miércoles, marzo 16, 2022

Más allá de la mitomanía electoral

 

MÁS ALLÁ DE LA MITOMANÍA ELECTORAL

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Que la ignorancia no te niegue, que no trafique el mercader con lo que un pueblo quiere ser”[1]  (Mil años hace..Joan Manuel Serrat.

Hernando Llano Ángel

Ahora que conocemos los resultados electorales del pasado domingo 13 de marzo, más allá del jolgorio de los ganadores y los lamentos de los perdedores, es bueno recordar algunas verdades y no acrecentar la mitomanía electoral. No sumarse al coro de las mentiras oficiales que celebran la normalidad de los comicios y el triunfo exultante de la “democracia más estable y profunda de Sudamérica”.  Recordar, por ejemplo, que día de por medio es asesinado un líder socia[2]l en nuestro país y que durante estos comicios no se pudieron contar los votos de 19 candidatos[3] porque ellos fueron asesinados en regiones periféricas y rurales. Que la elección de 16 curules de la Circunscripción Transitoria de Paz para las víctimas terminó cooptada por la politiquería y en la del César se eligió a Jorge Tovar,[4] el hijo del paramilitar más sanguinario y temido del caribe, Jorge 40, Rodrigo Tovar Pupo[5]. Pero eso no importó a ninguno de los candidatos ganadores. Ni siquiera a Petro cuya consiga central de campaña es convertir a “Colombia en potencia mundial de la Vida”.  Conviene, entonces, empezar por recordar que los comicios son solo un medio para definir “quién o quiénes se quedan con qué, cómo y cuándo” de los bienes, servicios y valores más apreciados en una sociedad, parafraseando la definición de política de Harold Lasswell[6]. En efecto, serán los congresistas electos los que decidirán a quiénes beneficiarán con sus leyes, por ejemplo, tributarias, de salud, educación, vivienda, producción, medio ambiente; con esas leyes decidirán, en nuestro nombre, cómo viviremos y moriremos en nuestra sociedad. También definirán los valores que predominarán, si ellos serán los de la equidad y la justicia social o, por el contrario, los de la concentración de la riqueza y la codicia. Cuáles sectores de la economía serán privilegiados y protegidos. Si continuará reinando la avaricia y el agiotismo insaciable de los banqueros o, por el contrario, el estímulo al trabajo y la redistribución justa del ingreso. En fin, ellos nos definirán desde “el aire que respiramos, el agua que bebemos y los lugares por donde transitamos”. Por eso nadie pueda ser apolítico, al menos mientras viva y, lamentablemente, muchos mueren siendo analfabetos políticos,[7] pues creen que la política no los afecta. Olvidan que son los políticos los que deciden, en últimas, quienes viven o mueren. Si hay guerra o paz, si tenemos justicia o impunidad, si gobierna el crimen o la legalidad, las mentiras o las verdades, el miedo o la confianza. Si dejamos de ser ese archipiélago de intereses, prejuicios y odios que reina en los partidos y empezamos a ser una comunidad política nacional donde nos reconozcamos como ciudadanos y ciudadanas en pie de igualdad y derechos. Para empezar, por fin, a superar esta “federación de odios” formada por “doctores, ciudadanos de bien, señoras decentes y patrones” enfrentada secularmente a “indios, negros, maricas, zarrapastrosos”, que supuestamente se van a tomar a Colombia y arruinaran esta ejemplar y letal “democracia”.

Perdió la democracia y ganó el abstencionismo

Asuntos nada insignificantes que olvidan los abstencionistas indolentes, pues con su indiferencia dejan que sean las minorías participativas y las electas, es decir los congresistas, quienes decidan por ellos y todos nosotros la forma en que vivimos y morimos. Y, de nuevo, en estas elecciones esa mayoría de abstencionistas ganó y perdieron una valiosa oportunidad para expresarse. Según la Registraduría Nacional del Estado Civil, la participación electoral nacional fue del 45.87% en la conformación del Senado, predominando la abstención con cerca del 55%. En términos cuantitativos, votamos 18.034.781 ciudadanos y dejaron de hacerlo 20.785.120, pues el total de habilitados para votar en el censo electoral es de 38.819.901 mujeres y hombres. Lo que implica que el Senado no es representativo de las mayorías y esto se convierte en un lastre muy pesado para gobernar democráticamente. Significa, por ejemplo, que el senador más votado, Miguel Uribe Turbay[8] con 223.167 votos apenas representa al 0.57% de los ciudadanos habilitados para votar. ¡Ni siquiera el 1%! Obviamente sus decisiones en el Congreso estarán en función de representar esa ínfima minoría. Luego difícilmente se puede esperar que legisle como lo manda el artículo 133 de la Constitución: “consultando la justicia y el bien común”, lo hará pensando más en sus reducidos y “numerosos” electores, a quienes se debe y de quienes depende para esa fulgurante carrera política que le auguran sus apellidos Uribe Turbay. Nieto y a la vez ahijado político de los dos presidentes más autócratas que hayamos tenido, con sus banderas salpicadas de sangre y oprobio: la “seguridad democrática” y “el estatuto de seguridad”. Es por todo lo anterior que las elecciones fácilmente se convierten en una monumental mitomanía democrática, una fábrica de mentiras. Ellas, por si solas, no son garantía de democracia, ni siquiera procedimental y menos sustantiva, pues así se realicen ininterrumpidamente desde 1957 hasta el 2022 están muy lejos de configurar ese régimen de la “justicia y el bien común” proclamado en la Constitución. Para avanzar por esa senda, precisamos ser primero ciudadanos capaces de deliberar y participar políticamente en la materialización cotidiana del Preámbulo constitucional y sus valores inspiradores: “la vida, la convivencia, el trabajo, la justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz”. Dejar de ser electores cuya preocupación por lo público se agota en las urnas y no ve más allá de los limitados intereses personales, familiares y empresariales. De la seguridad, la tranquilidad y la prosperidad que disfrutan minorías y que luego deriva en estallidos sociales donde predomina la inseguridad, la intranquilidad y la ruina de todos. Dejar de ser votantes manipulados por el miedo, la desconfianza y el maniqueísmo que nos divide irracionalmente entre “buenos y malos ciudadanos”.  Tal es el mayor desafío que tenemos para el 29 de mayo y eventualmente el 19 de junio.

¿Cómo, con quiénes y para quiénes van a gobernar?

De allí la exigencia a los candidatos y candidatas presidenciales[9] para que nos presenten claramente sus propuestas y la forma de materializarlas, en fin, que nos cuenten a quién beneficia la democracia, el CUI BONO[10] de su gobierno, y cómo pretenden hacerlo.  Si beneficiará a pocos o a la mayoría. Pero, sobre todo con quiénes pretende hacerlo. Porque difícilmente se podrán materializar intereses generales con quienes han convertido la política en la promoción y defensa de sus intereses personales, familiares y empresariales. Con quienes han reducido el Estado a un botín para sus incompetentes copartidarios, como lo ha hecho el perfeccionista Duque y lo público en la garantía de una prosperidad interminable para unos pocos, los mismos de siempre. No olvidar Agro Ingreso Seguro[11] y Unión Temporal Centros Poblados[12]. En fin, no hay que dejar de repetirlo hasta la saciedad, siempre han gobernado con y en función quienes hacen parte del PAIS POLÍTICO[13] y viven a costa del trabajo, el mérito y la depredación del PAIS NACIONAL y sus riquezas. Un PAIS NACIONAL que empieza a despertar, a verse reflejado y representado en lideresas como Francia Márquez[14] y en plebeyos como Carlos Amaya[15], que lamentablemente no ganaron en sus respectivas consultas interpartidistas, pero representan la democracia que merecemos: pacífica, civilista, sensible, femenina, plebeya, pluralista, telúrica y ecológica, tan diferente al clasismo narcisista, egocéntrico, prepotente, tecnocrático y machista de quienes ganaron las consultas y aspiran a gobernarnos.



Contra el fetichismo electoral

 

CONTRA EL FETICHISMO ELECTORAL

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Hernando Llano Ángel.

Este fin de semana conoceremos los resultados de las elecciones para Congreso y las consultas interpartidistas.  Así sabremos quienes son los candidatos a la Presidencia y la nueva composición del Congreso. Pero no sucederá lo mismo con las 16 curules[1] para las víctimas del conflicto armado interno, cuyas campañas han estado cercadas con alambradas de hostilidad, irregularidades infamantes y falta de garantías oficiales, como bien lo denuncia el editorial[2] de EL ESPECTADOR de hoy viernes. Este fracaso en la elección de las 16 curules para las víctimas demuestra la incapacidad y mala fe del gobierno de Duque para honrar su palabra y lema central: “Paz con legalidad”. En lugar de ello, exhibe sin vergüenza la realidad de una “paz con letalidad”, más parecida a la criminal ocupación militar de Putin en Ucrania. Durante este año de “paz con legalidad” han sido asesinados 36 líderes sociales y 7 excombatientes de las Farc, según el siguiente detallado reporte de INDEPAZ[3], hasta el pasado 6 de marzo. Esto significa que día de por medio es asesinado un líder social y eliminado un forjador de paz. En otras palabras, durante estas elecciones se han cavado más tumbas que abierto urnas para las víctimas. Según informe de la agencia de noticias EFE[4] del 13 de febrero de 2022,  “se han reportado 163 víctimas de violencia política, dentro de las que figuran 19 candidatos y políticos que han sido asesinados”. ¿Cómo hablar de democracia en estas circunstancias? ¿Cómo afirmar que estas elecciones son libres, pacíficas y legales para todos los aspirantes y candidatos en el territorio nacional?

¡Que vivan las elecciones!

Y, sin embargo, el domingo en la noche habrá jolgorio en las toldas de los candidatos victorioso y frustración en las de los derrotados, sin que ellas condenen, ni siquiera lamenten la anterior macabra estadística. Lo que importa es contar y celebrar los votos obtenidos y no las vidas que se pierden en medio del jolgorio. ¡El show debe continuar! Gracias a ello conoceremos con precisión las posibilidades de algunos candidatos para llegar a la Casa de Nariño. La nueva conformación del Congreso, la correlación de las fuerzas políticas, si hubo o no una renovación política o de nuevo ganaron las maquinarias y las complicidades de “los mismos con las mismas”, para perpetuar otros cuatro años esta indolente e impune cacocracia[5]. Una cacocracia al servicio de los intereses de cleptócratas y plutócratas que han convertido el Estado en su más rentable empresa privada, expropiándolo casi por completo del sentido de lo público y de la búsqueda del bien común. Los resultados electorales nos revelarán si la justa indignación de miles de jóvenes y ciudadanos inconformes, expresada en calles y plazas públicas durante el estallido social de 2021, tuvo eco y retumbó también al interior de las urnas, reflejándose en más participación y menos abstención electoral. Sabremos si hubo o no una eclosión del voto de opinión o, por el contrario, volvieron a ganar las maquinarias y el clientelismo, utilizando ladinamente las necesidades de millones de colombianos y la codicia de los plutócratas privilegiados. Plutócratas de la banca que siempre AVALan[6] las campañas, como la de Duque y el Centro Democrático hace cuatro años. De esta forma financian y aceitan las maquinarias políticas para asegurarse contratos públicos, alianzas público-privadas, zonas francas, exenciones tributarias y continuar aumentando sideralmente sus ganancias. Así afianzan en cada elección su red de complicidades y de puertas giratorias para pasar de sus empresas particulares al control del Estado, la mayor y más rentable de todas sus empresas, para su exclusivo beneficio. Ya lo anunciaba explícitamente el “Manifiesto Democrático de Álvaro Uribe Vélez en su punto 17: “Las empresas estatales son las empresas privadas más importantes porque pertenecen a toda la comunidad. Es un delito de lesa comunidad hacer fiesta con lo estatal”. Sin duda,  ya sabemos que no pertenecen a toda la comunidad de los colombianos sino a las de los plutócratas de “Agro Ingreso Seguro[7] y a los cleptocratas de “Unión Centros Poblados”[8], pues todavía no aparecen los 70 mil millones de pesos destinados a las escuelas rurales. ¡Así cumplen sus promesas electorales! Conviene no olvidarlo. No solo cometen delitos de “lesa comunidad” sino también de lesa humanidad, como las más de 6.400 ejecuciones extrajudiciales[9] que dejó la exitosa “seguridad democrática”. También sabemos que el amor a la Patria del “presidente eterno” se agota en el favorecimiento de su fratría[10], Jerónimo y Tomás Uribe, que comenzó legalmente con la Zona de Franca de Mosquera[11] y hoy se extiende por numerosos municipios[12] con prósperos centros comerciales. Una portentosa y emprendedora demostración de “patriotismo y patrimonio familiar”.

El fetichismo electoral

Es por todo lo anterior que las elecciones entre nosotros son un fetiche fatídico. Creemos que ellas, por si solas, nos asegurarán el triunfo del bien público sobre los intereses particulares y su insaciable codicia. Depositamos en un voto y en una urna nuestra confianza, como poderosos amuletos y talismanes[13], creyendo que solo con ello cambiaremos la realidad y nuestras vidas. Pero eso no es posible y menos suficiente. Como sucede con todo fetiche, le conferimos al tarjetón y la cruz que marcamos sobre él un poder que no tiene. Con ese ritual ciudadano solo estamos confiando y delegando en terceros nuestra voluntad y de alguna forma perdiéndola. Por eso Rousseau fustigaba a los ingleses porque enajenaban su libertad en las urnas. “El pueblo inglés se piensa libre; se equivoca mucho; solo lo es durante la elección de sus miembros del Parlamento; en cuanto han sido elegidos, es esclavo, no es nada”. Y así nos sucede la mayoría de las veces a nosotros: nuestro poder es defraudado y traicionado. Simplemente nuestro voto es negociado y transado con otros en el Congreso y en las demás corporaciones públicas, donde priman los intereses de pocos sobre el bienestar de todos. Quizá por ello para la mayoría de los colombianos los políticos son corruptos y despreciables, tramadores y mentirosos, en quienes no se puede confiar. Ya le advertía el mismo Popeye a Pablo Escobar para que no incursionara en la política electoral: no hay peor mafia que la de los políticos y lo ratifica el hijo del capo[14]. Una vez reciben millones del narcotráfico para sus campañas y ganan las elecciones, desde el “poder” los persiguen, niegan sus contactos, los extraditan y hasta eliminan, como sucede periódicamente. Esa es una de las más claras expresiones de la cacocracia, ella se roba y defrauda sistemáticamente la confianza ciudadana depositada en las urnas y además incumple los acuerdos con sus patrocinadores, socios y cómplices. Es también por ello que la violencia oficial aparece como un recurso inevitable para gobernar y sofocar la indignación y las protestas de miles de ciudadanos engañados y desesperados, como sucedió durante el estallido social y lo reporta la CIDH en sus observaciones y recomendaciones[15] al actual gobierno. Pero también la violencia oficial se despliega para capturar y extraditar a quienes les brindaron su apoyo en las campañas electorales, como lo hizo Samper con los Rodríguez y Uribe con los comandantes de las AUC[16]. Y ahora todo parece indicar que sucede lo mismo con Otoniel: hay que extraditarlo rápido antes de que revele a la JEP[17] lo que sabe sobre los “Falsos Positivos” y a la Comisión de la Verdad[18] sobre sus relaciones con políticos y miembros de la Fuerza Pública. Por todo lo anterior hay que desmitificar las elecciones y ser conscientes que la democracia no se agota en ellas y menos puede ser contenida en una urna. Que la democracia depende, fundamentalmente, de nuestra capacidad ciudadana de exigir y realizar organizadamente, desde abajo, desde lo barrial y lo veredal hasta lo nacional, todo aquello que contribuya a nuestra mayor libertad, justicia y convivencia social, siendo el sufragio universal apenas un primer paso.  Un primer paso rodeado de enormes limitaciones y riesgos, como bien lo saben lideresas de la integridad y valor de Francia Márquez[19], las mujeres de Estamos Listas[20] y académicos como Sandra Borda y Ariel Avila[21]. Limitaciones y riesgos que abordaré en el Calicanto de la próxima semana, analizando los resultados electorales que nos arroje la jornada del domingo.

 



domingo, marzo 06, 2022

¿Sumar votos para ganar y restar vidas para gobernar?

 

¿Sumar votos para ganar y restar vidas para gobernar?

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Hernando Llano Ángel

Sin duda, la política es mucho más compleja que sumar y restar. Las variables políticas son impredecibles y sus resultados casi siempre inciertos. La arena política es todo lo contrario del universo matemático con su lógica de operaciones exactas, ecuaciones, algoritmos y fórmulas insobornables. La política es más un rompecabezas indescifrable que un nítido plano cartesiano[1].  Sin embargo, tiene en común con las matemáticas las cuatro operaciones básicas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Operaciones que en la actualidad desvelan a todos los candidatos, candidatas, partidos y movimientos políticos. En especial a Gustavo Petro[2] y Alejandro Gaviria[3], economistas familiarizados con las matemáticas, en su enconada disputa por sumar el mayor número de votos liberales. La consigna de ambos, como la de los demás competidores, es sumar para sí el mayor número de votos y restarles a sus adversarios todo lo más que se pueda. Incluso buscan dividirlos en sus coaliciones, partidos y seguidores, apelando para ello a todas las argucias posibles y así poder multiplicar votos a su favor. Desde las denuncias por corrupción (Alex Char), sus pasados más o menos penumbrosos (Gustavo Petro) o luminosos (Alejandro Gaviria), su incompetencia personal en la gestión de lo público (Sergio Fajardo), las investigaciones disciplinarias que llevan a cuestas, hasta las alianzas con socios indeseables en el pasado y el presente (César Gaviria). El resultado de ello parece haber sido un juego de suma negativa[4], donde todos pierden y en lugar de motivar a más ciudadanos a votar les ha agudizado su escepticismo, confusión y ánimo para ir a las urnas. Una paradoja preocupante: tanta hostilidad entre las campañas y sus candidatos ha terminado desgastándolos a todos y deslegitimando las elecciones hasta el extremo que se rumora de posibles fraudes, poniendo así en riesgo la misma legitimidad democrática. Han jugado en forma tan burda, sucia y marrullera, que el elector corriente ya no les cree, salvo sus fanáticos seguidores. Todo ello sucede porque la lógica electoral parece ir en contravía de la gubernamental. En campaña, lo esencial es ganar votos, sin preocuparse mucho por el lastre que implique para el ejercicio gubernamental y la autonomía que le reste y pierda el candidato ganador. Hasta puede darse la paradoja de ganar perdiendo, pues una vez en la Presidencia o el Congreso queda convertido en un rehén de aquellos compromisos que tácita o explícitamente ha sellado con sus patrocinadores. Compromisos que le impedirán cumplir con su programa y las promesas de campaña.  De manera que a los pocos meses de estar gobernando queda desacreditado, perdiendo rápidamente su capital político, como le sucede ahora al presidente Biden en Estados Unidos de Norteamérica.

¿Ganar elecciones y perder gobernabilidad?

La consecuencia de ello, en la mayoría de los casos, es que quien gana las elecciones no gobierna para la ciudadanía sino para sus patrocinadores y aportantes de votos, los políticos profesionales que viven de la política (Max Weber)[5], auténticos parásitos del presupuesto público al servicio de fines particulares, clientelistas y corruptos. La política gubernamental queda hipotecada y confiscada por los partidos y sus llamados “dirigentes naturales”, expresidentes como Gaviria, Uribe, Pastrana, Samper, Santos y numerosos caciques regionales, quienes se arrogan la propiedad del Estado mediante el control de numerosos electores que conservan sus empleos públicos, distribuyen prebendas, comprometen contratos de obras públicas, licitaciones, subsidios, incentivos y exenciones tributarias. De esta forma el Estado queda convertido en un entramado corrupto y cacocrático[6], sustentado en una red de complicidades que funciona al servicio de oligarquías políticas y plutocráticas[7], defraudando a millones de ciudadanos que ingenuamente votaron por candidatos que en campaña se proclamaban independientes y transparentes. Pero una vez en el Congreso y la Presidencia gobiernan fundamentalmente para quienes les aportaron votos “desinteresadamente” y no en función intereses públicos y generales. El Presidente, entonces, se convierte en una especie de funámbulo[8], un equilibrista del poder institucional que maneja el balancín moviéndolo a la derecha y a la izquierda. A la derecha para servir al Statu Quo[9] y sus patrocinadores políticos y empresariales, pero también a la izquierda para atender las demandas ciudadanas, populares y sociales, cuyos votos y exigencias no puede ignorar. Durante cuatro años en la Presidencia su máxima preocupación será, entonces, no caer al vacío de la ingobernabilidad, guardando un equilibrio precario, complaciendo al máximo a sus patrocinadores y cumpliendo lo menos a sus electores. En medio de esa difícil travesía de vértigo su poder presidencial se va desgastando y decantando, la mayoría de las veces, en defensa de la “institucionalidad”, entiéndase el Statu Quo y sus privilegiados, contra las mayorías y los excluidos. A favor de los privilegios de pocos y en contra de los derechos de las mayorías. A favor de la cacocracia del “País Político”, como lo llamaba Gaitán[10], y en contra de la democracia del “País Nacional”, que todavía no la conoce. Entonces el honorable Presidente queda convertido en un deplorable monigote experto en transar el bien público a favor de intereses privados. Se convierte en un profesional de la transacción, en un experto “funcionario del negociado de sueños dentro de un orden”, como les cantó Serrat a los dirigentes del Partido Socialista en “Utopía”[11]. Tal es el mayor desafío que enfrentará quien gane las próximas elecciones presidenciales. Convertirse en un cínico más de la transacción –como todos sus antecesores-- en la defensa de los intereses creados de esta cacocracia o, por el contrario, ser un audaz estadista de la transición democrática. Un estadista que desmonte este régimen cacocrático sustentado en la simbiosis de la política con la ilegalidad, el crimen y la corrupción y nos permita, por fin, avanzar hacia un régimen democrático, legitimado en un Estado Social de derecho real y no en uno meramente nominal que solo existe en la Carta constitucional. Para ello necesitamos un auténtico demócrata. Un presidente que gobierne de lado de “quienes tienen más necesidades y menos posibilidades concretas”[12] (Estanislao Zuleta) para realizar sus derechos, en lugar de seguir gobernando para quienes tenemos todas las posibilidades y gozamos de derechos, que somos una minoría privilegiada. ¿Existirá ese estadista entre los candidatos actuales? ¿Votaremos los ciudadanos con plena conciencia del desafío que enfrentará ese ganador? ¿Estará el ganador preparado para conducir la nave del Estado, como un experto capitán, por ese mar de sargazos y llevarnos a un puerto democrático? O, por el contario, ¿naufragará en el intento ante el saboteo de los viajeros de “primera clase” que se resistirán a remar y compartir los avatares y esfuerzos colectivos que demanda esa difícil travesía? ¿Reconoceremos, en fin, que todos vamos en una misma barca, y que la única forma de salvarnos es nivelándola, sin que naufrague por los privilegios de la “primera clase” o las exigencias desesperadas, inmediatas y revanchistas de quienes han sido tratados como ciudadanos de “segunda o tercera clase”, marginados casi por completo en su viaje por la Nación? Es lo que tenemos que responder con nuestro voto el próximo domingo 13 de marzo, el 29 de mayo o eventualmente en segunda vuelta presidencial el 19 de junio. De manera que no botemos nuestro voto reeligiendo a los “mismos con las mismas”, profesionales en disfrazarse en cada elección como demócratas íntegros, antipolíticos incorruptibles y salvadores de la Nación. Y como es una decisión totalmente política, jamás tendremos una respuesta matemáticamente precisa sobre nuestro acierto o error. Aproximadamente la conoceremos en el 2026. Entonces sabremos si transitamos de la cacocracia a la democracia o quizá a un régimen hibrido todavía más incierto y teratológico[13] que el actual régimen electofáctico[14] en que nos debatimos, sobrevivimos con indolencia y sus líderes sociales son asesinados impunemente, sin que las 23 víctimas[15] que ya contabiliza este año electoral afecten en algo su normal y mortal continuidad. Se suman votos para ganar y se restan vidas para gobernar. ¡Que viva la “democracia”!