DEBATES PRESIDENCIALES Y
DEBACLE NACIONAL (I)
https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/debates-presidenciales-y-debacle-nacional-i/
Hernando Llano Ángel.
La mayor dificultad para realizar los debates entre los candidatos
presidenciales es el riego de convertirlos en una debacle nacional. Más aún en
medio de esta oleada del terror, desatada al parecer por Iván “Mordisco” al
mando del “Estado Mayor Central de las Farc” en retaliación a las acciones de
la Fuerza Pública en su contra, que lo ha puesto contra las cuerdas. Y la forma
más expedita de hacerlo es impidiendo la participación en los debates de
aquellos candidatos que no aparecen como favoritos en el actual tinglado de la
política nacional. De esta forma, la agenda política del futuro y la suerte de
todos los colombianos quedará en manos de la confrontación entre dos proyectos
que se disputan no solo las próximas elecciones, sino la vida y muerte de las
próximas generaciones. Lo que está en juego es mucho más que la definición de
un temario, el orden para abordarlo, la identidad y competencia del moderador.
Lo que realmente está en juego es la capacidad para deliberar de todos los
colombianos, no solo de tres, cuatro o trece candidatos, cuya participación en
los debates está condicionada, casi que atrofiada, por su obsesión de ganar las
elecciones, no tanto por la búsqueda de soluciones a los principales desafíos y
conflictos que como sociedad enfrentamos. Conflictos que por su complejidad ninguna
candidatura o partido podrá resolver solo, en gran parte porque todos son más o
menos responsables de su existencia, persistencia y degradación, así traten de
atribuirle toda la culpa al contrario y a su contradictor de turno. Tal será el
principal objetivo en desarrollo de los debates, si llegan a realizarse
teniendo como telón de fondo este terror que impide pensar con responsabilidad
y libertad, más allá de buscar un solo responsable del mismo. Cada candidatura Intentará
demostrarnos que tiene la fórmula mágica para hacer en los próximos cuatro años
en la Casa de Nariño lo que ningún partido o líder político ha podido hacer
durante toda su vida política: la paz con justicia social, un desarrollo
económico incluyente, en función de las mayorías, una gestión pública sin
depredar los recursos del erario y sin devastar nuestra portentosa
biodiversidad para favorecer intereses de empresas nacionales e internacionales.
Ojalá los debates sirvieran al menos para revelarnos las fortalezas y
debilidades de cada candidatura frente a los anteriores desafíos. Pero es
probable que suceda todo lo contrario, pues la obsesión de cada aspirante a la
presidencia será intentar demostrarnos que sus contendores son los únicos
responsables de la actual debacle y que sólo su candidatura y su partido ha
estado a la altura de esos desafíos y cuenta con el programa para resolverlos
en los próximos cuatro años. Cuando sabemos que esta terrible realidad los
supera a todos. Escucharemos a más de un salvador que, emulando la vulgaridad y
brutalidad de Trump, dirá que todo se resuelve con más plomo, dinamitando al
país como hoy lo hace alias Mordisco y su banda para defender su emporio de
cocaína parapetado supuestamente en objetivos políticos. Objetivos que a la
postre coronará si vamos a las urnas muertos de miedo y entregamos nuestro
juicio y voto sin reflexionar, olvidando que el miedo nunca es inocente y en
estas circunstancias sería un pésimo consejero.
Una feria de vanidades y disfraces
Esa obsesión, puede llevar a todas las candidaturas a comportarse en el set
televisivo como actores de un show para conquistar la sintonía y el voto de la
mayoría de electores el próximo 31 de mayo. La meta será obtener ese día la
mitad más uno de los votos, poco importa cómo se logre, así sea azuzando el
miedo, para evitar un incierto segundo tiempo. Entonces cada candidatura
desplegará todos sus recursos para vencer y demostrarnos no solo que es la
mejor, más preparada, más honesta y competente para gobernar, sino que además es
moralmente intachable y superior a todas sus demás competidoras. Así veremos que
entran en un combate para lograr desacreditar rápidamente, en primer round, a
sus adversarios. Nos dirán que sus vidas son un libro abierto, mostrándonos sus
mejores páginas y ocultándonos las más turbias y comprometedoras. Y, en ese
esfuerzo, no faltará quien dirá que no es político, aunque aspira a ser
presidente. Muy difícil entender cómo gobernará si desprecia tanto con quienes
tendrá que hacerlo, los congresistas y demás servidores públicos electos. ¿Lo
hará sin contar con su apoyo y gobernará a punta de decretos? ¿Declarará
inmediatamente la conmoción interior y cerrará el Congreso? Si tales son las
propuestas salvadoras no hay duda que nos devorará el tigre de la arbitrariedad
y la ambición.
¿Transparencia o apariencia
en el set?
En fin, corremos el riesgo de presenciar una feria de vanidades y
disfraces, en donde relucirá todo menos la transparencia que cada candidatura
pregona. Predominará la apariencia o incluso hasta la “tramparencia”, adornada
con bellos abalorios y fantasías programáticas como la paz, la seguridad, la
equidad, la solidaridad y hasta la felicidad. Todas y todos se empeñarán en
lucir el traje más adecuado para gustar al mayor número de
espectadores-electores y ocultar sus defectos, secretas intimidades, amistades
y verdaderas identidades. Sobre todo, se cuidarán de que no veamos tras bastidores
quiénes son los diseñadores y financiadores de su eventual traje presidencial. En
verdad, es muy difícil comprender el cambio de discursos, identidades y
personalidades que la mayoría de candidatos experimentan durante las campañas
electorales. Al desfilar por la pasarela de las plazas públicas y aparecer en
los sets televisivos sufren una especie de metamorfosis acelerada para ganar
las elecciones. ¿Cómo hacer para no caer bajo ese embrujo y evitar que las
urnas sean esa insondable caja de pandora donde quedan refundidas todas nuestras
esperanzas hasta las próximas elecciones? Esa caja de la cual empiezan a salir
todos los males cuando comienzan a gobernar desde la Casa de Nariño y se los
achacan a su anterior inquilino. Quizá una forma de hacerlo sea aprendiendo a
deliberar en lugar de solo debatir.
Deliberar, más que debatir
La principal diferencia entre deliberar y debatir, es que la deliberación
busca persuadir y convencer, mientras el debate solo combatir y vencer. La
deliberación promueve el examen y la investigación de los problemas y más
graves conflictos, busca las causas o factores estructurales y coyunturales que
los generan, sin eludir la propia responsabilidad en su desarrollo e identificar
a sus principales responsables por acción u omisión. En el debate sucede todo
lo contrario, la atención se centra en las consecuencias de los conflictos y
problemas, eximiéndose cada candidatura de toda responsabilidad personal o
partidista en el surgimiento de los mismos para atribuirla exclusivamente a los
demás contendores. En la deliberación prima la argumentación con fundamento en
evidencias y hechos comprobados, mientras que en el debate predomina la
descalificación personal del adversario con suspicacias y acusaciones sin
sustento en hechos, apelando al estímulo de prejuicios, estereotipos, miedos y
pasiones viscerales como el odio y la venganza. La deliberación promueve
soluciones y eventuales acuerdos en medio de las diferencias, su lógica es la
concertación. En el debate sucede todo lo contrario, pues se busca imponer
decisiones al adversario, su lógica es la confrontación y no la conciliación.
Deliberar sin miedo
En últimas, el debate impide y pervierte el diálogo y la deliberación
esclarecedora, pues lo que predomina es la polémica para vencer al adversario y
no la búsqueda conjunta de soluciones concertadas a los más graves problemas y
sangrientos conflictos. Conflictos que ya no son tanto político-militares como
criminales, no solo domésticos sino internacionales, (intermésticos) como lo es
el narcoterrorismo de nuevo camuflado con objetivos políticos, tal como lo hizo
con éxito Pablo Escobar en la coyuntura constituyente. El debate puede
profundizar la debacle política nacional e imposibilitar la deliberación
necesaria para salir de la actual carnicería, pues seguro radicalizará los
fanatismos ideológicos y los prejuicios políticos, que llevará a muchos a
buscar salvadores providenciales a imagen y semejanza de profetas armados que
prometen salvarnos y en lugar de avanzar hacia paz terrenal nos acercarán
rápidamente a la paz eterna. De esta forma el debate afianza las identidades y
comportamientos propias de facciones y tribus políticas envueltas en pugnas
interminables que culminan en persecuciones, caza de brujas y ejecuciones
extrajudiciales. Sucede todo lo contrario con la deliberación, pues ella nos
permite pensar y conversar para liberarnos de certezas ideológicas
inmodificables, de prejuicios atávicos inconscientes como el racismo, el
clasismo y el sexismo, que siempre nos han impedido forjar una comunidad
política entre iguales, vitalmente democrática. Quizá así algún día, ojalá más
próximo que lejano, dejemos de ser “esa
federación de rencores y archipiélago de egoísmos para ser hermandad de
iguales, a fin de que no llegue a decirse de nosotros la terrible expresión del
historiador, de haber llevado a nuestra gente a que prefiera la violencia a la
injusticia”, como premonitoriamente lo advirtió Belisario Betancur en su discurso
de posesión presidencial en 1982. ¿Será que 44 años después reincidiremos y
continuaremos viviendo y muriendo bajo la violencia y la injusticia? ¿Seguiremos
depositando en las urnas sufragios fúnebres en lugar de
votos por la vida, la justicia, la paz y la convivencia democrática? Solo
deliberando como ciudadanos lo podremos lograr, no como simple electores
emocionalmente manipulados depositando nuestros miedos en las urnas, independientemente
si se realizan o no los debates entre todos los candidatos presidenciales. No
solo tres o cuatro candidaturas merecen ser escuchadas. Si ni siquiera entre
todos ellos se reconocen como iguales, lo más probable es que escuchemos una
limitada y estridente cacofonía en lugar de una amplia y clara polifonía, que
es lo que más precisamos en medio del estruendo mortal de las bombas y los
cilindros que hoy aturden nuestro juicio.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario