¿Es posible la
reconciliación política nacional con la actual campaña presidencial?
Por la pugnacidad que
predomina en las campañas presidenciales de Cepeda, Paloma y Abelardo, la
respuesta es negativa. Cada campaña está empeñada en eliminar la legitimidad
democrática del contrario.
Hernando Llano Ángel.
Es
una pregunta pertinente, aunque pueda parecer absurda, pues se presume que la
condición sine qua non para el desarrollo democrático de una campaña electoral
es que todos los participantes en ella se reconozcan legítimamente como
adversarios. En palabras del recientemente fallecido filósofo Jürgen Habermas, que
se reconozcan como “interlocutores válidos”, en lugar de hacerlo como enemigos
irreconciliables entre sí. No deberían tratarse entre ellos como una amenaza
para la propia existencia y menos para la convivencia social. Pero esto último
es lo que está sucediendo en la actual campaña por la Presidencia de la
República en Colombia. Algo inaudito y hasta inverosímil, pues los tres aspirantes
que puntean en las encuestas de opinión, Iván Cepeda, filósofo, Paloma
Valencia, abogada y Abelardo de la Espriella, también abogado, seguro leyeron
con juicio en sus carreras el ensayo de Habermas “¿Es posible la legitimidad por
vía de legalidad?”, piedra angular de todo régimen democrático. Aunque
dudo que Abelardo, sumergido en el derecho penal para la posterior defensa de
delincuentes de cuello blanco como David Murcia Guzmán (DMG) y Alex Saab,
testaferro de Nicolás Maduro, haya tenido tiempo para leerlo. Pero le
convendría hacerlo ahora, para que comprenda que es imposible disociar la
política y la legalidad de la ética pública en su dimensión de principios y
valores compartidos para la justicia y la convivencia social, sin caer en el absurdo
de apelar a la imagen depredadora de un tigre y enarbolar un saludo militar
supuestamente para “salvar a la Patria”. ¿Tendrá algún sentido civilizador,
legal y democrático asociar la Patria con tigres y guerreros? ¿No será lo
propio de la ley de la selva y del más fuerte, como lo está haciendo Trump en el
actual caos internacional?
Deslegitimar y
demonizar al contrario para ganar
Pero
esta campaña, tal como está discurriendo, en lugar de serlo para la
legitimación democrática se está convirtiendo en una pugna por la
deslegitimación mutua entre estos tres candidatos y arrasar así con el más
mínimo vestigio de democracia. Es decir, para invisibilizar e impedir
vislumbrar el espíritu de la democracia, ya que su cuerpo está desaparecido
junto a las más de 135.396 personas dadas por desaparecidas en desarrollo del
conflicto armado antes del 1 de diciembre de 2016, según el portal de datos de
la Unidad de Personas Dadas por Desaparecidas (UNDPD)[i]. Las tres candidaturas se encuentran atrapadas
en el “modo guerra” de hacer política y parecen no comprender que el principio
fundacional y existencial de la democracia es la práctica de la política como
deliberación y controversia sin violencia, según manda el artículo 22 de
nuestra Constitución: “La paz es un derecho y un deber de
obligatorio cumplimiento”. Causa perplejidad, estupor y hasta miedo que
quienes aspiran a la presidencia y la jefatura del Estado sean incapaces de
estar a la altura de ese artículo constitucional, sin cuyo cumplimiento
irrestricto no puede existir reconciliación política y mucho menos una
verdadera democracia. Ya lo había expresado con lucidez filosófica y contundencia
política el maestro Norberto Bobbio: “La democracia solo comienza en el momento
–que llega después de mucho luchar—en que los adversarios se convencen de que
el intento de eliminar al otro es mucho más oneroso que convivir con él”.
Y no hay duda, por la pugnacidad que predomina entre ellos, que cada uno está
empeñado en eliminar la legitimidad democrática del contrario. Lo hacen,
obviamente desde el discurso, pero parecen olvidar que la violencia simbólica y
retórica, cargada de animosidad contra quien es considerado enemigo, antecede a
la violencia letal. Por eso están empecinados en la utilización de la memoria,
buscando en el pasado las actuaciones y afinidades políticas de cada uno de
ellos, incluso en las ejecutorias de sus padres y ancestros, para estigmatizarse
y deslegitimarse mutuamente como aspirantes a la presidencia.
De la filiación a la
afiliación política.
Quizá
ello tenga que ver precisamente con sus historias personales y familiares. En
el caso de Paloma Valencia, nieta del expresidente conservador Guillermo León
Valencia (1962-1966), quien como jefe de Estado y comandante supremo de las
Fuerzas Armadas ordenó la “Operación Soberanía”[ii] y el bombardeó a
Marquetalia, mito fundacional para el surgimiento de las Farc. Iván Cepeda,
hijo del entonces senador de la Unión Patriótica, Manuel Cepeda Vargas,
asesinado el 9 de agosto de 1994 por paramilitares en complicidad con miembros
del Ejército nacional[iii]. Indirectamente también
es el caso de Abelardo de la Espriella, pues su principal escudero y
beligerante alfil, Enrique Gómez Martínez, es nieto del expresidente
conservador Laureano Gómez y sobrino del asesinado exsenador Álvaro Gómez
Hurtado, promotor de la “Operación Soberanía” contra las que llamaba
“Repúblicas Independientes”. Se presenta así en estas tres candidaturas una
estrecha relación entre filiación y afiliación política, que se proyecta con
intensidad emocional y confrontación política creciente entre ellos y, lo que
es más censurable e inadmisible, con su actual utilización irresponsable y
sectaria. A tal punto que el expresidente Álvaro Uribe sindica a Iván Cepeda de
estar instigando su asesinato, como supuestamente lo hizo contra el senador
Miguel Uribe Turbay. A su vez Cepeda relaciona a Uribe y su fulgurante carrera
política con el surgimiento de los grupos paramilitares en el departamento de
Antioquia[iv]. Y, para completar, desde
la campaña de Abelardo, Enrique Gómez señala irónicamente: “Por más que miro, no veo al expresidente Uribe en el tarjetón por
ningún lado. Y eso que el señor le está haciendo la campaña a Paloma. Otra vez,
otros 10 o 20 años de Petro contra Uribe. ¿Sí será eso lo que necesita
Colombia? ¿o necesita la independencia del Tigre?”[v].
Desde luego que Colombia no es un zoológico para necesitar otro presidente
“cargado de tigre”, mucho menos que los ciudadanos vayan a las urnas con su
fiereza o llenos de rencor y deseos de revancha como sucede en las redes
sociales entre quienes, por carecer de argumentos, solo se cruzan insultos y
descalificaciones llamando “mamerto” o “paraco” a quien piensa distinto o no
apoya incondicionalmente a su candidato o candidata.
No más “mesías”
electorales y “salvadores nacionales”
Causa
vergüenza el fanatismo, sectarismo e ignorancia que inunda las redes sociales
por estos días, estimuladas por bodegas de dichas campañas. Pero lo peor y más
preocupante es esa falsa superioridad moral que cada candidato y campaña
esgrime con la absoluta certeza de que posee en su mente y manos la salvación
de Colombia. Que su partido y aliados son un dechado de virtudes y sabiduría.
Que, si no los respaldamos en las urnas, todos estaremos condenados al infierno
de la guerra y la exclusión social. Candidaturas incapaces de la más mínima
autocrítica, mucho menos de reconocer sus errores y horrores pasados y sus
limitaciones presentes, porque están convencidas de su misión salvífica y solo
si cada uno proyecta ese carisma de líderes y lideresas providenciales,
destinados a satisfacer nuestras necesidades y hacernos felices, podrá ganar
las elecciones. En ese sentido, más que demagogos son taumaturgos de futuras
catástrofes, cuando desde el gobierno incumplan sus promesas de pan, paz, seguridad,
ríos de miel y reinos de reconciliación. Porque cuando ya estén en sus altos
cargos en el Ejecutivo comprobarán amargamente que no son tan poderosos y sí
bastante impotentes. Comprobarán que son rehenes de los poderes de facto e
intereses legales o abiertamente ilegales que los encumbraron a esas
posiciones, con los cuales hicieron alianzas, sellaron compromisos tras
bambalinas y se convirtieron así en sus testaferros y mandaderos. Eso sí, unos
testaferros bien remunerados y protegidos por una tramoya de instituciones y
rituales de una Constitución que juraron cumplir, pero parece que ignoran, no
pueden o son incapaces de honrarla. Si ahora como candidatos no cumplen el
artículo 22 y hacen de la campaña política una coartada perfecta para
combatirse entre sí, qué no harán cuando tengan en sus manos el poder de gobernar
y hasta de hacer la guerra contra los que consideran sus “enemigos”.
¡Lean y cumplan la Constitución!
Por
eso, especialmente a estas tres candidaturas les conviene, en medio de las
descalificaciones y deslegitimaciones que mutuamente se lanzan y cruzan durante
esta campaña, tener presente además del citado artículo 22, el 188 de la Carta,
que reza: “El presidente de la República
simboliza la unidad nacional…y se
obliga a garantizar los derechos y
libertades de todos los colombianos”. La pregunta obvia es ¿Cómo lo
harán si en tanto candidatos y candidatas están empecinados en fragmentar y
antagonizar a los colombianos, dividiéndonos absurdamente entre “ciudadanos de
bien” contra “terroristas”; “paracos” contra “mamertos”; “oligarcas” contra
“plebeyos” y hasta supuestos “patriotas demócratas” contra “peligrosos comunistas”?
Una pregunta valida para todas las candidaturas, pero especialmente para estas
tres por contar con el mayor apoyo en las encuestas. Es, en primer lugar, una
pregunta vital y urgente para todos nosotros como ciudadanía, pues tenemos la
responsabilidad de estar a la altura de los principios, valores y metas de la
Constitución de 1991, entre las que figuran la “paz política, el respeto a la
dignidad humana, el trabajo, la solidaridad y la prevalencia del interés
general” según su artículo 1 y especialmente el 95: “la
calidad de colombiano enaltece a todos los miembros de la comunidad nacional.
Todos están en el deber de engrandecerla y dignificarla” y para ello
“defender y difundir los derechos humanos como fundamento de la convivencia
pacífica”. ¿Seremos capaces de hacerlo en las próximas elecciones? Y
quien llegue a la Casa de Nariño ¿Será capaz de cumplir la Constitución,
promover la reconciliación política nacional o continuará profundizando otros
cuatro años la confrontación y degradación nacional en que estamos desde
tiempos inmemoriales?
[ii] https://www.elespectador.com/politica/la-historia-de-una-carta-que-pudo-haber-evitado-el-conflicto-armado-en-colombia-article-599330/