lunes, febrero 15, 2021

Carlos Jiménez Gómez y la Procuraduría de Opinión

 

Carlos Jiménez Gómez y la Procuraduría de Opinión frente al narcotráfico, los extraditables y la entrevista en Panamá

In Memoriam III

Hernando Llano Ángel

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/carlos-jimenez-gomez-la-procuraduria-opinion-in-memoriam-iii

Si en alguna problemática nacional asumió Carlos Jiménez Gómez, en desarrollo de la Procuraduría de opinión, una postura audaz, visionaria y hasta temeraria, esa fue precisamente frente al narcotráfico. Una problemática explosiva ante la inminente aplicación del tratado de extradición y la definición de estrategias eficaces para neutralizar la actividad criminal y corruptora del narcotráfico. Actividad que bajo, el mando de Pablo Escobar, desplegaba entonces la mayor capacidad para infiltrar y desestabilizar el establecimiento político y la sociedad colombiana. Tanto más, cuanto Pablo Escobar ya tenía la doble condición de ser Representante suplente del liberal Jairo Ortega[1] en la Cámara y a su vez capo del cártel de Medellín. Se convirtió así en un actor político mutante, pues combinaba diestramente lo legal con lo ilegal, según sus propósitos. En ese entonces Belisario Betancur promovía  acercamientos con la guerrilla que culminaron en un cese al fuego o tregua, firmada el 28 de marzo de 1984 con las FARC y luego en agosto con las otras guerrillas:  ADO, M-19 Y EPL[2]. En ese contexto de la Apertura Democrática, política axial de Belisario, el Procurador Jiménez Gómez tuvo la osadía de explorar la posibilidad de una salida similar para el narcotráfico. Desde entonces el poder económico-criminal de mayor calado e influencia en la vida social y política de Colombia, que luego se expresaría en forma terrorista a través de los autodenominados Extraditables[3]. El Procurador abordó ese poder criminal de una manera pública, enviando desde su Despacho a la revista SEMANA, para su sección de Confidenciales, la siguiente información, publicada bajo el título “Otras gestiones de Paz” en la edición número 76 del 18 al 24 de octubre de 1983:

El Procurador General de la Nación, Carlos Jiménez Gómez, habría realizado recientemente gestiones calificadas como de paz, frente a los grandes del narcotráfico en el país. En las últimas semanas han circulado rumores sobre una posible declaratoria de guerra por parte de los narcotraficantes como reacción contra la extradición de colombianos. El Procurador, quien desde tiempo atrás se ha declarado en contra del Tratado por considerarlo inconstitucional y a la entrega de nacionales por juzgarlo inconveniente, habría sostenido varias entrevistas con las cabezas visibles de este gremio. El resultado de estas fue una especie de ¨paz pactada¨ en la cual se acordó el retiro total de los narcotraficantes de la actividad política, comenzando por el desmonte de los movimientos cívicos de Pablo Escobar y Carlos Ledher. (Semana, 1989, párr. 2)

En efecto, mediante concepto número 670, el Procurador en ejercicio de sus funciones constitucionales solicitó a la Corte Suprema de Justicia que declarará inconstitucional el ‘Tratado de extradición entre la República de Colombia y los Estados Unidos de América’, firmado en Washington el 14 de septiembre de 1979, “por ser violatorio de las disposiciones contenidas en los artículos 2, 10, 20,55, 85 y 105” de la Constitución Política de Colombia” de 1886, entonces vigente. En el tomo I de los “Documentos del Procurador”, publicado en diciembre de 1987, resume así las tesis sostenidas por la Procuraduría durante su desempeño entre 1982 y 1986:

Hay que repetir una vez más que dos fueron las principales posiciones que sostuvo la Procuraduría en materia de extradición de nacionales a los Estados Unidos de América: la de la inconstitucionalidad del Tratado que la pactó, aprobado mediante la ley 27 de 1980, y la de la abierta inconveniencia de su ejecución. Sobre lo primero arguyó, en esencia,  la inadmisibilidad de la entrega de la soberanía del Estado mediante la renuncia al juzgamiento directo de sus propios nacionales, o sea de la llamada “prórroga de jurisdicción”; sobre lo segundo, la gigantesca y arrasadora ola de violencia que el país sufre estoicamente como cualquier otra mala costumbre, hace décadas, no años, sugería al menos despabilado de los espectadores la oposición a una norma inconstitucional que priva al Ejecutivo de la plenitud de iniciativa en el manejo integral del orden público […]Todo esto tiene que ser pensado en el interés primordial de Colombia y con criterio colombiano. Deben ser nuestros problemas y no los de Estados Unidos la brújula de nuestra acción. Nuestro orden público demanda un manejo integrado y unitario. Y las presiones norteamericanas, visibles tras el velo tenue de las decisiones del Gobierno, al limitar nuestra autonomía para una política integral del orden público lo que están haciendo es golpear nuestra autodeterminación (Jiménez, 1987, p. 40).

Sin embargo, su concepto jurídico como Procurador y su audaz iniciativa para contener la incursión criminal del narcotráfico en la política no solo no tuvieron acogida, sino que fueron descalificadas de manera maniquea y torticera, relacionándolo como un mediador interesado en beneficiarse ilícitamente con ellas. Entre tanto, la atmósfera era cada día más polarizada y amenazante por el enfrentamiento entre el ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla y el Representante suplente, Pablo Escobar, a raíz del debate promovido contra el ingreso de los llamados “dineros calientes”[4] procedentes del narcotráfico en las campañas políticas para el Congreso. Dicho debate tuvo un giro inesperado, como bien lo reseña el periodista Fabio Castillo en su libro ‘Los jinetes de la Cocaína’, pues “dos semanas después de posesionado en el Ministerio, Lara Bonilla fue citado a la plenaria de la Cámara de Representantes para hablar sobre la presencia de dinero de la mafia en la política. Desconocía entonces que el acusado sería él mismo. El debate era promovido por Jairo Ortega y Ernesto Lucena, dos congresistas de Alternativa Liberal y, pese a pertenecer al Senado, la citación también la firmaba el propio Santofimio Botero, bajo cuyas banderas había salido elegido representante a la Cámara Pablo Escobar. Los dos congresistas de ese grupo político, Lucena y Ortega --principal en la lista política de Escobar--, exhibieron en la plenaria del congreso un cheque por un millón de pesos que había girado a nombre de Rodrigo Lara el narcotraficante Evaristo Porras Ardila” (Castillo, 1987, p. 83). No hay que olvidar que tanto Ledher como Escobar fueron pioneros en la fusión del crimen con la política, abriendo así un camino que con el paso de los años se convirtió y trasmutó en una veloz autopista de la política con el crimen para bloquear desde el poder estatal la aplicación del Tratado de Extradición. Una vía que incluso catalizó la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente con el magnicidio de Luis Carlos Galán el 18 de agosto de 1989 y les permitió coronar en el artículo 35 de la Constitución su máxima aspiración: la prohibición de la extradición de colombianos por nacimiento.

Asesinato de Rodrigo Lara Bonilla

Como respuesta a dicha celada, Lara Bonilla trazó una estrategia de confrontación. A los pocos días, Lara Bonilla convocó una rueda de prensa durante la cual exhibió los prontuarios de Pablo Escobar y Carlos Ledher, reveló que había ordenado investigar al congresista Jairo Ortega por encubrir las actividades de narcotráfico de Evaristo Porras, y a éste mismo, con base en las propias afirmaciones públicas del congresista. El ministro reveló que Porras Ardila traficaba con cocaína a bordo de dos avionetas HK2525 y HK2519-P, las que acababa de ordenar paralizar en la sesión del Consejo Nacional de Estupefacientes. “Soy un ministro incómodo para quienes están por fuera de la ley", dijo Lara Bonilla (Castillo, 1987, p.84). En desarrollo de este pulso político y de la persecución judicial contra Pablo Escobar, el ministro Lara Bonilla logró que Escobar fuera despojado de su inmunidad parlamentaria, que lo protegía de una eventual investigación penal y le confería una auténtica impunidad judicial. Pero más contundente fue el golpe asestado al emporio del narcotráfico con la primera gran operación contra laboratorios para el procesamiento de cocaína, en los llanos del Yarí, mediante la destrucción del complejo cocainero llamado “Tranquilandia” con más de 12 toneladas de clorhidrato de cocaína en procesamiento. En represalia a estas acciones del ministro Lara Bonilla, que afectaron sustancialmente la identidad mutante de Pablo Escobar, pues lo despojó de su calidad de Congresista, dejándolo expuesto a las acciones judiciales, al tiempo que puso en jaque su estructura criminal con la destrucción de “Tranquilandia”, el capo ordena el asesinato del ministro Lara Bonilla, que es ejecutado el 30 de abril de 1984[5].

Entrevista en Panamá

Los extraditables huyen y se refugian en Panamá, donde a través de intricadas mediaciones que tuvieron origen en Santiago Uribe White, pasando por el mismo expresidente López y el ministro de mayor confianza de Belisario, su amigo personal Bernardo Ramírez, solicitan un encuentro en Panamá para enviarle un Memorándum al presidente Belisario donde propondrán su entrega a la justicia colombiana a cambio de no ser extraditados. El expresidente López sugiere para dicha entrevista “un funcionario de la más alta categoría y de una total independencia constitucional” (sic), como el Procurador General. El ministro Bernardo Ramírez le informa a Jiménez Gómez que el presidente Belisario lo considera el funcionario indicado, pero éste, según lo expresa en su libro de 2009: “Camino de la tragedia nacional”, revela: “Yo respondí inmediatamente a Ramírez que se trataba de algo muy delicado y riesgoso y que yo no estaba dispuesto a acceder a semejante petición… Después de un intenso intercambio de argumentos y contraargumentos, le respondí para terminar que yo solamente lo pensaría sobre una base indispensable: ¨Que el Presidente de la República me lo solicite personalmente¨. Ramírez me replicó que esa exigencia le parecía superflua e inaceptable. ¨Betancur no lo haría en ningún caso¨. Vista mi negativa, nos despedimos fríamente mientras él me decía: ¨De todos modos, yo hablo con el Presidente¨. A las tres de la tarde de ese mismo día, el Presidente me llamó por teléfono y con su conocido canturreo me dijo: ¨Procurador, muy interesante lo que habló Usted esta mañana con Bernardo Ramírez¨. Yo le pregunté de qué se trataba y él me respondió: ¨Pues el asunto de que Bernardo estuvo tratando en Miami con el Presidente López. Para concretarlo, cosa que evidentemente él no quería, le interrogué una vez más: ¨Se refiere usted a un posible viaje mío a Panamá¨. ¨Sí, me dijo. Es de eso de lo que le estoy hablando. ¨Usted quiere y me pide que yo viaje a Panamá a cumplir la misión que esta mañana me planteaba Bernardo?  ¨Claro, Procurador. A eso viene mi llamada¨. ¨Y cuáles son sus instrucciones?, le pregunté. ¨Las instrucciones se las da el Presidente López¨. Llamé telefónicamente al Expresidente, quien me reiteró lo dicho por Ramírez, agregándome para rematar: Una cosa quedé clara. Que el mensaje tiene que venir dirigido por un lado al Gobierno colombiano y por el otro, simultáneamente, al de los Estados Unidos por conducto de su Embajada. Estamos hablando de un gran problema internacional. Lo que en esta materia se haga o intente a espaldas del Gobierno Norteamericano es pura y simplemente pérdida de tiempo. Lo que hice a continuación fue ordenar la elaboración del proyecto de Decreto de comisión para la firma del Presidente y del Ministro de Justicia, Enrique Parejo (Jiménez, 2009, pp. 19-21).  El Procurador cumple la cita en Panamá y recibe: ‘El Memorándum del Narcotráfico para el Presidente de la República’[6], un texto de aproximadamente siete páginas que, en sus apartes más sustanciales, contiene los siguientes compromisos de parte de los narcotraficantes: “a) Desmonte de la infraestructura global con base en entrega de laboratorios en el país; entrega de pistas clandestinas en el país; enajenación de aeronaves vinculadas al transporte de las materias primas y el producto elaborado, previa autorización del Gobierno Colombiano, en concordancia con normas vigentes. b) Retiro definitivo del mercado en sus formas de: compradores de las materias primas, transformadores de las mismas, transportadores a los países consumidores y distribuidores internos de las mismas. c) Colaboración en la sustitución de zonas de cultivo de coca y de marihuana en Colombia, para dar así un paso firme en la erradicación del consumo interno de drogas en el país. d) Disposición inmediata para colaborar con el Gobierno colombiano, si se considera prudente y conveniente, en campañas para la erradicación del consumo interno de drogas y para la rehabilitación de los adictos. e) Retiro definitivo de la actividad política directa o aparente. f) En el convencimiento de que la paz es un bien inapreciable, a la cual tenemos derecho todos los colombianos, y a pesar de que reiteramos nuestra afirmación de no ser ni directa ni indirectamente  responsables de la perturbación del orden público que motivó la declaratoria del Estado de Sitio, ofrecemos irrestrictamente cualquier forma de colaboración que el Gobierno estime necesaria y conveniente de nuestra parte, para obtener las condiciones mínimas que permitan el regreso a la normalidad institucional” (Jiménez, 2009, pp. 224 - 225). Entre otras, en dicho documento no aparece la oferta del pago de la deuda externa de Colombia, producto de la fantasía mediática y popular, pero sí una cifra de los ingresos que obtienen: “que el negocio significa hoy, para quienes lo controlamos en Colombia, un ingreso anual cercano a los dos mil millones de dólares, de los cuales una proporción sustancial llega a nuestro país” (Jiménez, 2009, p. 223). Al hacerse público dicho Memorándum y el encuentro, el Procurador es sometido a una especie de linchamiento moral y destacados congresistas lo emplazaron a un debate en sesión plenaria del Senado de la República, el 2 de agosto de 1984. Al respecto, cabe destacar las siguientes respuestas a sus censores y críticos: Porque he abrigado y propalado abiertamente acerca del tratamiento al narcotráfico, una serie de ideas que no siempre han concordado, ni tienen necesariamente que concordar, con las que podríamos llamar ¨oficiales¨ sobre el problema. Las sintetizo diciendo que este asunto, por su magnitud y poderosa consolidación, ha excedido el tradicional marco meramente legal para convertirse en un gran foco de perturbación que tiene que seguir siendo tratado por los medio jurídicos, insustituibles en su órbita y alcance; pero no solamente dentro de ellos, sino, complementariamente, subrayo, por todos los demás, buscando así resultados más amplios de los que pueden aspirar a obtener con sus limitados recursos las autoridades judiciales y policivas. Razones de orden público policivo, económico y social, políticas y culturales, así lo demandan, a mi juicio […]  Porque consideraba y sigo considerando que el problema del narcotráfico puede encontrar en diálogos como el mío en Panamá a que alude la queja, fórmulas eficaces de contribuir a su solución, convergentemente con una acción judicial y policiva como la que el Gobierno viene sosteniendo y que, en esencia, sigue siendo indispensable. Por ello había aceptado la audiencia que hacia septiembre y octubre del año 1983 me solicitaron las mismas personas, de que da cuenta en su página 21 la revista SEMANA del día 18-24 de octubre de 1983. Pero esa noticia no la recogió el cronista de dicha publicación al azar, sino que se publicó a petición mía, hecha expresamente en forma personal al Director, ya que no quería que se me pudiera más tarde acusar de estar sosteniendo paliques clandestinos sobre algo que está dentro de la órbita de mis funciones (Jiménez, 1987, pp. 166-167). Considero inevitable las anteriores extensas citas, tomadas de “Los documentos del Procurador”, no solo para dar cuenta de la integridad de sus actuaciones, sino sobre todo para recalcar la absoluta vigencia de sus críticas y la omisión criminal del Estado colombiano y sus mandatarios que todavía persisten en la aplicación del prohibicionismo, la fumigación con glifosato, la extradición como delegación de soberanía estatal, el desangre de cientos de miles de campesinos y el asesinato de sus líderes por quienes se lucran de tan criminal política. Lucro que va desde la burocracia de agencias estatales como la DEA norteamericana y en nuestro terruño el entramado corrupto de miembros de la Fuerza Pública que permiten el ingreso de toneladas de precursores químicos para el procesamiento de cocaína. Pues como certeramente lo caracterizó Jiménez Gómez: “Ya el problema del narcotráfico no es un negocio de dos o tres capos, sino un ingrediente normal y masivo de la economía y la vida colombiana; ya no se trata de romper una moral o una ilegalidad sino algo más profundo: un estilo de vida, y un patrón cultural como el de la economía informal […] Sus negocios crecen, su base social se ensancha y multiplica, sus medios de acción se diversifican y desinhiben más todos los días (Jiménez, 1987, p. 43-45). Por eso, es imperioso concluir con esta última cita del Doctor Jiménez Gómez: “En materia de Justicia y de Gobierno hay que tomar en cuenta la realidad y saber que sin ella el Derecho no funciona, que, por eso al Derecho hay que darle bases reales y herramientas operativas, pues no se puede gobernar sobre supuestos inexistentes ni  con instrumentos inservibles […] Que el Estado no se puede apegar a una soberanía meramente teórica y nominal, sino que tiene que vivir siempre en  marcha hacia una institucionalidad operante”. Y esa institucionalidad operante demanda un cambio vital en la mal llamada guerra contra el narcotráfico que ya perdió el prohibicionismo en forma irreversible. Consejo que debería escuchar y aplicar el presidente Duque, pues en la realidad su “Paz con legalidad” se ha degradado en una “paz con letalidad”, mucho más si persiste en el uso del glifosato. Pero conociendo su falta de autonomía en esta materia y su admirable procrastinación, demostrada con las vacunas contra la pandemia, esperará las instrucciones de Biden, que ojalá por respeto al medio ambiente desista de esa política criminal y ecocida, pues al parecer la vida y dignidad de la población campesina, negra e indígena del sur vale menos que la del norte. Población a la que supuestamente protege el prohibicionismo de los violentos y corruptos narcotraficantes del sur, olvidando que en el fondo el problema es más de la extra-adicción de los virtuosos y emprendedores consumidores del norte que un asunto de extradición de los narcotraficantes del sur o de fumigación de campos de coca. A fin de cuentas, dicha “guerra contra el narcotráfico” se gana o pierde en la mente de millones de consumidores, no expoliando y fumigando una “mata que no mata”, sino que es prodigiosa como la Mama Coca. Así como la marihuana pasó de ser planta maldita a convertirse en planta medicinal bendita, hay que recorrer el mismo camino con la coca, cuyas propiedades son aún mayores[7].

 

 

lunes, febrero 01, 2021

Carlos Jiménez Gómez: Un Procurador Histórico. In Memoriam II

 

Carlos Jiménez Gómez: Un Procurador Histórico

In Memoriam II

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Hernando Llano Ángel

Del pasado al presente

La dimensión histórica de un funcionario público se mide por su capacidad para cuestionar, liderar y señalar horizontes a una sociedad, promoviendo el desarrollo de las potencialidades y la dignidad de todos sus congéneres, como ejemplarmente lo hizo Carlos Jiménez Gómez desde la Procuraduría General de la Nación. Lamentablemente todo lo contrario sucede en el presente. Hoy se consagra a quienes destacan por su habilidad para contemporizar con el Statu Quo en la defensa de las desigualdades sociales, la violencia y los privilegios de las elites. Defensa y afianzamiento que suele hacerse desde la cúpula del Ejecutivo con todo su gabinete, amplificada por el corifeo de alabanzas y consagraciones que despliegan los medios masivos de comunicación, especialmente en los momentos de crisis y en las encrucijadas históricas que definen el futuro de nuestra sociedad. Pero también en el doloroso y prolongado trance que vivimos, causado por esta pandemia cercana a las 55.000 víctimas mortales y que ya cobró incluso la vida del ministro de defensa Carlos Holmes Trujillo (Q.E.P.D). Su sensible y precipitado fallecimiento nos revela no solo la procrastinación mortal del presidente Duque con la gestión de las vacunas sino también su errática oratoria, incapaz de conjugar el verbo querer[1]. Vivimos, pues, un presente tan mediocre y gris como el pasado tenebroso y violento, que enfrentó con valor y premonición lúcida el Procurador Carlos Jiménez Gómez.

El Palacio de Justicia

Por eso, vale la pena recordar el coraje civil y la visión de jurista, pionero en la invocación del Derecho Internacional Humanitario, que esgrimió contra ese poderoso bloque institucional del Ejecutivo, en un acontecimiento tan delirante como la toma del Palacio de Justicia por un comando del M-19 y la reacción ignominiosa de la Fuerza Pública. Reacción que culminó con la incineración del Palacio de Justicia y la decapitación de la cúpula del poder judicial, nunca con la retoma de sus instalaciones, ya reducidas a cenizas y escombros. El Palacio de Justicia quedó convertido en un espectro y en él murieron cerca de cien rehenes. Es cinismo criminal hablar de retoma, cuando lo que hubo fue una hecatombe presidencial e institucional que no deparó en sacrificar desde el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Alfonso Reyes Echandía[2], junto a 15 magistrados más, y un número de 11 desaparecidos, de los cuales todavía se ignora el paradero de cinco de ellos[3]. Por eso, hay que retomar las principales conclusiones de su informe. De entrada, el Procurador señaló lo que desde siempre ha sido una práctica consuetudinaria del Estado colombiano y sus gobernantes: “En el Palacio de Justicia hizo crisis en el más alto nivel el tratamiento que todos los Gobiernos han dado a la población civil en el desarrollo de los conflictos armados”. Un tratamiento no solo violatorio de la Constitución y las leyes, sino del mismo Derecho Internacional Humanitario, que invocó Jiménez Gómez en su denuncia contra el presidente Belisario Betancur y su ministro de defensa, el general Miguel Vega Uribe, ante la Cámara de Representantes. Lo hizo con fundamento en el artículo 121 de la Constitución de 1886, que establecía el llamado Derecho de Gentes, hoy más conocido como DIH, resaltando que: “La invocación del Derecho de Gentes y del Derecho Internacional Humanitario es un complemento indispensable de toda política de defensa de los Derechos Humanos”. El texto de la denuncia, con sus 33 páginas, está publicada en su libro “El Palacio de Justicia y el Derecho de Gentes”, editado por la Procuraduría General de la Nación en 1986, y es mucho más que una rigurosa investigación disciplinaria de lo acaecido, sustentada en pruebas y testimonios. Es un análisis profundo que integra lo político y lo jurídico: “El problema que aquí se plantea es político, en primer lugar, y solo en segundo lugar es de carácter jurídico; y puede resumirse en los conceptos y reflexiones que suscitan los siguientes interrogantes: ¿Puede el Estado envolver en una misma acción represiva a unos ciudadanos fuera de la Ley y a otros ciudadanos inocentes, antes de haber agotado todos los medios a su alcance para tratar de rescatarlos a estos sanos y salvos? ¿Es esa decisión de aplicarles de inmediato, por cualquier razón, un mismo tratamiento, legítima?” y, unos párrafos más adelante, concluye: “La Procuraduría no puede responder a dichos interrogantes sino negativamente”.

Denuncia ante la Cámara de Representantes

Por ello, traslada su denuncia a la Cámara de Representantes para que esta valore si en esa decisión del Ejecutivo de rescatar a sangre y fuego a los rehenes y el Palacio de Justicia, “fueron observadas y adoptadas todas las medidas de carácter positivo y negativo a que, según el Derecho de Gentes y los pactos de Derecho Internacional Humanitario aprobados por el País, el Gobierno Nacional estaba obligado para preservar la vida de las personas civiles referidas y para lograr su rescate sanas y salvas”. La denuncia fue analizada por la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes, cuyos ponentes, los representantes liberales Horacio Serpa Uribe (Q.E.P.D), Carlos Mauro Hoyos (Q.E.P.D) y el conservador Darío Alberto Ordoñez, concluyeron que: “Esta Comisión no cuenta con elementos de juicio suficientes que le permitan impugnar desde el punto de vista legal, aquella decisión, libre y autónomamente tomada por el señor Presidente de la República, y respaldada, por lo demás, en la Constitución y Leyes de la República, por ser, repetimos, un típico acto de Gobierno, ejecutado por quien sólo podía hacerlo, es decir, el señor Presidente de la República y el señor Ministro de Defensa. […] Proponemos: Declárese que no hay lugar a intentar acusación ante el Senado de la República contra el Presidente Doctor Belisario Betancur Cuartas y su Ministro de Defensa, general Miguel Vega Uribe, por razón de los hechos ocurridos durante los días 6 y 7 de noviembre de 1985 en relación con la toma por parte del M-19 del Palacio de Justicia, y en consecuencia archívese el presente informativo”. Dicho concepto fue acogido por unanimidad en la plenaria de la Cámara de Representantes y en consecuencia archivada. Por su parte, el Consejo de Ministros descalificó en forma cínica la denuncia del Procurador, con el falso argumento de que “Tal forma de actuación no está prevista dentro de las normas constitucionales y legales que fijan las atribuciones del Procurador y del Ministerio Público y puede conducir al desconocimiento de uno de los principios tutelares del estado de derecho”. Cuando en realidad sucedió todo lo contrario, pues el Consejo de Ministros permitió que ese estado de derecho fuera derruido por completo, como el Palacio de Justicia, según lo reconoció el entonces ministro de justicia, Enrique Parejo González, al decir que “el Consejo de Ministros había sido puesto en ridículo” (El Tiempo, 14-VI-86), pues la Fuerza Pública continúo su operativo sin atender sus peticiones. En cuanto a la reacción de la gran prensa, la radio y televisión, Jiménez Gómez fue sometido a un linchamiento mediático, como si su denuncia hubiera sido un crimen de lesa majestad contra el presidente Belisario Betancur[4], quien por otra parte asumió toda la responsabilidad política por los hechos. Basta recordar el titular de EL TIEMPO: “Una acusación imposible”, de junio 19 de 1986; “LA REPÚBLICA”: “Betancur no debió ser demandado ante Cámara” y los diarios regionales EL PAÍS: “Desconcertante informe” y LA PATRIA: “No nos dejemos despistar”. Ni hablar de la inmensa mayoría de columnistas, que lo lapidaron y descalificaron con toda serie de epítetos, como los siguientes: “El Procurador, un desorbitado” de Rodrigo Ramírez en EL HERALDO; “En procura de notoriedad” de Silvio Trujillo Acevedo en EL COLOMBIANO, para solo mencionar algunos. Ante semejante avalancha contra su informe y denuncia, Jiménez Gómez profundizó en el análisis de las relaciones entre el poder civil y militar, ya que había tomado fuerza la hipótesis del golpe de estado contra Belisario, exculpándolo por completo de lo sucedido, no obstante haber asumido toda la responsabilidad pública como comandante de las Fuerzas Militares. Es entonces cuando presenta su esclarecedora hipótesis de las dos constituciones que, en mi opinión, resuelve esa falsa tensión entre los poderes civiles y militares, pues de lo que se trata es del predominio de la violencia ante el escaso respaldo de los ciudadanos a unas instituciones estatales que no representan sus intereses y menos promueven y protegen sus derechos: “No rigen en Colombia una sino dos constituciones, la primera para uso de la generalidad de los ciudadanos, y otra, venida sutilmente a pasos inaudibles y sigilosamente entronizada en el corazón de la sociedad y del Estado, no se sabe cuándo, ni cómo, ni por quién, de uso privativo de las Fuerzas Armadas. (Jiménez, 1986, p. XI) … Parece ser una de las columnas más hondas en que descansa secretamente la vida pública colombiana, que oculta en algún repliegue de su mente la idea de un cierto pacto tácito entre el poder civil y el militar, consagratorio de un régimen progresivo e indefinidamente acumulativo de pequeñas, medianas y grandes excepciones en favor de los castrenses. (Jiménez, 1986, p. XI)”. Y, sin duda, ese régimen ha venido consolidándose en contravía de la Constitución de 1991, pues la mayoría de los presidentes han optado por fórmulas autoritarias y el impulso de políticas de orden público con ofensivas militares que han trasladado al campo y a muchas ciudades el desprecio por la vida y los derechos humanos de la población civil. A vuelo de pájaro, basta citar la “GUERRA INTEGRAL[5] de Gaviria y Pardo, como primer ministro civil de defensa, contra la Coordinadora Guerrillera y la creación de las CONVIVIR[6]; luego el PLAN COLOMBIA de Andrés  Pastrana y la fumigación con el devastador glifosato contra miles de campesinos raspachines; la “seguridad democrática”, el PLAN PATRIOTA, los “falsos positivos” y la terrorífica “Operación Orión[7] en Medellín, ordenada por Uribe, supervisada por la ministra civil de defensa, Martha Lucía Ramírez, hoy Vicepresidenta y ejecutada por el general Mario Montoya, hasta llegar a nuestros días con la flamante política de “Paz con legalidad”, que ya deja más de 300 líderes sociales asesinados[8], 91 masacres[9] el año pasado y 251 reincorporados de la FARC[10] ultimados. Lo anterior, como certeramente lo consignó Jiménez Gómez, ha convertido en endémico “el tratamiento que todos los gobiernos han dado a la población civil en el desarrollo de los combates armados”, vale decir, un tratamiento igual al ejecutado en el Palacio de Justicia: criminal, terrorífico y políticamente impune, que incluso eleva a sus determinadores a la categoría de estadistas y a sus ejecutores a héroes de la Patria, mientras desconoce y condena al olvido a sus innumerables víctimas y a quienes defienden sus derechos y dignidad, como lo hizo el doctor Carlos Jiménez Gómez desde la Procuraduría General de la Nación. En la próxima entrega, referiré su postura como Procurador ante el Tratado de Extradición y la guerra contra el narcotráfico, donde fue no sólo incomprendido sino también tergiversado, abandonado por Belisario Betancur que lo comisionó a Panamá para atender una propuesta de entrega de los Extraditables e injustamente calumniado, precisamente por su independencia y a la vez lealtad personal con Belisario.

 

 



sábado, enero 23, 2021

Carlos Jiménez Gómez. Un Proucrador histórico. In Memoriam (I)

 

CARLOS JIMÉNEZ GÓMEZ: UN PROCURADOR HISTÓRICO

IN MEMORIAM (I)

Hernando Llano Ángel.

El pasado sábado 16 de enero de 2021 falleció en Bogotá el Doctor Carlos Jiménez Gómez, quien fuera Procurador General de la Nación entre 1982-1986, bajo la administración del entonces presidente Belisario Betancur. Su vida y obra[1] van mucho más allá de su histórica gestión al frente de la Procuraduría General de la Nación. Abarca desde la poesía, de la cual fue cultor y entusiasta difusor, pasando por el ensayo sociológico y político, hasta sus providencias e investigaciones disciplinarias como Procurador General. Sin olvidar su impronta como académico en la formación de una generación de juristas y políticos en la Universidad de Antioquia, entre los cuales destacó posteriormente un joven y aplicado discípulo de Derecho Constitucional, llamado Carlos Gaviria Díaz[2]. Es una obra vasta, profunda y polémica, que merece su lectura y estudio, pues contiene lúcidas claves para la comprensión y transformación de nuestra realidad política, social y cultural. Para rendir merecido tributo a su memoria y gesta de demócrata integral, me propongo reseñar en tres entregas sus principales aportes como Procurador General, pues abordar su obra como ensayista y poeta precisaría un libro completo.  Para empezar, es pertinente recordar una de sus apreciaciones sobre la forma como los acontecimientos avasallan nuestra realidad, resumida en su contundente y profunda expresión según la cual “Colombia es un país de 24 horas”.

“Colombia es un país de 24 horas”

En efecto, es tal el cúmulo de desgracias y noticias apocalípticas que recibimos cada 24 horas que al otro día ya hemos olvidado lo que nos pasa y lo que somos. Una masacre sepulta a la otra; el desfalco billonario de Reficar es un desliz frente al desastre de Hidroituango; el proceso 8.000 es una nimiedad frente a la parapolítica. La hecatombe del Palacio de Justicia, el 6 y 7 de diciembre de 1985, fue arrasada y sepultada por la desaparición de Armero[3] una semana después, el 13 de diciembre. Y hoy, parece que ya olvidamos que desde enero estamos siendo “vacunados” contra el Covid, aunque la vacuna no haya llegado a nuestro país. Tal la realidad inverosímil en que vivimos, plagada de “hechos alternativos” creados por la capacidad de fabular de un gobierno mitómano, que anuncia todos los días en “Prevención y Acción” la llegada de la vacuna y el aumento de contagios y muertes que deja el Covid-19. Quizá esta capacidad de olvidar cada 24 horas el país en que vivimos --como lucidamente lo expresará Jiménez Gómez—sea un mecanismo inconsciente para conservar algo de cordura y sobrevivir en medio de tanto delirio vertiginoso y absurdo cotidiano. Para conjurar esa especie de amnesia instantánea, el entonces Procurador Jiménez Gómez se empeñó en hacer una Procuraduría de Opinión[4] que definió como: “la existencia de una comunidad dinámica y creadora entre la opinión y la fiscalización”. Fue así que durante su gestión se propuso “recoger las grandes preocupaciones de la opinión y erigirlas en materia de su trabajo; defender los intereses del común; como la calle, hablar un lenguaje claro, plantear la verdad desnuda y tocar sin miramientos cuanto su misión le mande, como intérprete y vocero del sentido ético y político de la comunidad. La Procuraduría de opinión es, en suma, una auténtica Procuraduría ciudadana”. Y, en efecto, a eso consagró con apasionado entusiasmo y visión crítica sus cuatro años en la Procuraduría. Lo hizo con tanta coherencia y profundidad que hoy el establishment parece celebrar su partida con un silencio absoluto y un olvido deliberado, eludiendo así el valor histórico y perenne de su obra fiscalizadora, que condena a este establecimiento por ser una tramoya institucional plena de imposturas, casi siempre presidida por incompetentes, corruptos y respetables criminales que lo promueven, defienden y administran con cinismo e impunidad. Una obra que hoy tiene plena vigencia, pues los problemas que enfrentó sin esguinces y en forma certera son los que hoy están aniquilándonos como nación y como ciudadanos: 1- La violencia política degradada; 2- La corrupción institucionalizada mediante la simbiosis de la política con el crimen;  3-  El auge del narcotráfico y su metástasis en la política, la economía, la sociedad y la cultura; 4- La impunidad política presidencial y de altos mandos militares y, para terminar, 5- La ausencia de liderazgos políticos y éticos democráticos. Problemáticas que hoy demandan verdad y esclarecimiento, para lo cual la Comisión de la Verdad debería consultar los cerca de 12 tomos que constituyen la memoria de su ejemplar gestión, bajo el título de “Los documentos del Procurador”. Todos estos aspectos fueron abordados por Jiménez Gómez con rigor y valor temerario, sin arredrarse, más allá de tabúes y prejuicios, desafiando incluso la hipocresía institucionalizada, como lo hizo frente al narcotráfico, proponiendo visionariamente un tratamiento político. Una política de Estado soberano más allá de persecuciones y guerras suicidas, fumigaciones ecocidas con paraquat y la delegación de la soberanía judicial, mediante la aplicación compulsiva e inocua del Tratado de extradición con Estados Unidos de Norteamérica. Un Tratado cuya constitucionalidad rechazó con sólidos argumentos jurídicos y políticos en sus conceptos ante la Corte Suprema de Justicia. Por lo pronto, recordaré su investigación disciplinaria más importante contra la violencia política degradada, que develó el tenebroso entramado formado por el narcotráfico y agentes de la Fuerza Pública con la aparición del MAS, que concluyó con un informe el 20 de febrero de 1983, revelando que: “a la luz de las pruebas recogidas hasta el momento existían cargos suficientes para vincular procesalmente a 163 personas; de ellas, 59 en servicio activo de las Fuerzas Armadas” (Jiménez, 1987, p. 169)[5]. Lamentablemente esa investigación quedó en la impunidad, pues fue asumida por la Justicia Penal Militar, contraviniendo el concepto de Jiménez Gómez quien fue enfático en señalar: “Tengo que decir que nuestra investigación encontró en los distintos lugares que personas vinculadas directa e indirectamente a las Fuerzas Armadas se han dejado arrastrar por esta corriente de la disolución nacional y han incurrido, fuera de combate, maleadas por los términos de esta larga guerra, no menos cruel por no declarada […] en hechos del tipo de delincuencia que he venido analizando. Con ello han desbordado indudablemente los límites de la misión encomendada a sus instituciones, poniendo en tela de juicio la noción misma de la disciplina militar; su rigurosa investigación y castigo tiene que ser una vez más la mejor prueba de que sus instituciones, ahora informadas, los repudian y repudian sus procederes. Será este un proceso de purificación que es mecanismo biológico de saneamiento connatural a toda institución, más aún si se trata de aquellas que por su tamaño, complejidad y el diverso grado de cultura de sus estratos componentes no puede responder por la legalidad y moralidad de cada uno de los actos de cada uno de sus miembros integrantes” (Jiménez, 1987, p. 155)[6]. Esta sabia y urgente advertencia no fue escuchada, pues el entonces ministro de defensa, general Fernando Landazábal Reyes[7], respondió energúmeno y apeló al falso espíritu de cuerpo militar en desafío al Procurador. Fue un pulso temprano en que el poder civil perdió ante el militar, con el respaldo que brindó el presidente Belisario Betancur (q.e.p.d) al general Landazábal, desconociendo el informe y las conclusiones del Procurador Jiménez Gómez. Posteriormente ello tendría un desenlace todavía más fatal y criminal en la forma como las Fuerzas Militares respondieron a la toma del Palacio de Justicia por la acción delirante y terrorífica del M-19.

1-EL MAS

La violencia política degradada que hoy el Estado es incapaz de contener y desarticular, ensañada contra los liderazgos sociales y las nuevas fuerzas políticas, en ese entonces se expresaba en el naciente grupo MAS (Muerte a Secuestradores). Una fatídica simbiosis del narcotráfico con agentes de la Fuerza Pública, que haría rápida metástasis en el paramilitarismo y su inmensa capacidad mimética con el Estado. Una capacidad que se expresaría en el genocidio de la Unión Patriótica y cuya estela de muerte y destrucción se prolonga hasta hoy, mutando y variando de forma inimaginable, tejiendo coaliciones y alianzas con el beneplácito insospechado de sucesivos presidentes (como lo revela Alberto Donadio en el caso de Barco[8] y que durante la presidencia de Gaviria toma la forma institucional de las Convivir), pasando por los entes territoriales hasta llegar a los “contratos de seguridad” con empresas multinacionales y nacionales, auspiciando masacres y desplazamientos que no cesan. Esta gesta mortífera e impune alcanza su más alta cota de masacres durante el gobierno de Andrés Pastrana, entre 1999 y 2002[9], justo en desarrollo de una patraña electoral que auguro la mascarada del proceso de paz del Caguán. En el informe del Procurador Jiménez Gómez sobre el MAS, no sólo se identificaron oficiales y suboficiales comprometidos con la mal llamada “limpieza social”, sino que además dejó consignada una certera caracterización política y sociológica de dicho fenómeno criminal:

“Propiamente hablando, el MAS no es una organización única sino una mentalidad de crisis y un tipo de delincuencia, manifestadas originalmente bajo la forma de una encubierta justicia privada y luego como instrumento de venganza, de castigo desproporcionado y gratuito, hasta de frivolidad en la criminalidad, en todos los órdenes de la actividad privada. La sigla con que se denomina surgió hace apenas un año, a propósito de las peripecias de un caso de secuestro y al servicio de un plan concreto de rescate de la secuestrada, dentro de una idea precisa de represalia.  Que haya logrado su objetivo de forma más o menos fulminante fue lo que, en el ambiente de confusión y desconcierto en que vivía y vive aún el país, hizo de él un modelo que terminó cundiendo aquí y allá, en cuantas regiones y lugares parejas circunstancias reproducían las razones y el marco de su popularidad […] Para apreciarlo así basta mirar hacia el martirizado campo colombiano, sembrado de mil riesgos detrás de cada hoja y ampliamente justificativo del diagnóstico global de las dos Colombias, la una amenazada y obsesionada por el secuestro, la otra por todos los males y peligros de la crisis económica y social. A este mecanismo criminal de contraofensiva social, económica y política, han venido paulatinamente cediendo y apelando en forma cada vez más recurrente y masiva, distintos sectores de nuestra población, en la ciudad y en el campo, para combatir las más diversas manifestaciones del conflicto social (Jiménez, 1987, pp. 154-155)[10].

Un diagnóstico que lamentablemente continúa vigente, como tantos otros realizados por Jiménez Gómez, que abordaré en las próximas entregas, porque quizá la mejor manera de rendirle tributo es no permitiendo que su legado se reduzca a estas glosas de su pensamiento y se traduzca en compromisos y acciones ciudadanas que transformen esta realidad en un horizonte de paz, justicia y reconciliación. Un horizonte cimentando en las verdades, la dignidad y el sufrimiento de todas las víctimas, las causadas por la insurgencia, el paramilitarismo y el Estado, que nos revelan la complicidad de respetables líderes políticos, ejemplares ciudadanos, impolutas instituciones y exitosos empresarios, además del cinismo de una supuesta “violencia revolucionaria”, que igualmente fustigó y descalificó Jiménez Gómez sin ambigüedad. Pero también la responsabilidad de mayorías que todavía creen que nada tienen que ver con lo que acontece, que se consideran ajenas a este mundo de corrupción y violencia y lavan su conciencia con más regularidad que sus manos, confiadas en que no serán infectadas por el mortal virus de la política. Y así se convierten en los mayores vectores de esta mortal e insoportable realidad por su indolencia frente a lo público y la vida de los demás. Son idénticos a aquellos que todavía creen que el coronavirus es un cuento chino, cuando es tan ineludible como la política, pues su existencia, propagación, contención y mayor o menor mortalidad depende de todos nosotros, en ambos casos. Para combatir el primero son imprescindibles las medidas de bioseguridad, para dotar de sentido y dignidad a la política precisamos tener la responsabilidad e integridad de demócratas como el Doctor Carlos Jiménez Gómez (q.e.p.d).

 



[4] Jiménez. C, (1986) p. 24. Una Procuraduría de Opinión. Bogotá, Colombia. Editorial Printer.

[5] Jiménez, C. (1987). Los documentos del Procurador. Tomo I. Bogotá, Colombia: Procuraduría General de la Nación.

[6] Jiménez, C. (1987). Los documentos del Procurador. Tomo I. Bogotá, Colombia: Procuraduría General de la Nación.

[10] Jiménez, C. (1987). Los documentos del Procurador. Tomo I. Bogotá, Colombia: Procuraduría General de la Nación.

 

domingo, enero 17, 2021

Ya llegó el 20 de enero: ¿Corralejas en Washington?

 

YA LLEGÓ EL 20 DE ENERO: ¿CORRALEJAS EN WASHINGTON?

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/ya-llego-20-enero-corralejas-washington

Hernando Llano Ángel

La posesión de Joe Biden parece estar más cerca de las corralejas de Sincelejo o de Sampúes[1] que a la ceremonia de investidura del mandatario más poderoso del planeta. Para evitar que tan trascendental acto se convierta en un show tragicómico, como el estimulado por Trump en el reciente asalto circense al Congreso, la explanada del Capitolio ya está militar y policivamente asegurada. El escenario hoy tiene más aspecto de campo de batalla[2] que de transición democrática. Y así es, ya que no habrá realmente un relevo público en la presidencia, pues Trump no estará presente. Además, algunos de sus furibundos seguidores amenazan con un segundo round y culminar con éxito su reciente asalto y profanación fascista del Capitolio. La ausencia de Trump en la ceremonia de relevo es expresión no solo de su incapacidad para reconocer que fue derrotado, sino que es desde ya el comienzo de su feroz oposición antidemocrática. Porque la presidencia de Trump y su ruptura con las reglas del ritual democrático al no estar presente en la hollywoodense[3] investidura pública de Biden, demuestra algo mucho más grave que su megalomanía patológica. Demuestra que la realidad y profundidad de las heridas sangrantes que aquejan a Norteamérica desde su nacimiento son hoy más graves y llevará generaciones sanarlas: la segregación racial, los prejuicios de la supremacía blanca, su nacionalismo imperial en decadencia desde Vietnam y la desigualdad social creciente, son lastres históricos que tienen desmantelada su agónica democracia y constituyen el mayor desafío para el Estado norteamericano, superior incluso al coronavirus. Un desafío que los cerca de 75 millones de votantes de Trump parecen incapaces de reconocer y mucho menos estar dispuestos a superar. Sus consignas irrealizables en la vida política mundial contemporánea como America First y el revival nostálgico de Make America Great Again, se convirtieron bajo la pandemia en una realidad tanática inimaginable. Hoy su chovinismo imperial se expresa en el mayor número de contagios del Sars-coV2 y de víctimas mortales que tenga país alguno. Cruel ironía. Su lema de America First se cumplió en forma siniestra enarbolando las banderas más queridas por la extrema derecha y el fascismo: autoridad, orden y defensa del mercado sobre las libertades públicas, la vida y la igualdad, valores propios de toda auténtica democracia. La incongruencia de ese credo de ultraderecha está a la vista de todos, aunque algunos ingeniosos se sitúan en el extremo centro, para ocultar así su verdadera identidad. Y si no logran persuadir a la mayoría, por lo menos promueven el desmantelamiento de lo poco que queda del Estado de derecho y lo convierten en un Estado de derecha, eso sí con “paz y legalidad”.

Trump ha sido despedido, pero el Aprendiz continúa su show

Sus delirios de estadista megalómano terminaron devastando la salud y la vida de sus conciudadanos, reavivando el fantasma del racismo y el ascenso del tribalismo político por las paredes del Capitolio, escenas apenas comparables a una corraleja. Este es el más peligroso legado que recibe Biden, la ruptura del consenso democrático entre los dos partidos históricos, expresado por el desconocimiento de Trump de la legitimidad y legalidad de los resultados electorales. A ello se suma la estela de cadáveres y de sufrimiento humano que supera las bajas de las fuerzas militares de Norteamérica en todos sus conflictos y guerras internacionales. Es probable que el 20 de enero dicha cifra alcance las 400.000 víctimas mortales o quizá la sobrepase. Tal es el “hecho alternativo” o la “realidad paralela” más significativa y deplorable que deja su mitomanía presidencial. Convirtió el sueño americano en una auténtica pesadilla mortal, superando incluso el thriller de Michael Jackson[4], con cientos de miles de zombis deambulando, ya no por las calles, sino por los centros hospitalarios de America First. Hoy Estados Unidos es la mayor morgue del planeta. Y, aun así, millones de norteamericanos parecen estar dispuestos a seguir a su rubicundo sepulturero hasta la tumba. Tienen la certeza que les robaron su triunfo, que se fraguó una conspiración para cometer un fraude electoral inocultable y que todo se debe a la existencia de un “Estado profundo” que gobierna tras bambalinas. Incluso muchos de esos seguidores todavía no llevan tapabocas, como afirmación de su identidad Trumpista y no reconocen la potencial mortalidad del virus, pues su héroe sobrevivió al mismo y lo derrotó, como un auténtico Superman[5]. Y quizá esta capacidad de Trump de encarnar los héroes de celuloide norteamericanos explique en gran parte su liderazgo carismático. Especialmente cuando lo exhibe sin pudor como seductor irresistible y magnate exitoso, aspiraciones inocultables del norteamericano típico y de su sueño de felicidad, que Trump convirtió en inalcanzable por el aumento creciente de la desigualdad social y la disminución de impuestos a las grandes fortunas. A fin de cuentas, es cierto que redujo el desempleo como nadie lo había hecho antes, reactivó la economía interna, enfrentó a la China y hasta a la Unión Europea por su escasa financiación de la OTAN, y proyectó así el espejismo de que América era grande otra vez, pues nadie estaba por encima de ella. Ni siquiera el Acuerdo de Paris para contener la crisis climática, ya que el calentamiento global no existe, igual que el coronavirus es una gripa insignificante que la OMS, una costosa burocracia incompetente, aliada con la China, fue incapaz de alertar y contener oportunamente, según su relato. En fin, esa mezcla habilidosa de medias verdades y grandes mentiras, propaladas y sobredimensionadas por las redes sociales, terminaron convirtiendo en “hechos alternativos” puras ficciones, prejuicios, odios y fantasías que inextricablemente confieren identidad y sentido de vivir a millones de norteamericanos. Por no poder cumplir todo ello, el Aprendiz de estadista de Trump ha sido despedido del show de la democracia, pero está muy lejos de ser derrotado. Todavía se considera invencible y será muy difícil de controlar y expulsar de los escombros en que convirtió el campo de juego democrático.

Primero la familia y su patrimonio

Trump es un rival que se comportará como un vengador implacable, un enemigo mortal con una multitudinaria horda de seguidores. Todo un desafío para Biden, su partido y especialmente para sus copartidarios, los republicanos, que lo conocen y saben que están frente a un timador inescrupuloso, un tramposo inigualable e impune, como tantos otros que abundan en el mundo de la política y en nuestro ubérrimo terruño, que se precian de burlar los impuestos, cambiar a su favor las reglas del juego político y conservar casi intacta su imagen de salvadores y líderes insuperables. Incluso, se sienten capaces, cual monarcas de otrora, de postular a sus leales e incompetentes sucesores al “trono presidencial” o, en el remoto evento de ser expulsados del juego político, de instaurar una familia real, como parece que hará Trump con su hijo mayor, el exitoso empresario Donald Trump Jr[6] y con su hermosa hija Ivanka[7], si es inhabilitado de por vida para postularse a cargos públicos. Como bien lo canta Rubén Blades, “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ¡ay Dios¡”[8]. Cualquier parecido con nuestra realidad política no es coincidencia. Entre nosotros abundan las familias presidenciales con sus destacados delfines, que suelen confundir la patria con la fratría[9] y sus prósperos negocios empresariales, agroindustriales, equinos y ganaderos.



 

[9]Diccionario RAE: “conjunto de hijos de una misma pareja. Sociedad íntima, hermandad, cofradía”.