían a la Fuerza Pública, en especial a la Policía y el Ejército Nacional? ¿Adelantarían conversaciones de paz con el ELN y las disidencias de las Farc? ¿Cómo enfrentarían el desafío de los grupos armados organizados dedicados al narcotráfico y las economías ilegales? Y, como ambos han sido alcaldes de las dos más importantes ciudades del país, se ¿someterían a una evaluación académica y de expertos sobre los resultados de sus políticas de seguridad y desarrollo social en Bogotá y Medellín? Por último, de llegar a la segunda vuelta, ¿harían antes de la votación públicos los acuerdos políticos que tienen con sus aliados, la futura conformación de sus respectivos gabinetes, el dinero gastado en sus campañas y sus patrocinadores, así como sus declaraciones de rentas y fuentes de ingreso actuales?  Sin duda, con sus respuestas, los ciudadanos podríamos votar sin miedo, con seguridad y mayor confianza por alguno de los dos o en blanco, sin dejarnos arrastrar por prejuicios, odios y mentiras, que parecen ser los únicos insumos que hasta ahora tenemos y circulan profusamente por las redes sociales, embotando la mente y envenenando el corazón de todos.



miércoles, marzo 16, 2022

Más allá de la mitomanía electoral

 

MÁS ALLÁ DE LA MITOMANÍA ELECTORAL

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Que la ignorancia no te niegue, que no trafique el mercader con lo que un pueblo quiere ser”[1]  (Mil años hace..Joan Manuel Serrat.

Hernando Llano Ángel

Ahora que conocemos los resultados electorales del pasado domingo 13 de marzo, más allá del jolgorio de los ganadores y los lamentos de los perdedores, es bueno recordar algunas verdades y no acrecentar la mitomanía electoral. No sumarse al coro de las mentiras oficiales que celebran la normalidad de los comicios y el triunfo exultante de la “democracia más estable y profunda de Sudamérica”.  Recordar, por ejemplo, que día de por medio es asesinado un líder socia[2]l en nuestro país y que durante estos comicios no se pudieron contar los votos de 19 candidatos[3] porque ellos fueron asesinados en regiones periféricas y rurales. Que la elección de 16 curules de la Circunscripción Transitoria de Paz para las víctimas terminó cooptada por la politiquería y en la del César se eligió a Jorge Tovar,[4] el hijo del paramilitar más sanguinario y temido del caribe, Jorge 40, Rodrigo Tovar Pupo[5]. Pero eso no importó a ninguno de los candidatos ganadores. Ni siquiera a Petro cuya consiga central de campaña es convertir a “Colombia en potencia mundial de la Vida”.  Conviene, entonces, empezar por recordar que los comicios son solo un medio para definir “quién o quiénes se quedan con qué, cómo y cuándo” de los bienes, servicios y valores más apreciados en una sociedad, parafraseando la definición de política de Harold Lasswell[6]. En efecto, serán los congresistas electos los que decidirán a quiénes beneficiarán con sus leyes, por ejemplo, tributarias, de salud, educación, vivienda, producción, medio ambiente; con esas leyes decidirán, en nuestro nombre, cómo viviremos y moriremos en nuestra sociedad. También definirán los valores que predominarán, si ellos serán los de la equidad y la justicia social o, por el contrario, los de la concentración de la riqueza y la codicia. Cuáles sectores de la economía serán privilegiados y protegidos. Si continuará reinando la avaricia y el agiotismo insaciable de los banqueros o, por el contrario, el estímulo al trabajo y la redistribución justa del ingreso. En fin, ellos nos definirán desde “el aire que respiramos, el agua que bebemos y los lugares por donde transitamos”. Por eso nadie pueda ser apolítico, al menos mientras viva y, lamentablemente, muchos mueren siendo analfabetos políticos,[7] pues creen que la política no los afecta. Olvidan que son los políticos los que deciden, en últimas, quienes viven o mueren. Si hay guerra o paz, si tenemos justicia o impunidad, si gobierna el crimen o la legalidad, las mentiras o las verdades, el miedo o la confianza. Si dejamos de ser ese archipiélago de intereses, prejuicios y odios que reina en los partidos y empezamos a ser una comunidad política nacional donde nos reconozcamos como ciudadanos y ciudadanas en pie de igualdad y derechos. Para empezar, por fin, a superar esta “federación de odios” formada por “doctores, ciudadanos de bien, señoras decentes y patrones” enfrentada secularmente a “indios, negros, maricas, zarrapastrosos”, que supuestamente se van a tomar a Colombia y arruinaran esta ejemplar y letal “democracia”.

Perdió la democracia y ganó el abstencionismo

Asuntos nada insignificantes que olvidan los abstencionistas indolentes, pues con su indiferencia dejan que sean las minorías participativas y las electas, es decir los congresistas, quienes decidan por ellos y todos nosotros la forma en que vivimos y morimos. Y, de nuevo, en estas elecciones esa mayoría de abstencionistas ganó y perdieron una valiosa oportunidad para expresarse. Según la Registraduría Nacional del Estado Civil, la participación electoral nacional fue del 45.87% en la conformación del Senado, predominando la abstención con cerca del 55%. En términos cuantitativos, votamos 18.034.781 ciudadanos y dejaron de hacerlo 20.785.120, pues el total de habilitados para votar en el censo electoral es de 38.819.901 mujeres y hombres. Lo que implica que el Senado no es representativo de las mayorías y esto se convierte en un lastre muy pesado para gobernar democráticamente. Significa, por ejemplo, que el senador más votado, Miguel Uribe Turbay[8] con 223.167 votos apenas representa al 0.57% de los ciudadanos habilitados para votar. ¡Ni siquiera el 1%! Obviamente sus decisiones en el Congreso estarán en función de representar esa ínfima minoría. Luego difícilmente se puede esperar que legisle como lo manda el artículo 133 de la Constitución: “consultando la justicia y el bien común”, lo hará pensando más en sus reducidos y “numerosos” electores, a quienes se debe y de quienes depende para esa fulgurante carrera política que le auguran sus apellidos Uribe Turbay. Nieto y a la vez ahijado político de los dos presidentes más autócratas que hayamos tenido, con sus banderas salpicadas de sangre y oprobio: la “seguridad democrática” y “el estatuto de seguridad”. Es por todo lo anterior que las elecciones fácilmente se convierten en una monumental mitomanía democrática, una fábrica de mentiras. Ellas, por si solas, no son garantía de democracia, ni siquiera procedimental y menos sustantiva, pues así se realicen ininterrumpidamente desde 1957 hasta el 2022 están muy lejos de configurar ese régimen de la “justicia y el bien común” proclamado en la Constitución. Para avanzar por esa senda, precisamos ser primero ciudadanos capaces de deliberar y participar políticamente en la materialización cotidiana del Preámbulo constitucional y sus valores inspiradores: “la vida, la convivencia, el trabajo, la justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz”. Dejar de ser electores cuya preocupación por lo público se agota en las urnas y no ve más allá de los limitados intereses personales, familiares y empresariales. De la seguridad, la tranquilidad y la prosperidad que disfrutan minorías y que luego deriva en estallidos sociales donde predomina la inseguridad, la intranquilidad y la ruina de todos. Dejar de ser votantes manipulados por el miedo, la desconfianza y el maniqueísmo que nos divide irracionalmente entre “buenos y malos ciudadanos”.  Tal es el mayor desafío que tenemos para el 29 de mayo y eventualmente el 19 de junio.

¿Cómo, con quiénes y para quiénes van a gobernar?

De allí la exigencia a los candidatos y candidatas presidenciales[9] para que nos presenten claramente sus propuestas y la forma de materializarlas, en fin, que nos cuenten a quién beneficia la democracia, el CUI BONO[10] de su gobierno, y cómo pretenden hacerlo.  Si beneficiará a pocos o a la mayoría. Pero, sobre todo con quiénes pretende hacerlo. Porque difícilmente se podrán materializar intereses generales con quienes han convertido la política en la promoción y defensa de sus intereses personales, familiares y empresariales. Con quienes han reducido el Estado a un botín para sus incompetentes copartidarios, como lo ha hecho el perfeccionista Duque y lo público en la garantía de una prosperidad interminable para unos pocos, los mismos de siempre. No olvidar Agro Ingreso Seguro[11] y Unión Temporal Centros Poblados[12]. En fin, no hay que dejar de repetirlo hasta la saciedad, siempre han gobernado con y en función quienes hacen parte del PAIS POLÍTICO[13] y viven a costa del trabajo, el mérito y la depredación del PAIS NACIONAL y sus riquezas. Un PAIS NACIONAL que empieza a despertar, a verse reflejado y representado en lideresas como Francia Márquez[14] y en plebeyos como Carlos Amaya[15], que lamentablemente no ganaron en sus respectivas consultas interpartidistas, pero representan la democracia que merecemos: pacífica, civilista, sensible, femenina, plebeya, pluralista, telúrica y ecológica, tan diferente al clasismo narcisista, egocéntrico, prepotente, tecnocrático y machista de quienes ganaron las consultas y aspiran a gobernarnos.



Contra el fetichismo electoral

 

CONTRA EL FETICHISMO ELECTORAL

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Hernando Llano Ángel.

Este fin de semana conoceremos los resultados de las elecciones para Congreso y las consultas interpartidistas.  Así sabremos quienes son los candidatos a la Presidencia y la nueva composición del Congreso. Pero no sucederá lo mismo con las 16 curules[1] para las víctimas del conflicto armado interno, cuyas campañas han estado cercadas con alambradas de hostilidad, irregularidades infamantes y falta de garantías oficiales, como bien lo denuncia el editorial[2] de EL ESPECTADOR de hoy viernes. Este fracaso en la elección de las 16 curules para las víctimas demuestra la incapacidad y mala fe del gobierno de Duque para honrar su palabra y lema central: “Paz con legalidad”. En lugar de ello, exhibe sin vergüenza la realidad de una “paz con letalidad”, más parecida a la criminal ocupación militar de Putin en Ucrania. Durante este año de “paz con legalidad” han sido asesinados 36 líderes sociales y 7 excombatientes de las Farc, según el siguiente detallado reporte de INDEPAZ[3], hasta el pasado 6 de marzo. Esto significa que día de por medio es asesinado un líder social y eliminado un forjador de paz. En otras palabras, durante estas elecciones se han cavado más tumbas que abierto urnas para las víctimas. Según informe de la agencia de noticias EFE[4] del 13 de febrero de 2022,  “se han reportado 163 víctimas de violencia política, dentro de las que figuran 19 candidatos y políticos que han sido asesinados”. ¿Cómo hablar de democracia en estas circunstancias? ¿Cómo afirmar que estas elecciones son libres, pacíficas y legales para todos los aspirantes y candidatos en el territorio nacional?

¡Que vivan las elecciones!

Y, sin embargo, el domingo en la noche habrá jolgorio en las toldas de los candidatos victorioso y frustración en las de los derrotados, sin que ellas condenen, ni siquiera lamenten la anterior macabra estadística. Lo que importa es contar y celebrar los votos obtenidos y no las vidas que se pierden en medio del jolgorio. ¡El show debe continuar! Gracias a ello conoceremos con precisión las posibilidades de algunos candidatos para llegar a la Casa de Nariño. La nueva conformación del Congreso, la correlación de las fuerzas políticas, si hubo o no una renovación política o de nuevo ganaron las maquinarias y las complicidades de “los mismos con las mismas”, para perpetuar otros cuatro años esta indolente e impune cacocracia[5]. Una cacocracia al servicio de los intereses de cleptócratas y plutócratas que han convertido el Estado en su más rentable empresa privada, expropiándolo casi por completo del sentido de lo público y de la búsqueda del bien común. Los resultados electorales nos revelarán si la justa indignación de miles de jóvenes y ciudadanos inconformes, expresada en calles y plazas públicas durante el estallido social de 2021, tuvo eco y retumbó también al interior de las urnas, reflejándose en más participación y menos abstención electoral. Sabremos si hubo o no una eclosión del voto de opinión o, por el contrario, volvieron a ganar las maquinarias y el clientelismo, utilizando ladinamente las necesidades de millones de colombianos y la codicia de los plutócratas privilegiados. Plutócratas de la banca que siempre AVALan[6] las campañas, como la de Duque y el Centro Democrático hace cuatro años. De esta forma financian y aceitan las maquinarias políticas para asegurarse contratos públicos, alianzas público-privadas, zonas francas, exenciones tributarias y continuar aumentando sideralmente sus ganancias. Así afianzan en cada elección su red de complicidades y de puertas giratorias para pasar de sus empresas particulares al control del Estado, la mayor y más rentable de todas sus empresas, para su exclusivo beneficio. Ya lo anunciaba explícitamente el “Manifiesto Democrático de Álvaro Uribe Vélez en su punto 17: “Las empresas estatales son las empresas privadas más importantes porque pertenecen a toda la comunidad. Es un delito de lesa comunidad hacer fiesta con lo estatal”. Sin duda,  ya sabemos que no pertenecen a toda la comunidad de los colombianos sino a las de los plutócratas de “Agro Ingreso Seguro[7] y a los cleptocratas de “Unión Centros Poblados”[8], pues todavía no aparecen los 70 mil millones de pesos destinados a las escuelas rurales. ¡Así cumplen sus promesas electorales! Conviene no olvidarlo. No solo cometen delitos de “lesa comunidad” sino también de lesa humanidad, como las más de 6.400 ejecuciones extrajudiciales[9] que dejó la exitosa “seguridad democrática”. También sabemos que el amor a la Patria del “presidente eterno” se agota en el favorecimiento de su fratría[10], Jerónimo y Tomás Uribe, que comenzó legalmente con la Zona de Franca de Mosquera[11] y hoy se extiende por numerosos municipios[12] con prósperos centros comerciales. Una portentosa y emprendedora demostración de “patriotismo y patrimonio familiar”.

El fetichismo electoral

Es por todo lo anterior que las elecciones entre nosotros son un fetiche fatídico. Creemos que ellas, por si solas, nos asegurarán el triunfo del bien público sobre los intereses particulares y su insaciable codicia. Depositamos en un voto y en una urna nuestra confianza, como poderosos amuletos y talismanes[13], creyendo que solo con ello cambiaremos la realidad y nuestras vidas. Pero eso no es posible y menos suficiente. Como sucede con todo fetiche, le conferimos al tarjetón y la cruz que marcamos sobre él un poder que no tiene. Con ese ritual ciudadano solo estamos confiando y delegando en terceros nuestra voluntad y de alguna forma perdiéndola. Por eso Rousseau fustigaba a los ingleses porque enajenaban su libertad en las urnas. “El pueblo inglés se piensa libre; se equivoca mucho; solo lo es durante la elección de sus miembros del Parlamento; en cuanto han sido elegidos, es esclavo, no es nada”. Y así nos sucede la mayoría de las veces a nosotros: nuestro poder es defraudado y traicionado. Simplemente nuestro voto es negociado y transado con otros en el Congreso y en las demás corporaciones públicas, donde priman los intereses de pocos sobre el bienestar de todos. Quizá por ello para la mayoría de los colombianos los políticos son corruptos y despreciables, tramadores y mentirosos, en quienes no se puede confiar. Ya le advertía el mismo Popeye a Pablo Escobar para que no incursionara en la política electoral: no hay peor mafia que la de los políticos y lo ratifica el hijo del capo[14]. Una vez reciben millones del narcotráfico para sus campañas y ganan las elecciones, desde el “poder” los persiguen, niegan sus contactos, los extraditan y hasta eliminan, como sucede periódicamente. Esa es una de las más claras expresiones de la cacocracia, ella se roba y defrauda sistemáticamente la confianza ciudadana depositada en las urnas y además incumple los acuerdos con sus patrocinadores, socios y cómplices. Es también por ello que la violencia oficial aparece como un recurso inevitable para gobernar y sofocar la indignación y las protestas de miles de ciudadanos engañados y desesperados, como sucedió durante el estallido social y lo reporta la CIDH en sus observaciones y recomendaciones[15] al actual gobierno. Pero también la violencia oficial se despliega para capturar y extraditar a quienes les brindaron su apoyo en las campañas electorales, como lo hizo Samper con los Rodríguez y Uribe con los comandantes de las AUC[16]. Y ahora todo parece indicar que sucede lo mismo con Otoniel: hay que extraditarlo rápido antes de que revele a la JEP[17] lo que sabe sobre los “Falsos Positivos” y a la Comisión de la Verdad[18] sobre sus relaciones con políticos y miembros de la Fuerza Pública. Por todo lo anterior hay que desmitificar las elecciones y ser conscientes que la democracia no se agota en ellas y menos puede ser contenida en una urna. Que la democracia depende, fundamentalmente, de nuestra capacidad ciudadana de exigir y realizar organizadamente, desde abajo, desde lo barrial y lo veredal hasta lo nacional, todo aquello que contribuya a nuestra mayor libertad, justicia y convivencia social, siendo el sufragio universal apenas un primer paso.  Un primer paso rodeado de enormes limitaciones y riesgos, como bien lo saben lideresas de la integridad y valor de Francia Márquez[19], las mujeres de Estamos Listas[20] y académicos como Sandra Borda y Ariel Avila[21]. Limitaciones y riesgos que abordaré en el Calicanto de la próxima semana, analizando los resultados electorales que nos arroje la jornada del domingo.