domingo, septiembre 07, 2025

LA JUSTICIA PENAL EN EL LABERINTO DE LA CRIMINALIDAD POLÍTICA.

 

 

LA JUSTICIA PENAL EN EL LABERINTO DE LA CRIMINALIDAD POLÍTICA

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/la-justicia-penal-en-el-laberinto-de-la-criminalidad-politica/

https://elpais.com/america-colombia/2025-08-30/la-justicia-penal-en-el-laberinto-de-la-criminalidad-politica.html

Hernando Llano Ángel.

La justicia penal en Colombia se encuentra atrapada y extraviada en el laberinto de la criminalidad y la ilegalidad política nacional desde hace muchos años. No solo ahora por el juicio y la condena en primera instancia del expresidente Álvaro Uribe Vélez a doce años en prisión domiciliaria, revocada por el Tribunal Superior de Bogotá, mientras resuelva en octubre la apelación interpuesta por sus abogados. La justicia penal está atrapada, casi encarcelada en ese laberinto, desde la eufemística política de sometimiento a la justicia del expresidente César Gaviria para contener el narcoterrorismo de los extraditables y lograr así la entrega de Pablo Escobar. Una entrega que resultó transitoria, pues solo estuvo un año en su cárcel-catedral de impunidad[i], tolerada implícitamente por Gaviria, lo que facilitó su insólita fuga el 22 de julio de 1992. Pero el origen del drama de la justicia penal comienza con la incapacidad del Estado colombiano para contener el auge, la prosperidad y la creciente complacencia social con las fortunas procedentes de mercados ilegales. Inicialmente fue el anodino e inofensivo contrabando de mercancías, cuyo paraíso era San Andrés islas, para la felicidad de millones de colombianos que con la anuencia gubernamental adquiríamos todo tipo de electrodomésticos y bebidas espirituosas. Ese familiar contrabando insular se formalizó con numerosas sucursales de “San Andresitos” en el interior del país. Pero la anuencia gubernamental ya se había expresado en la política cambiaria del Estado con la polémica “ventanilla siniestra[ii] del banco de la República bajo el gobierno de Alfonso López Michelsen, que canalizó flujos de dineros procedentes de la bonanza cafetera, pero también de mercados ilegales. Luego vino la bonanza marimbera, continúo con el tráfico de cocaína y llega hasta nuestros días con su internacionalización y globalización. Hoy sabemos que tiene en Catar un punto de intersección donde el actual gobierno explora las posibilidades de someter a la justicia el grupo criminal más poderoso, el autodenominado Ejército Gaitanista de Colombia, que controla cuantiosas rentas procedentes de mercados ilegales. En ese escenario de criminalidad “interméstica”, por lo internacional y doméstica, la justicia penal colombiana está en limbo, al menos en esta etapa exploratoria, pues ni siquiera existe un marco legal para su aparición en escena.

La extradición de la justicia colombiana

Pero el telón de fondo de ese universo semilegal y criminal que corroe toda la sociedad colombiana es eminentemente político e interestatal y su origen se encuentra en la fracasada “guerra contra las drogas”. Guerra mediada y catalizada por el célebre Tratado de Extradición con Estados Unidos. Un Tratado que en la práctica terminó siendo la extradición de la soberanía judicial del Estado colombiano, pues delegó y sometió al poder punitivo norteamericano el castigo de los más poderosos narcotraficantes y criminales colombianos. La extradición, pues, ha convertido la política criminal de Colombia en una variable subordinada a los intereses de los Estados Unidos. Una variable cada día más politizada con mecanismos como la descertificación, hoy una pesada espada de Damocles que blande amenazante Trump sobre la cabeza de Petro[iii]. Pero, también, una variable política para los presidentes colombianos que la han utilizado a su discreción, como lo hizo Uribe con los paramilitares y Simón Trinidad. Con los primeros, para evitar que terminaran revelando todo el entramado criminal de la parapolítica y la para-economía, que afectaría gravemente su legitimidad y gobernabilidad; con Trinidad para presionar la liberación de numerosos secuestrados en poder de las Farc-Ep. Logró lo primero, pero no lo segundo, por eso Trinidad también fue extraditado. En conclusión, la extradición sirvió para burlar la justicia en Colombia, pues en los Estados Unidos negociaron sus penas y obtuvieron fácilmente la libertad en la mayoría de los casos.

La Justicia penal comodín de la política

En ese contexto, la justicia penal no ha podido escapar a su utilización por la política como un comodín al servicio del gobernante de turno. La política ha utilizado la justicia a discreción para alcanzar sus objetivos, así sea en forma parcial. Lo hizo Uribe con la ley 975 del 2005, llamada de “Justicia y Paz” con los paramilitares y luego Santos con el Acuerdo de Paz, creando la Jurisdicción Especial de Paz (JEP). En ambos casos, el máximo objetivo ha sido la paz política, desmovilizando miles de armados, por lo cual se podría afirmar que se trata de una justicia de transición o, si se quiere, una “justicia para-política”, más en beneficio de miembros de grupos armados tanto de extrema derecha como de extrema izquierda, que propiamente una justicia de verdad para las víctimas. De allí el descontento y la frustración de la mayoría de las víctimas frente a la JEP, pues lo máximo que les ha podido aportar es verdad, sin haberlo logrado en muchos casos, tanto para miles de secuestrados por las Farc-Ep como en los “falsos positivos” perpetrados por miembros de la fuerza pública. De otra parte, y para evitar más víctimas, el actual gobierno pretende avanzar en su política de “Paz Total” presentando al Congreso un proyecto de ley para el sometimiento a la justicia de grupos armados con alto impacto criminal, como el Ejército Gaitanista y numerosas bandas criminales dedicadas a la extorsión y el microtráfico en importantes ciudades del país. De aprobarse, otra vez la justicia penal estará envuelta en una encrucijada donde intentará conciliar penas, que seguro serán laxas, con la sanción de innumerables atroces crímenes, como ha sucedido con los paramilitares y exguerrilleros, cuyos máximos comandantes gozan ya de libertad, todo ello en nombre de una paz esquiva, mayor seguridad ciudadana y control del Estado de la delincuencia organizada. Metas imposibles de alcanzar mientras persista el incentivo irresistible de los mercados y las rentas ilegales en extensos territorios rurales y en nuestras populosas ciudades se fortalezcan numerosos enclaves de criminalidad para el reclutamiento de jóvenes sin alternativas de empleo y educación.

De la criminalidad organizada a la criminalidad política

Y mientras esto sucede en relación con la criminalidad organizada, paralelamente la justicia penal enfrenta un desafío quizá mayor en todos aquellos casos en que investiga a protagonistas de la política nacional. El juicio del expresidente Uribe es el más trascendental. En este ámbito no cabe hablar de la politización de la justicia, tampoco de judicialización de la política, pues estamos ante un fenómeno que permea por igual a todos los sectores y partidos políticos, tanto en la derecha, centro e izquierda, como es la criminalidad política, que comúnmente se denomina corrupción y cubre una amplia gama de delitos que terminan configurando propiamente el funcionamiento de un Estado cacocrático con su respectiva gobernabilidad más o menos ilegal y criminal. Es el caso del actual gobierno con su mayor escándalo, la corrupción en la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), cuyo número de altos implicados cada día aumenta, incluida la fuga de Carlos Ramón González[iv], exdirector Nacional de Inteligencia, asilado en Nicaragua, paradigma de Estado cacocrático, que acaba de negar su extradición. Por eso, más bien debería denominarse Unidad para la Generación Nacional de Riesgos y Desastres del Gobierno del Cambio, ya que ha minado su credibilidad y legitimidad mucho más que la enconada oposición en el Congreso a sus reformas sociales.

La criminalidad cacocrática       

Pero ninguno de los presidentes y sus gabinetes ministeriales desde la Constitución del 91 escapa a los escándalos propios del Estado cacocrático. Esos escándalos han sido la noticia cotidiana desde Gaviria hasta Petro, por lo que no hay aquí espacio para reseñar semejante saga de criminalidad gubernamental. Pero, sin duda, las administraciones presidenciales con el mayor número de altos funcionarios procesados y condenados por la justicia, con sentencias confirmadas hasta agotar el recurso de casación en la sala penal de la Corte Suprema de Justicia, han sido las presididas por Álvaro Uribe Vélez entre 2002 y 2010. Abarcan delitos que van desde el entramado electoral y criminal del concierto agravado para delinquir de numerosos congresistas, cerca de 60[v], condenados por su asociación con grupos paramilitares, conocido como la “Parapolítica”[vi], pasando por la condena de tres de sus ministros: Andrés Felipe Arias, Sabas Pretelt de la Vega, Diego Palacio y 20 funcionarios de su círculo más cercano[vii]. Sin olvidar graves crímenes contra figuras admiradas como Jaime Garzón y el profesor Alfredo Correa de Andreis. Por el de Garzón fue condenado José Miguel Narváez[viii], exsubdirector del extinto Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) y Jorge Noguera, exdirector del DAS, como coautor del asesinato del profesor Alfredo Correa de Andreis[ix], cometido por miembros del grupo paramilitar del Bloque Norte. Semejante prontuario de gobernabilidad criminal terminó arrastrando a numerosos miembros de la Fuerza Pública a la comisión de miles de ejecuciones extrajudiciales, llamados “falsos positivos”[x], en cumplimiento de la Directiva 29[xi] del ministerio de defensa y de la política de “seguridad democrática”. Quizá por todo lo anterior hasta el jefe de seguridad del propio presidente Uribe, el general (r) de la Policía Nacional, Mauricio Santoyo, terminó extraditado y condenado en Estados Unidos. El 20 de agosto de 2012 ante una corte del Eastern District of Virginia (Estados Unidos) aceptó haber ayudado a las Autodefensas Unidas de Colombia”[xii] y recibido por ello cinco millones de dólares.

¿Cómo salir del laberinto cacocrático?

Por todo lo anterior, la Fiscalía, la justicia penal y muchos de sus funcionarios se debaten hoy en un laberinto demasiado intrincado, pues enfrentan el desafío descomunal de investigar, procesar y condenar una criminalidad que está fusionada muchas veces con el poder político y respaldada por las máximas instancias del Estado en forma explícita o implícita. A ello se suma, que los presuntos máximos responsables de ese entramado cacocrático cuentan para su defensa con los mejores y más costosos equipos de abogados, capaces de dilatar los procesos hasta su prescripción o, lo que es peor, eludir con sofisticados recursos y sofismas procesales la justicia, la verdad y culpabilidad de los implicados. Abogados que encarnan a la perfección la descripción que hace García Márquez en su proclama “Por un país al alcance de los niños”[xiii] de nuestra peculiar y nefasta relación con el derecho y la justicia: “En cada uno de nosotros cohabitan, de la manera más arbitraria, la justicia y la impunidad; somos fanáticos del legalismo, pero llevamos bien despierto en el alma un leguleyo de mano maestra para burlar las leyes sin violarlas, o para violarlas sin castigo”. Tal es el mayor desafío que enfrenta la sala penal del Tribunal Superior de Bogotá para resolver el recurso de apelación interpuesto por los abogados del expresidente Uribe.

Campañas electorales para delinquir

Un desafío que enfrentan la mayoría de aspirantes a la presidencia de la República y les compete directamente, pues una de las fuentes de la criminalidad política está en la financiación de sus costosas campañas, como sucedió con Ernesto Samper en el proceso 8.000[xiv].  Costos estrambóticos que los llevan a violar los topes legales de financiación o la comisión de otros delitos, como pasó en la segunda campaña del expresidente Santos, cuyo gerente, Roberto Prieto[xv], fue condenado a 5 años de cárcel. Todo parece indicar que igualmente les sucederá a Ricardo Roa, Lucy Aydee Mogollón y María Lucy Soto, gerentes de la campaña del presidente Petro, según la ponencia presentada al Consejo Nacional Electoral, que decidirá el próximo 11 de septiembre las sanciones económicas y administrativas[xvi] a imponer. Así, pues, todos los candidatos, tanto a Presidencia de la República como al Congreso, corren el riesgo de vender su alma al diablo y su desempeño público a sus generosos patrocinadores, sean ellos legales o ilegales, gremiales o corporativos. Valdría la pena que conociéramos sus patrocinadores antes de votar por ellos. Así sabríamos si lo hacemos para prolongar una cacocracia, cleptocracia, plutocracia o una mezcla de todas las anteriores, bajo la coartada de una ilusoria e incierta “democracia” donde nunca cambia nada porque es rehén de una poderosa y sofisticada criminalidad cuya cúspide parece intocable y permanece casi totalmente impune hasta nuestros días.

 

 

 



MÁS ALLÁ DEL TERRORISMO

 

 

MÁS ALLÁ DEL TERRORISMO

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https://elpais.com/america-colombia/2025-08-26/mas-alla-del-terrorismo.html

 

Hernando Llano Ángel.

Las ondas expansivas más peligrosas que han dejado los criminales y despreciables atentados terroristas de ayer en Cali, frente a la base aérea Marco Fidel Suárez, son el miedo y el odio que recorren toda la sociedad. Esas ondas nos pueden llevar a sobrepasar todos los límites imaginables. Los cilindros que explotaron han difuminado sus esquirlas de odio y sufrimiento en las mentes y corazones de millones de colombianos. Esas ondas ubicuas presentes en toda la geografía de nuestra nación, junto al dolor por los 13 policías que perdieron sus vidas en Amalfi[i], nos pueden arrastrar incluso más allá del terrorismo. Nos puede llevar, como sociedad, a una verdadera hecatombe parecida a la que viven millones de palestinos que hoy sufren la venganza sin límites de la genocida reacción de Netanyahu, su gobierno y ejército en respuesta a los ataques terroristas de Hamas[ii] el 7 de octubre de 2023. Ataques contra cientos de jóvenes que pasaron de la euforia de un concierto al infierno de su persecución, atroces asesinatos y secuestros letales. Porque lo propio del terror, más allá de si sus actores y protagonistas son estatales, como en el caso del ejército israelí contra la población civil en Gaza y Cisjordania. O, todo lo contrario, como Hamas y, en nuestro caso, esa monstruosa hidra de cabezas mutantes que son el narcotráfico y la guerrilla, es que todos ellos tienen en común su ensañamiento contra civiles inermes y que sus acciones son aleatorias, sorpresivas, sistemáticas y devastadoras, ausentes por completo de un rasgo de coraje, valor y honor militar. Los terroristas no son combatientes, son desalmados y cobardes asesinos, más allá de la causa que esgriman, los uniformes que porten o las condecoraciones que exhiban.

Todo terror es igualmente ilegítimo

Más allá de si lanzan bombas desde aviones inalcanzables, veloces drones y sofisticados misiles ultrasónicos con solo accionar un botón contra distantes y desconocidas víctimas civiles, o exploten rudimentarios tatucos y armas de fabricación casera contra anónimos campesinos y citadinos, todos ellos son terroristas, no combatientes y menos héroes de la patria. En todas las anteriores acciones desconocen el principio del honor militar y los límites del DIH y, lo que es peor, se ufanan de sus criminales proezas porque están imbuidos del fanatismo que les confiere su supuesta superioridad moral. Así lo vemos por televisión y redes sociales en el genocidio en curso contra los gazatíes, pero también en el clandestino infierno que padecen los secuestrados por Hamas y en los sangrientos atentados en Cali. Los terroristas son cobardes que rehúyen el combate con el adversario y se ensañan contra la población civil indefensa. Por eso pierden toda legitimidad y eventual reconocimiento político. Con sus criminales acciones ellos mismos se condenan al ostracismo político y social junto al desprecio de las mayorías, sin que por ello pierdan su condición de seres humanos, pues quienes llaman a su eliminación como una plaga están incurriendo en su misma lógica criminal y terrorista. Incluso les están desconociendo su responsabilidad moral por los crímenes cometidos sobre los cuales deberán responder ante la justicia y la misma historia.

La reciprocidad del terror

Tales “antiterroristas” y “estadistas” se sitúan así en una especie de pedestal de superioridad moral y estatal desde el cual ordenan bombardear y disparar sin límite alguno, desconociendo los principios protectores y salvíficos del derecho internacional humanitario, tales como la distinción entre civiles y armados, entre bienes de carácter civil y objetivos militares y lanzan ataques indiscriminados y desproporcionados que causan miles de muertos y heridos entre la población civil. Así lo hace el ejército de Israel contra los palestinos y los ejércitos de Rusia y Ucrania contra sus respectivas poblaciones. Pero igualmente ha sucedido entre nosotros con los bombardeos oficiales donde han muerto niños cautivos en campamentos guerrilleros y, todavía peor, --guardando las proporciones y distancias con esos conflictos internacionales— se han cometido miles de ejecuciones extrajudiciales, más de 6.000 “falsos positivos”, para matar la “culebra del terrorismo” y acabar de una vez por todas con las guerrillas. El resultado salta a la vista. En lugar de exaltar el valor de numerosos militares, se los degradó a la condición de asesinos que hoy revelan con vergüenza sus crímenes ante la JEP y vanamente tratan de expiar sus culpas y reparar a los familiares de los jóvenes ejecutados contando la verdad de lo sucedido. Sienten la vergüenza de haber mancillado su uniforme y unas armas confiadas legalmente para la protección de los civiles, no para su aniquilación criminal. La misma actitud han asumido algunos excomandantes de las Farc-Ep al reconocer como un horror, más que un error, sus miles de secuestros extorsivos, crímenes de guerra y de lesa humanidad, que son la negación misma de los objetivos de todo auténtico rebelde: la lucha por la libertad, vida y dignidad de los pueblos. Y ahora, en víspera de elecciones, parece que muchos políticos en trance presidencial quieren que volvamos a lo mismo y olvidemos que el miedo nunca es inocente y mucho menos un buen consejero para una política de seguridad y paz democrática. Ya escuchamos las voces de alarma, casi que alaridos, de numerosos precandidatos y precandidatas que proclaman por todos los medios de comunicación, en todos los lugares y eventos, que lo primero y más urgente es seguridad, seguridad, seguridad y rescatar la autoestima y dignidad de nuestros soldados.

Más inteligencia y más civilidad

A ellos habría que decirles que lo primero que necesitamos es más inteligencia y más civilidad. Inteligencia, más allá de la policiva y militar, que es urgente y necesaria, pero no suficiente. Porque primero precisamos la inteligencia que se esfuerce por comprender lo que sucede en lugar de repetir los errores y horrores de un pasado que nos tiene anegados en sangre, dolor y miedo. Carece de sentido y humanidad responder solo con más violencia y odio, creyendo que con ello ganamos seguridad y tranquilidad. Mucho menos, si pensamos que la seguridad solo es sostenible a punta de bayonetas, más pie de fuerza, drones, cámaras, muros y alambradas, sin preguntarnos por las principales causas generadoras de tanta violencia e inseguridad. Y la primera respuesta que encontramos, por más obvia que parezca, es que jamás tendremos seguridad si la ilegalidad y su criminalidad son una de las fuentes más prósperas de riqueza, si somos incapaces de reconocer que gran parte de su origen está en la hoja de coca[iii], un prodigio de la naturaleza, que no tiene sentido alguno condenarla a seguir siendo la matriz del crimen, la codicia y el terror. Debemos empezar por reconocer que no hay plantas ilícitas, pues la naturaleza no engendra ilegalidad, lo hace la estupidez, la ambición y la hegemonía de políticas interesadas en promover la “guerra contra las drogas” y taras culturales como el prohibicionismo, que teme a la libertad y responsabilidad humana. Todas ellas muy funcionales para ciertos intereses económicos y geopolíticos, por los que siempre estaremos condenados a vivir en este infierno que la mayoría confunde con estabilidad institucional democrática, pero en realidad es una inexpugnable cacocracia[iv] que se reelige periódicamente.

El terror del prohibicionismo

Obviamente los listos de la seguridad y el orden “democrático” siempre responden que es imposible pensar en la legalización de la cocaína. Pero nuestras comunidades andinas les responden: “La coca no es cocaína, como la uva no es vino” y podríamos añadir como la caña de azúcar no es aguardiente ni tampoco ron y así sucesivamente con todas las bebidas que hacen un poco más amable la vida, disfrutadas con mesura, con los límites propios de la civilidad y la responsabilidad, más allá de su estigmatización y prohibición. En lugar de erradicar y sustituir la coca, lo que hay es que transformarla con inteligencia, creatividad y competitividad, como todavía lo hace la bebida más vendida en el mundo, Coca-Cola, importando sus hojas de ENACO[v], la Empresa Nacional de Coca del Perú. En Colombia tenemos emprendedores sin tanto éxito, como COCA-NASA[vi], expresión de la economía popular y la tradición milenaria de la cultura Nasa, que debería ser promovida por el “gobierno del cambio”. Entonces El PLATEADO en el departamento del Cauca se convertiría en EL DORADO[vii] de la economía nacional, rivalizando con el café, otra bebida estimulante. Pero aquí el gobierno no es del cambio, sino de la continuidad, pues persiste en su erradicación y expone la vida y seguridad de sus pobladores en medio del fuego cruzado de la plata y el plomo. La plata de los narcotraficantes nacionales e internacionales y el plomo de las organizaciones criminales que se disputan los cultivos y emboscan letalmente a los militares, como en Amalfi cuando apoyaban una operación de erradicación.

El terror del pasado siempre presente

De otro lado, nada estimula más la autoestima y dignidad de los militares que el respeto y el apoyo de los civiles, el reconocimiento ciudadano por el deber legalmente cumplido y la protección de sus vidas, en lugar de ser tratados como ciudadanos de segunda clase que solo deben obedecer órdenes y estar prestos a disparar en nombre de un falaz patriotismo o la defensa de una supuesta “seguridad nacional o democrática”. Ya conocemos el lugar ignominioso adonde llevó el abuso de sus armas y su fuerza arbitraria por violar los derechos humanos y cometer graves infracciones al DIH con los “falsos positivos” en nombre de la “seguridad democrática”. Solo con más inteligencia y civilidad, acompañadas de empatía, solidaridad con las víctimas y respaldo al Estado de derecho y sus legítimas autoridades, nunca a su autoritarismo desbocado, se podrá avanzar con seguridad en la contención y eventual superación del terrorismo. Pero si de nuevo se imponen las voces estridentes del miedo y la meliflua de un líder con numerosos precandidatos y precandidatas a su disposición, como un gran elector y señor feudal, cuya inteligencia se agota en la consigna de seguridad y más seguridad y un par de rancios huevitos que disfrutan muy pocos, la inversión y la cohesión social, con certeza volveremos a repetir indefinidamente esta historia terrorífica. El terror del pasado seguirá presente. El horizonte de todos ellos se agota en ganar las próximas elecciones y no en la vida, dignidad y seguridad de las próximas generaciones. Vida, dignidad y seguridad que debe empezar por erradicar la fuente de la ilegalidad de codiciosos criminales sin límites y poner así fin a las ganancias de innumerables y respetables testaferros que abundan en lugares y ámbitos inimaginables, desde la banca con Aval[viii], la propiedad raíz con Hitos Urbanos[ix] y el comercio con personajes como “papá Pitufo”[x], siempre dispuestos a financiar generosamente más de una precandidatura y futuras campañas presidenciales. Así solo ganarán y gobernarán los cacócratas y plutócratas de siempre, entonces el miedo y el terror continuarán siendo un recurso para imponer sus intereses y designios contra los demócratas y la sociedad.

 



LA PORNOPOLÍTICA ELECTORAL

 

 

LA PORNOPOLÍTICA ELECTORAL

https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/la-pornografia-electoral/

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Hernando Llano Ángel.

 

Demasiado temprano empezó el desfile de precandidatas y precandidatos por las pasarelas de los eventos gremiales, siendo la asamblea anual de la Asociación Nacional de Industriales (ANDI)[i], celebrada en Cartagena, la más reciente. Allí estuvieron seis aspirantes: Claudia López, Roy Barreras, Mauricio Cárdenas, María Fernanda Cabal, Juan Daniel Oviedo y Enrique Peñalosa. Lo hicieron, más para exponer y lucir sus figuras que para presentar argumentos. Saben bien que asisten a un espectáculo de vanidades y perfiles antes que a un debate de ideas. Van a ganar aplausos y esperan que mañana se conviertan en votos. Ellas y ellos se visten y preparan diligentemente para representar ese deplorable espectáculo que convierte a las campañas por la Presidencia y el Congreso en un escenario de pornopolítica electoral. Llegan con guiones más o menos prefabricados y memorizados, respuestas instantáneas y soluciones inmediatas a los más graves problemas nacionales. Incluso improvisan hasta airadas reacciones contra sus rivales de turno. Todo ello elaborado por los magos del marketing electoral, esos expertos en traficar con las necesidades, aspiraciones y sueños de millones de incautos electores. Porque todas y todos los precandidatos saben bien que sin el marketing electoral y la asesoría de esos taumaturgos no hay posibilidades de triunfar y menos aún podrán alcanzar un aposento en la casa de Nariño, así sea en algún ministerio o Departamento Administrativo presidencial. Sin toda esa parafernalia, propia de la pornopolítica electoral, no hay paraíso presidencial. Lo sabe de sobra Vicky Dávila, que pasó de “periodista-periodista” a precandidata de revista y Gustavo Bolívar, de exitoso libretista a protagonista de la política nacional.

Cambio de escenario y Look

Por eso algunos precandidatos en esa pasarela de la ANDI se apresuraron a despojarse de sus trajes luctuosos y graves, que lucieron en las honras fúnebres de Miguel Uribe Turbay, para vestirse alegre y tropicalmente a tono con la ocasión de la bella, calurosa y luminosa Cartagena. Desapareció el rictus de tristeza y la amargura de sus rostros para dar paso a sonrisas y miradas seductoras. Quedó atrás el escenario penumbroso de la política fúnebre y subieron al luminoso, frívolo, mentiroso y esperanzador escenario de la tramoya política electoral. Cambio vertiginoso de escenario y decorado. Al fin de cuentas, la política electoral es tan dinámica y se mueve tan rápido, que en cada escenario lo que importa es “verse y venderse bien”, como un prestidigitador y una diva capaz de integrar y sumar todo. Tratar de no excluir nada, ni a nadie, sumar por ahora el mayor número de apoyos y luego, ya en los comicios definitivos, ganar con amplia mayoría. Aparecer y sobresalir como la más preparada y mejor precandidata para obtener la postulación a la Presidencia sobre los demás rivales del Centro Democrático, en el caso de la senadora María Fernanda Cabal, y sobre los otros numerosos precandidatos de los demás partidos, en nombre de los sin partido y solo con firmas ciudadanas, como aspira Claudia López, siguiendo el ejemplo de Álvaro Uribe en el 2002. Por su parte, los precandidatos se mostraron especialmente respetuosos y admiradores de ellas, de la firmeza cabal de María Fernanda y del coraje de Claudia López por sus investigaciones contra Uribe y la parapolítica. No vaya a ser que alguno de los precandidatos incurra en un desliz machista y misógino que le reste votos y seguidoras. No solo hay que ser, sino parecer políticamente correcto.

Entre candidatos atrapatodo y contra todos

Habrá, pues, una disputa intensa por ganarse la confianza de las variopintas audiencias de los diferentes gremios. Para ello los precandidatos y precandidatas modularán sus discursos teniendo en cuenta los intereses y expectativas de dichos gremios. Por eso oscilarán entre llamados a la fuerza y el orden con nuevos Bloques de Búsqueda contra la delincuencia, pero también promoverán la integración y cohesión social, reformas sociales inaplazables, en fin, un discurso atrapatodo, adobado de transparencia, meritocracia y lucha contra la corrupción. Discurso con el cual algunos candidatos han ganado anteriores elecciones. Pero esa fórmula atrapatodo hoy pone en aprietos a todos los candidatos.  Hemos llegado a un punto en que millones ya no comen más cuento y su confianza en la cacareada estabilidad de las instituciones está haciendo agua. Entonces aparecerán “anti-candidatos”, más allá del bien y del mal, otros apelarán al llamado “sentido común” contra tanta demagogia y el peligro de los espejismos ideológicos, para promover la sensatez de un centro imaginario bien intencionado que todavía cree en la democracia y ve posible la reconciliación nacional. Pero esas candidaturas del centro serán fustigadas desde las extremas por tibias y las señalarán de ser responsables del caos. Irrumpirán candidatos de extrema derecha inspirados en Bukele y Milei, que levantarán las banderas de la seguridad, la autoridad, el orden y la libertad con las cuales defenderán rabiosamente el statu quo como el mejor de los mundos posibles, “construir sobre lo construido” y buscarán el apoyo de su máximo líder, el gánster imperial del norte, condenado por 34 cargos criminales[ii]. Llegados a este punto, la pornopolítica electoral alcanzará su máximo esplendor, pues en medio de las campañas todos y todas las candidatas correrán el el riesgo de quedar desnudos frente a los ataques y destapes de sus contrarios, que intentarán mostrarnos sin pudor las debilidades, esperpénticos cuerpos, vergonzosas intimidades y demagógicos discursos de sus adversarios, al tiempo que se esforzarán por ocultar y excusar los propios para ganar las elecciones. Proliferarán las bodegas. Las redes sociales es probable que colapsen por tanta inmundicia. La IA nos divertirá y los cines entrarán en crisis. Será una temporada muy divertida, que tendrá como cierre el mundial de fútbol, simultáneo con la segunda vuelta presidencial. Quizá hasta haya que aplazarla si la selección colombiana juega la final, pues los dos candidatos querrán respaldarla y viajar a celebrar como propia su victoria. En elecciones todo es posible, basta con votar. Pero, ¿saldrá la gente a votar en medio del mundial, así no lo dispute Colombia?

La Pornopolítica Electoral de siempre

Volviendo a la realidad, esa pornopolítica electoral siempre ha estado presente en pasados comicios, aunque nuestra frágil memoria tienda a olvidarlo y en medio del fragor de las campañas no se diera crédito a muchas denuncias y alertas contra algún candidato, pues se atribuían a la maledicencia y las calumnias de los adversarios, que ya se sentían derrotados. Tal la confidencia que en la campaña del 2002 realizó la candidata conservadora Nohemí Sanín al contarle en privado a “Enrique V. Iglesias el entonces presidente del Banco Interamericano de Desarrollo que "si Álvaro Uribe gana la Presidencia de la República es como si la ganara Carlos Castaño”[iii]. Pero la mayor controversia se presentó durante la campaña de 1994 entre Ernesto Samper y Andrés Pastrana a raíz del famoso narcocásate que luego desencadenó el proceso 8.000.  De nuevo, el 23 de febrero de 2005 en un foro sobre la “Sostenibilidad de la política de seguridad democrática”, Andrés Pastrana cuestionó críticamente el proceso de paz con las Autodefensas liderado por el presidente Uribe. Entonces Pastrana le dijo de frente: “Que el paramilitarismo, con sus dineros, sus armas y sus comodines políticos puede inclinar la balanza electoral, es un hecho notorio. La pregunta, entonces, bajo tales supuestos, es si es lícito negociar con tal poder electoral mientras la cabeza negociadora está en trance electoral y concluía: “Mientras proceso de paz, poder político paramilitar y elecciones no se deslinden, se cierra el espacio a la generosidad necesaria que se requiere para sanar heridas. Y se abre el espacio a la suspicacia, riesgo al que no se puede exponer la democracia representativa. Por los resultados de esas elecciones y las numerosas condenas por la parapolítica[iv], toda la razón le asistía al expresidente Pastrana. Desde entonces la pornopolítica electoral ha predominado, pues no han faltado los escándalos de poderes de facto definiendo los ganadores a la presidencia de la República: Santos con Odebrecht en 2014 y posterior condena a cinco años de cárcel a Roberto Prieto, su gerente de campaña “con el argumento de que los recursos se necesitaban para cubrir ‘huecos’ financieros de la campaña política de Santos-Presidente[v]. Duque con la penumbrosa Ñeñepolítica[vi] y sus vasos comunicantes con el narcotráfico, que el diligente y brillante Fiscal Francisco Barbosa, el “mejor preparado de toda su generación[vii], no pudo adelantar y sus colaboradores archivaron. Y hoy estamos a la espera del cierre de la investigación del Consejo Nacional Electoral sobre la supuesta violación de los topes en la financiación de la campaña presidencial de Gustavo Petro.

¿Cuál democracia?

Quedan, pues, pocos motivos y menos razones para seguir elogiando y defendiendo la “estabilidad institucional” de esta tétrica y ejemplar “democracia” de farándula, por la que hoy desfilan muchos comediantes, impostores y negociantes. Una “democracia” necropolítica que ha cobrado en forma violenta e implacable la vida de auténticos líderes en la izquierda, centro y derecha del espectro político, sin que hoy sus correligionarios sean siquiera capaces de guardar una semana de duelo a la memoria del senador y precandidato presidencial del Centro Democrático, Miguel Uribe Turbay. Porque lo imprescindible es que el show continúe, que se celebren elecciones ininterrumpidas para seguir proclamando que Colombia es la “democracia más estable y profunda de América Latina”. Estable en su violencia política, en magnicidios de candidatos presidenciales, tres candidatos en nueve meses (agosto 1989 -abril 1990), y en cavar profundas fosas comunes, sin que podamos contar el número de víctimas anónimas sepultadas en ellas, pero sí contar periódicamente el número de votos depositados en las urnas, que es lo único que importa y necesitan quienes ganan y dicen que nos gobiernan democráticamente.