jueves, febrero 17, 2022

La perversión electoral de la democracia en Colombia.

 

LA PERVERSIÓN ELECTORAL DE LA DEMOCRACIA EN COLOMBIA

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/la-perversion-electoral-la-democracia-colombia

Hernando Llano Ángel

Las elecciones se han convertido en el principal mecanismo de perversión de la democracia en Colombia, como lo comprobamos diariamente. No solo por el escándalo pornoelectoral de Alex Char, Aida Merlano y la casa Gerlein[1], sino más bien porque las elecciones en nuestro país han servido más para expropiar y engañar a la voluntad ciudadana que para expresarla. Y cuando los comicios han estado más cerca de expresar la voluntad de las mayorías, sus destinatarios han sido asesinados: Jorge Eliecer Gaitán[2], el 9 de abril de 1948 y Luis Carlos Galán[3], el 18 de agosto de 1989. Pero también esa voluntad ha sido robada, como sucedió el 19 de abril de 1970 con el general Gustavo Rojas Pinilla y la Alianza Nacional Popular (Anapo)[4]. En otras coyunturas críticas los comicios han sido más un escenario para los magnicidios y las masacres que una arena política para la competencia civilizada por el poder estatal. Así aconteció en 1984 con la aparición de la Unión Patriótica[5] y el exterminio a sangre y fuego de miles de sus militantes y simpatizantes, entre los que hay que mencionar sus dos candidatos presidenciales Jaime Pardo Leal,[6] 11 de octubre de 1987 y Bernardo Jaramillo Ossa,[7] 22 de marzo de 1990. La saga sangrienta continuaría con Carlos Pizarro Leongómez[8] del recién desmovilizado M-19, asesinado en desarrollo de su campaña electoral el 26 de abril de 1990. En menos de 9 meses, entre el 18 de agosto de 1989 y el 26 de abril de 1990, se abortó violentamente el nacimiento de una democracia que intentaba romper el vínculo mortal entre la política y el crimen del narcotráfico, además de albergar a quienes hacían el tránsito de las armas a la vida civil; del campo de batalla mortífero a la controversia política vital. Los poderes de facto, todavía intactos, no les permitieron ser contados en las urnas, más sí en las tumbas, a quienes lideraban electoralmente esa gesta: Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro. En otras palabras, entre nosotros las elecciones presidenciales en momentos críticos e históricos --como el mencionado y el que actualmente vivimos— parecen servir más para cortar cabezas que para contarlas. Es decir, para enterrar las débiles semillas democráticas, en lugar de consolidarlas. Más se demoró la Asamblea Constituyente en proclamar la Constitución de 91 con su espíritu progresista y democrático, que empezar Cesar Gaviria a declarar la “guerra integral” contra las Farc-Ep y la apertura económica neoliberal contra las mayorías en beneficio de minorías y economías foráneas. Desde entonces hasta nuestros días la historia es bien conocida: solo se alcanza la Presidencia de la República con la ayuda de los poderes de facto, legales o ilegales, mediante coaliciones clandestinas o alianzas públicas. Basta recordar: Samper y el proceso 8.000; Pastrana y su canje de votos por la zona de distensión con las Farc-Ep; Uribe y las AUC, en el 2002 y en el 2006 con las Yidis Política y el “articulito” para su reelección; Santos con Odebrecht y el Acuerdo de Paz y hoy tenemos el inefable e incompetente Iván Duque con la “Ñeñe política”, “el que la hace la paga” y su consigna letal de “Paz con legalidad”. Todas las anteriores fórmulas ganadoras tienen en común su capacidad de convertir en votos la escoria de la ambición, como sucedió en el caso del narcotráfico con Samper; la esperanza de la paz, durante el Caguán con Pastrana; el miedo a la violencia y el terror de las Farc-Ep, capitalizado por el odio y la obsesión de un líder carismático, autoritario y patriarcal, como Uribe; hasta el cálculo y la estrategia de un negociante de la paz en busca de seguridad y prosperidad para los negocios, como Santos, que logró desarmar a las Farc-Ep sin modificar un ápice el Statu Quo que las engendró: la miseria del latifundismo, la criminalidad de sus elites y en el presente la ilegalidad del narcotráfico. Con semejante legado ha contemporizado Duque, utilizando para ello una retórica llena de eufemismos y mentiras como la “Paz con legalidad”; “el que la hace la paga”; “homicidios colectivos” en lugar de masacres y “economía naranja” en vez del pan en la mesa.

 ELECCIONES EN RIESGO

Según el informe divulgado esta semana por la Misión de Observación Electora (MOE)[9] «los riesgos electorales se concentran en 23 de los 32 departamentos y en 5 subregiones. Por primera vez desde el 2010, el número de municipios en riesgo por violencia presentó un incremento, llegando a 319.  Además, 18 municipios coinciden en riesgo extremo indicativo de fraude electoral tanto para las elecciones de Cámara como de Senado. El 86.8% de la totalidad de los municipios con Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz (CITREP) presentan riesgos por factores de violencia». Por eso el resultado que nos deja esta administración del Duque perfeccionista es una  cacocracia[10] impune, con escándalos de corrupción crecientes y no una democracia, menos la paz que tanto promueve en sus viajes internacionales, pero es incapaz de garantizar nacionalmente. Duque resultó ser un discípulo aventajado de los expresidentes Julio César Turbay Ayala y Álvaro Uribe Vélez, con la honestidad, talla de estadista y gobernante «demócrata» de ambos. Por último, para completar los prodigios políticos que nos deja el record macabro de ser la nación que ha realizado más elecciones ininterrumpidas en medio de la mayor crisis humanitaria y de desplazados internos del continente, fuimos convocados a un plebiscito[11] en el 2016 para refrendar el Acuerdo de Paz. Pero logramos todo lo contrario: convertirlo en una guerra todavía más degradada, turbia y sangrienta, que hoy nos divide irracionalmente, cuando nos hubiese bastado cumplir el artículo 22 de nuestra Constitución: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. Por eso todavía estamos muy lejos de comprender que sin paz política no hay democracia, así como quienes hoy se encuentran disputando nuestros votos se han olvidado que sin paz no hay pan y mucho menos sin pan tendremos seguridad, tranquilidad y prosperidad. Quizá por ello las elecciones entre nosotros se han convertido, con excepción de algunas municipales y departamentales, en la mayor perversión y corrupción de la democracia, pues suelen ganarlas quienes más interés tienen en los negocios y la guerra, no en la política y en la paz transformadora. El 13 de marzo y el 29 de mayo tendremos una nueva oportunidad para evitar que ello continúe sucediendo. No botemos nuestro voto reeligiendo a los traficantes de la democracia en nombre supuestamente de la lucha contra la corrupción y menos a los mercaderes de la muerte que todos los días invocan la paz y la seguridad. Hoy precisamos con urgencia tanto el pan de la equidad como la paz de la reconciliación, no el miedo y la seguridad del codicioso privilegiado y menos aún la revancha histórica de vengadores victoriosos. Una forma de evitarlo es deliberando como ciudadanos y no votar como electores manipulados por el miedo o ilusionados por esperanzas salvíficas, que ningún candidato podrá realizar.



domingo, febrero 13, 2022

PORNOPOLÍTICA Y TANATOCRACIA ELECTORAL

 

PORNOPOLÍTICA Y TANATOCRACIA ELECTORAL

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Hernando Llano Ángel

En estos comicios hay más pornografía que política. Más violencia que debates, más muerte que vida. Más mentiras que verdades. Y mientras ello sucede, todos los candidatos siguen en campaña, fingiendo que nada pasa, como los músicos del Titanic. Poco les importa que Colombia naufraga en sangre y desolación. En lo corrido del año han sido asesinados más de 17 líderes sociales[1] y el desplazamiento forzado ha aumentado exponencialmente, creciendo a un ritmo más vertiginoso que los contagios del ómicron. Los ataques a la Fuerza Pública se han recrudecido en proporción directa a la belicosidad verbal del presidente Duque y su errático ministro de defensa, Diego Molano. Lo grave es que con sus discursos también aumentan los miembros de la Fuerza Pública sacrificados en cumplimiento de sus órdenes. Pero eso no importa, basta con elevar a los soldados y policías masacrados al pedestal de héroes de la patria y seguir afirmando que son víctimas del terrorismo, cuando en realidad ellos mueren en una confrontación degradada y absurda que libran contra enemigos despiadados. Enemigos que aumentan su intensidad de fuego y destrucción como represalia a la obsesión de un gobierno irresponsable e incompetente que en forma cínica nos anuncia todos los días que está ganando la guerra, pero cada día pierde más hombres y mujeres sin lograr contener la ofensiva irregular de dichos grupos criminales. La consecuencia es que cada amanecer comienza con nuevos atentados y la llamada “guerra contra el terrorismo” lo único que produce es más sangre, más desolación, más desplazamiento, más confinamiento, más hambre, miedo y muerte. En una palabra, más terror y dolor. Y a pesar de todo ello las campañas políticas continúan, los candidatos se desgastan y desprestigian mutuamente en batallas morales para demostrarnos quién es más puro y mejor, mientras Colombia se desangra. Entonces sus disputas morales se convierten en frivolidades mortales. Están tan obsesionados con su narcisismo moral que son incapaces de ver que nada corrompe más a la política que la guerra, pues niega la vida y la dignidad de todos, no sólo de quienes la pierden en los campos de batalla o en las calles de nuestras ciudades. Poco les importa los uniformes que portan, las órdenes que cumplen o los intereses que promueven quienes mueren en nombre de estas elecciones letales. Para los candidatos lo único que cuenta es su imagen y la búsqueda desesperada de apoyos. Incluso algunos hacen alianzas con quienes ayer despreciaban y denunciaban por sus relaciones con grupos paramilitares y el desfalco de los bienes públicos. Lo que les importa es ganar, es indiferente que los votos estén salpicados de sangre y depredación, que procedan de quienes ayer auspiciaron por acción u omisión masacres de jóvenes, como la operación Orión en la comuna 13 de Medellín, cuando era alcalde Luis Pérez[2] y hoy aparece en las filas del “Pacto histórico”. Con semejante apoyo dicho Pacto prolonga una historia de ignominia e impunidad, en lugar de la verdad y la dignidad de las víctimas. Todo lo anterior es lo que convierte estas elecciones en una repugnante obra de pornopolítica, más allá de los encuentros clandestinos entre Alex Char y Aida Merlano[3]. Más allá de ese entramando de compraventa de votos y comercio sexual develado en público, lo que nos debería avergonzar es que continuemos como sin nada en esta fiesta electoral en medio de semejante mortandad. En lugar de escandalizarnos tanto por la frivolidad de quienes otrora formaron una exitosa y libidinosa pareja electoral, deberíamos reflexionar sobre nuestra insensibilidad e indolencia ante la violencia política que cercena la vida de quienes promueven con su liderazgo los derechos, la dignidad y la seguridad de toda la sociedad. Que los candidatos no sean capaces ni siquiera de un pronunciamiento público en defensa de la vida y la búsqueda de la paz, esencia de la democracia, porque están demasiado ocupados en ganarle a sus colegas al interior de sus coaliciones, más que a sus adversarios de otros partidos, es algo peor que la pornopolítica, es la total y absoluta putrefacción de la política. Es transformar las urnas en tumbas sin nombrar y menos honrar la memoria de quienes reposan en ellas por haber defendido la vida y la dignidad. Es convertir la democracia tras el velo de las elecciones en una especie de tanatocracia donde gana y gobierna la muerte en lugar de la vida.       

COLOMBIA ELIMINADA

 

COLOMBIA ELIMINADA

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Hernando Llano Ángel

Entre la política y el fútbol existen muchas similitudes y algunas diferencias esenciales. Y entre estas elecciones y las eliminatorias al mundial de Catar hay muchas más. El común denominador es que ambas concitan la atención y el entusiasmo de las mayorías, nuestras efímeras alegrías y permanentes frustraciones. Es claro que en los días que corren tenemos más motivos para estar agobiados que satisfechos. Y quizá la razón de fondo es que nos mentimos alegremente en los dos campos de juego. Tanto en la arena política como en la cancha de fútbol. De un lado, los dirigentes políticos están empeñados en hacernos creer que vivimos, supuestamente, en la democracia más estable, profunda y sólida de Latinoamérica. Así como nos creemos el cuento de tener una de las mejores selecciones de fútbol del mundo. Ni lo uno, ni lo otro. Pues en lugar de democracia tenemos es una cacocracia, el gobierno de los que roban con astucia la confianza ciudadana y, salvo contadas excepciones, son profesionales impunes en desfalcar el Estado y gobernar solo para su hinchada, patrocinadores y financiadores nacionales e internacionales. Duque, con los generosos aportes de AVAL[1] y Ñeñe Hernández[2]. Santos con los de Odebrecht[3], para no hablar del más habilidoso y ambicioso jugador de todos, Álvaro Uribe, que ganó elecciones con el apoyo de grupos criminales como las AUC[4] y anotó goles como Maradona, metiéndole la mano a un “articulito” de la Constitución con la ayuda de sus mediocampistas Sabas Pretelt[5] y Diego Palacio[6]. Mejor no hablar del pasado, donde sobresalen jugadores estelares como Carlos Lleras Restrepo, con su robo de las elecciones a Gustavo Rojas Pinilla[7] y la ANAPO, que a la postre engendró un equipo ilegal, el M-19, con jugadas muy populares y una divisa revanchista y violenta: “Con el pueblo, con las armas, al poder”. Y, que ironía, hoy uno de sus jugadores, entonces casi adolescente, Gustavo Petro, aparece encabezando las encuestas para ser Presidente de la Nación. Esto acontece porque la mayoría de los políticos del establecimiento son unos mercenarios del interés general, pues se venden al mejor postor particular. Y, como buenos, cacos, se ufanan de ser virtuosos y honestos, cuando en realidad son unos cínicos desvergonzados, con contadísimas excepciones. Algo parecido nos sucede con la selección de fútbol, el único equipo que nos convoca a todos los colombianos y colombianas. Sin duda, como en la política, contamos con jugadores muy habilidosos, pero no tenemos equipo sino individualidades, estrellas fulgurantes que se eclipsan con la Selección. Y así nunca podremos ganar, cuando más exhibir talentos impotentes e irascibles, como James Rodríguez, pues resulta inconcebible que con goleadores en las mejores ligas del mundo la selección sea una nulidad en las eliminatorias. Lleva más de 7 partidos sin anotar un gol, 646 minutos[8]. La respuesta, como en la política, es que no solo carecemos de un juego de equipo con metas nacionales, sino que tenemos al mando de la Nación y la Selección una pareja de incompetentes, solo preocupados por su figura y vanidad personal. Unos auténticos impostores al mando, que creen que gobernar una nación es hablar, hablar y hablar, sin anotar goles contra el hambre, la violencia y la corrupción. Sin anotar en el arco de los equipos contrarios, sin juego ofensivo y con disculpas cada vez más inadmisibles. Así las cosas, nunca clasificaremos en la política y menos en la democracia que es el juego mayor de una sociedad, el juego del poder que nos define desde la cuna hasta la tumba. Un juego donde todos debemos conservar la vida, la libertad y contar con iguales oportunidades para ganar en dignidad, prosperidad y sentido de convivir creadoramente, defendiendo y afirmando la vida pública sobre los intereses personales, partidistas, corporativos y empresariales. Pero en lugar de ello tenemos un juego sucio y deshonesto donde ganan las minorías y las mayorías son excluidas del campo de juego, donde físicamente son eliminados sus mejores jugadores: ya van asesinados 17 líderes sociales[9] en este 2022; según la ONU el año pasado fueron asesinados 78 defensores de los derechos humanos[10] y los opositores políticos empeñados en cambiar las reglas de un juego tan injusto como inhumano. Algo similar sucede con nuestra selección de fútbol, cuenta con figuras destacadas internacionalmente, pero carece de juego colectivo y un director técnico capaz de infundir entusiasmo, confianza y seguridad en el conjunto. Todo se deja en manos de individualidades y, como en la política, ello no es suficiente. Lo más importante se deja de lado. Ninguna sociedad y menos una clasificación a un mundial de fútbol puede depender de caudillos o estrellas goleadoras. Para derrotar la cacocracia que nos gobierna se precisan auténticos partidos políticos, no las maquinarias y las coaliciones de la depredación y el desfalco que tenemos. Más que electores, atrapados en las redes del clientelismo y el asistencialismo populista, precisamos ser ciudadanos responsables y conscientes, que no nos dejemos deslumbrar por supuestos salvadores incorruptibles o caudillos a diestra y siniestra que prometen ríos de miel y prosperidad. Porque clasificar y ganar en el juego democrático es mucho más difícil que ir a un mundial. Es un desafío colectivo que nos convoca a un trabajo de muchas generaciones capaces de reconocer la realidad en que vivimos, que despertemos del letargo y la ficción de vivir en esta pesadilla llamada democracia que todos los días profundiza la exclusión de millones de compatriotas y aniquila a sus mejores líderes en el campo de la política, las luchas sociales y la cultura. Solo entonces, con partidos políticos y movimientos sociales autónomos y transformadores, con garantías plenas para la vida de sus líderes y lideresas, podremos jugar todos y ganar los mejores en el campo democrático. No deja de ser una cruel ironía que el último partido de estas eliminatorias a Catar sea entre Colombia y Venezuela. Naciones donde sus presidentes reclaman a viva voz ser absolutamente legítimos y competentes, pero tienen a sus pueblos en fuga y son incapaces de garantizar la vida y la libertad a cientos de líderes populares y opositores. Colombia tiene más de 9 millones de víctimas[11] del conflicto armado y cada día aumenta el número de población desplazada[12] y de comunidades confinadas[13]. Venezuela[14] continúa expulsando a la migración más de 7 millones de personas que deambulan como espectros y fantasmas por todo el mundo. Solo nos falta que José Néstor Pekérman[15], un entrenador competente y de pocas palabras, que nos llevó a dos mundiales, pase su cuenta de cobro en la cancha a la corrupta e incompetente dirigencia del fútbol colombiano. Una dirigencia deportiva[16] que se disputa con la elite política la clasificación al mundial de la corrupción, la ingratitud y la descortesía por la forma como despidió a Pekérman, más propia de los delincuentes de cuello blanco que de la autoproclamada “gente de bien”. Si nos gana Venezuela sería un triunfo poético de Pekérman y si derrotamos en las elecciones al Congreso el próximo 13 de marzo y el 29 de mayo por la Presidencia al clientelismo, la corrupción y la politiquería sería una revancha histórica del equipo de las mayorías del “País Nacional”[17] contra las minorías del “País Político”. Quizá el comienzo de nuestra clasificación a la arena política de la gobernabilidad democrática y la salida del escorial cacocrático en que vivimos ultrajados y eliminados.

 

 



ENTRE CARAS Y CARETAS POLÍTICOS

 

Entre caras y caretas de políticos

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Hernando Llano Ángel.

Cuando no hay política, es decir, deliberación sobre programas y proyectos que definen el sentido de la vida pública y confieren valor, dignidad, justicia y confianza a la vida compartida entre todos y todas en una Nación, las campañas políticas se convierten en un espectáculo deplorable y se parecen más a un circo que a un debate electoral. Entonces los candidatos aparecen en escena, no enfrentándose cara a cara, sino más bien mostrándonos sus mejores caretas y ocultando al máximo sus verdaderos rostros. No vemos personas, sino personajes, “seres ficticios que intervienen en una obra literaria o película”. En este caso, la película por el papel estelar de ser presidente. No escuchamos propuestas políticas, sino ofensas y descalificaciones personales, como el sainete entre Ingrid Betancur y Alejandro Gaviria. Eso fue lo que presenciamos en el  evento organizado por la revista Semana y el diario El Tiempo en “El primer cara a cara entre 10 aspirantes a la Presidencia”[1].

“¡Yo me llamo… Anticorrupción!

Empezando por su coordinadora, Vicky Dávila, que más parecía una animadora en una feria de vanidades. El debate fue una auténtica piñata electoral, con contusos y heridos entre candidatos con más egos narcisistas por exhibir que propuestas políticas por debatir. La animadora Dávila, para cerrar, solicitó al público aplausos para sus invitados, como si la política fuera un espectáculo parecido al “Yo me llamó…[2]” de Caracol. La verdad, su profesionalismo periodístico le pone a cualquiera los pelos de punta. Pero no solo ella, más de un candidato parecía actuando en “Yo me llamo” y se confundió de programa y escenario. La canción preferida fue la tonada de la lucha contra la corrupción y la politiquería. La misma cancioncilla mentirosa que con voz destemplada y mano en el corazón entonó el candidato Álvaro Uribe Vélez en 2002 y terminó su faena presidencial en el 2010 con más de una docena de sus mejores acompañantes cantando al unísono “soy inocente” en la cárcel. Desde un ministro con la voz aflautada de víctima, como Andrés Felipe Arias[3], hasta el dúo dinámico de Sabas Pretelt[4] y Diego Palacio[5], que con la ayuda de la soprano Yidis Medina[6] y el barítono Teodolindo Avendaño[7], cambiaron un articulito de la Constitución para la reelección inmediata del “incorruptible” del Ubérrimo. Una reelección ilegal, gracias al cohecho cometido a cappella[8] por sus ministros, pero electoralmente legítima y políticamente impune pues la avalaron en las urnas 7.397.835 electores, aunque la abstención haya sido del 55% del censo electoral[9]. De nuevo, tres lecciones: primera, nada es políticamente más rentable que apropiarse de la bandera contra la corrupción y la politiquería. Segunda: nada es más falso y demagógico, como bien lo demostró el adalid triunfador que gobernó durante ocho años con corrupción y politiquería. Y además nos dejó, entre otras “heroicas” ejecutorias, un rastro sangriento de por lo menos 6.000 ejecuciones extrajudiciales[10] llamadas “Falsos positivos”. Tercera: la abstención es la mayor cómplice de la corrupción política. Y lo es porque deja en manos de unos farsantes, autodenominados políticos, aquello que nos pertenece a todos: la política que define la calidad de nuestras vidas, desde el “aire que respiramos, el agua que bebemos y los lugares por donde transitamos”, parafraseando a Karl Deutsch en su texto “Política y Gobierno: cómo el pueblo decide su destino”[11]. Una vez más es inevitable citar a Edmund Burke[12]: “Los políticos corruptos son elegidos por ciudadanos honestos que no votan”. Y la mayor ironía es que muchos de estos ciudadanos no votan porque consideran que la política siempre será corrupta, puesto que todos los políticos son corruptos. Y así se perpetuará eternamente la corrupción de la política, que Polibio denominó la anaciclosis[13].

El coronavirus de la corrupción

Para salir de este círculo infernal de la cacocracia[14] que nos gobierna desde la noche de los tiempos, lo primero que debemos reconocer es que no hay salvador, no existe ningún líder, sea de derecha, centro o izquierda que nos vaya a salvar y liberar de la corrupción de la política. Porque todos estamos sujetos al germen de la corrupción, así como nos encontramos expuestos al coronavirus. No hay una vacuna contra la corrupción, simplemente porque siempre que buscamos nuestro beneficio personal y sacamos ventaja de los demás, burlando las reglas de juego y los compromisos, estamos propiciando la corrupción. Cuando irrespetamos el turno en la fila, evadimos los impuestos, mentimos y hacemos trampas para ganar, estamos afianzando la corrupción en la vida personal, social y política. Por eso no hay personas totalmente honestas y transparentes, mucho menos absolutamente incorruptibles. Lo que tenemos es relaciones donde propiciamos beneficios solo personales, familiares, empresariales, sindicales o partidistas en desmedro de beneficios colectivos y públicos. Así es como generamos y consolidamos la corrupción de la política hasta convertirla en un sistema y una forma de vida, que es lo que predomina entre nosotros, y que Álvaro Gómez llamaba el “régimen a tumbar”. Forma de vida que está sarcástica y esperpénticamente proyectada en la parodia de JUANPIS de NETFLIX[15] con su final inverosímil. Quizá por ello no tenemos partidos políticos con programas y propuestas políticas, sino una eclosión de personalismos narcisistas que pugnan por demostrarnos, como niños en competencia escolar, que cada uno es mejor y más virtuoso que los demás. Que nada tiene que ver con maquinarias, como lo exige Ingrid, depredadoras de los bienes e intereses públicos. Esta ausencia de partidos políticos y de sentido de lo público es sustituido por una visión maniquea de la controversia política entre supuestos puros e incorruptibles contra politiqueros apertrechados en maquinarias clientelistas corruptas. Entonces aparecen personajes tan patéticos, dignos de la serie de Netflix, como Rodolfo Hernández, con la careta de antipolítico incorruptible, cuando su desempeño como alcalde de Bucaramanga lo revela de cuerpo entero como un gamberro de barrio sancionado por la Procuraduría[16]. Lo único que nos falta es que JUANPIS aparezca en escena y gane la presidencia en primera vuelta revelándonos que vivimos en Polombia[17].