domingo, marzo 07, 2021

VÍCTIMAS PROPICIATORIAS Y VICTIMARIOS INDOLENTES FRENTE AL "FALSO POSITIVO" DEL PROHIBICIONISMO.

 

 VÍCTIMAS PROPICIATORIAS Y VICTIMARIOS INDOLENTES FRENTE AL                                                         “FALSO POSITIVO” DEL PROHIBICIONISMO

(Segunda parte)

https://blogs.elespectador.com/politica/calicanto/victimas-victimarios-indolentes-frente-al-falso-positivo-del-prohibicionismo

Hernando Llano Ángel

Es sabido que el punto más difícil de concertar en el Acuerdo de Paz fue el quinto, que trata sobre las víctimas en desarrollo del conflicto armado.  Para ello, después de arduas disputas, se estableció en dicho punto el Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y no Repetición[1] (SIVJRNR), cuyo fin primordial es honrar la memoria y dignidad de todas las víctimas en este conflicto armado que, por su duración e intensidad, nos degrada a todos por igual. Un conflicto que no cesa de mutar y producir víctimas cada día en mayor número, como sucede ahora en Buenaventura, Tumaco, Bajo Cauca antioqueño y el Catatumbo, para solo mencionar las regiones más devastadas por grupos criminales en disputa de economías ilegales, como bien lo explica Ariel Ávila[2]. En esos lugares la verdad que se impone es la de la muerte y la desolación ante nuestra indolencia nacional, como sucedió con los más de 6.420 “falsos positivos” mientras viajábamos seguros por nuestras carreteras. Con razón el padre Francisco de Roux, presidente de la Comisión para la búsqueda de la Verdad, la no Repetición y la Convivencia[3], en entrevista con la periodista María Jimena Duzán, exclamó: “lloré de tristeza frente a Buenaventura, me avergüenzo de ser colombiano”, como puede verse en este enlace[4]. Y ese sentimiento de vergüenza debería interpelarnos a todos como personas y Nación, para recobrar de nuevo el orgullo de ser humanos y colombianos. Sólo así podremos convivir social y políticamente y llegar a ser, por fin, una comunidad de ciudadanos que ha superado los lastres del racismo, el clasismo y la indolencia personal que nos llevan a ignorar o negar realidades y verdades tan lacerantes e indignantes como las de Buenaventura y muchas otras regiones del país.

En busca de verdades

Y el padre De Roux, en cumplimiento de la Comisión que preside, nos está mostrando la primera y más más dolorosa verdad. La verdad de las víctimas como consecuencia de las ganancias siderales que obtienen grupos criminales en virtud de la incapacidad del Estado colombiano y sus gobernantes de contener el auge de las economías ilegales. Una contención que es presupuesto imprescindible para el establecimiento institucional y social del Estado de derecho en dichas regiones. No del Estado militar y de las garantías transitorias de su presencia en ciudades como Buenaventura. Mucho menos de su numerosa y permanente presencia militar, como en el Cauca, que la mayoría de las veces profundiza la violencia, la corrupción y la desconfianza de la población civil frente a la Fuerza Pública. Porque es de sentido común hacerse este tipo de preguntas: ¿Cómo ingresan las toneladas de precursores químicos a los cristalizadores de coca que abundan en el Pacífico, en el Cauca y Nariño? ¿Cómo llegan las monumentales retroexcavadoras a lo más profundo de la selva en busca de oro? ¿Cómo pasan los retenes policiales y militares sin ser incautados? Todavía estamos a la espera de que la genialidad investigadora del Fiscal General, Francisco Barbosa, junto a la perspicaz inteligencia y locuacidad del presidente Iván Duque y el grito de combate del comandante del ejército, general Eduardo E. Zapateiro, nos respondan estas tres elementales preguntas. Pero lamentablemente sus respuestas son cada vez más erráticas y confusas. Como la campaña de publicidad televisiva que el gobierno nacional está ambientando para justificar de nuevo la aspersión con glifosato de los cultivos de coca. Para ello, empieza con un recuento minucioso de los precursores necesarios para producir cocaína: éter etílico, ácido sulfúrico, ácido clorhídrico, acetona y sus efectos devastadores sobre nuestros bosques y concluye brillantemente: “esto es lo que hace la mata de coca”.  De nuevo, el mentiroso estribillo de “la mata que mata”, que niega la inocuidad de esta planta portentosa y maravillosa, según la universidad de Harvard[5]. Errática campaña publicitaria que oportunamente fue cuestionada y refutada en 2010 por la comunidad Nasa, productora de la bebida aromática de Coca[6]. Con razón, el inolvidable Alfredo Molano (Q.E.P.D) escribió en 2009 en una de sus columnas en este diario: "No hay ninguna mata a la que se le pueda echar la culpa de la guerra. Sólo en las mentes del presidente y de algunos militares cabe la tesis de que hay 'matas de cocaína', que es como decir que hay árboles de aspirina". En realidad, lo que mata es la codicia y la ambición sin límites de los narcotraficantes y toda la parafernalia del mercado y la banca que se beneficia de su lavado de dólares, así como su influencia deletérea, corruptora y fantasmal que desde siempre ha rodeado la política nacional y la Fuerza Pública, sumada a la injerencia de Estados Unidos a través del Tratado de Extradición y de políticas ecocidas y cuasi genocidas como el llamado “Plan Colombia”. Lo que mata es, en realidad, el prohibicionismo, puesto que esa nefasta política eleva constantemente el precio de la cocaína y el número de víctimas en medio de la disputa de los narcotraficantes por los territorios y su población. Una vez más, cito a Milton Friedman, premio nobel de economía en 1976: “Si analizamos la guerra contra las drogas desde un punto de vista estrictamente económico, el papel del gobierno es proteger el cartel de las drogas. Esto es literalmente cierto”.

El prohibicionismo, una política criminal

 Y, en nuestro caso, se podría agregar que desde el punto de vista estrictamente político la guerra contra las drogas, además de ecocida, es criminal al catalizar y perpetuar la victimización de la población campesina, indígena y negra, condenada a ser carne de cañón en medio del fuego cruzado de las disputas entre organizaciones ilegales y la Fuerza Pública, cuando no es sometida a la esclavitud de raspachines por la falta de voluntad política de los gobiernos para promover el desarrollo integral del campo. Desarrollo integral que figura en el primer punto del Acuerdo de Paz, “Reforma Rural Integral” y en el cuarto, “Solución al Problema de las Drogas ilícitas, mediante programas de sustitución de cultivos de uso ilícitos, planes integrales de desarrollo con participación de las comunidades—hombres y mujeres— en el diseño, ejecución y evaluación de los programas de sustitución y recuperación ambiental de las áreas afectadas por dichos cultivos”. Pero en lugar de avanzar en el cumplimiento de estos vitales puntos del Acuerdo de Paz, este gobierno anuncia de nuevo el regreso del glifosato, cuando ya las Naciones Unidas alertó sobre los peligrosos efectos de su uso para la salud humana: “Es oportuno recordar que el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales había señalado previamente con preocupación las consecuencias negativas de las medidas antinarcóticas, como el efecto de las fumigaciones aéreas en la seguridad alimentaria, los impactos adversos en la salud y la privación de medios de subsistencia”[7].  Sin duda, de llevarse a cabo la fumigación con glifosato no solo aumentará el número de víctimas, su desplazamiento forzado y las áreas de deforestación, sino también el llamado efecto globo en los cultivos de coca, pues estos aumentarán en otras regiones[8], como ha venido sucediendo en los últimos años. De allí la urgencia y pertinencia de una respuesta ciudadana y de la comunidad académica para contener esa nueva ola de victimización de la población campesina y la devastación creciente de nuestros bosques tropicales. De no hacerlo, ¿Cómo no sentir vergüenza por nuestra indolencia e irresponsabilidad ante tanta brutalidad e inhumanidad gubernamental? ¿Por qué no interpelar a quien se proclama como el nuevo cruzado por la salvación del planeta, el presidente Biden, para que abandone la fracasada “guerra contra las drogas” y la presión para el uso ecocida del glifosato en nuestros campos? ¿Continuaremos siendo victimarios indolentes frente a los millares de víctimas propiciatorias causadas por el prohibicionismo? Entre otras cosas, porque Biden ya reconoció dicho fracaso en su país y en una propuesta presentada en julio del año pasado ante el Comité Nacional Demócrata, en un documento de 110 páginas, titulado "Recomendaciones del equipo Biden-Sanders", sostiene: "Ya es hora de poner fin a la fallida guerra contra las drogas que ha encarcelado a millones de estadounidenses, desproporcionadamente personas de color, y no ha sido eficaz para reducir el consumo de drogas. Los Demócratas apoyan políticas que reorientarán nuestro enfoque de seguridad pública hacia la prevención", según lo analiza la periodista mexicana Anabel Hernández en su columna de la DW[9]. Ya va siendo hora de abandonar nuestra indolencia frente al “falso positivo” del prohibicionismo, en cuyo nombre cada día aumentan las víctimas en nuestro país y nos convierte, de alguna manera, en cómplices inconscientes de lo que acontece. La “guerra contra las drogas” nunca se va a ganar devastando nuestros campos, envenenando nuestros ríos y aumentado el número de víctimas, sean ellos “héroes de la Fuerza Pública”, mutilados por minas antipersonal; pobres y desarraigados campesinos huyendo del glifosato o dando de baja a temibles narcotraficantes como Rodríguez Gacha, Pablo Escobar, Otoniel y mañana otro, quizá más codicioso y brutal. Esa “guerra” se gana o se pierde en la mente de los millones de consumidores de cocaína y en la nuestra, que cómodamente no rechaza el prohibicionismo, el más mortal de los “falsos positivos”, pues nos convierte en víctimas y victimarios simultáneamente.

Los "falsos positivos" y el horrror de la impunidad política. (Primera parte)

 

LOS “FALSOS POSITIVOS” Y EL HORROR DE LA IMPUNIDAD POLÍTICA (I)

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Hernando Llano Ángel

La cifra de 6.420 ejecuciones extrajudiciales revelada por la JEP en el caso 03[1], calificado por la Fiscalía General de la Nación como “Muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate por agentes del Estado”, es mucho más que un asunto judicial. Es ante todo un asunto político. Por lo tanto, no se trata solo de encontrar inocentes o culpables de semejantes atrocidades, sino más bien de identificar los responsables de una política homicida, ejecutada por agentes del Estado. El problema de fondo no es la culpabilidad penal sino la responsabilidad política. Y en la medida que los líderes políticos y altos funcionarios del Estado persistan en eludir sus responsabilidades, mayor será la gravedad de lo acontecido, pues no solo se profundizará la ilegitimidad de las instituciones, sino la complicidad de miles de ciudadanos con esa oprobiosa criminalidad oficial. Dichos líderes y jefes de Estado podrán, con sus hábiles abogados y su propia argucia política, explicar que nunca dieron una orden en tal sentido y que sus propósitos genuinos eran defender la democracia de un ataque terrorista, pero jamás ordenar ejecuciones extrajudiciales, como lo expresa el expresidente Álvaro Uribe Vélez[2]. Y, con este sofisma leguleyo, convencer a millones de ciudadanos de que ellos son víctimas perseguidas por una JEP politizada que protege a los terroristas. Pero esta maniobra de difuminar su responsabilidad política hasta desparecerla en la culpabilidad penal, casi imposible de demostrar, está llegando a su fin, con la diligente y exhaustiva labor de la JEP.

Verdad histórica y responsabilidad política

Porque de lo que aquí se trata es de la Verdad política e histórica de miles de crímenes cometidos por miembros de la Fuerza Pública, no de la culpabilidad penal de un jefe de Estado o sus ministros de defensa. Entre otras cosas, porque salvo Hitler y su “Solución Final”[3], ningún funcionario o líder político suele dejar ordenes escritas o memorandos para la ejecución masiva de crímenes contra civiles inermes.  Pero, además, porque en nuestro país las ejecuciones extrajudiciales se cometen desde muchos años atrás con total impunidad política[4] y, lo más aterrador, siguen ejecutándose con frecuencia. El caso 03 de la JEP comprende las ejecuciones cometidas desde 1985 hasta 2016, como puede leerse en su documentado informe disponible en el portal de la JEP[5]. Habría que recordar las ejecuciones cometidas en el mismo epicentro de la vida política nacional, en el Palacio de Justicia, el 6 y 7 de noviembre de 1985. Como la del magistrado auxiliar del Consejo de Estado, Carlos Horacio Urán Rojas[6], investigada y relatada en forma rigurosa y dolorosa por su hija, Helena Urán Bidegain, en su reciente libro “Mi vida y el Palacio: 6 y 7 de noviembre de 1985”[7]. Y no hay que olvidar que Belisario Betancur y Miguel Vega Uribe, los máximos responsables políticos de esa hecatombe de la justicia  --que podían haber evitado como lo hizo el expresidente Turbay Ayala durante la toma de la Embajada de la República Dominicana por el mismo M-19--  fueron absueltos por la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes con el peregrino argumento de haberse tratado de un “acto de gobierno[8]. Ese juicio que fue incapaz de adelantar el Congreso de la República en 1986, cuya denuncia por violación de la Constitución y el Derecho de Gentes (artículo 121 de la Constitución de 1886) instauró el entonces Procurador General, Carlos Jiménez Gómez, consagró institucionalmente la impunidad política y su perpetuación hasta nuestros días. Una impunidad de un alcance y una gravedad mucho mayor que la penal, pues en cierta forma convierte en cómplice de crímenes de lesa humanidad a toda una sociedad. Crímenes cometidos por agentes del Estado en su nombre, pues muchos gobernantes apelan a la defensa de valores democráticos amenazados por el terrorismo, para adelantar con el respaldo de millones de electores una política de tierra arrasada contra los enemigos de la patria. Tal es el caso de la supuesta política de “Seguridad democrática” adelantada por el expresidente Álvaro Uribe Vélez durante sus dos períodos, ejecutada diligentemente por dos ministros de defensa, Martha Lucía Ramírez, actual vicepresidenta y Camilo Ospina Bernal, posteriormente nombrado embajador ante la OEA y quien deberá explicar ante la JEP cómo la Directiva 029 terminó amparando miles de ejecuciones extrajudiciales. Del paso de tan encumbrada pareja por la Defensa quedaron precedentes nefastos: la operación Orión[9] en Medellín y la fatal Directiva 029, firmada por el mismo Ospina[10]. El siguiente ministro de defensa, Juan Manuel santos, gracias al trabajo diligente y riguroso de su viceministro, Sergio Jaramillo Caro, comenzó precisamente la depuración de altos mandos militares, solicitándole al presidente Uribe que fueran llamados a calificar servicio[11] 19 oficiales y 6 suboficiales.

La Matriz de los Falsos Positivos

Para encontrar la matriz de los falsos positivos basta leer el conocido MANIFIESTO DEMOCRÁTICO[12], plataforma programática del primer período presidencial de Álvaro Uribe Vélez. Allí se lee en el punto 33: “A diferencia de mis años de estudiante, hoy violencia política y terrorismo son idénticos. Cualquier acto de violencia por razones políticas o ideológicas es terrorismo. También es terrorismo la defensa violenta del orden estatal”. De semejante concepción maniquea de la violencia política no se podía esperar un resultado más nefasto, a tal punto que su mismo mandato terminó incurriendo en terrorismo estatal, como bien lo demuestra el caso 03 de la JEP sobre los falsos positivos: “Según el informe de la Fiscalía, el fenómeno allí descrito aumentó de manera sustancial a partir del año 2002, tuvo su etapa más crítica entre 2006 y 2008 e involucró, presuntamente, a integrantes de las fuerzas militares con posiciones de mando y altos rangos que pudieron haber tenido un rol determinante en los hechos”[13]. Pero para precisar la responsabilidad política del expresidente Álvaro Uribe Vélez y muchos más altos funcionarios públicos e integrantes de la Fuerza Pública, se requieren al menos dos entregas más, ya que esta historia es demasiado dolorosa y compleja, tanto o más que el caso 01 contra el Secretariado de las FARC-EP, cuyos integrantes al menos han tenido la responsabilidad de reconocer sus crímenes[14]. Porque de lo que se trata en el caso de funcionarios públicos es de la responsabilidad política, según lo preceptuado por el artículo 6 de nuestra Constitución: “Los particulares sólo son responsables ante las autoridades por infringir la Constitución y las leyes. Los servidores públicos lo son por la misma causa y por omisión o extralimitación en el ejercicio de sus funciones”.  Y, sin duda, los falsos positivos son un ejemplo vergonzoso y criminal de extralimitación de funciones con la Directiva 029 y de omisión de control por parte de los superiores, siendo el Presidente de la República el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, según el numeral 3 del artículo 189. Un presidente que, como bien lo demostró Uribe durante sus ocho años, fue en extremo activo y diligente en la ejecución de su política estrella de “seguridad democrática”, aunque ella haya producido un eclipse total del Estado de derecho y un sufrimiento insuperable e irreparable en miles de familias, siendo las Madres de Soacha uno de los colectivos más significativos, pues el presidente Álvaro Uribe Vélez insinuó ladinamente que sus hijos ejecutados no estarían precisamente recogiendo café[15].

 

 



lunes, febrero 15, 2021

Vacunémonos de Verdad

 

Vacunémonos de verdad

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Hernando Llano Ángel

Este es el año de las vacunas, aunque para nosotros su aplicación comience con retraso y, por los previsibles problemas logísticos, su administración se prolongue por lo menos hasta el 2022. Solo entonces probablemente alcancemos la anhelada inmunidad de rebaño. Pero este año los colombianos recibiremos otra vacuna, más necesaria, poderosa y vital que las aplicadas contra el Sars-CoV2. La vacuna de la verdad. Desde hace dos años y dos meses la ha venido preparando la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la no Repetición. La Comisión hace parte del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y no Repetición, junto a la JEP y la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, conformadas para el cumplimiento del punto 5 del Acuerdo de Paz sobre víctimas en el conflicto armado. La Comisión fue creada mediante el Decreto 588 de 2017 “para conocer la verdad de lo ocurrido en el marco del conflicto armado y contribuir al esclarecimiento de las violaciones e infracciones cometidas durante el mismo y ofrecer una explicación amplia de su complejidad a toda la sociedad”, como puede leerse en su magnífico portal: www.comisióndelaverdad.co. Portal que deberíamos consultarlo frecuentemente todos los colombianos, pues en él podemos encontrar los testimonios, los eventos y los informes que son la materia prima de la vacuna de la verdad que necesitamos para convivir. La Comisión debe rendir su informe final en noviembre de este año. Es decir, dispone de menos tiempo que las vacunas contra la pandemia para brindarnos y aplicarnos la inyección más vital que requerimos los colombianos: el conocimiento de los factores, los actores y las circunstancias que nos han convertido en un pueblo letal, que lleva más de medio siglo aniquilándose de todas las formas posibles e inimaginables. Y continúa haciéndolo todos los días. Hasta el 6 de febrero ya se han cometido 12 masacres que dejan 37 víctimas, según Indepaz[1]. Pero quizá no haya que esperar hasta noviembre para conocer esa verdad, pues ya la Comisión nos ha entregado valiosos testimonios de las víctimas y reconocimientos auténticos de las atrocidades cometidas por sus victimarios. El testimonio de Ingrid Betancur[2] sobre su secuestro es una de las verdades más desgarradoras y reveladoras de la degradación alcanzada por la política cuando ésta se convierte en rehén de la violencia y se ensaña contra miles de colombianos. Así lo reconocieron sus victimarios, el Secretariado de las Farc-Ep: "El secuestro solo dejó una profunda herida en el alma de los afectados e hirió de muerte nuestra legitimidad y credibilidad…El secuestro fue una práctica de la que no podemos sino arrepentirnos, sabemos que no hay razón ni justificación para arrebatarle la libertad a ninguna persona”.[3]

Sin duda, uno de los componentes de la vacuna de la verdad contra el odio y su letal venganza, será nuestra capacidad para superar todos los maniqueísmos que están a nuestro alcance para justificar y legitimar la violencia. Desde la violencia insurgente con su invocación de la justicia social como justificación de sus acciones, pasando por la institucional con su cinismo de invocar la defensa a ultranza de una precaria y casi inexistente legitimidad, hasta la violencia interpersonal cuyo ejercicio se camufla bajo prejuicios y conductas arraigadas en millones de colombianos como la formación de autodefensas, la “justicia por propia mano”, el machismo y la xenofobia. Ya deberíamos tener absolutamente claro que la violencia no legítima ninguna causa, sino más bien todo lo contrario. Que la violencia deslegitima la autoridad, así ella invoque la defensa de valores superiores como la seguridad y el orden público, incluso hasta la democracia, en cuyo nombre comete crímenes tan atroces como los “falsos positivos”, las torturas, desapariciones y el asesinato de ciudadanos inermes[4]. Porque la única forma de recobrar la legitimidad una institución es procesando y penalizando ejemplarmente a los agentes responsables de las violaciones a los derechos humanos, jamás protegiéndolos, felicitándolos[5] o ascendiéndolos en sus carreras oficiales, mucho menos cobijándolos con impunidad bajo el fuero penal militar, como lamentablemente ha sucedido en muchos casos. Así como es inaceptable la negación del reclutamiento de menores de edad por parte de las Farc con el pretexto de que dicha práctica jamás figuró en su Reglamento Guerrillero, menos lo es toda legitimación institucional de las violaciones sistemáticas a los derechos humanos, más aún las amparadas en Directivas oficiales como la 029[6] de los “falsos positivos”. En ambos casos se trata de comportamientos y operaciones criminales, que deben ser plenamente reconocidas ante la Comisión de la Verdad y la JEP.  Ya los miembros del Secretariado de las Farc lo están haciendo, en el CASO 01[7] por toma de rehenes y graves privaciones de la libertad, así como cientos de miembros de la Fuerza Pública por los “falsos positivos”, que conoce la JEP como CASO 03[8]. Respecto de la Directiva 029 es urgente conocer la versión del exministro de defensa Camilo Ospina Bernal, que la promovió en cumplimiento de la “seguridad democrática”, y tener así una explicación de su fatal deriva en la comisión de 2.248 asesinatos, según el informe número 5 de la Fiscalía enviado a la JEP. 

Sin Verdad no hay Justicia ni futuro

Según lo establecido por el Decreto 588 de 2017[9], el fin primordial de la Comisión de la Verdad es cognitivo y no punitivo, por eso todas las versiones que reciba de las víctimas y de los victimarios no tendrán efectos judiciales. Su objetivo principal es aportar el esclarecimiento de la verdad, contribuir a la convivencia y evitar en lo posible la continuidad de las causas y factores de este prolongado y degradado conflicto que a todos nos avergüenza y cada día se repite. De allí el valor inestimable del conocimiento que han aportado miles de víctimas, con su sufrimiento inefable y dolor inolvidable, para develar la identidad y responsabilidad de sus victimarios, protagonistas y antagonistas en este conflicto. Por eso también la obligación indeclinable e indelegable de esos protagonistas para que den sus versiones sobre sus decisiones y actuaciones. Hasta ahora, han comparecido los antagonistas de la insurgencia y falta por recibir las versiones de los más importantes protagonistas del establecimiento, como los expresidentes y la actual Vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, ministra de defensa de Álvaro Uribe Vélez, cuando se desarrolló la operación Orión en Medellín[10]. Sin dichas versiones no se podrá develar esa verdad compleja y dolorosa del conflicto que, como un caleidoscopio, tiene miles de formas y rostros, que lo expresan y explican. Cada protagonista tiene su verdad subjetiva y narrativa justificadora de sus actuaciones, que debe ser confrontada con los hechos públicos, para completar así el rompecabezas de la realidad fragmentada y disputada del pasado y el presente. Por eso es imprescindible conocer las versiones de todos los expresidentes, quienes, por acción u omisión, tienen muchas piezas de esa verdad dolorosa, oscura y astillada de sangre como un espejo roto en miles de fragmentos. Hasta ahora solo ha comparecido en dos ocasiones el expresidente Samper[11] para dar su versión sobre la sombra inextinguible del proceso 8.000 que empaña la legitimidad de su mandato. Pero los expresidentes César Gaviria, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos tienen muchas valiosas piezas por aportar, sin las cuales no será posible conocer la verdad completa de lo acontecido y mucho menos honrar la memoria de miles de víctimas. Tampoco será posible identificar aquellos factores y actores que confrontaron en sus respetivos mandatos y todavía persisten en nuestros días, profundizando con su violencia y codicia el conflicto y el número creciente de víctimas. De no hacerlo, serían inferiores al compromiso con la verdad, la historia y el futuro que, como expresidentes, nos deben a todos, empezando por las víctimas irredentas de ayer y las evitables del mañana. Y, lo que es más grave, dejarían a la posteridad, como Belisario Betancur (Q.E.P.D), toda suerte de interpretaciones y conjeturas sobre sus indelegables responsabilidades, competencias y dignidades. De alguna forma su silencio los condenaría irremediablemente, bien como pusilánimes incompetentes, vanidosos insaciables, autócratas impunes o jugadores astutos del poder, pero en cualquier caso como inferiores a sus responsabilidades frente a la vida, la historia y el futuro de Colombia. Deberían sentir vergüenza por el espectáculo deplorable que nos dan con sus rencillas y odios personales, con sus cálculos mezquinos para las próximas elecciones. Si todavía tienen alguna noción de su responsabilidad histórica, honorabilidad personal y dignidad de lo público, deben ir a la Comisión de la Verdad y dar sus respectivas versiones para que las próximas generaciones comprendan mejor el pasado y eviten su repetición en el futuro. Quizás así aprendamos a convivir como ciudadanos, sin permitir que existan más víctimas y tolerar más victimarios o, lo que es peor, seguir siendo gobernados por vengadores impunes que deciden el futuro de todos en defensa de instituciones cacocráticas[12]. Instituciones sustentadas en prejuicios atávicos, corrupción pública-privada y odios viscerales contra enemigos imaginarios, sostenidas por la ignorancia y la indolencia de millones de ciudadanos amnésicos que precisan con más urgencia la vacuna de la verdad que alguna de las existentes contra la pandemia del Covid-19. Una vacuna que por fin los libere de la estupidez de rebaño e inocule para siempre en sus conciencias el repudio por la política asociada con el crimen, la violencia, la corrupción y la apropiación de lo público por cacocracias codiciosas, que gobiernan impunemente en nombre de una falaz e inexistente democracia.