domingo, agosto 04, 2024

Venezuela: ¿Sin elecciones?

 

 

VENEZUELA ¿SIN ELECCIONES?

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/venezuela-sin-elecciones/

"Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia (...)" Rafael Caldera, en el Congreso, sobre el frustrado golpe militar de Hugo Chávez el 4 de febrero de 1992.

Hernando Llano Ángel.

Si algo demuestra la profunda y compleja crisis política y social en que está sumida Venezuela es que la democracia no se agota en las elecciones. Es más, incluso éstas pueden significar el fin de la democracia, en lugar de su comienzo. Tal paradójica situación sucede cuando las elecciones no están antecedidas por un acuerdo sustancial entre sus principales protagonistas sobre aquellos asuntos vitales que están ocultos tras el tinglado de las votaciones. Algo similar sucede en los Estados Unidos, por eso las semejanzas entre Maduro y Trump son tan significativas y peligrosas. Ambos utilizan el mismo lenguaje procaz y amenazante en sus campañas e intimidan a sus contrincantes y ciudadanos con baños de sangre si ellos no ganan las elecciones. Incluso Trump, recientemente, anunció al mundo que de no ganar las elecciones podría haber una “tercera guerra mundial”[1]

Maduro y Trump, forajidos autócratas.

Guardando las distancias, Venezuela y Estados Unidos son ejemplos del eclipse de la democracia. Eclipse que se encuentra en juego en las elecciones de Estados Unidos de Norteamérica desde el surgimiento de Donald Trump con su famoso “Make America Great Again”[2] (Maga), que lo llevó a desconocer su derrota frente a Biden en el 2020 y a promover la violenta toma del Capitolio el 6 de enero de 2021[3]. Tras MAGA se oculta el mayor desafío que enfrenta la democracia estadounidense que es reconocerse como un Estado y una sociedad multicultural capaz de resolver políticamente sus conflictos y diferencias en lugar de negarlos y reprimirlas violentamente en nombre de la supremacía blanca y la hegemonía de un capitalismo agresivo y depredador. Por ello, Trump incluso niega que su contrincante demócrata, Kamala Harris, sea una afroamericana y la trata despectivamente como india, pues dice que "se volvió negra de repente para ganar votos de los afroamericanos”[4]. Así como también es un negacionista de la crisis climática y un defensor a ultranza de la industria petrolera y militar, internamente representada por la poderosa y mortal Asociación Nacional del Rifle[5] (NRA, sus siglas en inglés) de la cual es miembro destacado y ya recibió su apoyo para la campaña en curso, pues “aseguró que ha sido el mandatario que más ha defendido la Segunda Enmienda y dijo que lo seguirá haciendo si vuelve a la Casa Blanca[6]. Pero Maduro lo supera en el apoyo que recibe de las armas, pues cuenta con el valioso legado de su padrino político, el fallecido Teniente Coronel Hugo Chávez, en tanto los militares constituyen una valiosa reserva electoral al concederles la Constitución Bolivariana derecho al voto. Se explica, entonces, que los militares tengan más de un estímulo para votar lealmente por Maduro: su bienestar y poder dependen de su continuidad en la Presidencia. Es más, su impunidad y la de Maduro estarán garantizadas en tanto no pierdan las elecciones. Tal es, quizás, la principal razón para no reconocer el triunfo de la oposición. El miedo comprensible de pasar de carceleros a prisioneros. Sin duda, Maduro gobierna con las bayonetas, el 42% de sus ministros han sido militares[7] y cuenta con una masa electoral cautiva que le proporciona entre 4 y 5 millones de votos, los cuales al parecer no fueron suficientes para derrotar a la oposición y mucho menos lo serán para gobernar democráticamente. Por eso sus anuncios intimidatorios de construir rápidamente más prisiones que Bukele y encarcelar allí a todos los opositores, empezando por María Corina Machado y Edmundo González, bajo el inverosímil cargo de ser peligrosos terroristas. Su fórmula de gobernabilidad: Fuerza Pública más asistencialismo populista y corrupción generalizada está llegando a su fin. Por eso Maduro precisa de poderosos aliados internacionales, como Rusia, China e Irán, interesados, al igual que Estados Unidos, en las insondables reservas venezolanas de petróleo. Con dichas reservas, disponibles para sus aliados más incondicionales y con su implacable “mano de hierro”, que ya descarga sobre la oposición, Maduro pretende gobernar hasta 2031. Todo parece indicar que Venezuela, como Nación y pueblo, ya no tiene más elecciones que las que aparecen en el escenario internacional, pues internamente está bloqueada por el profundo antagonismo que la divide. Un antagonismo irreconciliable que aumentará con la represión y el odio creciente entre las partes, incapaces de reconocerse como miembros de una comunidad política nacional. Una comunidad dividida y extraviada desde la noche de los tiempos por la disputa de la riqueza petrolífera y la codicia de sus gobernantes, ayer cleptocratas distinguidos y hoy cacocratas[8] plebeyos. Lo anterior puede conducirlos al extremo de comprometer en el mercado, con el mejor o varios postores internacionales, sus reservas de petróleo y riquezas minerales. Maduro con quienes le brinden su apoyo para impedir el triunfo de la oposición y continuar gobernando, consolidando su régimen cacocrático en nombre de un supuesto “socialismo del siglo XXI”. Y la oposición, con quienes le ayuden a desalojar de la conducción del Estado al actual usurpador de los votos mayoritarios y llevarlo al cadalso. Una oposición que elude así su responsabilidad histórica por haber convertido la “democracia venezolana” en una cleptocracia administrada impunemente por sus dos desaparecidos partidos tradicionales, COPEI y AD, que propiciaron el Caracazo[9] de 1989 y con ello el surgimiento de Hugo Chávez y su Movimiento V República que lo llevó a la presidencia en 1998. Desde entonces parece confirmarse la eterna anaciclosis[10] de Polibio, según la cual todo régimen político tiende ineludiblemente a degenerar y colapsar. La crisis de la monarquía da paso a la tiranía, luego a la aristocracia, que muta en oligarquía y ésta en democracia que a su vez degenera y culmina en oclocracia, el gobierno de la muchedumbre, que hoy correspondería a los populismos de derecha o izquierda y sus líderes mesiánicos, que siempre dejan una hecatombe política y social en nombre de fantasmagóricas banderas como America Make Great Again o el “Socialismo del Siglo XXI”.

 Escenarios improbables

Solo faltaría, en este desalentador escenario, que Trump gane las elecciones en noviembre y se ponga de acuerdo con Putin para resolver la crisis de Venezuela respaldando a Maduro. Pero a lo mejor sucede lo contrario y Kamala Harris gane la presidencia y respalde a María Corina Machado. En ambos casos, la elección del destino político y social de Venezuela ya no está solo en las manos de los venezolanos. Algo todavía peor nos sucede a los colombianos, pues para salir del laberinto de violencias, criminalidad e ilegalidad en que vivimos precisamos de la comunidad internacional para superar la errática guerra contra las drogas. Sin duda, el prohibicionismo es el principal dinamizador de los grupos armados ilegales y de la corrupción política y ética que nos degrada y beneficia principalmente a la industria militar, el sistema financiero nacional e internacional, junto a burocracias policivas, judiciales y políticas, que medran junto a los nuevos narcos invisibles[11] y respetables empresarios testaferros. Tal es el caso de “Memo Fantasma”, Guillermo Acevedo, y sus relaciones comerciales con la sociedad inmobiliaria de Álvaro Rincón, esposo de la exvicepresidenta Martha Lucía Ramírez, según la investigación del periodista Jeremy McDermott en entrevista con María Jimena Duzán[12]. Toda la razón tenía Leonardo Sciascia[13] cuando expresó: “La mafia es un capitalismo ilegal y el capitalismo una mafia legal”, como lo demuestra Marcelo Colussi en su artículo “El capitalismo es una mafia peligrosa disfrazada de legal”.[14]




sábado, julio 27, 2024

NO ES LA CORRUPCIÓN: !ES EL RÉGIMEN, NO SEAMOS ESTÚPIDOS!

 

NO ES LA CORRUPCIÓN: ¡ES EL RÉGIMEN, NO SEAMOS ESTÚPIDOS!

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/no-es-la-corrupcion-es-el-regimen-no-seamos-estupidos/

Hernando Llano Ángel.

Más allá de la responsabilidad política asumida por el presidente Petro al nombrar en la UNGRD a Olmedo López, confeso delincuente y depredador de las finanzas públicas, en complicidad con Sneider Pinilla, se encuentra un conjunto de normas y procedimientos propios del régimen político, las cuales permiten y propician, en aras de la urgencia para prevenir desastres naturales, la generación de desastres políticos y administrativos que desfalcan el presupuesto público y devastan la credibilidad en la competencia y honestidad del actual “Gobierno del Cambio”. Ello es consecuencia directa de ser el director de la UNGRD un funcionario de libre nombramiento y remoción, es decir, un cargo eminentemente político que designa y renueva cada presidente en ejercicio de sus funciones. Un cargo que, por las responsabilidades que conlleva y el conocimiento técnico que demanda, debería ser asignado por concurso público y por los méritos demostrados de sus aspirantes, no por las afinidades políticas o personales con el presidente de turno. Por lo anterior, los escándalos de corrupción en la UNGRD han sido crónicos y recurrentes en todos los anteriores gobiernos, aunque no con la cuantía del actual. Al ser el director un funcionario político, la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres se ha convertido en una Unidad Nacional para la Gestión del Robo Distribuido entre codiciosos delincuentes, camuflados de políticos, y astutos criminales, disfrazados de empresarios.  Así han formado un entramado criminal en el que participan y terminan involucrados desde congresistas, ministros y funcionarios técnicos, correspondiéndole a la Fiscalía investigar y a la Justicia desentrañar las culpabilidades personales de todos los actores en semejante enredada tramoya burocrática-delictiva. Un asunto complejo, pues se debe discernir entre responsabilidades políticas y administrativas, pero también culpabilidades penales y criminales exclusivamente personales. Las primeras, son más competencia de la Procuraduría General de la Nación y las segundas de la Fiscalía y los jueces competentes. Por eso no se trata simplemente de un escándalo de corrupción, sino más bien de un régimen de corrupción, propio de un Estado cacocrático, aquel que es gestionado por un “‘gobierno de malvados’ o un ‘mal gobierno’ (en ocasiones se ha definido como ‘gobierno de los ineptos’)[1]

“Hay que tumbar el Régimen”

Ya lo había señalado claramente Álvaro Gómez Hurtado con ocasión del proceso 8.000, en un editorial de su diario “El Nuevo Siglo” y en entrevista con la revista Diners: “La política se ensució hace ya dos décadas, cuando cayó bajo el dominio del clientelismo y se sometió a la preponderancia del dinero. Desde entonces se quedó sucia. Es la forma de dominio que ha tenido el Régimen imperante para poder doblegar la opinión pública y aprovecharse de las oportunidades de mando y de los gajes del poder. El Régimen necesita que la política sea sucia porque es la manera de conseguir la amplia gama de complicidades que se necesitan para mantener su predominio…Debemos repetir que el responsable de la decadencia y de la corrupción del país es el Régimen, sistema de compromisos y de complicidades que está dominando la totalidad de la vida civil. Nuevamente decimos que el Régimen está integrado por diversos factores que operan en conjunto, en virtud de una red de compromisos de impunidad en torno al aprovechamiento de los gajes del Estado. El Régimen es más fuerte y más duradero que cada uno de sus componentes. Tiene una omnipotencia ilimitada, que proviene de su irresponsabilidad. Como no tiene jefe, ni personería, no se le puede pedir cuentas. Ejerce sobre la sociedad un dominio oscuro, denso, amorfo.”  A la anterior lúcida caracterización del régimen político colombiano, del cual es un actor protagónico y a la vez un rehén más el presidente Petro, como lo han sido todos los presidentes que lo han antecedido, habría que agregar que la mayor corrupción de la política es su conversión y degradación en guerra y violencia, pues sume a la sociedad en un campo de batalla donde nadie está salvo. Entonces los campos y ciudades se convierten en cementerios a cielo abierto y fosas comunes que han dejado las siguientes macabras cifras, según el Informe Final de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y no Repetición[2]:

HOMICIDIOS

  • Número de víctimas: 450.664 personas perdieron la vida a causa del conflicto armado entre 1985 y 2018 Si se tiene en cuenta el subregistro, la estimación del universo de homicidios puede llegar a 800.000 víctimas.
  • La década con más víctimas: entre 1995 y 2004, se registró el 45 % de las víctimas (202.293 víctimas).
  • Principales responsables de homicidios: Grupos paramilitares: 205.028 víctimas (45 %), Grupos guerrilleros: 122.813 víctimas (27 %). Del porcentaje de guerrillas, el 21 % corresponde a las FARC-EP (96.952 víctimas), el 4 % al ELN (17.725 víctimas) y el 2 % a otras guerrillas (8.496 víctimas).
  • Agentes estatales: 56.094 víctimas (12 %).

DESAPARICIÓN FORZADA

  • Número de víctimas: 121.768 personas fueron desaparecidas forzadamente en el marco del conflicto armado, en el periodo entre 1985 y 2016. Si se tiene en cuenta el subregistro, la estimación del universo de desaparición forzada puede llegar a 210.000 víctimas.
  • Principales responsables de desapariciones forzadas: Grupos paramilitares, con 63.029 víctimas (el 52 %). FARC-EP con 29.410 víctimas (el 24 %). Múltiples responsables con 10.448 víctimas (el 9 %).
  • Agentes estatales 9.359 víctimas (8 %)

SECUESTRO

  • Número de víctimas: 50.770 fueron víctimas de secuestro y toma de rehenes en el marco del conflicto armado entre 1990 y 2018. Si se calcula el subregistro potencial, se estima que el universo de víctimas de secuestro podría ser de 80.000 víctimas.
  • Década con más víctimas: entre 1995 a 2004 hubo 38.926 víctimas (77 % del total de secuestros) y solo entre 2002 y 2003 fueron 11.643 víctimas (23 % del total).
  • Los principales responsables en el secuestro fueron: Las FARC-EP: 20.223 víctimas (40 %). Los grupos paramilitares con el 24 % (9.538 víctimas). El ELN con 19 % (9.538). También los secuestros fueron llevados a cabo en un número considerable por otros grupos (9 %)”.

Por todo lo anterior, nuestro mayor problema no es la corrupción, es este régimen político, ¡no seamos estúpidos! Un régimen que al afectarnos a todos y beneficiar a los más interesados y comprometidos con la guerra y la violencia no es un régimen democrático. Es un régimen crimilegal[3], como lo denomina Markus Schultze-Kraft, o electofáctico[4], en mi opinión, dinamizado por poderosas economías ilícitas y afianzado por comportamientos ilegales y anómicos, presentes en todos aquellos que violan las normas, desde la Constitución, cambiando un artículito que conllevó la condena de los ministros Sabas Pretelt y Diego Palacio[5], el Derecho Internacional Humanitario (6.402 ejecuciones extrajudiciales) hasta las tributarias, pasando por las académicas, laborales y profesionales. Para tumbarlo se requerirá el compromiso de todos y todas y de varias generaciones hasta lograr deslegitimar la violencia, la trampa y la ilegalidad y recuperar entonces la ética pública y la convivencia democrática. No basta con señalar y condenar a unos cuantos políticos como los responsables, mucho menos proclamar que los buenos somos más, pero continuamos siendo condescendientes y hasta cómplices al votar por aquellos que favorecen nuestros intereses a costa de los derechos y el bienestar de las mayorías, invocando cínicamente una “democracia” que profundiza con su descomposición y corrupción las desigualdades, las violencias y cada día genera más víctimas irredentas y victimarios impunes.   

 

 

viernes, julio 19, 2024

¿ES UNA CAMPAÑA PRESIDENCIAL O UNA PELÍCULA DEL OESTE?

 

¿Es una campaña presidencial o una película del Oeste?

Hernando Llano Ángel.

El reciente atentado criminal contra el expresidente y actual candidato presidencial por el Partido Republicano, Donald Trump, se parece más a la escena de una película del oeste que a un mitin de campaña presidencial. Se puede apreciar, en varios vídeos, la trayectoria del proyectil que rozó e hirió su oreja derecha, como si fuera una escena de la famosa película Matrix. Trump reaccionó, como sucede en las películas de acción, lanzándose al piso para ser protegido inmediatamente por su cuerpo de escoltas y se incorporó como un auténtico héroe de guerra, con el puño en alto, su rostro ensangrentado y llamando a sus seguidores a combatir. Toda una puesta en escena, más próxima a una guerra civil que a un mitin de campaña electoral. Parece representar el punto de inflexión del colapso irreversible de la democracia norteamericana, cuyo origen se remonta por lo menos a la guerra de Vietnam y el magnicidio de J.F Kennedy, seguido del escándalo de Watergate[1] con Richard Nixon, que marcan la criminalización de la contienda presidencial norteamericana. Es una escena espectacular que revela, una vez más, la irrupción de la violencia letal en la disputa por la Casa Blanca. Violencia que el propio Trump propició el 6 de enero de 2021, alentando la toma del Capitolio[2], al desconocer su derrota electoral frente Joe Biden, a quien tilda en sus discursos como el “más corrupto de todos los presidentes” y todavía impugna su legitimidad presidencial. Aún más grave, recientemente en un mitin en el mes de marzo, Trump advirtió: “Ahora, si no soy elegido será un baño de sangre para todo el mundo, eso será lo de menos, será un baño de sangre para el país”. Cuando se llega a semejantes extremos es casi inevitable que la política discurra por los cauces impredecibles de la violencia. Y, la verdad, es que Biden tampoco desperdicia oportunidad para recordarle a Trump que es un convicto de 34 cargos criminales[3]. En estas circunstancias, las balas pueden sustituir los tarjetones electorales y los francotiradores y pistoleros definir los candidatos y los gobernantes. Nosotros sí que hemos padecido esa violencia política: Jorge E Gaitán, Jaime Pardo Leal, Luis Carlos Galán Sarmiento, Bernardo Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro y Álvaro Gómez, seis magnicidios en poco más de medio siglo, sin por ello dejar de preciarnos, oficial y académicamente, de ser la democracia más sólida y estable de América Latina. Lo cual es una contradicción en los términos y es un violento oxímoron antidemocrático, pues son las balas y los poderes de facto[4] los que deciden quiénes gobiernan y no los ciudadanos en las urnas. En Estados Unidos, el último magnicidio presidencial fue en 1963 cuando el vicepresidente Lyndon B. Johnson sucedió al sacrificado John F Kennedy. Pero a dicho magnicidio, siguieron los de su hermano Robert Kennedy y el del líder de los derechos civiles, Martin Luther King. Derechos civiles sin los cuales la democracia norteamericana era una mascarada, pues negaba el principio de igualdad para la población negra, como todavía sucede en la realidad para la mayoría de sus miembros. Especialmente en el respeto a sus vidas por parte de algunos agentes del Orden, para quienes ser negro ya es motivo de sospecha criminal. Según informe de Human Rights Watch: “Desde 2015 hasta 2018, 3.943 personas fueron atacadas con armas de fuego y murieron a manos de policías en EE. UU., según los registros del Washington Post sobre muertes provocadas por policías. Casi una cuarta parte de las personas asesinadas eran negras, aunque los negros representan solamente el 13,4 % de la población general”[5].  Estados Unidos es “Un país bañado en sangre”[6], como se titula uno de los últimos libros de Paul Auster: “un millón y medio de norteamericanos han perdido la vida a balazos desde 1968: más muertos que la suma total de todas las muertes sufridas en guerra por este país desde que se disparó el primer tiro de la Revolución Norteamericana”, nos lo recuerda en la página 170 de su ensayo. Al respecto, es conocido el respaldo irrestricto de Trump y los republicanos a la Asociación Nacional del Rifle[7], que apoyó generosamente su campaña presidencial en el 2016 a cambio de no limitar o prohibir la venta de armas de asalto, como la que utilizó el joven Thomas Matthew Crooks[8] con la que casi acaba con su vida. Cría cuervos y te sacarán los ojos y además perforarán orejas, pero todo parece indicar que millones de norteamericanos prefieren quedar ciegos y cerrar sus oídos para siempre, antes de renunciar al derecho de poseer y portar armas que les concede la segunda enmienda de su Constitución[9].

Hannah Arendt Vs la criminalidad presidencial

Comentando el magnicidio de John F Kennedy, Hannah Arendt, en una entrevista realizada por Roger Errera en octubre de 1973, afirmó: “Por primera vez desde hacia mucho tiempo en la historia americana, un crimen directo logró influir sobre los procesos políticos, perturbándolos…Pero, para volver a las cuestiones generales: entre las peculiaridades de nuestra época figura también la irrupción masiva del crimen en los procesos políticos”, refiriéndose obviamente al holocausto. En parte como reacción a esa violencia política magnicida y sus guerras de intervención, desde entonces en Estados Unidos, continúa Arendt: “la seguridad nacional se coloca en primer plano y es invocada para justificar todo tipo de crímenes, entonces el presidente siempre tiene razón… No puede hacer nada incorrecto. Es decir, es un monarca en una república. Está por encima de la ley y, haga lo que haga, siempre puede justificarlo diciendo que tal cosa ocurre en aras de la seguridad nacional”, como en efecto lo hizo Nixon declarando la “guerra contra las drogas”, cada día más errática e interminable. Esa “infalible” inmunidad presidencial es la que acaba de ratificar la Corte Suprema de Justicia[10] norteamericana con su providencia sobre la inmunidad presidencial en desarrollo de actos oficiales. Habilita así a Donald Trump para ocupar de nuevo la Casa Blanca, pues durante la toma del Capitolio desempeñaba esas funciones presidenciales. En otras palabras, la inmunidad presidencial otorgada por el alto tribunal consagra la impunidad criminal de Trump quien, de ganar las elecciones, estará al mando del Estado militarmente más poderoso y destructivo del planeta. Sin duda, una situación temeraria para la seguridad mundial y la misma supervivencia de la humanidad, que supera todas las ficciones políticas y policíacas. Incluso hasta la apocalíptica cinta de Netflix “Dejar el mundo atrás”[11], de la que fueron productores los esposos Obama, y pronóstica la guerra civil en Norteamérica como consecuencia de la desinformación algorítmica que explota la desconfianza, xenofobia y el belicismo de las milicias de extrema derecha, las retaguardias sociales y políticas de Trump, como lo vimos en la toma al Capitolio.

Trump y Putin, viejos mejores amigos

Siguiendo con las ficciones, podría uno imaginar, dada su cercanía con su viejo y mejor amigo Vladimir Putin, que Trump, como ya lo ha dicho, “terminará la guerra en Ucrania en 24 horas”. Es probable, entonces, que le proponga a Putin una sociedad para repartirse a Ucrania. Una posibilidad que cabe entre dos gánsteres de la política internacional, pues ambos esgrimen la “seguridad nacional” y el “enemigo interior” como la piedra angular de sus respectivos gobiernos y Estados, igual como lo hace Netanyahu, otro criminal de guerra, para eludir la justicia de su propio Estado. Así pasamos de la clásica “Razón de Estado[12] a la “Razón de los criminales de Estado”, pues en aras de la “seguridad y la soberanía nacional” de sus Estados no hacen parte del Estatuto de Roma y escapan a la Corte Penal Internacional. Para comprender mejor esta deriva contra la democracia, recomiendo ver el documental “El enemigo Interior[13], de la Deustche Welle, que revela precisamente como los seguidores de Trump –la mayoría veteranos de guerra-- hacen de la apología de la violencia su principal argumento contra la aceptación de los resultados electorales. Precisamente por ello es imperioso y vital condenar el criminal atentado contra Trump. Pues de no hacerlo, se estaría aceptando que el poder nace de la punta del fusil y no de la palabra y la voluntad ciudadana expresadas libremente en las urnas, más allá de la manipulación y del miedo a un supuesto “enemigo interior”, formado por los emigrantes y aquellos que se oponen y critican esos falsos discursos patrioteros y chovinistas de todas las derechas. Discursos, en últimas, sustentados en la defensa de supuestas razas superiores y sus privilegios sociales. Tal el trasfondo de “Make America Great Again”[14]. Entonces probablemente la política internacional se parezca cada vez más a una película del Oeste, pero con pistoleros que portan armas de destrucción masiva. Podría ser la última película para millones de personas atrapadas en medio del fuego cruzado, incluso para sus protagonistas y cientos de actores de reparto, que se creen figuras históricas y no pasan de ser fantoches criminales de guerra: Trump, Putin y Netanyahu, quienes ordenan asesinar indiscriminadamente en nombre de la “Seguridad Nacional y la Soberanía” de sus respectivos Estados.

PD: Para mayor información y comprensión leer enlaces en notas de pie de página.



domingo, julio 14, 2024

ANALOGÍAS IMPOSIBLES Y COMPARACIONES INEVITABLES

 

Analogías imposibles y Comparaciones inevitables

Hernando Llano Ángel.

Entre el desempeño de la Selección colombiana de fútbol en la copa América y la realidad política nacional --más allá de su merecida victoria e indeseable derrota en contadas horas frente a la Selección argentina-- se pueden hacer muchas analogías imposibles y comparaciones inevitables.

Analogías imposibles

Pero hay analogías imposibles de realizar, como la de intentar comparar la Selección de fútbol con el Estado y el Gobierno Nacional. Por la sencilla razón de que la Selección es un equipo compacto, coherente y competente, mientras que nuestro Estado y el gobierno actual, como los anteriores, son más bien una colección de instituciones e instancias descoordinadas, incoherentes e incompetentes. La Selección representa la unidad nacional y el jolgorio colectivo, como lo dijo el presidente Petro al decretar día cívico mañana, 15 de julio, mientras el Estado, los gobiernos y la misma sociedad expresan, parafraseando al expresidente Betancur, “una federación de rencores y un archipiélago de odios”. A tal punto que ni siquiera fue posible un acuerdo entre todos los mandatarios regionales y locales para hacer del lunes un día cívico nacional.

Comparaciones Inevitables

Probablemente ello se deba a varios factores propios de cada una de las actividades que configuran el fútbol, como deporte y espectáculo de masas, y la política como competencia por el poder estatal y la conducción de la sociedad. A la selección colombiana se llega por mérito, trabajo y disciplina de sus jugadores, que han demostrado su competencia y profesionalidad en muchas ligas, la mayoría internacionales. Por el contrario, a la política nacional llegan muchos por su capacidad para ocultar su incompetencia profesional y mostrarse ante millones de electores como excelentes jugadores, prometiendo lo que nunca cumplen. Mientras en el fútbol predomina el mérito, en la política nacional lo hace la mediocridad, salvo raras excepciones, que suelen ser bloqueadas o incluso aniquiladas por la violencia y el juego sucio que predomina bajo formas de intrigas, Fake News y favoritismos de los medios de comunicación. Pero la mayor y vital diferencia es que en la cancha de fútbol hay lugar para los mejores, seleccionados por su profesionalidad y calidad en el juego. Un juego que es apreciado y valorado en forma pública y directa, por millones de espectadores, a los que no se puede engañar tras bambalinas, como es usual en la política. En la política suelen ser seleccionados no los mejores, sino los más astutos en ocultar sus defectos, triquiñuelas, mañas y su penumbroso pasado en un juego lleno de intrigas, complicidades y ocultamientos gracias a ingeniosas campañas publicitarias, el marketing político y sus generosos patrocinadores. Patrocinadores que luego son favorecidos en el campo del juego político desde posiciones de poder estatal desempañadas por los ganadores, legislando o gobernando a favor de intereses minoritarios y en desmedró del interés general y nacional. Son jugadores y testaferros que la mayoría de las veces sirven a “Don dinero, poderoso caballero”. En el fútbol, es verdad, sucede algo parecido, pero solo en los equipos de las ligas nacionales que, como los partidos políticos, terminan siendo más empresas en función de sus propietarios y líderes, patrocinadores y fanáticos, siempre obsesionados en ganar copas y el poder estatal sin importar mucho los medios utilizados, desde los goles con la “mano de Dios” hasta la violencia letal en la política.

Comparaciones lamentables

Y es en este terreno donde se pueden establecer comparaciones lamentables entre el fútbol y la política, como son los fanatismos deportivos y los fundamentalismos doctrinarios entre hinchas y miembros de partidos políticos que anegan en sangre las sociedades. Por eso lo que hay que evitar a toda costa es que el sentido de la nacionalidad se agote en los 11 jugadores en la cancha de fútbol o en un partido político y, todavía peor, que sus triunfos o derrotas terminen en actos de vandalismo y destrucción incomprensibles e inadmisibles. Los colombianos deberíamos ser capaces de emular las virtudes de la Selección en nuestra vida social y compartir entre todos y todas el campo nacional y nuestras ciudades, con las riquezas de la biodiversidad y la interculturalidad que nos constituye, como sucede en la Selección Nacional. Una Selección donde todos los jugadores aportan sus talentos, procedentes de regiones centrales y periféricas, especialmente aquellos en cuyo territorio, como el Chocó, sigue siendo presa de depredadores políticos y de grupos armados ilegales en disputa de las riquezas nacionales. Solo cuando transformemos ese paisaje desolador de violencia y codicia, tendremos una cancha política con cabida para todos y todas, más allá de procedencias sociales, apellidos, riquezas o identidades étnicas y culturales. Solo entonces tendremos algo parecido a una cancha de fútbol, llamada democracia, que brinda a todas las partes iguales oportunidades de jugar y eventualmente ganar, con reglas claras que todos cumplen, expulsando del juego la violencia letal, la simbólica y las trampas entre los múltiples adversarios –que nunca se tratan como enemigos-- y cuyos resultados siempre seran inciertos, como la final que en pocas horas la Selección Colombiana jugará frente a Argentina. Y, como sucede en la democracia, más allá del triunfo o la derrota, siempre habrá oportunidad para la revancha, pues ningún equipo o partido político podrá ganar siempre todas las copas y menos las elecciones. Si ello acontece, sería el fin del fútbol y la democracia.