martes, junio 21, 2022

¡NO MÁS CAMPAÑAS ELECTORALES Y PATRAÑAS POLÍTICAS!

 

¡NO MÁS CAMPAÑAS ELECTORALES Y PATRAÑAS POLÍTICAS!

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Hernando Llano Ángel

Con la irrupción en las redes sociales de las distintas estratagemas electorales, las actuales campañas aparecen como auténticas patrañas políticas. Patraña[1], según la RAE, es una “invención urdida con propósito de engañar”. Sin duda, en esta campaña presidencial, la política se ha convertido en el arte de quién miente y engaña mejor con el propósito de obtener votos y llegar a la Casa de Nariño. Pero no debemos confundirnos. Ello ha sucedido en todas las anteriores campañas, variando solo en la dimensión, cantidad y gravedad de las mentiras. Mentiras que luego se nos revelan durante los cuatro años de gobierno del respectivo ganador y nos producen frustración e indignación. Y cada cuatro años reincidimos porque tenemos una prodigiosa capacidad para olvidar. Esa amnesia colectiva nos salva de la locura, pero nos condena a malvivir. Ya olvidamos que Gaviria nos anunció un “Bienvenidos al futuro” y nos dejó peor que en el pasado. Y así sucesivamente. Cada gobierno tuvo la inverosímil competencia de continuar mintiendo mejor y nosotros de seguir creyendo en tanta fantasía.

Consumación perfecta del Ducado

Hasta que Duque, con su reino encantado de alfombra roja y “paz con letalidad”, perdón, “paz con legalidad”, rompió el hechizo de la mentira como fórmula consuetudinaria de gobernar. Hay que reconocer que enfrentó desafíos como la pandemia y desató, con su indolente proyecto de reforma tributaria, el estallido social. De nada le sirvieron las destrezas de bailarín que exhibió durante su campaña electoral, el dominio del balón de futbol sobre su cabeza, lo único que tuvo bajo control, y sus acordes de guitarrista. Pese a todas esas cualidades de estadista, el baile terminó en un violento estallido social, la Selección no clasificó al mundial de Catar y los acordes de guitarra fueron ahogados con metralla. Claro que también su modestia y autismo narcisista, sumado al de sus amigos de la universidad Sergio Arboleda[2] --los más preparados, competentes, brillantes y honestos funcionarios que hayamos tenido— le ayudaron a perfeccionar su inolvidable gobierno. Pero como nada es eterno en el mundo, todo es efímero, apenas le quedan tres meses para entregar tan excelsa obra a su sucesor. Todo está consumado, salvo sus viajes al exterior para divulgar al mundo su magnífico Ducado.

¿Comienzo o fin de otra pesadilla?

Independientemente de quien gane la Presidencia el próximo domingo 19 de junio y suceda a Duque, debe saber que ya se terminó ese reino de mentiras de la “democracia más estable y profunda de América Latina” y que no podrá continuar gobernando solo a punta de subsidios, asistencialismo estatal, gestos pintorescos y promesas incumplibles. Ni la corrupción política, savia de este régimen electofáctico[3] y su Estado cacocrático[4] se eliminará en cuatro años, ni mucho menos se alcanzará la paz con justicia social en un periodo presidencial. No se puede seguir creyendo y viviendo de esos cuentos. Unos cuentos que no solo los creemos, sino que más bien los creamos. Los creamos entre todos, cuando nos ilusionamos y delegamos en los candidatos la realización de nuestros sueños, necesidades, intereses, ambiciones, temores y corremos a depositarlos en las urnas. Como si bastará con marcar sobre un tarjetón nuestro candidato para acabar con la corrupción o tener una digna pensión. Si no superamos esa suerte de fetichismo electoral, las urnas seguirán siendo como la Caja de Pandora[5], que al abrirlas dejan escapar todos los males y solo queda refundida en el fondo la esperanza. Y a los cuatro años siguientes volvemos a repetir ese sempiterno ritual de la fiesta electoral y su posterior frustración popular. No confundamos el tarjetón con el baloto y menos a una endeble caja de cartón con la caja mágica de la prosperidad y la felicidad. Pero, sobre todo, no creamos que el ganador será un Savonarola[6] incorruptible o un Moisés de la justicia y la redención social. Ni el ingenioso Hernández, ni el justiciero Petro son taumaturgos[7] dotados de superpoderes como para eliminar la corrupción y la injusticia social durante su gobierno. Quienes van a las urnas con semejantes ilusiones pueriles no son engañados por sus candidatos. Más bien ellos mismos se engañan y autodefraudan, pues delegan en los candidatos su propia suerte y no se comportan como ciudadanos responsables sino como electores cautivos que esperan favores, subsidios, becas o puestos por sus votos. Parafraseando a José María Vargas Vila[8] y su lapidaria frase “Quien vota, elije un amo”, aquí más bien diríamos “Quien vota, elije un patrón” y benefactor que, una vez en el gobierno, se convierte en un vector del virus contagioso y persistente de la corrupción endémica que aqueja la administración pública y nunca se superará insultando, dando cachetadas a sus críticos[9] o golpeando la mesa. Pero también los hay quienes votan o financian las campañas porque se comportan como socios del futuro gobernante y esperan de él recibir favorabilidad en sus contratos, como al parecer fue el frustrado caso de Vitalogic[10], que compromete gravemente a Rodolfo Hernández y por el cual deberá responder el próximo 21 de julio ante el juzgado décimo penal del circuito de Bucaramanga[11]. Corrupción sistémica a través de negociados como Odebrecht; o zonas francas como las de Mosquera[12], o mediante el uso intensivo de la puerta giratoria para transitar de las empresas privadas al sector público y viceversa, como es usual entre tecnócratas como Alberto Carrasquilla e inescrupulosos abogados como Néstor Humberto Martínez, ejemplos nefastos del Ducado. Todo lo anterior, claro, sin violar la ley y dentro del orden establecido. Tal es la esencia de la corrupción del régimen político que Gaitán llamaba el País Político[13], sustentado en la celebración periódica de negocios impunes entre empresarios y políticos profesionales en beneficio propio y perjuicio público, del cual Vitalogic parece ser un ejemplo más que no alcanzó a perfeccionarse. Todo este entramado con su parafernalia de instituciones corruptas es lo que permite la perpetuación, elección tras elección, de la patraña política que estamos viviendo. Para salir de esta patraña y su régimen de mentiras y corrupción no basta con votar, es imprescindible deliberar, concertar y actuar como ciudadanos, en forma organizada y convergente. Una deliberación que comienza por decirnos las verdades, desde nuestras necesidades, intereses, miedos, prevenciones y aspiraciones, porque solo así podremos recobrar la confianza pública, sin la cual no saldremos de este pestilente lodazal de campañas electorales y patrañas políticas. Una oportunidad excepcional nos la brindará el informe final de la Comisión de la Verdad[14], cuyo componente más importante no es tanto la comprensión de lo sucedido durante el conflicto armado interno y las responsabilidades de todas las partes, sino la identificación de los factores y las dinámicas causantes del mismo para poner así fin a su repetición. El informe será divulgado el próximo 28 de junio y quien resulte electo como Presidente este domingo 19 será el primer interpelado para poner fin al conflicto armado y evitar la repetición de sus barbaridades. Pero él solo no podrá asumirlo, puesto que es una responsabilidad de todos como ciudadanía. Para hacerlo existen en la actualidad varias y valiosas iniciativas, entre las que cabe destacar la promovida nacionalmente por La Paz Querida con la formulación de una Agenda Ciudadana de Coexistencia Pacífica para Colombia[15]. También, la más académica sobre la crisis de la democracia y la emergencia de una ciudadanía activa, impulsada por Valiente es Dialogar[16]. Y el proyecto Tenemos que Hablar Colombia[17] cuyos enlaces les invito a consultar y leer. Cada una de estas iniciativas ciudadanas nos brindan valiosos espacios y relaciones sociales para avanzar por la senda de la construcción de una auténtica democracia. Una democracia que vaya superando esa nefasta dicotomía entre el País Político y el País Nacional que nos ha impedido convivir responsablemente en forma justa, digna y en paz, reconociéndonos en nuestra valiosa pluralidad cultural, política y étnica, conservando, protegiendo y amando nuestra portentosa biodiversidad. Solo así podremos rescatar del fondo de las urnas la esperanza extraviada y convertirla en una democracia vital y socialmente incluyente, como normativamente lo establece la Constitución Política del 91, pero no rige en nuestra cotidianidad. La democracia nunca se agota en las urnas, apenas comienza, pero una de las formas más imperceptible de ponerle fin es delegando totalmente nuestra responsabilidad ciudadana en alguien, solo porque gana una elección para presidir la Nación. Tengámoslo presente al votar el próximo domingo 19 de junio. No botemos nuestro voto una vez más en la Caja de Pandora electoral.



CONTRA LA PORNOPOLÍTICA DE LA INFOCRACIA

 

CONTRA LA PORNOPOLÍTICA DE LA INFOCRACIA

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Hernando Llano Ángel

Conforme avanza el debate entre Petro y Hernández y nos acercamos al domingo 19 de junio, ambos candidatos nos revelan más motivos para desconfiar no solo de la viabilidad gubernamental de sus propuestas, sino de la coherencia entre sus palabras y actos, incluso de sus propias identidades. En últimas, cada vez nos dan más argumentos para desconfiar de sus programas y de la autenticidad de sus discursos, valores y principios éticos. Están corriendo el grave riesgo de parecer impostores y comediantes en el show de la segunda vuelta. Ambos, junto a sus directivos de campaña, incondicionales seguidores y toda la parafernalia de bodegas y artilugios técnicos, troles[1] y mentiras en las redes sociales, parecen estar empeñados en competir por quien gana la carrera presidencial deslegitimando y despellejando al contrario sin límite alguno, hasta convertirlo en un espectro en las urnas[2]. Sus malquerientes e implacables adversarios políticos, así en el pasado hayan sido aliados, como Jorge Enrique Robledo, revela el registro civil de nacimiento de Gustavo Petro para demostrarnos que no nació en Ciénaga de Oro sino en Zipaquirá[3].  Pero ganó en ambas ciudades en primera vuelta[4]. ¡Ahora falta que aparezca un registro civil de nacimiento de Rodolfo Hernández en Venezuela! Con semejante vértigo de información y desinformación nada sorprendería que pronto circulen por las redes sociales fotografías pornográficas o escenas dantescas de violencia y negociados, donde ambos o alguno de ellos figure como protagonista. De hecho, ya es viral un montaje fotográfico donde aparece Petro junto a Pablo Escobar[5]. Un montaje que, a pesar de lo burdo y falso, es creído a pie juntillas por quienes son petrofóbicos[6] y lo reenvían velozmente a miles de contactos. También circulan falsos montajes de audios donde los escuchamos haciendo absurdas propuestas, borrachos y hasta se editan las entrevistas que conceden. Se les inventa un pasado cada vez más turbio y criminal, sindicándolos de delitos abominables, en el caso de Petro, o de negociados multimillonarios realizados por Hernández. Se publican trinos falsos, como el supuestamente enviado por Uribe adhiriendo a Hernández[7]. En fin, entramos de lleno en una especie de procaz y escandalosa campaña pornopolítica[8] que busca exhibir todas las miserias, fealdades e inmundicias del cuerpo político de ambos protagonistas, siendo casi imposible discernir lo que es verdad o mentira. Cada vez más la información crea, inventa o sustituye la realidad fáctica, hasta convertirla en algo inexistente. Entonces perdemos la capacidad para decidir con juicio, objetividad y rigor sobre la realidad, pues ella es inventada, tergiversada y acomodada a los intereses de cada candidato. Las redes sociales nos convierten en electores manipulados, estimulados y radicalizados, unos contra otros, suministrándonos información falsa que nos enfrenta como enemigos y perdemos nuestra condición de ciudadanos y miembros de una misma comunidad política que se supone es el fundamento de la democracia.  Es lo que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han[9] analiza y explica en su libro Infocracia[10] y denomina el fenómeno de la digitalización, que ha sumido la democracia en una profunda crisis de legitimidad en todo el mundo. Ello explica, en parte, el triunfo de personajes peligrosamente antidemocráticos y pintorescos como Donald Trump y Nayib Bukele. Es lo que estamos viendo, viviendo y padeciendo en esta campaña, especialmente por el desprecio hacia el Estado de derecho e instituciones representativas, como el Congreso, minando casi totalmente su legitimidad, enarbolando la bandera populista de luchar y erradicar la corrupción. Con semejante pretexto, lo que puede terminar erradicándose totalmente es la libertad política y la vida democrática. Desde el punto de vista individual, una solución simple y radical es desconectarse totalmente de las redes sociales, pero es imposible porque ellas son ubicuas, están en todas partes al mismo tiempo, alimentan la prensa, la televisión y la radio, que se convierten en ecos y plataformas de ellas. Una forma más sensata y realista es aguzar nuestro juicio y análisis hasta límites rayanos con el escepticismo y la incredulidad agnóstica, contrastando al máximo todo lo recibido con diversas fuentes de información y sometiéndolo a la prueba de fuego de los hechos constatados y plenamente probados. Obviamente ello resulta extenuante y demanda demasiado tiempo. Requiere tomarse muy en serio la democracia y el ejercicio de votar, siendo conscientes que estamos decidiendo no solo sobre nuestros intereses, necesidades y deseos, sino especialmente sobre lo que afectará la vida y la dignidad de todos como de las futuras generaciones. Por eso los candidatos tienen la enorme responsabilidad de decirnos quiénes son realmente y no inventarse personalidades imaginarias con cualidades y virtudes magnánimas que no tienen, para exhibirnos púbicamente sus caretas de candidatos y no sus verdaderas caras e identidades. Identidades que están definidas por sus pasados, pero especialmente por el presente, con sus intereses personales, familiares y empresariales, como también por sus aspiraciones futuras. Esas identidades, todos los sabemos, están siendo reconfiguradas por sus asesores de imagen y marketing político. Convendría saber quiénes son ellos, cuáles candidatos han asesorado en otros países y han llevado a la presidencia de sus Estados, como es el caso de KAYROS GROUP y su presidente Víctor López, asesor español en las campañas de Donald Trump y Nayib Bukele, quien trabajó para la campaña de Rodolfo Hernández hasta el 25 de enero y continúa en contacto con ella, según comunicado del grupo español.[11] Por lo pronto, ambos candidatos deberían presentar públicamente sus declaraciones de renta, sus eventuales conflictos de interés, sus principales ejecutorias públicas, su núcleo de amistades y relaciones profesionales, empresariales, sus principales acreedores, y obviamente con quiénes eventualmente gobernarían, para beneficio de qué grupos o sectores sociales específicamente y cómo nos rendirán cuentas periódicas de sus responsabilidades gubernamentales. Todo lo anterior podría ser sometido a examen y verificación por un grupo de universidades públicas y privadas, designadas de común acuerdo por ambos candidatos y rendirnos un informe antes del 19 de junio. Así tendríamos los ciudadanos más elementos de juicio veraces para decidir nuestro voto y no ser manipulados por la desinformación y publicidad mentirosa que circula y abunda en las redes sociales. Porque una decisión tomada con información falsa, corrompe por completo nuestra voluntad ciudadana y aborta la legitimidad democrática. La sustituye por la mentira infocrática como un cáncer que produce la muerte lenta e imperceptible de la democracia. Basta recordar la elección y lección dejada por Trump. ¿Estaremos ad portas de que ello suceda el próximo 19 de junio? En tal caso, la única opción ética y políticamente legítima sería el voto en blanco, como rechazo a la instauración de una Infocracia que oculta intereses y nos miente en nombre de la democracia.



LA CAJA DE PANDORA DE PETRO Vs LA CAJA POPULISTA DE HERNÁNDEZ

LA CAJA DE PANDORA DE PETRO Vs LA CAJA POPULISTA DE HERNÁNDEZ

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Hernando Llano Ángel

Continuando con el símil de la Caja de Pandora, se podría afirmar que la caja de Petro contiene la esperanza de más de 8 millones de compatriotas por vivir en un país que les brinde igualdad de oportunidades para dejar de ser nadies. Oportunidades para el ejercicio de sus derechos fundamentales, sin depender ello de quedar atrapados en las redes clientelistas de los politiqueros o las asistencialistas del Estado, como sucede en la actualidad. Para alcanzar tal propósito, su programa de gobierno se compromete con reformas estructurales como la redistribución de la tierra; promover justicia tributaria que grave a los más ricos y así el Estado poder desarrollar políticas sociales centradas en derechos más que en subsidios temporales; diseñar un sistema pensional más incluyente y justo, que garantice seguridad social y una vejez digna a millones de colombianos expuestos sus últimos años de vida a la penuria y la marginalidad social. También se propone sustituir en un periodo de 12 años la dependencia fiscal del Estado de las energías fósiles, petróleo y carbón, incentivando su sustitución por energías limpias y sostenibles como la solar y eólica. Considerando dichas propuestas, su programa puede ser caracterizado como reformista, no de extrema izquierda, si acaso socialdemócrata, que apuesta por una transición energética acorde con la crisis climática planetaria. Tales propuestas han sido calificadas por sus opositores de enorme peligrosidad para la democracia y la estabilidad económica, tildándolas de extrema izquierda y hasta de comunistas. Calificativos que no se corresponde objetivamente con el alcance social y económico que ellas contienen, pero que han sido políticamente muy efectivos para sembrar el miedo y presentar a Petro como expropiador “castrochavista”. Una imagen negativa que refuerza en millones de colombianos su “petrofobia”, como bien la denomina el blog Reencuadres[1], de Manuel J Bolívar, y llevará probablemente a millones de colombianos el próximo 19 de junio a votar por la caja populista del Mercado de la Transparencia del ingenioso Hernández. Una Caja que contiene la promesa de acabar con la robadera de los politiqueros, hacer transparente y pulcra la gestión pública y les ofrece lo que ellos quieren escuchar en forma chabacana: “quitarles a todos los congresistas las camionetas”, “convertir la Casa de Nariño en un museo con obras de Botero”, sin duda su propuesta más robusta, sólida y pintoresca que la llevará a cabo el poeta William Ospina catapultado a ministro de cultura. Por si faltara algo, Hernández se presenta como un Presidente filántropo, que trasladará su sueldo al Icetex para condonar las deudas de los “muchachos pobres” que no alcanzan a cancelarlas. Ingeniosas y populares propuestas que despiertan exactamente lo contrario de las de Petro: más simpatía, votos y admiración cercanas al afecto por un abuelo bonachón, generoso y charlatán. Si a ello se suma su imagen de ingeniero y empresario rico, caricatura de un Trump tropical, además de sus expresiones y comportamientos de “macho vulgar”, que amenaza y golpea a quien lo desafía, tenemos todos los ingredientes necesarios para convocar a millones de admiradores que quisieran ser como él: rico, macho y exitoso. Pero además de estos rasgos idiosincráticos en los que se ven reflejados millones de colombianos, muchos más de los 6 de la primera vuelta, hay que sumar otros dos aspectos que afectan negativamente la imagen y posibilidades de Petro para la segunda vuelta. Ellas son, su temperamento y estilo de liderazgo en la gestión pública, el cual no está muy lejano del propio de Hernández. El segundo, la cultura política y los intereses económicos predominantes en nuestra sociedad, en los que Petro sí se encuentra muy lejano de Hernández y claramente favorecen al ingeniero con sus ingeniosas propuestas, tan celebradas por el colombiano corriente y pragmático, obsesionado por salir adelante, ser emprendedor y parecerse al ingeniero.  

Petro y Hernández tan cercanos

Durante su alcaldía de Bogotá, Petro reveló dos rasgos negativos de su liderazgo, la conflictividad y prepotencia intelectual, que afectan su imagen y talante democrático. Un talante poco permeable a la concertación y al reconocimiento de los errores, como su desacertada gestión en la crisis de las basuras de la capital. Convendría que Petro tuviera en cuenta que un auténtico demócrata no está seguro de tener siempre la razón, como advertía lucidamente Albert Camus a sus contradictores. Tales rasgos quedaron en la memoria de millones de colombianos, pues exhibió enormes dificultades para trabajar en forma concertada, estable y eficiente con cercanos y valiosos colaboradores, como Antonio Navarro, en la Secretaria de gobierno y Consuelo Ahumada en la Secretaria de Integración Social. No obstante, independientemente de los balances dispares y las controversias interminables sobre el alcance  de su administración[2], su triunfo en la primera vuelta el pasado 29 de mayo con el 47.05% de los votos[3], demuestra que cuenta con un apoyo mayoritario en el electorado capitalino frente al 22.15% de Rodolfo Hernández. Curiosamente, Hernández también exhibió dos rasgos más deplorables que los de Petro durante su popular alcaldía de Bucaramanga: su irascibilidad e intolerancia frente a sus críticos, que fueron desde los insultos hasta la agresión física, como sucedió con el concejal John Claro[4] y luego cuando recibió una sanción de la Procuraduría General de la Nación[5] “con suspensión e inhabilidad especial por cinco meses por incumplir su deber de tratar con respeto y dignidad humana a un ciudadano, durante una actividad realizada el 26 de octubre de 2018, en el Parque Solón Wilches del municipio”. Estos rasgos son incluso más graves y peligrosos que los de Petro si tenemos en cuenta que dentro de las medidas anunciadas por Hernández como recurso de gobernabilidad está el uso de la Conmoción Interior, lo que podría conllevar abusos de autoridad y violaciones generalizadas a los derechos humanos, si miembros de la Fuerza Pública siguen el trato que dio Hernández a sus contradictores durante su alcaldía en Bucaramanga. De manera que, en cuanto a temperamento, ambos se encuentran relativamente cercanos, reconociendo una enorme y sustancial diferencia, pues Petro en su vida de congresista se destacó por sus valientes y documentados debates contra el paramilitarismo, la parapolítica y la defensa de los derechos humanos y nunca ha mencionado la Conmoción Interior como un recurso para su gobernabilidad. Uso que además no es discrecional de la voluntad presidencial, como parece pensarlo Hernández, sino que depende de los requisitos fijados por el artículo 213 de la Constitución Política.

Petro y Hernández tan lejanos

Pero la mayor distancia entre ambos la encontramos en la cultura política y los intereses económicos que predominan en la mente y los comportamientos de la mayoría de colombianos. En la cultura política hay que reconocer que en nuestra sociedad predominan los rasgos más conservadores y antidemocráticos, casi atávicos, que consideran valores como el debate y la deliberación, el respeto a los derechos humanos, la autonomía individual, la diversidad de orientación sexual, la igualdad de género, la protesta social y los derechos humanos como expresiones propias del izquierdismo y a sus defensores o promotores les tildan de “mamertos”, “guerrilleros vestidos de civil” o “traficantes de derechos humanos”, como los llamaba el expresidente Uribe durante sus administraciones. Rasgos de una cultura política premoderna, que le teme al cambio en clave de mayor pluralismo, libertad, igualdad, deliberación y liderazgo ciudadano. Todos estos rasgos son muy cercanos a la identidad del ingeniero Hernández, compartidos y venerados por millones de colombianos que le huyen al debate, como lo hace el candidato, sobre temas relacionados con dichos valores y se refugian en refranes irrebatibles como: “no le meta política a eso”, “mamerto tenía que ser”, “más obras, menos cháchara”, “ no soy ni de izquierda, ni de derecha”, “a trabajar, vagos”, “no sea atenido” y un sinfín de “sabiduría práctica y sentido común” del que hace gala el ingenioso Hernández, como afirmar que para el ministerio de Hacienda solo necesita alguien que sepa “sumar y restar”, en entrevista con Vicky Dávila en SEMANA. Estos valores son compartidos por millones de colombianos que se consideran moralmente superiores y “gente de bien”, que desprecian y estiman como peligrosas, igualadas y hasta degeneradas a las personas que no piensen como ellos, pues les asiste la certeza que tales personas atentan contra la democracia y son indeseables porque no aprecian igual que ellos la “tradición, la familia y la propiedad”, en fin, son unos vagos, mamertos e izquierdistas que siguen al “guerrillero Petrogusano” y a la “atenida” negra, igualada e ignorante Francia Márquez. Lo anterior es una caricatura, pero no está muy lejana de la realidad que circula profusamente por las redes sociales. Algo semejante acontece con los intereses y valores predominantes en el mercado, pues el ingeniero aparece como un adalid de la libre empresa, del éxito económico, del trabajador virtuoso, del hombre justo y el esposo ejemplar. En cambio, Petro es proyectado como una amenaza para el mercado, la libre empresa, la propiedad, el trabajo virtuoso y hasta parece un veleidoso esposo con más de un matrimonio a cuestas. Por todo ello, era apenas obvio que el dólar se despreciará frente al peso y los valores subieran en la bolsa de capitales con los casi 6 millones de votos por Hernández en la primera vuelta. Sin duda, Hernández representa y defiende con éxito los valores del mercado. Así lo expresó con picardía cuando reconoció que las hipotecas eran su vaca lechera como constructor y sentía una delicia al cobrar intereses por 15 años a un “hombrecito”[6]. Los valores de la bolsa y el capital cotizan mucho mejor en el mercado electoral que los valores de la igualdad de oportunidades y la dignidad humana. La esperanza refundida en la Caja de Pandora de Petro es más incierta y exigente que la rentabilidad y popularidad de la Caja de Mercado y la “Transparencia” del ingenioso Hernández. Pero como dice el refrán: “La esperanza es lo último que se pierde” y ojalá la Caja de Mercado Populista de la Transparencia de Hernández no se convierta en la de la carestía y la “Tramparencia” para millones de colombianos. A partir del próximo 19 de junio lo decidiremos y viviremos por cuatro años, si el destino, la gestión y la oposición lo permiten, contando obviamente con la buena salud y vitalidad del ganador.