¿De la Sultana del Valle al
sultanato de un “Tigre”?
https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/de-sultana-del-valle-a-sultanato-de-un-tigre/
Hernando Llano Ángel.
Como es sabido, un sultanato es una forma de gobierno en donde prevalece la
voluntad de un Sultán que logra fusionar su poder político con la fe musulmana
y la lealtad absoluta de sus ejércitos. El poder militar le permite ejercer
control sobre su territorio y además obtiene la obediencia de sus súbditos, sin
mucho esfuerzo, por ser reconocido también como una autoridad religiosa. Tal
parece ser el mayor sueño de Abelardo, erigirse como un profeta armado de su
“Patria Milagro” con el respaldo y la obediencia ciega de los militares, pero
también con la fe sumisa de la mayoría de colombianos. Así se comprende
plenamente esa ceremonia sincrética y pintoresca de su posesión presidencial en
la Arena USC y en el Cantón Militar Pichincha, con la presencia de tres
autoridades religiosas que se supone representan las creencias de la mayoría de
colombianos: un rabino, un pastor evangélico y un sacerdote católico, en el
orden de intervención de sus oraciones en la ceremonia de investidura. Para
lograr ese magno efecto entre los caleños, donde perdió por más de 239.119
votos frente a Iván Cepeda[i],
contó no solo con la entusiasta colaboración de los mandatarios locales, sino
también con el corifeo de los medios de comunicación y la adulación
generalizada de los principales líderes de los gremios empresariales y
agrícolas de la región. Todos a una proclamaban que deberíamos sentirnos
orgullosos por un acto de posesión presidencial histórico, desconociendo que
para 682.166 ciudadanos y ciudadanas caleñas, equivalentes al 59.64 %, de los
votos válidos, no pasaba de ser una ceremonia provocadora y desafiante por su
derrota frente a Cepeda. Así, Cali dejó de ser la altiva sultana del Valle para
convertirse en una sumisa sierva de un Sultán que se identifica con un Tigre y
llama “manada” a sus seguidores, eligiendo la Arena USC para tomar posesión
presidencial, cuando debió haberlo hecho en el zoológico de Cali, un lugar más
acorde con su bestial simbología y adecuado para sus invitados internacionales,
entre ellos un espécimen aún más peligroso, un tal león Milei, depredador del
Estado argentino y el sentido de lo público en nombre de la “libertad”.
Cali sitiada y confinada
Seguramente por ello, durante toda la semana estuvimos sometidos al
sobrevuelo de aeronaves militares, como una señal de inminentes bombardeos
contra violentos narcoterroristas que podrían tomarse la ciudad y sabotear su
posesión. Y, como si fuera poco, el viernes 7 de agosto quedamos confinados en
nuestras casas, por sabia y autónoma decisión del alcalde de la ciudad, Alejandro
Eder, ya que así el Tigre y todos sus invitados internacionales y nacionales
podría asistir a la posesión presidencial sin correr peligro alguno. Cali, entonces,
quedó bajo un toque de queda preventivo, negándonos a los ciudadanos el derecho
constitucional a circular libremente por nuestra ciudad. ¿Podrá haber una
prueba más contundente de la negación de la democracia y la violación de la
Constitución en nombre de una posesión presidencial? Esa posesión y la forma
como se realizó sienta un precedente, ese sí verdaderamente histórico, pues
marcó el inicio de una gobernanza cuya esencia es la fusión de tres poderes
profundamente antidemocráticos: el militar, el pastoral y el tutelaje imperial
de Maga. Todo ello, bajo la mascarada de rituales democráticos en el
esperpéntico escenario de la Arena USC, semejando un Hollywood tropical, pero
con alfombra azul por la que desfilaron las vanidades de personajes dispares y
patéticos, representativos de un entramado de poderes internacionales y
regionales decadentes y excluyentes. Por ella ingresaron a la Arena USC desde
el encumbrado rey de España, Felipe VI, antecedido por el depredador de lo
público, el león Javier Milei, hasta el ambicioso presidente de la FIFA, Gianni
Infantino, casi siempre fuera de lugar. Pero, en verdad, en esa ceremonia nadie
estaba fuera de lugar, pues todos se encontraban allí para validar y legitimar el
primer acto de prestidigitación del Tigre mediante la invocación de los tres
poderes con los que pretende construir la “Patria Milagro”: el pastoral, el
militar y el corporativo internacional. Este último con el respaldo de su
padrino, Donald Trump, el mayor depredador de riquezas naturales y demoledor
del derecho internacional público.
La ubicuidad de un
taumaturgo del poder
Lo hizo de una manera fantástica, como un consumado taumaturgo del poder.
Para ello, comenzó con la piadosa puesta en escena del poder religioso, en la
propia Arena USC, invitando a tres religiosos que considera representativos de
las creencias y la fe de la mayoría de colombianos para así contar con su apoyo
en la difícil tarea de gobernar. Pues nada resulta más útil que la persuasión
de pastores evangélicos, sacerdotes católicos y rabinos judíos sobre miles de
feligreses, la mayoría de ellos muy deVotos, como lo demostraron en las
urnas dándole el triunfo al Tigre. Luego abandonó rápidamente ese escenario piadoso
de la Arena USC para trasladarse en cuestión de minutos al rudo campo de
maniobras militares del Cantón Pichincha y pronunciar allí su discurso de
posesión. En realidad, no se puede llamar discurso a una arenga dirigida a los
militares más que a sus invitados internacionales y los congresistas presentes
en la Arena que lo escucharon por más de una hora. Allí convocó de nuevo a los
militares para que aportarán más “héroes de la Patria”, pero esta vez llevando
el “Escudo de las Américas”,
sacrificándose en una guerra que se ha prolongado de derrota en derrota, por
más de medio siglo, la llamada “Guerra contra las drogas”. Una guerra decretada
por Nixon en 1971, hace 55 años, como globo distractor de la guerra de Vietnam
que ya sabía pérdida. Tampoco fue una pieza oratoria para todos los colombianos
que lo vimos por televisión y esperábamos el discurso de un presidente, no esa
arenga más propia de un agitador en pie de guerra. Pero, en el caso de Abelardo,
resulta comprensible, pues se trata de alguien que personifica un tigre, una
peligrosa y temible fiera para quienes no forman parte de su manada y no
obedezcan inmediatamente sus temibles rugidos. Esa es una muestra de su “máxima
coherencia” autocrática. De esta forma demostró la ubicuidad y el sincretismo
de su poder, que pretende abarcar desde la fe hasta las armas, lo que
históricamente ha terminado en monstruosas guerras, en lugar de milagrosas
patrias. Por eso imploró “Que Dios
bendiga a cada uno de sus hijos, ilumine nuestro entendimiento, afine nuestro
carácter y guíe nuestras decisiones” y afirmó “el que está de rodillas delante
de Dios, jamás será vencido”,
como si estuviera anunciando el comienzo de una guerra santa. Por eso terminó
su arenga gritando: “¡Firmes por la Patria, que viva Cristo Rey!”. La mayor ironía
es que en ese instante un leve incendio recorría las laderas del cerro en donde
se encuentra el monumento tutelar de Cristo Rey, quizá por ello no pudo
proteger piadosamente a Cali de los destrozos y sufrimientos causados por el
terremoto de 7.4 grados Richter, tres días después de haberlo invocado Abelardo
en su arenga con fines tan lejanos de su doctrina. Vale la pena recordar que
Jesús de Nazareth no solo predicó que “mi reino no es de este mundo”, sino que
además expulsó a los mercaderes del Templo y la esencia de su legado para la
humanidad fue la paz, la reconciliación y el perdón, todo lo contrario de lo
anunciado por Abelardo en su discurso de posesión presidencial. ¿De cuál “Patria
Milagro” nos hablará y quiénes serán los beneficiarios de ella?