jueves, octubre 13, 2016

¿Cuáles serán los Otrosí en el Acuerdo Final a los que aspiran los del No?

¿Cuáles serán los Otrosí en el Acuerdo Final a los que aspiran los del No?[1]

Hernando Llano Ángel[2]

Somos doblemente afortunados: no sólo estamos viviendo tiempos difíciles, sino que también vivimos un tiempo de verdades. De algunas verdades que se revelan antes nuestros ojos como imponentes catedrales, y de otras que hay develar y revelar bajo el hilo de los acontecimientos, pero que son todavía más importantes e inverosímiles.

Entre las verdades de la primera categoría, sobresale el resultado del plebiscito del pasado 2 de octubre, que nos revela nuestra incompetencia e ignorancia, como académicos y supuestos científicos sociales, para siquiera aproximadamente predecir el resultado electoral más importante de nuestra vida política nacional en lo corrido del siglo XXI.

Por eso, prefiero recurrir al más acertado hermeneuta de la realidad nacional, Gabriel García Márquez, y dejar de lado a tantos colegas, politólogos y sociólogos brillantes, que hoy nos explican lo sucedido, citando algunos apartes de su ensayo: “Por un país al alcance de los niños”, donde García Márquez nos descubre verdades como que Colombia “Es una patria densa e indescifrable, situada en una encrucijada de destinos, donde lo inverosímil es la única medida de la realidad”.

Y entre las verdades de la segunda categoría, aquellas un tanto crípticas y paradójicas, está la que voy a denominar la Encrucijada de la Transición Democrática, que no es otra cosa distinta que el triunfo POLÍTICO del Sí a pesar de la exigua victoria electoral del No.

En otras palabras, el triunfo de la POLÍTICA sobre la GUERRA, al menos por ahora. Al menos mientras los portavoces y ganadores del NO sigan reconociendo que la GUERRA no es la vía para superar nuestros conflictos políticos, sociales, económicos y culturales. Incluso así los reconoce el senador Álvaro Uribe Vélez, en el primer renglón de su comunicado victorioso:

“El sentimiento de los colombianos que votaron por el Sí, de quienes se abstuvieron y los sentimientos y razones de quienes votamos por el No, tienen un elemento común: todos queremos la paz, ninguno quiere la violencia. Pedimos que no haya violencia, que se le de protección a la FARC y que cesen todos los delitos, incluidos el narcotráfico y la extorsión. Señores de la FARC: contribuirá mucho a la unidad de los colombianos que ustedes, protegidos, permitan el disfrute de la tranquilidad.”

Lo anterior significa en la realidad el triunfo del Sí, de quienes siempre hemos sostenido que la POLÍTICA es superior a la GUERRA. Que la POLÍTICA nos permite afirmarnos como seres humanos, en nuestra inagotable e invaluable diversidad y pluralidad vital, mientras que la guerra nos niega y degrada a todos y todas en nuestra común condición humana, pues no reduce a la uniformidad gris del dolor y la muerte, donde todos somos fatal y lamentablemente iguales. Es por ello que la Academia Noruega ha otorgado el premio Nobel de la paz al presidente Santos, porque la comunidad internacional reconoce que política, ética  y vitalmente la PAZ es superior a la GUERRA.
Como sencilla y enigmáticamente lo dijera Hannah Arendt: “La política es estar juntos los unos y los otros de los diversos”. En efecto, hoy en el país  estamos juntos los Unos del No y los otros del Sí, además de los diversos que son esa inmensa mayoría de colombianos que no voto (63%), a pesar de que estaba en juego aquello que garantiza la vida y presupone el reconocimiento de la dignidad de todos: La PAZ POLÍTICA.

Pero también están en nuestro país los diversos de las FARC-EP, que hoy continúan armados y en suspenso, porque una pírrica mayoría de menos de 60.000 ciudadanos y ciudadanas lo quisieron así: que continuaran siendo militarmente diversos y potencialmente peligrosos en lugar de comenzar a ser civil, políticamente diversos y potencialmente inofensivos, como lo somos todos, cuando nos reconocemos como ciudadanos.

De esta forma, obstruyeron el tránsito y la conversión irreversible que ya iniciaron de la GUERRA a la POLÍTICA. O si quieren, en un lenguaje antipolítico y belicista, que dejaran de ser "narcoterroristas" y empezarán a ser ciudadanos. Es la seguridad y velocidad de esa conversión lo que el NO ha frenado y tiene a toda la sociedad en suspenso. Es por ello, que los del NO ahora tienen la mayor responsabilidad histórica de NO frustrar la consolidación de la vía POLÍTICA y lanzarnos de nuevo al abismo insondable de la GUERRA, donde todos perdemos, exigiendo OTROSÍ imposibles de agregar al Acuerdo Final alcanzado con las FARC-EP.

Pero somos nosotros, los del Sí, quienes tenemos ahora la iniciativa política, como lo hemos demostrado en las calles y las plazas públicas, liderados por los estudiantes y las víctimas, para evitar que los del NO dilaten esta oportunidad histórica y jueguen arteramente con cálculos mezquinos para la campaña presidencial de 2018 y generen una hecatombe de ingobernabilidad, como advertía en el pasado el entonces presidente-candidato Uribe Vélez, y de alguna forma lo cumplió proféticamente con los “falsos positivos” y la violación sistemática de la Constitución de 1991, haciendo trizas la división de las ramas del poder público, expiando a los magistrados de las Altas Cortes, convirtiendo al Departamento Administrativo de Seguridad en un apéndice de la criminalidad paramilitar y desatando una persecución constante contra periodistas y miembros de Organizaciones No Gubernamentales a quienes calificó de “Traficantes de Derechos Humanos”.

Ya es hora de que los del NO comprendan, después de más de 52 años de guerra, con por lo menos 220.000 víctimas mortales y cerca de 8 millones de colombianos y colombianas desarraigadas y materialmente despojadas de su ciudadanía, que la “Política es no estar de acuerdo, sin que por ello tengamos que matarnos”. Porque no hay duda que los de las FARC-EP ya lo entendieron y han empezado a reconocer que nada los ha deslegitimado y desprestigiado más que la violencia y aquella nefasta concepción según la cual “la guerra es la continuación de la política por otros medios” que, entre otras cosas, Clausewitz la expresara para referirse a la guerras napoleónicas, entre Estados europeos, y no al interior de ellos, entre sus ciudadanos.

Si los del NO, especialmente sus líderes comprenden la política democráticamente  y actúan coherente y honestamente, entonces la encrucijada se superará políticamente, pero sí no tienen las habilidades, las competencias y la responsabilidad histórica para ello, entonces la encrucijada se transformará en una emboscada militar indefinida e incierta, donde todos perderemos, especialmente los más pobres convertidos de nuevo en masa de maniobra militar y en carne de cañón.

Aunque esta última y terrible realidad parece no preocupar mucho a representantes a la Cámara por el Centro Democrático como María Fernanda Cabal, cuando define el Ejército Nacional como “una fuerza letal, que entra a matar, sin tocar ni preguntar”. Ya va siendo  hora que los del CD comprendan y aprendan dos sabias y esenciales verdades sobre la democracia, enseñadas por la historia, esa maestra de la vida de los pueblos, y expresadas así respectivamente por James Bryce y Robert Dahl.
1-     
“   "La democracia es una forma de gobierno que permite contar cabezas en lugar de cortarlas”. Sin duda, el domingo 2 de octubre vivimos un momento democrático, el más pacífico en medio siglo, pues se pudieron contar las cabezas para tomar una decisión que nos permitiría resolver nuestros conflictos y diferencias hacia el futuro sin matarnos. Sin cortar más cabezas. Una de las cuales incluso podría ser la  nuestra. Lamentablemente ello no fue comprendido por la inmensa mayoría que no concurrió a las urnas –poniendo así en riesgo hacia el futuro incluso su propia cabeza— y  tampoco por una exigua mayoría que con su NO permitirá que eventualmente se sigan cortando cabezas, pues NEGARON con su decisión que los exguerrilleros de las FARC-EP, convertidos en políticos, SIN ARMAS Y SIN VIOLENCIA, puedan  algún  día postularse para ser elegidos democráticamente a cargos estatales por aquellos ciudadanos que así lo quieran libremente.

Obstinadamente  los del NO votaron para que los de la “Far” continuaran siendo llamados “narcoterroristas” y poder así seguir eligiendo, con la mejor conciencia de “buenos ciudadanos” y con “seguridad inversionista”, a unos líderes y gobernantes que viven obsesionados en cortarle políticamente la cabeza a los comandantes de la Far, como si fueran una “venenosa culebra”, recluyéndolos en prisión sin que puedan participar en política. De no ser posible su exclusión de la arena política, entonces queda el recurso de encomendar a otros esa sangrienta y desagradable tarea, a quienes  llaman “héroes de la democracia y la Patria”, sin deparar en los métodos que utilicen, pues se trata nada menos que de matar una venenosa y mortal culebra.

De allí que si uno de los OTROSÍ de los del NO es impedir a toda costa la participación  política de los comandantes actuales de la “Far”, formulada como una exigencia inamovible --pues con los “narcoterroristas” no se habla y mucho menos de democracia-- la deriva será efectivamente el terror y el autoritarismo, haciendo fracasar esta incipiente transición democrática y convirtiéndonos a todos los ciudadanos en los chivos expiatorios de su hybris personal, de su codicia empresarial sin límites y de su maniqueísmo fariseo, que nos divide artificialmente a los colombianos entre “buenos y malos ciudadanos”. Siendo ellos supuestamente los  buenos, los de la Derecha: “situados a la diestra” del Statu Quo, católicos y evangélicos[3], de familias honorables, emprendedores, trabajadores, virtuosos, verracos y machos, enfrentados en una lucha sin cuartel contra los malos y perversos de la Izquierda: “situados a la siniestra” del Establecimiento, incrédulos o ateos, de familias sospechosas, parásitos del Estado, “traficantes de derechos humanos”, “guerrilleros vestidos de civil”, hedonistas, viciosos, melifluos y “maricas”.

2-      La segunda verdad la expresa elocuentemente Dahl, cuando nos advierte: “La democracia comienza en el momento –que llega después de mucho luchar—en que los adversarios se convencen de que el intento de eliminar al otro es mucho más oneroso que convivir con él”.

Los del Sí hemos comprendido plenamente esta verdad, el Gobierno de Santos y las FARC-EP también, pero los del NO están muy lejos de comprenderla, pues quieren eliminarlos políticamente impidiéndoles su participación en la vida pública del país y su legítimo y democrático derecho de acceder a cargos estatales respetando todas las reglas del juego democrático, a las que aceptaron someterse con la protección vital y real de un Estatuto de la Oposición. Y para impedirlo, los del NO, no escatimaron nada en la utilización más irresponsable y burda del miedo y la ignorancia, como se deduce de las declaraciones del gerente de la campaña, Juan Carlos Vélez Uribe, porque lo importante era que la gente “votara verraca”, con odio, la pasión por excelencia de la violencia, el crimen y la guerra.

¿Cómo se puede formar ciudadanía con una oposición que fomenta semejantes pasiones en sus seguidores, lideradas por maestros en la mentira, la manipulación y el cinismo, que se ufanan de llevar a sus electores a votar en las urnas con verraquera?  ¿Qué tipo de lealtad a los valores esenciales de la democracia, como son la deliberación pública sin mentiras y engaños y el respeto y la transparencia con la ciudadanía, cabe esperar de una oposición como la que ejerce el Centro Democrático?   

Basta hacer un somero análisis de la estrategia victoriosa del Centro Democrático para comprender su concepción y práctica de la política, radicalmente antidemocrática  --aunque su líder se vanaglorie de ser un demócrata integro, pura sangre, y cabalgue sobre ellas, la guerra y la “democracia”, con pleno dominio y cinismo sin derramar una gota de tinto y bilis, pues su discurso y práctica política están inscritos en ese registro maniqueo, moralizante y fundamentalista, que niega totalmente la política democrática pues convierte la vida pública en  una representación social de un combate a muerte de los buenos contra los malos.

En ese grotesco tinglado –sobredimensionado por medios de comunicación frívolos y periodistas mediocres--  los “buenos ciudadanos” son los que votaron por el NO y apoyan incondicionalmente el Statu Quo y su paz, definida así en el Comunicado de la victoria: “la libertad, la justicia institucional, el pluralismo y la confianza en el emprendimiento privado”, consignas inconfundibles de quienes sin vergüenza y con toda legitimidad se identifican y autodefinen de derecha. Mientras que los que votaran por el SÍ, supuestamente estaban a favor del “castrochavismo”, la impunidad de “la Far” y sus crímenes, la destrucción de la familia cristiana y la promoción de una maléfica ideología de género, que si no se la rechazaba y conjuraba con un NO rabioso, convertiría a Colombia en pocos años en una especie de Sodoma y Gomorra.  

Algunos dirán que estoy caricaturizando y cayendo precisamente en lo que crítico, es decir, el maniqueísmo polarizador y demoníaco. Pero no es así, basta citar el Comunicado de la victoria del NO, leído por quien se reclama en forma oportunista y abusiva su máximo líder, el senador Álvaro Uribe Vélez, en los siguientes apartes:

“Reiteramos la necesidad de estimular los valores de la familia, sin ponerla en riesgo. Los valores de familia, defendidos por nuestros líderes religiosos y pastores morales”.
“Insistimos en correctivos para que haya respeto a la Constitución, no sustitución; justicia, no derogación de las instituciones; pluralismo político sin que pueda percibirse como premio al delito”.

Es inevitable en este punto recordar que el presidente menos respetuoso de la Constitución  ha sido precisamente Álvaro Uribe Vélez, quien logró reformarla gracias al delito de cohecho por dar u ofrecer, que hoy tiene condenados a dos de sus exministros: Sabas Pretelt y Diego Palacios, sin olvidar que sus mayorías para aprobar la reelección las obtuvo con senadores y representantes a quienes aupaba para que votaran rápido antes de ir a la cárcel, como en efecto sucedió al ser condenados por concierto para delinquir y constreñimiento al elector por sus alianzas electorales con grupos paramilitares[4].

De la entonces coalición de partidos gubernamentales fueron condenados 51 congresistas, entre Representantes a la Cámara y Senadores, pertenecientes a partidos de la coalición:  Movimiento Colombia Democrática, fundado por Álvaro Uribe con su primo segundo, Mario Uribe Escobar; Cambio Radical, del actual Vicepresidente Germán Vargas Lleras; Colombia Viva; Convergencia Popular Cívica y el Partido Conservador.

Por eso ahora se opone a la Jurisdicción Especial para la paz y propone una “Sala Transicional” en la Corte Suprema de Justicia “con doble instancia, retroactiva por cierto” y agrega: “debería meditarse el efecto sobre quienes no gozan de derechos políticos, como condenados por el proceso 8.000 y la parapolítica, los paramilitares, aquellos que han perdido investiduras de representación y otros 140.000 presos”, para en forma ladina y cínica torpedear la eventual participación de los comandantes de las Farc-Ep en política. Y en cuanto al “pluralismo político sin que pueda percibirse como premio al delito”, también conviene recordar que la ley 975 de 2005 --eufemísticamente llamada de “Justicia y Paz”- originalmente calificó de sediciosos a los paramilitares, es decir, los reconoció como delincuentes políticos, y que fue la Corte Constitucional la que impidió semejante adefesio. Por eso es inevitable retomar este testimonio de “Ernesto Báez”, el Secretario Político de las AUC, cuyo nombre es Iván Roberto Duque (no confundir con el Senador homónimo), que revela cómo fue su asistencia al Congreso de la República, acompañado de Salvatore Mancuso y Ramón Isaza, que aparece en el portal Las dos Orillas: http://www.las2orillas.co/fuimos-al-congreso-por-orden-del-presidente-uribe-ernesto-baez/:

“En política, manejar los tiempos es lo más difícil del mundo, no consideraba yo que ese era el tiempo para ir al Congreso de la República. (…)
(…) Se lo planteé así al doctor Luis Carlos Restrepo: bien pueda lleve dos o tres miembros de esta organización allá, ¡yo no voy!
(…) Me mantuve firme. El día 25 de julio (tres días antes de esa cuestión en el Congreso), en las horas de la noche. Me llamó el doctor Luis Carlos Restrepo: Iván Roberto, necesito mañana a primera hora reunirme con usted de carácter urgente, le tengo una razón del doctor Álvaro Uribe Vélez, del presidente, y una instrucción.
-          ¿Qué pasó?-
-          No, no, no hablamos mañana no se me vaya a mover de allá.
Vívida memoria, recuerdo textualmente las palabras del doctor Luis Carlos: el doctor Álvaro Uribe le manda a decir que usted no puede dejar de ir al Congreso, que usted tiene que ir al Congreso y pronunciarse un discurso bien claro allá de lo que son las autodefensas, de lo que ha sido su trayectoria, pero esto no es una sugerencia. Al mejor estilo del expresidente, ahora senador, me ordenó, que así me lo expresó Luis Carlos Restrepo, es una orden que usted se presente al Congreso”.

Y después de este testimonio, es preciso abordar el punto más álgido y crucial, del cual creo  dependerá si avanzamos hacia una transición y consolidación de la democracia o, por el contrario, a la ingobernabilidad y el autoritarismo de un régimen de extrema derecha que prolongaría esta degradada guerra por varias generaciones más. Si, en definitiva, optamos por los argumentos, la persuasión, la movilización ciudadana y los acuerdos en lo que queda de este año o, por el contrario, seguimos tolerando la manipulación maniquea, el miedo y el saboteo a dichos acuerdos, aplazándolos para las elecciones presidenciales del 2018, en medio de un clima incierto donde la violencia puede definir y echar a perder la más certera y preciosa oportunidad que hemos tenido en medio siglo para forjar la paz política y avanzar hacia una transición democrática irreversible.

Y ese punto es, precisamente, cómo nos definimos los colombianos frente a la violencia en el terreno político y las víctimas que ella propicia. Entonces nos volvemos a encontrar una verdad atroz y paradójica, que ha pasado casi inadvertida, como es que junto al menor número de víctimas mortales por enfrentamientos armados entre las FARC-EP y la Fuerza Pública en los últimos 51 años, documentadas por el Centro de Análisis y Recursos del Conflicto Armado (CERAC), también, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas, en  el 2015, 63 defensores de derechos humanos fueron asesinados y es la cifra más alta en los últimos 20 años. Desde la fundación de la Marcha Patriótica, hace cerca de cuatro años, han sido asesinados 120 de sus miembros[5]. Entre 1994 y 2014, fueron asesinados 638 defensores de Derechos Humanos, es decir, un promedio de 32 víctimas mortales por año, según cifras de la Fiscalía General de la Nación. Y estas víctimas pasan desapercibidas. Como si esta violencia fuera anodina, insignificante, inexistente, simplemente porque son anónimos líderes populares comprometidos con la promoción y defensa de los derechos humanos, causa que para el Centro Democrático parece ser motivo de sospecha y estigmatización (“mercaderes de Derechos Humanos”) y pone en grave “peligro” su “democracia” de mercaderes, cuya precisa denominación sería mercadocracia.

Sobre estas víctimas no hay una sola palabra en el comunicado del Centro Democrático, pero sí hay palabras de “afecto y solidaridad con nuestros soldados y policías, las Fuerzas Armadas de la democracia” –no por haber sido víctimas- sino para “que se permita un alivio judicial que no constituya impunidad”. Entonces inevitablemente uno tiene que concluir que para el Centro Democrático y sus millones de seguidores hay una violencia buena, la institucional, cobijada por una presunción de legitimidad, porque protege esos valores del comunicado que no son otros que la Tradición del Statu Quo, sus privilegios económicos y hegemonía política; la Familia de los “líderes religiosos y pastores morales” y la Propiedad Privada, pues “la economía del país está en dificultades, que podrían agravarse con los acuerdos”. Tradición, Familia y Propiedad. La preocupación central es la economía política de la violencia --no contener o evitar que el número de víctimas siga aumentando--  mucho menos que se conozca la verdad exhaustiva sobre los crímenes de lesa humanidad, consignada en el Acuerdo Final en la Jurisdicción Especial para la Paz[6], para que todos los responsables de crímenes, tales como las desapariciones forzadas, torturas y ejecuciones extrajudiciales o “falsos positivos”, reconozcan plenamente su responsabilidad, sin eludirla, como siempre ha sucedido en la Justicia Ordinaria, especialmente en el caso de los máximos determinadores que gozan de fuero especial. Tal es la máxima preocupación del senador Álvaro Uribe Vélez y por eso propone leguleyamente[7] la “Sala Transicional” en la Corte Suprema de Justicia “con doble instancia, retroactiva por cierto” y ruega por “un alivio judicial que no constituya impunidad” para “nuestros soldados y policías, las Fuerzas Armadas de la democracia”.

Obviamente la pregunta final es ¿Se podrá hablar de una democracia que se edifica sobre la sangre de víctimas civiles inermes y donde sus exmandatarios están más interesados en el intercambio de impunidades que en el conocimiento de las verdades de todos los responsables de tanta ignominia? ¿Estaremos asistiendo al comienzo de un tiempo de verdades o toleraremos que se dé una vuelta de tuerca más al  tiempo de las mentiras y las imposturas oficiales en nombre de la “democracia y el Gran Acuerdo Nacional?”[8]. La respuesta, obviamente, depende de nosotros, como ciudadanía, pues ya conocemos la de ellos, siempre adornada con enormes mentiras institucionales: “la defensa de la Constitución y de la democracia más antigua y estable de América Latina” contra el “narcoterrorismo” y el “castrochavismo”.




[1] - Intervención en el Foro realizado el 12 de octubre de 2016 “¿Y ahora qué?”, convocado por  estudiantes de Democrítica de la carrera de Ciencia Política en la Universidad Javeriana de Cali, Auditorio Almendros.

[2] - Profesor Asociado Departamento de Ciencia Jurídica y Política. Pontificia Universidad Javeriana Cali.


[3] - Un significativo testimonio es este mensaje de, Daniel Torres, jugador de la selección de fútbol colombiana: http://www.pulzo.com/nacion/cristianos-frente-plebiscito/PP137824

[4] - Al respecto, ver este revelador informe de Verdad Abierta, “De la Curul a la Cárcel”: http://www.verdadabierta.com/component/content/article/63-nacional/4800-de-la-curul-a-la-carcel


[6] - “Acuerdo sobre las Víctimas del Conflicto. El Reconocimiento de Responsabilidad: Cualquier discusión de este punto debe partir del reconocimiento de responsabilidad frente a las víctimas del conflicto. No vamos a intercambiar impunidades”. (Acuerdo Final, página 112).

[7] - “En cada uno de nosotros cohabitan, de la manera más arbitraria, la justicia y la impunidad; somos fanáticos del legalismo, pero llevamos bien despierto en el alma un leguleyo de mano maestra para burlar las leyes sin violarlas, o para violarlas sin castigo” Gabriel García Márquez.

[8] - “Nos han escrito y oficializado una versión complaciente de la historia, hecha más para esconder que para clarificar, en la cual se perpetúan vicios originales, se ganan batallas que nunca se dieron y se sacralizan glorias que nunca merecimos. Pues nos complacemos en el ensueño de que la historia no se parezca a la Colombia en que vivimos, sino que Colombia termine por parecerse a su historia escrita”. Gabriel García Márquez.

domingo, septiembre 11, 2016

PROCLAMA CIUDADANA POR LA VIDA, LA PAZ, LA POLÍTICA Y LA RECONCILIACIÓN NACIONAL


PROCLAMA CIUDADANA POR LA VIDA, LA PAZ,  LA POLÍTICA Y LA RECONCILIACIÓN NACIONAL

Hoy las colombianas y colombianos estamos frente a la oportunidad más valiosa de nuestras vidas, pues con nuestro voto en el plebiscito del  próximo 2 de Octubre podremos contribuir a liberar y rescatar la política del laberinto mortal de las armas, la violencia, el odio y la venganza en que ha estado extraviada durante más de cinco décadas:
-         
     Con nuestro SÍ en las urnas apostaremos por la Vida y la De-liberación política,  diciendo NO a la guerra y a su confrontación mortal.

-     Con nuestro SÍ en las urnas impediremos que se abran más trincheras y haya menos tumbas.

-      Con nuestro SÍ en las urnas empezaremos a limpiar el campo de minas antipersonal, cultivos de uso ilícito, minería criminal y fosas comunes.

-      Con nuestro Sí en las urnas rechazaremos la división maniquea, falsa y mortal entre vencedores y vencidos, demócratas y terroristas, buenos y malos ciudadanos, y contribuiremos a reconciliarnos como ciudadanas y ciudadanos, para que NUNCA MÁS Colombia se divida y desangre entre víctimas y victimarios.

-           Con nuestro SÍ en las urnas contribuiremos a que la justicia abandone su pedestal punitivo, deje de ser ciega y sólo castigadora. Con nuestro voto, diremos SÍ a una Jurisdicción Especial de Paz, que buscará con los ojos abiertos la verdad y estará consagrada a la reparación de todas las víctimas y la reconciliación política nacional.

-          Con nuestro Sí, promoveremos una justicia que vaya más allá de sentencias que dividen a los colombianos entre supuestos inocentes intocables y presuntos culpables absolutos, comprometida en la búsqueda de la verdad, la reparación de las víctimas y la reconciliación nacional, sustentada en los testimonios verídicos de todos  aquellos que con sus decisiones y actos propiciaron o ejecutaron graves violaciones a los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario. Una Justicia, por tanto, que impedirá la impunidad y esclarecerá la responsabilidad de quienes con sus acciones u omisiones hayan perpetrado o auspiciado crímenes de lesa humanidad, sin concederles  amnistía o indulto alguno.

-          Con nuestro Sí en las urnas apoyaremos un Acuerdo que nos permitirá a todas y todos reconocernos  --sin ninguna exclusión--  en nuestra portentosa dignidad de colombianas y colombianos, como ciudadanos y ciudadanas responsables de  esta tierra y forjadores de un destino común, que heredarán y compartirán en paz nuestras futuras generaciones. 

-     Con nuestro Sí en las urnas empezará a desaparecer ese abismo insondable de insolidaridad e indolencia entre la ciudad y el campo. Entre un mundo de oportunidades y derechos en las ciudades frente a un campo sembrado de exclusiones y obligaciones para las mayorías trabajadoras. Entonces la ciudadanía plena –civil, política y social-- se cultivará en el campo y por fin crecerá y germinará la paz en toda la nación.

-          En fin, con nuestro Sí en las urnas, estaremos afirmando la Vida, liberando la Política de la violencia y el crimen, promoviendo una Justicia de Verdad, Reparadora, Reconciliadora y forjadora de Paz, dejando atrás una Justicia obcecada en impartir sólo penas y condenas, vengadora y revanchista.

-          Con el NO en las urnas estaremos perpetuando la Guerra con su estela de muerte, atando la Política a la violencia y el crimen y  haciendo de la Justicia un ejercicio de revanchas infinitas, pues las sentencias que dictarán con ignominia los vencedores de hoy serán cobradas mañana por los hijos de los vencidos aún con mayor violencia  en otra guerra,  y así de generación en generación.

-          El próximo 2 de octubre de 2016 tenemos una cita con la vida, la paz, la política, la verdad, la justicia y la reconciliación nacional. Pero sobre todo un compromiso de humanidad con la memoria de todas las víctimas de este atroz, prolongado y vergonzoso conflicto, para que nuestras futuras generaciones NUNCA MÁS vivan en una sociedad dividida entre víctimas y victimarios y puedan convivir dignamente como ciudadanos. Es impostergable e ineludible votar por el Sí. Es un acto de conciencia, dignidad y  humanidad.

-          Como hermosamente lo expresará García Márquez en su lúcido ensayo “Por un país al alcance de los niños”, el Sí nos permitirá encauzar “la inmensa energía creadora que durante siglos  hemos despilfarrado en la depredación y la violencia, y nos abrirá al fin la segunda oportunidad sobre la tierra que no tuvo la estirpe desgraciada de Aureliano Buendía. Por el país próspero y justo que soñamos: al alcance de los niños”.
Si comparte usted ésta Proclama Ciudadana, lo invito a reproducirla y difundirla ampliamente.

Cali, septiembre 10 de 2016.
Hernando Llano Ángel. 
Profesor Asociado Departamento de Ciencia Jurídica y Política
CC 16.611.463 de Cali.

lunes, junio 27, 2016

La paz está herida pero la guerra está muerta

     
(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

Hernando Llano AngelLa responsabilidad de hacer la paz recaerá sobre todos los colombianos. Comencemos  por reconocer que las banderas morales que esgrimieron tanto la guerrilla como el Estado deberán olvidarse para que la política le ponga punto final a esta guerra degradada. 

Hernando Llano Ángel*

Procesión de víctimas de la Masacre de Bojayá en el departamento de Chocó.

No hay paz perfecta

Como bien dijo el senador Álvaro Uribe en su mensaje a la opinión de esta semana, “la paz está herida" : por eso mismo depende de todos los colombianos que la paz sane y que recobre plenamente la vida.
Sin embargo el anuncio del presidente Santos y de las FARC desde La Habana es todavía más importante: la guerra está moribunda.
Depende fundamentalmente de nosotros y de nuestro compromiso (no tanto de Santos, ni de Uribe, ni de las FARC, ni de la comunidad internacional) que la paz recobre su salud y fecunde generosamente sus frutos en nuestra tierra para beneficio de todos. Esto dependerá de si somos capaces de sepultar rápidamente la guerra y permitirle que descanse en paz, eternamente, sin prolongar artificialmente su vida.
El mayor peligro que en este momento nos acecha es la búsqueda de una paz perfecta, pues esta no existe en este mundo, que siempre estará lleno de conflictos y rencillas por resolver. Esto sería como hacer depender la paz de una justicia perfecta o de una discutible e incierta igualdad social. Si nos empecinamos en estos elementos, estaremos condenados a prolongar eternamente la guerra, con su secuela inacabable de dolor, degradación y víctimas.
Ya es hora de abandonar esos espejismos fatales, pues todos conocemos sus resultados: más de 220.000 víctimas mortales, de las cuales el 81,5 por ciento fueron civiles, y el mayor número de desplazados internos del mundo, cerca de 7 millones de compatriotas que han perdido sus parcelas y sus derechos vitales.
Además, ¿quién tiene el derecho a definir lo que significa una “paz perfecta” o una “justicia perfecta”? ¿Un Estado? ¿Un líder político? ¿Un partido o una guerrilla? La respuesta es simple: nadie. Por eso es responsabilidad de todos y todas que esta tragedia no se siga repitiendo en suelo colombiano.
Hoy tenemos una valiosa oportunidad política y una inmensa responsabilidad ética. Ningún ciudadano o ciudadana puede eximirse. Nos llegó la hora de la verdad. Para tomar una decisión tan trascendental vale la pena reflexionar sobre nuestra responsabilidad frente al pasado, el presente y el futuro.

Un pasado ignominioso

El Presidente Santos y Rodrigo Londoño luego de la firma del acuerdo de Cese al Fuego.
El Presidente Santos y Rodrigo Londoño luego de la firma del acuerdo de Cese al Fuego.
Foto: Oficina del Alto Comisionado para la Paz
Sobre el pasado, lo primero que tendríamos que reconocer es que este nos deja un vergonzoso saldo en rojo y una deuda de humanidad con cientos de miles de víctimas que tenemos que honrar. Y la primera y mejor manera de hacerlo es impedir que la guerra cobre más víctimas.
La segunda consiste en que los protagonistas de la guerra reconozcan sin ambages que en su obsesión por vencer al enemigo incurrieron en numerosas acciones degradantes e inhumanas, moralmente injustificables y políticamente ilegítimas. Ellos son los primeros que deben contar toda la verdad, para empezar a reparar a las víctimas.
¿quién tiene el derecho a definir lo que significa una “paz perfecta” o una “justicia perfecta”?
La primera verdad que deberían reconocer es su desvarío y soberbia, que todavía hoy ocultan bajo valores, principios, políticas y consignas que mancillaron y arruinaron con la sangre de sus víctimas.
En nombre de supuestos valores como “democracia”, principios como “Estado de derecho”, políticas como “seguridad democrática” y consignas como “revolución” o “justicia social” cometieron masacres, asesinatos, desapariciones, secuestros, “falsos positivos” y desplazamientos masivos.
Ni uno solo de los anteriores crímenes puede ser justificado ni legitimado ante las víctimas y sus sobrevivientes. Tampoco ante la conciencia ciudadana. Si esta los acepta estaría perpetuando eternamente la revancha y la venganza de nuevas generaciones, que más adelante, en nombre de la “justicia”, la “verdad” o las “instituciones democráticas”, tratarán de ajustar cuentas con los victimarios victoriosos.

La justicia transicional

En este contexto, la justicia transicional es imprescindible pues la degradación en que incurrieron todos los responsables directos de la guerra impide objetiva y legalmente declararlos inocentes plenos o culpables absolutos. Todos son responsables, según su mando y papel, de los actos cometidos o de las omisiones consentidas.
Estos actores deberían asumir explícitamente su responsabilidad para empezar a reparar a sus víctimas y honrar a sus familiares sobrevivientes, contando toda la verdad, sin refugiarse en ideologías o en dignidades gubernamentales. Ya pasó la hora de los comandantes y los héroes impunes; también la de los gobernantes inmunes. A todos les llegó la hora de las verdades y las responsabilidades históricas. Deben hacerlo para dejar de reclamar una dignidad y una identidad que ya perdieron, bien como revolucionarios o como estadistas, al ordenar, consentir o tolerar crímenes tan crueles y degradantes.
El dolor de las víctimas es igual, sin importar la legalidad o ilegalidad de su victimario. Ni el estadista ni el comandante revolucionario pueden reclamar  superioridad moral después de medio siglo de atrocidades. Por eso todos deben someterse a una justicia excepcional, que es la transicional, donde la culpabilidad es desplazada por la responsabilidad de la verdad, el castigo por la reparación a las víctimas, y la condena por la reconciliación con el enemigo de ayer, para permitir que la paz sea un ejercicio de la política y no siga siendo un botín disputado y arruinado por la guerra.
Se trata de construir la paz en serio, justamente entre los que ayer hicieron la guerra y cometieron los crímenes más repudiables creyendo obrar en defensa de valores y convicciones superiores. Quien aspire a ver a su enemigo de ayer tras las rejas implícitamente dice que él es moralmente superior a su adversario, cuando en realidad ambos comparten una responsabilidad similar por lo acontecido, ya sea por su acción o por  omisión como comandante guerrillero, como jefe de Estado o como líder político.
En estos casos la justicia no cede ante la paz, sino que la política se impone sobre la guerra, pues solo quienes aspiran a vencer en un campo de batalla pueden recluir a los vencidos en cárceles y negarles todo derecho a seguir existiendo políticamente.
¿Será esa la paz sin impunidad que pregona el Centro Democrático? De ser así nos esperan muchos años más de guerra e ignominia en la búsqueda irresponsable y moralmente criminal de una “justicia sin impunidad”, con el costo inadmisible e insufrible de la paz perfecta de las tumbas y las fosas comunes.

El presente y el futuro

El Ex-presidente y Senador por el Centro Democrático, Álvaro Uribe Vélez.
El Ex-presidente y Senador por el Centro Democrático, Álvaro Uribe Vélez.
Foto: Congreso de la República de Colombia
En lugar de ese futuro de vengadores implacables y gobernantes irresponsables e impunes, los ciudadanos tenemos frente a nosotros un presente de responsabilidad y un futuro de reconciliación.
Ni el estadista ni el comandante revolucionario pueden reclamar  superioridad moral después de medio siglo de atrocidades.
Tenemos la responsabilidad de valorar lúcida y sensiblemente el dolor de las miles de víctimas de esta guerra, más allá de las pasiones y los maniqueísmos viscerales que pretenden eximir a unos de toda responsabilidad y darle a otros toda la culpa.
Los ciudadanos deberíamos reconocer que no estamos dispuestos a vivir más en una sociedad dividida eternamente entre víctimas y victimarios, vencidos y vencedores, y comprometernos ética y políticamente a construir una sociedad reconciliada, por fin democrática, donde todos tengamos iguales derechos y oportunidades. Sin concederle a nadie, por ninguna razón, la potestad para disponer de la vida de sus semejantes en aras de absolutos inalcanzables como la “paz perfecta” o la “justicia perfecta”.
Esa es la inmensa responsabilidad que debemos asumir si se convoca el plebiscito: sustituir para siempre las tumbas por las urnas, la guerra por la política, las víctimas y los victimarios por la ciudadanía y por fin construir y vivir en un Estado democrático, que haga imposible para siempre la simbiosis mortal de la política con las armas.

* Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá, profesor Asociado en la Javeriana de Cali, socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca. Publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com. 
@HernandoLlano

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lunes, mayo 02, 2016

JUSTICIA Y PAZ: MÁS RESPONSABILIDAD Y MENOS CULPABILIDAD

JUSTICIA Y PAZ: MÁS RESPONSABILIDAD Y MENOS CULPABILIDAD


Hernando Llano Ángel.

Una adusta e inquietante Señora, ataviada de negro, blandiendo amenazante en su mano derecha una herrumbrosa espada y portando en la izquierda una bamboleante e inexacta balanza, recorre el mundo de la política. Su deambular es ambiguo e incierto, zigzagueante, va de tumbo en tumbo, de la derecha a la izquierda, sin rumbo claro, con los ojos vendados. Por eso no genera confianza e infunde terror a todos. En la mayoría de las ocasiones no la guía la lucidez, ni el derecho, sino la revancha y la venganza, difuminadas entre normas e incisos, que sirven también para ocultar la verdad y garantizar impunidad. Casi siempre desenvaina su espada para defender privilegios y excepcionalmente para “deshacer entuertos”. En su balanza el fiel está desajustado y oscila arbitrario entre la derecha o la izquierda, según la simpatía de sus operadores y las circunstancias.

Últimamente se le ha visto en malos pasos. Deambula extraviada, entre sonámbula y funámbula, por los laberintos penumbrosos de la política. Allí suele perder el equilibrio y es asaltada, manoseada y vejada por una pandilla de oportunistas y ambiciosos, ataviados con elegantes trajes y finas maneras, que ocultan bien sus identidades e intereses de mercaderes y depredadores, tras una cuidadosa y engañosa fachada de políticos y servidores públicos.

Pero en ocasiones la Señora Justicia escapa de sus captores, se libera, recobra su independencia y dignidad. Se levanta y empieza a caminar sin dar tumbos, sin complacer a sus aduladores, tratando de resarcir a las víctimas de la soberbia de los privilegiados y la venganza de los humillados, sin más horizonte que la búsqueda de verdades y sentencias que hagan posible la vida y el reconocimiento de la dignidad de todos. Comenzando por las víctimas y contando para ello con el compromiso y también la verdad de los victimarios, ya que sin ella jamás habrá justicia y menos posibilidad de reconciliación política. Así, va dejando atrás su obsesión tanática en los castigos y las penas, pues en el fondo sabe que su labor está más cerca de la vida que de la muerte, de las sentencias que reparan víctimas y regeneran victimarios, que de aquellas que aplacan odios y destruyen vidas.

Va comprendiendo, no sin dificultades y contra la oposición radical de justicieros situados a la derecha y la izquierda, que el sentido profundo y auténtico de su actividad no es punitivo sino regenerativo. Para ello tendrá que abandonar su gris y fúnebre indumentaria; quitarse la venda y abrir lucidamente sus ojos; liberarse de espadas violentas y balanzas adulteradas. En fin, reconocer su condición humana y terrenal, renunciando a su falsa superioridad e ínfulas de Señora trascendental, situada en un pedestal inaccesible, obsesionada en castigar y atemorizar en lugar de reparar y reconciliar.

Por nuestra parte, tendremos que aceptar que la convivencia y la paz no dependen exclusiva y esencialmente de lo que haga o deje de hacer la Señora Justicia. Pues nunca forjaremos la paz, ni alcanzaremos la regeneración, reparación y reconciliación en sociedades maniqueas como la nuestra, donde un bando de “virtuosos y justos impolutos” se arroga el derecho de juzgar y condenar al otro bando de “malos y perversos absolutos”. Pues en este tipo de sociedades se ha sustituido el foro de los derechos y la justicia por un escenario dantesco y violento donde se enfrentan a muerte los “buenos” contra los “malos”; los “patriotas” contra los “traidores”; los “demócratas” contra los “terroristas”;  los “cristianos” contra los “paganos” ; los “ciudadanos de bien” contra los del “mal”. 

Hasta llegar a extremos tan absurdos de ya no poderse reconocer y ni siquiera hablar en las familias y los lugares de trabajo, los colegios y las universidades, los unos con los otros, los de la derecha con los de la izquierda, los creyentes con los agnósticos, los del gobierno con la oposición. Este es el deplorable escenario que tenemos que empezar a dejar atrás, si queremos vivir como humanos, y olvidarnos de que somos “santos” o “demonios”, situados a la “diestra” o la “siniestra”, y reconocer simplemente que estamos más allá de esa falsa dicotomía. Que todos somos responsables, obviamente en la medida de nuestros cargos y roles, de la justicia o la injusticia, de la paz o la guerra, del odio o la reconciliación, de la vida o la muerte. Del abuso del victimario y del sufrimiento de la víctima. En fin, que no somos ni inocentes, ni culpables, pero que siempre seremos responsables de lo que decimos y hacemos, de lo que callamos y consentimos. Quizás así dejaremos atrás esta vergonzosa sociedad donde pululan las víctimas, los victimarios, los vengadores y los justicieros, y empecemos a vivir simplemente como ciudadanos. Con más responsabilidad y menos culpabilidad, con más política y menos punibilidad, donde la ciudadanía prevalezca sobre la exclusión y la marginalidad, siendo por ello menos necesarias la penas y las cárceles, pues habrá un mundo de derechos y de libertades al alcance y ejercicio de todos. De eso se trata fundamentalmente la paz.

Marzo 12 de 2016.

ellano@javerianacali.edu.co


La paz es un juego de suma positiva

     
(Tiempo estimado: 4 - 8 minutos)

Delegación de Paz del Gobierno Nacional.

Hernando LlanoSometer  los acuerdos de paz a un plebiscito implicaría un bando ganador y otro bando perdedor. Pero con la paz podemos ganar todos, y esto tiene consecuencias importantes: urge pasar de la polarización a la construcción de confianza.

Hernando Llano Ángel*

Jugando en serio

La teoría de los juegos es una ciencia respetable y compleja, que ha merecido varios premios Nobel, que explica situaciones o procesos muy diversos, que tiene aplicaciones prácticas de altísimo valor, y que a los estudiantes suele causarles dolores de cabeza.
Pero aquí nos bastará con recordar apenas la distinción elemental que está en la base de todo ese andamiaje.  Los juegos – que pueden ser alegres o pueden ser tan trágicos como un conflicto armado- se dividen en tres categorías:
  • Los juegos más conocidos – y menos interesantes- son los juegos “suma cero”, o donde lo que gana un jugador equivale a lo que pierde el contrincante (por ejemplo: apostemos mil pesos al cara o sello); pero también hay
  • Juegos  de “suma positiva”- donde las ganancias totales exceden a las  pérdidas totales- y hay
  • Juegos de “suma negativa”, donde las pérdidas de todos son más que las ganancias de todos.    

Ganemos la paz

Delegación de paz de las FARC.
Delegación de paz de las FARC.
Foto: Facebook FARC-EP
La paz no es como el fútbol, un juego suma cero o donde el triunfo de un equipo significa la derrota del contrario, pagando incluso el precio de su eliminación del campeonato en disputa. Es decir -en el caso del fútbol profesional de Colombia- su exclusión del campo de juego más apreciado por todos los equipos nacionales: las copas o torneos internacionales.
Por eso no deja de encerrar cierta ironía que la selección colombiana de fútbol le haya ganado a Bolivia en  La Paz,  justo un día después que el gobierno y las FARC anunciaran el aplazamiento de la firma del  acuerdo de paz.  La paz es un juego de “suma positiva” es decir, un juego donde ganan todos los participantes – y en este caso los propios guerrilleros y otros actores obtendrían la ganancia más valiosa, la conservación de sus vidas para seguir actuando en el campo de juego mayor de la política-. Por el contrario en la guerra todos pierden. Es un juego de suma negativa, ya que incluso  el vencedor sufre pérdidas, que en este caso son muy considerables.
De lo anterior se siguen varias consecuencias, y entre ellas una de suma importancia política: no tiene mucho sentido someter el eventual acuerdo de La Habana a la aprobación de la ciudadanía mediante un mecanismo como el plebiscito, pues inevitablemente habrá un bando que gana y otro que pierde.
Parafraseando a don Miguel de Unamuno, en la paz se trata de convencer mientras que en la guerra lo que importa es vencer, pese a los costos tan altos.

68 años después

Por eso ya va siendo hora de reconocer que, como hace ya tiempo argumentó el director de  esta revista, “el conflicto armado de Colombia es una guerra de perdedores”. El Estado,   las comunidades, las víctimas, la sociedad en su conjunto y hasta los propios combatientes- -soldados, policías y guerrilleros- hemos pagado precios demasiado altos. Tanto así que las 225 mil muertes  de esta lucha entre el Estado y la insurgencia  superan con creces el número de víctimas de la Violencia entre facciones fratricidas conservadoras y liberales.
Han transcurrido más de 68 años desde el reclamo justo y airado de Jorge Eliécer Gaitán al  presidente Ospina Pérez en su célebre “Oración por la paz”: “pedimos pequeña cosa y gran cosa: que las luchas políticas se desarrollen por la vía de la constitucionalidad”, y todavía no hemos sido capaces de oírlo, aunque así figure solemnemente en el artículo 22 de la Constitución: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”.
Desde esta perspectiva, el gobierno y las FARC se han convertido en prisioneros de la refrendación y corren el riesgo de no permitir que todos los colombianos exploremos  el camino de la paz de una manera imaginativa y creadora. En vez de eso – y tanto el uno como la otra- están  contribuyendo a agudizar la polarización y el veto a la búsqueda de salidas políticas, como de modo claro y radical lo expresaron hace apenas unos días las movilizaciones del Centro Democrático en varias ciudades.
A lo cual viene a sumarse la incongruencia criminal e irresponsable del ELN de pretender avanzar en negociaciones con el gobierno sin renunciar al secuestro y los atentados contra bienes civiles, reforzando el discurso belicista del expresidente Uribe y la desconfianza creciente de la ciudadanía en la paz. Una vez más el ELN demuestra que la violencia hace mucho dejo de ser una bandera de liberación nacional para convertirse en la mejor aliada de las fuerzas más reaccionarias, como también el terrorismo yihadista en Europa está aupando a la extrema derecha.  
Y para completar el panorama nacional de extravío, confusión y sabotaje deliberado a la difícil y difusa senda política de la paz, el narcoparamilitarismo cínicamente se camufla bajo la sigla de “Autodefensas  Gaitanistas de Colombia”, al tiempo que el propio ministro del interior, Juan Fernando Cristo, reconoce que semanalmente es asesinado un líder popular.

En conclusión

Jorge Eliécer Gaitán en el Teatro Municipal, en 1947.
Jorge Eliécer Gaitán en el Teatro Municipal, en 1947.
Foto: Biblioteca Luis Ángel Arango
La estrategia del gobierno nacional para hacer la paz (el “peacemaking” que analizan los especialistas) es decir, para alcanzar formal y solemnemente la firma del cese bilateral y definitivo del fuego, como el primer paso en firme para construir la paz (el “peacebuilding”)  se encuentra bloqueada y extraviada en una especie de limbo político, geográfico y social.  
Un limbo que políticamente limita con la desconfianza mutua, exacerbada por el auge del narcoparamilitarismo, mientras que geográfica y socialmente está aquejada por la búsqueda estatal de lanzar al ostracismo y aislar totalmente de la población campesina respecto de las FARC, confinándola a una especie de gueto o campamento militar.
Vista con objetividad, la pretensión del gobierno va en contravía de lo acordado en el punto dos sobre Participación Política en clave de “apertura democrática y construcción de paz”:
  • ¿Cómo civilizar y politizar a las FARC si obstinadamente se pretende aislar a sus miembros del entorno social y campesino del cual son parte?
  • ¿Cómo romper su relación con las armas si al mismo tiempo se los separa –como un agente infeccioso y peligroso—de la población civil?  
La respuesta a estos interrogantes depende de la construcción de confianza entre las partes y especialmente del acompañamiento de la misión de las Naciones Unidas --a la manera de árbitro imparcial-- para que todos podamos proseguir el “juego suma positiva” de la política sin armas.
Todo lo cual es un asunto mucho más vital y más urgente que el nebuloso y contraproducente plebiscito, completamente inadecuado para abordar la construcción de paz por sus efectos de polarización social, bloqueo y suma cero en el campo del juego político.

* Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá, profesor Asociado en la Javeriana de Cali, socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca. Publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com. 
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lunes, septiembre 29, 2014

Cepeda Versus Samudio: el innombrable, lo inefable y lo inadmisible.

Cepeda versus Uribe: el innombrable, lo inefable y lo inadmisible

(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)
El Senador Cepeda

Hernando LlanoUn debate inverosímil, donde no se podrá interpelar al acusado ni se podrá preguntar sobre el acusado. Pero un debate donde están en juego los mínimos valores de un Estado de Derecho y la responsabilidad de quienes hacen nuestra historia.

Decisión “salomónica”
No cabe duda de que el senador Iván Cepeda tiene un pleito casado con su actual colega el ex presidente Álvaro Uribe Vélez. Pero tampoco hay duda de que la relación eventual entre paramilitarismo y alta política en Colombia es un asunto del mayor interés y prioridad, que por lo mismo debe ser ventilado en el Congreso, como primer foro de nuestra democracia.
También es indudable que la tarea de “control político” por parte del Congreso según quedó prevista en la Constitución se refiere al gobierno y no a los congresistas. Tanto así que el senador Cepeda citó a los ministros del Interior y de Justicia del gobierno Santos, lo cual hicieron notar – ruidosamente- los senadores del Centro Democrático para impedir el debate contra Uribe: “la Ley Quinta, el reglamento del Congreso, no establece que pueda hacerse un debate contra un congresista, y muchísimo menos que puedan llamar a los ministros de un gobierno para enjuiciar a un líder de oposición”.
El mismo Uribe sin embargo, curiosamente se apartó de su bancada para sumarse a los otros 31 senadores que votaron a favor del debate y había dicho en varias ocasiones que pondría la cara. Más adelante insinuó que no estaría presente y aprovechó 18 minutos de la sesión plenaria para negar sus vínculos con los paramilitares, sin que el debate de “control” hubiese tan siquiera comenzado.
Mientras tanto sus compañeros de bancada recusaron al senador Cepeda ante la Comisión de Ética por el hecho de que este congresista había denunciado penalmente a Uribe y era su enemigo (¡como si fueran los amigos quienes deben montarle a uno los debates!). Y entonces vino la decisión salomónica: la Comisión de Ética concluyó que el debate contra Uribe se puede adelantar….sin referirse a Uribe, porque resulta que “el artículo 245 de la Ley Quinta exige que las observaciones o las preguntas sean de contenido general” es decir, según estos juristas, impersonal o abstracto o sin identificar los responsables de las acciones que se están controlando. Y la plenaria del Senado ratificó este fallo salomónico.
Bajo estas condiciones el debate que promueve Cepeda sobre la relación entre la política y el paramilitarismo, esa funesta simbiosis entre el crimen y la política que gravita en forma condicionante y determinante sobre el Estado y la sociedad colombiana durante por lo menos los últimos 30 años, parece que hay protagonistas innombrables, como sucede con el exgobernador, expresidente y hoy senador Álvaro Uribe.

El Senador por el Centro Democrático, Álvaro Uribe
Vélez.
​Foto: Wikimedia Commons
Lo innombrable y lo inefable
Desde luego, lo esencial en el debate no es un nombre, sino la responsabilidad política de un hombre, Álvaro Uribe, quien siendo gobernador de Antioquia, entre 1995 y 1997, al menos por omisión en el cumplimiento de sus funciones, permitió que grupos paramilitares cometieran 939 asesinatos de civiles, según lo reporta el Banco de Datos de Derechos Humanos y Violencia Política del Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP)[1].
Lo inefable es que esa macabra cifra fuera en ascenso durante su administración, pues en 1995 comenzó con 143 ejecuciones extrajudiciales, en 1996 aumentó a 357 y en su último año concluyó con 439 víctimas mortales. En total, como dije, 939 víctimas mortales.
Pero más inverosímil aún es que el gobernador Uribe, en reconocimiento a la labor del entonces Comandante de la 17 brigada militar de Apartadó, General Rito Alejo del Río, lo haya condecorado y además llamado el “Pacificador de Urabá”.
Sin duda, para el innombrable no existe lo inefable, pues en el homenaje que junto a Fernando Londoño Hoyos promovió en el Hotel Tequendama el 29 de abril de 1999, en rechazo a la destitución del general, expresó que "Fue un general extraordinario y lo han tratado de la manera más atroz en que se puede tratar a un héroe nacional”; y agregó que “El General y sus soldados trabajaron para contener a los violentos con una intensidad sin antecedentes. Nadie mejor que el General del Río comprendió que a Urabá había llegado la hora de la paz, el Estado, la ciudadanía, y a fe que avanzó notablemente. En todas partes estaba presente el acompañamiento discreto y eficaz del general Del Río”.
Lo inadmisible
Precisamente por ese “acompañamiento discreto y eficaz”, el general (r) Rito Alejo del Rio fue condenado a 25 años de cárcel como responsable de la Operación Génesis realizada en febrero de 1997, donde fue asesinado el campesino Mariano López Mena.  Hoy el general (r)  Del Río está pagando su condena en las instalaciones de la Policía Militar 13 en Bogotá, donde prácticamente sigue siendo el rey, como se deduce de estos audios divulgados por semana.com. Sin embargo, este tipo de recuentos y discursos del innombrable, como el pronunciado en el hotel Tequendama, no podrán ser citados por el Senador Cepeda en su debate.
Por eso estamos más allá de lo políticamente inefable. Estamos en el ámbito de lo política y éticamente inadmisible, pues de realizarse el debate en esas circunstancias, se estaría corroborando la célebre sentencia de Sartre, según la cual “Nada hay tan respetable como una impunidad largamente tolerada”.
Impunidad que cubre todo el proceso de la ley 975 de 2005 y la desmovilización de los paramilitares, como lo acaba de reconocer Ernesto Báez en  declaraciones para El Espectador al afirmar que “Nosotros seguimos aspirando a decir cosas que no se han dicho. Pero tenemos la sombra del verdugo con la espada permanente sobre el cuello. Por ejemplo, mientras el Inpec esté en manos de la Policía, no podemos denunciar lo que pasó con la Fuerza Pública”. Y agregó: “El coronel Leonardo Ortiz, siendo subdirector del Inpec, se sentó aquí el 1° de diciembre de 2007 y nos dijo: ‘Ustedes están haciendo el papel de traidores. No hay derecho a que le estén haciendo esto al Ejército colombiano, que tuvo tanta cercanía con ustedes. Eso es una traición’. Y entonces cómo contamos la verdad así. Es que nosotros no nos sentamos con un enemigo a negociar. Se negocia entre enemigos. Fue una negociación entre amigos desleales”. Concluyendo que: “A nosotros se nos quiso como a las barraganas, como a las mozas, en la oscuridad de la noche. El Estado participó del conflicto defendiendo intereses de privilegiados. El paramilitarismo salió ileso tras la desmovilización de las autodefensas”.
Y lo más inadmisible, es que sea precisamente dicho innombrable quien exija una paz sin impunidad, con condenas ejemplares y políticamente inhabilitantes para todos los comandantes de las FARC. Comandantes que han empezado a reconocer sus responsabilidades políticas en las atrocidades cometidas en esta guerra degradada y quienes, dicho sea de paso, son identificados con nombres propios todos los días y por todos los medios.
Pero mientras en nuestra sociedad los responsables de tanta ignominia sigan eludiendo la cuota que en ella les corresponda –como en el caso del innombrable- por acción u omisión, nunca será posible la reconciliación nacional. Y mucho menos cuando millones de ciudadanos los respaldan, porque consideran que hay una “violencia legítima”, aquella que defiende sin límites sus derechos y privilegios, con brutal desprecio por la dignidad de todos, independientemente de su condición social, identidad étnica, proyecto político u opción sexual. A propósito del lema de la reciente semana por la paz, el senador Uribe debería ser capaz de aceptar ser llamado por su nombre en el debate que se avecina. De lo contrario le convendría abandonar el Senado, pues allí nadie responde al nombre de Álvaro Uribe Vélez.

* Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá, profesor Asociado en la Javeriana de Cali, socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca. Publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com. 

sábado, junio 28, 2014

UNA SELECCIÓN COLOMBIA EJEMPLAR: POÉTICA Y ÉPICA.

Una Selección Colombia ejemplar: poética y épica (http://calicantopinion.blogspot.com)
Hernando Llano Ángel.
Mientras en Brasil continúan esperando el “jogo bonito” de su Selección, en Colombia estamos deslumbrados con el juego poético y épico de la nuestra. Poético y épico, porque en ningún otro mundial una Selección nos ha regalado tanta felicidad y orgullo nacional como ésta, demostrándonos de lo que somos capaces cuando se juega en equipo. Porque más allá de los tres triunfos inobjetables en línea contra Grecia, Costa de Marfil y Japón, con 9 goles a favor y sólo 2 en contra, lo que cuenta es la certeza de un triunfo colectivo. Al contrario de lo que sucede con Brasil y Argentina, que ganan gracias a sus salvadores: Neymar y Messi, en Colombia gana un equipo, no obstante el goleador sea James Rodríguez. Un equipo victorioso que, además, no cuenta con su máxima estrella internacional: Falcao, porque gracias a Pékerman ha aprendido que el fútbol –como también la política democrática- es un deporte colectivo e integral, no de individualidades geniales y narcisistas. A tal punto que la selección Colombia no juega para James –como si sucede con Argentina y Brasil, que giran en torno a Messi y Neymar— sino más bien lo contrario: James juega para Colombia. Ello quedo demostrado en el segundo tiempo contra Japón, cuando el talentoso e individualista Quintero fue remplazado por James y entonces llegaron los goles colectivos, pues no hay que olvidar que el de Cuadrado en el primer tiempo fue de penalti. De allí la dimensión épica de los triunfos de la Selección, sin importar mucho quién anota los goles, ya que son una obra colectiva, como también se observa en la carnavalesca y alegre celebración de todos sus jugadores. Para no hablar de la hinchada colombiana presente en todos los estadios, que no gratuitamente marcó la tónica de los himnos nacionales cantados y gritados a viva voz, más allá de la breve y protocolaria banda sonora de la FIFA. Por todo lo anterior, es que tenemos una Selección ejemplar, poética y épica, que cuenta con el más singular de los argentinos, un director técnico modesto como Pékerman que no grita, apenas susurra en tono paternal, para afirmar que los triunfos se deben al “trabajo silencioso y colectivo de todos los muchachos”, que se comportan en el campo de juego y por fuera de él como una gran familia. Así lo demostraron en el triunfo sobre Japón, cuando en la cancha lo compartieron y gozaron el portero y jugador más longevo de todos los mundiales, Faryd Mondragón, abrazado con el goleador más joven de este mundial, James Rodríguez. Seguramente porque el triunfo de una Selección como el de una Nación sólo es posible gracias al trabajo en equipo de todas sus generaciones y regiones, desde la más joven y vital hasta la más experimentada y madura, sin violencia y exclusión alguna. Esta es una lección magistral que deberíamos aprender todos los colombianos, celebrando con alegría y en paz los triunfos de nuestro seleccionado para rendirle el homenaje que se merece. Es de esperar que mañana sábado triunfe el futbol épico y poético de nuestra selección sobre la famosa garra charrúa, que no contará con las dentelladas y los goles de su “pistolero” Luis Suárez, una vergüenza para el juego limpio y la democrática y progresista Uruguay. (Junio 27 de 2014).