viernes, julio 08, 2022

OBJECIONES A LA POLÍTICA DEL AMOR

 

OBJECIONES A LA POLÍTICA DEL AMOR

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/objeciones-la-politica-del-amor

Lo que ha hecho siempre del Estado un infierno en la tierra ha sido precisamente el intento del hombre de convertirlo en su cielo” Hölderlin.

Hernando Llano Ángel

Pretender que la política sea una expresión del amor puede conducirnos a equívocos tan lamentables como sostener lo contrario, siguiendo a Carl Schmitt[1], cuando afirma que la esencia de lo político es la tensión inextinguible entre un bando de amigos existencialmente enfrentado contra otro bando de enemigos a vencer y de ser necesario eliminar. La política no es el paraíso del amor, como tampoco el infierno de la guerra.  Ya lo cantaba John Lennon en Imagine[2]: “Imagina que no existe el paraíso. Es fácil si lo intentas. Ningún infierno bajo nosotros. Encima de nosotros solo el cielo”. La política no es la arcadia[3] de la concordia y el éxtasis de los amantes fundidos en un abrazo, pero tampoco el fiero combate de quienes se enfrentan a muerte en un campo de batalla, como en la guerra. No es la búsqueda de la felicidad mutua, propia de los amantes, y mucho menos la eliminación del contrario para afirmarse como indiscutible y feliz vencedor. La política no trata del amor y la búsqueda de la felicidad porque ella no discurre en el ámbito de las relaciones íntimas, subjetivas y emocionales, donde buscamos y esperamos la satisfacción de nuestros sueños y deseos más personales, como es lo propio del amor. Más bien sucede todo lo contrario. La política se desenvuelve en el universo conflictivo y complejo de los intereses colectivos y lo público, donde no podemos aspirar, demandar y mucho menos alcanzar la realización de nuestros sueños personales sin importarnos las consecuencias que ello acarrea para la vida y los sueños de los demás. Tal es el riesgo constante que corren las utopías de convertirse en distopías[4], puesto que el costo de realizar nuestro sueño personal, familiar, empresarial, de clase o étnico puede terminar siendo una pesadilla social. Especialmente cuando nos empecinamos en que los demás sean felices a nuestra manera. Entonces estamos a un paso de convertirnos en fanáticos que desprecian a los que no desean, piensan y actúan como nosotros.  Así lo advierte con lucidez Amos Oz en su ensayo “Contra el fanatismo”[5]. Puesto que solo nosotros y nuestro partido sabe qué es lo mejor, lo más justo y lo correcto para vivir en paz y ser todos felices, corremos el riesgo de condenar a la infelicidad y la frustración, con nuestra mejor buena conciencia e intención, a los que sienten, piensan, actúan y son distintos a nosotros. ¡Como los demás están equivocados hay que enseñarles, incluso obligarles, a ser felices! Por lo anterior, en lugar de pregonar la política del amor, quizá sea más sensato y modesto conformarnos con la política del reconocimiento de la pluralidad, la conflictividad y la igual dignidad de todos los seres humanos, promoviendo una sociedad que nos permita desarrollar en libertad nuestras potencialidades. Y lo primero que se precisa para ello es que todos dispongamos de un mínimo de posibilidades vitales para ser humanos y actuar libremente, más allá de la sumisión a la implacable necesidad, contando con adecuada alimentación, salud, educación, techo y seguridad social, gracias a un trabajo justamente remunerado y no solo la incertidumbre del rebusque o del peligro de ser expulsado y condenado al infierno de la ilegalidad, la violencia y el crimen, como recurso extremo para sobrevivir. Por todo lo anterior, simpatizo más con la expresión de la vicepresidenta Francia Márquez[6]: “Trabajar para vivir sabroso”[7] que, con la maximalista del presidente electo, Gustavo Petro: “La política del amor”[8]. La primera es condición necesaria para la segunda, pues en medio del desempleo, la informalidad y la exclusión social no es posible “la política del amor” sino más bien la política de la hostilidad, la violencia y la revancha social, como lo vivimos y padecimos durante el paro nacional del año pasado. Quizá la llamada “política del amor” del presidente electo tenga relación con lo expresado por Martin Luther King[9] en un discurso pronunciado en Londres en 1964 cuando dijo que: “El amor es la buena voluntad comprensiva, creativa, redentora hacia todos los hombres. Los teólogos hablan de este tipo de amor con la palabra griega “ágape”, que es una especie de amor rebosante que no busca nada a cambio. Y cuando lo desarrollamos, nos eleva a la capacidad de amar a la persona que realiza malas acciones, aunque odiemos las acciones que la persona realiza. Y yo creo que esto es posible… No estoy hablando de un amor débil. Esto no tiene que ver con tonterías emocionales. No estoy hablando de un atributo sentimental. No estoy hablando de una actitud cariñosa. Sería absurdo que instara a la gente oprimida a amar a sus violentos opresores en un sentido afectivo. Nunca he aconsejado eso. Cuando Jesús dijo: “Amad a vuestros enemigos”, me alegra que no dijera: “Sentid agrado por vuestros enemigos”. Seguramente ese es el tipo de amor al que se refiere Petro cuando invita al expresidente Álvaro Uribe para hablar sobre las posibilidades de un Acuerdo Nacional[10], que no significa armonia y mucho menos consenso, sino más bien un “acuerdo para estar en desacuerdo”, condenando y excluyendo la violencia y la guerra como método recurrente para resolver las diferencias y los conflictos sociales, que es justamente la esencia de la Constitución del 91. Es decir, cumpliendo plenamente el “Acuerdo de Paz”, dejando atrás el saboteo de la extrema derecha a los temas cruciales que intentaron hacer añicos durante este “perfecto” ducado que culmina, como la reforma agraria, la sustitución de cultivos de uso ilícito, la JEP con la justicia restaurativa, la Comisión de la Verdad con su informe final del próximo 28 de junio y la protección plena de la vida a todos los opositores y líderes sociales, cuya escalofriante cifra de asesinados ya pasa de 900[11]. En realidad, “Trabajar para vivir sabroso” y “La política del Amor” no son consignas excluyentes, siempre y cuando la pareja de mandatarios sea coherente y se esfuerce primero en generar las condiciones económicas y sociales que permitan a millones de colombianos trabajar decentemente y crear riqueza para todos y no unos pocos privilegiados. Ese podría ser el fundamento de un Acuerdo Nacional para vivir sabroso colectivamente y amar felizmente en la intimidad, cualquiera que ella sea la forma elegida por los amantes, pues ningún Estado democrático puede dictar normas sobre la felicidad. Lo que sí debe hacer un Estado democrático es derogar todas aquellas normas que generan injusticia e infelicidad colectiva porque favorecen y protegen a minorías indolentes, acostumbradas a vivir sabroso por siglos y generaciones a costa del trabajo de los demás. Ya va siendo hora de que todos aprendamos a vivir sabroso convirtiendo en costumbre el trabajo, la solidaridad y la dignidad.



POR LA RECONCILIACIÓN POLÍTICA PARA LA CONVIVENCIA DEMOCRÁTICA

 

POR LA RECONCILIACIÓN POLÍTICA PARA LA CONVIVENCIA DEMOCRÁTICA

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/la-reconciliacion-politica-la-convivencia-democratica

Hernando Llano Ángel

Un nuevo viento recorre la política nacional. Es un tenue viento de reconciliación política y convivencia democrática. El Pacto Histórico y el presidente electo, Gustavo Petro[1], lo denominan Acuerdo Nacional. Lo primero que precisa ese viento para empezar a mover las aspas de la reconciliación política es que todos los protagonistas de la política nacional, comenzando por los más radicales opositores a Petro y el Pacto Histórico, se reconozcan como legítimos interlocutores y no como enemigos implacables. Ya el expresidente Uribe les ha señalado el camino con su trino[2]: “Para defender la democracia es menester acatarla. Gustavo Petro es el Presidente. Que nos guíe un sentimiento: Primero Colombia”. Un trino que al parecer no tiene eco alguno entre los más caracterizados líderes de la ultraderecha, para quienes la consigna es combatir sin tregua a Petro, sin reconocerle ningún acierto, pues de lo que se trata es de impedirle gobernar. Empujarlo lo más rápido al fracaso, para que sus iniciativas reformistas no se conviertan en realidad, pues ellas afectarían la vida sabrosa de una minoría llena de privilegios económicos y exenciones tributarias. Dichas reformas les parecen inadmisibles, pues amenazan su intocable reinado de impunidad donde se desenvuelven sus vidas de “ciudadanos de bien”. Cualquier medida que tome Petro en esa dirección será considerada como una expresión de odio, envidia, revancha y estímulo a la lucha de clases. La antesala de la dictadura comunista. Para los líderes de estos sectores, que siempre han pregonado que somos la democracia más antigua, estable y perfecta de Latinoamérica, la justicia tributaria es una bandera castrochavista. La reforma agraria una campaña de expropiación irreversible de la propiedad privada. Ellos, seguramente, interpretan el trino del expresidente Uribe y su jefe político indiscutido como un grave síntoma de senilidad política. No demoran en solicitarle que se consagre al cuidado de sus nietos, la administración del Ubérrimo y a cabalgar sobre sus bestias, pues su tiempo de Jinete justiciero y “salvador” de la democracia ya pasó. Aclararán, probablemente, que lo que en realidad quiso decir el Presidente eterno y Jefe natural del Centro Democrático fue todo lo contrario: “Para defender la democracia es menester ATACAR al presidente Petro”. Seguramente cometió un error al digitar su IPhone o fue un caso insólito de disgrafia[3] política que pronto corregirá el presidente eterno con otro trino. No me imagino el trauma político irreparable que sufrirán sus más fieles y fervientes adoratrices, como Paloma Valencia y María Fernanda Cabal, si se produce el encuentro con Gustavo Petro, y ni hablar el efecto en sus millones de devotos electores. ¿Se sentirán como huérfanos desheredados, indefensos y desorientados? ¿Quién podrá salvarlos de ese “guerrillero” ahora con franja presidencial? O ¿Quizá se sentirán hasta traicionados y abandonados por el padre magnánimo y protector que, aquejado ahora de alzhéimer político, corre a estrechar la mano de quien llamó “sicario moral” en el Congreso y lo invitó a que volviera al monte?  Es intolerable e inimaginable que ese “Petrogusano” --como lo llaman los “ciudadanos de bien” en las redes sociales-- vaya a ocupar la Casa de Nariño, en lugar de haber regresado al monte, siguiendo el ejemplo de Iván Márquez, ese “heroico dirigente guerrillero”, que sí comprendió el mensaje del Presidente eterno y no traicionó la revolución. ¡Que ironías tan crueles tiene la política! En lugar de volver al monte, Petro llegó a la Casa de Nariño y ahora les tocará ir a visitarlo y hasta conversar con él, ¡nada menos que un “guerrillero” vestido de Presidente de la República! Más allá de lo inverosímil que parezca la parodia anterior, esa es la realidad y verdad de la reconciliación política. Bastaría con recordar que Álvaro Gómez Hurtado (Q.E.P.D), secuestrado por el M-19, debatió, firmó y proclamó la Constitución de 1991 con Antonio Navarro Wolf, responsable de su secuestro como excomandante del M-19, sin que ninguno de los dos claudicará de sus convicciones, creencias y proyectos políticos. De eso se trata la reconciliación política. De reconocerse y tratarse como adversarios políticos legítimos que, desde sus cargos y roles gubernamentales o bien como opositores, pugnan por la conducción civil y democrática de la sociedad, sin insultarse, deslegitimarse y mucho menos eliminarse simbólica o físicamente. La reconciliación política no es un abrazo afectuoso y mentiroso entre adversarios políticos, sino más bien el reconocimiento respetuoso de las diferencias y el compromiso mutuo por alcanzar acuerdos que favorezcan la convivencia democrática. En este campo no cabe la “política del amor”, como la pregona el presidente electo, sino la política del reconocimiento a través del debate, la deliberación, la oposición y, si es del caso, la concertación para desarrollar políticas públicas en beneficio de los que tienen menos posibilidades y derechos. Esa mayoría de colombianos que la vicepresidenta Francia Márquez[4] llama, sin eufemismos, los nadies empobrecidos y que el sibilino lenguaje oficial llama vulnerables. ¡Como si todos no fuéramos vulnerables en tanto seres humanos y más aún cuando no son reconocidos los derechos fundamentales! Por lo tanto, el llamado Acuerdo Nacional se inscribe en el ámbito de la Reconciliación Política para la Convivencia Democrática, pero no en la búsqueda de una política hegemónica consensuada bajo la dirección del Pacto Histórico, pues Petro incurriría en el mismo error y horror del caudillismo de Uribe que en su Manifiesto Democrático[5] escribió en el punto 98: “Me haré moler para cumplirle a Colombia. En mis manos no se defraudará la democracia. Insistiré que el País necesita líneas estratégicas de continuidad; una coalición de largo plazo que las ejecute porque un Presidente en cuatro años no resuelve la totalidad de los complejos problemas nacionales. Pero avanzaremos. Por eso propongo un Gobierno de Unidad Nacional para rescatar la civilidad”. Un punto que debería tener presente el Pacto Histórico y su presidente electo, Gustavo Petro, para no incurrir en semejante error y horror histórico, tratando de forjar esa “coalición de largo plazo” más allá de los 4 años. Ya tuvimos suficiente con 16 años del Frente Nacional y otros 20 de hegemonía neoliberal con dos gobiernos de Uribe (2002-2010), otros dos de Santos (2010-2018) y los recientes 4 de Duque. La verdad, nos dejan una herencia de marginalidad, desesperación y exclusión social que tuvo su máxima expresión en los estallidos sociales de 2019[6] y 2021, catalizados por la pandemia del Covid y la perfecta indolencia del Presidente Iván Duque, con su narcisismo autista de mandatario perfecto, pues recientemente expresó su deseo de ser reelecto[7], si la Constitución se lo hubiera permitido. Todo parece indicar que estamos empezando a despertar como ciudadanos del letargo de la abstención electoral, al tiempo que repudiamos y deslegitimamos la violencia política, como lo vimos en la Audiencia de Reconocimiento de la JEP[8] entre las víctimas de secuestro, sus familiares y los excomandantes de las FARC-EP, componentes letales de la corrupción tanática de este Estado Cacocrático[9] y régimen electofáctico[10]. Comenzamos a transitar por sendas para la participación y la deliberación ciudadana. Allí están proyectos ciudadanos como los de La Paz Querida: “Agenda Ciudadana de coexistencia pacífica en democracia para Colombia”[11]; “!Valiente es Dialogar!”[12] y Tenemos que hablar Colombia[13]. El próximo 28 de junio la Comisión de la Verdad[14] nos entregará su informe final y allí encontraremos las claves para evitar la repetición de los factores que han engendrado y dinamizado por más de medio siglo la violencia, la corrupción y el crimen de este régimen electofáctico, para emprender entre todos y sin exclusión política o social alguna la democracia que queremos y debemos a nuestros hijos. Sin duda, estamos viviendo un momento de transición histórica. Vamos de la transición de las mentiras propaladas y perpetuadas por más de medio siglo por minorías privilegiadas hacia las verdades forjadas y consolidadas entre todos. Para ello, debemos esforzarnos en consolidar la reconciliación política para la convivencia democrática. Y una de las formas más eficaces de lograrlo, es poniendo en práctica lo que he denominado el Decálogo ciudadano para la convivencia democrática[15], con los siguientes compromisos, que no mandamientos: 1- Conversar, no insultar. 2- Escuchar, no tergiversar. 3- Concertar valores, no solo negociar intereses. 4- Colaborar, no solo competir. 5- Cuidar, no devastar. 6- Comprender, antes de juzgar. 7- Estimular, en lugar de desanimar. 8- Proponer, en lugar de vetar. 9- Dignificar, no humillar. 10- Convivir, no matar. Compromisos que valdría la pena trasladar a las redes sociales para liberarnos de la perversa simbiosis que existe entre el odio y la mentira, magistralmente descrita así por Albert Camus, en “Las servidumbres del odio”[16]: “No se puede odiar sin mentir. E inversamente, no se puede decir la verdad sin sustituir el odio por la compasión… La mentira es más sutil. Sucede incluso que se miente sin odio, por simple amor a uno mismo. Todo hombre que odia, por el contrario, se detesta a sí mismo, en cierto modo. No hay, pues un lazo lógico entre la mentira y el odio, pero existe una filiación casi biológica entre el odio y la mentira.”

           


martes, junio 21, 2022

MÁS ALLÁ DEL TRIUNFALISMO Y LA PROPIA BUENA VOLUNTAD

 

MÁS ALLÁ DEL TRIUNFALISMO Y LA PROPIA BUENA VOLUNTAD

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/mas-alla-del-triunfalismo-la-buena-voluntad

Hernando Llano Ángel

El que vence engendra odio. El que es vencido sufre; con serenidad y alegría se vive más allá de la victoria y la derrota”. Dhammapada 15, 201.

Entre las múltiples interpretaciones y lecturas de los resultados electorales de la segunda vuelta, quiero presentar una que se sitúe más allá del triunfo o la derrota, inspirado en la estrofa que me sirve de prefacio: “El que vence engendra odio. El que es vencido sufre; con serenidad y alegría se vive más allá de la victoria y la derrota”, tomada del Dhammapada[1], obra conocida como “El camino de la rectitud”, expresión de la sabiduría budista india. Una interpretación, entre muchas otras, que busca rescatar el espíritu convivencial de la democracia en lugar del controversial, que fácilmente degenera en confrontación violenta y odio. Un espíritu que es imprescindible tener en cuenta según los resultados electorales de ayer, pues ambos candidatos ganaron por mitad, cada uno en 16 departamentos[2]. Ese espíritu convivencial está en el renacimiento moderno de la democracia, contenido en la famosa consigna de la república francesa: “Libertad, Igualdad y Fraternidad”[3], sin olvidar su complemento que es la legalidad. Legalidad que expresamente recoge el artículo 188 de nuestra Constitución: “El Presidente de la República simboliza la unidad nacional y al jurar el cumplimiento de la Constitución y de las leyes se obliga a garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos”. Allí está la clave de la convivencia democrática. Un espíritu imprescindible en esta hora para que los colombianos dejemos de ser esa “federación de odios”, que todavía inunda de sufrimiento y sangre nuestra rica biodiversidad territorial, resistente y poderosa etnicidad. Un espíritu que, afortunadamente, ya aflora en el reciente trino del expresidente Uribe: “Para defender la democracia es menester acatarla. Gustavo Petro es el Presidente. Que nos guíe un sentimiento: Primero Colombia”. Sin duda, se trata de darle la primera oportunidad a esa Colombia de los nadies, para que ella sea la Colombia de todos. Porque Colombia no tolera más exclusiones de millones de colombianos sin derechos fundamentales, como gozar de un trabajo decente, tener pan en su mesa, salud en el hogar, educación pública gratuita, vivienda segura sin esquilmar con intereses durante 15 años a los “hombrecitos”[4], recreación sin alienación y degradante violencia machista[5], hasta que la dignidad se haga costumbre, como bien lo pregona la vicepresidenta Francia Márquez. Para que ello sea posible se debe concertar un nuevo modelo de desarrollo económico y de sociedad entre el trabajo y el capital. Desafío que claramente expresó en su discurso[6] de celebración el presidente electo, Gustavo Petro, al decir: "Nosotros vamos a desarrollar el capitalismo en Colombia", "No porque lo adoremos, sino porque tenemos primero que superar la premodernidad en Colombia. Por ello el presidente electo propone fomentar la producción y la actividad económica para luego redistribuir la riqueza. Lo que plantea un auténtico desafío, el de la concertación y la negociación, buscando un gana-gana tanto para los trabajadores como para los empresarios, sin revanchismo social y mucho menos mezquindad empresarial. De manera que habrá que ser creativos y no destructivos. Replantearse con realismo y gradualismo, de parte del gobierno del Pacto Histórico, la transición energética, sin ir a generar catastrofismo económico. Pero también de parte de los gremios, no incurrir en bloqueos y sabotaje a la agenda social, porque ello derivaría en el peor de los escenarios y alentaría nuevos estallidos sociales, en donde todos perdemos. En fin, se trata de concertar e inventar una democracia de suma positiva, donde todos ganemos, y dejar atrás la democracia de suma nula, donde solo algunos pocos ganan y la mayoría pierde. Pero, sobre todo, dejar en la trastienda del pasado ese atavismo de la violencia política, de quienes todavía creen que el poder nace de la punta del fusil o de quienes pretenden gobernar sentados sobre bayonetas, lanzando el Esmad[7] y sus miembros contra la protesta pacífica de los ciudadanos. Por sus excesos de violencia y arbitrariedad no puede seguir existiendo, pues es una negación de la Constitución[8] y la civilidad propia de la institución policial “cuyo fin primordial es el mantenimiento de las condiciones necesarias para el ejercicio de los derechos y libertades públicas, y para asegurar que los habitantes de Colombia convivan en paz[9]. Ya es hora de reconocer que el poder democrático solo surge de la palabra concertada, honrada y cumplida, entre ciudadanos y gobernantes. Y para ello se precisa de más deliberación y menos imposición. De más diálogos regionales y menos ordenes centrales, emanadas de Bogotá desde una fría y aristocrática Casa de Nariño que despliega alfombras rojas, como si fuera un palacio de duques y duquesas y no la casa republicana de todos los colombianos y colombianas. Ha llegado la hora de forjar y disfrutar entre todos y todas la auténtica democracia ciudadana y dejar atrás, en el museo de la ignominia, este régimen electofáctico[10] y su Estado cacocrático[11]. Para ello, propongo una especie de decálogo ciudadano para la convivencia democrática, con los siguientes compromisos, que no mandamientos: 1- Conversar, no insultar. 2- Escuchar, no tergiversar. 3- Concertar valores, no solo negociar intereses. 4- Colaborar, no solo competir. 5- Cuidar, no devastar. 6- Comprender, antes de juzgar. 7- Estimular, en lugar de desanimar. 8- Proponer, en lugar de vetar. 9- Dignificar, no humillar. 10- Convivir, no matar. Si entre todos y todas nos proponemos en nuestras relaciones interpersonales lo anterior, en lugar de enredarnos y extraviarnos en el laberinto mentiroso e injurioso de las redes sociales, seguramente que la dignidad se nos convierte en costumbre, como lucidamente lo pregona nuestra vicepresidenta, Francia Márquez, hija auténtica y valiente del País Nacional que ayer por fin triunfó sobre la mezquindad e indignidad del País Político[12]. Porque ya es hora de empezar a convertirnos en un solo país, un país democrático, civilista, justo, biodiverso, pacífico, telúrico y hermosamente interétnico. Para ello, hay que gobernar sin triunfalismos e incluso más allá de la propia buena voluntad y las certezas personales, escuchando la polifonía de todos los seres vivos, empezando por la biodiversidad e integridad de la Pachamama[13]. Así lo anuncia el presidente electo, Gustavo Petro: "Queremos que Colombia se coloque al frente en el mundo de la lucha contra el cambio climático". "(Este) Es el gobierno que quiere construir a Colombia como una potencia mundial de la vida. Y si queremos sintetizar en tres frases en qué consiste un gobierno de la vida, diría: primero, en la paz; segundo, en la justicia social; tercero, en la justicia ambiental". Sin duda, una agenda para una nueva vida que convierta en costumbre la dignidad, lo que precisa de varias generaciones, sin reelecciones, pues la política es viva y dinámica, renuente a los caudillos y sus petrificaciones.