viernes, julio 08, 2022

UNA COYUNTURA DE VERDADES Y RESPONSABILIDADES

 

UNA COYUNTURA DE VERDADES Y RESPONSABILIDADES

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/una-coyuntura-historica-verdades-responsabilidades

Hernando Llano Ángel

Mañana será un día histórico, un día de verdades. Conoceremos el Informe Final[1] de la Comisión para el esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, cuya divulgación pública está programada para las 11 de la mañana. Con su revelación no empezaremos a conocer nuevas verdades, pues vivimos inmersos en una coyuntura de verdades desde la firma del Acuerdo de Paz, en 2016, y su rechazo en el plebiscito[2] por una exigua mayoría de 53.853 votos.  Allí están las dos verdades en medio de las que vivimos y morimos. La verdad del fin de una guerra degradada con la desmovilización del mayor número de guerrilleros de las Farc-Ep[3], cerca de 13 mil. Y la otra verdad, la de una paz incompleta y fragmentada, que todavía estamos lejos de alcanzar en todo el territorio nacional. La primera verdad cada día nos revela con mayor crudeza y estupor los niveles de degradación alcanzados en el conflicto armado. Las recientes Audiencias de Reconocimiento[4] de más de 20 mil secuestros cometidos por las Farc-Ep, realizada por la JEP en cumplimiento del Acuerdo de Paz, nos ha confirmado de viva voz de los miembros del Secretariado de las Farc su ignominia, pero también su desgarrador arrepentimiento por el sufrimiento causado a miles de víctimas civiles y de la Fuerza Pública. Lo cual constituye el principio de una reparación, pues sin el reconocimiento de esas terribles verdades nada es posible, mucho menos las penas propias de una justicia restaurativa y la esquiva reconciliación, que debe ser el punto de llegada. El mismo Rodrigo Londoño, Timochenko, entonces máximo comandante de las Farc-Ep, ha dicho que “yo quisiera que la tierra me tragara[5]”. Exactamente es lo que ha sucedido con la legitimidad política de esa guerrilla y los escasos 51.188 votos alcanzados en las recientes elecciones para el Congreso por los miembros del partido Comunes[6].

Primera verdad: La violencia política nunca es legítima

La tierra se tragó, con sus miles de víctimas, la credibilidad política y la representatividad ciudadana de las Farc-Ep. Esa es la principal y más dolorosa verdad que deberíamos reconocer todos los colombianos. Que la violencia política jamás genera legitimidad, sino más bien todo lo contrario: repudio, rechazo, ilegitimidad, odio, búsqueda de venganza y revancha. Que no hay una violencia revolucionaria, así se camufle con las banderas de la justicia social, si su ejercicio arrasa con la vida, la libertad y la dignidad humana. Pero que tampoco existe una violencia legítima, supuestamente democrática y constitucional, cuando reprime violentamente a la población civil que protesta pacíficamente o, peor aún, viste con camuflados de guerrilleros a miles de jóvenes inocentes que fueron acribillados en cumplimiento de la Directiva 029 de 2005[7] y la “seguridad democrática”, que desató los mal llamados “falsos positivos”. No existen una violencia buena, la institucional, y otra violencia mala, la insurgente.  La primera es buena y necesaria, porque supuestamente protege mi vida y mis intereses, y la otra es mala porque los pone en riesgo. Con esa simpleza argumental y conveniente maniqueísmo moral es que millones de personas justifican y legitiman la violencia estatal. Incluso les parece normal, necesaria e inevitable. Pero ignoran que precisamente el Estado surge para contener, regular y evitar al máximo los efectos mortales de la violencia en la vida social. Por eso el Estado es de derecho y no de facto, no es un Estado de violencia, sino de reglas que limitan sus efectos letales. De allí que lo primero que hace un Estado de derecho cuando alguno de sus miembros abusa del poder y la fuerza es investigarlo, sancionarlo, suspenderlo, destituirlo o encarcelarlo, si se demuestra que es responsable de ese abuso. La violencia arbitraria y discrecional del Estado utilizada con fines políticos es totalmente ilegítima e ilegal, así se dirija contra supuestos enemigos internos o se esgrima para la defensa de la seguridad nacional, el orden público y hasta la democracia, como la nefasta declaración del coronel Alfonso Plazas Vega: “!Mantener la democracia, maestro!”[8], cuando se decapitaba a la Corte Suprema de Justicia e incendiaba el Palacio de Justicia.  Tales excesos incluso aparecen rechazados en el punto 33 del Manifiesto Democrático[9] de Álvaro Uribe Vélez: “Necesitamos un estatuto antiterrorista que facilite la detención, la captura, el allanamiento. A diferencia de mis años de estudiante, hoy violencia política y terrorismo son idénticos. Cualquier acto de violencia por razones políticas o ideológicas es terrorismo. También es terrorismo la defensa violenta del orden estatal”[10]. Sin duda, esa violencia oficial es terrorismo pues acaba con la respetabilidad de la autoridad pública y la legitimidad del Estado de derecho y la democracia. Seguramente por ello, la violencia policial contra los jóvenes manifestantes en el paro nacional del 2021 se expresó en el rechazo al gobierno de Duque en las urnas y a favor de Petro. Acontece lo mismo con la violencia supuestamente revolucionaria, pues tiende a convertir a sus comandantes en criminales de guerra y de lesa humanidad, como lo hemos visto en las Audiencias de reconocimiento por parte de los comandantes de las Farc-Ep. Ya lo advertía sabiamente la filósofa francesa Simone Weil[11]: “La ilusión constante de la revolución consiste en creer que las víctimas de la fuerza, por ser inocentes de las violencias que se producen, si se pone en sus manos la fuerza la manejarán con justicia. Pero salvo las almas que están muy próximas a la santidad, las víctimas están manchadas por la fuerza de los verdugos. El mal que está en la empuñadura de la espada se transmite por la punta. Y las víctimas, así colocadas en la cumbre y embriagadas por el cambio, hacen tanto mal o aún más y luego vuelven a caer rápidamente[12]”. Es lo que ha sucedido en la mayoría de revoluciones, sus mejores y más auténticos líderes terminan exiliados, encarcelados o asesinados, desde la revolución francesa, pasando por la bolchevique, la cubana y la sandinista del autócrata Daniel Ortega.

Segunda Verdad: No más víctimas, ni victimarios.

Más que de señalar culpables de los millones de víctimas del desplazamiento forzado[13], desaparecidos, masacrados, torturados y demás crímenes de guerra y de lesa humanidad, lo esencial es que el Informe Final de la Comisión nos permita identificar y esclarecer aquellos factores y causas de orden político, social, económico y cultural que explican, jamás justifican o legitiman, la existencia de victimarios y de víctimas, que se perpetúan de generación en generación al menos desde hace medio siglo hasta nuestros días. De lo que se trata en el Informe es de poner fin a la espiral infernal de victimarios impunes y de víctimas irredentas, “explicando los más graves patrones de violencia que se dieron en el marco de la guerra”, para evitar su repetición. Patrones tales como el control del territorio y sus pobladores para extraer recursos de economías ilegales y sostener así las tropas para prolongar indefinidamente la guerra. En esa perspectiva, más allá de culpables exclusivos del conflicto y su degradación, habría que identificar los diversos grados de responsabilidad que corresponden a quienes participaron directamente en el mismo, así como de aquellos que indirectamente todavía se benefician de su prolongación, como el narcotráfico y toda la cadena de cómplices tanto en la ilegalidad como en el Estado y en el mercado. Obviamente, según los cargos y los roles desempeñados, pues no tiene la misma responsabilidad un jefe de Estado, Comandante guerrillero o Jefe paramilitar, que un funcionario público de segundo orden, un menor reclutado por la guerrilla o los paramilitares y un soldado raso. Responsabilidades de las que tampoco podemos eximirnos en cuanto empresarios, agricultores, profesionales y ciudadanos corrientes, pues todos hemos sido afectados, participado indirectamente o consentido pasivamente la degradación de este interminable conflicto armado interno y la perpetuación de sus violencias estructurales como la exclusión económica, social y cultural, que se expresan con diversa intensidad en prejuicios como el clasismo, el racismo y el maniqueísmo moral que pretende dividirnos entre “ciudadanos de bien” y de “camisa blanca”[14] contra “revoltosos”, “indios invasores” y “negros igualados”. Porque sin duda son esas discriminaciones culturales y sociales, totalmente inadmisibles, las que generan más violencia directa, desatada por victimarios con muy buena conciencia contra víctimas indefensas, que les son desconocidos sus derechos fundamentales y su igual dignidad humana. Por todo lo anterior, debemos estar muy atentos, abiertos y empáticos para recibir el Informe Final de la Comisión, pues en gran parte de ello depende que no continuemos siendo víctimas y mucho menos victimarios. Que por fin dejemos de ser una “confederación de odios” y comencemos a ser una “confraternidad de ciudadanos”. Estamos viviendo una coyuntura de verdades y de todos depende que avancemos por la senda de las responsabilidades, las reformas transformadoras y la justicia restaurativa[15] o, por el contrario, nos quedemos buscando una justicia punitiva que presupone culpables absolutos e inocentes impolutos, los cuales no existen en nuestra terrible y degradada realidad del pasado y del presente. Parafraseando a José Saramago: “somos la memoria que tenemos y las responsabilidades que asumimos”. Sin duda, de ambas depende lo que deseamos ser. Podemos ser ciudadanos íntegros con el valor de reconocer la lacerante realidad del conflicto armado y nuestra mayor o menor responsabilidad en lo sucedido, o, por el contrario, indolentes e insensibles que niegan lo acontecido y el dolor de millones de víctimas.  De ello depende el futuro que forjemos, la memoria y la vida que dejemos a las futuras generaciones. Que podamos mirarnos a los ojos, sin vergüenza, o nos esquivemos las miradas y desconozcamos las víctimas. Que compartamos un PAISaje común o que huyamos y vivamos refugiados en el exterior, renegando de nuestra nacionalidad. Tenemos la responsabilidad histórica de vivir a la altura de estas terribles verdades, pero sobre todo de poner fin a su repetición. ¡No más víctimas, ni victimarios!   ¡Hay Futuro si hay Verdad!

 

 

 

 

 



OBJECIONES A LA POLÍTICA DEL AMOR

 

OBJECIONES A LA POLÍTICA DEL AMOR

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Lo que ha hecho siempre del Estado un infierno en la tierra ha sido precisamente el intento del hombre de convertirlo en su cielo” Hölderlin.

Hernando Llano Ángel

Pretender que la política sea una expresión del amor puede conducirnos a equívocos tan lamentables como sostener lo contrario, siguiendo a Carl Schmitt[1], cuando afirma que la esencia de lo político es la tensión inextinguible entre un bando de amigos existencialmente enfrentado contra otro bando de enemigos a vencer y de ser necesario eliminar. La política no es el paraíso del amor, como tampoco el infierno de la guerra.  Ya lo cantaba John Lennon en Imagine[2]: “Imagina que no existe el paraíso. Es fácil si lo intentas. Ningún infierno bajo nosotros. Encima de nosotros solo el cielo”. La política no es la arcadia[3] de la concordia y el éxtasis de los amantes fundidos en un abrazo, pero tampoco el fiero combate de quienes se enfrentan a muerte en un campo de batalla, como en la guerra. No es la búsqueda de la felicidad mutua, propia de los amantes, y mucho menos la eliminación del contrario para afirmarse como indiscutible y feliz vencedor. La política no trata del amor y la búsqueda de la felicidad porque ella no discurre en el ámbito de las relaciones íntimas, subjetivas y emocionales, donde buscamos y esperamos la satisfacción de nuestros sueños y deseos más personales, como es lo propio del amor. Más bien sucede todo lo contrario. La política se desenvuelve en el universo conflictivo y complejo de los intereses colectivos y lo público, donde no podemos aspirar, demandar y mucho menos alcanzar la realización de nuestros sueños personales sin importarnos las consecuencias que ello acarrea para la vida y los sueños de los demás. Tal es el riesgo constante que corren las utopías de convertirse en distopías[4], puesto que el costo de realizar nuestro sueño personal, familiar, empresarial, de clase o étnico puede terminar siendo una pesadilla social. Especialmente cuando nos empecinamos en que los demás sean felices a nuestra manera. Entonces estamos a un paso de convertirnos en fanáticos que desprecian a los que no desean, piensan y actúan como nosotros.  Así lo advierte con lucidez Amos Oz en su ensayo “Contra el fanatismo”[5]. Puesto que solo nosotros y nuestro partido sabe qué es lo mejor, lo más justo y lo correcto para vivir en paz y ser todos felices, corremos el riesgo de condenar a la infelicidad y la frustración, con nuestra mejor buena conciencia e intención, a los que sienten, piensan, actúan y son distintos a nosotros. ¡Como los demás están equivocados hay que enseñarles, incluso obligarles, a ser felices! Por lo anterior, en lugar de pregonar la política del amor, quizá sea más sensato y modesto conformarnos con la política del reconocimiento de la pluralidad, la conflictividad y la igual dignidad de todos los seres humanos, promoviendo una sociedad que nos permita desarrollar en libertad nuestras potencialidades. Y lo primero que se precisa para ello es que todos dispongamos de un mínimo de posibilidades vitales para ser humanos y actuar libremente, más allá de la sumisión a la implacable necesidad, contando con adecuada alimentación, salud, educación, techo y seguridad social, gracias a un trabajo justamente remunerado y no solo la incertidumbre del rebusque o del peligro de ser expulsado y condenado al infierno de la ilegalidad, la violencia y el crimen, como recurso extremo para sobrevivir. Por todo lo anterior, simpatizo más con la expresión de la vicepresidenta Francia Márquez[6]: “Trabajar para vivir sabroso”[7] que, con la maximalista del presidente electo, Gustavo Petro: “La política del amor”[8]. La primera es condición necesaria para la segunda, pues en medio del desempleo, la informalidad y la exclusión social no es posible “la política del amor” sino más bien la política de la hostilidad, la violencia y la revancha social, como lo vivimos y padecimos durante el paro nacional del año pasado. Quizá la llamada “política del amor” del presidente electo tenga relación con lo expresado por Martin Luther King[9] en un discurso pronunciado en Londres en 1964 cuando dijo que: “El amor es la buena voluntad comprensiva, creativa, redentora hacia todos los hombres. Los teólogos hablan de este tipo de amor con la palabra griega “ágape”, que es una especie de amor rebosante que no busca nada a cambio. Y cuando lo desarrollamos, nos eleva a la capacidad de amar a la persona que realiza malas acciones, aunque odiemos las acciones que la persona realiza. Y yo creo que esto es posible… No estoy hablando de un amor débil. Esto no tiene que ver con tonterías emocionales. No estoy hablando de un atributo sentimental. No estoy hablando de una actitud cariñosa. Sería absurdo que instara a la gente oprimida a amar a sus violentos opresores en un sentido afectivo. Nunca he aconsejado eso. Cuando Jesús dijo: “Amad a vuestros enemigos”, me alegra que no dijera: “Sentid agrado por vuestros enemigos”. Seguramente ese es el tipo de amor al que se refiere Petro cuando invita al expresidente Álvaro Uribe para hablar sobre las posibilidades de un Acuerdo Nacional[10], que no significa armonia y mucho menos consenso, sino más bien un “acuerdo para estar en desacuerdo”, condenando y excluyendo la violencia y la guerra como método recurrente para resolver las diferencias y los conflictos sociales, que es justamente la esencia de la Constitución del 91. Es decir, cumpliendo plenamente el “Acuerdo de Paz”, dejando atrás el saboteo de la extrema derecha a los temas cruciales que intentaron hacer añicos durante este “perfecto” ducado que culmina, como la reforma agraria, la sustitución de cultivos de uso ilícito, la JEP con la justicia restaurativa, la Comisión de la Verdad con su informe final del próximo 28 de junio y la protección plena de la vida a todos los opositores y líderes sociales, cuya escalofriante cifra de asesinados ya pasa de 900[11]. En realidad, “Trabajar para vivir sabroso” y “La política del Amor” no son consignas excluyentes, siempre y cuando la pareja de mandatarios sea coherente y se esfuerce primero en generar las condiciones económicas y sociales que permitan a millones de colombianos trabajar decentemente y crear riqueza para todos y no unos pocos privilegiados. Ese podría ser el fundamento de un Acuerdo Nacional para vivir sabroso colectivamente y amar felizmente en la intimidad, cualquiera que ella sea la forma elegida por los amantes, pues ningún Estado democrático puede dictar normas sobre la felicidad. Lo que sí debe hacer un Estado democrático es derogar todas aquellas normas que generan injusticia e infelicidad colectiva porque favorecen y protegen a minorías indolentes, acostumbradas a vivir sabroso por siglos y generaciones a costa del trabajo de los demás. Ya va siendo hora de que todos aprendamos a vivir sabroso convirtiendo en costumbre el trabajo, la solidaridad y la dignidad.



POR LA RECONCILIACIÓN POLÍTICA PARA LA CONVIVENCIA DEMOCRÁTICA

 

POR LA RECONCILIACIÓN POLÍTICA PARA LA CONVIVENCIA DEMOCRÁTICA

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Hernando Llano Ángel

Un nuevo viento recorre la política nacional. Es un tenue viento de reconciliación política y convivencia democrática. El Pacto Histórico y el presidente electo, Gustavo Petro[1], lo denominan Acuerdo Nacional. Lo primero que precisa ese viento para empezar a mover las aspas de la reconciliación política es que todos los protagonistas de la política nacional, comenzando por los más radicales opositores a Petro y el Pacto Histórico, se reconozcan como legítimos interlocutores y no como enemigos implacables. Ya el expresidente Uribe les ha señalado el camino con su trino[2]: “Para defender la democracia es menester acatarla. Gustavo Petro es el Presidente. Que nos guíe un sentimiento: Primero Colombia”. Un trino que al parecer no tiene eco alguno entre los más caracterizados líderes de la ultraderecha, para quienes la consigna es combatir sin tregua a Petro, sin reconocerle ningún acierto, pues de lo que se trata es de impedirle gobernar. Empujarlo lo más rápido al fracaso, para que sus iniciativas reformistas no se conviertan en realidad, pues ellas afectarían la vida sabrosa de una minoría llena de privilegios económicos y exenciones tributarias. Dichas reformas les parecen inadmisibles, pues amenazan su intocable reinado de impunidad donde se desenvuelven sus vidas de “ciudadanos de bien”. Cualquier medida que tome Petro en esa dirección será considerada como una expresión de odio, envidia, revancha y estímulo a la lucha de clases. La antesala de la dictadura comunista. Para los líderes de estos sectores, que siempre han pregonado que somos la democracia más antigua, estable y perfecta de Latinoamérica, la justicia tributaria es una bandera castrochavista. La reforma agraria una campaña de expropiación irreversible de la propiedad privada. Ellos, seguramente, interpretan el trino del expresidente Uribe y su jefe político indiscutido como un grave síntoma de senilidad política. No demoran en solicitarle que se consagre al cuidado de sus nietos, la administración del Ubérrimo y a cabalgar sobre sus bestias, pues su tiempo de Jinete justiciero y “salvador” de la democracia ya pasó. Aclararán, probablemente, que lo que en realidad quiso decir el Presidente eterno y Jefe natural del Centro Democrático fue todo lo contrario: “Para defender la democracia es menester ATACAR al presidente Petro”. Seguramente cometió un error al digitar su IPhone o fue un caso insólito de disgrafia[3] política que pronto corregirá el presidente eterno con otro trino. No me imagino el trauma político irreparable que sufrirán sus más fieles y fervientes adoratrices, como Paloma Valencia y María Fernanda Cabal, si se produce el encuentro con Gustavo Petro, y ni hablar el efecto en sus millones de devotos electores. ¿Se sentirán como huérfanos desheredados, indefensos y desorientados? ¿Quién podrá salvarlos de ese “guerrillero” ahora con franja presidencial? O ¿Quizá se sentirán hasta traicionados y abandonados por el padre magnánimo y protector que, aquejado ahora de alzhéimer político, corre a estrechar la mano de quien llamó “sicario moral” en el Congreso y lo invitó a que volviera al monte?  Es intolerable e inimaginable que ese “Petrogusano” --como lo llaman los “ciudadanos de bien” en las redes sociales-- vaya a ocupar la Casa de Nariño, en lugar de haber regresado al monte, siguiendo el ejemplo de Iván Márquez, ese “heroico dirigente guerrillero”, que sí comprendió el mensaje del Presidente eterno y no traicionó la revolución. ¡Que ironías tan crueles tiene la política! En lugar de volver al monte, Petro llegó a la Casa de Nariño y ahora les tocará ir a visitarlo y hasta conversar con él, ¡nada menos que un “guerrillero” vestido de Presidente de la República! Más allá de lo inverosímil que parezca la parodia anterior, esa es la realidad y verdad de la reconciliación política. Bastaría con recordar que Álvaro Gómez Hurtado (Q.E.P.D), secuestrado por el M-19, debatió, firmó y proclamó la Constitución de 1991 con Antonio Navarro Wolf, responsable de su secuestro como excomandante del M-19, sin que ninguno de los dos claudicará de sus convicciones, creencias y proyectos políticos. De eso se trata la reconciliación política. De reconocerse y tratarse como adversarios políticos legítimos que, desde sus cargos y roles gubernamentales o bien como opositores, pugnan por la conducción civil y democrática de la sociedad, sin insultarse, deslegitimarse y mucho menos eliminarse simbólica o físicamente. La reconciliación política no es un abrazo afectuoso y mentiroso entre adversarios políticos, sino más bien el reconocimiento respetuoso de las diferencias y el compromiso mutuo por alcanzar acuerdos que favorezcan la convivencia democrática. En este campo no cabe la “política del amor”, como la pregona el presidente electo, sino la política del reconocimiento a través del debate, la deliberación, la oposición y, si es del caso, la concertación para desarrollar políticas públicas en beneficio de los que tienen menos posibilidades y derechos. Esa mayoría de colombianos que la vicepresidenta Francia Márquez[4] llama, sin eufemismos, los nadies empobrecidos y que el sibilino lenguaje oficial llama vulnerables. ¡Como si todos no fuéramos vulnerables en tanto seres humanos y más aún cuando no son reconocidos los derechos fundamentales! Por lo tanto, el llamado Acuerdo Nacional se inscribe en el ámbito de la Reconciliación Política para la Convivencia Democrática, pero no en la búsqueda de una política hegemónica consensuada bajo la dirección del Pacto Histórico, pues Petro incurriría en el mismo error y horror del caudillismo de Uribe que en su Manifiesto Democrático[5] escribió en el punto 98: “Me haré moler para cumplirle a Colombia. En mis manos no se defraudará la democracia. Insistiré que el País necesita líneas estratégicas de continuidad; una coalición de largo plazo que las ejecute porque un Presidente en cuatro años no resuelve la totalidad de los complejos problemas nacionales. Pero avanzaremos. Por eso propongo un Gobierno de Unidad Nacional para rescatar la civilidad”. Un punto que debería tener presente el Pacto Histórico y su presidente electo, Gustavo Petro, para no incurrir en semejante error y horror histórico, tratando de forjar esa “coalición de largo plazo” más allá de los 4 años. Ya tuvimos suficiente con 16 años del Frente Nacional y otros 20 de hegemonía neoliberal con dos gobiernos de Uribe (2002-2010), otros dos de Santos (2010-2018) y los recientes 4 de Duque. La verdad, nos dejan una herencia de marginalidad, desesperación y exclusión social que tuvo su máxima expresión en los estallidos sociales de 2019[6] y 2021, catalizados por la pandemia del Covid y la perfecta indolencia del Presidente Iván Duque, con su narcisismo autista de mandatario perfecto, pues recientemente expresó su deseo de ser reelecto[7], si la Constitución se lo hubiera permitido. Todo parece indicar que estamos empezando a despertar como ciudadanos del letargo de la abstención electoral, al tiempo que repudiamos y deslegitimamos la violencia política, como lo vimos en la Audiencia de Reconocimiento de la JEP[8] entre las víctimas de secuestro, sus familiares y los excomandantes de las FARC-EP, componentes letales de la corrupción tanática de este Estado Cacocrático[9] y régimen electofáctico[10]. Comenzamos a transitar por sendas para la participación y la deliberación ciudadana. Allí están proyectos ciudadanos como los de La Paz Querida: “Agenda Ciudadana de coexistencia pacífica en democracia para Colombia”[11]; “!Valiente es Dialogar!”[12] y Tenemos que hablar Colombia[13]. El próximo 28 de junio la Comisión de la Verdad[14] nos entregará su informe final y allí encontraremos las claves para evitar la repetición de los factores que han engendrado y dinamizado por más de medio siglo la violencia, la corrupción y el crimen de este régimen electofáctico, para emprender entre todos y sin exclusión política o social alguna la democracia que queremos y debemos a nuestros hijos. Sin duda, estamos viviendo un momento de transición histórica. Vamos de la transición de las mentiras propaladas y perpetuadas por más de medio siglo por minorías privilegiadas hacia las verdades forjadas y consolidadas entre todos. Para ello, debemos esforzarnos en consolidar la reconciliación política para la convivencia democrática. Y una de las formas más eficaces de lograrlo, es poniendo en práctica lo que he denominado el Decálogo ciudadano para la convivencia democrática[15], con los siguientes compromisos, que no mandamientos: 1- Conversar, no insultar. 2- Escuchar, no tergiversar. 3- Concertar valores, no solo negociar intereses. 4- Colaborar, no solo competir. 5- Cuidar, no devastar. 6- Comprender, antes de juzgar. 7- Estimular, en lugar de desanimar. 8- Proponer, en lugar de vetar. 9- Dignificar, no humillar. 10- Convivir, no matar. Compromisos que valdría la pena trasladar a las redes sociales para liberarnos de la perversa simbiosis que existe entre el odio y la mentira, magistralmente descrita así por Albert Camus, en “Las servidumbres del odio”[16]: “No se puede odiar sin mentir. E inversamente, no se puede decir la verdad sin sustituir el odio por la compasión… La mentira es más sutil. Sucede incluso que se miente sin odio, por simple amor a uno mismo. Todo hombre que odia, por el contrario, se detesta a sí mismo, en cierto modo. No hay, pues un lazo lógico entre la mentira y el odio, pero existe una filiación casi biológica entre el odio y la mentira.”