domingo, febrero 13, 2022

COLOMBIA ELIMINADA

 

COLOMBIA ELIMINADA

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/colombia-eliminada

Hernando Llano Ángel

Entre la política y el fútbol existen muchas similitudes y algunas diferencias esenciales. Y entre estas elecciones y las eliminatorias al mundial de Catar hay muchas más. El común denominador es que ambas concitan la atención y el entusiasmo de las mayorías, nuestras efímeras alegrías y permanentes frustraciones. Es claro que en los días que corren tenemos más motivos para estar agobiados que satisfechos. Y quizá la razón de fondo es que nos mentimos alegremente en los dos campos de juego. Tanto en la arena política como en la cancha de fútbol. De un lado, los dirigentes políticos están empeñados en hacernos creer que vivimos, supuestamente, en la democracia más estable, profunda y sólida de Latinoamérica. Así como nos creemos el cuento de tener una de las mejores selecciones de fútbol del mundo. Ni lo uno, ni lo otro. Pues en lugar de democracia tenemos es una cacocracia, el gobierno de los que roban con astucia la confianza ciudadana y, salvo contadas excepciones, son profesionales impunes en desfalcar el Estado y gobernar solo para su hinchada, patrocinadores y financiadores nacionales e internacionales. Duque, con los generosos aportes de AVAL[1] y Ñeñe Hernández[2]. Santos con los de Odebrecht[3], para no hablar del más habilidoso y ambicioso jugador de todos, Álvaro Uribe, que ganó elecciones con el apoyo de grupos criminales como las AUC[4] y anotó goles como Maradona, metiéndole la mano a un “articulito” de la Constitución con la ayuda de sus mediocampistas Sabas Pretelt[5] y Diego Palacio[6]. Mejor no hablar del pasado, donde sobresalen jugadores estelares como Carlos Lleras Restrepo, con su robo de las elecciones a Gustavo Rojas Pinilla[7] y la ANAPO, que a la postre engendró un equipo ilegal, el M-19, con jugadas muy populares y una divisa revanchista y violenta: “Con el pueblo, con las armas, al poder”. Y, que ironía, hoy uno de sus jugadores, entonces casi adolescente, Gustavo Petro, aparece encabezando las encuestas para ser Presidente de la Nación. Esto acontece porque la mayoría de los políticos del establecimiento son unos mercenarios del interés general, pues se venden al mejor postor particular. Y, como buenos, cacos, se ufanan de ser virtuosos y honestos, cuando en realidad son unos cínicos desvergonzados, con contadísimas excepciones. Algo parecido nos sucede con la selección de fútbol, el único equipo que nos convoca a todos los colombianos y colombianas. Sin duda, como en la política, contamos con jugadores muy habilidosos, pero no tenemos equipo sino individualidades, estrellas fulgurantes que se eclipsan con la Selección. Y así nunca podremos ganar, cuando más exhibir talentos impotentes e irascibles, como James Rodríguez, pues resulta inconcebible que con goleadores en las mejores ligas del mundo la selección sea una nulidad en las eliminatorias. Lleva más de 7 partidos sin anotar un gol, 646 minutos[8]. La respuesta, como en la política, es que no solo carecemos de un juego de equipo con metas nacionales, sino que tenemos al mando de la Nación y la Selección una pareja de incompetentes, solo preocupados por su figura y vanidad personal. Unos auténticos impostores al mando, que creen que gobernar una nación es hablar, hablar y hablar, sin anotar goles contra el hambre, la violencia y la corrupción. Sin anotar en el arco de los equipos contrarios, sin juego ofensivo y con disculpas cada vez más inadmisibles. Así las cosas, nunca clasificaremos en la política y menos en la democracia que es el juego mayor de una sociedad, el juego del poder que nos define desde la cuna hasta la tumba. Un juego donde todos debemos conservar la vida, la libertad y contar con iguales oportunidades para ganar en dignidad, prosperidad y sentido de convivir creadoramente, defendiendo y afirmando la vida pública sobre los intereses personales, partidistas, corporativos y empresariales. Pero en lugar de ello tenemos un juego sucio y deshonesto donde ganan las minorías y las mayorías son excluidas del campo de juego, donde físicamente son eliminados sus mejores jugadores: ya van asesinados 17 líderes sociales[9] en este 2022; según la ONU el año pasado fueron asesinados 78 defensores de los derechos humanos[10] y los opositores políticos empeñados en cambiar las reglas de un juego tan injusto como inhumano. Algo similar sucede con nuestra selección de fútbol, cuenta con figuras destacadas internacionalmente, pero carece de juego colectivo y un director técnico capaz de infundir entusiasmo, confianza y seguridad en el conjunto. Todo se deja en manos de individualidades y, como en la política, ello no es suficiente. Lo más importante se deja de lado. Ninguna sociedad y menos una clasificación a un mundial de fútbol puede depender de caudillos o estrellas goleadoras. Para derrotar la cacocracia que nos gobierna se precisan auténticos partidos políticos, no las maquinarias y las coaliciones de la depredación y el desfalco que tenemos. Más que electores, atrapados en las redes del clientelismo y el asistencialismo populista, precisamos ser ciudadanos responsables y conscientes, que no nos dejemos deslumbrar por supuestos salvadores incorruptibles o caudillos a diestra y siniestra que prometen ríos de miel y prosperidad. Porque clasificar y ganar en el juego democrático es mucho más difícil que ir a un mundial. Es un desafío colectivo que nos convoca a un trabajo de muchas generaciones capaces de reconocer la realidad en que vivimos, que despertemos del letargo y la ficción de vivir en esta pesadilla llamada democracia que todos los días profundiza la exclusión de millones de compatriotas y aniquila a sus mejores líderes en el campo de la política, las luchas sociales y la cultura. Solo entonces, con partidos políticos y movimientos sociales autónomos y transformadores, con garantías plenas para la vida de sus líderes y lideresas, podremos jugar todos y ganar los mejores en el campo democrático. No deja de ser una cruel ironía que el último partido de estas eliminatorias a Catar sea entre Colombia y Venezuela. Naciones donde sus presidentes reclaman a viva voz ser absolutamente legítimos y competentes, pero tienen a sus pueblos en fuga y son incapaces de garantizar la vida y la libertad a cientos de líderes populares y opositores. Colombia tiene más de 9 millones de víctimas[11] del conflicto armado y cada día aumenta el número de población desplazada[12] y de comunidades confinadas[13]. Venezuela[14] continúa expulsando a la migración más de 7 millones de personas que deambulan como espectros y fantasmas por todo el mundo. Solo nos falta que José Néstor Pekérman[15], un entrenador competente y de pocas palabras, que nos llevó a dos mundiales, pase su cuenta de cobro en la cancha a la corrupta e incompetente dirigencia del fútbol colombiano. Una dirigencia deportiva[16] que se disputa con la elite política la clasificación al mundial de la corrupción, la ingratitud y la descortesía por la forma como despidió a Pekérman, más propia de los delincuentes de cuello blanco que de la autoproclamada “gente de bien”. Si nos gana Venezuela sería un triunfo poético de Pekérman y si derrotamos en las elecciones al Congreso el próximo 13 de marzo y el 29 de mayo por la Presidencia al clientelismo, la corrupción y la politiquería sería una revancha histórica del equipo de las mayorías del “País Nacional”[17] contra las minorías del “País Político”. Quizá el comienzo de nuestra clasificación a la arena política de la gobernabilidad democrática y la salida del escorial cacocrático en que vivimos ultrajados y eliminados.

 

 



ENTRE CARAS Y CARETAS POLÍTICOS

 

Entre caras y caretas de políticos

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/caras-caretas-politicos

Hernando Llano Ángel.

Cuando no hay política, es decir, deliberación sobre programas y proyectos que definen el sentido de la vida pública y confieren valor, dignidad, justicia y confianza a la vida compartida entre todos y todas en una Nación, las campañas políticas se convierten en un espectáculo deplorable y se parecen más a un circo que a un debate electoral. Entonces los candidatos aparecen en escena, no enfrentándose cara a cara, sino más bien mostrándonos sus mejores caretas y ocultando al máximo sus verdaderos rostros. No vemos personas, sino personajes, “seres ficticios que intervienen en una obra literaria o película”. En este caso, la película por el papel estelar de ser presidente. No escuchamos propuestas políticas, sino ofensas y descalificaciones personales, como el sainete entre Ingrid Betancur y Alejandro Gaviria. Eso fue lo que presenciamos en el  evento organizado por la revista Semana y el diario El Tiempo en “El primer cara a cara entre 10 aspirantes a la Presidencia”[1].

“¡Yo me llamo… Anticorrupción!

Empezando por su coordinadora, Vicky Dávila, que más parecía una animadora en una feria de vanidades. El debate fue una auténtica piñata electoral, con contusos y heridos entre candidatos con más egos narcisistas por exhibir que propuestas políticas por debatir. La animadora Dávila, para cerrar, solicitó al público aplausos para sus invitados, como si la política fuera un espectáculo parecido al “Yo me llamó…[2]” de Caracol. La verdad, su profesionalismo periodístico le pone a cualquiera los pelos de punta. Pero no solo ella, más de un candidato parecía actuando en “Yo me llamo” y se confundió de programa y escenario. La canción preferida fue la tonada de la lucha contra la corrupción y la politiquería. La misma cancioncilla mentirosa que con voz destemplada y mano en el corazón entonó el candidato Álvaro Uribe Vélez en 2002 y terminó su faena presidencial en el 2010 con más de una docena de sus mejores acompañantes cantando al unísono “soy inocente” en la cárcel. Desde un ministro con la voz aflautada de víctima, como Andrés Felipe Arias[3], hasta el dúo dinámico de Sabas Pretelt[4] y Diego Palacio[5], que con la ayuda de la soprano Yidis Medina[6] y el barítono Teodolindo Avendaño[7], cambiaron un articulito de la Constitución para la reelección inmediata del “incorruptible” del Ubérrimo. Una reelección ilegal, gracias al cohecho cometido a cappella[8] por sus ministros, pero electoralmente legítima y políticamente impune pues la avalaron en las urnas 7.397.835 electores, aunque la abstención haya sido del 55% del censo electoral[9]. De nuevo, tres lecciones: primera, nada es políticamente más rentable que apropiarse de la bandera contra la corrupción y la politiquería. Segunda: nada es más falso y demagógico, como bien lo demostró el adalid triunfador que gobernó durante ocho años con corrupción y politiquería. Y además nos dejó, entre otras “heroicas” ejecutorias, un rastro sangriento de por lo menos 6.000 ejecuciones extrajudiciales[10] llamadas “Falsos positivos”. Tercera: la abstención es la mayor cómplice de la corrupción política. Y lo es porque deja en manos de unos farsantes, autodenominados políticos, aquello que nos pertenece a todos: la política que define la calidad de nuestras vidas, desde el “aire que respiramos, el agua que bebemos y los lugares por donde transitamos”, parafraseando a Karl Deutsch en su texto “Política y Gobierno: cómo el pueblo decide su destino”[11]. Una vez más es inevitable citar a Edmund Burke[12]: “Los políticos corruptos son elegidos por ciudadanos honestos que no votan”. Y la mayor ironía es que muchos de estos ciudadanos no votan porque consideran que la política siempre será corrupta, puesto que todos los políticos son corruptos. Y así se perpetuará eternamente la corrupción de la política, que Polibio denominó la anaciclosis[13].

El coronavirus de la corrupción

Para salir de este círculo infernal de la cacocracia[14] que nos gobierna desde la noche de los tiempos, lo primero que debemos reconocer es que no hay salvador, no existe ningún líder, sea de derecha, centro o izquierda que nos vaya a salvar y liberar de la corrupción de la política. Porque todos estamos sujetos al germen de la corrupción, así como nos encontramos expuestos al coronavirus. No hay una vacuna contra la corrupción, simplemente porque siempre que buscamos nuestro beneficio personal y sacamos ventaja de los demás, burlando las reglas de juego y los compromisos, estamos propiciando la corrupción. Cuando irrespetamos el turno en la fila, evadimos los impuestos, mentimos y hacemos trampas para ganar, estamos afianzando la corrupción en la vida personal, social y política. Por eso no hay personas totalmente honestas y transparentes, mucho menos absolutamente incorruptibles. Lo que tenemos es relaciones donde propiciamos beneficios solo personales, familiares, empresariales, sindicales o partidistas en desmedro de beneficios colectivos y públicos. Así es como generamos y consolidamos la corrupción de la política hasta convertirla en un sistema y una forma de vida, que es lo que predomina entre nosotros, y que Álvaro Gómez llamaba el “régimen a tumbar”. Forma de vida que está sarcástica y esperpénticamente proyectada en la parodia de JUANPIS de NETFLIX[15] con su final inverosímil. Quizá por ello no tenemos partidos políticos con programas y propuestas políticas, sino una eclosión de personalismos narcisistas que pugnan por demostrarnos, como niños en competencia escolar, que cada uno es mejor y más virtuoso que los demás. Que nada tiene que ver con maquinarias, como lo exige Ingrid, depredadoras de los bienes e intereses públicos. Esta ausencia de partidos políticos y de sentido de lo público es sustituido por una visión maniquea de la controversia política entre supuestos puros e incorruptibles contra politiqueros apertrechados en maquinarias clientelistas corruptas. Entonces aparecen personajes tan patéticos, dignos de la serie de Netflix, como Rodolfo Hernández, con la careta de antipolítico incorruptible, cuando su desempeño como alcalde de Bucaramanga lo revela de cuerpo entero como un gamberro de barrio sancionado por la Procuraduría[16]. Lo único que nos falta es que JUANPIS aparezca en escena y gane la presidencia en primera vuelta revelándonos que vivimos en Polombia[17].



lunes, enero 24, 2022

Responsabilidad ciudadana y corrupción de la política. Segunda parte.

 

RESPONSABILIDAD CIUDADANA Y CORRUPCIÓN DE LA POLÍTICA

(Segunda parte)

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/responsabilidad-ciudadana-corrupcion-la-politica-parte-ii

Hernando Llano Ángel

Enarbolar la bandera contra la corrupción es políticamente muy rentable. Ningún candidato puede renunciar a ella. Pero también es muy deplorable. Especialmente porque dicha bandera deslumbra a millones de ciudadanos que viven asqueados de la política y convoca una indignación tan intensa como racionalmente pueril y superficial. Tan superficial que la mayoría de ciudadanos ni siquiera confronta la identidad del político que se rasga públicamente sus vestiduras contra la corrupción y sus ejecutorias como servidor público en el desempeño de anteriores cargos. Mucho menos analiza o consulta a qué partido político pertenece dicho candidato y en qué medida dicha colectividad es o no responsable de la corrupción política. Sin verificar lo anterior, va ciegamente a las urnas y deposita su voto, para luego percatarse que ese candidato que agitó la bandera de la “lucha contra la corrupción y la politiquería” y gritó a pulmón herido “El que la hace, la paga”, cuando está gobernado se convierte en un cómplice o incluso en un protagonista más de la misma corrupción. Entonces, el cándido e iluso ciudadano concluye: “Todos los políticos son corruptos, igualmente pícaros”. Pero no es consciente y mucho menos se hace responsable de su elección. Olvida que votó por ese Mesías y Savonarola[1], que prometía demagógicamente acabar con la corrupción política. Si tuviera la lucidez e integridad moral de hacerlo, llegaría a la conclusión que la corrupción política empieza precisamente por su falta de juicio, por su incapacidad de pensar, investigar y constatar lo que ha realizado ese candidato en cargos anteriores, que prometió acabar con todos los corruptos y ofreció gobernar con los más honestos y capaces. Y todo parece indicar que el éxito de un candidato como Rodolfo Hernández se debe en gran parte a esa estulticia y emotividad pueril de muchos ciudadanos, incluso de un poeta extraviado en el laberinto de las adulaciones y el poder[2], que creen que la corrupción se combate efectivamente con insultos y cachetadas contra los adversarios y  apelando a un mítico pueblo ético y virtuoso. Basta escuchar a Hernández declarando que el pensador alemán que más admira es Hitler[3] para poner en duda su lucidez mental, aunque luego se retractó y presentó excusas diciendo que se refería era a Einstein. Semejante horror no solo refleja su precaria formación intelectual sino su ausencia de juicio moral y peligrosa afinidad política e ideológica con la violencia y el autoritarismo, refrendada por su comportamiento contra sus críticos. Así se observa en el siguiente vídeo[4], cuando pasa de los insultos a pegarle una cachetada al concejal John Claro para acallarlo por sus denuncias de supuestas irregularidades durante su gestión como alcalde de Bucaramanga. Denuncias que son investigadas disciplinaria y penalmente, como lo informa la revista Semana, a raíz del contrato celebrado con la empresa Vitalogic[5] como alcalde de Bucaramanga. Valdría la pena que los ciudadanos tuviéramos mayor información sobre el particular, para discernir sobre la ética pública del candidato Hernández y la legalidad de ese contrato, pues ya conocemos que su vocabulario y comportamiento personal dista mucho de ser decente y ecuánime, siendo ya sancionado por la Procuraduría General de la Nación con inhabilidad especial por cinco meses cuando se desempeñaba como alcalde de Bucaramanga. Sanción “que se convirtió en salarios de acuerdo a lo devengado por el exmandatario local para la época de los hechos, es decir, $77.564.400. Ante esta decisión el exalcalde presentó recurso de apelación y será resuelto por la Sala Disciplinaria de la Entidad”, según boletín de la Procuraduría del 8 de junio del año pasado. Sin duda, Aristóteles tenía toda la razón cuando afirmó que el primer deber moral es pensar con claridad, algo que deberíamos hacer todos antes de votar. Porque de lo contario podríamos incurrir en un fatal error, más aún cuando todos los candidatos hacen de la lucha contra la corrupción su principal divisa. Una divisa que la mayoría de las veces oculta la ausencia de propuestas, programas de gobierno y políticas públicas con fundamento en diagnósticos rigurosos, presupuestos públicos viables, medios técnicos idóneos y, sobre todo, prioridades de orden social que respondan a las necesidades de las mayorías y no solo al embellecimiento de entornos urbanos para el turismo, que mal ocultan la pobreza y marginalidad de millones de colombianos.  Sin duda, es muy fácil la oratoria contra la corrupción, es la perfecta coartada de los políticos incompetentes, pues están seguros que la emotividad y la indignación de los ciudadanos frente a los cleptocratas que gobiernan puede reportarles fácilmente votos. Y muchos ciudadanos todavía creen que basta la voluntad política para acabar con la corrupción e ignoran que ella es un entramado de prácticas, mentalidades y complicidades entre intereses particulares, muy bien emplazados y representados al interior del Estado y los funcionarios públicos con capacidad de decisión y gestión sobre los recursos públicos. Que esa corrupción de lo público tiene muchas formas de expresarse, como la puerta giratoria de empresarios que ingresan al servicio público y luego con información privilegiada acrecientan sus fortunas. Para no hablar de abogados y economistas, formados en las mejores universidades privadas y del exterior, que no pasan de ser mercenarios al servicio del mejor postor y cuando están en el Estado favorecen los intereses del sector y las empresas de donde proceden. Personajes tan competentes profesionalmente como decadentes y corruptos éticamente, que sin sonrojarse llegan con el AVAL del sector financiero a la Fiscalía (Néstor Humberto Martínez[6]) o incluso son promovidos supuestamente por organizaciones criminales (Mario Iguaran[7]), sin olvidar la profesional asesoría del exministro de Hacienda y Crédito Público, Alberto Carrasquilla y sus “Bonos de Agua”[8] a 108 municipios. En fin, que la corrupción de lo público es la subordinación de la política y de los intereses generales a las ganancias de empresas particulares y a los cálculos electorales de “impolutos” líderes políticos, todo ello oculto bajo pomposas denominaciones como “transparencia”, “gobierno corporativo”, “gobernanza”, “sociedad civil”, fundaciones y ONGS, que muchas veces son mamparas del clientelismo político, el asistencialismo y el familismo[9]. Ejemplos abundan: Hidroituango y el gobierno corporativo de la GEA con la EPM y son constelación las Fundaciones y ONGS de los partidos y de encumbradas familias políticas[10]. No por casualidad uno de los más vergonzosos autócratas y cleptocratas de la historia reciente, Augusto Pinochet[11], escribió: “La Patria no se destruye porque unos pocos la atacan, la Patria se destruye porque no la defienden quienes dicen amarla”. Probablemente por ello en estas campañas para el Congreso y la Presidencia todos los candidatos y candidatas dicen “amar” a Colombia y la defienden de la corrupción, como lo hizo “ejemplarmente” el dictador en Chile, enriqueciendo su familia[12].