Un “MURAL” para Carlos Jiménez Gómez
“¿Puede el Estado envolver en una misma acción represiva a unos
ciudadanos fuera de la Ley y a otros ciudadanos inocentes, antes de haber
agotado todos los medios a su alcance para tratar de rescatarlos a estos sanos
y salvos?” Carlos Jiménez Gómez.
https://elpais.com/america-colombia/2026-01-18/un-mural-para-carlos-jimenez-gomez.html
Hernando Llano Ángel
El pasado 16 de enero se cumplió
el primer lustro del fallecimiento del doctor Carlos Jiménez Gómez, quien fuera
Procurador General de la Nación entre 1982 y 1986. Entre sus actuaciones y
decisiones más trascendentales, que fueron muchas[i], figura la denuncia que
presentó ante la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes contra
el entonces presidente Belisario Betancur Cuartas y su ministro de defensa, el
general Miguel Vega Uribe, como máximos responsables por el letal desenlace del
asalto terrorista del M-19 al Palacio de Justicia. Lo hizo, al optar el
presidente Betancur por una acción militar de tierra arrasada y carecer de una
clara estrategia para el rescate de los rehenes. Así lo planteó en su denuncia,
formulando dos preguntas vitales: “¿Puede el Estado envolver en una misma
acción represiva a unos ciudadanos fuera de la Ley y a otros ciudadanos
inocentes, antes de haber agotado todos los medios a su alcance para tratar de
rescatarlos a estos sanos y salvos?”, ¿Es esa decisión de aplicarles de
inmediato, por cualquier razón, un mismo tratamiento, legítima? Y respondió a ese par de interrogantes en
forma contundente: “La Procuraduría no puede responder a dichos interrogantes
sino negativamente”.
Denuncia civilista rigurosa
Por lo cual, el 20 de junio de
1986, remitió la denuncia a la Comisión de Acusaciones de la Cámara de
Representantes, sustentada en una rigurosa investigación, que ya desde entonces
afirmó que: “sobrevivieron al desastre y
salieron de las ruinas del Palacio, sin que se tenga noticia alguna posterior
acerca de su paradero o suerte final: Irma Franco Pineda, Clara Helena Enciso y
un tercero no identificado, reconocido sobre su fotografía por un testigo”,
además de señalar “que los magistrados
Manuel Gaona y Horacio Montoya murieron en los momentos finales del operativo,
ignorándose, sí, de qué lado llegaron los disparos que les dieron muerte”,
junto a una relación precisa de 54 civiles asesinados, entre los que figuran 32
funcionarios de la rama judicial, desde el entonces presidente de la Corte
Suprema de Justicia, Alfonso Reyes Echandía, magistrados y numerosos auxiliares
judiciales, que relacionó con nombre y apellido y siempre deben ser recordados:
Julio Cesar Andrade Andrade, María Teresa
Barrios Rodríguez, Luz Estela Bernal Marín, Fabio Calderón Botero, Cecilia
Concha Arboleda, Jaime Alberto Córdoba Ávila, Jorge Alberto Correa Echeverri,
Hermógenes Cortes Nomelin, Manuel Gaona Cruz, Fanny González Franco, María
Cristina Herrera Obando, Carlos José Medellín Forero, Ricardo Medina Moyano,
Isabel Méndez Herrera, Lida María Mondol de Palacios, Luis Horacio Montoya Gil,
Ana Beatriz Moscos de Cediel, María Teresa Muñoz de Jiménez, Aura María Nieto
Navarrete, Alfonso Patiño Roselli, Blanca Inés Ramírez de Ángulo, Lilia Rincón
Mora, Lisandro Romero Barrios, Rosalba Romero de Díaz, Yaneth Rozo Rojas, Emiro
Sandoval Huertas, Pedro Elías Serrano Abadía, Nury Soto de Piñeros, Carlos
Horacio Uran, Miguel Darío Velásquez Gaviria, Ruth Mariela Zuluaga de Correa.
Para entonces, un total de 95 víctimas mortales incluyendo guerrilleros,
miembros de la Fuerza Pública y 14 personas denunciadas como desaparecidas.
“MURAL”, de Ricardo Silva Romero
En su magnífica obra, Ricardo
Silva Romero, recrea entre la cruda realidad descrita en numerosos libros e
investigaciones y su lúcida ficción reflexiva, lo acontecido esos fatídicos y
reveladores 6 y 7 de noviembre de 1985, tanto al interior del Palacio, en la
Casa de Nariño, en la Casa del Florero como en la vida nacional, reseñando
incluso por menores del partido de fútbol entre Millonarios y Unión Magdalena,
cuya transmisión televisiva pretendió ocultar la incineración y destrucción del
Palacio de Justicia. En “MURAL” aparece una breve y pertinente referencia a la
investigación y el informe del Procurador Jiménez Gómez, en la página 382.
“MURAL” proyecta en todas las dimensiones tan violento y execrable
acontecimiento contra la civilidad y el derecho, sin las cuales no existe
democracia y desde entonces vivimos atrapados en esta tramoya política
tanática, que alterna magnicidios y masacres con periódicas elecciones. Silva
Romero lo hace con el rigor de un documentalista y recorre con la cámara de la
memoria al hombro, en medio del fuego, los infernales laberintos del Palacio.
Retoma así literariamente la senda de la escuela italiana del cine realista de
Roberto Rossellini (“Roma, ciudad abierta”, 1945) Y Vittorio De Sica (“Ladrón
de bicicletas”, 1948) complementada con el vértigo violento de las películas de
Tarantino, siendo todos estos directores superados por el horror dantesco del
Palacio y la pluma de Silva Romero.
Un “MURAL” para Jiménez Gómez
Con el propósito de agregar una
imprescindible escena a esa visión panorámica e integral que nos brinda “MURAL”,
es preciso proyectar algunas valiosas claves que aportó el informe del
Procurador Jiménez Gómez. Especialmente para comprender la turbia y criminal
relación entre el poder civil y el militar, develado brutalmente por el
fatídico desenlace del asalto delirante y terrorista del M-19. Un asalto para
presentar una irónica demanda armada titulada “Antonio Nariño, por la defensa de los derechos del Hombre” y
enjuiciar al presidente Belisario por su incumplimiento del Acuerdo de Paz.
Para ello, voy a permitirme citar apartes de dicho informe y denuncia que tuvo
y tiene el inmenso valor y coraje civil de haber sido la primera voz en
condenar en forma rigurosa y valerosa la atroz vulneración de los principios y
normas del Derecho Internacional Humanitario y del artículo 121 de la
Constitución política de 1886, que exigía al presidente Belisario y a la Fuerza
Pública el respeto absoluto de Derecho de Gentes. Así lo expresó Jiménez Gómez
claramente: “En el Palacio de Justicia
hizo crisis en el más alto nivel el tratamiento que todos los Gobiernos han
dado a la población civil en el desarrollo de los combates armados”. Por eso, en el acápite referido a la “Tesis del acto de guerra” señaló: “Eso fue uno de los tantos combates que una
de esas bandas terroristas que asuelan al país protagonizan aquí y allá,
indistintamente. Los terroristas no son guerreros nobles; ellos actúan cayendo
por sorpresa…y con llamar a sus asaltos acto bélico, aquí no se busca
magnificarlos política o jurídicamente, o elevar su nivel de consideración ante
la opinión nacional. No se trata de ellos, sino de los civiles que se ven
implicados en sus pendencias”. Para concluir en el punto tercero: “Todos estos actos, que en muchas
direcciones pueden seguramente originar buenos efectos, en este sentido han
engendrado uno malo, pésimo, que el Procurador General no puede disimular: han
disminuido el sentimiento de seguridad de los ciudadanos, que mientras no se
censure esta demasía, saben que en el evento de verse fortuitamente envueltos
dentro de un mismo espacio con una cuerda de forajidos, pueden ser exterminados
por la Autoridad sin que su inocencia amerite el que se haga hasta el último
esfuerzo por su rescate”.
Archivo funesto de la denuncia
Lamentablemente estas
democráticas y firmes consideraciones del Procurador no fueron atendidas y la
Comisión de Acusaciones de la Cámara, con fundamento en una ponencia presentada
por los entonces Representantes liberales Horacio Serpa, Carlos Mauro Hoyos y
el conservador Darío Humberto Ordoñez, solicitaron su archivo, con la peregrina
tesis de tratarse de un “típico acto de gobierno”, por lo cual el Legislativo
no tenía competencia para juzgar. Así las cosas, quedaba al desnudo la más
grave y mortal verdad sobre la quintaesencia de la relación entre el poder civil
y el militar en esta democracia de mascarada, como es su relación simbiótica de
impunidad, que luego se expresaría en la llamada política de “seguridad
democrática” con un saldo de más de 6.000 ejecuciones extrajudiciales,
conocidos cínicamente como falsos positivos. Habría que concluir, entonces, que
no cabe hablar de un supuesto “pacto de silencio gubernamental”
para encubrir responsabilidades mutuas entre civiles y militares por lo
sucedido ese 6 y 7 de noviembre de 1985, sino más bien de un pacto
estratégico sustancial entre dichos poderes, que expresa bien una de
las dimensiones históricas de un régimen político electofáctico como el
nuestro. Un régimen que periódicamente diluye sus crímenes y corrupción, con
nuestra aquiescencia, bajo la coartada de las elecciones. Un régimen cuyo
origen actual se remonta, por lo menos, al Frente Nacional con su permanente
estado de sitio como fórmula de gobernabilidad y que se prolonga hasta nuestros
días con los bombardeos contra cambuches guerrilleros donde continúan muriendo
menores de edad, reclutados por “esas
bandas terroristas que asuelan al País aquí y allá”, como con exactitud las
caracterizó hace más de 40 años el Procurador Jiménez Gómez.
[i]
https://calicantopinion.blogspot.com/2021/01/
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