lunes, mayo 04, 2020

Diatriba contra el onanismo del mercado global



DIATRIBA CONTRA EL ONANISMO DEL MERCADO GLOBAL

Hernando Llano Ángel.

Este es el momento para intentar una diatriba contra al onanismo del mercado global. No contra el erótico, quizá el más personal, íntimo y saludable, ahora estimulado en forma degradada por la pornografía y el machismo. Se trata de una diatriba contra un onanismo que pasa inadvertido y tiene efectos letales, pues al contrario del personal es colectivo. Es el onanismo del narcisismo capitalista y mercadocéntrico, cuya máxima expresión son hoy Norteamérica y China. Es el onanismo de la inteligencia, las emociones y el espíritu de competencia, que se proclama universal a través de la tecnología, el mercado y la globalización del consumo. No por casualidad la pandemia tuvo origen en Wuhan, una de las metrópolis chinas más industrializadas y modernas, desde donde se diseminó progresivamente por todo el mundo al ritmo febril de los viajes aéreos intercontinentales y del intercambio comercial.

La pandemia del consumo onanista

La pandemia, pues, está asociada simbióticamente con la red global de interdependencias económicas, culturales y hedonistas que convierte nuestras vidas en un onanismo de consumo, donde el principio de placer pretende gobernar y subordinar el principio de realidad y la misma naturaleza. Para empezar, como sucedió con Ícaro[1], COVID-19 nos quitó el placer de volar y está llevando a la quiebra, en caída libre, a la industria aeronáutica y a las más sólidas aerolíneas internacionales. De paso, está arrasando con la industria turística, el cine, el teatro y toda la parafernalia de la imaginación y la fantasía, para no hablar de los deportes colectivos, sin los cuales quizá no podríamos sobrellevar el peso agobiante de esta realidad. Lo único que nos falta, para salir de este onanismo del confort y el consumo que tanto nos seduce, es que internet sea atacado por un virus cibernético y colapse.

Vida Real Vs Vida Virtual

Entonces quedaríamos solos y desvalidos ante el mundo real de las necesidades y volveríamos a percatarnos que la vida no se agota --para quienes todavía pueden disfrutarla-- en las cuatro paredes del hogar, sumergidos en las redes sociales, agobiados por el omnipresente teletrabajo o entretenidos por Netflix. Que la vida real, la cotidiana de los saludos y los abrazos, de los diálogos y los malentendidos, del trabajo y el sustento, jamás podrá ser sustituida por la virtual, que tanto placer individual y evasión social nos brinda. Constataríamos que la prosperidad y la riqueza de las empresas no es un asunto tanto de sus propietarios como de los miles de trabajadores que la producen y de los millones de consumidores que las dinamizan y afianzan. En una palabra, que la vida y la salud de todos y todas, que la vida colectiva y pública, no sólo es mucho más importante que nuestro placer onanista, sino que dependemos de esa inmensa y compleja red de semejantes y diversos para sobrevivir y darle un sentido a nuestras vidas. Que sin la vida pública, regulada por un Estado que protege y valora la dignidad y salud humanas, como una expresión más de la naturaleza, no podremos seguir existiendo. En fin, ya va siendo hora de que reconozcamos que la era antropocéntrica quedó atrás y que no podemos continuar viviendo en el onanismo consumista que subordina todo a nuestro principio de placer desbordado, estimulado por la publicidad y la codicia insaciable de mercaderes y banqueros. Que bastó un impredecible, contagioso y letal virus para desajustar todas nuestras vidas y reorientar nuestras prioridades como especie, relegando la libertad, el placer y la productividad a un segundo plano.

¿The market first or Laudato Si?

Por eso, el onanismo más peligroso en la actualidad es el que se reviste con la credencial del  nacionalismo, denomínese America first o Market first, que proclama la reactivación de la economía y del mercado por encima de la salud y la vida. De alguna manera, este onanismo mercadocéntrico tiene su máxima encarnación en Trump y su obsesión por demostrar que el “virus chino” fue creado en un laboratorio de Wuhan, como arma biológica para ganar la guerra comercial contra Estados Unidos. Pero, sobre todo, en los cientos de miles de sus seguidores que airados en calles, plazas públicas y hasta en el Capitolio del estado de Michigan, algunos portando armas, proclaman la libertad individual como un derecho sagrado, intocable e ilimitable, exigiendo el fin inmediato de las medidas públicas sanitarias que, hasta la fecha, medianamente han contenido la propagación incontrolable del virus. De imponerse esta tendencia libertaria (¿o liberticida?) y mercadocéntrica, sin una rigurosa planeación y regulación estatal de la reactivación económica, comercial y social, según las características de cada país y la responsabilidad y autocontrol de sus habitantes, lo que se estimulará será la extensión ingobernable de la pandemia y el triunfo progresivo de tanatos sobre eros. Sería una consecuencia paradójica de esta especie de onanismo global, promovido por el nacionalismo y el consumismo, del cual somos adictos, porque para la inmensa mayoría primero está su país, el bienestar familiar y el placer personal. Solo varía la escala de prioridad establecida. Poco importa la suerte de los demás. Quizá esta sea la cepa política y cultural más mortal y nos engañamos al señalar al COVID-19 como la máxima responsable de esta pandemia, cuando en el fondo es producto de nuestro narcisismo antropocéntrico y hedonismo onanista. De allí, que una de sus expresiones más insólitas y contradictorias sea el auge de cierta espiritualidad panteísta, adobada con una idea de castigo divino que supuestamente nos inflige la naturaleza a través del COVID-19. Pero olvidamos que somos una especie depredadora que está devorando, al menos desde el Génesis, todo el planeta, aunque el Papa Francisco nos advierta en su encíclica Laudato si, con San Francisco de Asís, que debemos alabar al Señor “por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba»[2].


domingo, abril 19, 2020

Donald Trump ¿De la pandemia al pandemónium?



DONALD TRUMP: ¿DE LA PANDEMIA AL PANDEMÓNIUM?

Abril 19 de 2020
Hernando Llano Ángel.
¡AMERICA FIRST!

Hay que reconocer que Trump cumple sus promesas electorales. Estados Unidos, como nación, tiene hoy, 19 de abril de 2020, el más alto número de personas contagiadas por Covid-19 (732.197) y de víctimas mortales (superó las 40.000) en el  mundo[1]. Esas macabras cifras expresan el significado exacto de ¡AMERICA FIRST! Y lo más grave está por venir, pues con el entusiasta apoyo de sus seguidores pronto abrirá la economía y con ella también la caja del pandemónium. Sin duda, la prioridad de Trump es la economía, los negocios y su poder presidencial, no la salud pública y mucho menos la vida, pues tiene la certeza de que su reelección depende más de la disminución del desempleo, que del aumento del contagio por Covid-19 y su relativa baja letalidad. Porque el número de desempleados asciende más rápidamente que el de contagiados. Al 16 de abril era de 22 millones de desempleados, frente apenas 732.197 contagiados. Y el mayor logro de Trump, hasta la llegada del “virus chino”, había sido disminuir el desempleo a un porcentaje insignificante. El menor en los últimos 25 años, en abril de 2019 era del 3.6% por ciento. Con la llegada del virus, que no ingenuamente denomina Trump el “virus chino”, su proeza económica quedó reducida a cenizas. Hoy el porcentaje de desempleados está próximo al 18%, cerca de 22 millones, el más alto en los últimos veinticinco años.[2] Por lo tanto, su apuesta macabra puede plantearse en cifras sencillas: poco importan cien mil o más víctimas mortales, con tal de disminuir en unos cuantos millones el crecimiento del desempleo y reactivar la economía. A fin de cuentas, los muertos no votan –al menos hasta ahora-- en los Estados Unidos,  mientras los vivos decidirán su triunfo o derrota en las urnas. Aunque también la cifra de víctimas mortales puede cobrarle una derrota desde ultratumba. Quizá por ello busca convertir a China en el chivo expiatorio de la pandemia. Una pesadilla cruel y despiadada parece desvelar todas las noches a Trump, sueña con un campo lleno de tumbas y unas urnas semivacías de votos. Todos los días despierta sobresaltado. Tal parece que el paisaje de las próximas elecciones presidenciales discurrirá entre tumbas y urnas. De un lado, una interminable fila de féretros, casi oficialmente despreciada y, del otro, una diezmada e indecisa fila de votantes, sofocando con el tapabocas en su rostro el miedo y la esperanza en que transcurren sus vidas, como nos acontece a todos.

¿Otro pandemónium internacional?

Aunque también el paisaje puede ser más apocalíptico y la pandemia convertirse en un pandemónium internacional, al extremo que impida la celebración de la elección presidencial el próximo 3 de noviembre. Entonces Trump aprovecharía dicha circunstancia para prorrogar en forma indefinida su mandato. Incluso parece estar preparando dicho escenario al insinuar que China es responsable de la creación de la covid-19 en un laboratorio en la ciudad de Wuhan y que, de comprobarse semejante invención mefistofélica, ello tendría graves consecuencias, según su último anuncio público. Así las cosas, el planeta se convertiría en un auténtico pandemónium, pues la capital del “Mundo libre” combatiría sin tregua, incluso con armas más devastadoras que la Covid-19, a la capital del infierno, la China comunista. Este escenario, más propio de una película de Hollywood sobre el fin del mundo, parece tan descabellado y absurdo como el de otra pésima producción llamada “la guerra contra el terrorismo”, que aún no termina y que comenzó con la ocupación de Irak, supuestamente para evitar que el demonio de Sadam Husein utilizará armas de destrucción masiva y biológicas contra el mundo libre. Hoy, todo el mundo sabe que esa fue una abominable y mortífera mentira, adobada con la codicia por el petróleo de empresas norteamericanas[3] y el control geopolítico y militar del medio oriente, producto del concierto para delinquir urdido por las Agencias de inteligencia y seguridad norteamericanas. Todo lo anterior, con la actuación de mediocres actores de reparto como George W Bush y Dick Cheney, quienes abrieron una vez más la caja de pandora del complejo industrial-militar, quintaesencia del poder imperial norteamericano. Y esa gesta por la “libertad y la democracia” contra la tiranía de Husein, terminó engendrando el pandemónium del Estado Islámico, que convirtió a Europa y el “mundo libre” en un lugar cada vez más inseguro e infernal, con atentados mortales en calles, plazas, salas de concierto, iglesias, mezquitas, sinagogas y millones de migrantes huyendo  a la muerte y el hambre. Hoy, cientos de miles siguen buscando desesperadamente refugio en Europa, cuando la muerte no los asalta y sepulta en el fondo del mediterráneo.

Jinetes del Apocalipsis

Desde entonces los jinetes del apocalipsis galopan de nuevo sobre la tierra: guerras de conquista, muerte, hambre y peste. ¿Será que estamos ad portas de otra guerra contra el “imperio del mal”? En tal caso, tendríamos que reconocer que el virus más devastador y mortal está enquistado en la simbiosis tanática del poder político con el económico y militar. Sobre todo, cuando lo ejercen hombres dominados por la paranoia de la soberbia y la codicia, como sucede con Trump, cuyo horizonte de humanidad se agota en el mercado, el consumo  hedonista y el nacionalismo racista e imperial de electores incautos que todavía creen en consignas tan pueriles como AMERICA FIRST. Hoy están pagando con muerte, dolor, desolación, desempleo y hambre semejante soberbia ignorante y chovinista. ¿Hasta cuándo seguirán creyendo en ese estilo de vida y cuánto les llevará reconocer a dichos electores que su nación ya entró en un eclipse irreversible? Pero no solo a ellos, sino sobre todo a quienes todavía viven y mueren deslumbrados por el “sueño americano”, ya convertido en un pandemónium planetario. Valdría la pena que todos tuviéramos en cuenta esta admonición de Antonio Gramsci, en una encrucijada histórica dominada por líderes nacionalista y racistas con aires mesiánicos, parecidos a los que hoy pregona Trump: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Depende de todos nosotros que tan claro u oscuro sea ese nuevo mundo y los monstruos que lo pretenden dominar. Por lo pronto, va siendo hora de que reflexionemos y cambiemos, si de verdad queremos seguir viviendo en libertad, sin miedo incluso a infectar o ser infectados por nuestros seres más queridos. La vida y menos la libertad pueden ser confinadas, vigiladas y controladas indefinidamente. No pueden quedar reducidas al estrecho, aséptico, seguro y limitado mundo familiar. Precisamos con urgencia del amplio, diverso, hermoso, incierto y generoso mundo terrenal, tanto como del plural y conflictivo espacio público, junto al regulado y disputado del mercado, para seguir siendo humanos.

sábado, marzo 21, 2020

La política, entre la pandemia tanática y la reclusión vital.



LA POLÍTICA, ENTRE LA PANDEMIA TANÁTICA Y LA RECLUSIÓN VITAL

Hernando Llano Ángel.

Y de repente, el mundo comprendió –demasiado tarde— que la política es un asunto de vida o muerte. Que es mucho más que firmar tratados comerciales o gobernar con consignas xenófobas como “America first”. Mucho más que declarar, negar guerras o firmar acuerdos de paz. Que si no recobramos, entre todos, su sentido vital y público, corremos el riesgo de convertirla en una estrategia para la gestión de la muerte y el eclipse de la libertad, en lugar de una responsabilidad colectiva para la supervivencia global y la convivencia social en libertad. Quizá esta sea la más importante y paradójica enseñanza del Covid-19, el retorno del sentido vital de la política y el riesgo mortal que entraña para la libertad personal y pública. Un retorno forzado a la política y a su existencia ubicua por el miedo a la muerte y nuestra infinita fragilidad, que nos reduce a unas cuantas dimensiones biopolíticas esenciales, imprescindibles e iguales para todos: respirar, beber, comer y cuidarnos colectivamente para sobrevivir. Parafraseando a Karl Deutsch, en su libro “Política y Gobierno. Cómo el pueblo decide su destino”: “la política es el aire que respiramos, el agua que bebemos, los lugares por donde transitamos” (cada vez más limitados) y agregaba en tono profético: “la salud de nuestros ancianos y la dignidad de nuestros pobres”. Tal la esencia de la política, más allá de su reducción polémica a estrategias de poder y dominación. Más allá de sus oropeles institucionales y la vanidad de gobernantes narcisistas, incapaces de comprender que sus cargos son el mayor ejercicio de responsabilidad colectiva y pública existente. En su infantilismo institucional, son incapaces de comprender que de sus decisiones y omisiones depende la vida de millones de seres humanos, más allá del fetichismo constitucional o legal que les otorga ciertas competencias que no saben ejercer oportunamente. En fin, comediantes del poder, expertos en procrastinar en lugar de gobernar, que abundan en casa, en el vecindario y en las supuestas democracias avanzadas del “primer mundo”. Ahora resulta que todos “vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos”, como sabiamente escribió Enrique Santos Discépolo. De pronto desapareció esa ficción y argucia de la dominación de un planeta dividido en “primero y tercer mundo”. Todos vivimos y morimos en este mundo de cambalache, que nos está pasando una letal cuenta de cobro, por nuestra codicia e indolencia de consumidores compulsivos.

Ningún cuento chino

Y, para mayor ironía, esa cuenta de cobro fue girada desde la sociedad con mayor crecimiento económico de las últimas décadas en el mundo, desde una de las regiones más prósperas y tecnológicamente  avanzadas, Wuhan que, como toda la China Popular, ha proclamado el mercado, el consumo y el lujo en el máximo y casi único sentido de vivir. En otras palabras, el “sueño americano” convertido en pandemia universal, en una pesadilla escrita a varios manos por profetas y políticos tan dispares como Marx y Hayek, desde la economía política, y Mao y Trump desde el liderazgo político. Algo absolutamente inimaginable, apenas parecido a la laureada película Parásito, que bien podría ser la mejor alegoría del Covid-19, pues casi todos vamos a quedar recluidos y atrapados, sin tener garantizadas nuestras vidas, en nuestras casas y sótanos, sobreviviendo sin libertad, entretenidos y alienados gracias a la televisión, internet y las redes sociales. Lo cual completa el cuadro dantesco de nuestra deshumanización e indolencia, pues en una sociedad como la nuestra, cerca del 50% de la población económicamente activa sobrevive en el rebusque de la informalidad del espacio público, entre la legalidad y la ilegalidad, en el contacto permanente e interpersonal propio de la vida y la precariedad peatonal. ¿Cómo sobrevivirán? ¿Será posible que todos se conviertan en Rappitenderos? Y el resto esperamos cómodamente en casa, frente al televisor, que nos llegue la vida a domicilio, convertidos en dóciles teletrabajadores. Sin duda, ¡parece que la fantasiosa economía naranja será la panacea universal! Volveremos a descubrir lo que significa una institución imaginaria y en profunda crisis,  la familia, y nos tocará reinventarla, con la ayuda del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y la sabiduría de doctrinas y corrientes políticas como Tradición, Familia y Propiedad. En ella, volveríamos a aprender saberes ancestrales y vitales: cómo lavarnos las manos, eludiendo nuestras responsabilidades públicas; cómo guardar distancia del prójimo, especialmente del pobre que le sudan las manos y expele desagradables humores, como en Parásito. Pero, sobre todo, cómo renunciar a nuestra libertad y recluirnos en la comodidad de nuestros hogares, porque las ciudades son peligrosas y se han convertido en calles y parques fantasmales, mortales. Porque lo público está agonizando y pareciera que lo privado es nuestro espacio de salvación. Y ese sería, sin duda, el triunfo del Covid-19 sobre la humanidad y con ella la conversión de la política en una pandemia claustrofóbica. Renunciaríamos a nuestra condición de ciudadanos y al ejercicio de nuestra libertad. Nos convertiríamos en una especie de siervos a merced de gobernantes incompetentes, auténticos mercaderes de la muerte, complacidos por haber reducido la política a la gestión de una pandemia tanática. Ahora todos gustosamente renegamos de nuestra dimensión más humana: la libertad. ¡Que viva el toque de queda! ¡Abajo la libertad! Sin duda, no hay libertad sin vida, pero la pregunta es ¿Podemos vivir sin libertad? ¿Se puede generar vida económica, víveres y servicios para todos, cada vez con menos libertad? Tal es el desafío para todos, pero especialmente para la política, que no puede reducirse al arte de lavarse las manos con absoluta impunidad y, mucho menos, a perder el sentido de su existencia: la vida pública en libertad.

(ellano@javerianacali.edu.co)


Transición de verdad y verdades en trance II.


TRANSICIÓN DE VERDAD Y VERDADES EN TRANCE (II)

(Marzo 13-2020)

Hernando Llano Ángel.

Ya no cabe la menor duda que estamos viviendo una transición donde cada día se nos revelan más verdades, así sus protagonistas se empecinen en negarlas. Las verdades del Ñeñe relacionadas con el apoyo financiero, “por debajo de la mesa”, a la campaña presidencial de Duque en el 2018 en la Guajira, así como las múltiples evidencias de sus estrechas relaciones con el entonces candidato y con su padrino político, el senador Uribe, nos vuelven a confirmar que la esencia de nuestro régimen político es su simbiosis con la criminalidad. Una simbiosis de carácter histórico y estructural, cuyo origen no es otro que la poderosa existencia de economías ilegales, siendo la del narcotráfico la que tiene mayor capacidad de mutación, infiltración y cooptación. Ahora que estamos de conmemoraciones míticas, como la de la séptima papeleta, conviene recordar que ella fue una respuesta juvenil al poder criminal del narcotráfico, asociado con prestantes figuras del establecimiento político y de organismos de inteligencia estatales, sin los cuales los tres magnicidios en línea no habrían sucedido: Galán, Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro. Transcurridos más de treinta años, esa relación continua vigente y creciente, con la gravedad que se trata de ocultarla o minimizarla al máximo, simplemente porque ha adquirido la dimensión inexpugnable de ser el régimen político imperante. Y ello ha venido sucediendo de manera casi imperceptible, bajo la narcotización creciente del conflicto armado interno y la financiación permanente de las campañas políticas presidenciales.

Un pasado presente

Ya en 1982, el entonces candidato López Michelsen, contaba a Enrique Santos Calderón, en su libro de conversaciones “Palabras pendientes”, la forma como se financiaron las campañas presidenciales:

“Posteriormente, cuando terminaron las elecciones, en las que participaron como candidatos, además de mi persona, Belisario Betancur y Luis Carlos Galán, se nombró una comisión investigadora sobre el ingreso de los llamados dineros calientes a las campañas, comisión que absolvió de culpa a los tres grupos. Lo cual no resultaba muy afortunado, porque examinaron las cuentas de Bogotá y, por ejemplo, las de Belisario funcionaban en Antioquia. Su tesorero era Diego Londoño, que después trabajó como gerente del metro de Medellín, y que tenía relaciones muy cercanas con Pablo Escobar. Hoy se encuentra preso. Pero, del otro lado, está también el caso de Rodrigo Lara Bonilla, que es aún más impresionante porque la mafia le metió un cheque que a la postre le costó la vida”. (Palabras Pendientes, conversaciones con Enrique Santos Calderón. p.142.)

Desde entonces hasta nuestros días y las recientes declaraciones del Ñeñe, los escándalos no cesan, aunque para todos sea una historia conocida y sin fin. Una historia cada vez más inextricable, escrita a varios manos entre muchos protagonistas de la política y otros tantos de la violencia, la ilegalidad y el crimen. No gratuitamente la épica séptima papeleta, que con tanto entusiasmo promovimos, terminó capitalizada por el mismo Pablo Escobar que coronó en el artículo 35 de la Constitución la prohibición de la extradición. Y para poner fin a su ola incontenible de narcoterrorismo, luego de su fuga de la Catedral, el mismo presidente Gaviria tuvo que promover la alianza criminal de la Policía Nacional con los PEPES y estos se metamorfosearon rápidamente en narcoparamilitares, luego incursionaron exitosamente en la parapolítica, controlaron el Congreso, con sus mayorías cambiaron un articulito de la Constitución y fueron tan imprescindibles para la gobernabilidad, que el mismo presidente Uribe los convocaba a votar, antes de ir a la cárcel, para que aprobaran su proyectos de ley. Tales verdades, por más que las nieguen y rechacen sus protagonistas, hacen parte de nuestras vidas y de los cientos de miles de víctimas, aunque una mayoría de colombianos prefieran no verlas y mucho menos reconocerlas. Son múltiples y horrendas verdades en trance que cada día nos revelan la JEP y la Comisión de la Verdad: los miles de secuestros de las Farc-Ep; las desapariciones forzadas sin cuenta; los “falsos positivos”, los millones de desplazados y despojados de sus parcelas, los atentados terroristas y ahora el asesinato sistemático de líderes sociales, defensores de derechos humanos y reincorporados. En fin, un cúmulo de verdades que claman responsabilidades, que nos interpelan y, en cierta forma, nos condenan si no somos capaces de actuar y rechazar este régimen político que, certeramente describió así Álvaro Gómez Hurtado, cuando lo presidía Ernesto Samper, y aplica perfectamente para Duque:

“El régimen transa las leyes con los delincuentes, influye sobre el Congreso y lo soborna. El régimen es un conjunto de complicidades. No tiene personería jurídica ni tiene lugar sobre la tierra. Uno sabe que el Gobierno existe porque uno va a Palacio y alguien contesta, que resulta ser por ejemplo el Presidente de la República, y va al Congreso y ahí sale su presidente, pero el régimen es irresponsable, está ahí usando los gajes del poder, las complicidades. El Presidente es el ejecutor principal del régimen, pero está preso. A mí me da pena repetirlo, pero el Presidente es un preso del régimen. El régimen es mucho más fuerte que él, tiene sus circuitos cerrados, forma circuitos cerrados en torno de la Aeronáutica Civil, de las obras públicas, de los peajes, y en ellos no deja entrar ninguna persona independiente” (Revista Diners #303, junio 1995).
                                                             
   

TRANSICIÓN DE VERDAD Y VERDADES EN TRANCE (I) (FEBRERO, 18 DE 2020)


TRANSICIÓN DE VERDAD Y VERDADES EN TRANCE (I)
(FEBRERO, 18 DE 2020)


Hernando Llano Ángel

Es tal la avalancha de declaraciones y revelaciones sobre nuestra realidad política, que es casi imposible discernir la verdad  o la mentira contenida en ellas. Pero, sin lugar a dudas, las más inquietantes corren a cargo de una pareja de protagonistas de la vida política nacional: Aida Merlano y Álvaro Uribe Vélez. No obstante la distancia insalvable que los separa por sus ejecutorias políticas, ambos tienen en común dos hechos irrefutables, de carácter público. El primero, sus líos con la justicia y, el segundo, que sus declaraciones nos parezcan al conjunto de los colombianos inverosímiles, aunque los dos sostengan que dicen toda la verdad y que así es la realidad.

La Declaración de Renta de Uribe

Para empezar, tenemos la Declaración de Renta de 2018 del senador Álvaro Uribe Vélez, hecha pública en virtud de la ley que a regañadientes aprobó el Congreso, forzado por los cerca de 12 millones de ciudadanos que lo exigimos en la Consulta Anticorrupción. En ella aparece que no tuvo que pagar un solo peso por concepto de impuestos, no obstante que su patrimonio bruto es superior a 12 mil millones de pesos, que  sus ingresos brutos alcanzaron la suma de casi 457 millones pesos y además percibió  51 millones por pensión.  Pero, según la verdad tributaria, claramente explicada por contadores profesionales consultados por Portafolio, ello no solo es legal sino que también se corresponde con la realidad de nuestro régimen tributario, como puede leerse en https://www.portafolio.co/economia/noticias-del-dia-declaracion-de-renta-de-uribe-colombia-hoy-538212.  Todo parece indicar que la Declaración del senador Uribe es tan tributariamente correcta como injusta e indignante para la inmensa mayoría de colombianos, especialmente para una clase media que paga impuestos con ingresos muy inferiores y con un pírrico patrimonio. Vergüenza debería sentir el senador por violar en forma tan ostensible el numeral 9 del artículo 95 de nuestra Constitución Política: “Contribuir al financiamiento de los gastos e inversiones del Estado dentro de conceptos de justicia y equidad”. Por revelaciones como las anteriores es que estamos viviendo una coyuntura política de verdades infamantes e insostenibles, no sólo en el ámbito de lo tributario, sino en el más doloroso y grave del conflicto armado interno. A tal punto que el general (R) Mario Montoya ante la JEP negó su responsabilidad como comandante del Ejército en la ejecución de los “falsos positivos” y los atribuyó a: “soldados muy pobres, ignorantes, que no entendían la diferencia entre resultados y bajas, por eso cometieron los falsos positivos”.

Una legislación inicua y criminal

Pero así como las normas tributarias explican el aberrante caso de injusticia fiscal a favor del senador Uribe, la Directiva 029 de 2005 de la “seguridad democrática” también explica legalmente la barbarie de las ejecuciones extrajudiciales, mal llamadas “falsos positivos”, con la firma del entonces ministro de defensa Camilo Ospina y la dirección militar del Comandante del Ejército, general Mario Montoya. Frente a estas horrendas verdades, revestidas de legalidad tributaria y marcial, los delitos de Aida Merlano parecen prácticas usuales en la dinámica política y electoral de nuestra simulada democracia.

Y, por escandaloso que suene, tal es la verdad al lado de las numerosas masacres de los grupos paramilitares aliados con senadores y representantes condenados por parapolítica, como puede consultarse en Verdad Abierta: https://verdadabierta.com/de-la-curul-a-la-carcel/, a quienes exhortaba el entonces presidente Uribe que “votaran sus proyectos de ley antes de ir a la cárcel”[1].  Por todo ello, se puede decir que estamos viviendo una transición de verdad que nos revela muchas verdades en trance. Una de esas verdades es la de Aida Merlano que, por su gravedad y aparente espontaneidad, merece un tratamiento especial en una próxima entrega, para no incurrir en la ligereza de banalizar y mucho menos justificar sus éxitos electorales y los de sus distinguidos mentores y patrocinadores como algo inherente a la democracia

PELÍCULAS DE VERDAD CONTRA LA REALIDAD

PELÍCULAS DE VERDAD CONTRA LA REALIDAD

(febrero 3 de 2020)


Hernando Llano Ángel.

Cuando alguien nos cuenta algo inverosímil, le decimos que no nos venga con otra “película de vaqueros”, pues en ellas no solo distinguimos claramente a los malos y los buenos, sino que además siempre terminan ganando estos últimos. Los fanáticos de estas películas salen felices de los teatros, se van plácidamente a dormir y al otro día se reconcilian con la vida. Se levantan convencidos que pertenecen al bando de los buenos y están protegidos por sus gobernantes contra los malos. Pero en ocasiones asistimos a películas que nos revelan, en medio de su ficción y elaboradas tramas, que la vida es otra cosa y que en la realidad los papeles de buenos y malos no están prefijados. Al punto que las ficciones terminan siendo más verdaderas que la misma realidad. Es lo que acontece con la mayoría de películas que este año están nominadas a los premios Oscar en Hollywood. Empezando por aquellas que abordan terribles acontecimientos, como el nazismo, con la corrosiva e hilarante parodia de Jo Jo Rabbit de Taika Waititi, y Érase una vez… en Hollywood de Tarantino, pues en ambas la imaginación de sus creadores y directores nos revelan que la realidad es mucho más compleja que lo acontecido. En estas películas, los actores y sus circunstancias tienen más aristas y sombras que aquellas que nos proyecta la historia oficial con su verdad congelada en la memoria colectiva. Película como El irlandés, de Scorsese, nos devela que las relaciones entre el crimen y la alta política del Estado, presidida por un descendiente de irlandeses, como J.F. Kennedy, son desde entonces un rasgo estructural en la política doméstica e internacional  de los Estados Unidos de Norteamérica. La ambigüedad del título juega con el rol protagónico de Robert De Niro y el político histórico de las relaciones sostenidas por Kennedy, el otro “irlandés”, con la mafia norteamericana y la fracasada invasión a bahía Cochinos, que al parecer termino por sacarlo violentamente del libreto del poder.

EL OSCAR DE LA IMPUNIDAD

Y hoy dicha relación entre la política y el crimen está protagonizada por Donald Trump, al extremo de ser intocable por la justicia, pues sus copartidarios republicanos no solo impidieron la comparecencia de testigos, como John Bolton ante el Senado, y la presentación de nuevas pruebas, sino que lo absolverán, consagrando así una impunidad presidencial que  convierte a esa democracia imperial en una tragicomedia criminal. Así las cosas, la absolución de Trump debería estar nominada para ganar el Oscar a la mejor película --en el género histórico del colapso de la democracia por la simbiosis entre política y criminalidad--  y el mismo Trump ser reconocido como el mejor actor en el escenario de la mentira y la simulación de justicia. Seguramente en algunos años estaremos viendo, en una excelente película, más escenas verdaderas sobre lo ocurrido en este juicio simulado, que la profusión de fake news que nos invadirán durante las próximas semanas relacionadas con la absolución de Trump, que lo elevará a la consagración estelar de ser el mejor protagonista del poder de la mentira y la soberbia narcisista. A las anteriores dotes hay que sumar su misoginia y vulgaridad machista, que pone de presente la película “El escándalo”, recordándonos los trinos de Trump contra la corresponsal de Fox News, Megyn Kelly, protagonizada por Charlizie Thereson, humillada y ridiculizada por el entonces candidato republicano. Pero suele acontecer que el buen arte termina siendo el juez más implacable de los ambiciosos de turno revestidos de poder, como en este caso sucede con Trump, más allá de las complicidades de la mayoría republicana que lo absuelve y protege. Parece que algo similar ocurre entre nosotros, pero en un nivel bucólico y pintoresco, con más de un protagonista de la vida política nacional actualmente en la antesala de la justicia. Incluso para desentrañar la sangrienta madeja tejida por la política y el crimen, disponemos de una compleja tramoya conformada por la JEP, la Comisión de la Verdad y la Unidad de búsqueda de personas dadas por desaparecidas en desarrollo del conflicto armado interno. Solo nos queda esperar la película nacional que proyecte estos personajes intocables y nos revele sus proezas criminales, tanto de la diestra como de la siniestra. No hay duda que tenemos suficiente talento joven para asumir semejante desafío, pero quizá falte el patrocinio y el valor civil para que puedan  hacerlo.

Hollywood como conciencia crítica y pantalla de verdad

La próxima ceremonia en Hollywood de entrega de estatuillas en las diversas categorías, promete ser el mejor tribunal de la conciencia crítica y la sensibilidad artística contra esta realidad que vivimos, global y nacionalmente, infestada por un virus más mortal que el temido coronavirus. El virus que portan aquellos gobernantes que niegan la realidad, la crisis climática, la devastación del planeta, el nuevo holocausto de millones de migrantes, la desigualdad social infamante y, en general, todos aquellos portadores sanos y buenos ciudadanos que creen que la vida se agota en el éxito empresarial y la  felicidad familiar, como lo denuncian con implacable humor las películas Parásito y Joker. Son de antología las secuencias escatológicas de Parásito ridiculizando la portentosa tecnología de Corea del Sur y su aberrante discriminación clasista, expresada en el agudo olfato del exitoso empresario y ejemplar padre de familia, que vive como un auténtico parásito del trabajo, el talento y el esfuerzo de los demás. Así como también Joker ejecuta al  bufón del entretenimiento y la mentira, protagonizado por De Niro, animador de un concurso televisivo tan parecido al dirigido por Trump en el pasado,  The Apprentice, en el que ridiculizaba y humillaba a los perdedores, con su grito: Estás despedido! Sin duda, esta temporada de películas nominadas nos está proyectando en la pantalla más verdad que la misma realidad. La ficción y el arte develando las mentiras del poder, el cinismo criminal de George W Bush y la complicidad de Tony Blair, en Secretos de Estado; el acoso sexual como chantaje para el ascenso laboral en El Escándalo; el sufrimiento y la degradación en la vida artística de Judy a costa de su salud y muerte.  Y, para terminar la función con una lección de humanidad y coraje, la película de Sam Mendes, 1917, heroica y antibélica que exalta la ética y el honor del guerrero. Vale la pena ver y compartir estas producciones, pues corroboran que en nuestros días la ficción cinematográfica no solamente es superior a la realidad sino mucho más verdadera.
                

miércoles, noviembre 27, 2019

21N: LAS METÁFORAS Y LOS ADJETIVOS NO ALCANZAN.



21 N: LAS METAFÓRAS Y LOS ADJETIVOS NO ALCANZAN


Hernando Llano Ángel.

El 21 de noviembre de 2019 Colombia despertó con la democracia en las calles y se acostó con el miedo en sus casas. Cali fue la primera ciudad que vivió esa metamorfosis política y social. En la mañana la indignación altiva y festiva de la clase media se tomó las calles. La protesta social fue masiva, cordial y recreativa, entre tambores y saltos del Guasón, sin violencia alguna. El CAM no tuvo espacio para albergar tanta diversidad y alegría rebelde, la multitud desbordó la plazoleta y colmó todo el paseo Bolívar. Una expresión más de esa nueva ciudadanía democrática, intergeneracional y transgénero, diversa, animalista y posantropocéntrica. Una ciudadanía que siente y defiende con igual respeto y coherencia la vida vegetal, fluvial, marítima, animal y la dignidad humana, como un pluriverso total e indivisible, del cual todos somos parte. Una ciudadanía que se rebela contra esa voraz subespecie de narcisistas tiránicos que degradan la vida a mercancía y plusvalía, bajo la coartada de una democracia cuyo verdadero rostro y nombre es mercadocracia. Esa subespecie de amos, banqueros, empresarios, políticos y ejecutivos con sus rostros sonrientes de éxito, que vemos todos los días en la televisión y la prensa, orgullosos de su sed insaciable de ganancias y su emprendimiento devastador sin límites. Contra esa subespecie gobernante y dirigente se vienen expresando millones de ciudadanos de clase media, en todo el mundo, reclamando una democracia real que supere los límites de los privilegios y las ganancias de esa minoría, que aumenta su patrimonio especulando con nuestras necesidades, expoliando nuestro trabajo y robando nuestros impuestos desde sus infamantes y corruptos cargos públicos, salvo contadas excepciones. Reclamamos derechos universales a educación, salud, vivienda y seguridad social, no subsidios y prebendas paliativas que condena a las mayorías a una vida indigna, precaria y siempre subordinada a sus redes clientelistas. Y como ciudadanía de clase media, valoramos y respetamos la vida de los líderes y defensores de lo público, de los derechos humanos, por eso nuestra protesta fue altiva y pacífica. Porque no toleramos más sus asesinatos y persecuciones. Una ciudadanía que al término de la marcha colmó las plazoletas de comidas de los centros comerciales, como El Centenario, en Cali que, con su decoración decembrina, parecía albergar una extraña fiesta ciudadana. Y así culminó ese mediodía de democracia de clase media.

Y La noche que llega

Pero a las pocas horas todo cambió y la movilidad de esa clase media democrática desapareció de las calles. El alcalde Armitage, deplorándolo, decretó el toque de queda a partir de las 7 de la noche. El jolgorio democrático de la clase media desapareció de las calles y estas empezaron a poblarse por quienes no son acogidos en los centros comerciales y sus modernas plazoletas de comida. Y esos jóvenes ansiosos, excluidos y rabiosos se tomaron las calles, las plazas y frente a la Fuerza Pública su rabia fue creciendo, hasta volcarse violentamente contra todo el bienestar que el mercado les niega y los derechos que el Estado les brinda en forma precaria y costosa: el transporte, la salud, la educación y el trabajo. Entonces el caos, la destrucción de los bienes públicos, el saqueo del comercio y de bienes privados, convirtió la cívica protesta de clase media en una batalla campal de pobres desarraigados contra pobres uniformados. En pocas horas pasamos de una mañana democrática a una tenebrosa noche de miedo familiar. Muchos de aquellos que al mediodía se comportaron como ejemplares ciudadanos, en la noche pasaron a ser furiosos y temibles defensores del patrimonio familiar, aupados por un miedo exacerbado, difundido por las redes sociales. Y estas escenas se repitieron en Bogotá el 22 de noviembre, donde también el miedo ingresó en la noche a las unidades residenciales, acompañado del ruido de cientos de miles de cacerolazos y de familias armadas con sus utensilios domésticos: escobas, cuchillos, sartenes y palos.

¿Del civismo al fascismo?

Y de repente el civismo pareció mutarse en fascismo. Aparecieron armas de uso exclusivo de las fuerzas militares, escopetas del abolengo familiar, rusticas pistolas, cuchillos, machetes, bates, se escucharon disparos y tomó cuerpo un pánico colectivo que legitimaba la autodefensa familiar y social.  En las redes sociales circularon nuevamente las arengas de Carlos Castaño y muchos admiraron su “clarividencia y valor”, dispuestos a seguir su ejemplo en las ciudades. Tal parece que ese es el mayor peligro que vivimos en la actualidad. Promover una violenta polarización social, donde supuestos “ciudadanos de bien” se enfrentan a “hordas de desadaptados”, vándalos y terroristas, todo ello estimulado por el miedo y una incuestionable conciencia ciudadana, según la cual hay una violencia buena –la que defiende nuestros bienes e indolente e insolidario estilo de vida— contra otra violencia mala y demoníaca que nos amenaza de muerte. Pero tal maniqueísmo político y social olvida que la génesis de esa violencia mala es una violencia buena, supuestamente legítima, que muchos se niegan a ver y cuya barbarie y crueldad empieza a revelarse gracias a la JEP, la Comisión de la Verdad, la Unidad de Búsqueda de personas dadas por Desaparecidas (cerca de 80.000) y los recientes encuentros  improbables entre protagonistas ilegales de esa pesadilla violenta, los excomandantes paramilitares y exguerrilleros, que al menos tienen el valor de dar la cara y no se protegen tras la inmunidad que otorga un fuero presidencial y la laxitud moral de millones de electores. Protagonistas institucionales que hoy se sitúan por encima de la ley y se creen más allá del bien y del mal, una especie de soberanos intocables, revestidos con aureola de héroes y gobernantes eternos, celosamente defendidos por leguleyos expertos en burlar la justicia.

El vandalismo institucional

La laxitud de esos millones de electores olvida los cerca de cinco mil “falsos positivos” y los billones de pesos defraudados y apropiados por “gente de bien” en negociados como Invercolsa, Agro Ingreso Seguro, Reficar, Hidroituango y los entramados ilegales de muchas EPS, para no mencionar las tramoyas ilegales tejidas en el Congreso y las altas Cortes, como las campañas presidenciales financiadas por Odebrecht y generosos empresarios legales y criminales. A todos ellos parece estar llegándoles la hora de la verdad. Si todo lo anterior fuera tan visible a nuestros ojos y ofensivo a nuestra sensibilidad moral, como lo son los destrozos en bienes públicos y privados dejados durante estos días de paro, rabia y resentimiento social, no soportaríamos el paisaje de muerte y putrefacción de esos miles de cadáveres de jóvenes (“falsos positivos”) esparcidos en las calles y la ruina de cientos de hospitales, escuelas, universidades, casas e infraestructura social causada por el robo continuado de unos cuantos tecnócratas y cleptócratas, disfrazados de gobernantes y representantes de intereses privados, que gozan de impunidad. Pero ese vandalismo institucional y sus responsables se ocultan muy bien tras esa mampara de “democracia ejemplar” que se escenifica en las elecciones y en los discursos oficiales. Esa mampara ha empezado a resquebrajarse y está quedando a la vista pública la fea desnudez de sus protagonistas. No se puede seguir ocultando tanta desfachatez, por más trajes, condecoraciones, bandas presidenciales y uniformes que traten de disimularla y revestirla de legitimidad democrática. Ya va siendo hora de que Duque despierte de su autismo y narcisismo presidencial. Que deje de ser ese infante patético que, con el tono enérgico y vacío de sus alocuciones, vive obsesionado con el orden público y la seguridad, creyendo que eso basta para gobernar. Debería recordar el famoso aforismo: “Con las bayonetas pueden hacerse muchas cosas, menos sentarse sobre ellas”. Como Presidente piadoso, egresado de la Universidad Sergio Arboleda, más le convendría tener presente el siguiente consejo pontificio: “La seguridad de los ricos es la tranquilidad de los pobres”, y saber que esta última solo se alcanza con políticas sociales y no con toques de queda.

El desafío democrático

Por ello, el mayor desafío para los recién electos alcaldes y gobernadores es reconstruir desde la ciudadanía, desde los barrios y veredas, una gobernabilidad democrática de carácter social y no clientela. Renunciar del todo a los acuerdos burocráticos con Concejos y Asambleas y sus tramoyas corruptas, que son la quintaesencia del vandalismo institucional, principal responsable de las emergencias sociales y las disrupciones violentas que estamos viviendo. Por nuestra parte, como ciudadanos, no podemos caer en la pesadilla de las autodefensas vecinales y menos permitir la manipulación de nuestro juicio por el miedo mediático de las redes sociales y el oportunismo de falsos Mesías de izquierda o derecha que se anuncian como salvadores providenciales. No más divisiones maniqueas de ciudadanos de bien contra vándalos y ciudadanos del mal. La democracia precisa de gobernantes ciudadanos, como los electos oportunamente en Bogotá, Medellín y Cartagena, representativos de esa clase media que cívicamente se expresó el pasado 21 de noviembre. Ellos asumen el mayor desafío: responder ejemplar y pulcramente, con políticas sociales en lugar de toques de queda, a las expectativas y necesidades populares inaplazables. De lo contrario, nos esperarán muchas noches más largas y tenebrosas, sin aún haber despertado de la que se ha prolongado por más de 50 años. Pero toda parece indicar que la aurora democrática empieza a despuntar, lenta y dolorosamente, como siempre ha sucedido en muchos otros lugares. Ahora depende de todos nosotros, como ciudadanos y ciudadanas que se haga realidad. La democracia es un asunto terrenal, no celestial. No esperemos milagros y muchos menos salvadores entre patricios, plebeyos o militares. Basta mirar a nuestro alrededor: Venezuela, Bolivia, Ecuador, Brasil, Argentina y Chile, en donde ya la ciudadanía está tomando conciencia que el problema supera a los gobernantes, puesto que el meollo y almendrón está en el mismo régimen y sus dinámicas excluyentes, criminales y depredadoras, derivadas de la simbiosis del Estado con poderes de facto. Esta transición histórica apenas está comenzando y su horizonte es incierto, se debate entre la noche del miedo y el odio o el amanecer de una auténtica democracia de ciudadanos, que nos exige a todos lucidez, coraje y sacrificio, para no extraviarnos en los espejismos de utopías inalcanzables o autoritarismos mesiánicos, sean de derecha o izquierda, solventados en el miedo y la desesperación.

lunes, noviembre 18, 2019

Entre urnas, tumbos y tumbas.



ENTRE URNAS, TUMBOS Y TUMBAS


(noviembre 11 de 2019)
Hernando Llano Ángel.

No se habían cerrado las urnas en todo el territorio nacional y ya se abrían más tumbas en el Cauca. Vertiginosamente pasamos de los jolgorios electorales a las ceremonias funerales. Y todo sigue igual. Una es la Colombia citadina que celebra y otra la indígena y rural que llora. Celebramos indolentes y sin memoria una supuesta democracia en donde cada día se cortan más cabezas de líderes sociales y defensores de derechos humanos sin ser siquiera posible contarlas. Pronto olvidamos que en las pasadas elecciones fueron asesinados ocho candidatos y que van cerca de 169 exguerrilleros de las Farc ya enterrados, en lugar de reincorporados. A ellos, se suman más asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos, cuyo número supera los 125 miembros de comunidades indígenas en el último año, sin contar las víctimas mortales de otros sectores sociales. Una matanza tan sistemática como la ininterrumpida celebración de elecciones: esa especie de carnaval macabro celebrado por más de 60 años bajo la coartada perfecta de la impunidad política, brindada por  una “democracia” tanática. Una coartada que ya se desvaneció en Bolivia, con la renuncia forzada de Evo Morales, aunque quizá sea el comienzo de otra peor, bajo la égida de un nuevo autoritarismo aupado por la indignación de amplios sectores sociales inconformes con el caudillismo de Evo y su obsesión de “presidente eterno”. También se empieza a desvanecer el embrujo de la “democracia mercadocrática” en otras latitudes, como Ecuador y Chile, donde la ciudadanía ya no parece dispuesta a tolerar más gobiernos cleptocráticos, sean de derecha o izquierda, expertos en robar las expectativas y justas demandas ciudadanas, en beneficio del mercado o la perpetuación de liderazgos caudillistas y autoritarios, putrefactos como el de Maduro.

¡Por fin, ganó la política!

Y frente a ese panorama mortal, convulso e incierto en la vecindad, tuvimos en nuestras principales ciudades resultados electorales sorprendentes: ganaron candidatos comprometidos realmente con la política, la diversidad, la justicia, la paz y la búsqueda de la verdad. Candidatas y candidatos que no hacen de la lucha contra la corrupción y la politiquería una consigna electoral, como la falsa cruzada maniquea del Centro Democrático, sino una vocación vital refrendada públicamente con coraje y veracidad. Candidatos y candidatas que, como Claudia López, revelan sin tapujos lo que son y lo que hacen. Que han contribuido, con valor y lucidez, a depurar el escenario político de impostores, corruptos y narcoparapolíticos, cuyo amplio espectro partidista y delincuencial va desde el Centro Democrático, pasando por Cambio Radical, el partido Liberal hasta el Conservador[1],  con la reciente fuga acrobática de Aida Merlano. Ganaron aspirantes a cargos públicos que tuvieron el suficiente valor y carácter civil para superar la manipulación de líderes que, como Álvaro Uribe y Gustavo Petro, buscan vanamente dividir a Colombia entre buenos y malos, derecha e izquierda, convirtiendo la política en una cruzada de fanáticos incapaces de pensar más allá de sus privilegios, prejuicios, simpatías y odios personales. Así pueden interpretarse triunfos inimaginables e improbables, como los de Daniel Quintero, en Medellín, William Dau, en Cartagena y Carlos Mario Marín en Manizales, para nombrar solo algunos. También asistimos al triunfo de la diversidad y la pluralidad, superando atavismos y fundamentalismos religiosos, expresado en la elección de 21 candidatos LGBTI en 12 Concejos, 5 JAL, 3 Asambleas y la alcaldesa de Bogotá, con 1.108.541 votos. El reconocimiento del liderazgo femenino indígena, con las alcaldesas Mercedes Tunubalá, en Silvia, Cauca, y Aura Cristancho, de la comunidad U’wa, en Cubará, Boyacá. Incluso el triunfo de reincorporados de las Farc, como Guillermo Torres, en Turbaco, Bolívar y Eduardo Figueroa en Puerto Caicedo, Putumayo. 

En fin, la expresión de una ciudadanía que votó en forma independiente, afianzando un ejercicio de la política más allá de redes clientelistas, miedos imaginarios, prejuicios invencibles y necesidades apremiantes, que antes le impedía deliberar y votar libremente. Una ciudadanía que ya había expresado su repudio al establecimiento político con más de 11 millones de votos en la consulta anticorrupción, superando incluso los obtenidos por Iván Duque para la presidencia, esbozando así el nacimiento de una legitimidad más allá de los partidos y del mismo Congreso. El lento despertar de una Colombia democrática que no quiere seguir muriendo en manos de políticos impunes, incompetentes y corruptos, que periódicamente ganan las elecciones a punta de coaliciones, como lamentablemente sucedió en el 78.9% de las gobernaciones, donde sí contaron mayoritariamente los votos de las maquinarias, las redes clientelistas en el campo y en los pequeños municipios. En síntesis, elecciones de transición entre una nueva Colombia, que confía en liderazgos renovados y otra que aún continúa, por muy diversas circunstancias y complejos factores, confiando en los mismos de siempre. Una Colombia anacrónica que no exige cuentas por las cuestionadas ejecutorias de sus partidos y candidatos, los cuales refrenda una vez más en las urnas, quizá por conveniencia, conformidad, miedo, indolencia o esa falsa prudencia de elegir con certeza un mediocre conocido a la incertidumbre de votar por un nuevo desconocido. Pero también, una Colombia ingenua frente a candidatos conocidos de autos, habilidosos tránsfugas y travestís políticos profesionales, capaces de hacer coaliciones hasta con el diablo con tal de ganar las elecciones, como aconteció en Cali y en otras importantes ciudades.

De tumbo en tumbas

Y frente al anterior policromo panorama electoral, donde brilla hasta el arcoíris en Bogotá, sucede todo lo contrario en el ámbito presidencial, donde predomina el gris de la mediocridad y el púrpura de la violencia, la mortandad y la impunidad. Así sucedió con el bombardeo al campamento de “Gildardo Cucho” en San Vicente del Caguán, tan implacable y deplorable, que cobró la vida de ocho menores de edad, cuya identidad fue ocultada y casi negada, de no ser por el debate y las denuncias del senador Roy Barreras en la moción de censura contra el inefable exministro de defensa Guillermo Botero. Más allá de la controversia y las interpretaciones sobre la aplicación o no del Derecho Internacional Humanitario en dicha operación, lo absolutamente grave e inadmisible es el comportamiento del presidente Duque, su ministro y la cúpula militar. Para empezar, la forma exultante y victoriosa como fue celebrado el bombardeo por el presidente Duque: “una operación impecable y meticulosa”, sin mención alguna a los ocho menores allí desmembrados y sacrificados. Expresión muy parecida a la del exministro Botero cuando se refirió al asesinato del reincorporado de las Farc, Dimar Torres: “Si hubo un homicidio ha tenido que haber alguna motivación”. Hoy sabemos que tal motivación fue el odio y la venganza de un oficial, quien estimuló su asesinato, como lo reveló la Fiscalía: A ese ‘man’ no hay que capturarlo, hay es que matarlo porque no aguanta que se vaya de engorde a la cárcel, escribió el oficial en un grupo de WhatsApp, que Gómez Robledo creó con el nombre de Dimar Torres, como lo informó la revista Semana en la edición número 1957 (https://www.semana.com/nacion/articulo/crimen-de-dimar-torres--subteniente-john-javier-blanco-barrios-lo-sabia-todo/638816)

La fatal superioridad moral.

Lo que hay detrás de tales expresiones es esa fatal superioridad moral de la que están revestidos e investidos tantos funcionarios de este gobierno, miembros de la Fuerza Pública y seguidores del Centro Democrático, quienes tienen la absoluta certeza que su violencia es buena y  legítima per se --sin consideración alguna a los límites impuestos por el DIH, la Constitución, las leyes y la dignidad humana— y que por tanto se consideran a sí mismos eximidos por completo de responsabilidad y hasta de sensibilidad. A tal punto, que ni siquiera hoy han expresado condolencias y respeto ante el dolor de los familiares de los menores, doblemente victimizados por el reclutamiento repudiable de sus hijos por “Gildardo Cucho” y la “impecable y meticulosa” operación oficial que los desmembró. Y para cerrar este vergonzoso episodio del poder ejecutivo con broche castrense, el entonces ministro Botero lleva al Congreso una numerosa comitiva de altos oficiales del Ejército para que lo respaldaran, casi como una barra brava, en su imposible defensa frente a tan exitoso operativo. Una operación “impecable y meticulosa”, propia de un estilo presidencial que gobierna de tumbo en tumbo y llena cada día más de tumbas esta ejemplar “democracia”. Razón tenía Don Miguel de Unamuno: “Es más fácil civilizar un militar que desmilitarizar un civil”,  como bien lo demuestran el senador Álvaro Uribe con el Centro Democrático e Iván Márquez con su “Nueva Marquetalia”. Curiosamente, ambos proclaman en sus discursos una “democracia más profunda”, con justicia y paz, pero en la práctica promueven bombardeos y emboscadas que siembran los campos de nuevas tumbas y fosas comunes. Por fortuna, las últimas elecciones demuestran que ambos están en minoría. Que cada vez los colombianos preferimos contar en las urnas más cabezas, vivas y diversas, y repudiamos que aumenten las decapitadas para sumarlas a la igualdad lúgubre de la muerte. Ojalá los próximos partes presidenciales, después del paro nacional del 21 de noviembre, celebren la vida y el derecho a la protesta ciudadana; el camino de los acuerdos sociales y no el de las victorias militares. Las manifestaciones ciudadanas son expresiones de vida y poder, no de violencia y miedo, menos de destrucción y muerte, como quedó demostrado hace treinta años con la caída del muro de Berlín. En América Latina hoy la democracia está cada día más en las calles y menos en los aposentos oficiales. Algo que apenas empieza a comprender Piñera, después de más de 20 muertos. Convendría que el presidente Duque lo comprendiera ya, en lugar de seguir sumando miles de muertos en defensa de este régimen y orden tanático, que ha negado por más de 60 años los derechos políticos y sociales a las mayorías en beneficio de privilegiadas minorías. Hoy está despertando el país nacional, con su rostro diverso, joven, plebeyo y alternativo, cansado del país político con su rostro formal y maquillado de patricios y patrones eternos, presidido por un joven Duque tras el cual gobiernan los mismos de siempre. Aquellos que todavía creen que Colombia se puede gobernar como una ubérrima hacienda familiar. Pero está terminando el tiempo de los patrones y empieza el de los ciudadanos.

miércoles, octubre 30, 2019

Elecciones Fatales.



ELECCIONES FATALES
(miércoles 23 de octubre 2019)
Hernando Llano Ángel.

Tal como está el panorama político en nuestro convulsionado subcontinente, con la eclosión del volcán social en Chile, el cuestionado triunfo de Evo Morales en Bolivia y la victoria de la protesta indígena y social en el Ecuador contra Lenin Moreno, podemos concluir que las elecciones se han convertido entre nosotros en un ritual mortal. Han dejado de ser una institución para la legitimación democrática y se están transformado en una sofisticada coartada para la represión autoritaria. Ya lo expresó el presidente chileno, Sebastián Piñera: "Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin ningún límite, incluso cuando significa la pérdida de vidas humanas, con el único propósito de producir el mayor daño posible”.  Solo le faltó reconocer que él fue quien declaró la guerra, al tomar una medida que disparó la protesta popular.

Joker en Chile

Elecciones cada vez menos legales y democráticas, si tenemos en cuenta el efecto de Petrobras y Odebrecht, poderosas multinacionales para corromper y elegir presidentes en Brasil y Perú, donde la complicidad de “la clase política” y su dinámica corruptora no alcanzaron a controlar plenamente el poder judicial, como acontece en nuestro caso y Venezuela. Pero, a pesar de tan desolador panorama, todos los mandatarios de nuestros países se reclaman auténticos demócratas, simplemente por el hecho de ganar elecciones, así sea violando sus constituciones: modificando “articulitos” con cohechos (Uribe); desconociendo los resultados en referendos y elecciones (Evo Morales); clausurando el Congreso y reprimiendo violentamente a los opositores (Maduro) o sobrepasando los topes de financiación con aportes de Odebrecht (Santos y Zuluaga). No es de extrañar entonces que, ante tanta mentira e impostura, revestida de prepotencia y cinismo democrático, la respuesta de los gobernados sea iracunda y violenta, especialmente cuando sus presidentes toman medidas tan impopulares como las de Lenin Moreno y Sebastián Piñera. Ya la gente no soporta que, además de la confianza depositada en las urnas, le roben también el sueldo, esquilmen sus pensiones y conviertan sus sueños en pesadillas. Por ello no es coincidencia, ni mero efecto imitativo, que en las protestas en Chile empiecen a aparecer entre la multitud máscaras del Guasón, (Joker) ya desesperados de tanto comediante exitoso, soberbio y enriquecido, que hoy funge de gobernante demócrata.  Entonces las elecciones, esa especie de comedia política, se convierten en una tragedia social, tal como sucede en la película con la humillación y exclusión del Guasón y está pasando en Chile, Bolivia y Ecuador con la burla de las esperanzas populares.

Pero el asunto en la vida real siempre es más complejo que en el celuloide, porque en ella no basta con cambiar el reparto de comediantes, eligiendo y subiendo a otros en el escenario del poder. Hay que cambiar también el teatro y su decorado y ello no es un asunto que se resuelva en unas elecciones. Como lo dijo Álvaro Gómez Hurtado, quien conocía bien el entramado del poder y sus vericuetos, lo que hay que tumbar es el régimen.

Un Teatro deplorable

Empezando por el régimen municipal y su corporación de elección popular, el Concejo Municipal, responsable con el alcalde de la buena, mala o pésima administración de la ciudad.  Como se puede leer en el último boletín del Observatorio CALI VISIBLE, de la Universidad Javeriana https://www.javerianacali.edu.co/sites/ujc/files/node/fielddocuments/field_document_file/boletin_especial-2019_final.pdf), en el actual Concejo de nuestra ciudad hay doce (12) sindicatos y  el 46% (en promedio) de sus afiliados conforman las Unidades de Apoyo Normativo (UAN) de los concejales para el periodo enero 2016 a diciembre 2018. La pregunta obvia es, ¿Qué relación existe entre los sindicatos y los concejales? ¿Cómo explicar la existencia de 12 sindicatos en una corporación de 21 miembros? En el Concejo de Bogotá, conformado por 45 miembros, existen cinco sindicatos. Los 21 concejales nuestros tienen un fondo de aproximadamente $32.000 millones de pesos para conformar sus equipos técnicos de apoyo, mejor conocidas como Unidades de Apoyo Normativo. De acuerdo con el reglamento del Concejo de Cali, cada concejal dispone de 42,5 salarios mínimos mensuales legales vigentes, es decir, cada concejal tiene cerca de 400 millones de pesos anuales para conformar su UAN (puede ser por vía prestación de servicio o por libre nombramiento). CALI VISIBLE encontró que el 47% de las UAN designadas por nombramiento están desempeñadas por bachilleres y el 26% por profesionales; igualmente que, de quienes pertenecían a las UAN mediante contrato de prestación de servicios, el 35% eran bachilleres y el 36% profesionales. Queda claro que las UAN, pagadas con nuestros impuestos, son un reducto de clientelismo, personalismo y amiguismo, pues poco se puede esperar de un apoyo normativo competente a cargo de bachilleres.

Actores de reparto

Mediante una serie de indicadores de retención del talento humano, el Observatorio buscó explorar la estabilidad de las UAN de los concejales.  El indicador se aplicó solo para quienes tenían contrato por prestación de servicio vinculados al fondo de las UAN. Se encontró que once (11) concejales  tienen un índice de retención de su UAN por prestación de servicio inferior al 30%; 6 concejales tienen un indicador de retención de su UAN superiores al 30% pero inferior o igual al 50%; sólo 3 concejales superan el 70% de retención y esto particularmente se explica por dos razones: La primera, dos de estos concejales entraron al Concejo como reemplazo de curul, por lo que no tuvieron oportunidad de contratar sino hasta el segundo año de ejercicio en el Concejo. Y, la segunda, un solo concejal tiene un indicador del 100% de retención de su UAN, que la conforma una sola persona, a quien contrató a lo largo del periodo. Con ello, queda demostrada la utilización de las UAN con criterio clientelista y personalista en desmedro de una orientación técnica al servicio de intereses públicos, pues poco se puede esperar de asesores con una rotación y movilidad tan elevada, como simples actores de reparto. Así, pues, valdría la pena que al votar por los candidatos al próximo Concejo tuviéramos presente que, más allá de sus calidades personales, hay que exigirles un cambio en el entramado del Concejo para que éste le cumpla a la ciudad y no a las clientelas partidistas. A propósito, ¿Sabe usted cuáles candidatos al Concejo apoyan a su candidato a la Alcaldía? De tales apoyos dependerá, en gran parte, nuestra calidad de vida en los próximos cuatro años.