miércoles, junio 18, 2025

DEL SILENCIO ASORDINADO DE LAS MARCHAS A LAS PALABRAS Y LA ACCIÓN POLÍTICA CONCERTADAS

 

 

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Del silencio asordinado de las marchas a las palabras y la acción política concertadas

Para la convivencia social y la vida política se precisa el concurso de la palabra y la deliberación, sin las cuales no es posible alcanzar acuerdos

 

Hernando Llano Ángel

17 JUN 2025 - 23:00 COT

 Copiar enlace: https://elpais.com/america-colombia/2025-06-18/del-silencio-asordinado-de-las-marchas-a-las-palabras-y-la-accion-politica-concertadas.html

 

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El silencio tiene muchos sentidos. Ellos dependen del contexto en donde nazca y se exprese. No es lo mismo el silencio del consentimiento que el del sometimiento. El primero suele estar antecedido por la palabra y la argumentación. El segundo, por el miedo y la violencia. Pero de lo que no hay duda es que el silencio no es suficiente para la convivencia social y menos para la vida política. Para ambas se precisa el concurso de la palabra y la deliberación, sin las cuales no son posibles los acuerdos que transforman creativa y civilizadamente aquellos conflictos que generan violencia y destrucción de la vida política y social.

Por eso hay que ir más allá de las “marchas del silencio” que, en nuestra historia, como la convocada por Gaitán el 7 de marzo de 1948, no fue escuchada por el presidente Mariano Ospina Pérez. Por el contrario, tuvo un desenlace atroz con su asesinato, dos meses y dos días después, el fatídico 9 de abril de 1948. En esa ocasión, Gaitán pronunció en su célebre Oración por la Paz las siguientes palabras, que contienen las claves para salir de la encrucijada política en que nos encontramos: “Pedimos pequeña cosa y gran cosa: que las luchas políticas se desarrollen por cauces de constitucionalidad”.

Petición hoy más vigente que nunca, pues se trata de tramitar constitucionalmente reformas sociales tan vitales como la laboral y de salud. Reformas que en todo Estado social de verdad democrático no deberían suscitar semejante zozobra. Bastaría con cumplir dos artículos de la Constitución Política que todavía están solo escritos. El artículo 1 sobre el Estado Social de Derecho, fundado “en el respeto a la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que lo integran y en la prevalencia del interés general” y el 53 sobre el Estatuto de Trabajo, aún sin promulgar, que ordena que “la ley, los contratos, los acuerdos y convenios de trabajo, no pueden menoscabar la libertad, la dignidad humana ni los derechos de los trabajadores”.

¿Será que es imposible que el Ejecutivo y el Congreso se pongan de acuerdo para cumplir esos dos artículos? Esos artículos contienen el mínimo vital para hacer posibles la paz social y política. Y si ambas ramas del poder público son incapaces de hacerlo, las marchas del silencio seguirán siendo estériles y las violencias de la exclusión social, la criminal con fines políticos y de codicia, junto a los incontenibles estallidos sociales, seguirán repitiéndose periódicamente.

Por eso, es imperioso ir más allá de las significativas, pero estériles, marchas del silencio y avanzar hacia los encuentros con palabras y acciones creativas. De allí la importancia y urgencia de la invitación de la Conferencia Episcopal a un encuentro entre los presidentes del Ejecutivo y Legislativo, Gustavo Petro y Efraín Cepeda, junto a los presidentes de las altas Cortes, para que demuestren que son capaces de cumplir el artículo 113 de la Constitución que señala en su párrafo final: “Los diferentes órganos del Estado tienen funciones separadas, pero colaboran armónicamente para la realización de sus fines”. Y esos fines no son otros que hacer realidad el Estado Social de Derecho y el Estatuto de Trabajo.

Más allá del silencio limitado de las marchas

Más allá de las múltiples interpretaciones y sentidos políticos que se puedan asignar a las multitudinarias marchas del pasado domingo en las principales ciudades del país, no hay la menor duda que expresaron un rechazo contundente a la violencia con fines políticos y una amplia solidaridad con la vida y pronta recuperación del senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay. Pero también que esas motivaciones, totalmente legítimas y valiosas, no alcanzaron a tener el sentido político amplio, incluyente y radicalmente democrático para rechazar y condenar la violencia que ha cegado la vida de más de 70 líderes sociales en estos primeros cinco meses del año.

Para expresar la solidaridad con las poblaciones y comunidades que hoy se encuentran confinadas, desplazadas y sometidas a la férula de una violencia despiadada y una codicia sin límites de organizaciones criminales en el Catatumbo, Chocó, Cauca, Guaviare y numerosos municipios en otras regiones del país. Pareciera que la sensibilidad social y la conciencia democrática de esos miles de colombianos y colombianas solo la suscitarán magnicidios como los de Galán, Jaramillo y Pizarro, en el pasado, y hoy el aleve y criminal intento de acallar a Miguel Uribe Turbay.

En tanto se continúe reaccionando contra la violencia política con esos sesgos partidistas, ideológicos y hasta clasistas, no podremos avanzar y mucho menos consolidar una convivencia social y política entre todos. Todavía menos una cultura política democrática, imprescindible para una paz política estable y duradera.

Hacia la deliberación y concertación política y social

Es urgente e imperioso pasar de ese silencio políticamente limitado de las marchas al estímulo y la promoción de una sensibilidad ciudadana que, mediante la deliberación, la concertación y acción política hagan posible el tránsito de la confrontación descalificadora y violenta del contrario a la concertación racional y creativa con ese adversario, para alcanzar así acuerdos satisfactorios que promuevan la vida y dignidad de todos.

Tal es el desafío que tenemos como ciudadanía, pero especialmente el deber de los líderes políticos que dicen representarnos y todavía no están a la altura de sus responsabilidades históricas y constitucionales. Esta semana tienen la oportunidad de superar sus limitadas visiones partidistas, soberbias personales y desvaríos electorales. Lograr una concertación del Ejecutivo y Legislativo en torno a los principios fundamentales del artículo 53 de la Constitución y aprobar una reforma laboral a tono con los mismos es lo mínimo que deben hacer. Y el encuentro promovido por la Conferencia Episcopal es el punto de partida para ello.

Quizá así se logró el milagro político de la aprobación de la reforma laboral, tan urgente y necesaria como la recuperación del sentido y la salud del senador Miguel Uribe Turbay, pues su voz y aportes son imprescindibles para que viva la democracia.

La democracia entendida como esa forma de gobierno donde conviven creativamente posiciones y partidos políticos de derecha, centro e izquierda, sobre el único consenso unánime que ella exige: la exclusión de la violencia política de la vida social y gubernamental mediante la celebración periódica de elecciones libres, legales, plurales y competitivas que permiten contar cabezas en lugar de cortarlas.

Tal es el desafío que debemos superar como ciudadanía, sin dejarnos arrastrar por banderas partidistas hegemónicas que suelen agitar pasiones tan nocivas como el odio y la exclusión social en nombre de fetiches como la “democracia y la estabilidad institucional”, desde la extrema derecha, o la “justicia social y la revolución” desde la extrema izquierda, que nos han impedido convivir dignamente en paz, con equidad, seguridad y libertad, presupuestos existenciales del Estado Social de derecho.

Si cumpliéramos ese artículo 1 de nuestra Constitución y el 22: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”, superaríamos la actual encrucijada política y social. Pero quienes tienen la mayor responsabilidad de ello y deben demostrarnos que están a la altura política y ética de esos dos artículos son quienes hoy gobiernan.

Noticias esperanzadoras

Según las últimas noticias, todo parece indicar que lo han comprendido, como se puede leer en el comunicado expedido por la Conferencia Episcopal de Colombia y estampar sus firmas para “desarmar y armonizar sus palabras” e invitar “a todo el país a escucharnos, valorarnos y respetarnos en hermandad; y rechazar todo tipo de violencia, como forma de resolver los conflictos políticos y sociales”.

Por último, la reciente aprobación por parte del Senado de la reforma laboral, incluyendo los puntos más sensibles del gobierno, augura que será posible “armonizarla” con la Cámara de Representantes. Así se lograría que “las luchas políticas transcurran por los cauces de la constitucionalidad”, como lo solicitaba Gaitán al presidente Mariano Ospina Pérez.

Afortunadamente, el presidente Petro en numerosos discursos apela a la memoria de Gaitán para agitar su programa “Colombia, potencia mundial de la vida”. No tiene, pues, otra opción que honrarlo, retirando su polémico decreto de la consulta popular para “mantener viva la esperanza en nuestro país”, ahora en vilo orando por la pronta recuperación del senador Miguel Uribe Turbay.

 

 

DEL SILENCIO REACTIVO DE LAS MARCHAS A LAS PALABRAS Y LA ACCIÓN POLÍTICA CONCERTADA

 

DEL SILENCIO REACTIVO DE LAS MARCHAS A LAS PALABRAS Y LA ACCIÓN POLÍTICA CONCERTADA

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/del-silencio-reactivo-de-las-marchas-a-las-palabras-y-la-accion-politica-concertadas/

Hernando Llano Ángel.

El silencio tiene muchos sentidos. Ellos dependen del contexto en donde nazca y se exprese. No es lo mismo el silencio del consentimiento que el del sometimiento. El primero suele estar antecedido por la palabra y la argumentación. El segundo por el miedo y la violencia. Pero de lo que no hay duda es que el silencio no es suficiente para la convivencia social y menos para la vida política. Para ambas se precisa el concurso de la palabra y la deliberación, sin las cuales no son posibles los acuerdos que transforman creativa y civilizadamente aquellos conflictos que generan violencia y destrucción de la vida política y social. Por eso hay que ir más allá de las “marchas del silencio” que, en nuestra historia, como la convocada por Gaitán el 7 de marzo de 1948, no fue escuchada por el presidente Mariano Ospina Pérez. Por el contrario, tuvo un desenlace atroz con su asesinato, dos meses y dos días después, el fatídico 9 de abril de 1948.  En esa ocasión, Gaitán pronunció en su célebre “Oración por la Paz[i] las siguientes palabras, que contienen las claves para salir de la encrucijada política en que nos encontramos: “Pedimos pequeña cosa y gran cosa: que las luchas políticas se desarrollen por cauces de constitucionalidad”.

 Petición hoy más vigente que nunca, pues se trata de tramitar constitucionalmente reformas sociales tan vitales como la laboral y de salud. Reformas que en todo Estado social de verdad democrático no deberían suscitar semejante zozobra. Bastaría con cumplir dos artículos de la Constitución Política que todavía están solo escritos. El artículo 1 sobre el Estado Social de Derecho, fundado “en el respeto a la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que lo integran y en la prevalencia del interés general” y el 53 sobre el Estatuto de Trabajo, aún sin promulgar, que ordena que la ley, los contratos, los acuerdos y convenios de trabajo, no pueden menoscabar la libertad, la dignidad humana ni los derechos de los trabajadores”. ¿Será que es imposible que el Ejecutivo y el Congreso se pongan de acuerdo para cumplir esos dos artículos? Esos artículos contienen el mínimo vital para hacer posibles la paz social y política. Y si ambas ramas del poder público son incapaces de hacerlo, las marchas del silencio seguirán siendo limitadas y las violencias de la exclusión social, la criminal con fines políticos y de codicia, junto a los incontenibles estallidos sociales, seguirán repitiéndose periódicamente. Por eso, es imperioso ir más allá de las significativas pero estériles marchas del silencio para transformar la realidad política y avanzar hacia los encuentros con palabras y acciones creativas. De allí la importancia y urgencia de la invitación de la Conferencia Episcopal a un encuentro entre los presidentes del Ejecutivo y Legislativo, Gustavo Petro y Efraín Cepeda, junto a los presidentes de las altas Cortes, para que demuestren que son capaces de cumplir el artículo 113 de la Constitución que señala en su párrafo final: “Los diferentes órganos del Estado tienen funciones separadas, pero colaboran armónicamente para la realización de sus fines”. Y esos fines no son otros que hacer realidad el Estado Social de Derecho y el Estatuto de Trabajo.

Más allá del silencio limitado de las marchas

Más allá de las múltiples interpretaciones y sentidos políticos que se puedan asignar a las multitudinarias marchas del pasado domingo en las principales ciudades del país, no hay la menor duda que expresaron un rechazo contundente a la violencia con fines políticos y una amplia solidaridad con la vida y pronta recuperación del senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay. Pero también que esas motivaciones, totalmente legítimas y valiosas, no alcanzaron a tener el sentido político amplio, incluyente y radicalmente democrático para rechazar y condenar la violencia que ha segado la vida de más de 70 líderes sociales en estos primeros cinco meses del año. Para expresar la solidaridad con las poblaciones y comunidades que hoy se encuentran confinadas, desplazadas y sometidas a la férula de una violencia despiadada y una codicia sin límites de organizaciones criminales en el Catatumbo, Chocó, Cauca y numerosos municipios en otras regiones del país. Pareciera que la sensibilidad social y la conciencia democrática de esos miles de colombianos y colombianas solo la suscitarán magnicidios como los de Galán, Jaramillo y Pizarro, en el pasado, y hoy el aleve y criminal intento de acallar a Miguel Uribe Turbay. En tanto se continúe reaccionando contra la violencia política con esos sesgos partidistas, ideológicos y hasta clasistas, no podremos avanzar y mucho menos consolidar una convivencia social y política entre todos. Todavía menos una cultura política democrática, imprescindible para una paz política estable y duradera.

Hacia la deliberación y concertación política y social

Por eso es urgente e imperioso pasar de ese silencio limitado y estéril de las marchas al estímulo y la promoción de una sensibilidad ciudadana que, mediante la deliberación, haga posible el tránsito de la confrontación descalificadora y violenta del contrario a la concertación racional y creativa con ese adversario, para alcanzar así acuerdos satisfactorios que promuevan la vida y dignidad de todos. Tal es el desafío que todos tenemos como ciudadanía, pero especialmente los líderes políticos que dicen representarnos, pero que todavía no están a la altura de sus responsabilidades históricas y constitucionales. Esta semana tienen la oportunidad de superar sus limitadas visiones partidistas, soberbias personales y desvaríos electorales. Lograr una concertación del Ejecutivo y Legislativo en torno a los principios fundamentales del artículo 53 de la Constitución y aprobar una reforma laboral a tono con los mismos es lo mínimo que deben hacer. Y el encuentro promovido por la Conferencia Episcopal es el punto de partida para ello. Quizá así se logre el milagro político de la aprobación de la reforma laboral, tan urgente y necesaria como la recuperación del sentido y la salud del senador Miguel Uribe Turbay, pues su voz y aportes son imprescindibles para que viva la democracia. La democracia entendida como esa forma de gobierno donde conviven creativamente posiciones y partidos políticos de derecha, centro e izquierda, sobre el único consenso unánime que ella exige: la exclusión de la violencia política de la vida social y gubernamental mediante la celebración periódico de elecciones libres, legales, plurales y competitivas que permiten contar cabezas en lugar de cortarlas. Tal es el desafío que debemos superar como ciudadanía, sin dejarnos arrastrar por banderas partidistas hegemónicas que suelen agitar pasiones tan nocivas como el odio y la exclusión social en nombre de fetiches como la “democracia” y la estabilidad institucional”, desde la extrema derecha, o la “justicia social y la revolución” desde la extrema izquierda, que nos han impedido convivir dignamente en paz, con equidad, seguridad y libertad, presupuestos existenciales del Estado Social de derecho. Si cumpliéramos ese artículo 1 de nuestra Constitución y el 22: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”, superaríamos la actual encrucijada política y social. Pero quienes tienen la mayor responsabilidad de ello y deben demostrarnos que están a la altura política y ética de esos dos artículos son quienes hoy gobiernan. Pueden empezar a demostrarlo en el encuentro que promueve la Conferencia Episcopal y continuar con la concertación de las reformas sociales que exige el Estado Social de derecho, para que éste deje de existir nominalmente y empiece a regir socialmente en beneficio de todos los colombianos y colombianas.

domingo, junio 08, 2025

LA SELECCIÓN COLOMBIANA DE FÚTBOL ¿ES REPRESENTATIVA DE LA NACIÓN?

 

LA SELECCIÓN COLOMBIANA DE FÚTBOL ¿ES REPRESENTATIVA DE LA NACIÓN?

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/la-seleccion-colombiana-de-futbol-es-representativa-de-la-nacion/

Hernando Llano Ángel.

La respuesta es afirmativa. Hoy la Selección representa y encarna nuestra más profunda decepción como Nación. Tanto mayor cuanto sabemos que sus jugadores, individualmente considerados, tienen capacidades y cualidades semejantes a las que nos preciamos de tener los y las colombianas: somos trabajadores, luchadores, voluntariosos, talentosos y esforzados, pero como Selección y Nación somos ineficientes. No logramos hacer goles ni convivir como ciudadanos y, lo que es peor, continuamos repitiendo las mismas improductivas jugadas, no corregimos nuestros errores y taras históricas como los prejuicios de clase, raza y género, exacerbados ahora por fanatismos, sectarismos y odios políticos. El juego en la Nación está enrarecido por barras bravas, a la derecha y la izquierda, que reclaman ser moralmente superiores a las del equipo contrario y lo pretenden excluir de la cancha, como sea, incluso sin respetar las reglas del juego limpio, disparando en su contra como gravemente ha sucedido contra el senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay.

No hay Selección

El principal error de la Selección es que no es un equipo, como tampoco somos esa Nación donde todos nos reconozcamos como iguales en dignidad y derechos para convivir sin miedo, con seguridad, libertad y justicia social. Por el contrario, vivimos profundamente divididos y enfrentados, como alguna vez lo expresó Belisario Betancur, quien declinó para Colombia realizar un mundial de fútbol hace 43 años[i]: “somos una federación de odios y un archipiélago de egoísmos”. Afortunadamente la Selección todavía no lo es, pero a veces sus integrantes juegan con tal personalismo y ansiedad que más parecen un archipiélago de individualidades, desconectados y erráticos, a punto de naufragar en la cancha.  Y para clasificar al mundial del 2026 lo que se precisa es una Selección y no una competencia entre individualidades, por talentosas que sean, tratando de derrotar al equipo contrario. Así sucedió en el partido contra Perú y acontece en la realidad cotidiana con muchos colombianos que solo piensan en cómo ganarle a la compañía competidora y a quien consideran su enemigo, sin respetar regla alguna, desacreditándolo o estigmatizándolo por su pasado, excluyéndolo de la Nación. Por esos es tan vital e importante la campaña “MIREMONOS DE CERCA[ii], de la Agencia de Reincorporación que, según su directora, Alejandra Miller, busca “Generar una estrategia de protección de la vida de los firmantes y también generar una estrategia que erradique las barreras que tienen los firmantes del Acuerdo de Paz para el acceso a derechos”, porque en el juego democrático todos tenemos derecho a jugar, respetando las reglas del juego.

El fútbol es un juego colectivo, no individual

No se gana en el fútbol depositando toda la responsabilidad en un solo jugador, por genial que sea, si éste no recibe el balón o se indispone con todos los demás, como le sucedió a John Jader Durán[iii] en el partido contra la selección peruana. Como también le sucede al presidente Petro con varios de sus colaboradores, que desacredita y regaña con frecuencia, en lugar de estimular para no hacerse tantos autogoles. Mucho menos se podrá clasificar al mundial, si el director técnico, Néstor Lorenzo, no cambia de estrategia e insiste en ese juego monótono, lento, desesperante, sin sorpresa alguna y velocidad en sus jugadores, donde casi todo es predecible y fácil de neutralizar por el adversario. Hoy es imprescindible para ganar en el fútbol contar con la velocidad, la creatividad y la sorpresa de todos los jugadores a partir de su coordinación y sincronización como Selección, más allá de las estrellas con que se cuente en el campo de juego. Así lo demostró Paris Saint German, sin contar con Kylian Mbappe y otras estrellas, al ganarle 5 a 0 al Inter de Milán. Mucho menos se anotan goles esperando el balón, casi siempre de espalda, sino pasando el balón entre líneas al espacio vacío del campo adversario, adelantando con velocidad a sus defensas y venciendo con inteligencia y precisión al guardameta, sin patear con torpeza y brutalmente, más allá de las redes de su portería, como sucede cada vez con mayor frecuencia con los delanteros de la Selección. Y eso tan elemental, pero a la vez difícil, es lo que han olvidado Néstor Lorenzo y nuestros jugadores, que parecen entrenando y jugando al bobo, con incontables y aburridos pases horizontales que no conducen a ninguna parte. Ese juego soso y monótono, sin profundidad y efectividad alguna, solo augura empates y derrotas. Por eso llevan cinco partidos sin ganar, con dos empates de local frente a Paraguay y Perú y tres derrotas con Uruguay, Ecuador y Brasil.

El Congreso no es la Nación

Ese juego decadente y aburrido de la Selección, se parece mucho al que juegan una mayoría de mediocres impostores políticos en el Congreso que se creen representantes de la Nación, pero en realidad lo que hacen es impedir que se exprese el pueblo colombiano frente a la defensa de sus intereses vitales, el trabajo y la salud. Quedó demostrado cuando negaron, por 49 votos contra 47, la posibilidad de realizar la Consulta Popular y violaron el artículo 3 de la Constitución Política: La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder público. El pueblo la ejerce en forma directa o por medio de sus representantes, en los términos que la Constitución establece”. No hay duda que por la pírrica mayoría de dos votos el Senado desconoció la primera parte del mencionado artículo, pues nos impidió a todos, en tanto ciudadanía o pueblo, ejercer nuestra soberanía en forma directa. No nos dejó entrar al campo de juego del poder político, el más importante, siendo que como ciudadanos tenemos todo el derecho a decidir, más aún cuando se trata de nuestro trabajo y salud. ¿Será que esos senadores juegan y representan a otros partidos, grandes empresas e intereses particulares y no al interés general, el bien común y la justicia?, como lo ordena la Constitución, norma de normas, desde su artículo 1, pero en especial el 133: “Los miembros de cuerpos colegiados de elección directa representan al pueblo, y deberán actuar consultando la justicia y el bien común”. En ese caso, al no permitirnos expresarnos sobre la justicia y el bien común, estarían incurriendo en el delito de prevaricato por omisión y deberían ser expulsados del Congreso e ir a la cárcel, si se demuestra ese juego sucio contra los ciudadanos, según el artículo 414 del código penal: “El servidor público que omita, retarde, rehuse o deniegue un acto propio de sus funciones, incurrirá en prisión de treinta y dos (32) a noventa (90) meses, multa de trece punto treinta y tres (13.33) a setenta y cinco (75) salarios mínimos legales mensuales vigentes, e inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas por ochenta (80) meses”. Y eso llevan haciendo, la mayoría de congresistas, durante muchos años y legislaturas, omitiendo cumplir con la defensa de la justicia y el bien común, empezando por el actual presidente del Senado, Efraín Cepeda.

Un Senado confiscador de la Soberanía Ciudadana

El Senado se apropió, pues, la soberanía ciudadana en forma exclusiva con fundamento en el artículo 104 de la misma Constitución y la ley estatutaria 1757 de 2015, artículo 20 ordinal “D”.  En efecto, dichos artículos exigen su aprobación para la realización de la Consulta Popular. Así las cosas, el principio según el cual la “soberanía reside exclusivamente en el pueblo”, es decir, en toda la ciudadanía o pueblo, quedó convertido en letra muerta, pues dos senadores se la apropiaron y la confiscaron. Entonces habría que concluir que la soberanía reside es en el Senado y no en el pueblo o la ciudadanía. Guardando las proporciones, en el caso de la Selección colombiana de fútbol, equivaldría al absurdo de afirmar que es la Federación Colombiana, con su presidente, Ramón Jesurun, quien defina quiénes juegan en ella y cómo deben hacerlo. En conclusión: el llamado “País Político” impide la expresión del País Nacional”, como lo afirmó Gaitán ya en 1946: “En Colombia hay dos países: el país político, que piensa en sus empleos, en su mecánica y en su poder y el país nacional que piensa en su trabajo, en su salud, en su cultura, desatendidos por el país político. El país político tiene rutas distintas a las del país nacional. ¡Tremendo drama en la historia de un pueblo!”. Esa “democracia representativa” del “País Político” negó y anuló, en la realidad, el ejercicio y la expresión de la democracia participativa a través de la Consulta Popular. Tal es la verdad fáctica y normativa que se impone, lo que viene a corroborar una conocida y lapidaria verdad expresada por Ferdinand Lasalle en su célebre conferencia ¿Qué es una Constitución?: “Los problemas constitucionales no son, primariamente, problemas de derecho, sino de poder: la verdadera Constitución de un país solo reside en los factores reales y efectivos de poder que en ese país rigen, y las Constituciones escritas no tienen valor ni son duraderas más que cuando dan expresión fiel a los factores de poder imperantes en la realidad social”.

Por una Selección poderosa

Trasladando esta reflexión al campo de fútbol y la eliminatoria en curso, se podría afirmar que la Selección Colombia depende de factores reales y efectivos para clasificar al próximo mundial, como son su juego colectivo, sincronizado con un cambio de estrategia en donde sean la velocidad, la sorpresa y los pases al vacío los que garanticen los goles y sus próximos triunfos. Así sería un Selección poderosa, como la de hace 30 años que le ganó a Argentina 5 a 0. Esperemos que ello suceda de nuevo el próximo martes 10 de junio, siendo optimistas por la mínima diferencia y no vaya a suceder lo contrario y cobren revancha histórica, derrotándonos 5-0. Que Lionel Scaloni sea cordial con su compatriota Néstor Lorenzo y Lionel Messi errático en su juego, para al menos salir airosos con un empate y continuar con la esperanza de clasificar directamente al mundial del 2026. Quizás así Trump permita que ingresen nuestros jugadores a sus canchas y muchos compatriotas a los estadios, sin riesgo de ser deportados. Quienes la tienen difícil son los jugadores venezolanos, pues necesitarán, además de ganar, la ayuda de Infantino y la FIFA para ingresar al mundial y a los estadios, ya que Trump les negó la entrada a todos los venezolanos a sus predios. Esperemos que la soberanía del fútbol y la FIFA se impongan sobre la tiranía de Trump y su MAGA. Lo que está en riesgo es el mundial de fútbol. Para muchos fanáticos, incluso más importante que la paz del planeta, la vida y dignidad de millones de seres humanos, empezando por los gazatíes, cuya franja es hoy un Auschwitz a cielo abierto, para vergüenza de la humanidad. Pero, sobre todo, una vergüenza e ignominia inadmisible para quienes les proporcionan armas al ejército israelí y para aquellos ciudadanos judíos que hoy se convierten en cómplices del genocida Netanyahu --bajo el infame argumento de utilizar su pasado de víctimas del nazismo y el ataque de Hamas—para aniquilar cada día a niños, mujeres y ancianos con sus bombas y la inanición letal e implacable a la que están sometidos.

DEL GOLPE DE OPINIÓN AL GOLPE DE ESTADO.

 

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Del “golpe de opinión” al “golpe de Estado”

Para evitar que esa ciudadanía se exprese en torno a lo más vital, como es su derecho al trabajo y la salud, los congresistas ahora sí están corriendo para aprobar la reforma laboral del gobierno que hasta hace pocos días llamaban populista


Hernando Llano Ángel

 

06 JUN 2025 - 23:57 ACTUALIZADO:07 jun 2025 - 23:30 COT

 

Es proverbial la capacidad de todos los políticos para utilizar el lenguaje y la retórica, especialmente en momentos de crisis y en víspera de elecciones, a favor de sus propios intereses partidistas, corporativos, gremiales y hasta personales. Lo estamos viendo con especial intensidad e impostura en estos momentos, durante la accidentada y torpedeada reforma laboral presentada por el gobierno al Congreso y en la reciente negativa del Senado a la convocatoria de la Consulta Popular (CP). Por eso, vale la pena analizar los excesos retóricos y legales, que llegan al extremo de negar la realidad y aquello que es evidente para cualquier persona.

Ya lo había advertido lucidamente Hannah Arendt en su ensayo La mentira en política: “La deliberada negación de la verdad fáctica --la capacidad de mentir—y la capacidad de cambiar los hechos --la capacidad de actuar—se hallan interconectadas” y más adelante agrega “la acción es, desde luego, la verdadera materia prima de la política”. Y de eso tratan precisamente la reforma laboral y al sistema de salud, de acción política y movilización social, para convertir en realidad el Estado Social de derecho, pues solo así dejaría de ser una promesa constitucional siempre aplazada, como ha sucedido durante estos 34 años.

La Gallera del Senado

Sin duda, en la sesión del pasado miércoles 14 de mayo el Senado negó la CP por 49 votos contra 47, en medio de una sesión caótica y circense, más propia de una gallera que, como vimos en todos los noticieros de televisión y las fotografías de los periódicos, nada tuvo que ver con una deliberación, pues fue un estallido de gritos, descalificaciones y exclamaciones que oscureció una decisión política donde lo que estaba en juego era la vigencia real del artículo 3 de la Constitución Política: “La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder público. El pueblo la ejerce en forma directa o por medio de sus representantes, en los términos que la Constitución establece”. No hay duda que esa pírrica mayoría de dos votos desconoció la primera parte del mencionado artículo pues nos impidió a todos, en tanto ciudadanía o pueblo, ejercer nuestra soberanía en forma directa. El Senado se apropió la soberanía en forma exclusiva con fundamento en el artículo 104 de la misma Constitución y la ley estatutaria 1757 de 2015, artículo 20 ordinal “D”, que en efecto exigen su aprobación para la realización de la CP. Así las cosas, el principio según el cual la “soberanía reside exclusivamente en el pueblo”, es decir, en toda la ciudadanía o pueblo, quedó convertido en letra muerta, pues dos senadores se la apropiaron y la confiscaron. Entonces habría que concluir que la soberanía reside es en el Senado y no en el pueblo o la ciudadanía.

Conclusión: el llamado País Político” impidió la expresión del “País Nacional”, como lo afirmó Gaitán ya en 1946: “En Colombia hay dos países: el país político, que piensa en sus empleos, en su mecánica y en su poder y el país nacional que piensa en su trabajo, en su salud, en su cultura, desatendidos por el país político. El país político tiene rutas distintas a las del país nacional. ¡Tremendo drama en la historia de un pueblo!”. Esa “democracia representativa” del “País Político” negó y anuló, en la realidad, el ejercicio y la expresión de la democracia participativa a través de la Consulta Popular. Tal es la verdad fáctica y normativa que se impone, lo que viene a corroborar una conocida y lapidaria verdad expresada por Ferdinand Lasalle en su célebre conferencia ¿Qué es una Constitución?: “Los problemas constitucionales no son, primariamente, problemas de derecho, sino de poder: la verdadera Constitución de un país solo reside en los factores reales y efectivos de poder que en ese país rigen, y las Constituciones escritas no tienen valor ni son duraderas más que cuando dan expresión fiel a los factores de poder imperantes en la realidad social”.

Un Congreso contra los trabajadores

Precisamente por eso ese “País Político” enquistado y representado en el Congreso no ha tenido la voluntad de cumplir el artículo 53 de la Constitución Política que desde hace 34 años le ordenó legislar a favor de los trabajadores, como es lo propio en todo Estado Social de derecho, “fundado en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que lo integran y en la prevalencia del interés general”. Pero no lo ha hecho, porque la mayoría de congresistas de ese “País Político” representa los factores reales del poder que detentan, en ciudades y campos, minorías privilegiadas. De allí que conviene transcribir en su totalidad el artículo 53, para constatar porqué no se ha expedido el Estatuto de Trabajo: “El Congreso expedirá el estatuto del trabajo. La ley correspondiente tendrá en cuenta por lo menos los siguientes principios mínimos fundamentales: Igualdad de oportunidades para los trabajadores; remuneración mínima vital y móvil, proporcional a la cantidad y calidad de trabajo; estabilidad en el empleo; irrenunciabilidad a los beneficios mínimos establecidos en normas laborales; facultades para transigir y conciliar sobre derechos inciertos y discutibles; situación más favorable al trabajador en caso de duda en la aplicación e interpretación de las fuentes formales de derecho; primacía de la realidad sobre formalidades establecidas por los sujetos de las relaciones laborales; garantía a la seguridad social, la capacitación, el adiestramiento y el descanso necesario; protección especial a la mujer, a la maternidad y al trabajador menor de edad. El estado garantiza el derecho al pago oportuno y al reajuste periódico de las pensiones legales. Los convenios internacionales del trabajo debidamente ratificados, hacen parte de la legislación interna. La ley, los contratos, los acuerdos y convenios de trabajo, no pueden menoscabar la libertad, la dignidad humana ni los derechos de los trabajadores”.

¿Prevaricadores por omisión?

Han transcurrido 34 años y el Congreso no ha cumplido lo ordenado por el artículo 53. Tal desidia viene a configurar una especie de prevaricato por omisión, según el Artículo 414 del código penal: El servidor público que omita, retarde, rehuse o deniegue un acto propio de sus funciones, incurrirá en prisión de treinta y dos (32) a noventa (90) meses, multa de trece punto treinta y tres (13.33) a setenta y cinco (75) salarios mínimos legales mensuales vigentes, e inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas por ochenta (80) meses”. Y lo es, porque el artículo 133 de la Constitución ordena que todos “Los miembros de cuerpos colegiados de elección directa representan al pueblo, y deberán actuar consultando la justicia y el bien común”. Actuación que han omitido los congresistas hasta la fecha, pues además de excepcionalmente consultar “la justicia y el bien común”, lo que han realizado la mayoría de ellos es representar intereses partidistas, clientelistas, corporativos, gremiales y hasta criminales, en parte gracias a la indolencia, ignorancia o necesidades acuciantes de ciudadanos que cada cuatro años los reeligen al permanecer atrapados en sus redes clientelistas, burocráticas y asistencialistas. Por eso ahora nos impiden a todos en tanto ciudadanos o pueblo decidir directamente en una consulta popular sobre “la justicia y el bien común” en las relaciones laborales y el sistema de salud. ¡Nos niegan la soberanía y nos tratan como siervos! ¡Como si fuéramos incapaces de discernir sobre la justicia y el bien común! Así nos impiden ser un factor real de poder. Y, para perpetuarse en el Congreso, ahora todos a una entonan un corifeo estridente y representan la ópera bufa de ser ¡“defensores y salvadores de la democracia”! contra un supuesto inminente “Golpe de Estado” del Ejecutivo, cuando éste anuncia que convocará la Consulta Popular por decreto, pero también que se someterá a la decisión que la Corte Constitucional tome al respecto.

Del “Golpe de Opinión” al “Golpe de Estado”

Sin duda, ese “País Político” siempre ha sabido utilizar la gramática del poder con eufemismos ingeniosos, como cuando el prohombre liberal Darío Echandía legitimó el golpe de estado de Gustavo Rojas Pinilla en 1953 con la expresión “Golpe de Opinión”[i]. Luego llamaron Democracia a la fórmula del Frente Nacional, ese miti-miti milimétrico entre liberales y conservadores que se repartió el Estado durante 16 años para beneficio del “País Político” y engendró a las guerrillas en el contexto internacional de la guerra fría. Por eso, ahora todos entonan la cacofónica melodía del “Golpe de Estado”, para ocultar que durante 34 años ellos han dado un golpe mortal al Estado Social de derecho y a la vigencia real de la Constitución del 91, valiéndose de formalidades legales, incisos e interpretaciones de los “expertos constitucionalistas”. Expertos que burlan el espíritu de la Carta del 91 con argumentos tan falaces como la “independencia de las ramas del poder público”, “pesos y contrapesos”, “seguridad jurídica” y la invocación de un “Estado de derecho” y una institucionalidad que no ha sido capaz de garantizar los derechos fundamentales de millones de colombianos, a quienes ahora llaman a defenderlo contra una supuesta dictadura del Ejecutivo, pero también les niegan la voz y decisión en la Consulta Popular en nombre de la democracia y la estabilidad institucional. Por último, para evitar que esa ciudadanía se exprese en torno a lo más vital, como es su derecho al trabajo y la salud, ahora sí están corriendo para aprobar la reforma laboral del gobierno que hasta hace pocos días llamaban populista y contraproducente. ¡Qué senadores tan acuciosos y coherentes tenemos! ¡Solo cuando vieron que el pueblo salió a las calles y podría cobrarle cuentas en las próximas elecciones del 2026 se tomaron en serio la reforma laboral! Por eso abortaron la Consulta Popular y ahora hablan de “Golpe de Estado”. Lo demás es hojarasca constitucional y jurisprudencial que condenará al olvido la CP, pues cabe la posibilidad de una transacción a última hora entre el Ejecutivo y la oposición, todo en aras de conservar esa sacrosanta “estabilidad institucional democrática y el Estado de derecho”, que les permitirá a tirios y troyanos ser reelectos en el 2026. Así prolonga indefinidamente su vida el “País Político” a costa del “País Nacional”. Poco importa que esté muera bajo la férula de poderes de facto que lo confina, extorsiona y asesina a sus líderes, como Aurelio Araujo del pueblo AWA y sus dos escoltas de la Unidad Nacional de Protección (UNP), Jesús Albeiro Chávez y Jackson Solarte, en hechos ocurridos en zona rural del municipio de Ricaurte, cerca al sector conocido como Ospina Pérez, en el piedemonte costero nariñense[ii]. “En los primeros cinco meses del año, 71 líderes sociales han sido asesinados en Colombia, y 18 de esos casos ocurrieron en el departamento del Cauca, la zona del país más peligrosa para los defensores de derechos humanos”[iii], según el más reciente informe del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz). ¿De cuál Estado de derecho nos hablan los constitucionalistas, académicos y sus aguerridos defensores en el Congreso?

[i] https://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/dictadura-de-rojas-pinilla-golpe-de-opinion-que-decepciono-a-colombia-506522

[ii] https://caracol.com.co/2025/06/03/masacre-en-ricaurte-asesinado-lider-indigena-awa-de-narino-y-sus-dos-escoltas/

[iii] https://elpais.com/america-colombia/2025-06-03/con-o-sin-cese-al-fuego-la-paz-total-aun-no-logra-frenar-los-asesinatos-contra-lideres-sociales.html

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