lunes, julio 06, 2020

Apocalypse Now?



 ¿Apocalypse Now?
Hernando Llano Ángel
Bajo la amenaza del coronavirus, científicamente identificado como SARS-CoV-2, parece que los cuatro potros y jinetes del Apocalipsis galopan desbocados sobre la humanidad: la violencia (guerra), el hambre (inequidad), la peste (coronavirus) y la muerte (iniquidad). Más allá de las múltiples y  contradictorias interpretaciones sobre el significado de los jinetes y los potros, todas coinciden en el destino fatal e irremediable que el libro bíblico predice para gran parte de la humanidad[1]. De allí que el adjetivo apocalíptico sea hoy tan utilizado. Pero ante tan ineluctable pesimismo hay buenas noticias, al menos contra la peste y muerte del coronavirus, pues ya varias compañías farmacéuticas están probando con éxito una vacuna. Así lo informa el consorcio formado por la estadounidense Pfizer y la alemana Biontech[2]. También en China se avanza con buenos resultados en la prueba de la vacuna en personal de su ejército[3]. Aunque la OMS es cauta sobre su pronta aparición en el mercado y su inminente aplicación para prevenir la rápida propagación del coronavirus[4], todo parece indicar que a principios del 2021 ello puede suceder. Quizá no tanto para contener la pandemia, como para impedir que la economía mundial colapse y la recesión y el hambre causen más víctimas mortales que el mismo SARS-CoV-2. Pero mientras ello acontece en otras latitudes, en nuestro terruño los jinetes del apocalipsis galopan desde hace siglos en forma devastadora e incontenible. Como sucede con el coronavirus, los jinetes no afectan y aniquilan por igual a toda la población. Su violencia, inequidad, pestilencia y mortandad se empecina contra ciertas poblaciones, mientras otras apenas son afectadas y una selecta minoría permanece inmune, gracias a sus recursos de poder y riqueza. Nada más distante de la realidad que afirmar cínicamente que el coronavirus nos afecta a todos por igual.
La pandemia del colonialismo europeo
La verdad es que el coronavirus se ensaña contra aquellas poblaciones sobre las cuales, desde muchos siglos atrás, la pandemia del colonialismo ha descargado violenta o sutilmente toda su carga “civilizadora”. La expoliación y el genocidio de los conquistadores contra los pueblos indígenas; la crueldad y criminalidad del mercantilismo esclavista contra la población negra; el nacionalismo y la xenofobia contra los inmigrantes y las minorías y en nuestros días la monstruosa violencia machista contra niñas[5] y mujeres[6]. A tal punto que en nuestro país desde el 23 de marzo hasta el 24 de julio, según Medicina Legal, se han perpetrado 167 feminicidios, siendo el Valle del Cauca con 21 el departamento con mayor número.  Semejantes violencias directas, estructurales y culturales, vienen acumulándose desde hace más de quinientos años contra los pueblos aborígenes de América, cuando los cultos europeos no solo los diezmaron a punta de espada y cruz, sino también con sus enfermedades endémicas y el despojo violento de sus riquezas, además de intentar vanamente convertirlos a la idolatría de sus divinidades paganas: el mercado y la codicia, hoy bajo los embates del invisible y hasta ahora invencible coronavirus. Contra todo ello, continúan resistiendo las comunidades campesinas e indígenas, pero muchas de ellas están a punto de desaparecer por la acción combinada del coronavirus, la violencia de grupos armados ilegales y hasta la agresión criminal, amparada y camuflada en uniformes de miembros de la Fuerza Pública.
¿Un Ejército protector o exterminador?

La pregunta no es retórica y va mucho más allá del cruce airado de mensajes entre el expresidente Ernesto Samper y el Comandante del Ejército, general  Eduardo Zapateiro[7]. Dicho cruce revela no solo el problema de fondo de la formación ética de la tropa, sino sus imaginarios y concepciones sobre la población indígena y campesina, estimulada por la doctrina contrainsurgente de la guerra fría, que siempre la estigmatizó como auxiliadora y cómplice de la guerrilla y la subversión. De allí, la expresión de “quitarle el agua al pez”[8], que parece tener hoy continuación en la estrategia de la “guerra contra las drogas” y la presencia inconsulta e inconstitucional del contingente de soldados norteamericanos para asesorar al Ejército colombiano en ese apocalipsis interminable. Por eso en nuestros campos vuelven los enfrentamientos mortales entre miembros del ejército y campesinos cocaleros, que inmediatamente son condenados como cómplices y auxiliadores del narcotráfico y la guerrilla, siendo así doble y hasta triplemente victimizados. También vuelven las mutilaciones y muertes de soldados y policías por las minas antipersona. En ese campo de operaciones bélicas los campesinos son convertidos de facto en “objetivos militares” y no en sujetos de políticas sociales, despojándolos de su condición de ciudadanos y ciudadanas, criminalizándolos y condenándolos a toda suerte de violencias, entre las cuales son frecuentes las violaciones y las agresiones sexuales. Así las cosas, la mayor responsabilidad de ese ejercicio institucional y profesional de la violencia es de los mandatarios civiles, presidentes y ministros de defensas, que históricamente siempre se han lavado las manos, realizando operaciones periódicas de depuración y cirugías estéticas en el cuerpo institucional de la Fuerza Pública, cuando ya no pueden ocultar más los cuerpos de las víctimas y estos aparecen en fosas comunes. Basta recordar el apocalipsis de los “falsos positivos”, cuyo número es tan elevado que, según el informe “Muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate por agentes del Estado”, que la Fiscalía General le entregó a la JEP en agosto de 2018, ascienden a 2.248,​ pero se estima que la cifra podría llegar a 10.000 casos. Y todo ello, fue consecuencia de la aplicación de la Directiva 029 de 2005[9], en desarrollo de la denominada “seguridad democrática”, cuyos máximos responsables políticos son el expresidente Álvaro Uribe Vélez y el exministro de defensa Camilo Ospina, quienes todavía no han tenido el decoro ético de concurrir a la Comisión de la Verdad a presentar sus versiones sobre lo acontecido. Menos ante la JEP, considerada por ellos una “justicia de impunidad” por ser resultado del Acuerdo de Paz con las Farc sobre un conflicto armado que aún no reconocen, pero que hasta la fecha es reputada como una institución valida de justicia transicional y restaurativa por la Corte Penal Internacional, las Naciones Unidas y la Unión Europea, que la respaldan y defienden en todos los foros internacionales.

La ineludible presión  

Ahora lo único que parece estar cambiando es que ante las documentadas denuncias e informes de periodistas valientes y críticos sobre los desmanes de miembros de la Fuerza Pública, la fiscalización internacional y los pronunciamientos de algunos demócratas del Congreso norteamericano, el ministro de defensa, Carlos Holmes Trujillo y el Comandante Zapateiro, no han tenido otra opción que “depurar las filas de elementos indeseables”, denominando esa tardía y contemporizadora acción “bastón de mando”, aunque más parezca un bastión de impunidad[10]. A propósito, han sido retirados 31 militares por actos de violencia sexual, pero aún continúan en las filas 71 que son investigados. La pregunta obvia es ¿Cuándo el Ejército y la Fuerza Pública retomarán su función constitucional y legal de instituciones protectoras y dejarán de ser exterminadoras, como ha sucedido con tanta frecuencia, contra la población campesina, indígena, negra y citadina informal que más precisa de su legitimidad, fuerza y derecho?
Y la respuesta obvia es: cuando dejemos de tolerarlo, justificarlo y hasta legitimarlo, superando nuestra indolencia cómplice frente a la iniquidad del racismo, la exclusión clasista y la violencia machista, protestando públicamente contra dichas aberraciones indignantes.
Pero, sobre todo, cuando dejemos de elegir gobernantes y congresistas que tras una frondosa y falsa retórica democrática perpetúan impunemente esa simbiosis entre el crimen y la política. Una simbiosis tanática que viene desde la noche de los tiempos, pero que tiene hitos muy reveladores, como la llamada “policía chulavita”, el famoso “golpe de opinión” de Rojas Pinilla, la renuncia forzada del general Alberto Ruíz Novoa, exigida por el entonces presidente Guillermo León Valencia, el sangriento apocalipsis del Palacio de Justicia, hasta las metamorfosis del paramilitarismo, el “Plan Colombia”, la leyenda heroica del Plan Patriota y la Operación Orión, entre muchas otras. Pero esos  hitos de nuestro apocalipsis institucional precisan otras entregas para no abusar del tiempo y la generosidad de todos, así nos encontremos en cuarentenas indefinidas.

[8] “Durante el conflicto armado el Ejército se inspiró en el conocido concepto maoísta que dice “la guerrilla, apoyada por el pueblo, se desenvuelve dentro de éste como pez en el agua”, y puso en práctica la estrategia de “quitar el agua al pez”, es decir, destruir las comunidades que pudieran apoyar a la guerrilla para debilitarla y vencerla. Tomado de www.alainet.org.


domingo, junio 28, 2020

Era de transición o de trascendencia?




Hernando Llano Ángel

Transición parece ser una palabra mágica, dotada de clarividencia para comprender estos días que corren en forma vertiginosa y fúnebre. Una especie de palabra sortilegio que, supuestamente, nos revelará un cambio positivo de era, donde superaremos las angustias y problemas que actualmente nos agobian. Quizá por ello toda la humanidad está a la espera de la vacuna contra el sars-cov2, para volver a la “normalidad”. En medio de la ansiedad personal por la claustrofobia de las cuarentenas interminables y la crisis económica mundial, la transición que hoy más se añora es volver al pasado. La obsesión es volver a vivir como antes y recobrar rápidamente las tasas de crecimiento económico. Pero ya va siendo hora de reconocer que no tendremos futuro si persistimos en vivir como ayer. Tenemos que rechazar la transición como regreso a esta normalidad mortal e inicua y asumirla, por el contrario, como una oportunidad para trascender nuestro estilo de vida actual. Liberarnos progresivamente de la era antropocéntrica con su consumismo depredador y mercadocéntrico para adentrarnos en una era cosmocéntrica y ecologista, donde la sostenibilidad de la vida y la dignidad humana predominen sobre la ganancia y la codicia.

La vida se subasta en el mercado

Las patéticas escenas de hordas de consumidores, el pasado 19 de junio, que no dudaron en poner en juego sus vidas por ahorrarse el IVA y empeñar sus ingresos con las tasas agiotistas que cobra el sector financiero, es la más deplorable demostración de la pérdida del sentido de humanidad. Así como la decisión gubernamental de facilitar de tajo la movilidad ciudadana, levantando la restricción de las cédulas para las compras electrónicas, demuestra que su sentido de la libertad y la salud humana no van más allá de las ganancias del mercado y la codicia de la banca. Y, lo más grave, es que tal es la tendencia mundial, con ciertos matices y limitaciones. En las civilizadas y avanzadas naciones septentrionales del “primer mundo”, ya vemos sus playas atestadas de turistas, disfrutando quizá el último verano de sus vidas. Estados Unidos de Norteamérica, con su orgullo de ser la primera economía mundial, también exhibe en esta pandemia el mayor número de contagiados y de víctimas mortales en el planeta. Trump convirtió la pandemia en un pandemónium. Igual Brasil, la economía más grande de América Latina, emula con sus cifras al cementerio del norte. No por casualidad sus presidentes, el exitoso hombre de negocios Donald Trump y el autoritario capitán Jair Bolsonaro, idolatran el mercado y sus ganancias. Para ellos no hay dilema alguno entre salud y economía, pues la vida se subasta en el mercado. Como tampoco existe dilema entre el poder y la vida, para gobernantes como Daniel Ortega y Nicolás Maduro, a quienes poco importa la salud y la libertad de sus pueblos, con tal de afianzarse en sus cargos.

No más cuentos chinos

En fin, todo parece indicar que desde la China, Estados Unidos, la Unión Europea y demás economías de consumidores insaciables, piensan que bastará con la invención de la vacuna para que la vida vuelva a ser normal y recobremos de nuevo nuestro control del planeta. En tal caso, nuestra mayor irresponsabilidad sería consentir que la vida de todos y el planeta continúen en manos de depredadores incansables y de emprendedores de hecatombes. Nada sería más equivocado que continuar viviendo en la ilusión de ser los amos de la creación.

Parafraseando con ironía a Friedrich Von Hayek, hoy la fatal arrogancia es la idolatría del mercado y su parafernalia de promoción más eficaz: la informática, la telemática y la inteligencia artificial. Pensar que nuestros más graves problemas existenciales serán resueltos por la nanotecnología, la bioseguridad de una vacuna, la telemática y la robótica, renunciando a nuestra responsabilidad personal y colectiva, es simplemente claudicar de nuestra condición humana. Pero, sobre todo, esa normalidad recobrada será más letal si renunciamos a nuestra condición de ciudadanos y ciudadanas y seguimos delegando nuestras vidas en ciertos gobernantes que no pasan de ser testaferros del mercado, la banca y la criminalidad.

humana y trascendental política

Porque si algo nos ha demostrado la pandemia es que como humanidad solo podremos salvarnos cuando recobremos de nuevo el valor de lo público y, especialmente, que la salud pública no es un botín para el lucro privado y menos para la corrupción e incompetencia de ambiciosos y “ejemplares” funcionarios. En pocas palabras, que si no somos capaces de resignificar la política como la dimensión más vital y trascendental en estos momentos para la humanidad, continuaremos en manos de mercaderes disfrazados de estadistas que confunden los valores y los derechos con los precios y los subsidios. En manos de farsantes que han degradado el foro político en el lodazal del mercado. Para recobrar esta dimensión terrenal e inmanente, pero sobre todo vital y trascendente de la política, debemos asumirnos primero como ciudadanos del mundo antes que como consumidores del mundo. Aprender de culturas milenarias, como nuestros pueblos originarios, que hoy son aniquilados y diezmados por la voracidad de ganaderos, agroempresarios legales e ilegales y consorcios mineros, auspiciados por presidentes y burocracias que han sellado una alianza mortal en nombre del desarrollo, la globalización y la “democracia”. Que deforestan nuestros bosques, los fumigan con glifosato y los desertizan en nombre de la “guerra contra las drogas”, convirtiendo la planta sagrada de Mama Coca en una “mata que mata”. Cuando lo que la ha convertido en una pesadilla interminable, generadora de crímenes inimaginables, no ha sido nada distinto que la estrategia prohibicionista, que eleva a precios siderales la cocaína, como sucedía en el pasado con la “maldita” marihuana, ahora trasmutada en bendita planta medicinal, gracias precisamente a la alquimia política de su legalización y el emprendimiento de la industria farmacéutica. Algo similar puede suceder con la coca, una planta con mayores y más portentosos atributos medicinales, alimenticios y bioquímicos que la marihuana. Pero una mezcla mortal de ambición y dominación política, intervención militar norteamericana, ignorancia, gobernantes sumisos y oportunistas, maniqueísmo y prejuicios morales, permite que la ambición desmesurada de unos pocos narcoempresarios y de un sistema económico narcoadicto continúe devastando la naturaleza y aniquilando a sus más leales protectores, campesinos y líderes sociales. Porque aquí también la transición del ecocidio y del “genocidio” de indígenas y campesinos hacia la protección de los ecosistemas y sus  inclaudicables defensores, pasa precisamente por trascender la criminal “guerra contra las drogas” mediante la transformación y la utilización de la coca en sus múltiples usos medicinales y alimenticios, como milenariamente la han aplicado y valorado los pueblos originarios. Sin duda, este tiempo aciago de pandemia, también nos está enseñando que una forma de trascender es volver al origen, retornar a lo esencial, al cuidado de nuestros bienes vitales y comunes. Reconocernos como seres del universo y no el centro del universo. Releer Laudato si en lugar de correr desaforadamente a los centros comerciales los próximos días sin IVA, si en verdad queremos conservarnos vivos y trascender esa deplorable condición de consumidores y depredadores del planeta.

domingo, junio 14, 2020

De héroes, heroínas, villanos y guerras perdidas.



DE HÉROES, HEROÍNAS, VILLANOS Y GUERRAS PERDIDAS
(Junio 14 de 2020)
Hernando Llano Ángel

Tal podría ser el título para una fábula, con moraleja incluida, de un ignoto país cuyas coordenadas geopolíticas se difuminan entre una penumbrosa legalidad, periódicas elecciones, crímenes sistemáticos y la impunidad institucionalizada. Y su historia naufraga entre el olvido, la ficción, el odio y las mentiras. Donde sus gobernantes y la mayoría de políticos --exceptuando los numerosos líderes sociales asesinados y otros a punta de serlo--[1] se precian de su intachable honorabilidad y sus virtudes pulquérrimas, aunque sus ejecutorias sean incapaces de contener el crimen y la impunidad. En fin, un país de contrastes vitales y mortales. De un lado, con riquezas naturales y una biodiversidad portentosa y, del otro, con un Estado que exhibe las mayores cifras de personas desplazadas, desaparecidas, asesinadas y secuestradas del continente americano, en desarrollo de un conflicto armado interno y degradado que hoy profundiza y consolida una de sus más mortíferas mutaciones: la politización del crimen y la criminalización de la política.

Politización del crimen y criminalización de la política

El crimen está cada vez más politizado e institucionalizado, pues después de las elecciones sabemos que sus aportes fueron decisorios en el triunfo de quienes nos gobiernan. Algunas veces a través de la corrupción corporativa (Odebrecht, Corficolombiana y la contratación ilegal) y, otras, mediante la financiación y apoyo criminal de las campañas (Proceso 8.000; narcoparapolítica y hoy la ñeñepolítica). Así se ha consolidado un complejo entramado electofáctico bajo la perfecta coartada de un régimen democrático. De otra parte, asistimos a la criminalización de la política con el asesinato continuo de  quienes asumen el liderazgo de causas sociales o son perfilados como potenciales enemigos –desde la inteligencia militar, alfil del poder ejecutivo—como sucede con periodistas, magistrados y todo aquel que se atreva a investigar y denunciar esa red intocable e impenetrable de complicidades criminales que gobierna impunemente. Y, todo ello, sin dejar de proclamar el presidente Duque cada noche, con muy buena dicción, orgullo y sin el menor rubor que vivimos en una democracia plena y un Estado de derecho ejemplar, amenazado por el coronavirus, y trate de ocultar que está corroído de tiempo atrás por el narcovirus y la corrupción política. Por eso es el Estado con el mayor número de condenas proferidas por la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Hasta septiembre de 2019 un total de 22 condenas por graves violaciones a los derechos humanos, sin haber cumplido el Estado colombiano parcial o totalmente 14 de ellas, según informe de la Comisión Colombiana de Juristas[2]. Sin duda, un país habitado por millones de personas tan extraviadas y ocupadas en el desafío cotidiano de sobrevivir que, cuando se las convoca para refrendar un Acuerdo de Paz, olvidan acercarse a las urnas y cerca del 63% de ellas deja su refrendación en manos de una minoría que lo rechaza por imperfecto, pues considera que  instaura una paz con impunidad y augura una dictadura“castrochavista”.

El Olvido que somos

¡Cómo si no lleváramos viviendo más de 50 años en una guerra con casi total impunidad! ¡Cómo si nos hubieran gobernado pulcros estadistas que siempre garantizaron el derecho a la oposición y el eventual triunfo de sus contendores! ¡Cómo si no hubieran existido las fechas fatídicas del 9 de abril de 1948 y la cleptocrática del 19 de abril de 1970! ¡Cómo si no hubieran convertido el Estado en un botín a repartir “miti-miti” por más de 16 años durante el Frente Nacional, que algunos glorifican como una valida fórmula democrática! ¡Cómo si no hubieran consentido el exterminio de más de 3.000 miembros de un partido político legal! En fin, como si no llevaran gobernando nuestro país en una alianza con el crimen y la ilegalidad, bajo el manto impenetrable de una espuria legitimidad democrática, al punto que cuando Álvaro Gómez Hurtado lo desveló y advirtió que había que tumbar ese régimen de complicidades y no a Ernesto Samper Pizano, uno más de sus efímeros testaferros, fue inmediatamente asesinado y quizá nunca conozcamos la identidad de sus verdugos. Misión ahora encomendada por el presidente Duque a su Fiscal Francisco Barbosa, aunque ambos estén políticamente impedidos al encontrarse enredados en el escándalo de la Ñeñepolítica, de carácter muy parecido al proceso 8.000, pero con dimensiones mucho más comprometedoras para el presidente Duque, pues invitó al Ñeñe a su posesión presidencial y aparece con él en fotografías muy familiares. Sin mencionar las grabaciones de las conversaciones del Ñeñe con María Claudia Daza, cariñosamente conocida como “Cayita” (¿permanecerá calladita?), entonces asistente del senador Álvaro Uribe en el Congreso, sobre la urgente necesidad de apoyar, “por debajo de la mesa”, la campaña presidencial de Duque en la Guajira durante la segunda vuelta electoral. Y esta madeja de las estrechas relaciones del Ñeñe Hernández con la alta política llega hasta el trino luctuoso del senador Uribe, deplorando que haya sido asesinado en Brasil[3]: “Causa mucho dolor el asesinato de José Guillermo Hernández, finquero del Cesar, asesinado en un atraco en el Brasil donde asistía a una feria ganadera”, difuminando así las sindicaciones de sus relaciones con el narcotraficante Marquitos Figueroa de la Guajira, aliado de Francisco Kiko Gómez[4]. Esta embrollada historia, refundida por el Coronavirus, revela una vez más esa simbiosis tanática de la política con el crimen, mucho más letal para la salud pública que la misma pandemia. Simbiosis que ahora parece estar a punto de olvidarse, desplazada por el escándalo familiar que involucra a la Vicepresidenta Martha Lucía Ramírez, por haber ocultado durante 23 años su asistencia y solidaridad, legítimamente comprensible, con su hermano menor, condenado en Estados Unidos por traficar con heroína[5].

En Colombia no hay “delitos de sangre” ¡Pero sí muchos delitos sangrientos y sangrantes!

Entonces se les recuerda a sus maniqueos impugnadores y opositores que, a viva voz piden su renuncia como Vicepresidenta, que en Colombia no existen los delitos de sangre. Y tienen toda la razón, Martha Lucía Ramírez no debe responder por un delito cometido por su hermano, Bernardo Ramírez Blanco. Esa asistencia financiera, al cancelar los 150.000 dólares impuestos por la justicia norteamericana, era lo mínimo que debía hacer. Aunque no deja de ser censurable su calculado ocultamiento público. Pero lo que olvidan estos airados impugnadores es que en el 2002 Marta Lucia Ramírez se desempeñaba como ministra de defensa durante el primer gobierno del presidente Uribe y en ese entonces sí se cometieron muchos delitos sangrientos y todavía sangrantes, especialmente en la llamada Operación Orión[6] en la ciudad de Medellín, bajo la dirección del general (r) Mario Montoya[7], quien se presentó ante la JEP para aclarar su responsabilidad en los llamados “Falsos Positivos”, entre otras muchas actuaciones “heroicas”. Valdría la pena, entonces, que la actual Vicepresidenta tuviera al menos la honorabilidad de presentarse ante la JEP o la Comisión de la Verdad, como lo ha hecho en varias ocasiones el expresidente Samper Pizano[8], pues le debe explicaciones a cientos de víctimas y a toda la sociedad colombiana sobre sus omisiones y actuaciones frente al desarrollo de la Operación Orión y su desempeño como ministra de defensa. Porque ya es hora de por lo menos ir aclarando responsabilidades en esta confusa historia nacional de héroes, heroínas, villanos y guerras perdidas. Ya es hora de ir conociendo verdades y dejar de vivir en medio de tanta impostura sangrienta. De ir más allá de las leyendas y versiones que nos hablan de héroes intocables, heroínas sacrificadas al servicio público y de villanos irredimibles, que libran guerras en las que todos perdemos, como la guerra contra las drogas. Porque esa guerra jamás se va a ganar con asistencia de militares norteamericanos, ni cometiendo ecocidio asperjando con glifosato nuestros bosques y menos tratando como criminales a campesinos desarraigados, pues esa guerra se está librando en el lugar equivocado. Esa guerra se gana o se pierde en la mente y en el campo de la prevención, la educación y la legalidad, porque es allí donde se estimula el consumo de los millones de consumidores y adictos o la codicia de miles de emprendedores, como bien lo sabe la Vicepresidenta Ramírez con la caída de su hermano Bernardo. Se empezará a ganar desde el día en que se regule legalmente, en forma estricta, el consumo adulto de dichas sustancias, como la ganó Estados Unidos contra el crimen y la corrupción mafiosa cuando derogó el prohibicionismo del licor. Porque ese puritanismo fariseo, siempre presente en las mentes de los “ciudadanos de bien”, inspirado en la visión maniquea de los “buenos” contra los “malos”, lo que ha engendrado es el infierno de la “guerra contra las drogas”. Así lo advirtió Milton Friedman[9], premio nobel de economía en 1976, que algo sabía de ganancias y codicia: “si analizamos la guerra contra las drogas desde un punto de vista estrictamente económico, el papel del gobierno es proteger el cartel de las drogas. Eso es literalmente cierto"10, puesto que la prohibición aumenta exponencialmente su precio.

Moraleja

Entonces la moraleja de esta larga e inconclusa historia sería: no sigamos creyendo en héroes salvadores, heroínas sacrificadas y villanos absolutos. Asumamos el rol de una ciudadanía responsable y activa, pongamos fin a esta tramoya de mentiras institucionales y a este tablao con tantos y tan honorables personajes delincuenciales, a la diestra y la siniestra de nuestra historia, protagonistas impunes de inefables e inolvidables pasajes criminales. Exijámosles, en un acto final de esta tragicomedia, que nos cuenten de una vez por todas sus verdades y asuman sus responsabilidades ante la JEP y la Comisión de la Verdad, que las digan plenamente a toda la sociedad y a las millones de víctimas, sin dejarnos embaucar en sus farragosos parlamentos sobre la “seguridad democrática”, la “paz con legalidad” o, desde la otra orilla, “la paz con justicia social”,  la “Colombia humana” y otras tantas e ingeniosas fórmulas pretendidamente legitimadoras de una violencia “justa y patriótica” o “democrática y legal”. No más mentiras fatales, ya es suficiente con las estadísticas de contagiados y fallecidos por el Coronavirus que, según el gobierno, estamos a punto de contener. ¡Que viva la nueva mortandad, perdón, normalidad!



[1] 442 líderes y lideresas asesinadas desde la firma del Acuerdo de Paz, según las identidades publicadas por EL ESPECTADOR, en la primera página de su edición del 14 de junio de 2020.
[10] El Malpensante, (2000, septiembre 16 a octubre 31) No. 25, p 20

domingo, mayo 31, 2020

Bastón de mando o bastión de impunidad?

¿Bastón de mando o bastión de impunidad?

Hernando Llano Ángel.

Bastón de mando es el nombre de la operación de contrainteligencia del Ejército nacional para depurar de sus filas a los principales responsables de actuaciones ilegales. Y por los resultados hasta la fecha divulgados, más valdría que la denominaran “bastión de impunidad” por la gravedad de los actos ilícitos revelados y la fina red de complicidades que entraña. Según la revista Semana en su edición número 1985, del 17 al 24 de mayo de 2020[1], dicha operación de contrainteligencia abarcó cerca de “20 misiones de trabajo, las cuales suman cinco gigas de información que contienen 57.538 documentos, contratos, vídeos y entrevistas”. Entre dichas operaciones, se destaca la denominada Harel, que compromete gravemente a un general “que se retiró hace poco y habría colaborado con las Farc y las disidencias a cambio de dinero”, señala Semana. También informa sobre la operación Grandara, que “descubrió una estructura que direccionaba contratos y se quedaba con recursos destinados a construcciones militares”. La operación Falange, donde “aparecen involucrados dos generales y varios uniformados por una serie de irregularidades en varios contratos”, al igual que en las operaciones Alfil e Isidoro, sobre corrupción administrativa. Y, para coronar la gravedad de ilícitos, la operación Gavilán, que “investigaba la venta de armas y salvoconductos a narcos en la Cuarta Brigada de Medellín y estuvo guardada en la Fiscalía durante más de un año”. Más allá de la depuración de altos oficiales, mandos medios y suboficiales que han sido retirados, lo realmente importante es desentrañar a los máximos responsables, bien por acción u omisión en el control y la supervisión de esa tropa de delincuentes uniformados, si en verdad se quiere transformar y reformar el Ejército, para que éste funcione como una institución legal y no como un poder de facto criminal. 
De lo contrario, esta sería una operación más de cosmética del poder civil, quirúrgicamente dirigida por el ministro de defensa, Carlos Holmes Trujillo, para adecentar y ocultar ese horrible rostro de criminalidad, por lo general impune. Algo similar a la profilaxis adelantada por Juan Manuel Santos, entonces ministro de defensa del presidente Uribe, para evitar que los miles de “falsos positivos”  continuarán cometiéndose con la anuencia del poder civil en cumplimiento de la Directiva 029[2] del anterior ministro de defensa, Camilo Ospina, y como punta de lanza de la eufemística “seguridad democrática”, diseñada por la “inteligencia superior” del máximo comandante constitucional de las Fuerzas Armadas y jefe de Estado, Álvaro Uribe Vélez.

¿Bastón de mando o Bastión de impunidad?

Porque tal es el trasfondo político e institucional de todos los escándalos en los que periódicamente aparecen implicados altos mandos militares y que, por arte de astucia política y procrastinación leguleya, nunca implica a los civiles, siendo ellos sus superiores jerárquicos, cuando  no culmina en la impunidad con el deceso de sus protagonistas. Quizá ello tenga origen en la famosa expresión del ilustre jurista liberal, Darío Echandía, que llamó “golpe de opinión” y no militar a la llegada del general Gustavo Rojas Pinilla a la Presidencia de la República en 1953. Desde entonces, y luego con el inmarcesible discurso de Alberto Lleras Camargo en el Teatro Patria en 1958[3], en la antesala de asumir como primer presidente del Frente Nacional, se han venido consolidando dos grandes mitos que ocultan una larga historia de crímenes impunes. El primero, es el de la acendrada e incuestionable civilidad de nuestros militares y, el segundo, la imperturbable e ininterrumpida institucionalidad democrática de nuestro Estado.  Tales mitos probablemente sean revelados por la JEP, la Comisión  de la Verdad y la Unidad de Búsqueda de personas dadas por Desaparecidas, como las dos más grandes y criminales mitomanías de nuestra vida política contemporánea. Bajo el ropaje de dichas mitomanías se cubren impunemente hasta hoy civiles y militares. De allí su enorme interés en desacreditar el trabajo de la JEP y la reducción ostensible de los presupuestos para la Comisión de la Verdad y la invisibilidad a la que tienen condenada la Unidad de Búsqueda de personas dadas por desaparecidas. Para no hablar del intento de revisar lo sucedido en las últimas décadas del conflicto armado interno, empezando incluso por cuestionar su existencia, desde el Centro Nacional de Memoria Histórica. Más peligrosa que la pandemia del coronavirus Sars-CoV2 es continuar viviendo con la mentira como fundamento institucional y la impunidad como bastión de gobernabilidad. Conocemos el número de víctimas mortales que cada día nos causa la pandemia, pero ignoramos el número de víctimas impunes que nos deja este régimen corrupto y putrefacto, que bien oculta  su rostro, como los bandidos, con el tapabocas de la “democracia más antigua y estable de América Latina”. Pero también la más profunda en masacres, incontables secuestros, desaparecidos y fosas comunes. A tal punto que durante el primer cuatrimestre de este año el asesinato de líderes sociales ha aumentado un 53% en relación con 2019[4]. Siendo esta última una letalidad criminal mucho más fácil de combatir y especialmente de identificar que el mismo Sars-Cov2, puesto que la vacuna es el Estado de derecho, pero los encargados de aplicarla son incompetentes o cómplices de la matanza por omisión.


lunes, mayo 04, 2020

Diatriba contra el onanismo del mercado global



DIATRIBA CONTRA EL ONANISMO DEL MERCADO GLOBAL

Hernando Llano Ángel.

Este es el momento para intentar una diatriba contra al onanismo del mercado global. No contra el erótico, quizá el más personal, íntimo y saludable, ahora estimulado en forma degradada por la pornografía y el machismo. Se trata de una diatriba contra un onanismo que pasa inadvertido y tiene efectos letales, pues al contrario del personal es colectivo. Es el onanismo del narcisismo capitalista y mercadocéntrico, cuya máxima expresión son hoy Norteamérica y China. Es el onanismo de la inteligencia, las emociones y el espíritu de competencia, que se proclama universal a través de la tecnología, el mercado y la globalización del consumo. No por casualidad la pandemia tuvo origen en Wuhan, una de las metrópolis chinas más industrializadas y modernas, desde donde se diseminó progresivamente por todo el mundo al ritmo febril de los viajes aéreos intercontinentales y del intercambio comercial.

La pandemia del consumo onanista

La pandemia, pues, está asociada simbióticamente con la red global de interdependencias económicas, culturales y hedonistas que convierte nuestras vidas en un onanismo de consumo, donde el principio de placer pretende gobernar y subordinar el principio de realidad y la misma naturaleza. Para empezar, como sucedió con Ícaro[1], COVID-19 nos quitó el placer de volar y está llevando a la quiebra, en caída libre, a la industria aeronáutica y a las más sólidas aerolíneas internacionales. De paso, está arrasando con la industria turística, el cine, el teatro y toda la parafernalia de la imaginación y la fantasía, para no hablar de los deportes colectivos, sin los cuales quizá no podríamos sobrellevar el peso agobiante de esta realidad. Lo único que nos falta, para salir de este onanismo del confort y el consumo que tanto nos seduce, es que internet sea atacado por un virus cibernético y colapse.

Vida Real Vs Vida Virtual

Entonces quedaríamos solos y desvalidos ante el mundo real de las necesidades y volveríamos a percatarnos que la vida no se agota --para quienes todavía pueden disfrutarla-- en las cuatro paredes del hogar, sumergidos en las redes sociales, agobiados por el omnipresente teletrabajo o entretenidos por Netflix. Que la vida real, la cotidiana de los saludos y los abrazos, de los diálogos y los malentendidos, del trabajo y el sustento, jamás podrá ser sustituida por la virtual, que tanto placer individual y evasión social nos brinda. Constataríamos que la prosperidad y la riqueza de las empresas no es un asunto tanto de sus propietarios como de los miles de trabajadores que la producen y de los millones de consumidores que las dinamizan y afianzan. En una palabra, que la vida y la salud de todos y todas, que la vida colectiva y pública, no sólo es mucho más importante que nuestro placer onanista, sino que dependemos de esa inmensa y compleja red de semejantes y diversos para sobrevivir y darle un sentido a nuestras vidas. Que sin la vida pública, regulada por un Estado que protege y valora la dignidad y salud humanas, como una expresión más de la naturaleza, no podremos seguir existiendo. En fin, ya va siendo hora de que reconozcamos que la era antropocéntrica quedó atrás y que no podemos continuar viviendo en el onanismo consumista que subordina todo a nuestro principio de placer desbordado, estimulado por la publicidad y la codicia insaciable de mercaderes y banqueros. Que bastó un impredecible, contagioso y letal virus para desajustar todas nuestras vidas y reorientar nuestras prioridades como especie, relegando la libertad, el placer y la productividad a un segundo plano.

¿The market first or Laudato Si?

Por eso, el onanismo más peligroso en la actualidad es el que se reviste con la credencial del  nacionalismo, denomínese America first o Market first, que proclama la reactivación de la economía y del mercado por encima de la salud y la vida. De alguna manera, este onanismo mercadocéntrico tiene su máxima encarnación en Trump y su obsesión por demostrar que el “virus chino” fue creado en un laboratorio de Wuhan, como arma biológica para ganar la guerra comercial contra Estados Unidos. Pero, sobre todo, en los cientos de miles de sus seguidores que airados en calles, plazas públicas y hasta en el Capitolio del estado de Michigan, algunos portando armas, proclaman la libertad individual como un derecho sagrado, intocable e ilimitable, exigiendo el fin inmediato de las medidas públicas sanitarias que, hasta la fecha, medianamente han contenido la propagación incontrolable del virus. De imponerse esta tendencia libertaria (¿o liberticida?) y mercadocéntrica, sin una rigurosa planeación y regulación estatal de la reactivación económica, comercial y social, según las características de cada país y la responsabilidad y autocontrol de sus habitantes, lo que se estimulará será la extensión ingobernable de la pandemia y el triunfo progresivo de tanatos sobre eros. Sería una consecuencia paradójica de esta especie de onanismo global, promovido por el nacionalismo y el consumismo, del cual somos adictos, porque para la inmensa mayoría primero está su país, el bienestar familiar y el placer personal. Solo varía la escala de prioridad establecida. Poco importa la suerte de los demás. Quizá esta sea la cepa política y cultural más mortal y nos engañamos al señalar al COVID-19 como la máxima responsable de esta pandemia, cuando en el fondo es producto de nuestro narcisismo antropocéntrico y hedonismo onanista. De allí, que una de sus expresiones más insólitas y contradictorias sea el auge de cierta espiritualidad panteísta, adobada con una idea de castigo divino que supuestamente nos inflige la naturaleza a través del COVID-19. Pero olvidamos que somos una especie depredadora que está devorando, al menos desde el Génesis, todo el planeta, aunque el Papa Francisco nos advierta en su encíclica Laudato si, con San Francisco de Asís, que debemos alabar al Señor “por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba»[2].


domingo, abril 19, 2020

Donald Trump ¿De la pandemia al pandemónium?



DONALD TRUMP: ¿DE LA PANDEMIA AL PANDEMÓNIUM?

Abril 19 de 2020
Hernando Llano Ángel.
¡AMERICA FIRST!

Hay que reconocer que Trump cumple sus promesas electorales. Estados Unidos, como nación, tiene hoy, 19 de abril de 2020, el más alto número de personas contagiadas por Covid-19 (732.197) y de víctimas mortales (superó las 40.000) en el  mundo[1]. Esas macabras cifras expresan el significado exacto de ¡AMERICA FIRST! Y lo más grave está por venir, pues con el entusiasta apoyo de sus seguidores pronto abrirá la economía y con ella también la caja del pandemónium. Sin duda, la prioridad de Trump es la economía, los negocios y su poder presidencial, no la salud pública y mucho menos la vida, pues tiene la certeza de que su reelección depende más de la disminución del desempleo, que del aumento del contagio por Covid-19 y su relativa baja letalidad. Porque el número de desempleados asciende más rápidamente que el de contagiados. Al 16 de abril era de 22 millones de desempleados, frente apenas 732.197 contagiados. Y el mayor logro de Trump, hasta la llegada del “virus chino”, había sido disminuir el desempleo a un porcentaje insignificante. El menor en los últimos 25 años, en abril de 2019 era del 3.6% por ciento. Con la llegada del virus, que no ingenuamente denomina Trump el “virus chino”, su proeza económica quedó reducida a cenizas. Hoy el porcentaje de desempleados está próximo al 18%, cerca de 22 millones, el más alto en los últimos veinticinco años.[2] Por lo tanto, su apuesta macabra puede plantearse en cifras sencillas: poco importan cien mil o más víctimas mortales, con tal de disminuir en unos cuantos millones el crecimiento del desempleo y reactivar la economía. A fin de cuentas, los muertos no votan –al menos hasta ahora-- en los Estados Unidos,  mientras los vivos decidirán su triunfo o derrota en las urnas. Aunque también la cifra de víctimas mortales puede cobrarle una derrota desde ultratumba. Quizá por ello busca convertir a China en el chivo expiatorio de la pandemia. Una pesadilla cruel y despiadada parece desvelar todas las noches a Trump, sueña con un campo lleno de tumbas y unas urnas semivacías de votos. Todos los días despierta sobresaltado. Tal parece que el paisaje de las próximas elecciones presidenciales discurrirá entre tumbas y urnas. De un lado, una interminable fila de féretros, casi oficialmente despreciada y, del otro, una diezmada e indecisa fila de votantes, sofocando con el tapabocas en su rostro el miedo y la esperanza en que transcurren sus vidas, como nos acontece a todos.

¿Otro pandemónium internacional?

Aunque también el paisaje puede ser más apocalíptico y la pandemia convertirse en un pandemónium internacional, al extremo que impida la celebración de la elección presidencial el próximo 3 de noviembre. Entonces Trump aprovecharía dicha circunstancia para prorrogar en forma indefinida su mandato. Incluso parece estar preparando dicho escenario al insinuar que China es responsable de la creación de la covid-19 en un laboratorio en la ciudad de Wuhan y que, de comprobarse semejante invención mefistofélica, ello tendría graves consecuencias, según su último anuncio público. Así las cosas, el planeta se convertiría en un auténtico pandemónium, pues la capital del “Mundo libre” combatiría sin tregua, incluso con armas más devastadoras que la Covid-19, a la capital del infierno, la China comunista. Este escenario, más propio de una película de Hollywood sobre el fin del mundo, parece tan descabellado y absurdo como el de otra pésima producción llamada “la guerra contra el terrorismo”, que aún no termina y que comenzó con la ocupación de Irak, supuestamente para evitar que el demonio de Sadam Husein utilizará armas de destrucción masiva y biológicas contra el mundo libre. Hoy, todo el mundo sabe que esa fue una abominable y mortífera mentira, adobada con la codicia por el petróleo de empresas norteamericanas[3] y el control geopolítico y militar del medio oriente, producto del concierto para delinquir urdido por las Agencias de inteligencia y seguridad norteamericanas. Todo lo anterior, con la actuación de mediocres actores de reparto como George W Bush y Dick Cheney, quienes abrieron una vez más la caja de pandora del complejo industrial-militar, quintaesencia del poder imperial norteamericano. Y esa gesta por la “libertad y la democracia” contra la tiranía de Husein, terminó engendrando el pandemónium del Estado Islámico, que convirtió a Europa y el “mundo libre” en un lugar cada vez más inseguro e infernal, con atentados mortales en calles, plazas, salas de concierto, iglesias, mezquitas, sinagogas y millones de migrantes huyendo  a la muerte y el hambre. Hoy, cientos de miles siguen buscando desesperadamente refugio en Europa, cuando la muerte no los asalta y sepulta en el fondo del mediterráneo.

Jinetes del Apocalipsis

Desde entonces los jinetes del apocalipsis galopan de nuevo sobre la tierra: guerras de conquista, muerte, hambre y peste. ¿Será que estamos ad portas de otra guerra contra el “imperio del mal”? En tal caso, tendríamos que reconocer que el virus más devastador y mortal está enquistado en la simbiosis tanática del poder político con el económico y militar. Sobre todo, cuando lo ejercen hombres dominados por la paranoia de la soberbia y la codicia, como sucede con Trump, cuyo horizonte de humanidad se agota en el mercado, el consumo  hedonista y el nacionalismo racista e imperial de electores incautos que todavía creen en consignas tan pueriles como AMERICA FIRST. Hoy están pagando con muerte, dolor, desolación, desempleo y hambre semejante soberbia ignorante y chovinista. ¿Hasta cuándo seguirán creyendo en ese estilo de vida y cuánto les llevará reconocer a dichos electores que su nación ya entró en un eclipse irreversible? Pero no solo a ellos, sino sobre todo a quienes todavía viven y mueren deslumbrados por el “sueño americano”, ya convertido en un pandemónium planetario. Valdría la pena que todos tuviéramos en cuenta esta admonición de Antonio Gramsci, en una encrucijada histórica dominada por líderes nacionalista y racistas con aires mesiánicos, parecidos a los que hoy pregona Trump: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Depende de todos nosotros que tan claro u oscuro sea ese nuevo mundo y los monstruos que lo pretenden dominar. Por lo pronto, va siendo hora de que reflexionemos y cambiemos, si de verdad queremos seguir viviendo en libertad, sin miedo incluso a infectar o ser infectados por nuestros seres más queridos. La vida y menos la libertad pueden ser confinadas, vigiladas y controladas indefinidamente. No pueden quedar reducidas al estrecho, aséptico, seguro y limitado mundo familiar. Precisamos con urgencia del amplio, diverso, hermoso, incierto y generoso mundo terrenal, tanto como del plural y conflictivo espacio público, junto al regulado y disputado del mercado, para seguir siendo humanos.